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El Padre de la Antisepsia:
Joseph Lister

Cuando el 10 de febrero de 1912 moría el cirujano Joseph Lister a los 84 años, dejaba tras de sí una drástica reducción en la mortalidad de los pacientes quirúrgicos por infecciones. Según sus propias estadísticas, de casi un 50% de los operados a sólo un 15%.



-I-        
Joseph Lister, el hombre que esterilizó la cirugía

Cuando el 10 de febrero de 1912 moría el cirujano Joseph Lister a los 84 años, dejaba tras de sí una drástica reducción en la mortalidad de los pacientes quirúrgicos por infecciones. Según sus propias estadísticas, de casi un 50% de los operados a sólo un 15%. Aunque otros pioneros trabajaban entonces sobre las mismas ideas, y aunque ciertos expertos han cuestionado las cifras de Lister, de algo no cabe duda: aquel médico británico ha pasado a la historia como el padre de la cirugía antiséptica. Hoy millones de personas le homenajean cada día sin saberlo al enjuagarse la boca con un colutorio nombrado en su honor, pese a que él no participó en su invención ni se benefició de ello.
Entrar en un quirófano en 1865 era una apuesta a vida o muerte. La anestesia había dejado atrás los tiempos de los agónicos gritos de los pacientes, pero la gangrena, la septicemia y otras infecciones postoperatorias acababan llevándose a casi la mitad de los operados. El procedimiento habitual para ahuyentar las infecciones consistía en ventilar las salas del hospital con el fin de expulsar las miasmas, el “mal aire” que por entonces se creía que exhalaban las heridas y que contagiaba el mal a otros pacientes.
Más allá de este casi único hábito higiénico, los cirujanos de la época adoraban el “viejo y buen hedor de hospital”, como refleja Lindsey Fitzharris en su reciente libro The Butchering Art: Joseph Lister’s Quest to Transform the Grisly World of Victorian Medicine (Scientific American/Farrar, Straus and Giroux, 2017). Los médicos llegaban al quirófano con su ropa de calle y, sin siquiera lavarse las manos, se calzaban una bata cubierta de restos de sangre seca y pus a modo de galones en el uniforme.
Durante la intervención, los cirujanos utilizaban los ojales de la bata para colgar los hilos de sutura y así tenerlos a mano. El instrumental, si acaso, se limpiaba después de la operación, pero no antes. Si un bisturí caía al suelo, lo recogían y proseguían. Si en algún momento era preciso utilizar las dos manos, agarraban el bisturí con los dientes. En las zonas rurales no era raro que la intervención se cerrara aplicando en la herida un emplasto caliente de estiércol de vaca. Después, durante la ronda de planta, la sonda que se empleaba para drenar el pus de la herida de un paciente se aplicaba a continuación al de la siguiente cama.
Siguiendo a Pasteur
Así, no era raro que incluso los propios cirujanos se resistieran a operar mientras no fuera absolutamente imprescindible. El problema de las infecciones era tan acuciante que llegó a hablarse de abolir la cirugía en los hospitales. Pero a Joseph Lister (5 de abril de 1827 – 10 de febrero de 1912) no le convencía la teoría de las miasmas; observando que la limpieza de las heridas a veces conseguía contener las infecciones, comenzó a sospechar que la raíz del problema no estaba en el aire, sino en la propia llaga.

En 1864, mientras ejercía como profesor de cirugía en la Universidad de Glasgow, Lister descubrió los trabajos de un químico francés llamado Louis Pasteur. Cuando leyó en Recherches sur la putrefaction que la fermentación se debía a los gérmenes, microbios invisibles al ojo, intuyó que la misma causa podía explicar las infecciones de las heridas.
Siguiendo las ideas de Pasteur, Lister buscó una sustancia química con la que aniquilar los gérmenes. Después de varias pruebas llegó al ácido carbólico (hoy llamado fenol), un compuesto extraído de la creosota que por entonces se empleaba para evitar la putrefacción de las traviesas de ferrocarril y la madera de los barcos, y que se aplicaba también a las aguas residuales de las ciudades. En 1865 y después de unos comienzos dudosos, por primera vez logró que la fractura abierta en la pierna de un niño atropellado por un carro cicatrizara sin infección.
Un protocolo de esterilización
A partir de entonces, Lister formuló un protocolo para esterilizar con soluciones de ácido carbólico el instrumental quirúrgico, las manos del cirujano, los apósitos y las heridas, e incluso diseñó un pulverizador para difundir la sustancia en el aire del quirófano, lo que no resultaba precisamente agradable. Pero los resultados compensaban la molestia, y en 1867 Lister pudo divulgar sus hallazgos y su método antiséptico en una serie de artículos en la revista The Lancet

Sin embargo, la antisepsia de Lister no caló de inmediato. Muchos médicos se mofaban de aquella idea de los gérmenes invisibles flotando en el aire, tachándola de charlatanería opuesta a la ciencia. El editor de la revista Medical Record escribió: “es tan probable que en el próximo siglo seamos ridiculizados por nuestra creencia ciega en el poder de los gérmenes invisibles como nuestros antepasados lo fueron por su fe en que ciertas enfermedades estaban causadas por la influencia de los espíritus, los planetas y cosas por el estilo”.
Más de un siglo y medio después, los métodos y las sustancias han cambiado. Desde la perspectiva actual puede sorprender aquel uso tan generoso del corrosivo y tóxico fenol, que hoy se maneja en los laboratorios con especial cuidado. Pero de Lister hoy nos queda su revolucionaria idea que trazó la línea entre la cirugía antigua y la moderna. Y el Listerine.
https://www.bbvaopenmind.com/ciencia/investigacion/joseph-lister-el-hombre-que-esterilizo-la-cirugia/


-II-
El método antiséptico de Lister y su introducción en Chile
El 9 de diciembre de 1852, el Colegio Real de Cirujanos de Londres, admitía entre sus miembros a un joven de 25 años, llamado José Lister. "Este médico cambiaría por completo la faz de la cirugía, haciéndola pasar del rango de un arte incierto y limitado, a la categoría de una ciencia aplicada con posibilidades de expansión que casi no reconocía límites".
Había nacido el 5 de abril de 1827 en Upton, condado de Essex, Inglaterra. Sus estudios médicos los realizó en el University College Hospital, recibiendo la influencia y el estímulo del profesor Sharpey. A este ilustre fisiólogo se debió en gran parte el espíritu sagaz que mostró su alumno y a la circunstancia de haber ido a Edimburgo a "pasar seis semanas" en la Clínica de Syme, el pontífice de la cirugía en aquella época.
Al cabo de dos años de recibir su título médico, José Lister fue nombrado cirujano residente en las salas de la Enfermería Real de Edimburgo. Ahí fue para él, motivo de numerosas investigaciones y experiencias, la coagulación sanguínea en su relación con la curación de las heridas, así como los estudios bacteriológicos, que estaban "en pañales" por aquellos años.
Luis Pasteur, el genio más portentoso del siglo XIX, había encontrado no sólo la explicación científica de la fermentación y putrefacción, sino que había descubierto la naturaleza de un nuevo reino: el de los infinitamente pequeños o micro-organismos. Cuando en 1892, en el gran anfiteatro de la Sorbona Pasteur fue homenajeado en su jubileo Lister en calidad de delegado del Reino Unido, al darle un abrazo de felicitación pronunció estas hermosas palabras "realmente en el mundo entero no existe nadie a quien la ciencia médica deba tanto como a usted".
Lister pensaba "si son gérmenes microscópicos los que producen la descomposición de las heridas evitémoslos o destruyámoslos".
En el ácido carbólico o fénico fijó Lister su atención como agente destructor de los gérmenes o microbicida. Sin embargo, no fue el primero en utilizar esta sustancia en la cirugía. Ya que Lemaire la empleaba desde 1860, y el mismo Lister relata que debido a los buenos efectos que había producido en 1864, como desinfectante en los desagües de Carliste, decidió ensayarla en la Enfermería Real de Glasgow. A su vez experimentó y sometió el más meticuloso análisis todo cuanto hasta entonces se sabía del tratamiento de las heridas, antes de llegar a establecer las bases de su método admirable. Transcurrieron siete años desde que Lister fuera designado profesor de Cirugía en la Universidad de Glasgow en 1860, cuando se publicó su primer trabajo sobre cirugía antiséptica titulado: "De un nuevo método de tratamiento de las fracturas complicadas, abscesos, etc, con observación acerca de las condiciones de la supuración". (Lancet 1867).
El método preconizado por Lister contemplaba tres etapas: destrucción de los gérmenes y organismos vivos antes de la operación, durante el acto quirúrgico, y defensa contra aquellos después de la intervención operatoria. Todo esto se obtenía fundamentalmente utilizando la llamada "solución fuerte" de ácido fénico al 5% para sumergir en ella los instrumentos usados en la operación. Las esponjas deberían introducirse en dicha solución en forma permanente, teniendo cuidado de exprimirlas antes de utilizarlas. El campo operatorio y su vecindad serían limpiados con una esponja empapada en la preparación mencionada. Las manos del cirujano y ayudantes deberían lavarse con una solución acuosa de ácido fénico al 2,5%, denominada "solución débil". Al estar la herida expuesta, en contacto con los gérmenes contenidos en el aire, Lister evitaba este inconveniente, operando "detrás de una compresa con aceite fenicado, cubriendo enseguida la herida, lo más rápido posible". Como esto no era suficiente, hacía funcionar un aparato de pulverización que, enviando una nube de agua fenicada al campo operatorio, lo aislaba por completo. Esta pulverización debía ser bastante fina para no incomodar al operador ni irritar los ojos del enfermo, los que serían tapados con una compresa seca. Aquella continuaba aún después de terminada la cirugía, hasta que se hubiera colocado sobre la herida la "gasa antiséptica", impregnada de resma y parafina mezcladas con ácido fénico, el que se volatilizaba poco a poco y para mantenerlo siempre en contacto con la herida, se protegía dicha gasa con una tela impermeable. La curación se renovaba cada dos, tres o más días".
Además Lister introdujo el uso de las ligaduras de catgut y suturas de seda fenicada, empleando siempre los tubos de drenaje de Chassaignac, que aseguraban la salida fácil de los líquidos.
Este método contaba ya con 12 años de existencia y había experimentado algunas modificaciones en el servicio del propio Líster, en el famoso King's College de Londres donde el maestro trabajó entre 1877 y 1893.
Mucho se hablaba de la intoxicación producida por el ácido fénico. Sin embargo, los casos comprobados eran raros, atribuidos a un exceso del ácido fénico utilizado, que en su forma más grave, actuando directamente sobre la médula espinal, provocaba parálisis respiratoria. En el eczema fénico intervenían además la resma y parafina, componentes de la gasa fenicada. Como tratamiento se prescribía ácido bórico o salicílico, reemplazando a la gasa mencionada, que hacían desaparecer en pocos días la lesión.
Es comprensible que las ideas sustentadas por Lister, comentadas y discutidas, como toda novedad, concluyeran aceptadas más o menos fácilmente en los centros donde él mismo las profesaba; pero, en lugares distantes o en cuerpos colegiados, no sucedía lo mismo y a pesar que Lister había demostrado en 1867 en forma irredargüible los éxitos de la cura antiséptica, eran discutidos e impugnados ardorosamente. Pero en Francia, el célebre cirujano Lucas Champonniére luchaba con fervor de apóstol para difundir el método listeriano anotando que "todo lo que poder decir, es que no he tenido un solo caso de compilación de herida: no he visto erisipela ni infección purulenta y he practicado operaciones que antes no se usaba en Francia".
En 1874 el decano de la Facultad de Medicina, profesor José Joaquín Aguirre obtuvo recursos económicos del Gobierno para enviar a cuatro jóvenes en calidad de becarios, para estudiar en sus fuentes de origen los más recientes progresos médico-quirúrgicos. Este brillante grupo de médicos, los doctores Manuel Barros Borgoño, Francisco Puelma Tupper, Vicente Izquierdo y Máximo Cienfuegos, llegó a tener una influencia decisiva en el progreso de la medicina chilena. Concurrieron a las principales clínicas inglesas, francesas y alemanas en una época en que el método listeriano ya había sido probado y aceptado en forma amplia. El doctor Barros Borgoño trabajó con Champonniére, aprendió la técnica antiséptica y después fue el primero en implantarla en Chile.
La guerra de 1879 encontró a Chile sin un servicio sanitario organizado. La colaboración inteligente prestada por el Dr. Don Wenceslao Díaz para dar vida al servicio médico en campaña fue invaluable. La iniciativa privada también participó en forma ejemplar a perfeccionarla y a completarla, estableciendo hospitales provisorios en la capital para los heridos del norte. Al iniciar sus funciones el Hospital de Sangre Domingo Matte instalado por la familia de este apellido en la calle Lira, entre Santa Victoria y Santa Isabel, el doctor Barros Borgoño lo tomó a su cargo en 1880, acompañado de los doctores Vicente Izquierdo, Francisco Puelma Tupper, Máximo Cienfuegos y del entonces estudiante de Medicina Manuel José Barrenechea. Fue aquí donde se inició en el país la cirugía antiséptica, demostrando Barros Borgoño sus extraordinarias condiciones de clínico y de gran operador, aplicando la experiencia adquirida al lado de Lucas Champonniére.
El Hospital Domingo Matte era un local espacioso, provisto de salas bien ventiladas, con capacidad para 54 enfermos bien instalados, que podía aumentar a 70 en caso necesario.
El procedimiento tropezó con muchos enemigos en Chile, incluso entre los profesores de la Facultad, oposición que se acrecentó al conocerse algunos casos de intoxicación por ácido fénico tanto entre los enfermos como entre los cirujanos. Por felicidad para la nueva Medicina, seguramente el hombre más representativo de su época y de mayor respetabilidad en el campo médico, don José Joaquín Aguirre, fue de los primeros en convertirse a las nuevas ideas y desde el comienzo, les prestó su más decidida cooperación; "no se podía encontrar puente para pasar de lo antiguo a lo moderno".
Aunque "pudiera parecer exagerada la afirmación de que todos los enfermos que venían del norte en 1880 tenían sus heridas gangrenadas, refiere el doctor Puga Borne- mi experiencia personal era esa". A él le tocó asistir a los heridos de Chorrillos y Miraflores como un mes y medio en el Hospital de Santa Guadalupe del Callao, regresando a Valparaíso, en un vapor completamente cargado de heridos. "Casi sin excepción los enfermos presentaban la complicación de la gangrena de hospital; tenían escalofríos y fiebre. El aspecto de la herida se descomponía; los mamelones se marchitaban, la supuración cesaba y la superficie se cubría de una capa gris negruzca, filamentosa, como el musgo que nace sobre los troncos en humedad". No menos sobrecogedores eran los recuerdos del doctor Francisco Puelma Tupper, el que agrega "que en Santiago se fundaron dos hospitales más para atender a los heridos: uno en la calle Castro y el último en la calle Agustinas. El jefe del primero introdujo el sistema de Lister. La mortalidad bajó al 3%. Mientras tanto en el hospital de Agustinas opuestos a todo progreso seguían con la esponja y el cerato (ungüento de manteca de cerdo) con una mortalidad de 80%. Finalmente, Puelma Tupper confiesa "que costó convencer a la gente de la existencia de los microbios, como no los veían y nosotros los jóvenes los veíamos en todas partes; nos creían perturbados, alucinados; en 1879 me caricaturizaron matando con una escopeta, microbios a diestra y siniestra".
Desde aquella época han pasado ya muchos años y "ahora era sólo cuestión de perfeccionar, de buscar otros medios de suprimir los gérmenes y de no llevarlos a la herida con los instrumentos, con las gasas, con las manos. No se necesitaban antisépticos, podían ser muertos por el calor. Nació la asepsia. Los progresos de la Bacteriología por una parte, y de la Química por otra, así como la introducción de medios mecánicos de ventilación de las salas de operaciones, nos trasladan a la actualidad en que muchas técnicas y procedimientos nuevos se han puesto al servicio de una mejor cirugía. Pero no debemos olvidar que en el extremo donde empieza este camino está Lord Lister que inició la cirugía moderna, sin imaginarse tal vez la trascendencia de su obra, ni que el camino ascendente que comenzaba no tiene estación de llegada ni de término, como no lo tiene el camino del éxito".
https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0716-10182003020200044


-III-
Joseph Lister
Nombre completo: Joseph Lister.
Año y lugar de nacimiento: 5 de abril de 1827, Upon (Inglaterra).
Dedicó su vida a: desarrollo de la cirugía antiséptica.
Avance más importante: descenso de la mortalidad mediante el control de las infecciones quirúrgicas.
Descubrimiento más importante: los antisépticos.

Contemporáneo de: Louis Pasteur, Henry Dunant, Florence Nightingale.
Año y lugar de fallecimiento: 1912, Walmer (Inglaterra).

Joseph Lister es conocido por ser el primer cirujano en controlar de forma eficaz las infecciones de las heridas quirúrgicas mediante el uso de antisépticos basándose en los descubrimientos de Pasteur. Debido a este descubrimiento, junto con el control de las hemorragias y la anestesia, la cirugía pudo dar el salto definitivo hacia la modernidad.
Lister nació en Upon (Inglaterra), el 5 de abril de 1827, en el seno de una familia acomodada que valoraba la educación y la ciencia. Su padre, Joseph Jackson Lister, científico aficionado, inventó un tipo de lente para microscopios (la lente acromática).
Durante su infancia recibió educación en varias escuelas religiosas de Londres y Hertfordshire, donde se daba mucha importancia a las ciencias. Una vez completados sus estudios, entró en la Universidad de Londres, donde se graduó en Artes y Botánica, y después decidió estudiar medicina, carrera
de la que se graduó Cum Laude en 185 (
Cum laude​ es una locución latina usada para indicar el nivel de rendimiento académico con el que se ha obtenido un grado académico universitario máximo, usualmente el doctorado.). Ese mismo año fue admitido en el Colegio Real de Cirujanos de Inglaterra, donde ocupó un puesto de asistente con uno de los cirujanos más prestigiosos de todo el Reino Unido. Durante estos años, Lister fue aprendiendo todo lo que se podía saber sobre cirugía. En esta época, la tasa de mortalidad quirúrgica rondaba el 50%.
En 1849, en el hospital donde Lister ejercía de cirujano en Londres, hubo una epidemia de gangrena que llegó a matar al 80% de los pacientes operados. Los cirujanos pensaban que los humores que flotaban en el aire se habían apoderado del hospital, e incluso llegaron a pensar en quemar las alas
afectadas. Lister observó que a los pacientes a los que se les amputaba el miembro infectado y se les cauterizaba la herida con nitrato de plata, por lo general, no se les reproducía la gangrena. Lister dedujo que el nitrato de plata no aislaba la hedía del aire sino que eliminaba algo que hubiera en la carne, pero no tenía forma de saber qué era lo que se eliminaba al cauterizar la herida.
Simultáneamente, en París se desarrollaba una de las investigaciones más apasionantes de las que se han llevado a cabo en la ciencia biológica. Un químico, Louis Pasteur, influenciado por el libro escrito por Ignaz Semmelweis, refutó definitivamente una de las teorías más importantes que existían en la biología del momento, la cual postulaba que los elementos que provocaban
la putrefacción de los tejidos germinaban espontáneamente en ellos. Al mismo tiempo, la medicina de la época también mantenía que las infecciones de las heridas eran producidas por una serie de “humores” que existían en el aire y que, al entrar en contacto con ellas, se iniciaba el proceso de la putrefacción.
Pasteur demostró que los procesos de infección y fermentación se debían a organismos vivos que estaban presentes en todas partes, incluso en el aire. La demostración se llevó a cabo con uno de los experimentos más sencillos y geniales de todos los tiempos. Pasteur preparó un caldo de carne y leche que hirvió para eliminar todos los organismos vivos que pudiera haber en su interior, y posteriormente los metió en dos recipientes: uno tenía un tubo largo y retorcido con una profunda curva, y el otro tenía un tubo corto y ancho que permitía la entrada libre de aire en su interior. El caldo contenido en el recipiente con el tubo corto y ancho comenzó a sufrir un proceso de putrefacción a las pocas horas, mientras que el recipiente con el tubo largo y
retorcido no sufrió cambio alguno. La segunda fase del experimento de Pasteur fue inclinar el recipiente para que el caldo recorriera la profunda curva descendente del tubo, en el cual Pasteur había predicho que se habían quedado depositadas las bacterias contenidas en el aire. Y así fue, el caldo contenido en
el recipiente se contaminó y se pudrió a las pocas horas.
Lister leyó los trabajos publicados por Pasteur y llegó a la conclusión de que la producción de pus y mal olor en las heridas era el equivalente a la putrefacción en los caldos del experimento.
Aprendió de los escritos de Pasteur que había tres formas de eliminar los microorganismos presentes en el aire y en todo lo que le rodeaba. Estos tres métodos eran la filtración, el calor y, por último, los productos químicos. Esto hizo desencadenar una serie de ideas dentro de la cabeza de Lister, una de las cuales se ha mantenido hasta el día de hoy; su brillante idea era que los microorganismos estaban produciendo las infecciones que estaban matando a sus pacientes y había que deshacerse de ellos pero, ¿cómo eliminarlos?
Lister pensó mucho en qué hacer a continuación. El primero de los elementos que descartó fue la filtración. Llegó a la conclusión de que el calor no se podría aplicar directamente al cuerpo humano, pero sí podría usarse en los diferentes elementos que intervenían en la cirugía, como el instrumental o las batas de los cirujanos. Lo único que le quedaba eran los productos químicos. Un día, en un paseo por el campo, se fijó en que alguien regaba un huerto recién abonado con una sustancia.
Esta sustancia era ácido fenólico, destilado a partir de una sustancia aceitosa llamada creosota, que se obtiene a partir del alquitrán de hulla. El ácido fenólico era utilizado para eliminar el mal olor que producía el abono. Lister llegó a la conclusión de que el fenol eliminaba el olor a podrido del estiércol porque eliminaba las bacterias descubiertas por Pasteur que producían la putrefacción. Si lo aplicaba a una herida, ¿podría causar el mismo efecto en ella? ¿Tal vez una compresa empapada en ácido fenólico podría ejercer el mismo efecto que los cuellos curvos y estrechos de los recipientes del experimento de Pasteur?
Lister había observado que las fracturas cerradas curaban sin grandes complicaciones, mientras que las fracturas abiertas se infectaban y provocaban la muerte del paciente en aproximadamente el 50% de los casos. En agosto de 1865, Lister decidió operar a un niño de 11 años cuya pierna había sido aplastada por la rueda de un carro y le había producido una fractura abierta. Al final de la operación cubrió la pierna con una compresa empapada en una solución de ácido fenólico. A los pocos días comprobó que la pierna se curaba correctamente
y no había ningún indicio de infección o pus. Mediante esta técnica, Lister consiguió reducir la mortalidad de los pacientes quirúrgicos de un 50% a solo un 15%.Este primer éxito no detuvo a Lister, que inmediatamente comenzó
a lavar el instrumental y la ropa que se utilizaba durante la cirugía con soluciones de ácido fenólico al 5%, obligó a todo el personal a lavarse las manos –como ya hiciera Semmelweis en Hungría 17 años antes– y también a limpiar el hospital de arriba abajo. Poco tiempo después empezó a empapar los vendajes
que se ponían en las heridas con ácido fenólico y desarrolló un pulverizador con el que rociar este producto químico para limpiar el aire de la estancia quirúrgica. También comenzó a limpiar la piel de los pacientes justo antes de iniciar la operación con ácido fenólico, cubriendo la piel que no iba a estar expuesta con compresas empapadas en este producto. Mediante todas estas
técnicas consiguió hacer descender la tasa de mortalidad por infecciones postoperatorias hasta un 6%. El hospital ya no olía a muerte y a pus, olía a productos químicos y a progreso.
Lister, agradecido a Pasteur por sus descubrimientos, le escribió una carta dándole las gracias: “Permitidme daros cordialmente las gracias por haberme mostrado la verdad de la teoría de la putrefacción microbiana con sus brillantes investigaciones y por haberme proporcionado el  sencillo principio que ha convertido en un éxito el sistema antiséptico.
Si viniese a Edimburgo, no dudo que para usted sería una auténtica recompensa el ver cómo en nuestro Hospital la Humanidad se beneficia en gran medida de sus trabajos.”
Pasteur estaba tan orgulloso de la misiva enviada por Lister que la incluyó en uno de sus libros.
Lister estaba ansioso por contar al mundo sus descubrimientos y en 1867 publicó su primer trabajo “Nuevo tratamiento de las fracturas abiertas y de los abscesos; observaciones sobre las causas de la supuración”. En 1867 presentó los resultados de un nuevo estudio ante la Asociación Médica Británica al mismo tiempo que publicaba su libro bajo el título: On the Antiseptic Principle in the Practice of the Surgery [Sobre el principio antiséptico de la práctica quirúrgica]. Estas publicaciones tuvieron poca aceptación en su país, donde los cirujanos de la época consideraron la antisepsia una complicación inútil. En el resto del continente europeo tampoco tuvo una gran aceptación inicial. Grandes cirujanos de la talla de Billroth, Paget o el mismísimo Simpson, desarrollador de la anestesia mediante el uso del cloroformo, se opusieron a su idea por considerarla inútil, aunque pocos años después tendrían que darle la razón.
Lister, conocedor de la fuerza de las matemáticas y la estadística, comenzó a acumular datos. Sus estudios estadísticos con respecto a las fracturas abiertas y las amputaciones fueron aplastantes, y al poco tiempo su técnica antiséptica se generalizó por toda Europa, especialmente en Alemania, donde se le
consideró un héroe. En 1877 nadie dudaba ya de las bondades de la cirugía antiséptica.
En 1879, un médico norteamericano llamado Joseph Lawrence desarrolló un antiséptico de uso general, usado tanto para la desinfección de las heridas como para el tratamiento de la caspa o la halitosis. Un farmacéutico llamado Jordan Wheat Lambert registró la fórmula y creó una compañía que comenzó a venderla con gran éxito comercial. El uso más importante que se le dio en su época, y que ha llegado hasta nosotros, es el de colutorio bucal para tratar las infecciones y la halitosis. ¿Su nombre? Listerine. De las ventas multimillonarias de este enjuague bucal, Lister no vio ni un céntimo, y tampoco su familia.
Otro de los grandes avances quirúrgicos desarrollado por Lister fue el catgut o tripa de gato. Se trata de un filamento desarrollado a partir de la capa externa del intestino del felino, que es utilizado como un hilo para coser tejidos y que, al estar compuesto por proteínas, es absorbido por el organismo del paciente sin dejar rastro alguno. La primera vez que Lister lo utilizó fue en un ternero, al que operó y ligó unos vasos sanguíneos en una granja. A los cuatro meses, cuando el ternero fue sacrificado, Lister inspeccionó la zona operada para ver qué había pasado con los filamentos de catgut. Como bien había predicho, los filamentos fueron absorbidos por el cuerpo del ternero sin dejar rastro.
En 1891, Lister ayudó a crear el Instituto Británico de Medicina Preventiva que en 1903 pasaría a llamarse, en su honor, Instituto Lister. Estos honores no acabarían después de su muerte, ya que en la década de 1920 se renombró a una familia de bacterias con su apellido, de modo que estos organismos pasaron a denominarse Listeria monocytogenes.

http://media.zonates.com/04-02/PDF/Joseph-Lister.pdf

-IV-
Se recuerda el fallecimiento de Joseph Lister hace 100 años
en
En algunos medios e instituciones británicas se ha celebrado el centenario del fallecimiento de Joseph Lister (5 abril de 1827 – 10 de Febrero de 1912). Véase, por ejemplo, el artículo de Lee Randall ‘The chief of surgeons: our debt of gratitude to Joseph Lister‘, publicado en Scotsman.com.
A lo largo del siglo XIX la cirugía encontró soluciones para los tres grandes problemas que tenía todavía planteados: el dolor, la infección y la hemorragia. La superación de estas tres barreras es lo que se conoce como “Revolución quirúrgica”. Las aportaciones de Joseph Lister fueron decisivas para solucionar la temible infección.
Cuando Lister se hizo cargo de la Clínica quirúrgica de Glasgow, debía enfrentarse a lo que era uno de los principales problemas: de un 30 a un 50% de los enfermos ingresados sucumbían víctimas de la gangrena hospitalaria, la erisipela, la piemia o el edema purulento. Como otros cirujanos en el pasado, quiso rebelarse contra la doctrina del pus loable, pero lo hizo de manera distinta. Pensó que la infección de las heridas y la formación de pus eran equiparables a la putrefacción.
Lister estaba al corriente de las ideas de Pasteur. Por una parte, sabía que éste había demostrado que este fenómeno se debía a la llegada de gérmenes vivos hasta la materia putrefascible, y por otra, que ésta se conservaba inalterable si se mantenía fuera del contacto del aire o si éste llegaba filtrado. Trasladó estas nociones al terreno de la cirugía, especialmente a los casos de fracturas abiertas. Había observado que las simples curaban sin demasiados problemas, mientras que las abiertas o con heridas acababan supurando e infectadas. Pensó que el aire atmosférico era el responsable porque aportaba los gérmenes. Por tanto, había que «filtrarlo» de alguna manera. Probó el cloruro de cinc y los sulfitos, pero pensó que podía emplear el ácido fénico, sustancia que se obtenía fácilmente del alquitrán de hulla y que, desde 1859, se venía empleando para evitar putrefacciones. Sabía que se usaba para evitar la fetidez de los albañales y que en los campos por donde discurrían las aguas fenicadas desaparecían los entozoos que parasitaban al ganado.
En 1857 publicó el trabajo titulado Nuevo tratamiento de las fracturas abiertas y de los abcesos; observaciones sobre las causas de la supuración, que apenas tuvo resonancia entre los científicos. En 1867 presentó los resultados de un nuevo estudio sobre el tema ante la Asociación médica británica. Un año más tarde lo hizo en la Sociedad Médico-quirúrgica de Glasgow. En 1869 lo tomó como tema de la lección de apertura de curso de su Universidad. Este material lo publicó en forma de libro en 1867 con el título On the Antiseptic Principle in the Practice of the Surgery.
Entre la primera publicación y la segunda depuró la técnica. Primero aplicaba compresas de agua fenicada y después pulverizó el ambiente y los objetos que podían entrar en contacto con la herida completándolo con el uso de pomadas fenicadas. Poco a poco fue acumulando una serie de casos fruto de una experiencia continuada. En 1867, por ejemplo, decidió operar a un enfermo con una fractura de tibia que había consolidado defectuosamente, usando su método antiséptico. Normalmente en estas situaciones el desenlace era funesto. Sin embargo, el paciente curó sin ningún problema.
Pronto el “listerismo” comenzó a tener adeptos en el continente, aunque también tuvo detractores. Conociendo el valor de la estadística, Lister acumuló datos y cifras. En 1870 presentó resultados relativos a amputaciones. Antes del empleo de la antisepsia la mortalidad era del 45 % y después descendió al 15 %. A partir de 1871 la tendencia a aplicar el método de Lister se generalizó con rapidez en todos los países.
Lister murió el 10 de febrero de 1912 habiendo recibido toda clase de honores, homenajes y reconocimientos. Se celebró el funeral en la Abadía de Westminster, donde se grabó su efigie junto a la de Hunter y Willis.
https://historiadelamedicina.wordpress.com/tag/joseph-lister/



-V-
De matasanos a cirujanos
25 de abril de 2018
Acabo de añadir a mi biblioteca el libro de Lindsey Fitzharris "De matasanos a cirujanos", sobre Joseph Lister y la revolución que transformó el truculento mundo de la Medicina victoriana.
El libro muestra las truculencias de la cirugía en la época victoriana, el ambiente de las primeras salas de operaciones y a sus admirados matasanos, hombres sin miramientos elogiados por su habilidad y fuerza bruta al operar, antes del uso de la anestesia, cuando muchos estaban convencidos de que las secuelas de la cirugía eran peores que las propias dolencias, pues en muchos casos se producían infecciones letales. Y en este momento en que la cirugía era un peligro, aparece Lister, un joven cuáquero de talante melancólico, que resolverá el mortal enigma de las infecciones e introducirá relevantes cambios en la historia de la Medicina. Fitzharris retrata en esta obra el período comprendido entre 1850-1875, mostrando a numerosos médicos de la época, lúgubres hospitales, macabras morgues donde estudiaban anatomía, cementerios saqueados para obtener cadáveres que diseccionar, etc.
La autora es definida como escritora, conferenciante, influencer e historiadora de la Medicina. Se doctoró en Historia de la Ciencia y de la Medicina por la Universidad de Oxford. Su blog The Chirurgeon's Apprentice ha cosechado un gran éxito. Si queréis conocer su blog podéis consultar el siguiente enlace: Blog. Además ha escrito numerosos artículos y ha obtenido premios de divulgación científica. En la actualidad vive en la Campiña inglesa con su esposo y sus gatos.
El libro ha obtenido muy buenas críticas, aquí os dejo algunas.
"Su biografía de Lister restituye a este olvidado paladín de la observación científica y lo vuelve a situar en el centro de la historia de la medicina. Un logro extraordinario".  The Wall Street Journal.
"Glorioso [...] Fitzharris tiene buen ojo para el detalle mórbido, las imágenes viscerales y el potencial cómico. De esta visión infernal, Lister emerge como el salvador impasible, moderno y científico al que todos deberíamos dar las gracias". The Guardian.
"La historia aquí narrada es absolutamente fascinante". The New York Times.
Cada capítulo del libro va precedido por una frase, copio una a modo de ejemplo:
"El cirujano es como el labrador que, tras sembrar el campo, espera con resignación lo que la cosecha pueda traerle, y recoger sus frutos plenamente consciente de su impotencia contra las fuerzas elementales que desencadenan lluvias, huracanes y granizos. Richard von Volkmann.
Espero leer pronto el libro, pero avanzo que yo creo que va a ser apasionante.
http://sus-cinemed.blogspot.com/2018/04/de-matasanos-cirujanos.html

-VI-

Frases de Joseph Lister

Confío en que pueda ser habilitado en el tratamiento de pacientes para actuar siempre con un solo ojo para su bien.


La frecuencia de las consecuencias desastrosas en la fractura compuesta, en contraste con la inmunidad completa del peligro a la vida o la extremidad en una fractura simple, es uno de los hechos más llamativos y melancólicos en la práctica quirúrgica.

Junto a la promulgación de la verdad, lo mejor que puedo imaginar que el hombre pueda hacer es la retractación pública de un error.

Pero cuando las investigaciones de Pasteur demostraron que la propiedad séptica de la atmósfera no dependía del oxígeno o de cualquier componente gaseoso, sino de los diminutos organismos suspendidos en ella, que debían su energía a su vitalidad, se me ocurrió que la descomposición en la parte lesionada se puede evitar sin excluir el aire, aplicando como apósito un material capaz de destruir la vida de las partículas flotantes. Sobre este principio he basado una práctica.


Si el amor por la cirugía es una prueba de que una persona está adaptada para ello, entonces ciertamente estoy capacitado para ser un cirujano; porque difícilmente puedes concebir el alto grado de disfrute que estoy experimentando día a día en este departamento sangriento y carnicero del arte curativo. Estoy cada vez más encantado con mi profesión.

Si no tuviéramos nada más que recompensas pecuniarias y honores mundanos, nuestra profesión no sería la deseada. Pero en su práctica, encontrará que lo atienden con privilegios peculiares, insuperables en interés intenso y placeres puros. Nos sentimos orgullosos de cuidar el tabernáculo carnal del espíritu inmortal, y nuestro camino, correctamente seguido, será guiado por una verdad sin restricciones y un amor sincero. En la búsqueda de este noble y santo llamamiento, les deseo a todos la velocidad de Dios.

Soy un creyente en las doctrinas fundamentales del cristianismo.

Teniendo en cuenta que es a partir de la vitalidad de las partículas atmosféricas que surge todo el daño, parece que todo lo que se requiere es cubrir la herida con algún material capaz de matar estos gérmenes sépticos, siempre que se pueda encontrar cualquier sustancia confiable. Este propósito, sin embargo, no es demasiado potente como un cáustico. En el transcurso del año 1864, me impresionaron mucho los efectos notables producidos por el ácido carbólico en las aguas residuales de la ciudad de Carlisle, la mezcla de una proporción muy pequeña que no solo evita el olor de las tierras irrigadas con la basura. material, pero, como se dijo, destruyendo los entozoas que usualmente infestan el ganado alimentado en tales pastos.
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Amiga, Amigo:

Fabuloso fue el aporte de Joseph Lister al descubrir los beneficios de la ANTISEPSIA en general y en particular en la cirugía permitiendo el fabuloso avance de la misma al detener las infecciones en los pabellones quirúrgicos. 

No tuvo la misma suerte el cirujano húngaro Ignaz Semmelweis quien unos años antes que Lister observó en Viena que en las salas de maternidad donde estaban presentes los doctores que también trabajaron en otras áreas del hospital y en autopsias, las tasas de mortalidad eran más altas que en esas salas que fueron operadas por las parteras solamente. Él introdujo el lavado de la mano en estas salas. El número de muertes debido a la infección en estas salas de maternidad cayó dramáticamente gtracias al lavado de manos.

Sus observaciones no tuvieron eco, él mismo fue amenazado. No era posible que se culpara a los propios médicos de estas muertes, era un insulto para la imagen de los médicos. Incluso su propio jefe de Obstetricia, el Profesor Klein, estuvo en contra de él y prohibió esta medida sanitaria, relevando del cargo a Semmelweis en 1849 y dejando a Braun, quien creía que todo era problema de mala ventilación: con lo que la tasa de mortalidad aumentó nuevamente. Lleno de amargura dejó la clínica, asumió la cátedra de Obstetricia Teórica y Práctica en la Universidad de Pest en Hungría, logrando aplicar su método y reduciendo notoriamente la tasa de mortalidad, pero el rechazo de sus colegas lo hizo entrar en profunda depresión y murió sin saber que la posteridad lo reconocería y la historia valoraría por descubrir la ASEPSIA. Su vida fue la de un hombre que luchó con entereza y sin vacilación por sus ideales y convicciones salvando la vida de muchas parturientas gracias a la ASEPSIA con el buen lavado de manos, algo ahora tan recomendado para todos nosotros para prevenir la PANDEMIA al desactivar el jabón la capa externa del virus Covid-19.

Dr. Iván Seperiza Pasquali
Quilpué, Chile
Abril de 2021
Portal MUNDO MEJOR: http://www.mundomejorchile.com/
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