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Superamos los dos millones…


La Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió el viernes (25.09.2020) que las muertes por COVID-19 podrían duplicarse y alcanzar los dos millones si no se mantienen medidas para evitar la propagación del virus, mientras Europa enfrenta otra ola de contagios y Estados Unidos registra nuevos picos de infección.
Han pasado 3 meses y ya superamos los dos millones de muertos por el coronavirus Covid 19.

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“Tres días que detuvieron al mundo”: un video revela cómo el régimen chino buscó encubrir el brote de coronavirus en Wuhan
Un documental filmado entre el 19 y el 22 de enero de 2020 en la ciudad epicentro de la pandemia mostró la represión de las autoridades a medida que aumentaba el pánico de la población y los hospitales se veían abarrotados
https://www.mininoticias.com.ar/noticia/O7s4qmae/tres-dias-que-detuvieron-al-mundo-un-video-revela-como-el-regimen-chino-busco-encubrir-el-brote-de-coronavirus-en-wuhan


Hace 12 meses China ocultaba el estallido de la pandemia, pero ahora le exigirá cuarentena a quienes viajen por el Año Nuevo lunar
Jueves 21 de Enero
El gobierno impondrá estrictos requisitos durante la temporada de vacaciones, en la que se espera que viajen hasta cientos de millones de personas. Este sábado se cumplirá el aniversario del confinamiento en Wuhan.
https://www.infobae.com/america/mundo/

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Desarrollo

El mapa mundial del coronavirus: 96,6 millones de casos y más de dos millones de muertos en todo el mundo

20/01/2021
EE.UU. es el país con más contagios y más fallecidos, pero el virus se extiende de nuevo con celeridad por Europa
El nuevo coronavirus SARS-CoV-2, responsable de la enfermedad COVID-19, avanza por todo el planeta sumando más de dos millones de fallecidos y más de 96,6 millones personas infectadas.
El país más afectado es Estados Unidos, con más de 24,3 millones de contagios y por encima de los 404.000 fallecimientos, seguido de India, que supera los 10,5 millones de casos y las 152.000 muertes, y de Brasil, que rebasa los 8,5 millones de diagnosticados y acumula más de 211.000 decesos. Por detrás, se encuentran Rusia y Reino Unido, que superan los tres millones de contagios. Francia, Italia, España, Turquía y Alemania, por su parte, ya rebasan los dos millones. En Europa, superan también el millón de casos Polonia y Ucrania. En el resto del mundo, también rebasan esa cifra Argentina, Colombia -que ya roza los dos millones-, México, Irán, Perú y Sudáfrica.
Como resultado de la expansión del virus, más de la mitad de la población mundial ha sido sometida a algún tipo de confinamiento, se ha impuesto el distanciamiento social y los desplazamientos se han reducido, al igual que la actividad económica, provocando una grave recesión por todo el planeta. Esta situación se volvió a repetir durante la gran oleada de otoño, sepultada por la tercera ola tras la Navidad.
El foco principal de la pandemia vuelve a situarse en Europa, que ya supera los 670.000 muertos y afronta 2021 con la amenaza de una tercera ola confirmada. Así, permanecen severas restricciones, como los confinamientos domiciliarios o el toque de queda para frenar los contagios. En América, donde los casos siguen creciendo y los fallecidos ya superan los 980.000, el país que más preocupa es Estados Unidos.
Países con más casos de coronavirus detectados
Total: 96.636.024 = Estados Unidos 24.356.741- India 10.595.660- Brasil 8.573.864- Rusia 3.595.136- Reino Unido 3.505.754- Francia 2.965.117- Italia 2.414.166- ESPAÑA 2.412.318- Turquía 2.406.216- Alemania 2.090.098- Colombia 1.939.071- Argentina 1.819.569- México 1.668.396- Polonia1.450.747.
Fuente: https://www.rtve.es/noticias/20210120/mapa-mundial-del-coronavirus/1998143.shtml

País Pob. (Millón) Muertes Muertes por millón
Bélgica 11,6 20 250
1 747
Italia 60,5 80 326
1 329
Rep. Checa 10,7 13 656
1 275
R. Unido 67,9 84 910
1 251
Perú 33,0 38 399
1 165
EE. UU. 331,0 384 653
1 162
España 46,8 52 878
1 131
México 128,9 136 917
1 062
Francia 65,3 69 168
1 060
Argentina 45,2 44 983
995
Suecia 10,1    9 834
974
Brasil 212,6   205 964
969
Colombia 50,9   47 124
926
Chile 19,1 17 204
900
China por su manipulación y ocultamiento de datos no figura.
Es importante tomar estas cifras como aproximaciones. Primero, porque no todos los países tienen las mismas reglas para atribuirle una muerte al virus —Bélgica, por ejemplo, y al contrario de lo que hace la mayoría, incluye en su estadística oficial las muertes “sospechosas”, aunque no se hayan confirmado con una prueba de laboratorio—. Pero además hay que contar con que las estadísticas oficiales no serán perfectas en ningún país y que en algunos serán muy malas.
En general, los fallecidos por coronavirus serán más de las que constan oficialmente. Es algo que sabemos con certeza en lugares como España, donde los registros civiles han observado un exceso anormal de 80.000 muertes desde marzo (en comparación con 2019 y años anteriores). No todo ese exceso será necesariamente por covid, pero sí una gran parte. Los certificados de defunción de la primera ola, que cumplimentan médicos, atribuían el 95% del exceso al virus. Esto mismo ocurre en países como Italia, Reino Unido o Estados Unidos, como se observa en el último gráfico.
Para hacerse una idea del impacto de la covid, basta decir que se ha colocado entre las mayores causas de muerte del mundo. Con datos a 31 de diciembre, la Organización Mundial de la Salud (OMS) dice que es la sexta patología en esa lista, al nivel del cáncer de pulmón y por delante del alzhéimer, las diarreas, la diabetes y las enfermedades renales. Una de las principales causas de muerte no existía hace un año.
La pregunta que queda en el aire es cuándo se superarán los tres millones de fallecidos, y si serán tres, cuatro o cuántos millones en 2021. Responderla es imposible porque la carrera de la vacuna solo está empezando, y aunque avanza en España y Occidente, no hay que olvidar que el mundo es muy grande. Es una pregunta, además, que ya quedó sin respuesta con el primer millón. Entonces el doctor Mike Ryan, de la OMS, decía que el segundo millón “no era imposible”. Tres meses después es evidente que tenía razón, aunque se equivocaba con los cálculos: ”Si nos fijamos en la pérdida de un millón de personas en nueve meses y después nos fijamos en la realidad que supone llevar la vacuna ahí fuera en nueve meses, es una tarea enorme”. Pero la vacuna no tuvo nueve meses para evitar el segundo millón, ni los tendrá tampoco para evitar el tercero.
https://elpais.com/sociedad/2021-01-15/dos-millones-de-muertes-en-el-mundo.html

Los 20 Países con más muertes por coronavirus por 100.000 habitantes

Se incluyen solo países con más de un millón de habitantes
1.Bélgica 179,93
2.Eslovenia 158,35
3.República Checa 140,86
4.Reino Unido 140,37
5.Italia 138,49
6.Bosnia y Herzegovina 136,01
7.Macedonia del Norte 131,5
8.Estados Unidos 124,34
9.Bulgaria 123,15
10.Perú 122,05
11.Moldavia 121,91
12.Hungría 119,82
13.Panamá 117,65
14.Croacia 115,9
15.España 115,14
16.México 114,41
17.Suecia 107,33
18.Francia 106,98
19.Suiza 104,99
20.Argentina.103,87
China por su manipulación y ocultamiento de datos no figura.



Variantes covid-19
21 de enero de 2021
El coronavirus ha estado adquiriendo mayor diversidad genética, y los científicos dijeron que ello se debe principalmente a la elevada tasa de casos nuevos. Cada infección nueva le da al virus la oportunidad de mutar conforme hace copias de sí mismo.
Las variantes más recientes, o versiones del virus, que surgieron en Gran Bretaña, Sudáfrica y Brasil parecen propagarse con mayor facilidad, y los científicos dicen que eso generará más casos, muertes y hospitalizaciones. Las nuevas variantes no parecen provocar una forma más grave de la enfermedad, pero su capacidad de socavar a la larga a las vacunas es preocupante.
Pfizer e investigadores del Centro Médico de la Universidad de Texas dijeron que la vacuna seguía siendo efectiva contra una mutación llamada N501Y de las nuevas variantes encontradas en Gran Bretaña y Sudáfrica. De la misma forma, no hubo indicios de problemas cuando la probaron en otras mutaciones.
Moderna y AstraZeneca, que fabrica un tipo diferente de vacuna contra el COVID-19 utilizada en algunos países, también han estado probando cómo funcionan sus vacunas ante distintas mutaciones.
Fuente: https://www.publimetro.cl/cl/noticias/2021/01/21/covid-19-inquietudes-variantes.html

En una entrevista televisiva ví a Diego Armus con su frase que dice "La pandemia es una maratón y no una carrera de 100 metros". Este historiador argentino, investigador de las pandemias tiene tan claros los conceptos que busqué en la WEB y acá está su enseñanza útil ahora que tenemos desatado el extraño virus frente a opiniones para nada convincentes de las autoridades de salud, del Colegio Médico y de los intereses políticos y económicos:

“No hay epidemia que haya afectado más a los ricos que a los pobres”
09.10.2020
Diego Armus es historiador de la enfermedad y en esta entrevista reflexiona sobre el Covid-19, la incertidumbre y lo complejo que es gestionar una pandemia en contextos de pobreza y desigualdad social, característicos de América Latina. En esta región, donde las ciudades capitales están rodeadas por enormes círculos de pobreza, las estrategias sanitarias de las autoridades no pueden ser las mismas que se aplican en Europa, pues no somos “países de clase media” destaca. Sobre la aparición de una vacuna y la idea de que pronto vamos a dar vuelta la página del Covid-19, Armus es cauto. La historia muestra que algunas epidemias “se apagan” independientemente de la acción humana y otras se quedan, como el SIDA, que se ha transformado en una enfermedad crónica. Las vacunas, además, son un camino incierto. “Puede que estén en el horizonte, pero cuando lleguen presentarán problemas de logística y accesibilidad, y con ello inequidades entre naciones pobres y ricas”, resume.
Diego Armus, PhD en Historia y profesor de historia latinoamericana en Swarthmore College, investiga la enfermedad como un fenómeno político y cultural. Armus es argentino y en un ensayo que escribió sobre la tuberculosis en Buenos Aires, retrata cómo ésta se vinculó a una clase social, a una definición de mujer y hasta un tipo de tango: “la milonguita” (“Tango, género y tuberculosis en Buenos Aires 1900-1940”, se tituló su investigación.
Uno de sus argumentos es que las enfermedades se vuelven una preocupación pública cuando afectan a los que tienen poder. Ejemplifica con el «Mal de Chagas» que ha enfermado y matado durante casi un siglo en Latinoamérica:
-Se trata de una enfermedad transmisible, distintiva de la pobreza rural y semi-rural de muchas regiones de América del Sur. Un problema que los pobres, la gente común, lo acepta como un dato de la vida cotidiana: se la ha naturalizado, es parte del paisaje, ha perdido la capacidad de sorprender a los que deciden. Pero ahora está llegando al hemisferio norte y hay voces que proponen hablar de la ‘epidemia del Mal de Chagas’. La malaria es otro ejemplo. La gente vivía con malaria y lo aceptaba, ‘bueno es así’, hasta que el poder político, por los motivos que fueren, empezó a tomar nota de eso», explica.
¿Qué lecciones podemos sacar de esto para hacer frente al Covid-19? Poco. Su forma de entender la enfermedad hace que Armus se resista a buscar lecciones en la historia. Explica que a lo mejor el historiador de la salud pública puede identificar en el pasado instrumentos para desarrollar mejor política pública. Pero el historiador de la enfermedad aprende a cuidarse de las generalizaciones.
-Cada epidemia es única, resultante de un microorganismo y del modo en que una sociedad lo confronta, reacciona e interpreta-, dijo a CIPER.
Para Armus, además, “el presente no es un buen alumno del pasado. La historia puede señalar una hoja de ruta, pero nada más. Hace un siglo, por ejemplo, la sociedad estaba mucho menos medicalizada que ahora, por lo tanto lo que aprendimos entonces de una epidemia no sé hasta qué punto es relevante hoy”.
Lo que sí enseña la historia es que las epidemias son el reino de las incertidumbres.
-Lo primero que hay que hacer es reconocer y aprender a convivir con incertidumbres: aquellas cosas para las cuales tengo una pregunta pero no puedo formular una respuesta. Articular una respuesta política, de salud pública, en medio de la incertidumbre que trae una epidemia nueva como el Covid-19 es un desafío brutal. Reconocer esa incertidumbre y navegarla desechando las respuestas simplistas, el exitismo, la ideologización de este problema de salud pública, es probablemente el primer paso para discutir políticamente una epidemia-, plantea.
Además de la incertidumbre, otro patrón que caracteriza a las epidemias es que no afectan a todos por igual. A diferencia de lo planteado por el ministro de Salud Enrique Paris, Armus explica que en esto la historia es clara: “Las epidemias no son democráticas. Pueden afectar a todos, pero los que más mueren son los pobres, los más vulnerables. No hay epidemia que haya afectado más a los ricos que a los pobres”, afirma.
Un caso característico en América Latina es la epidemia de cólera ocurrida en Perú en los 90. Entonces, murieron 2.909 personas y las poblaciones más afectadas fueron habitantes de las zonas rurales y del Amazonas, por su falta de acceso a agua potable y una adecuada red de alcantarillados. Treinta años después, el caso peruano le sirve a Armus para mostrar lo poco que algunos países aprenden de sus crisis sanitarias.
-Si sigues las noticias sobre el Covid-19, parece ser que no se entendió nada de la epidemia del cólera, porque la red de infraestructura de agua potable sigue siendo tan precaria como en los ’90 en Perú. Dicho esto, también hay que tomar nota que la gente desarrolla recursos para enfrentar las enfermedades. Entonces, donde no hay agua potable que llegue a la cocina o al baño, se instalan llaves comunitarias con las cuales las personas pueden lavarse las manos, una de las medidas que hasta hoy se han revelado más o menos efectivas para mitigar el contagio de Covid-19.
Esa imagen latinomericana de profunda desigualdad y falta de infraestructura, sobre todo en áreas rurales o en los contornos de las capitales, hace que Armus se pregunte por el tipo de estrategia que tenemos que desarrollar para combatir el Covid-19 en la región.
-En muchos países de la periferia lo que se intentó hacer, y la Argentina es un caso, fue utilizar los mismos recursos que están usando los europeos. Como si la Argentina fuera un país de clase media. Esa perspectiva puede funcionar -y solo hasta cierto punto- en Buenos Aires. En el Gran Buenos Aires la situación es otra y es horrorosa, con casi 50% de la población debajo del nivel de pobreza. Entonces, la agenda anti-epidémica para mitigar el contagio necesita localizarse. Las ciudades de Sierra Leona no son ciudades de clase media, las de Liberia tampoco; en Vietnam, en Ho Chi Min City, el hacinamiento no es una excepción. Pero en esos países la vigilancia epidemiológica, por ahora, ha dado buenos resultados. Me parece que hay algo en América Latina que no funciona bien, y no me pidas una explicación muy convincente porque no la tengo.
ARROGANCIA VERSUS CULTURA ANTIEPIDÉMICA
A mediados de septiembre, Martha Lincoln, antropóloga de la salud, se preguntaba en un artículo de la revista Nature por el rol de la “arrogancia” a la hora de combatir el Covid-19. Citaba los casos de Chile, Estados Unidos, Brasil, Reino Unido, países reconocidos internacionalmente por su manejo de la salud pública y que sin embargo, en contextos de Covid-19, son los que han mostrado peores resultados. La antropóloga, de origen vietnamita, destacaba en cambio que su país, pequeño y siempre al final de las listas, había manejado mucho mejor la enfermedad.
Armus cree que, más que arrogancia, lo que afectó a autoridades y científicos de Francia, Italia, Inglaterra, sobre todo al comienzo de la pandemia, fue “el reconocimiento de su propia perplejidad frente al tsunami que es una epidemia”. Está de acuerdo sí con que las naciones de extremo Oriente lo han hecho mejor:
-Pienso que al final los pocos recursos que hay para lidiar con la pandemia son los mismos en los distintos países. Francia debe tener más ventiladores y salas de terapia intensiva, pero Vietnam lo hace mejor porque no necesita mandar tanta gente a terapia intensiva. Tal vez haya que pensar cómo se construye y se consolida una cultura anti-epidémica; y una cultura de confianza y de resiliencia para lidiar con las incertidumbres que trae una epidemia nueva, sobre la que se sabe poco.
Articular una respuesta política, de salud pública, en medio de la incertidumbre que trae una epidemia nueva es un desafío brutal.
-¿Qué es una cultura antiepidémica?
-Me refiero a algunas sociedades que lograron aprender algo de experiencias epidémicas traumáticas. La historia de la mascarilla en China, Japón, Corea es elocuente. La mascarilla tiene en extremo Oriente una trayectoria muy distinta a la de Occidente. Empieza a usarse en 1910, durante una epidemia en Manchuria. Desde entonces estará mas o menos presente durante todo el siglo en casi todo extremo Oriente. En China estuvo en los tiempos de Mao, en los que siguieron, en la China que genera polución por izquierda y por derecha. Hoy la mascarilla se ha naturalizado y la usan todos, hasta la estetizan. En Vietnam también. En Occidente, en cambio, apareció en la pandemia de influenza de 1918. Pero hubo que esperar al Covid para que volviera a usarse y ha tomado tiempo para que su uso se generalice.
-En Occidente olvidamos más rápido la pandemia de 1918, ¿por qué?
-La pandemia de 1918 hizo estragos pero muy pronto fue tapada por la catástrofe de la Primera Guerra. Ya en los primeros años de la década del ‘20 nadie hablaba de la pandemia y está ausente en las crónicas de la época, por ejemplo en los escritos de Hemingway o Scott Fitzgerald. La memoria de la Primera Guerra desplazó radicalmente la memoria de la pandemia, y mirá que murieron casi 100 millones de personas ¿Por qué se olvidan las muertes y el desastre traídos por la pandemia y no los traídos por la guerra? Tal vez haya que pensar que la guerra es percibida por la sociedad como un resultado de acciones humanas y la pandemia como un fenómeno extra-humano, desatado por procesos que no se asocian claramente con lo que hacen o no hacen los humanos. Aunque esto, con la pandemia del Covid, empiece a relativizarse cuando se toma en cuenta lo que el calentamiento global está trayendo consigo.
UNA EPIDEMIA ES UNA MARATÓN
Según Armus, los casos de Vietnam, Nueva Zelanda, Corea del Sur, hablan también de una relación entre los ciudadanos y el Estado que es distinta.
-El Estado que logra desarrollar en la sociedad una consciencia de civilidad sanitaria, me parece que ya ganó una primera batalla. Nueva Zelanda lo está haciendo a su modo. Y Vietnam, donde según las noticias la civilidad sanitaria es notable. La realidad es que en esta coyuntura están mucho mejor. Y pareciera ser que estos logros tienen que ver con otro asunto: una epidemia es una maratón, no una carrera de 100 metros. Para correrla es necesario una buena dosis de confianza para navegar colectivamente en medio de una neblina que afecta a todos. Si se asume la incertidumbre, si la sociedad y el gobierno entienden que no se podrá dar vuelta la página tan rápido, entonces construir confianza en lo que puede hacer la salud pública y la ciencia se vuelve una prioridad de la política. Todo indica que en extremo Oriente en parte lo han logrado. Y también en algunos países de África.
No todos los virus se comportan del mismo modo y un mismo virus puede atenuarse, acomodarse, independientemente de lo que puedan hacer los seres humanos ¿Suena humillante, cierto?
-Africa aprende del ébola…
– Sí, pareciera ser que en materia de redes de vigilancia epidemiológica algunos países africanos aprendieron del ébola; y en extremo Oriente del SARS.
-Ahora, también hablamos de Estados fuertes en algunos casos…
-Yo creo que hay dos cosas. Por un lado está el discurso que viene de arriba y con fuerza, que puede originarse en un contexto de cierto o mucho autoritarismo y, también, puede expresarse en intervenciones autorizadas, con una autoridad ganada que la sociedad respeta y acompaña. Por otro lado están las redes de vigilancia epidemiológica a nivel comunitario, basadas en agentes sanitarios y no necesariamente médicos, que son figuras clave en el esfuerzo por mitigar el contagio ¿Tu crees que en Sierra Leona y en Liberia hay mucho más médicos o ventiladores? No, pero lo que sí han logrado consolidar, aún en la tremenda escasez de recursos, son instrumentos que permiten alimentar y reproducir la civilidad sanitaria de la que hablamos.
CONFIANZA Y EL CASO DEL SIDA EN BRASIL
América Latina tiene su propia historia de aprendizajes y olvidos en relación a las enfermedades y epidemias.
En el libro “La enfermedad en la historia moderna de América Latina” (2003), del cual Armus es editor, el investigador Patrick Larvie documenta el rol que jugó la sociedad civil en Brasil para que las autoridades reconocieran que el SIDA era un problema de salud pública -complejo, nacional- y no una enfermedad que solo afectaba a homosexuales ricos u hombres promiscuos, como se lo veía en los 80’, cuando el país transitaba de la dictadura a la democracia.
-El caso brasileño es un ejemplo de la importancia que tienen las elites en la definición de una enfermedad y el rol que puede jugar la sociedad civil. Al principio la resistencia de las autoridades a reconocer que el SIDA es un problema sanitario es muy fuerte…
-El caso de Brasil es bien interesante pero en modo alguno excepcional. Todas las epidemias comparten una suerte de dramaturgia que comienza naturalmente con la negación de lo que está ocurriendo. Recordemos que la del Covid-19 también fue negada, incluso sanitaristas muy progresistas decían que se trataba de un problema del norte, que los problemas de los países del sur eran otros, como el sarampión y el dengue. Por suerte pronto entendieron que a esas dos epidemias había que sumarle la del Covid-19. Luego de ese primer acto, el de la negación, viene el segundo, donde, por los motivos que fueren, el contagio y el temor al contagio son tan obvios que hay que hacerse cargo. Entonces la sociedad y la cultura empiezan a interpretar, en medio de la incertidumbre, lo que está pasando. Ese momento, en gran medida discursivo, es muy específico de cada epidemia y enfermedad. En el medioevo, las herejías de algunos servían para explicar el azote epidémico y también los castigos concomitantes. En Brasil, con el SIDA, la primera interpretación que emana del poder es que se trata de un castigo a la numerosa presencia de homosexuales en la sociedad. Luego se entra en el tercer acto de la dramaturgia: llegan las intervenciones, destinadas a intentar gobernar el contagio. Son intervenciones que no siempre producen resultados. De hecho, abundan los casos de epidemias que, después hacer estragos, se van apagando en su letalidad. El último acto, tal como lo hablamos en el caso de la pandemia de 1918, es el olvido. Ahora con el SIDA, en Brasil y en el mundo, este último acto no ha llegado.
¿Tu crees que en Sierra Leona y en Liberia hay mucho más médicos o ventiladores? No, pero lo que sí han logrado consolidar, aún en la tremenda escasez de recursos, son instrumentos que permiten alimentar y reproducir una civilidad sanitaria.
-¿Qué ha pasado?
-El SIDA se transformó en una suerte de enfermedad crónica, frente a la cual hay tratamientos pero no vacunas. Esto hay que tenerlo presente, pues queremos pensar que de esta pandemia saldremos pronto de la mano de una vacuna. Y sí, puede que las vacunas estén en un horizonte no muy lejano, pero cuando lleguen presentarán problemas inmensos de logística y accesibilidad, y con ellos inequidades entre naciones pobres y ricas, y al interior de todas las naciones entre ricos y pobres.
-El diario The Guardian publicó un artículo donde citaba un informe del ministerio de Salud que alertaba sobre la posibilidad de que el coronavirus se vuelva endémico en ciertas zonas de Inglaterra: lugares hacinados, habitados por inmigrantes, que no han podido hacer cuarentena o disminuir su movimiento. Lo mismo podría pasar en América Latina, tomando en cuenta nuestras condiciones de pobreza, hacinamiento e informalidad.
-Sin duda. Pero conviene tener presente que no todos los virus se comportan del mismo modo y que un mismo virus puede atenuarse, acomodarse, independientemente de lo que puedan hacer los seres humanos ¿Suena humillante, cierto? Al día de hoy el Covid sigue presentando mas incógnitas que respuestas. No sabemos si se va a comportar como el virus de la pandemia de influenza del 18, con subsiguientes rebrotes que aumentan la letalidad. O como otros coronavirus, que perdían letalidad con el paso del tiempo. Hay quienes miran con preocupación que el Covid-19 pueda instalarse en una suerte de meseta y quedarse allí, como si fuera una endemia. Son especulaciones que advierten sobre todo lo que no se sabe sobre el Covid. Dicho esto, quizás valga la pena recordar que hasta ahora las epidemias irrumpen con más o menos ferocidad, enferman y matan mucho o poco, y luego se apagan. ¿Cómo se apagan? Antes de la llegada de la bacteriología moderna, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, era difícil atribuirse algo que podría calificarse como un triunfo sobre el contagio. Se vivía con los ciclos epidémicos y de algún modo se los aceptaba como algo inevitable. Con la bacteriología las cosas cambian. Aparecen recursos como las vacunas que frente a ciertas enfermedades son eficaces y evitan el contagio. Así es como las décadas del 60 y 70 del siglo pasado están marcadas por un gran optimismo sobre la capacidad humana de controlar los peligros epidémicos. Pero también en esos años, y sin duda en los 80, con la llegada del SIDA, también toma forma una perspectiva menos optimista. Para ese entonces circulaba entre algunos infectólogos un comentario irónico y anticipador en materia de azotes epidémicos: al siglo XIX lo siguió el siglo XX y al final del siglo XX y comienzos del XXI, lo va a seguir el siglo XIX. Un modo de decir que las epidemias estaban destinadas a regresar. Y no hay duda que lo han hecho.
https://www.ciperchile.cl/2020/10/09/no-hay-epidemia-que-haya-afectado-mas-a-los-ricos-que-a-los-pobres/


Entrevista: No hay epidemia que afecte más a los ricos que a los pobres
Diego Armus, doctor en Historia por la Universidad de California y profesor de historia latinoamericana en Swarthmore College (Estados Unidos), investiga la enfermedad como un fenómeno político y cultural. Armus es argentino y en un libro que escribió sobre la tuberculosis en Buenos Aires retrata cómo esta se vinculó a una clase social, a una definición de mujer y hasta un tipo de tango, “la milonguita” (La Ciudad Impura: Salud, Tuberculosis Y Cultura En Buenos Aires, 1870-1950, es el título de su investigación).
Pregunta. Uno de sus argumentos es que las enfermedades se vuelven una preocupación pública cuando afectan a los que tienen poder. Ejemplifica con el Mal de Chagas que ha enfermado y matado durante casi un siglo en Latinoamérica.
Respuesta. Se trata de una enfermedad transmisible, distintiva de la pobreza rural y semi-rural de muchas regiones en América del Sur. Un problema que los pobres, la gente común, acepta como un dato de la vida cotidiana. Pero ahora está llegando al hemisferio norte y hay voces que proponen hablar de la epidemia del Mal de Chagas. La malaria es otro ejemplo. La gente vivía con malaria y lo aceptaba, “bueno es así”, hasta que el poder político, por los motivos que fueren, empezó a tomar nota de “eso”.
P. ¿Qué lecciones podemos sacar de esto para hacer frente a la covid-19?
R. Poco. Me resisto a buscar enseñanzas en la historia. A lo mejor el historiador de la salud pública puede identificar en el pasado instrumentos para desarrollar mejor política pública pero el historiador de la enfermedad aprende a cuidarse de las generalizaciones. Cada epidemia es única, resultante de un microorganismo y del modo en que una sociedad lo confronta, reacciona e interpreta. Además, el presente no es un buen alumno del pasado. La historia puede señalar una hoja de ruta, pero nada más.
P. Lo que sí enseña la historia es que las epidemias son el reino de las incertidumbres.
R. Lo primero que hay que hacer es reconocer y aprender a convivir con incertidumbres: aquellas cosas para las cuales tengo una pregunta pero no puedo formular una respuesta. Articular una respuesta política, de salud pública, en medio de la incertidumbre que trae una epidemia nueva como la covid-19, es un desafío brutal.
P. Además de la incertidumbre, otro patrón que caracteriza a las epidemias es que no afectan a todos por igual.
R. Las epidemias no son democráticas. Pueden afectar a todos, pero los que más mueren son los pobres, los más vulnerables. No hay epidemia que haya afectado más a los ricos que a los pobres.
P. Un caso característico en América Latina es la epidemia de cólera ocurrida en Perú en los 90. Entonces, murieron 2 909 personas y las poblaciones más golpeadas fueron las zonas rurales y del Amazonas, por su falta de acceso a agua potable y una adecuada red de alcantarillados.
R. Este caso demuestra lo poco que algunos países aprenden de sus crisis sanitarias. Si sigues las noticias sobre la covid-19, parece ser que no se entendió nada de la epidemia del cólera, porque la red de infraestructura de agua potable sigue siendo tan precaria como en los años 90 en Perú.
P. ¿Qué estrategia se debe seguir para combatir la covid-19 en América Latina?
R. En muchos países de la periferia lo que se intentó hacer, y la Argentina es un caso, fue utilizar los mismos recursos que están usando los europeos. Como si la Argentina fuera un país de clase media. Esa perspectiva puede funcionar –y solo hasta cierto punto– en Buenos Aires. En el Gran Buenos Aires la situación es otra y es horrorosa, con casi 50% de la población debajo del nivel de pobreza. Entonces, la agenda antiepidémica para mitigar el contagio necesita localizarse. Las ciudades de Sierra Leona no son ciudades de clase media, las de Liberia tampoco; en Vietnam, en Ho Chi Min City, el hacinamiento no es una excepción. Pero en esos países la vigilancia epidemiológica, por ahora, ha dado buenos resultados. Me parece que hay algo en América Latina que no funciona bien, y no me pida una explicación muy convincente porque no la tengo.
P. A mediados de septiembre, Martha Lincoln, antropóloga de la salud, se preguntaba por el rol de la “arrogancia” a la hora de combatir la covid-19.
R. Más que arrogancia, lo que afectó a autoridades y científicos de Francia, Italia, Inglaterra, sobre todo al comienzo de la pandemia, fue el reconocimiento de su propia perplejidad frente al tsunami que es una epidemia. El Estado que logra desarrollar en la sociedad una consciencia de civilidad sanitaria ya ganó una primera batalla. Nueva Zelanda lo está haciendo a su modo. Y Vietnam, donde según las noticias la civilidad sanitaria es notable. La realidad es que en esta coyuntura están mucho mejor. Y pareciera ser que estos logros tienen que ver con otro asunto: una epidemia es una maratón, no una carrera de 100 metros. Para correrla es necesario una buena dosis de confianza para navegar colectivamente en medio de una neblina que afecta a todos. Si se asume la incertidumbre, si la sociedad y el gobierno entienden que no se podrá dar vuelta la página tan rápido, entonces construir confianza en lo que puede hacer la salud pública y la ciencia se vuelve una prioridad de la política. Todo indica que en extremo Oriente en parte lo han logrado.
P. También destaca el caso africano, donde algunos países aprendieron del ébola.
R. ¿Usted cree que en Sierra Leona y en Liberia hay muchos más médicos o ventiladores? No, pero sí han logrado consolidar, aún en la tremenda escasez de recursos, instrumentos que permiten alimentar y reproducir una civilidad sanitaria: redes de vigilancia epidemiológica a nivel comunitario, basadas en agentes sanitarios y no necesariamente médicos, que son figuras clave en el esfuerzo por mitigar el contagio.
P. Usted habla de la “dramaturgia de la enfermedad”. ¿A qué se refiere?
R. Todas las epidemias comparten una suerte de dramaturgia que comienza naturalmente con la negación de lo que está ocurriendo. Recordemos que la de covid-19 también fue negada, incluso sanitaristas muy progresistas decían que se trataba de un problema del norte, que los problemas de los países del sur eran otros, como el sarampión y el dengue. Por suerte pronto entendieron que a esas dos epidemias había que sumarle la de la covid-19. Luego de ese primer acto, el de la negación, viene el segundo, donde, por los motivos que fueren, el contagio y el temor al contagio son tan obvios que hay que hacerse cargo. Entonces la sociedad y la cultura empiezan a interpretar, en medio de la incertidumbre, lo que está pasando. Ese momento, en gran medida discursivo, es muy específico de cada epidemia y enfermedad. En el medioevo, las herejías de algunos servían para explicar el azote epidémico y también los castigos concomitantes.
En Brasil, con el sida, la primera interpretación que emana del poder es que se trata de un castigo a la numerosa presencia de homosexuales en la sociedad. Luego se entra en el tercer acto de la dramaturgia: llegan las intervenciones, destinadas a intentar gobernar el contagio. Son intervenciones que no siempre producen resultados. De hecho, abundan los casos de epidemias que, después hacer estragos, se van apagando en su letalidad.
El último acto es el del olvido, tal como ocurrió con la pandemia de influenza de 1918, que mató entre 50 y 100 millones de personas, pero nadie hablaba de ella un par de años más tarde de haberse terminado. Con el sida, en Brasil y el mundo, este último acto no ha llegado.
P. ¿Qué ha pasado?
R. El sida se transformó en una suerte de enfermedad crónica, frente a la cual hay tratamientos pero no vacunas. Esto hay que tenerlo presente, pues queremos pensar que de esta pandemia saldremos pronto de la mano de una vacuna. Y sí, puede que las vacunas estén en un horizonte no muy lejano, pero cuando lleguen presentarán problemas inmensos de logística y accesibilidad, y con ellos inequidades entre naciones pobres y ricas, y, al interior de todas las naciones, entre ricos y pobres.
https://elpais.com/planeta-futuro/2020-10-21/no-hay-epidemia-que-haya-afectado-mas-a-los-ricos-que-a-los-pobres.html




Amiga, Amigo:

En Europa surgen nuevas cepas o variantes del virus que tendrían una contaminación más rápida. Mirar las diarias cifras ascendentes da que pensar y mucho. Sorprenden las noticias con los diarios aumentos de contagiados y muertos no tan solo ya de adultos mayores, ahora de gente joven. Sorprende la irresponsabilidad juvenil en contaminantes fiestas con alcohol, drogas, sin mascarillas ni distanciamiento social.

El historiador y estudioso de las pandemias Diego Armus analiza además al SIDA y entonces recuerdo que hace años manifesté que el SIDA era una Plaga, es decir algo enviado desde un orden superior en ese caso a un grupo específico de personas a diferencia como ahora manifiesto que el Covid 19 es una PLAGA mundial enviada al ser los humanos tóxicos planetarios peligrosos que ignoramos muchas advertencias que hemos recibido y seguimos dañando a la Madre Tierra, lo cual debe terminar. Por ello el virus es "inteligente" y nos supera estando el género humano en peligro. Tengo Esperanza que habrá una Post Pandemia con un MUNDO MEJOR más justo y solidario, para ello por Inspiración y Revelación cada ser humano entenderá el sentido de la Pandemia que es PLAGA y sentirá el por qué debe cambiar y ser mejor persona...



Dr. Iván Seperiza Pasquali
Quilpué, Chile
Enero de 2021 Portal MUNDO MEJOR: http://www.mundomejorchile.com/
Correo electrónico: isp2002@vtr.net