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La Física Cuántica y Kant
Immanuel Kant, Prusia 1724 - 1804

Proemio

El saliente Gobierno chileno decretó que; La asignatura de Filosofía y Ciencias Naturales no debiera ser obligatoria para los estudiantes de educación media con la intención de eliminar esas asignaturas a futuro, el Nuevo Gobierno por su Ministerio de Educación considera que el pensamiento crítico, lógico y científico debe ser parte de la formación general común de todos los estudiantes de 3° y 4° medio, manteniendo las asignaturas de Orientación, Filosofía y Ciencias Naturales... Ignoro las razones que ciertos políticos tengan en contra de la Filosofía y las Ciencias Naturales que, por fortuna seguirán en nuestra Enseñanza ayudando a que jóvenes logren pensar por sí mismos y tener una mejor comprensión en lo que leen...

Atendí en mi consulta a un recién titulado profesor de Filosofía que inicia ahora su actividad docente. En la conversación además de renovar su receta de lentes le hablé de mi Portal Mundo Mejor y el último título que era el 488 "Conciencia Humana", tema que consideró de mucho interés. Al ver mi admiración por Max Planck que es el Padre de la Física Cuántica y lo adelantado en el pensamiento de sus sucesores él me señaló que leyera el Prólogo de Kant de la "Crítica de la Razón Pura"... Llego a casa y veo como dar forma al presente escrito dejando acá para su lectura inicial el prólogo de Kant completo, escrito en 1787 y además lo que sabios cuánticos sucesores de Max Planck han relacionado su moderna Ciencia con el pensamiento de Kant en particular y la Filosofía en general.

Pienso que para leer y comprender el Prólogo de Kant se debe tener mente filosófica, yo no la tengo e intentaré entender lo más posible de lo que a continuación va:

Crítica de la razón pura 

Prólogo de la segunda edición, en el año de 1787 por Immanuel Kant

Si la elaboración de los conocimientos que pertenecen a la obra de la razón, lleva o no la marcha segura de una ciencia, es cosa que puede pronto juzgarse por el éxito. Cuando tras de numerosos preparativos y arreglos, la razón tropieza, en el momento mismo de llegar a su fin; o cuando para alcanzar éste, tiene que volver atrás una y otra vez y emprender un nuevo camino; así mismo, cuando no es posible poner de acuerdo a los diferentes colaboradores sobre la manera cómo se ha de perseguir el propósito común; entonces puede tenerse siempre la convicción de que un estudio semejante está muy lejos de haber emprendido la marcha segura de una ciencia y de que, por el contrario, es más bien un mero tanteo. Y es ya un mérito de la razón el descubrir, en lo posible, ese camino, aunque haya que renunciar, por vano, a mucho de lo que estaba contenido en el fin que se había tomado antes sin reflexión.

Que la lógica ha llevado ya esa marcha segura desde los tiempos más remotos, puede colegirse, por el hecho de que, desde Aristóteles, no ha tenido que dar un paso atrás, a no ser que se cuenten como correcciones la supresión de algunas sutilezas inútiles o la determinación más clara de lo expuesto, cosa empero que pertenece más a la elegancia que a la certeza de la ciencia. Notable es también en ella el que tampoco hasta ahora hoy ha podido dar un paso adelante. Así pues, según toda apariencia, hállase conclusa y perfecta. Pues si algunos modernos han pensado ampliarla introduciendo capítulos, ya psicológicos sobre las distintas facultades de conocimiento (la imaginación, el ingenio), ya metafísicos sobre el origen del conocimiento o la especie diversa de certeza según la diversidad de los objetos (el idealismo, escepticismo, etc...), ya antropológicos sobre los prejuicios (sus causas y sus remedios), ello proviene de que desconocen la naturaleza peculiar de esa ciencia. No es aumentar sino desconcertar las ciencias, el confundir los límites de unas y otras. El límite de la lógica empero queda determinado con entera exactitud, cuando se dice que es una ciencia que no expone al detalle y demuestra estrictamente más que las reglas formales de todo pensar (sea este a priori o empírico, tenga el origen o el objeto que quiera, encuentre en nuestro ánimo obstáculos contingentes o naturales).

Si la lógica ha tenido tan buen éxito, debe esta ventaja sólo a su carácter limitado, que la autoriza y hasta la obliga a hacer abstracción de todos los objetos del conocimiento y su diferencia. En ella, por tanto, el entendimiento no tiene que habérselas más que consigo mismo y su forma. Mucho más difícil tenía que ser, naturalmente, para la razón, el emprender el camino seguro de la ciencia, habiendo de ocuparse no sólo de sí misma sino de objetos. Por eso la lógica, como propedéutica, constituye solo por decirlo así el vestíbulo de las ciencias y cuando se habla de conocimientos, se supone ciertamente una lógica para el juicio de los mismos, pero su adquisición ha de buscarse en las propias y objetivamente llamadas ciencias.

Ahora bien, por cuanto en estas ha de haber razón, es preciso que en ellas algo sea conocido a priori, y su conocimiento puede referirse al objeto de dos maneras: o bien para determinar simplemente el objeto y su concepto (que tiene que ser dado por otra parte) o también para hacerlo real. El primero es conocimiento teórico, el segundo conocimiento práctico de la razón. La parte pura de ambos, contenga mucho o contenga poco, es decir, la parte en donde la razón determina su objeto completamente a priori, tiene que ser primero expuesta sola, sin mezclarle lo que procede de otras fuentes; pues administra mal quien gasta ciegamente los ingresos, sin poder distinguir luego, en los apuros, qué parte de los ingresos puede soportar el gasto y qué otra parte hay que librar de él.

La matemática y la física son los dos conocimientos teóricos de la razón que deben determinar sus objetos a priori; la primera con entera pureza, la segunda con pureza al menos parcial, pero entonces según la medida de otras fuentes cognoscitivas que las de la razón.

La matemática ha marchado por el camino seguro de una ciencia, desde los tiempos más remotos que alcanza la historia de la razón humana, en el admirable pueblo griego. Mas no hay que pensar que le haya sido tan fácil como a la lógica, en donde la razón no tiene que habérselas más que consigo misma, encontrar o mejor dicho abrirse ese camino real; más bien creo que ha permanecido durante largo tiempo en meros tanteos (sobre todo entre los egipcios) y que ese cambio es de atribuir a una revolución, que la feliz ocurrencia de un sólo hombre llevó a cabo, en un ensayo, a partir del cual, el carril que había de tornarse ya no podía fallar y la marcha segura de una ciencia quedaba para todo tiempo y en infinita lejanía, emprendida y señalada. La historia de esa revolución del pensamiento, mucho más importante que el descubrimiento del camino para doblar el célebre cabo, y la del afortunado que la llevó a bien, no nos ha sido conservada. Sin embargo, la leyenda que nos trasmite Diógenes Laercio, quien nombra al supuesto descubridor de los elementos mínimos de las demostraciones geométricas, elementos que, según el juicio común, no necesitan siquiera de prueba, demuestra que el recuerdo del cambio efectuado por el primer descubrimiento de este nuevo camino, debió parecer extraordinariamente importante a los matemáticos y por eso se hizo inolvidable. El primero que demostró el triángulo isósceles (háyase llamado Thales o como se quiera), percibió una luz nueva; pues encontró que no tenía que inquirir lo que veía en la figura o aún en el mero concepto de ella y por decirlo así aprender de ella sus propiedades, sino que tenía que producirla, por medio de lo que, según conceptos, él mismo había pensado y expuesto en ella a priori (por construcción), y que para saber seguramente algo a priori, no debía atribuir nada a la cosa, a no ser lo que se sigue necesariamente de aquello que él mismo, conformemente a su concepto, hubiese puesto en ella.

La física tardó mucho más tiempo en encontrar el camino de la ciencia; pues no hace más que siglo y medio que la propuesta del judicioso Bacon de Verulam ocasionó en parte -o quizá más bien dio vida, pues ya se andaba tras él- el descubrimiento, que puede igualmente explicarse por una rápida revolución antecedente en el pensamiento. Voy a ocuparme aquí de la física sólo en cuanto se funda sobre principios empíricos.

Cuando Galileo hizo rodar por el plano inclinado las bolas cuyo peso había él mismo determinado; cuando Torricelli hizo soportar al aire un peso que de antemano había pensado igual al de una determinada columna de agua; cuando más tarde Stahl transformó metales en cal y ésta a su vez en metal, sustrayéndoles y devolviéndoles algo, (1) entonces percibieron todos los físicos una luz nueva. Comprendieron que la razón no conoce más que lo que ella misma produce según su bosquejo; que debe adelantarse con principios de sus juicios, según leyes constantes, y obligar a la naturaleza a contestar a sus preguntas, no empero dejarse conducir como con andadores; pues de otro modo, las observaciones contingentes, los hechos sin ningún plan bosquejado de antemano, no pueden venir a conexión en una ley necesaria, que es sin embargo lo que la razón busca y necesita. La razón debe acudir a la naturaleza llevando en una mano sus principios, según los cuales tan sólo los fenómenos concordantes pueden tener el valor de leyes, y en la otra el experimento, pensado según aquellos principios; así conseguirá ser instruida por la naturaleza, mas no en calidad de discípulo que escucha todo lo que el maestro quiere, sino en la de juez autorizado, que obliga a los testigos a contestar a las preguntas que les hace. Y así la misma física debe tan provechosa revolución de su pensamiento, a la ocurrencia de buscar (no imaginar) en la naturaleza, conformemente a lo que la razón misma ha puesto en ella, lo que ha de aprender de ella y de lo cual por si misma no sabría nada. Solo así ha logrado la física entrar en el camino seguro de una ciencia, cuando durante tantos siglos no había sido más que un mero tanteo.

(1) No sigo aquí exactamente los hilos de la historia del método experimental, cuyos primeros comienzos no son bien conocidos.

La metafísica, conocimiento especulativo de la razón, enteramente aislado, que se alza por encima de las enseñanzas de la experiencia, mediante meros conceptos (no como la matemática mediante aplicación de los mismos a la intuición), y en donde por tanto la razón debe ser su propio discípulo, no ha tenido hasta ahora la fortuna de emprender la marcha segura de una ciencia; a pesar de ser más vieja que todas las demás y a pesar de que subsistiría aunque todas las demás tuvieran que desaparecer enteramente, sumidas en el abismo de una barbarie destructora. Pues en ella tropieza la razón continuamente, incluso cuando quiere conocer a priori (según pretende) aquellas leyes que la experiencia más ordinaria confirma. En ella hay que deshacer mil veces el camino, porque se encuentra que no conduce a donde se quiere; y en lo que se refiere a la unanimidad de sus partidarios, tan lejos está aún de ella, que más bien es un terreno que parece propiamente destinado a que ellos ejerciten sus fuerzas en un torneo, en donde ningún campeón ha podido nunca hacer la más mínima conquista y fundar sobre su victoria una duradera posesión. No hay pues duda alguna de que su método, hasta aquí, ha sido un mero tanteo y, lo que es peor, un tanteo entre meros conceptos.

Ahora bien ¿a qué obedece que no se haya podido aún encontrar aquí un camino seguro de la ciencia? ¿Es acaso imposible? Mas ¿por qué la naturaleza ha introducido en nuestra razón la incansable tendencia a buscarlo como uno de sus más importantes asuntos? Y aún más ¡cuán poco motivo tenemos para confiar en nuestra razón, si, en una de las partes más importantes de nuestro anhelo de saber, no sólo nos abandona, sino que nos entretiene con ilusiones, para acabar engañándonos! O bien, si solo es que hasta ahora se ha fallado la buena vía, ¿qué señales nos permiten esperar que en una nueva investigación seremos más felices que lo han sido otros antes?

Yo debiera creer que los ejemplos de la matemática y de la física, ciencias que, por una revolución llevada a cabo de una vez, han llegado a ser lo que ahora son, serían bastante notables para hacernos reflexionar sobre la parte esencial de la transformación del pensamiento que ha sido para ellas tan provechosa y se imitase aquí esos ejemplos, al menos como ensayo, en cuanto lo permite su analogía, como conocimientos de razón, con la Metafísica. Hasta ahora se admitía que todo nuestro conocimiento tenía que regirse por los objetos; pero todos los ensayos, para decidir a priori algo sobre estos, mediante conceptos, por donde sería extendido nuestro conocimiento, aniquilábanse en esa suposición. Ensáyese pues una vez si no adelantaremos más en los problemas de la metafísica, admitiendo que los objetos tienen que regirse por nuestro conocimiento, lo cual concuerda ya mejor con la deseada posibilidad de un conocimiento a priori de dichos objetos, que establezca algo sobre ellos antes de que nos sean dados. Ocurre con esto como con el primer pensamiento de Copérnico quien, no consiguiendo explicar bien los movimientos celestes si admitía que la masa toda de las estrellas daba vueltas alrededor del espectador, ensayó si no tendría mayor éxito haciendo al espectador dar vueltas y dejando en cambio las estrellas inmóviles. En la metafísica se puede hacer un ensayo semejante, por lo que se refiere a la intuición de los objetos. Si la intuición tuviera que regirse por la constitución de los objetos, no comprendo como se pueda a priori saber algo de ella. ¿Rígese empero el objeto (como objeto de los sentidos) por la constitución de nuestra facultad de intuición?, entonces puedo muy bien representarme esa posibilidad. Pero como no puedo permanecer atenido a esas intuiciones, si han de llegar a ser conocimientos, sino que tengo que referirlas, como representaciones, a algo como objeto, y determinar este mediante aquéllas, puedo por tanto: o bien admitir que los conceptos, mediante los cuales llevo a cabo esa determinación, se rigen también por el objeto y entonces caigo de nuevo en la misma perplejidad sobre el modo como pueda saber a priori algo de él; o bien admitir que los objetos o, lo que es lo mismo, la experiencia, en donde tan sólo son ellos (como objetos dados) conocidos, se rige por esos conceptos y entonces veo en seguida una explicación fácil; porque la experiencia misma es un modo de conocimiento que exige entendimiento, cuya regla debo suponer en mí, aún antes de que me sean dados objetos, por lo tanto a priori, regla que se expresa en conceptos a priori, por los que tienen pues que regirse necesariamente todos los objetos de la experiencia y con los que tienen que concordar. En lo que concierne a los objetos, en cuanto son pensados sólo por la razón y necesariamente, pero sin poder (al menos tales como la razón los piensa) ser dados en la experiencia, proporcionarán, según esto, los ensayos de pensarlos (pues desde luego han de poderse pensar) una magnífica comprobación de lo que admitimos como método transformado del pensamiento, a saber: que no conocemos a priori de las cosas más que lo que nosotros mismos ponemos en ellas (2).

(2) Ese método, imitado del de los físicos, consiste pues en buscar los elementos de la razón pura en aquello que se deja confirmar o refutar por un experimento. Ahora bien, para el examen de las proposiciones de la razón pura, sobre todo las que se han aventurado más allá de todos los límites de experiencia posible, no se puede hacer experimento alguno con sus objetos (como en la física): será pues factible solo con conceptos y principios, que admitimos a priori, arreglándolos de tal manera que los mismos objetos puedan ser considerados por dos lados muy diferentes: por una parte como objetos de los sentidos y del entendimiento para la experiencia, por otra parte empero como objetos que solamente pensamos, en todo caso, para la razón aislada que aspira a salir de los límites de la experiencia. Ahora bien, ¿encuéntrase que, cuando se consideran las cosas desde este doble punto de vista, hay concordancia con el principio de la razón pura y que en cambio cuando se las considera desde un solo punto de vista, surge una inevitable contradicción de la razón consigo misma? Entonces el experimento decide por la exactitud de aquella distinción.

Este ensayo tiene un éxito conforme al deseo y promete a la metafísica, en su primera parte (es decir en la que se ocupa de conceptos a priori, cuyos objetos correspondientes pueden ser dados en la experiencia en conformidad con ellos), la marcha segura de una ciencia. Pues según este cambio del modo de pensar, puede explicarse muy bien la posibilidad de un conocimiento a priori y, más aún, proveer de pruebas satisfactorias las leyes que están a priori a la base de la naturaleza, como conjunto de los objetos de la experiencia; ambas cosas eran imposibles según el modo de proceder hasta ahora seguido. Pero de esta deducción de nuestra facultad de conocer a priori, en la primera parte de la metafísica, despréndese un resultado extraño y al parecer muy desventajoso para el fin total de la misma, que ocupa la segunda parte, y es a saber: que con esa facultad no podemos salir jamás de los límites de una experiencia posible, cosa empero que es precisamente el afán más importante de esa ciencia. Pero en esto justamente consiste el experimento para comprobar la verdad del resultado de aquella primera apreciación de nuestro conocimiento a priori de razón, a saber: que éste se aplica sólo a los fenómenos y, en cambio considera la cosa en sí misma, si bien real por sí, como desconocida para nosotros. Pues lo que nos impulsa a ir necesariamente más allá de los límites de la experiencia y de todos los fenómenos, es lo incondicionado, que necesariamente y con pleno derecho pide la razón, en las cosas en sí mismas, para todo condicionado, exigiendo así la serie completa de las condiciones. Ahora bien, ¿encuéntrase que, si admitimos que nuestro conocimiento de experiencia se rige por los objetos como cosas en sí mismas, lo incondicionado no pude ser pensado sin contradicción; y que en cambio, desaparece la contradicción, si admitimos que nuestra representación de las cosas, como ellas nos son dadas, no se rige por ellas como cosas en sí mismas, sino que más bien estos efectos, como fenómenos, se rigen por nuestro modo de representación? ¿Encuéntrase por consiguiente que lo incondicionado ha de hallarse no en las cosas en cuanto las conocemos (nos son dadas), pero sí en ellas en cuanto no las conocemos, o sea como cosas en sí mismas? Pues entonces se muestra que lo que al comienzo admitíamos solo por vía de ensayo, está fundado (3). Ahora bien, después de haber negado a la razón especulativa todo progreso en ese campo de lo suprasensible, quédanos por ensayar si ella no encuentra, en su conocimiento práctico, datos para determinar aquel concepto transcendente de razón, aquel concepto de lo incondicionado y, de esa manera, conformándose al deseo de la metafísica, llegar más allá de los límites de toda experiencia posible con nuestro conocimiento a priori, aunque sólo en un sentido práctico. Con su proceder, la razón especulativa nos ha proporcionado por lo menos sitio para semejante ampliación, aunque haya tenido que dejarlo vacío, autorizándonos por tanto, más aún, exigiéndonos ella misma que lo llenemos, si podemos, con sus datos prácticos (4).    

    (3) Este experimento de la razón pura tiene mucha semejanza con el que los químicos llaman a veces de la reducción, pero en general método sintético. El análisis del metafísico divide el conocimiento puro a priori en dos elementos muy heterogéneos, a saber: el conocimiento de las cosas como fenómenos y el de las cosas en sí mismas. La dialéctica los enlaza ambos de nuevo en unanimidad con la necesaria idea racional de lo incondicionado, y encuentra que esa unanimidad no surge nunca más que mediante aquella diferenciación, que por tanto es la verdadera.

(4) Así las leyes centrales de los movimientos de los cuerpos celestes proporcionaron a lo que Copérnico al principio admitió solo como hipótesis, una certeza decisiva, y probaron al mismo tiempo la invisible fuerza que mantiene la estructura del mundo (la atracción de Newton). Ésta hubiera permanecido para siempre sin descubrir, si el primero no se hubiera atrevido a buscar, de una manera contraria a los sentidos pero sin embargo verdadera, los movimientos observados, no en los objetos del cielo, sino en el espectador. En este prólogo establezco yo una variación del pensamiento, análoga a esa hipótesis y la expongo en la crítica, también solo como hipótesis, aun cuando en el tratado mismo queda probada no hipotética, sino apodícticamente, por la constitución de nuestras representaciones de espacio y tiempo y por los conceptos elementales del entendimiento, para hacer notar tan sólo los primeros ensayos de tal variación, que son siempre hipotéticos.


     En ese ensayo de variar el proceder que ha seguido hasta ahora la metafísica, emprendiendo con ella una completa revolución, según los ejemplos de los geómetras y físicos, consiste el asunto de esta crítica de la razón pura especulativa. Es un tratado del método, no un sistema de la ciencia misma; pero sin embargo, bosqueja el contorno todo de la ciencia, tanto en lo que se refiere a sus límites, como también a su completa articulación interior. Pues la razón pura especulativa tiene en sí esto de peculiar, que puede y debe medir su propia facultad, según la diferencia del modo como elige objetos para el pensar; que puede y debe enumerar completamente los diversos modos de proponerse problemas y así trazar el croquis entero de un sistema de metafísica. Porque, en lo que a lo primero atañe, nada puede ser atribuido a los objetos en el conocimiento a priori, sino lo que el sujeto pensante toma de sí mismo; y, en lo que toca a lo segundo, es la razón pura especulativa, con respecto a los principios del conocimiento, una unidad totalmente separada, subsistente por sí, en la cual cada uno de los miembros está, como en un cuerpo organizado, para todos los demás, y todos para uno, y ningún principio puede ser tomado con seguridad, en una relación, sin haberlo al mismo tiempo investigado en la relación general con todo el uso puro de la razón. Por eso tiene la metafísica una rara fortuna, de la que no participa ninguna otra ciencia de razón que trate de objetos (pues la lógica ocúpase sólo de la forma del pensamiento en general); y es que si por medio de esta crítica queda encarrilada en la marcha segura de una ciencia, puede comprender enteramente el campo de los conocimientos a ella pertenecientes y terminar por tanto su obra, dejándola para el uso de la posteridad, como una construcción completa; porque no trata más que de principios de las limitaciones de su uso, que son determinadas por aquellos mismos. A esa integridad está pues obligada como ciencia fundamental, de ella debe poder decirse: nil actum reputans, si quid superesset agendum.

Pero se preguntará: ¿cuál es ese tesoro que pensamos dejar a la posteridad con semejante metafísica, depurada por la crítica, y por ella también reducida a un estado inmutable? En una pasajera inspección de esta obra, se creerá percibir que su utilidad no es más que negativa, la de no atrevernos nunca, con la razón especulativa, a salir de los límites de la experiencia; y en realidad tal es su primera utilidad. Ésta empero se torna pronto en positiva, por cuanto se advierte que esos principios, con que la razón especulativa se atreve a salir de sus límites, tienen por indeclinable consecuencia, en realidad, no una ampliación, sino, considerándolos más de cerca, una reducción de nuestro uso de la razón; ya que ellos realmente amenazan ampliar descomedidamente los límites de la sensibilidad, a que pertenecen propiamente, y suprimir así del todo el uso puro (práctico) de la razón. Por eso una crítica que limita la sensibilidad, si bien en este sentido es negativa, sin embargo, en realidad, como elimina de ese modo al mismo tiempo un obstáculo que limita y hasta amenaza aniquilar el uso puro práctico, resulta de una utilidad positiva, y muy importante, tan pronto como se adquiere la convicción de que hay un uso práctico absolutamente necesario de la razón pura (el moral), en el cual ésta se amplía inevitablemente más allá de los límites de la sensibilidad; para ello no necesita, es cierto, ayuda alguna de la especulativa, pero sin embargo, tiene que estar asegurada contra su reacción, para no caer en contradicción consigo misma. Disputar a este servicio de la crítica su utilidad positiva, sería tanto como decir que la policía no tiene utilidad positiva alguna, pues que su ocupación principal no es más que poner un freno a las violencias que los ciudadanos pueden temer unos de otros, para que cada uno vaque a sus asuntos en paz y seguridad. Que espacio y tiempo son solo formas de la intuición sensible, y por tanto sólo condiciones de la existencia de las cosas como fenómenos; que nosotros además no tenemos conceptos del entendimiento y por tanto tampoco elementos para el conocimiento de las cosas, sino en cuanto a esos conceptos puede serles dada una intuición correspondiente; que consiguientemente nosotros no podemos tener conocimiento de un objeto como cosa en sí misma, sino sólo en cuanto la cosa es objeto de la intuición sensible, es decir como fenómeno; todo esto queda demostrado en la parte analítica de la Crítica. De donde se sigue desde luego la limitación de todo posible conocimiento especulativo de la razón a los meros objetos de la experiencia. Sin embargo, y esto debe notarse bien, queda siempre la reserva de que esos mismos objetos, como cosas en sí, aunque no podemos conocerlos, podemos al menos pensarlos (5). Pues si no, seguiríase la proposición absurda de que habría fenómeno sin algo que aparece. Ahora bien vamos a admitir que no se hubiere hecho la distinción, que nuestra Crítica ha considerado necesaria, entre las cosas como objetos de la experiencia y esas mismas cosas como cosas en sí. Entonces el principio de la casualidad y por tanto el mecanismo de la naturaleza en la determinación de la misma, tendría que valer para todas las cosas en general como causas eficientes. Por lo tanto, de uno y el mismo ser, v. g. del alma humana, no podría yo decir que su voluntad es libre y que al mismo tiempo, sin embargo, está sometida a la necesidad natural, es decir, que no es libre, sin caer en una contradicción manifiesta; porque habría tomado el alma, en ambas proposiciones, en una y la misma significación, a saber, como cosa en general (como cosa en sí misma). Y, sin previa crítica, no podría tampoco hacer de otro modo. Pero si la Crítica no ha errado, enseñando a tomar el objeto en dos significaciones, a saber como fenómeno y como cosa en sí misma; si la deducción de sus conceptos del entendimiento es exacta y por tanto el principio de la casualidad se refiere sólo a las cosas tomadas en el primer sentido, es decir a objetos de la experiencia, sin que estas cosas en su segunda significación le estén sometidas; entonces una y la misma voluntad es pensada, en el fenómeno (las acciones visibles), como necesariamente conforme a la ley de la naturaleza y en este sentido como no libre, y sin embargo, por otra parte, en cuanto pertenece a una cosa en sí misma, como no sometida a esa ley y por tanto como libre, sin que aquí se cometa contradicción. Ahora bien, aunque mi alma, considerada en este último aspecto, no la puedo conocer por razón especulativa (y menos aún por la observación empírica), ni por tanto puedo tampoco conocer la libertad, como propiedad de un ser a quien atribuyo efectos en el mundo sensible, porque tendría que conocer ese ser como determinado según su existencia, y, sin embargo, no en el tiempo (cosa imposible, pues no puedo poner intuición alguna bajo mi concepto), sin embargo, puedo pensar la libertad, es decir que la representación de ésta no encierra contradicción alguna, si son ciertas nuestra distinción crítica de ambos modos de representación (el sensible y el intelectual) y la limitación consiguiente de los conceptos puros del entendimiento y por tanto de los principios que de ellos dimanan. Ahora bien, supongamos que la moral presupone necesariamente la libertad (en el sentido más estricto) como propiedad de nuestra voluntad, porque alega a priori principios que residen originariamente en nuestra razón, como datos de ésta, y que serían absolutamente imposibles sin la suposición de la libertad; supongamos que la razón especulativa haya demostrado, sin embargo, que la libertad no se puede pensar en modo alguno, entonces necesariamente aquella presuposición, es decir la moral, debería ceder ante ésta, cuyo contrario encierra una contradicción manifiesta, y por consiguiente la libertad y con ella la moralidad (pues su contrario no encierra contradicción alguna, a no ser que se haya ya presupuesto la libertad) deberían dejar el sitio al mecanismo natural. Mas para la moral no necesito más sino que la libertad no se contradiga a sí misma y que, por tanto, al menos sea pensable, sin necesidad de penetrarla más, y que no ponga pues obstáculo alguno al mecanismo natural de una y la misma acción (tomada en otra relación); resulta pues, que la teoría de la moralidad mantiene su puesto y la teoría de la naturaleza el suyo, cosa que no hubiera podido ocurrir si la crítica no nos hubiera previamente enseñado nuestra inevitable ignorancia respecto de las cosas en sí mismas y no hubiera limitado a meros fenómenos lo que podemos conocer teóricamente. Esta misma explicación de la utilidad positiva de los principios críticos de la razón pura, puede hacerse con respecto al concepto de Dios y de la naturaleza simple de nuestra alma. La omito sin embargo, en consideración a la brevedad. Así pues, no puedo siquiera admitir Dios, la libertad y la inmortalidad para el uso práctico necesario de mi razón, como no cercene al mismo tiempo a la razón especulativa su pretensión de conocimientos transcendentes.

(5) Conocer un objeto exige que yo pueda demostrar su posibilidad (ora, según el testimonio de la experiencia, por su realidad, ora a priori por la razón). Pero pensar, puedo pensar lo que quiera, con tal de que no me contradiga a mí mismo, es decir, basta que mi concepto sea un pensamiento posible, aunque no pueda ciertamente afirmar si en el conjunto de todas las posibilidades le corresponde o no un objeto. Pero para atribuir validez objetiva a un concepto semejante (posibilidad real, pues la primera era solo lógica), se exige algo más. Ahora bien, este algo más no necesita precisamente buscarse en las fuentes teóricas de conocimiento; puede estar también en las prácticas.

Porque ésta, para llegar a tales conocimientos, tiene que servirse de principios que no alcanzan en realidad más que a objetos de la experiencia posible, y por tanto, cuando son aplicados, sin embargo, a lo que no puede ser objeto de la experiencia, lo transforman realmente siempre en fenómeno y declaran así imposible toda ampliación práctica de la razón pura. Tuve pues que anular el saber, para reservar un sitio a la fe; y el dogmatismo de la metafísica, es decir el prejuicio de que puede avanzarse en metafísica, sin crítica de la razón pura, es la verdadera fuente de todo descreimiento opuesto a la moralidad, que siempre es muy dogmático. Así pues, no siendo difícil, con una metafísica sistemática, compuesta según la pauta señalada por la crítica de la razón pura, dejar un legado a la posteridad, no es éste un presente poco estimable. Basta comparar lo que es la cultura de la razón mediante la marcha segura de una ciencia, con el tanteo sin fundamento y el vagabundeo superficial de la misma sin crítica; o advertir también cuanto mejor empleará aquí su tiempo una juventud deseosa de saber, que en el dogmatismo corriente, que inspira tan tempranos y poderosos alientos, ya para sutilizar cómodamente sobre cosas de que no entiende nada y en las que no puede, como no puede nadie en el mundo, conocer nada, ya para acabar inventando nuevos pensamientos y opiniones, sin cuidarse de aprender las ciencias exactas. Pero sobre todo se reconocerá el valor de la crítica, si se tiene en cuenta la inapreciable ventaja de poner un término, para todo el porvenir, a los ataques contra la moralidad y la religión, de un modo socrático, es decir por medio de la prueba clara de la ignorancia de los adversarios. Pues alguna metafísica ha habido siempre en el mundo y habrá de haber en adelante; pero con ella también surgirá una dialéctica de la razón pura, pues es natural a ésta. Es pues el primer y más importante asunto de la filosofía, quitarle todo influjo desventajoso, de una vez para siempre, cegando la fuente de los errores.

Tras esta variación importante en el campo de las ciencias y la pérdida que de sus posesiones, hasta aquí imaginadas, tiene que soportar la razón especulativa, todo lo que toca al interés universal humano y a la utilidad que el mundo ha sacado hasta hoy de las enseñanzas de la razón pura, sigue en el mismo provechoso estado en que estuvo siempre. La pérdida alcanza sólo al monopolio de las escuelas, pero de ningún modo al interés de los hombres. Yo pregunto al dogmático más inflexible si la prueba de la duración de nuestra alma después de la muerte, por la simplicidad de la substancia; si la de la libertad de la voluntad contra el mecanismo universal, por las sutiles, bien que impotentes distinciones entre necesidad práctica subjetiva y objetiva; si la de la existencia de Dios por el concepto de un ente realísimo (de la contingencia de lo variable y de la necesidad de un primer motor) han llegado jamás al público, después de salir de las escuelas y han tenido la menor influencia en la convicción de las gentes. Y si esto no ha ocurrido, ni puede tampoco esperarse nunca, por lo inadecuado que es el entendimiento ordinario del hombre para tan sutil especulación; sí, en cambio, en lo que se refiere al alma, la disposición que todo hombre nota en su naturaleza, de no poder nunca satisfacerse con lo temporal (como insuficiente para las disposiciones de todo su destino) ha tenido por sí sola que dar nacimiento a la esperanza de una vida futura; si en lo que se refiere a la libertad, la mera presentación clara de los deberes, en oposición a las pretensiones todas de las inclinaciones, ha tenido por sí sola que producir la conciencia de la libertad; si, finalmente en lo que a Dios se refiere, la magnífica ordenación, la belleza y providencia que brillan por toda la naturaleza ha tenido, por sí sola, que producir la fe en un sabio y grande creador del mundo, convicción que se extiende en el público en cuanto descansa en fundamentos racionales; entonces estas posesiones no sólo siguen sin ser estorbadas, sino que ganan más bien autoridad, porque las escuelas aprenden, desde ahora, a no preciarse de tener, en un punto que toca al interés universal humano, un conocimiento más elevado y amplio que el que la gran masa (para nosotros dignísima de respeto) puede alcanzar tan fácilmente, y a limitarse por tanto a cultivar tan sólo esas pruebas universalmente comprensibles y suficientes en el sentido moral. La variación se refiere pues solamente a las arrogantes pretensiones de las escuelas, que desean en esto (como hacen con razón en otras muchas cosas) se las tenga por únicas conocedoras y guardadoras de semejantes verdades, de las cuales sólo comunican al público el uso, y guardan para sí la clave (quodmecum nescit, solus vult scire videri). Sin embargo se ha tenido en cuenta aquí una equitativa pretensión del filósofo especulativo. Éste sigue siempre siendo el exclusivo depositario de una ciencia, útil al público que la ignora, a saber, la crítica de la razón, que no puede nunca hacerse popular. Pero tampoco necesita serlo; porque, así como el pueblo no puede dar entrada en su cabeza como verdades útiles, a los bien tejidos argumentos, de igual modo nunca llegan a su sentido las objeciones contra ellos, no menos sutiles. En cambio, como la escuela y asimismo todo hombre que se eleve a la especulación, cae inevitablemente en argumentos y réplicas, está aquella crítica obligada a prevenir de una vez para siempre, por medio de una investigación fundamentada de los derechos de la razón especulativa, el escándalo que tarde o temprano ha de sentir el pueblo, por las discusiones en que los metafísicos (y, como tales, también al fin los sacerdotes) sin crítica se complican irremediablemente y que falsean después sus mismas doctrinas. Sólo por medio de esta crítica pueden cortarse de raíz el materialismo, el fatalismo, el ateísmo, el descreimiento de los librepensadores, el misticismo y la superstición, que pueden ser universalmente dañinos, finalmente también el idealismo y el escepticismo, que son peligros más para las escuelas y que no pueden fácilmente llegar al público. Si los gobiernos encuentran oportuno el ocuparse de los negocios de los sabios, lo más conforme a su solícita presidencia sería, para las ciencias como para los hombres, favorecer la libertad de una crítica semejante, única que puede dar a las construcciones de la razón un suelo firme, que sostener el ridículo despotismo de las escuelas, que levantan una gran gritería sobre los peligros públicos, cuando se rasga su tejido, que el público sin embargo, jamás ha conocido y cuya pérdida por lo tanto no puede nunca sentir.

La crítica no se opone al proceder dogmático de la razón en su conocimiento puro como ciencia (pues ésta ha de ser siempre dogmática, es decir, estrictamente demostrativa por principios a priori, seguros), sino al dogmatismo, es decir, a la pretensión de salir adelante sólo con un conocimiento puro por conceptos (el filosófico), según principios tales como la razón tiene en uso desde hace tiempo, sin informarse del modo y del derecho con que llega a ellos. Dogmatismo es, pues, el proceder dogmático de la razón pura, sin previa crítica de su propia facultad. Esta oposición, por lo tanto, no ha de favorecer la superficialidad charlatana que se otorga el pretencioso nombre de ciencia popular, ni al escepticismo, que despacha la metafísica toda en breves instantes. La crítica es más bien el arreglo previo necesario para el momento de una bien fundada metafísica, como ciencia, que ha de ser desarrollada por fuerza dogmáticamente, y según la exigencia estricta, sistemáticamente, y, por lo tanto, conforme a escuela (no popularmente). Exigir esto a la crítica es imprescindible, ya que se obliga a llevar su asunto completamente a priori, por tanto a entera satisfacción de la razón especulativa. En el desarrollo de ese plan, que la crítica prescribe, es decir, en el futuro sistema de la metafísica, debemos, pues, seguir el severo método del famoso Wolf, el más grande de todos los filósofos dogmáticos, que dio el primero el ejemplo (y así creó el espíritu de solidez científica, aún vivo en Alemania) de cómo, estableciendo regularmente los principios, determinando claramente los conceptos, administrando severamente las demostraciones y evitando audaces saltos en las consecuencias, puede emprenderse la marcha segura de una ciencia. Y por eso mismo fuera él superiormente hábil para poner en esa situación una ciencia como la metafísica, si se le hubiera ocurrido prepararse el campo previamente por medio de una crítica del órgano, es decir, de la razón pura misma: defecto que no hay que atribuir tanto a él como al modo de pensar dogmático de su tiempo y sobre el cual los filósofos de este, como de los anteriores tiempos, nada tienen que echarse en cara. Los que rechacen su modo de enseñar y al mismo tiempo también el proceder de la crítica de la razón pura, no pueden proponerse otra cosa que rechazar las trabas de la Ciencia, transformar el trabajo en juego, la certeza en opinión y la filosofía en filodoxia.

Por lo que se refiere a esta segunda edición, no he querido, como es justo, dejar pasar la ocasión, sin corregir en lo posible las dificultades u obscuridades de donde puede haber surgido más de una mala interpretación que hombres penetrantes, quizá no sin culpa mía, han encontrado al juzgar este libro. En las proposiciones mismas y sus pruebas, así como en la forma e integridad del plan, nada he encontrado que cambiar; cosa que atribuyo en parte al largo examen a que los he sometido antes de presentar este libro al público, y en parte también a la constitución de la cosa misma, es decir a la naturaleza de una razón pura especulativa, que tiene una verdadera estructura, donde todo es órgano, es decir donde todos están para uno y cada uno para todos y donde, por tanto, toda debilidad por pequeña que sea, falta (error) o defecto, tiene que advertirse imprescindiblemente en el uso. Con esta inmutabilidad se afirmará también según espero, este sistema en adelante. Esta confianza la justifica no la presunción, sino la evidencia que produce el experimento, por la igualdad del resultado cuando partimos de los elementos mínimos hasta llegar al todo de la razón pura y cuando retrocedemos del todo (pues éste también es dado por sí mediante el propósito final en lo práctico) a cada parte, ya que el ensayo de variar aún sólo la parte más pequeña, introduce enseguida contradicciones no sólo en el sistema, sino en la razón universal humana.

Pero en la exposición hay aún mucho que hacer y he intentado en esta edición correcciones que han de poner remedio a la mala inteligencia de la estética (sobre todo en el concepto del tiempo) a la obscuridad de la deducción de los conceptos del entendimiento, al supuesto defecto de suficiente evidencia en las pruebas de los principios del entendimiento puro, y finalmente a la mala interpretación de los paralogismos que preceden a la psicología racional.

Hasta aquí (es decir hasta el final del capítulo primero de la dialéctica transcendental) y no más, extiéndense los cambios introducidos en el modo de exposición (6), porque el tiempo me venía corto y, en lo que quedaba por revisar, no han incurrido en ninguna mala inteligencia quienes han examinado la obra con conocimiento del asunto y con imparcialidad. Éstos, aun que no puedo nombrarlos aquí con las alabanzas a que son acreedores, notarán por sí mismos en los respectivos lugares, la consideración con que he escuchado sus observaciones. Esa corrección ha sido causa empero de una pequeña pérdida para el lector, y no había medio de evitarla, sin hacer el libro demasiado voluminoso. Consiste en que varias cosas que, si bien no pertenecen esencialmente a la integridad del todo, pudiera, sin embargo, más de un lector echarlas de menos con disgusto, porque pueden ser útiles en otro sentido, han tenido que ser suprimidas o compendiadas, para dar lugar a esta exposición, más comprensible ahora, según yo espero. En el fondo, con respecto a las proposiciones e incluso a sus pruebas, esta exposición no varía absolutamente nada. Pero en el método de presentarlas, apártase de vez en cuando de la anterior de tal modo, que no se podía llevar a cabo por medio de nuevas adiciones. Esta pequeña pérdida que puede además subsanarse, cuando se quiera, con solo cotejar esta edición con la primera queda compensada con creces, según yo espero, por la mayor comprensibilidad de ésta.

(6) Adición, propiamente, aunque sólo en el modo de demostración, no podría yo llamar más que a la que he hecho a la página 275 con una nueva refutación del idealismo psicológico y una prueba estricta (y, según creo, única posible) de la realidad objetiva de la intuición externa. Por muy inocente que pueda ser considerado el idealismo, respecto de los fines esenciales de la metafísica (y en realidad no lo es), siempre es un escándalo para la filosofía y para la razón universal humana, el no admitir la existencia de las cosas fuera de nosotros (de donde sin embargo nos proviene la materia toda de los conocimientos, incluso para nuestro sentido interno) sino por fe y si a alguien se le ocurre ponerla en duda, no poder presentarle ninguna prueba satisfactoria. Como en las expresiones de la prueba se encuentra alguna obscuridad, en lo que va de la línea tercera a la sexta, ruego que se transforme ese período como sigue: Ese permanente empero no puede ser una intuición en mí. Pues todos los fundamentos de determinación de mi existencia, que pueden ser hallados en mí, son representaciones y, como tales, necesitan ellas mismas un substrato permanente distinto de ellas, en relación con el cual pueda ser determinado su cambio y por consiguiente mi existencia en el tiempo en que ellas cambian. Se dirá probablemente contra esta prueba, que yo no me doy inmediatamente cuenta más que de lo que está en mí, es decir, de mi representación de cosas exteriores; y consiguientemente que queda siempre aún sin decidir si hay o no fuera de mí algo correspondiente. Pero de mi existencia en el tiempo (y por consiguiente también de la determinabilidad de la misma en él) doyme cuenta mediante experiencia interna, y esto es más que darme solo cuenta de mi representación; es idéntico empero a la consciencia empírica de mi existencia, la cual no es determinable más que por referencia a algo que enlazado con mi existencia, está fuera de mí. Esa consciencia de mi existencia en el tiempo está pues enlazada idénticamente con la consciencia de una relación con algo fuera de mí, y es pues una experiencia y no una invención, el sentido y no la imaginación quien ata inseparablemente lo externo con mi sentido interno; pues el sentido externo es ya en sí referencia de la intuición a algo real fuera de mí, y su realidad, a diferencia de la imaginación, sólo descansa en que él está inseparable mente enlazado con la experiencia interna misma, como condición de la posibilidad de ésta, lo cual ocurre aquí. Si yo pudiera enlazar, con la consciencia intelectual de mi existencia en la representación: yo soy (que acompaña a todos mis juicios y acciones del entendimiento), al mismo tiempo una determinación de mi existencia por medio de una intuición intelectual, entonces no pertenecería necesariamente a ésta la consciencia de una relación con algo fuera de mí. Ahora bien, cierto es que aquella consciencia intelectual precede, pero sin embargo la intuición interna, en que mi existencia puede tan sólo ser determinada, es sensible y ligada a la condición del tiempo; esa determinación en cambio y por tanto la experiencia interna misma depende de algo permanente que no está en mí, y por consiguiente que está en algo fuera de mí, con lo cual yo me tengo que considerar en relación; así pues, la realidad del sentido externo está necesariamente enlazada con la del interno, para la posibilidad de una experiencia en general; es decir, yo me doy tan seguramente cuenta de que hay cosas fuera de mí, que se refieren a mi sentido, como me doy cuenta de que existo yo mismo determinadamente en el tiempo. Ahora bien, ¿a qué intuiciones dadas corresponden realmente objetos fuera de mí, que pertenecen por tanto al sentido externo, al cual y no a la imaginación son de atribuir? Ésta es cosa que tiene que ser decidida en cada caso particular, según las reglas por las cuales se distingue la experiencia en general (incluso interna) de la imaginación, y para ello siempre sirve de base la proposición de que realmente hay experiencia externa. Puede añadirse aquí aún esta nota: la representación de algo permanente en la existencia no es idéntica a la representación permanente, pues aquella puede ser muy mudable y variable, como todas nuestras representaciones, incluso las de la materia, y se refiere sin embargo a algo permanente, que tiene por tanto que ser una cosa distinta de todas mis representaciones y exterior, cuya existencia es necesariamente incluida en la determinación de mi propia existencia y constituye con ésta sólo una única experiencia, que no tendría lugar ni siquiera internamente, si no fuera al mismo tiempo (en parte) externa. El cómo no se puede explicar aquí, como tampoco puede explicarse cómo nosotros en general pensamos lo que está detenido en el tiempo y cuya simultaneidad con lo cambiante produce el concepto de la variación.

He notado, con alegría, en varios escritos públicos (ora con ocasión de dar cuenta de algunos libros, ora en tratados particulares), que el espíritu de exactitud no ha muerto en Alemania. La gritería de la nueva moda, que practica una genial libertad en el pensar, lo ha pagado tan sólo por poco tiempo, y los espinosos senderos de la crítica, que conducen a una ciencia de la razón pura, ciencia de escuela, pero sólo así duradera y por ende altamente necesaria, no han impedido a valerosos clarividentes ingenios, adueñarse de ella. A estos hombres de mérito, que unen felizmente a la profundidad del conocimiento el talento de una exposición luminosa (talento de que yo precisamente carezco), abandono la tarea de acabar mi trabajo, que en ese respecto puede todavía dejar aquí o allá algo que desear; pues el peligro, en este caso, no es el de ser refutado, sino el de no ser comprendido. Por mi parte no puedo de aquí en adelante entrar en discusiones, aunque atenderé con sumo cuidado a todas las indicaciones de amigos y de enemigos, para utilizarlas en el futuro desarrollo del sistema, conforme a esta propedéutica. Cógenme estos trabajos en edad bastante avanzada (en este mes cumplo sesenta y cuatro años); y si quiero realizar mi propósito, que es publicar la metafísica de la naturaleza y la de la moralidad, como confirmación de la exactitud de la crítica de la razón especulativa y la de la práctica, he de emplear mi tiempo con economía, y confiarme, tanto para la aclaración de las obscuridades, inevitables al principio en esta obra, como para la defensa del todo, a los distinguidos ingenios, que se han compenetrado con mi labor. Todo discurso filosófico puede ser herido en algún sitio aislado (pues no puede presentarse tan acorazado como el discurso matemático); pero la estructura del sistema, considerada en unidad, no corre con ello el menor peligro, y abarcarla con la mirada, cuando el sistema es nuevo, es cosa para la cual hay pocos que tengan la aptitud del espíritu y, menos aún, que posean el gusto de usarla, porque toda innovación les incomoda. También, cuando se arrancan trozos aislados y se separan del conjunto, para compararlos después unos con otros, pueden descubrirse en todo escrito, y más aún si se desarrolla en libre discurso, contradicciones aparentes, que a los ojos de quien se confía al juicio de otros, lanzan una luz muy desfavorable sobre el libro. Pero quien se haya adueñado de la idea del todo, podrá resolverlas muy fácilmente. Cuando una teoría tiene consistencia, las acciones y reacciones que al principio la amenazaban con grandes peligros, sirven, con el tiempo, solo para aplanar sus asperezas y si hombres de imparcialidad, conocimiento y verdadera popularidad se ocupan de ella, proporciónanle también en poco tiempo la necesaria elegancia.

Königsberg, Abril de 1787.




El propósito es descubrir la nueva realidad revelada por la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica, y situar los conocimientos más recientes de la física en el esquema filosófico que Kant desarrolló un siglo antes del descubrimiento de los átomos. Es así como la física moderna resulta compatible con las tesis kantianas, particularmente la interrelación entre observador y mundo sensible, y la concepción del espacio y el tiempo como formas de percepción.
Shahen Hacyan


-A-

Algunos comentarios de científicos cuánticos que, 300 años después descubrieron que había ciertas concordancias con Immanuel Kant:

-I-
Es evidente que no tenemos acceso al mundo más que a través de las informaciones que extraemos de él a través de nuestras sensaciones, mas bien pobres y simplificantes: de Demócrito a Kant, los filósofos nos han avisado de este velo inevitable que nos separa de la realidad. Pero al prolongar el pensamiento de los grades fundadores de la física moderna como Niels Bohr, Ervin Schrödinger o Wolfrang Pauli, esta idea se revela de hecho como extraordinariamente adecuada para interpretar la mecánica cuántica. Y esto debido a que la información no se comporta en absoluto como la materia: a diferencia de una piedra, no tiene posición espacial ni temporal y se la puede duplicar, partir, resumir, suprimir a gusto... basta entonces retomar uno a uno todos los fenómenos cuánticos que, atribuidos a la materia, parecían tan extraños para darse cuenta que son clarísimos cuando se les atribuye a la información...
...A veces acusados de no reconocer otra realidad que ellos mismos (solipsismo) o de ver las teorías nada más que como medios de acción (instrumentalismo), el centenar de físicos que proclaman este vuelco de perspectiva empiezan a encontrar eco en el seno de la comunidad científica. Para Guido Bacciagaluppi, del Instituto de historia de la filosofía de las ciencias y de las técnicas de Paris, "si estos trabajos muestran claramente que ciertos aspectos de la información nos llevan directamente a una estructura cuántica, ninguno de ellos es decisivo aún, ya que ciertas hipótesis matemáticas utilizadas son aún poco claras". Michel Bitbol, del Centro de Investigación en epistemiología avanzada de la Escuela Politécnica de París se alegra por su parte de "este reflujo de la ola realista que a sumergido a la física desde los años 70. Estos trabajos confirman y actualizan la fuerza del razonamiento trascendental propuesto por Emmanuel Kant: para dar forma al conocimiento hay que partir de la formalización de los límites de ese conocimiento".
Fuente: https://www.google.cl/?gws_rd=ssl

-II-
Por otra parte, Kant también sacó consecuencias del hecho que las categorías con las que pensamos el mundo son nuestros; no pertenecen al mundo. Eso también lo señala Niels Bohr cuando habla de la física contemporánea: "La física no describe la naturaleza, más bien describe el conocimiento humano sobre la naturaleza". Pero se trata de una aseveración que tiene implicaciones sobre las cuales tenemos que entender por "realidad física". El principio de incertidumbre de Heisenberg supuso una revolución conceptual en el mundo de la física cuántica: más que de realidad tenemos que hablar de mesurabilidad. No podemos medir con precisión simultáneamente la posición y la cantidad de movimiento de una partícula (o su energía y el tiempo que ha existido). Se trata de un principio que supone un límite a aquello que podemos y no podemos conocer del mundo microscópico, pero que también ha permitido explicar cosas que parecen "evidentes" pero que traían de cráneo a los físicos a principios del siglo pasado, por ejemplo, porqué el sol brilla (a partir de la fusión nuclear), los átomos existen (los electrones no se precipitan hacia el núcleo del átomo), o el suelo es sólido (a pesar de todo se compone de átomos que están casi "vacíos").
Fuente: http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20110729/54192569376/kant-y-cuantica-en-la-playa.html

-III-
Una de las cuestiones que resultó iluminadora al estudiar el pensamiento de Wilber, fue la interpretación de Kant, como nunca antes me lo habían enseñado en la facultad de filosofía: la diferenciación del Gran Tres a partir de las Tres críticas de Kant, la diferenciación entre el arte, la moral y la ciencia, respectivamente el “yo”, el “nosotros” y el “ello”. Esta diferenciación, al decir de Wilber (2005), reportó sus respectivos beneficios:
-“La diferenciación entre sí mismo (yo) y la cultura (nosotros) permitió que el individuo escapase del sometimiento a las jerarquías de dominio míticos propias de la Iglesia o del Estado y pudiendo participar, con su voto, en la aparición de la democracia”.
-“La diferenciación entre la mente (yo) y la naturaleza (ello) posibilitó la separación entre el poder biológico y el derecho noosférico, contribuyendo, de ese modo, al desarrollo de los grandes movimientos de liberación (incluidas las mujeres y los esclavos). La aparición, pues, del feminismo liberal y del abolicionismo y la difusión de los movimientos culturales”.
-“La diferenciación entre la cultura (nosotros) y la naturaleza (ello), permitió que la verdad dejara de estar sometida a las mitologías de la Iglesia y el Estado, lo cual contribuyó al surgimiento de la ciencia empírica, de la medicina, de la física y de la biología. El surgimiento de las ciencias ecológicas, etcétera”.
En la tercera parte de Breve historia de todas las cosas, Wilber aborda en extensión los ascendentes y los descendentes como rivales antagónicos que necesitan de una integración, y nos explica la génesis histórica de este rechazo de lo espiritual, la razón histórica concreta que explica los motivos por los cuales el Occidente moderno ha llegado a negar la validez de los estadios transpersonales. La posibilidad y necesidad de una filosofía hermenéutica está meridianamente demostrada por Wilber en Breve historia de todas las cosas, a partir de la cual hemos esbozado los parámetros históricos y hermenéuticos, a saber, la diferenciación de los Tres Grandes a partir de Kant, y el colapso del Kosmos al ser reducidos al Gran Uno: el materialismo científico.
Fuente: http://pensarenserrico.es/pensar/SAutor?PN=10&PE=2&WEBLANG=1&NOTICIA=91

-IV-
La filosofía trascendental y la interpretación de Bohr de la teoría cuántica
La filosofía trascendental de Kant distingue entre las condiciones de objetividad del conocimiento y las de la unidad sistemática de éste.
La filosofía trascendental de Kant cuestiona radicalmente el modo en el que debemos comprender la relación entre el conocimiento y su objeto, proponiendo una “revolución copernicana” en nuestra concepción de tal relación. Según esta nueva manera de entender el problema ya no será el objeto el que rija el conocimiento, es decir, el objeto dejará de constituir una pauta trascendente al conocimiento, a la que este último
debería simplemente adecuarse. Por el contrario, se mostrará que es el conocimiento el que rige al objeto, en tanto aquellas condiciones que determinan el carácter objetivo del conocimiento son más bien condiciones inmanentes al conocimiento mismo. Según la investigación trascendental, esas condiciones pueden ser establecidas
a priori y, de tal modo, podrá conocerse a priori de las cosas aquello que nosotros, en tanto sujeto cognoscentes, ponemos en ellas.
La piedra basal de la interpretación bohriana de la teoría cuántica es el postulado cuántico. El postulado “atribuye a todo proceso atómico una discontinuidad esencial, o más bien una individualidad, totalmente ajena a las teorías clásicas y simbolizada por el cuanto de acción de Planck”. La afirmación de la discontinuidad de los procesos cuánticos no es sino la negación de la ley de continuidad de todo cambio. Según esa ley, la variación de los estados de una cosa se verifica de modo tal que la cosa al cambiar recorre todos los posibles estados comprendidos entre el inicial y el final. Dado que la validez de esa ley es rechazada, se asume que habrá transiciones mínimas o discretas. Dichas transiciones tendrán un carácter individual, en tanto no podrán ser reducidas a otras más elementales. La discontinuidad de los procesos atómicos sostenida por el postulado cuántico permite establecer una notable conexión entre la argumentación de Bohr y la filosofía trascendental de Kant.
Según Kant, la ley de continuidad expresa la forma de todo cambio en general. Dicha ley resulta consecuencia de la aplicación a priori de la categoría de causalidad y, así, adquiere el carácter de condición de la distinción entre la serie subjetiva de nuestras percepciones y la serie objetiva de la experiencia. Consideremos brevemente el análisis de Kant de dicha ley. Sea el cambio en el estado del objeto el surgimiento de
una realidad cuya magnitud es
a. Dado que ni en el tiempo ni en lo real en el tiempo existen partes mínimas, la realidad sufre una transición continua desde su magnitud inicial = 0 hasta su valor final = a. Pero esa transición debe poseer una causa para ser representada como una transición objetiva. Tal causa debe entonces generar lo real durante el tiempo de la transición y no súbitamente. Así, no sólo la forma y la materia de la intuición son continuas sino que la misma acción de la causalidad debe ser continua también. Esta característica necesaria de la causalidad se expresa mediante la ley de su continuidad, según la cual “toda alteración es posible sólo mediante una acción continua de la causalidad”. La distinción entre la serie subjetiva de las percepciones y la serie objetiva de la experiencia solamente puede ser alcanzada bajo la presuposición de la aplicación al múltiple sensible de la categoría de causalidad y, consiguientemente, de la validez de la ley de su continuidad. Por lo tanto, de acuerdo con la doctrina de Kant, si la ley de continuidad de la causalidad no valiera, entonces la secuencia contingente de nuestras percepciones no podría distinguirse del curso necesario de la experiencia.
Por su parte, Bohr niega la continuidad de la causalidad en los procesos cuánticos y postula que un sistema atómico pasa de un estado inicial a otro final sin recorrer los estados intermedios, como, por ejemplo, cuando un electrón sufre transiciones entre estados discretos de energía. En particular, en el caso de una medición, dicho proceso físico involucrará una interacción discontinua entre el sistema a medir y el aparato de medición. Lo destacable de la argumentación bohriana es la afirmación de que, precisamente debido a esa discontinuidad, en una medición resultará imposible distinguir el sistema cuántico del instrumento de observación utilizado.
De este modo, vemos que la interpretación de Bohr de la teoría cuántica respeta la restricción crítica que acabamos de señalar. Dado que la ley de continuidad de la causalidad no es válida en un proceso de medición, entonces no es posible en esa situación distinguir entre la serie contingente de los datos empíricos y la serie necesaria de los estados del sistema medido.
El concepto de un objeto cuántico lleva a cabo así una tarea trascendental análoga a la del concepto de organismo, tal como este último concepto es entendido por Kant. Ambos conceptos cumplen una función regulativa en la experiencia, que la filosofía trascendental distingue claramente de una tarea constitutiva. Esto significa que ni el concepto de organismo ni el de objeto cuántico determina datos empíricos como fenómenos objetivos, sino que más bien cada uno de ellos sintetiza fenómenos, cuya validez objetiva ya se encuentra garantizada, en una unidad de orden superior. Según la filosofía trascendental de Kant, la objetividad de los organismos, en tanto objetos naturales determinados, resulta fundada en la legalidad empírica de los diversos mecanismos físicos que explican la generación y el funcionamiento de sus partes. Por el  contrario, la unidad sistemática de dichas partes sólo se alcanza mediante la representación del organismo como fin. En el caso de los objetos cuánticos, las partes cuya unidad debe ser establecida ya no son, como en un organismo, sus partes componentes, sino más bien sus partes complementarias, es decir, los fenómenos cuánticos mismos. Dichos fenómenos adquieren validez objetiva gracias a la aplicación de conceptos clásicos para su descripción, pero su unidad sistemática sólo es alcanzada cuando ellos son subsumidos bajo el concepto de un objeto cuántico.
Fuente: http://www.scielo.br/pdf/ss/v10n1/a08v10n1.pdf



-B-
Artículos sobre Filosofía, Kant y la Física Cuántica

1.
El tiempo podría tener la estructura de un cristal
Nuevos experimentos apuntan a su naturaleza discreta, no de continuo
Un equipo de físicos ha detectado que la escala mínima de tiempo medible tiene varios órdenes de magnitud mayor que el tiempo de Planck, el mínimo establecido hasta la fecha. Esto, aplicado a las ecuaciones básicas de la mecánica cuántica, señalaría que la estructura del tiempo podría ser como la de un cristal, consistente en segmentos discretos que se repiten periódicamente.
El filósofo Heráclito (siglo V a.C.) relacionaba el tiempo con el estado de constante fluir de todas las cosas; y del tiempo decía Aristóteles “es un tipo de número”. La ciencia también se ha preguntado sobre la naturaleza del tiempo: ¿Es el tiempo un continuo (fluye sin cesar, como decía Heráclito) o es discreto (se divide en unidades consecutivas, como sugería Aristóteles)? Un nuevo estudio arroja algo de luz -y oscuridad- a esta cuestión.
Para intentar comprender lo que plantea este trabajo hay que comenzar explicando que en física hay establecido un límite temporal. Se trata del tiempo de Planck o cronón, y se considera el intervalo temporal más pequeño físicamente signficativo (10-43 segundos).
El nuevo estudio ha demostrado que esa escala mínima de tiempo tendría varios órdenes de magnitud mayor que el tiempo de Planck.  Por otro lado, los autores del trabajo (de la Universidad de Waterloo y de la Universidad de Lethbridge, en Canadá, y de la Universidad de Alejandría, en  Egipto) han constatado que la existencia de ese tiempo tan mínimo alteraría las ecuaciones básicas de la mecánica cuántica.
Dado que la mecánica cuántica describe todos los sistemas físicos a una escala muy pequeña (subatómica), esta nueva medida temporal podría cambiar la descripción de los sistemas mecánico-cuánticos, afirman. Sus resultados han sido publicados The European Physical Journal C.

Buscando la estructura del tiempo
Impulsados por varios estudios teóricos recientes, los investigadores quisieron profundizar en la estructura del tiempo, en particular, en la cuestión largamente debatida (como hemos visto, incluso desde la filosofía clásica) de si el tiempo es un continuo o si es discreto. Para su estudio, partieron del presupuesto de que el tiempo es discreto o discontinuo, explica en Physorg Mir Faizal, uno de los autores del trabajo.  
Probaron este punto con la tasa de emisión espontánea de un átomo de hidrógeno. La emisión espontánea es un proceso por el cual un átomo en un estado excitado, pasa a un estado de energía más bajo, liberando un fotón en el proceso.
Descubrieron así que el tiempo mínimo era de magnitud mayor que el tiempo de Planck, pero no superior a una determinada cifra. Futuros experimentos podrían determinar el valor exacto de este límite de tiempo mínimo. Los efectos propuestos también pueden ser observables en otras tasas de desintegración de partículas y de núcleos inestables.

Implicaciones para el tiempo
Los científicos sugieren que aplicar esta nueva medida a las ecuaciones básicas de la mecánica cuántica modificarían la misma definición de tiempo.
Explican que la estructura del tiempo podría ser pensada a partir de estos resultados como una estructura de cristal, consistente en segmentos discretos que se repiten periódicamente.
En un plano más filosófico, el argumento de que el tiempo es discontinuo sugeriría que nuestra percepción del tiempo como algo que fluye de forma continua es sólo una ilusión.
"El universo físico es realmente como una película, en la que una serie de imágenes fijas crean la ilusión de imágenes en movimiento", afirma Faizal. Una 'película' que estaría producida por una estructura matemática subyacente discreta.
La propuesta señalaría a lo que decía Platón, que la verdadera realidad existe independiente de nuestros sentidos. "Sin embargo, a diferencia de otras teorías del idealismo platónico, esto puede ser probado experimentalmente, y no es solo un argumento filosófico", concluye Faizal.
https://www.tendencias21.net/El-tiempo-podria-tener-la-estructura-de-un-cristal_a41914.html

Nota:
Este descubrimiento amplía de manera insospechada los horizontes de la física cuántica y refuerza la intuición de los filósofos clásicos.


2.
9 ideas para entender a la física cuántica desde la filosofía
16 de junio de 2016
Física cuántica es uno de esos términos que cuando se llega a mencionar suele impresionar a todo el mundo aunque poco sepamos de su funcionamiento, pertinencia o significado. Pero ¿realmente deberíamos de asombrarnos tanto o espantarnos al oír su nombre? Sí y no. En efecto, esta ciencia es maravillosa y apasionante, pero por muy complicada que suene, puede que lleguemos a entenderla sin esfuerzos sobrehumanos o excesivos. Tampoco vamos a vincular este estudio a otra disciplina de manera burda –entiéndase la metafísica– para ejemplificar rápidamente lo tratado por dicho saber; aclarando, obviamente, que cuando se expongan las relaciones con ella, será en los términos filosóficos propios de esa rama y no en los libros esotéricos con que frecuentemente se confunde a tal especialidad.
Para comenzar, y antes de ligar este conocimiento a otros, tratando de esclarecer sus trasfondos o impactos, podemos partir de dos cosas que entendemos sin ninguna dificultad:

a) Todos y todo estamos formados por átomo.
b) La física cuántica es la ciencia que nos explica cómo funcionan las cosas más pequeñas, tal como esos mismos átomos que lo componen a todo.

Partiendo de ambos preceptos, podemos comprender que la física cuántica nos dice que un átomo y los electrones pueden estar en varios sitios a la vez, que la naturaleza impone un límite a lo que podemos ver, que hablamos de probabilidades, no de certezas, y que, con respecto a la realidad, es nuestra obligación el cuestionarnos muchas cosas. Por ejemplo: ¿existe la realidad cuando la observamos, cuando no la observamos y ésta es igual a lo que observamos?
La física cuántica es, incluso, contraria a nuestra intuición o a lo que hemos concebido siempre en nuestro entendimiento o educación por tanto tiempo; estos temas y encrucijadas se deben a una imposibilidad de respuestas que presentó la física tradicional que trataba, hasta cierto punto, lo obvio y lo grande.
Esta ciencia en particular, al ser comprendido su objeto de estudio y las propiedades que le caracterizan, al no poder hablar de exactitudes o de presencias visibles, habitualmente es relacionada con la metafísica esotérica que promueve existencias sobrenaturales o vías new age para la acción humana. Y nada más equivocado tanto para la física como la filosofía.
Dichas incredulidades o supersticiones demeritan años de investigación en ambos campos de estudio y lo único que consiguen es confundir a quienes leen o se interesan por estos temas. Pero siguiendo un poco más de cerca a determinados sistemas filosóficos que tratan, efectivamente, tópicos relacionados con esta disciplina y la metafísica o la ontología desde la perspectiva continental, y la epistemología, la filosofía de la ciencia o la filosofía de la mente desde el campo analítico, es posible seguir con ciertos enunciados o cuestionamientos que se abren camino gracias a la física cuántica.
A continuación, algunos de ellos:

1. La física no nos explica los misterios del universo, pero nos mueve a ser más atentos en torno a su funcionamiento. Nada está inamoviblemente establecido, ni las leyes religiosas ni las normas físicas.
2. Creemos que existe una realidad sólida; sin embargo, ésta puede llegar a ser inmaterial o invisible para nuestra mirada humana.
3. Todo lo que consideramos real es solamente una experiencia que para nada asegura que nuestras percepciones coincidan con lo que está afuera.
4. La realidad es un gran campo de potencialidades infinitas. Sólo se materializa lo que se observa.
5. Sólo somos conscientes de una pequeña parte de información; nuestras percepciones son selectivas.
6. La realidad es creada por nosotros de acuerdo a nuestras experiencias y reminiscencias.
7. La materia no es algo estático o predecible; en el mundo subatómico hay un caos del que no somos conscientes.
8. Podríamos decir que la materia es un pensamiento; lo que conforma a las cosas son ideas o conceptos.
9. Cuando no miramos la realidad, todo lo que hay son ondas de posibilidades. Cuando la miramos, hay una elección, una partícula de experiencia que nos presenta una faz de todas esas alternativas.

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3.
El eterno retorno para la ciencia y la filosofía
Está entre dicho que Emmanuel Kant fue el último pensador que hacía de la ciencia y la filosofía un solo canalizador para encontrar respuestas a tantas preguntas, aunque la verdad, se haya encontrado con más preguntas proveniente de las anteriores.
Pero es innegable que Kant tenía la facilidad de inmiscuirse en las matemáticas, la ciencia y la filosofía, esto debido a su educación y gran interés por los grandes cuestionamientos que el humano traía consigo hace más de dos mil años, en que el hombre existe en este universo, luego sería conocido que hay más de cuatro mil años de existencia del mismo.
Al entrar de lleno con el eterno Retorno que es interpretado por Friedrich Nietzsche, podemos entender que las cosas que suceden han sucedido y sucederán haciendo de este un circulo, tanto como la verdad misma puede ser curva y terminaría siendo un circulo más, donde los vicios espirituales y humanos los tengamos presentes siempre.
Es por ello que al entrar a un nuevo siglo donde la ciencia y tecnología se llevan de la mano, han coexistido para presentar nuevas teorías del origen del universo y consigo del humano; en este punto hacemos un flashback que los grandes pensadores cuando se preguntaron sobre nuestra existencia, ese “ser” que nos hace existir, preguntarnos como Platón y Aristóteles: “Que es el hombre y cual su singularidad” “de donde provenimos”.
Y así un número extenso de preguntas que en Siglo XXI nos seguimos preguntando. Por ello, el Retorno a la filosofía donde se detuvo con Kant, de reestablecer la conexión ciencia-filosofía, tiene un resurgir escabroso, ya que hay quienes desestiman la filosofía y así el caso contrario, los filósofos puedan prescindir de ser eruditos y por ello no toman la importancia de la ciencia.
Así la curva de este retorno comienza a cerrarse nuevamente, con el avance tecnológico; nos encontramos con la física y específicamente la física cuántica, que ha llegado a un límite, por así decirlo en que necesita de la filosofía para esclarecer o hasta replantear postulados y teorías en sus experimentos.
Para comenzar, la primera pregunta sería, ¿qué es la física cuántica? Principio y mitad del Siglo XX fue desarrollada este postulado científico, que de manera simple pero no sencilla de explicar, la mecánica cuántica es el desarrollo de múltiples teorías donde el estudio de las partículas, aquellas que estructuran a todos los organismos, incluido el ser humano, y en sí, aquellas partículas que estuvieron en el origen del universo “el big bang” han tomado relevancia en esta rama de la física.
Para exponer esta visión cuántica y su estudio de las partículas dentro de la materia, ya que estas existen en el universo y nos hacen ser o constituir lo que somos, para esto tenemos entender que: la física clásica nos dice que existen átomos y dentro de su núcleo se encuentran partículas como son los neutros y protones, y con los avances tecnológicos aplicándolos a la física cuántica, hoy se establece que; dentro de estos neutros y protones, existen los quarks y electrones, estas partículas son tan pequeñas que son estas las que estructuran la información básica de toda la materia que compone el universo y al humano mismo.
Para llegar al punto de quiebre donde se ha comenzado a constituir nuevamente que la filosofía entra en juego junto a la ciencia para determinar la realidad, a todo aquellos que es real ante nuestra conciencia y que se materializa. Los estudios científicos cuánticos nos dicen que los quarks, pueden estar en dos lugares al mismo tiempo, que están entrelazadas ya que pueden tener la misma información, así todo el universo y el humano tiene una correlación, caben dentro del mismo; la conciencia y las emociones, y sus implicaciones en un mundo material real, es decir, ese ser que está entregado al mundo, ese Dasein que nos regala el filósofo Martin Heidegger.
¿Qué es lo que genera que la realidad se defina cuando el individuo la esté observando, a nivel microscópico? ¿la conciencia? O ¿existe otro factor externo? Son estas preguntas las cuales, muchos físicos cuánticos se hacen. Llegado a este punto, la curva se cierra y la filosofía de nuevo es la guía para tratar de esclarecer o replantear estas preguntas con postulados de Aristóteles, Descartes Kant, Humes, Heidegger, y así una lista de otros filósofos.
Podríamos partir por determinar de una manera filosófica en que la realidad y lo que concibe el hombre como materia, está sujeta a la metafísica que descartes desarrolló en su libro: Discurso del Método, para profundizar ya en la metafísica idealista kantiana en Crítica de la Razón Pura, Kant, plantea a un ser donde el Sujeto y el Objeto están entrelazados, pero el segundo está determinado por el primero y se encuentran en mundo del que; el sujeto hace y materializa al objeto que este mismo (el sujeto) ha determinado a base de la experiencia empírica.
Entonces, hay un punto de encuentro y es en la materialización de aquello que no conocemos, el mundo Nouménico, que plantea Kant. Aquí la física cuántica hace su aparición y vemos que siglos después, ese mundo Nouménico, la ciencia la materializa para encontrar un micro universo de partículas que nos constituyen como seres, aunque continuemos preguntándonos el origen de nuestro ser en un mundo materializado al que el sujeto ya no crea a un objeto, sino como lo plantearían, Husserl, y luego Heidegger lo desarrollaría, y así lo retomaría Jean Paul Sartre, se refieren a un ser arrojado o expuesto al mundo, que no hay un ser y objeto por separado, sino que conviven en un solo espacio y tiempo.
La relación que el sujeto tiene con el mundo en el que existe no es por conocimiento, sino, por una relación de existencia, donde surge las preguntas por la existencia del humano, al año 1927 que Heidegger publica su obra por excelencia Ser y Tiempo, el mundo tenía momentos turbulentos, político y económicos, pero la ciencia daría tantos científicos ilustres que el mundo contemplaría con devoción, el desarrollo de la física clásica abanderada por la teoría de la relatividad de Einstein, otros físicos modernos como Max Planck y Niels Bohr que aportaron mucho en su teorías para que se desarrollara casi al mismo tiempo la física cuántica, ya que el físico alemán Max Planck, crea el concepto de los “cuanto” ya que la energía no se emite de forma continua; sino que se emite en pequeños paquetes.
Esto lo aplican a una rama de la física, la termodinámica, que explica cuanta es la radiación que emite un cuerpo caliente. Así se derivan otros estudios físicos como: la mecánica de ondas, postulado por Erwin Schrödinger, el Principio de Incertidumbre planteado por Werner Heisenberg, esta teoría tendrá mucho peso y permitiría crear nuevas teorías a finales del siglo XX, como la teoría de cuerdas, los agüeros negros, un sinfín más.
El Principio de incertidumbre devela que al estudiar las partículas no es posible predecir donde terminará y hacia qué dirección “correría”. Este principio de incertidumbre podemos decir como paralelismo que es un reflejo del existencialismo en la filosofía, ya que se plantean más preguntas que respuestas. El Eterno Retorno aparece nuevamente, la incertidumbre de qué nos depara el futuro como seres expuestos a un universo tan complejo y no regido por algo ya determinado, sino que es un azar, al que busca la humanidad darle sentido, la filosofía y la ciencia se unirán y develarán de entre cientos o miles de preguntas que el humano se ha preguntado en sus 4 mil años de existencia.
https://escenarioescrito.wordpress.com/2016/04/22/el-eterno-retorno-para-la-ciencia-y-la-filosofia/



4.
Espacio, tiempo y realidad.
De la física cuántica a la metafísica kantiana

La Crítica de la razón pura de Kant empieza con la frase: “No hay duda de que todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia”. Pero unos renglones más abajo, su autor precisa: “Si bien todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia, de ningún modo se infiere que todo se origine de la experiencia. Por el contrario, es muy posible que nuestro conocimiento empírico sea una combinación de aquello que recibimos a través de nuestros sentidos, y aquello que la capacidad de cognición proporciona por sí misma”. Dicho de un modo más cercano a nuestra experiencia moderna, el cerebro tiene que venir con algún programa “de fábrica” que nos permita procesar los estímulos captados por los sentidos; un programa con el cual podamos ordenar la experiencia sensorial y darle coherencia a nuestras percepciones. Si no tuviéramos ese programa, sólo percibiríamos una sucesión interminable y abigarrada de estímulos del mundo exterior.
Kant postuló la existencia de cosas inaccesibles a los sentidos, a las que llamó cosas-en-sí, que forman parte de una realidad que existe independientemente de la conciencia. Las cosas-en-sí no son directamente perceptibles, pero producen sensaciones en nuestra mente, con las cuales ésta reconstruye la realidad. La tesis de Kant es que el espacio y el tiempo no se encuentran en el mundo de las cosas-en-sí, sino que forman parte de nuestro aparato de cognición. El espacio y el tiempo son formas de percepción. El espacio nos permite la intuición del mundo exterior, mientras que el tiempo nos permite ordenar el mundo interior de nuestros pensamientos.
Si Kant tenía razón es algo que todavía está sujeto a discusión. Por ahora, sólo podemos decir que su concepción del mundo no está en contradicción con la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. Estas dos teorías fundamentales de la física moderna, que, desde perspectivas distintas, cambiaron radicalmente nuestras ideas sobre el espacio, el tiempo y la causalidad, parecen confirmar la tesis de Kant hasta cierto punto.
 
Tiempo
Después de que Newton postulara la existencia de un tiempo absoluto, los físicos no se preocuparon demasiado por el concepto del tiempo. Sin embargo, era evidente que las ecuaciones de Newton, que describen la evolución dinámica de un sistema físico, no cambian su forma si se invierte en ellas el sentido del tiempo. Los planetas del Sistema Solar podrían girar en un sentido o en otro, sin que un observador lejano que filmara el curso de los astros pudiese determinar si está observando la película proyectada al derecho o al revés.
El asunto empezó a preocupar a los físicos en el siglo XIX cuando surgió la termodinámica, inicialmente para describir el funcionamiento de las máquinas de vapor. Un concepto fundamental de la termodinámica es la entropía, que es, en cierta forma, una medida de la energía que ya no se puede aprovechar (por ejemplo, el calentamiento de una máquina por la fricción de sus partes es, en cierta forma, energía desperdiciada). La segunda ley de la termodinámica postula que la entropía debe aumentar, o permanecer al menos constante, a medida que transcurre el tiempo. Ésta es la única ley de la física clásica en la que aparece una distinción entre pasado y futuro, pero es una ley empírica. Ni las ecuaciones de la mecánica, ni ninguna ley fundamental de la física implican que exista una dirección del tiempo; pasado y futuro son sólo conceptos relativos. Y sin embargo, la experiencia nos enseña todo lo contrario…
Mucho físicos del siglo XIX trataron de demostrar la segunda ley de la termodinámica a partir de principios fundamentales, pero Ludwig Boltzmann es el único a quien se le puede adjudicar un éxito parcial. Boltzmann creía firmemente en la existencia de las moléculas y desarrolló lo que se conoce actualmente como la teoría cinética, rama de la física que estudia el comportamiento estadístico de sistemas compuestos de un número muy grande de partículas en interacción. Las moléculas se mueven y chocan unas con otras constantemente, intercambiando energía entre ellas. Boltzmann mostró que la segunda ley se puede demostrar a partir de este movimiento azaroso y de principios estadísticos: el tiempo transcurre en un sentido, del pasado al futuro, porque es inmensamente más probable que suceda así. Si no sucede al revés, no es porque sea imposible, sino porque es inmensamente improbable.
Tomemos el ejemplo de un vaso de agua cuyo contenido se derrama en el suelo. Éste es un proceso muy probable y ocurre comúnmente. Pero a nivel microscópico el charco en el suelo está formado de billones de billones de moléculas que se mueven azarosamente. En principio, podría suceder que estas moléculas, por pura coincidencia, coordinaran sus movimientos espontáneamente de tal suerte que brincaran de regreso al vaso. Este proceso es muy improbable, por lo que nunca lo observamos. Es tan improbable como ganar la lotería en un sorteo en el que el número de billetes se escribe con varios trillones de dígitos (en comparación, el número de átomos en el Universo visible no necesita más de ochenta dígitos para escribirse).
En cambio, para una molécula sola, la probabilidad de que “caiga” desde una altura de un kilómetro es casi la misma de que regrese espontáneamente a esa altura, debido al choque con otras moléculas. ¡Gracias a que la segunda ley de la termodinámica no se aplica a moléculas, existe la atmósfera que respiramos!
Así estaba la situación cuando, en 1905, Albert Einstein presentó la teoría de la relatividad. En esta teoría no existe un tiempo absoluto, sino lapsos que dependen de cada observador. Einstein mostró que existe una conexión básica entre espacio y tiempo, y que un intervalo de tiempo o una sección de espacio pueden variar según el observador, de modo tal que la duración de los procesos depende del sistema de referencia desde el cual se observan. Por ejemplo, el tiempo transcurrido en una nave espacial que se mueve (con respecto a la Tierra) a una velocidad muy cercana a la de la luz es sustancialmente menor al tiempo medido por los que se quedan en la Tierra: los viajeros pueden regresar y encontrarse a sus hijos o nietos más viejos que ellos mismos. Este efecto se ha comprobado perfectamente para las partículas subatómicas generadas con velocidades muy grandes (el tiempo del viajero se contrae con respecto al tiempo del observador fijo, por un factor ÷1–(v/c)2, donde v es la velocidad del viajero).
A pesar de lo espectacular que es la relatividad del tiempo predicha por la relatividad de Einstein, esta teoría no explica el fluir del tiempo, como tampoco lo hace la física newtoniana. Por eso, quizás, en ese aspecto es más fundamental la teoría de Boltzmann, con su énfasis en la manifestación estadística de los procesos microscópicos.
El punto esencial es que para una partícula del mundo atómico no existe distinción entre pasado o futuro. Este hecho se manifiesta en una forma muy espectacular si tomamos en cuenta a las antipartículas. En el mundo de las partículas subatómicas existe una simetría tal que a cada partícula le corresponde una antipartícula, con esencialmente las mismas características, excepto la carga eléctrica, que es de signo contrario; por ejemplo, al electrón le corresponde, como antipartícula, el positrón, que es idéntico al electrón excepto por su carga positiva. Pero la simetría es completa sólo si se incluye el espacio y el tiempo. Más precisamente, se puede demostrar rigurosamente, en el marco de la teoría cuántica de las partículas elementales, que las leyes de la física permanecen inalteradas si se invierten el espacio y el sentido del tiempo, y se intercambian simultáneamente partículas por antipartículas. Dicho de otro modo, una antipartícula se comporta exactamente como una partícula, vista en un espejo, que viaja hacia atrás en el tiempo.
En resumen, el tiempo surge sólo cuando percibimos sistemas de billones de billones de átomos (como son todas las cosas que observamos directamente).
 
Nace el cuanto
El nacimiento de la mecánica cuántica se puede situar en diciembre de 1900, cuando Max Planck demostró que la radiación de los llamados cuerpos negros (esencialmente un horno cerrado en equilibrio térmico) podía explicarse con la suposición de que la luz se propaga en paquetes de energías. Pero lo que para Planck era sólo un truco matemático resultó tener una profunda implicación. Cinco años después de la publicación de su trabajo, el entonces joven y desconocido Albert Einstein mostró que el efecto fotoeléctrico podía explicarse muy bien suponiendo que la luz está hecha de partículas de energía pura. Por si fuera poco, en 1913, Niels Bohr se basó en el mismo concepto de Planck para formular su teoría del átomo y explicar el espectro de la luz emitida por el hidrógeno; en el modelo de Bohr, los electrones se encuentran sólo en ciertas órbitas alrededor del núcleo atómico, y la emisión de luz ocurre en paquetes de energía cuando un electrón brinca de una órbita a otra.
Los físicos estaban perplejos: después de un largo debate, que se remonta a los tiempos de Newton y Huygens, y habiéndose finalmente convencido de que la luz era una onda, ésta resultaba ser más bien una partícula. La solución del problema (o más bien su disolución, como diría Feyerabend) llegó en 1924, cuando Louis de Broglie propuso la hipótesis de que todos los objetos del mundo atómico tienen propiedades tanto de onda como de partícula. La luz no es una excepción a esta regla: la partícula de la luz —que ahora llamamos fotón— también se comporta como onda.
Esta dualidad propia de los objetos atómicos condujo a Bohr a plantear su Principio de Complementariedad. Si diseñamos un experimento para ver un electrón en cuanto partícula, éste no manifestará ningún comportamiento de onda; y viceversa. La intervención del observador —o más específicamente: el diseño del experimento— obliga a los objetos atómicos a manifestarse de una u otra forma, incompatible la una con la otra.
La complementariedad se manifiesta en el famoso Principio de Incertidumbre de Heisenberg. Se trata de la incertidumbre asociada a la medición simultánea de dos propiedades complementarias de un sistema, como pueden ser la posición y la velocidad, la energía y el tiempo… o las propiedades de onda y partícula. Implica que la precisión de una medición es a costa de la precisión de otra medición.
Lo esencial del principio de Heisenberg no es que haya una incertidumbre en una medición —cosa inevitable incluso en la física clásica—, sino que la observación de un sistema atómico, hecha por un sujeto humano, tenga consecuencias sobre su realidad objetiva. Por ejemplo, si decido medir con absoluta precisión la velocidad de un electrón, entonces el electrón puede estar en cualquier lugar del Universo: la velocidad adquiere realidad física, a costa de que la pierda la posición. Y viceversa si prefiero medir la posición con absoluta precisión. El principio de incertidumbre vuelve indefinida la frontera entre sujeto y objeto.
 
Realidad y causalidad
En 1930, el formalismo matemático de la mecánica cuántica había sido plenamente establecido, pero las interpretaciones filosóficas eran objeto de acalorados debates. De acuerdo con la interpretación de Copenhague —ciudad natal de Niels Bohr, su principal proponente—, un átomo (o una partícula como el electrón) puede estar en varios estados simultáneamente. Es el acto de observarlo el que lo obliga a pasar a uno de esos estados y manifestarse en él. Esta interpretación pone especial énfasis en la inseparabilidad del sujeto y del objeto, de modo tal que el concepto de realidad objetiva pierde su sentido obvio; pues ¿qué es esa realidad antes de hacer una observación? Es el acto de observar lo que asigna realidad a las cosas.
En la mecánica cuántica, un sistema se describe por su función de onda, que es la solución de Schrödinger, la ecuación fundamental de los fenómenos cuánticos (no relativistas). Pero, de acuerdo con la interpretación de Copenhague, la función de onda describe el conjunto de todos los posibles estados de un sistema físico en condiciones específicas. El hecho de hacer una medición equivale a forzar al sistema a manifestarse en uno de esos posibles estados, y el conocimiento total de la función de onda permite calcular sólo la probabilidad de que ese estado sea el resultado de la medición efectuada.
La función de onda no permite saber cuándo un sistema pasará de un estado a otro; sólo permite saber cuál es la probabilidad de que lo haga. En los átomos, los electrones pueden efectuar “saltos cuánticos” de una órbita a otra, sin que se pueda, por cuestiones fundamentales, predecir cuándo lo harán. Éste es el indeterminismo que tanto molestaba a Einstein, quien, años después, afirmaría que él no podía creer en un “Dios que juega a los dados”.
La indeterminación del estado de un sistema se debe al acto de observar y medir, porque hay un límite a la certidumbre con la que se puede conocer el estado de un sistema físico. Este límite es inherente a todo proceso de medición y está relacionado con el principio de incertidumbre de Heisenberg. Como lo señaló él mismo, mientras no se interfiera con un sistema por medio de la observación, la función de onda de ese sistema físico contiene todas las posibilidades en “potencia”, en el sentido utilizado por Aristóteles. Cuando un observador toma conciencia del resultado de una observación, se produce una “reducción” del conjunto de posibilidades, que equivale a una transición brusca de lo posible a lo real. Por lo tanto, las probabilidades que describe la función de onda son probabilidades que se anticipan a una posible medición. En ese sentido, son “probabilidades en potencia” que no afectan la precisión con la que se puede estudiar el estado de un sistema.
En la mecánica clásica, si se conocen la posición y la velocidad iniciales de cualquier sistema físico, las ecuaciones de movimiento permiten calcular, al menos en principio, sus posiciones y velocidades en cualquier otro momento posterior. En este sentido, la mecánica clásica es una teoría causal: a cada causa corresponde un efecto, y este efecto es susceptible de conocerse. La física clásica es una teoría completa, aun si, en la práctica, debamos recurrir a una descripción aproximada cuando se trata de sistemas muy complicados.
La mecánica cuántica, de acuerdo con Bohr y Heisenberg, también es una teoría causal y completa, pero la intervención de un observador introduce una incertidumbre inevitable. Sólo se puede calcular la probabilidad de obtener un cierto resultado en una medición. Una vez más, lo anterior conduce a cuestiones filosóficas fundamentales sobre la existencia de la realidad objetiva y la causalidad.
¿Existe contradicción entre la causalidad física y la libre voluntad? Ésta es una vieja discusión filosófica. Para Kant, la causalidad de la física newtoniana (la que él pudo conocer en su tiempo) no implica una falta de libertad para las acciones humanas. La solución de esta aparente contradicción, según él, radica en el hecho de que “un objeto puede tomarse en dos sentidos; primero, como un fenómeno, segundo, como una cosa en sí”; pero el principio de causalidad se refiere sólo al fenómeno. Las cosas en sí están fuera del tiempo y no obedecen a leyes causales.
Cabe mencionar que la incertidumbre propia de la mecánica cuántica ha sido retomada por científicos modernos para afirmar la libertad del pensamiento. Así, John Eccles, destacado neurofisiólogo que estudió los procesos de sinapsis en el cerebro humano, argumentó que éstos se rigen por las leyes cuánticas, dejando así margen para la voluntad de la mente humana.
 
El gato de Schrödinger
Así pues, un sistema atómico estaría en todos sus posibles estados mientras no sea observado. El asunto no está exento de paradojas, como hizo notar el mismo Schrödinger al proponer la siguiente situación. Supongamos que ponemos un núcleo radiactivo en una caja: si nadie lo observa, el núcleo está en dos estados simultáneamente: ha emitido y no ha emitido radiación. Si ponemos ahora un detector Geiger que, a su vez, acciona un mecanismo que destapa una botella con gas venenoso, y colocamos un gato en la caja, el felino estará en dos estados: vivo o muerto.
¿Por qué no se manifiesta un gato de Schrödinger en nuestro mundo macroscópico? La situación se aclaró sólo en años recientes: la respuesta debe buscarse en un fenómeno conocido como “decoherencia cuántica”. Cuando un sistema está en interacción con un aparato macroscópico de medición o, en general, con su entorno, la función de onda pierde la coherencia entre sus diversas partes y se transforma rápidamente en una suma estadística; por ejemplo: tal probabilidad de que el gato esté vivo o de que esté muerto.
En el mundo de los átomos, en cambio, la decoherencia es muy lenta en comparación con los tiempos característicos de los procesos atómicos y, en consecuencia, se puede tener superposiciones simultáneas de diversos estados. En 1997, un equipo de físicos logró construir un estado como el del gato de Schrödinger, pero utilizando un átomo en lugar de un felino; el mismo átomo apareció en dos posiciones simultáneamente, separadas por una distancia de ochenta nanómetros, mucho mayor que el tamaño de un átomo. El experimento se ha repetido también para estados de fotones, siendo posible incluso rastrear la decoherencia, y más recientemente con estados de corrientes en superconductores.
Un concepto básico de la mecánica cuántica, como lo es el principio de superposición, podría conducir a posibles aplicaciones tecnológicas. El tamaño de los circuitos electrónicos de las computadoras ha ido disminuyendo con los años y, de seguir esta tendencia, es posible que en unas cuantas décadas los mismos átomos se puedan utilizar como componentes. Las nuevas computadoras se regirían entonces por las leyes de la mecánica cuántica, con la posibilidad de hacer cálculos en paralelo, en estados superpuestos. Incluso, se conocen ya algunos algoritmos que permitirían efectuar operaciones que quedan fuera del alcance de las computadoras actuales. Las computadoras cuánticas, si llegaran a concretarse, serían los dignos herederos del gato de Schrödinger, ya que funcionarían con base en el mismo principio. Incluso se puede especular que una computadora cuántica podría reproducir más fielmente el comportamiento del cerebro.
 
Espacio
La interpretación de Copenhague no fue del agrado de todos los físicos. Entre sus críticos más severos destaca nada menos que Einstein. El creador de la teoría de la relatividad siempre pensó que la mecánica cuántica, cuyos éxitos son innegables, era una etapa previa a una teoría del mundo más profunda, que habría de surgir en el futuro y que le daría lugar a una concepción de la realidad más acorde con nuestras ideas intuitivas.
Einstein, junto con sus colegas Podolsky y Rosen, ideó un experimento mental en el que dos partículas atómicas están inicialmente en interacción y, en algún momento, se separan. De acuerdo con la mecánica cuántica, si uno mide la posición de una de las partículas puede deducir la posición de la otra y asignarle, así, realidad física a las posiciones en el espacio tanto de una como de la otra partícula. Del mismo modo, midiendo la velocidad de una, puede deducirse la velocidad de la otra, y así asignarle realidad física a las velocidades de las dos. Lo paradójico del asunto es que la separación entre las dos partículas es totalmente arbitraria, a pesar de lo cual, la medición de una partícula determina la realidad física también de la otra. La mecánica cuántica implica entonces la existencia de una “acción fantasmal”, declaró Einstein algunos años más tarde.
El meollo del asunto consiste en que dos o más partículas atómicas pueden, en general, estar en lo que se llama un “estado enredado”, lo cual no tiene equivalente en el mundo macroscópico. En tal estado, la distancia espacial entre dos partículas no juega ningún papel; el hecho de hacer una medición en una influye instantáneamente en la otra, aun si las dos se encuentran en extremos opuestos de nuestra galaxia. Tal “comunicación” instantánea viola uno de los principios fundamentales de la teoría de la relatividad: nada puede viajar más rápido que la luz. Pero tal parece que el espacio no tiene existencia en el mundo cuántico.
El asunto se habría quedado en el reino de los experimentos mentales si no fuera porque, en 1965, John Bell encontró una manera cuantitativa de comprobar si efectivamente existe la acción fantasmal. Si dos fotones son emitidos por un átomo en direcciones opuestas, se puede medir la probabilidad de que cada fotón tenga una cierta polarización. La mecánica cuántica predice que, para dos fotones en estado enredado, la probabilidad de medir un cierto ángulo de polarización en un fotón depende de lo que un observador lejano decida medir en el otro fotón. Las interacciones cuánticas se producen como si hubiera una transmisión instantánea de información. Esto parece contradecir la teoría de la relatividad, pero hay que recordar que las partículas no tienen realidad física antes de ser detectadas; sólo después de realizar las mediciones y comparar los datos es posible deducir que una partícula “supo” instantáneamente lo que le sucedió a su compañera lejana. Bell mostró que es posible cuantificar la correlación entre los fotones, de tal modo que es posible distinguir tajantemente entre la predicción de la mecánica cuántica y cualquier otra que no implique la existencia de la acción fantasmal.
En 1982 fue realizado por primera vez, en un laboratorio francés, un experimento con parejas de fotones emitidos en direcciones opuestas. Al medir las correlaciones entre los ángulos de polarización de los fotones se encontró un resultado que, de acuerdo con la predicción de Bell, confirmaba la interpretación de Copenhague. La existencia de la acción fantasmal quedó así confirmada. Por si quedaban dudas, el mismo tipo de experimento se repitió en 1997, en Ginebra, enviando los pares de fotones por medio de fibras ópticas, a dos regiones separadas diez kilómetros: una vez más, los resultados confirmaron la predicción de la física cuántica.
Así pues, en el mundo de los átomos donde rigen las leyes de la física cuántica suceden cosas muy extrañas que ponen en entredicho los mismos conceptos de espacio y tiempo. El espacio pierde su sentido habitual y se manifiesta por la intervención del sujeto que observa. Los experimentos en las últimas dos décadas han establecido plenamente la existencia de una interacción que no respeta ninguna separación espacial.
Para que quede claro que la filosofía tiene aplicaciones tecnológicas, señalaremos que el tipo de correlación propuesto por Einstein y colaboradores puede utilizarse hasta cierto punto para transmitir información de un lugar a otro. Esta aplicación de la física cuántica ya se ha vuelto realidad. El método consiste en transportar por medios convencionales una parte de la información (por ejemplo, la mitad de los “bits” necesarios para reconstruir una imagen o un texto) y el resto por interacción cuántica.
Siguiendo con esta idea, el año 2000 empezó con el anuncio espectacular de una aplicación más de la “acción fantasmal”: la criptografía cuántica. Tres equipos de científicos lograron desarrollar, en forma independiente, las técnicas para crear claves por medio de transmisiones cuánticas. En este esquema se envían, por fibras ópticas, pares de fotones en estados enredados a dos receptores distintos; éstos miden las polarizaciones de los fotones variando el ángulo de sus respectivos polarizadores en forma aleatoria; después, se comunican por medios tradicionales (y públicos) sus ángulos de polarización y una parte de sus mediciones; la otra parte de sus mediciones, la que no revelan, les sirve para generar un número clave.
La idea esencial es que el número clave, generado en dos lugares distintos, sólo puede ser reconstruido por sus receptores y sólo ellos lo conocen. Por lo tanto, lo pueden utilizar para codificar y descodificar los mensajes que quieran intercambiarse. El método tiene la gran ventaja de ser totalmente a prueba de espías, ya que la información enviada por los canales públicos para construir la clave es incompleta y tiene que combinarse forzosamente con los fotones enredados. Si algún intruso intercepta esos fotones, les asigna realidad física antes de que lleguen a sus destinatarios legítimos y revela, de esa forma, su fechoría.
 
Gödel, Einstein, Kant
Kurt Gödel es bien conocido por un famoso teorema. El teorema de Gödel muestra la imposibilidad de construir un sistema lógico libre de contradicciones, en el que cualquier proposición pueda probarse o refutarse.
Los trabajos de Gödel sobre lógica matemática se remontan a los años treintas, cuando él trabajaba en la Universidad de Viena. Al empezar la Segunda Guerra Mundial, Gödel huyó de Austria y llegó a Estados Unidos, donde se estableció en la Universidad de Princeton. Allí conoció a Albert Einstein, otro ilustre refugiado político, y los dos científicos desarrollaron una estrecha amistad que habría de perdurar hasta la muerte del gran físico en 1955.
Seguramente influenciado por su amigo Einstein, Gödel empezó a interesarse en la teoría de la relatividad general durante su estancia en Princeton. Esta teoría postula que la gravitación se debe a la curvatura del espacio-tiempo, espacio de cuatro dimensiones que posee una geometría no euclidiana; la distribución de la materia en el Universo determina su geometría. Como una de las primeras aplicaciones de su teoría, Einstein había propuesto, años atrás, un modelo de universo en el que el espacio se cierra sobre sí mismo, al igual que la superficie de una esfera, de tal modo que si una nave espacial viaja siempre en la misma dirección, daría la vuelta al universo y regresaría a su punto de partida.
En 1947, Gödel publicó un trabajo sobre relatividad general que, hasta la fecha, sigue despertando interés por sus extrañas implicaciones. Se trata de una solución de las ecuaciones de Einstein que representa un universo en rotación. Lo curioso es que, en el universo de Gödel, es posible dar la vuelta y regresar no sólo al mismo punto en el espacio —tal como en el universo de Einstein—, sino también al mismo instante en el tiempo. En otras palabras, en el universo de Gödel existen trayectorias de eterno retorno, sin distinción entre pasado y futuro.
La conclusión principal de Gödel no es tanto que se pueda construir una máquina del tiempo, ya que, para entrar en un ciclo eterno, una nave espacial tendría que moverse a una velocidad cercana a la de la luz y recorrer una distancia comparable al radio del Universo. La implicación esencial es que la distinción entre pasado y futuro no está implícita en la teoría de la relatividad, ya que esta teoría no excluye el eterno retorno. El sentido del tiempo debe buscarse en algún otro principio fundamental.
Con motivo del septuagésimo aniversario de Einstein, Gödel escribió un ensayo filosófico en el que, con base en la teoría de la relatividad, analiza la idea de Kant de que el tiempo no es más que una forma de percepción. Gödel hace notar que la teoría de Einstein elimina la noción de un tiempo absoluto y el concepto de simultaneidad, lo cual, para Gödel, es una evidencia de que el tiempo no tiene una realidad objetiva. Incluso, esta teoría ni siquiera excluye la posibilidad de un tiempo circular, como muestra la existencia de la solución que él encontró. Así, concluye: “Tenemos una prueba inequívoca para el punto de vista de aquellos filósofos como Parménides, Kant, y los idealistas modernos, que niegan la objetividad del cambio y consideran a éste una ilusión o una apariencia producto de nuestro modo especial de percepción”.
En su respuesta al planteamiento de su amigo, Einstein reconoce la seriedad del problema. El hecho de que el futuro no pueda influir causalmente sobre el pasado está relacionado con la ley del aumento de la entropía, pero, dice Einstein, eso sólo se aplica a dos sucesos suficientemente cercanos. Decir que un suceso a antecede un suceso b tiene sentido físico gracias a esta ley, pero no es evidente, reconoce Einstein, que el orden causal siga teniendo sentido si a y b están muy separados entre sí en el espacio, como sucede en el universo de Gödel.
 Gödel dejó después de su muerte varios manuscritos entre los cuales se cuentan varias versiones previas del ensayo mencionado. En esos manuscritos presenta una concepción más detallada de su posición con respecto a la filosofía de Kant, que, por alguna razón, no se decidió a hacer pública en su momento. Gödel manifiesta estar de acuerdo parcialmente con Kant: admite su concepción del tiempo como una forma de percepción, pero duda que lo mismo se pueda aplicar al espacio. Sin embargo, hay que recordar que Gödel escribió en una época en la que todavía no se había establecido plenamente la existencia de la acción fantasmal, que conduce a replantear el concepto de espacio, como mencionamos más arriba.
Empero, Gödel señala claramente su posición personal sobre la existencia de las cosas-en-sí, cuyas similitudes con las cosas del mundo cuántico no se le escapan. Los átomos son inaccesibles directamente a nuestros sentidos, y su existencia es ajena al espacio y al tiempo. Al respecto, Gödel considera que el punto de vista de Kant “debe ser modificado si uno quiere establecer acuerdo entre su doctrina y la física moderna; es decir, debe presuponerse que el conocimiento científico es capaz, al menos parcialmente y paso por paso, de ir más allá de las apariencias y aproximarse al mundo de las cosas”.
 
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“Es sólo desde el punto de vista humano que podemos hablar de espacio, objetos extendidos, etc.”, escribió Kant. La física cuántica no contradice esta afirmación: los objetos del mundo atómico no tienen dimensión o extensión, sólo algunos parámetros específicos como la masa, la carga eléctrica o el espín; son objetos que a veces se comportan como partículas y a veces como onda, dependiendo de cómo el sujeto decide observarlos. Electrones o fotones pueden estar simultáneamente en varios puntos del espacio e influir unos en otros como si el espacio y el tiempo no existieran para ellos; como fenómenos, sólo existen para nosotros, que los percibimos con nuestros sentidos, con el intermedio de aparatos de medición que extienden nuestras posibilidades sensitivas en forma extraordinaria.
Kant no podía prever los avances de la ciencia moderna, pero seguramente le habría gustado ver cómo la física cuántica y la teoría de la relatividad lograron penetrar en un mundo cuyos objetos recuerdan tanto a las cosas-en-sí. Un mundo donde tiempo, espacio y causalidad no tienen el carácter que les asignamos comúnmente.
http://www.revistaciencias.unam.mx/pt/91-revistas/revista-ciencias-63/794-espacio-tiempo-y-realidad.html



Amiga, Amigo:

Tal parece el sabio Stephen Hawking recientemente fallecido no entendió el sentido de la Filosofía y consideró entonces conveniente señalar que:

¿Por qué estamos aquí? ¿De dónde venimos? Tradicionalmente estas son preguntas de la filosofía, pero la filosofía esta muerta.

Sin embargo destacadas mentes de la Física Cuántica estudiaron a connotados filósofos como Kant y, con sorpresa, entendieron que algunos de sus postulados no modernos para el vulgo, para el saber cuántico eran realidades muy modernas, es más los ayudó a dar forma a nuevas teorías cuánticas, es decir se proyectaron en un futuro de nuestro actual presente.

Hemos visto planteamientos cuánticos de avanzada y no se puede olvidar lo señalado por Max Planck al recibir el Premio Nobel de Física 1918 y señalar:


En mi carácter de Físico y como hombre que ha dedicado su vida a la ciencia auténtica, a la investigación de la Materia, me creo a salvo de la sospecha de un fantasioso irresponsable. Por ello, y a raíz de mis exploraciones en el campo atómico, declaro lo siguiente: 

No existe la materia en sí. La mente es la matriz de toda materia.

Toda materia nace y permanece únicamente en virtud de una Fuerza que pone en vibración las partículas intraatómicas y las mantiene vinculadas semejando al más pequeño sistema solar del mundo. Siendo que en el Universo no existe fuerza inteligente ni fuerza eterna (abstracta) alguna (la humanidad nunca pudo inventar un “perpetum mobile”), debemos admitir detrás de la Fuerza mencionada la presencia de un Espíritu consciente inteligente, o sea que EL FUNDAMENTO ESENCIAL DE LA MATERIA ES DICHO ESPIRITU. 
Ya que según vimos la Materia no existe sin este Espíritu, lo real, cierto y efectivo no es la Materia visible y transitoria, sino el Espíritu invisible e inmortal. Pero siendo que no puede haber espíritu en sí por pertenecer cada espíritu a un ser, debemos forzosamente admitir seres espirituales. 
Ahora bien: como a su vez los seres espirituales no pueden ser por sí mismos, sino que deben ser creados, no vacilo en denominar a ese misterioso Creador como lo han nombrado todos los pueblos cultos de la Tierra en los pasados milenios: Dios”.

Richard Feynman en el Instituto de Tecnología de California Premio Nobel de Física 1965 hizo dar un salto cuántico a la física con el experimento de la doble rendija que es considerado el experimento más hermoso de la física, un experimento fruto mental de Richard Feynman que se demostró, lo cual tuvo consecuencias inesperadas, en su inicio en especial en las mentes abiertas de algunos físicos cuánticos y, tal parece, ha sido cual bola de nieve que está removiendo lo ilusorio de la costra material.

En dicho experimento queda demostrado que cuando pasa un electrón por una doble rendija:

Si no se observa al electrón:
El electrón muestra una naturaleza ondulatoria (un patrón de interferencia consigo mismo) pasando por las dos rendijas a la vez.
Cuando se observa al electrón:
El electrón muestra naturaleza corpuscular pasando cual partícula por una sola rendija. Se colapsa la función de onda por el hecho de una mente humana observar.

a) El hecho de observar ha cambiado lo que ha sucedido. La función de onda del electrón ha colapsado, eliminando correlaciones que antes sí estaban presentes. Y este fenómeno es probablemente una de las consecuencias más importantes de la Física Cuántica: el observador no es algo objetivo que está fuera de lo observado, que es independiente de él; forma parte del sistema y por tanto tiene que ser estudiado conjuntamente.
b) Lo que dice la mecánica cuántica, en la forma de suma de caminos de Feynman, es que la naturaleza sigue todos los caminos posibles y solo cuando es observada adquiere la función de onda un estado de partícula. 
c) La dualidad onda-partícula de la naturaleza es el principio fundamental de la física cuántica. De acuerdo a esta dualidad, un pedazo de materia (un electrón, por ejemplo) se comporta a veces como si estuviese en un sólo lugar a la vez, como una partícula, y otras veces como si estuviese en varios lugares al mismo tiempo, como una onda, pero sucede así si una mente lo observa...

Para algunos es como si el electrón tuviera inteligencia propia y se "enterara de todo", serían telépatas, si el electrón deja de ser observado, se desdobla nuevamente en lo que se considera "inexplicable". 

El avance cuántico lleva hacia lo cósmico con universos paralelos, que el hombre es mente transitoria en un ciclo ascendente de cuerpos, que todo está regido por un orden que lo rige una Supra Mente… y entre tanta maravilla a su vez debemos tener presente que al uno PENSAR se está observando la forma de reaccionar de los electrones del propio cerebro, he allí la importancia de aprender a PENSAR MEJOR, algo tan necesario en un mundo que, en todo orden de cosas está en acelerado caos... Es decir TÚ de ti dependes y puedes ayudar a otros a entenderlo.



Dr. Iván Seperiza Pasquali
Quilpué, Chile
Abril de 2018
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