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En este 70 aniversario de la publicación del relato de John Hersey que la revista The New Yorker lo publicó de manera completa en 1946 y cuya página de inicio señala:

 

 

Como homenaje a esa magistral investigación de John Hersey que creó escuela en el periodismo y al valor y “ojo editor” de la revista The New Yorker que burlando la censura destinó toda la revista solo a ese testimonio he decidido dejar en el Portal Mundo Mejor ese relato, cual recuerdo de la primera bomba atómica que el ser humano lanzó sobre una ciudad en guerra pero desprevenida frente a algo desconocido cuyos efectos lo sabían quienes crearon la bomba y quienes dieron su autorización para el uso de la misma, lo cual sucedió el día lunes 6 de Agosto de 1945 a las 8:15:17 cuando el bombardero “Enola Gay” soltó el artefacto de masiva destrucción... El jueves 9 de agosto, la segunda bomba atómica más poderosa que la primera fue lanzada sobre Nagasaki para luego el emperador por radio anunciar su rendición...

 

Hiroshima

Por John Hersey 1946

Traducción de Juan Gabriel Vázquez de Colombia

 

I
UN RESPLANDOR SILENCIOSO

Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica  relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino. En ese mismo instante, el doctor Masakazu Fujii se acomodaba con las piernas cruzadas para leer el Asahi de Osaka en el porche de su hospital privado, suspendido sobre uno de los siete ríos del delta que divide Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre, estaba de pie junto a la ventana de su cocina observando a un vecino derribar su casa porque obstruía el carril cortafuego; el padre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote alemán de la Compañía de Jesús, estaba recostado —en ropa interior y sobre un catre, en el último piso de los tres que tenía la misión de su orden—, leyendo una revista jesuita, Stimmen der Zeit; el doctor Terufumi Sasaki, un joven miembro del personal quirúrgico del moderno hospital
de la Cruz Roja, caminaba por uno de los corredores del hospital, llevando en la mano una muestra de sangre para un test de Wasserman; y el reverendo Kiyoshi Tanimoto, pastor de la Iglesia Metodista de Hiroshima, se había detenido frente a la casa de un hombre rico en Koi, suburbio occidental de la ciudad, y se preparaba para descargar una carretilla llena de cosas que había evacuado por miedo al bombardeo de los B-29 que, según suponían todos, pronto sufriría Hiroshima. La bomba atómica mató a cien mil personas, y estas seis estuvieron entre los sobrevivientes.
Todavía se preguntan por qué sobrevivieron si murieron tantos otros. Cada uno enumera muchos pequeños factores de suerte o voluntad —un paso dado a tiempo, la decisión de entrar, haber tomado un tranvía en vez de otro— que salvaron su vida. Y ahora cada uno sabe que en el acto de sobrevivir vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En aquel momento, ninguno sabía nada.
El reverendo Tanimoto se levantó a las cinco en punto esa mañana. Estaba solo en la parroquia porque hacía un tiempo que su esposa, con su bebé recién nacido, tomaba el tren después del trabajo hacia Ushida, un suburbio del norte, para pasar la noche en casa de una amiga. De las ciudades importantes de Japón, Kyoto e Hiroshima eran las únicas que no habían sido visitadas por Bsan— o Señor B, como llamaban los japoneses
a los B-29, con una mezcla de respeto y triste familiaridad—; y el señor Tanimoto, como todos sus vecinos y amigos, estaba casi enfermo de ansiedad. Había escuchado versiones incómodamente detalladas de bombardeos masivos a Kure, Iwakumi, Tokuyama y otras ciudades cercanas; estaba seguro de que el turno le llegaría pronto a Hiroshima. Había dormido mal la noche anterior a causa de las repetidas alarmas
antiaéreas. Hiroshima había recibido esas alarmas casi cada noche y durante semanas enteras, porque en ese tiempo los B-2 habían comenzado a usar el lago Biwa, al noreste de Hiroshima, como punto de encuentro, y las superfortalezas llegaban en tropel a las costas de Hiroshima sin importar qué ciudad fueran a bombardear los norteamericanos. La frecuencia de las alarmas y la continuada abstinencia del Señor
B con respecto a Hiroshima habían puesto a la gente nerviosa. Corría el rumor de que los norteamericanos estaban reservando algo especial para la ciudad.
El señor Tanimoto era un hombre pequeño, presto a hablar, reír, llorar. Llevaba el pelo negro peinado por la mitad y más bien largo; la prominencia de su hueso frontal, justo encima de sus cejas, y la pequeñez de su bigote, de su boca y de su mentón, le daban
un aspecto extraño, entre viejo y mozo, juvenil y sin embargo sabio, débil y sin embargo feroz. Se movía rápida y nerviosamente, pero con un dominio que sugería un hombre cuidadoso y reflexivo. De hecho, mostró esas cualidades en los agitados días previos a la bomba.
Aparte de decidir que su esposa pasara las noches en Ushida, el señor Tanimoto había estado trasladando todas las cosas portátiles de su iglesia, ubicada en el atestado distrito residencial de Nagaragawa, a una casa de propiedad de un fabricante de telas de rayón en Koi, a tres kilómetros del centro de la ciudad.
El hombre de los rayones, un tal señor Matsui, había abierto su propiedad, hasta entonces desocupada, para que varios amigos y conocidos pudieran evacuar lo que quisieran a una distancia prudente de los probables blancos de los ataques. Al señor Tanimoto no le había resultado difícil empujar él mismo una carretilla para mudar
sillas, himnarios, Biblias, objetos de culto y discos de la iglesia, pero la consola del órgano y un piano vertical le exigían ayuda. El día anterior, un amigo del mencionado Matsuo lo había ayudado a sacar el piano hasta Koi; a cambio, él le había prometido al señor Matsuo ayudarlo a llevar las pertenencias de una de sus hijas. Era por eso que se había levantado tan temprano.
El señor Tanimoto preparó su propio desayuno. Se sentía terriblemente cansado. El esfuerzo de mover el piano el día anterior, una noche de insomnio, semanas de preocupación y de dieta desequilibrada, los asuntos de su parroquia: todo se combinaba para que apenas se sintiese capaz del trabajo que le esperaba ese nuevo día. Había algo más: el señor Tanimoto había estudiado teología en Emory College, en Atlanta, Georgia; se había graduado en 1940 y hablaba un inglés excelente; vestía con ropas americanas; había mantenido correspondencia con varios amigos norteamericanos hasta el comienzo mismo de la guerra; y, metido entre gente obsesionada con el miedo de ser espiada —y quizás obsesionado él también—, descubrió que se sentía cada vez más incómodo. La policía lo había interrogado varias veces, y apenas unos días antes había escuchado que un conocido, un hombre de influencia llamado Tanaka, oficial retirado de la línea de vapores Tokio Kishen Kaisa, anticristiano y famoso en Hiroshima por sus ostentosas filantropías y notorio por sus tiranías personales, había estado diciéndole a la gente que Tanimoto no era confiable. En forma de compensación, y para mostrarse públicamente como el buen japonés que era, el señor Tanimoto había asumido la presidencia de su tonarigumi local, o Asociación de Vecinos, y esta posición había sumado a sus otras tareas y preocupaciones la de organizar la defensa antiaérea para unas veinte familias.
Esa mañana, antes de las seis, el señor Tanimoto salió hacia la casa del señor Matsuo. Encontró allí la que sería su carga: un tansu, gran gabinete japonés lleno de ropas y artículos del hogar. Los dos hombres partieron. Era una mañana perfectamente clara y tan cálida que el día prometía volverse incómodo. Pocos minutos después se disparó la sirena: un estallido de un minuto de duración que advertía de la presencia de aviones, pero que indicaba a la gente de Hiroshima un peligro apenas leve, puesto que sonaba todos los días, a esta misma hora, cuando se acercaba un avión meteorológico norteamericano.
Los dos hombres arrastraban el carrito por las calles de la ciudad. Hiroshima tenía la forma de un ventilador: estaba construida principalmente sobre seis islas separadas por los siete ríos del estuario que se ramificaban hacia fuera desde el río Ota; sus barrios comerciales y residenciales más importantes cubrían más de seis kilómetros cuadrados del centro de la ciudad, y albergaban a tres cuartas partes de su población: diversos programas de evacuación la habían reducido de 380.000, la cifra más alta de la época de guerra, a unos 245.000 habitantes. Las fábricas y otros barrios residenciales, o suburbios, estaban ubicados alrededor de los límites de la ciudad. Al sur estaban los muelles, el aeropuerto y el mar interior, tachonado de islas. Una cadena de montañas recorre los otros tres lados del delta. El señor Tanimoto y el señor Matsuo se abrieron camino a través del centro comercial, ya atestado de gente, y cruzaron dos de los ríos hacia las inclinadas calles de Koi, y las remontaron hacia las afueras y las estribaciones. Subían por un valle, lejos ya de las apretadas filas de casas, cuando sonó la sirena de despeje, la que indicaba el final del peligro. (Habiendo detectado sólo tres aviones, los operadores de los radares japoneses supusieron que se trataba de una labor de reconocimiento.) Empujar el carrito hasta la casa del hombre de los rayones había sido agotador; tras maniobrar su carga sobre la entrada y las escaleras del frente, los hombres hicieron una pausa para descansar. Un ala de la casa se interponía entre ellos y la ciudad. Como la mayoría de los hogares en esta parte de Japón, la casa consistía de un techo de tejas pesadas soportado por paredes de madera y un marco de madera. El zaguán, abarrotado de bultos de ropa de cama y prendas de vestir, parecía una cueva fresca llena de cojines gordos.
Frente a la casa, hacia la derecha de la puerta principal, había un jardín amplio y recargado. No había ruido de aviones. Era una mañana tranquila; el lugar era fresco y agradable.
Entonces cortó el cielo un resplandor tremendo. El señor Tanimoto recuerda con precisión que viajaba de este a oeste, de la ciudad a las colinas. Parecía una lámina de sol. Tanto él como el señor Matsuo reaccionaron con terror, y ambos tuvieron tiempo de reaccionar (pues estaban a 3.200 metros del centro de la explosión). El señor Matsuo subió corriendo las escaleras, entró en su casa y se lanzó de cabeza entre los bultos de sábanas. El señor Tanimoto dio cuatro o cinco pasos y se arrojó entre dos rocas grandes del jardín. Se dio un fuerte golpe en el estómago contra una de ellas. Como tenía la cara contra la piedra, no vio lo que sucedió después. Sintió una presión repentina, y entonces le cayeron encima astillas y trozos de tablas y fragmentos de teja. No escuchó rugido alguno. (Casi nadie en Hiroshima recuerda haber oído nada cuando cayó la bomba. Pero un pescador que estaba en su sampán, muy cerca de Tsuzu en el mar Interior, el hombre con quien vivían la suegra y la cuñada del señor Tanimoto, vio el resplandor y oyó una explosión tremenda. Estaba a treinta y dos kilómetros de Hiroshima, pero el estruendo fue mayor que cuando los B-29 atacaron Iwakuni, a no más de ocho kilómetros de allí.)
Cuando finalmente se atrevió, el señor Tanimoto levantó la cabeza y vio que la casa del hombre de los rayones se había derrumbado. Pensó que una bomba había caído directamente sobre ella. Se había levantado una nube de polvo tal que había una especie de crepúsculo alrededor. Aterrorizado, incapaz de pensar por el momento que el señor Matsuo estaba bajo las ruinas, corrió hacia la calle. Se dio cuenta mientras corría de que la pared de la propiedad se había desplomado hacia el interior de la casa y no a la inversa. Lo primero que vio en la calle fue un escuadrón de soldados que habían estado escarbando en la ladera opuesta, haciendo uno de los mil refugios en los cuales los japoneses se proponían resistir la invasión, colina a colina, vida a vida; los
soldados salían del hoyo, y la sangre brotaba de sus cabezas, de sus pechos, de sus espaldas. Estaban callados y aturdidos. Bajo lo que parecía ser una nube de polvo del lugar, el día se hizo más y más oscuro.
La noche antes de que cayera la bomba, casi a las doce, un anunciador de la estación de radio de la ciudad dijo que cerca de doscientos B-29 se acercaban al sur de Honshu, y aconsejó a la población de Hiroshima que evacuara hacia las «áreas de refugio» designadas. La señora Hatsuyo Nakamura, la viuda del sastre, que vivía en la sección llamada Nobori-cho y que se había acostumbrado de tiempo atrás a hacer lo que se le decía, sacó de la cama a sus tres niños —Toshio, de diez años, Yaeko, de ocho, y una niña de cinco, Myeko—, los vistió y los llevó caminando a la zona militar conocida como Plaza de Armas del Oriente, al noreste de la ciudad. Allí desenrolló unas esteras para que los niños se acostaran. Durmieron hasta casi las dos, cuando los despertó el rugido de los aviones sobre Hiroshima.
Tan pronto como hubieron pasado los aviones, la señora Nakamura emprendió el camino de vuelta con sus niños. Llegaron a casa poco después de las dos y media y de inmediato la señora Nakamura encendió la radio, la cual, para su gran disgusto, ya anunciaba una nueva alarma. Cuando miró a los niños y vio lo cansados que estaban, y al pensar en la cantidad de viajes—todos inútiles— que había hecho a la Plaza de Armas del Oriente en las últimas semanas, decidió que, a pesar de las instrucciones de la radio, no era capaz de comenzar de nuevo. Acostó a los niños en sus colchones y a las tres en punto ella misma se recostó, y al instante se quedó dormida, tan profundamente que después, cuando pasaron los aviones, no la despertó el ruido.
A eso de las siete la despertó el ulular de la sirena. Se levantó, se vistió con rapidez y se apresuró hacia la casa del señor Nakamoto, jefe de la Asociación de Vecinos de su barrio, para preguntarle qué debía hacer. Él le dijo que debía quedarse en casa a menos que sonara una alarma urgente: una serie de toques intermitentes de la sirena. Regresó a casa, encendió la estufa en la cocina, puso a cocinar un poco de arroz y se sentó a leer el Chugoku de Hiroshima correspondiente a esa mañana. Para su gran alivio, la sirena de despeje sonó a las ocho. Oyó que los niños comenzaban a despertarse, así que les dio a cada uno una manotada de cacahuetes y les dijo, puesto que la caminata de la noche los había agotado, que se quedaran en sus colchones. Esperaba que volvieran a dormirse, pero el hombre de la casa que limitaba al sur con la suya empezó a hacer un escándalo terrible martillando, poniendo cuñas, aserrando y partiendo madera. La prefectura de gobierno, convencida como todo el mundo en Hiroshima de que la ciudad sería atacada pronto, había comenzado a presionar con amenazas y advertencias para que se construyeran amplios carriles cortafuegos, los cuales, se esperaba, actuarían en conjunción con los ríos para aislar cualquier incendio consecuencia de un ataque; y el vecino sacrificaba su casa a regañadientes en beneficio de la seguridad ciudadana. El día anterior, la prefectura había ordenado a todas las niñas físicamente capaces de las escuelas secundarias que ayudaran durante algunos días a despejar estos carriles, y ellas comenzaron a trabajar tan pronto como sonó la sirena de despeje.
La señora Nakamura regresó a la cocina, vigiló el arroz y empezó a observar a su vecino. Al principio, el ruido que hacía el hombre la irritaba, pero luego se sintió conmovida casi hasta las lágrimas. Sus emociones se dirigían específicamente hacia su vecino, aquel hombre que echaba su propio hogar abajo, tabla por tabla, en momentos en que había tanta destrucción inevitable, pero indudablemente sentía también cierta lástima generalizada y comunitaria, y eso sin mencionar la que sentía por sí misma.
No había sido fácil para ella. Su marido, Isawa, había sido reclutado justo después del nacimiento de Myeko, y ella no había tenido noticias suyas hasta el 5 de marzo de 1942, día en que recibió un telegrama de siete palabras: «Isawa tuvo una muerte honorable en Singapur». Supo después que había muerto el 15 de febrero, día de la caída de Singapur, y que era cabo. Isawa no había sido un sastre particularmente exitoso, y su único capital era una máquina de coser Sankoku. Después de su muerte, cuando su pensión dejó de llegar, la señora Nakamura sacó la máquina y empezó a aceptar trabajos a destajo, y desde entonces mantenía a los niños —pobremente, eso sí— mediante la costura.
La señora Nakamura estaba de pie, mirando a su vecino, cuando todo brilló con el blanco más blanco que jamás hubiera visto. No se dio cuenta de lo ocurrido a su vecino; los reflejos de madre empezaron a empujarla hacia sus hijos. Había dado un paso (la casa estaba a 1.234 metros del centro de la explosión) cuando algo la levantó y la mandó como volando al cuarto vecino, sobre la plataforma de dormir, seguida de partes de su casa. Trozos de madera le llovieron encima cuando cayó al piso, y una lluvia de tejas la aporreó; todo se volvió oscuro, porque había quedado sepultada. Los escombros no la enterraron profundamente. Se levantó y logró liberarse. Escuchó a un niño que gritaba: «¡Mamá, ayúdame!», y vio a Myeko, la menor —tenía cinco años— enterrada hasta el pecho e incapaz de moverse. Al avanzar hacia ella, abriéndose paso a manotazos frenéticos, la señora Nakamura se dio cuenta de que no veía ni escuchaba a sus otros niños.
Durante los últimos días antes de la bomba, el doctor Masakazu Fujii, un hombre próspero y hedonista que en ese momento no tenía demasiadas ocupaciones, se había dado el lujo de dormir hasta las nueve o nueve y media, pero la mañana de la bomba había tenido que levantarse temprano para despedir a un huésped que se iba en tren. Se levantó a las seis, y media hora después partió con su amigo hacia la estación, que no estaba lejos de su casa, pues sólo había que atravesar dos ríos. Para cuando dieron las siete, ya estaba de vuelta en casa: justo cuando la sirena sonó su alarma continua. Desayunó; entonces, puesto que el día comenzaba a calentarse, se desvistió y salió a su porche a leer el diario en calzoncillos. Este porche —todo el edificio, en realidad— estaba curiosamente construido. El doctor Fujii era propietario de una institución peculiarmente japonesa: un hospital privado, un hospital de un solo doctor. La construcción, encaramada sobre la corriente vecina del río Kyo, y justo al lado del puente del mismo nombre, contenía treinta habitaciones para treinta pacientes y sus familiares —ya que, de acuerdo a la tradición japonesa, cuando una persona se enferma y es recluida en un hospital, uno o más miembros de su familia deben ir a vivir con ella, para bañarla, cocinar para ella, darle masajes y leerle, y para ofrecerle la infinita simpatía familiar sin la cual un paciente japonés se sentiría profundamente desgraciado—. El doctor Fujii no tenía camas para sus pacientes, sólo esteras de paja. Sin embargo, tenía todo tipo de equipos modernos: una máquina de rayos X, aparatos de diatermia y un elegante laboratorio en baldosín. Dos tercios de la estructura descansaban sobre la tierra y un tercio sobre pilares, encima de las fuertes corrientes del Kyo. Este alero (la parte en la cual vivía el doctor Fujii) tenía un aspecto extraño; pero era fresco en verano, y desde el porche, que le daba la espalda a la ciudad, la imagen de los botes de turismo llevadas por la corriente del río resultaba siempre refrescante. El doctor Fujii había pasado momentos ocasionales de preocupación cuando el Ota y sus ramales se desbordaban, pero los pilotes eran lo bastante fuertes, al parecer, y la casa siempre había resistido.
Durante cerca de un mes el doctor Fujii se había mantenido relativamente ocioso, puesto que en julio, mientras el número de ciudades japonesas que permanecían intactas era cada vez menor y cada vez más Hiroshima parecía un objetivo probable, había comenzado a rechazar pacientes, alegando que no sería capaz de evacuarlos en caso de un ataque aéreo. Ahora le quedaban sólo dos: una mujer de Yano, lesionada en un hombro, y un joven de veinticinco años que se recuperaba de quemaduras sufridas cuando la metalúrgica en la que trabajaba, cerca de Hiroshima, fue alcanzada por una bomba.
El doctor Fujii contaba con seis enfermeras para atender a sus pacientes. Su esposa y sus niños se encontraban a salvo: ella y uno de sus hijos vivían en las afueras de Osaka; su otro hijo y sus dos hijas vivían en el campo, en Kyushu. Una sobrina vivía con él, igual que una mucama y un mayordomo. Tenía poco trabajo y no le importaba, porque había ahorrado algún dinero. A sus cincuenta años, era un hombre sano, cordial y calmado, y le agradaba pasar las tardes con sus amigos, bebiendo whisky —siempre con prudencia—, por el gusto de la conversación. Antes de la guerra había hecho ostentación de marcas importadas de Escocia y los Estados Unidos; ahora lo satisfacía plenamente la mejor marca japonesa, Suntory.
El doctor Fujii se sentó sobre la estera inmaculada del porche, en calzoncillos y con las piernas cruzadas, se puso los lentes y comenzó a leer el Asahi de Osaka. Le gustaba leer las noticias de Osaka porque allí estaba su esposa. Vio el resplandor. Le pareció —a él, que le daba la espalda al centro y estaba mirando su diario— de un amarillo brillante. Asustado, comenzó a levantarse. En ese instante (se encontraba a 1.416 metros del centro) el hospital se inclinó a sus espaldas y, con un terrible estruendo de destrozos, cayó al río. El doctor, todavía en el acto de ponerse de pie, fue arrojado hacia adelante, fue sacudido y volteado; fue zarandeado y oprimido; perdió noción de todo por la velocidad con que ocurrieron las cosas; entonces sintió el agua. El doctor Fujii apenas había tenido tiempo de pensar que se moría cuando se percató de que estaba vivo, atrapado entre dos largas vigas que formaban una V sobre su pecho como un bocado suspendido entre dos palillos gigantescos, vertical e inmóvil, su cabeza milagrosamente sobre el nivel del agua y su torso y piernas sumergidos. A su alrededor, los restos de su hospital eran un surtido desquiciado de trastos rotos y de materiales para aliviar el dolor. Su hombro izquierdo le dolía terriblemente. Sus lentes habían desaparecido.
En la mañana de la explosión, el padre Wilhelm Kleinsorge, de la Compañía de Jesús, se hallaba en condición algo frágil. La dieta japonesa de guerra no lo había alimentado, y sentía la presión de ser extranjero en un Japón cada vez más xenófobo: desde la derrota de la Patria, incluso un alemán era poco popular. A sus treinta y ocho años, el padre Kleinsorge tenía el aspecto de un niño que crece demasiado rápido: delgado de rostro, con una prominente manzana de Adán, estaba de cara a un altar adornado con sedas espléndidas, bronce, plata, bordados finos. Esta mañana, lunes, los únicos feligreses eran el señor Takemoto, un estudiante de teología que vivía en la casa de la misión; el señor Fukai, secretario de la diócesis; la señora Murata, ama de llaves de la misión y devotamente cristiana; y sus colegas sacerdotes. Después de la misa, mientras el padre Kleinsorge leía las oraciones de Acción de Gracias, sonó la sirena. Suspendió el servicio y los misioneros se retiraron cruzando el complejo de la misión hacia el edificio más grande. Allí, en su habitación de la planta baja, a la derecha de la puerta principal, el padre Kleinsorge se cambió a un uniforme militar que había adquirido cuando fue profesor de la escuela intermedia Rokko, en Kobe, un uniforme que le gustaba llevar puesto durante las alarmas de bombardeo.
Después de una alarma, el padre Kleinsorge solía salir y escudriñar el cielo, y al salir esta vez se alegró de no ver más que el solitario avión meteorológico que sobrevolaba Hiroshima todos los días a esta misma hora. Seguro de que nada iba a pasar, regresó adentro y junto a los otros padres desayunó con un sucedáneo de café y su ración de pan, la cual le resultó especialmente repugnante bajo las circunstancias. Los padres  conversaron durante un rato, hasta cuando escucharon, a las ocho, la sirena de despeje. Entonces se dirigieron a diversas partes del edificio. El padre superior La Salle se quedó de pie junto a la ventana de su habitación, pensando. El padre Kleinorge subió a una habitación del tercer piso, se quitó toda la ropa, excepto sus interiore, se
acostó en su catre sobre su costado derecho y comenzó a leer su Stimmender Zeit.
Después del terrible relámpago —el padre Kleinsorge se percató más tarde de que el resplandor le había recordado algo leído en su infancia acerca de un meteorito que se estrellaba contra la tierra— tuvo apenas tiempo (puesto que se encontraba a 1.280 metros del centro) para un pensamiento: una bomba nos ha caído encima. Entonces, durante algunos segundos o quizás minutos, perdió la conciencia.
El padre Kleinsorge nunca supo cómo salió de la casa. Cuando volvió en sí, se encontraba vagabundeando en ropa interior por los jardines de hortalizas de la misión, sangrando levemente por pequeños cortes a lo largo de su flanco izquierdo; se dio cuenta de que todos los edificios de un pecho hueco, manos colgantes y pies grandes. Caminaba con torpeza, inclinado un poco hacia delante. Todo el tiempo estaba cansado. Para empeorar las cosas, había sufrido durante dos días, junto al padre Cieslik, una diarrea bastante dolorosa y urgente de la cual culpaban a las judías y a la ración de pan negro que los obligaban a comer. Los otros dos sacerdotes que vivían en la misión de Nobori-cho —el padre superior La Salle y el padre Schiffer— no habían sido afectados por la dolencia.
El padre Kleinsorge se levantó los alrededores se habían caído, excepto la misión de los jesuitas, que tiempo atrás había sido apuntalada y vuelta a apuntalar por un sacerdote llamado Gropper que le tenía pavor a los terremotos; se dio cuenta de que el día se había oscurecido; y de que Murata-san, el ama de llaves, se encontraba cerca, gritando: «Shu Jesusu, awaremi tamai! ¡Jesús, señor nuestro, ten piedad de nosotros!».
En el tren que llegaba a Hiroshima desde el campo (donde vivía con su madre), el doctor Terufumi Sasaki, cirujano del hospital de la Cruz Roja, iba recordando una desagradable pesadilla que había tenido la noche anterior. La casa de su madre estaba en Mukaihara, a cincuenta kilómetros de la ciudad, y llegar al hospital le tomó dos horas en tren y tranvía. Había dormido mal toda la noche y se había despertado una hora antes de lo acostumbrado; se sentía lento y levemente afiebrado, y alcanzó a pensar en no ir al hospital. Pero su sentido del deber lo obligó finalmente, así que tomó un tren anterior al que tomaba casi todas las mañanas. El sueño lo había asustado particularmente porque estaba relacionado, por lo menos de manera superficial, con cierta actualidad molesta.
El doctor tenía apenas veinticinco años y acababa de completar su entrenamiento en la Universidad Médica de Oriente, en Tsingtao, China. Tenía su lado idealista, y lo preocupaba la insuficiencia de instalaciones médicas de la región en que vivía su madre. Por su propia iniciativa y sin permiso oficial alguno había comenzado a visitar enfermos de la zona durante las tardes, después de sus ocho horas en el hospital y cuatro de trayecto. Recientemente se había enterado de que la multa por ejercer sin permiso era severa; un colega al cual había consultado al respecto le había dado una seria reprimenda. Él, sin embargo, había seguido haciéndolo.
En su sueño estaba junto a la cama de un paciente, en el campo, cuando irrumpieron en la habitación la policía y el colega al que había consultado, lo agarraron, lo arrastraron afuera y lo golpearon con saña. En el tren se había casi decidido a abandonar el trabajo en Mukaihara, convencido de que sería imposible obtener un permiso: las autoridades sostendrían que ese trabajo entraba en conflicto con sus labores en el hospital de la Cruz Roja.
Pudo conseguir un tranvía tan pronto como llegó a la terminal. (Después calcularía que si hubiera tomado el tren de siempre esa mañana, y si hubiera debido esperar algunos minutos a que pasara el tranvía, habría estado mucho más cerca del centro al momento de la explosión, y probablemente estaría muerto.) Llegó al hospital a las siete y cuarenta y se reportó al cirujano jefe. Pocos minutos después subió a una habitación del primer piso y obtuvo una muestra de sangre de un hombre para realizar un test de Wassermann. Los incubadores para el test estaban en un laboratorio del tercer piso. Con la muestra en la mano izquierda, sumido en esa especie de distracción que había sentido toda la mañana —acaso debida a la pesadilla y a la mala noche que había pasado—, comenzó a caminar a lo largo del corredor principal hacia las escaleras. Había dado un paso más allá de la ventana cuando el resplandor de la bomba se reflejó en el corredor como un gigantesco flash fotográfico. Se agachó sobre una rodilla y se dijo, como sólo un japonés se diría: «Sasaki, gambare! ¡Sé valiente!» Justo entonces (el edificio estaba a 1.508 metros del centro) el estallido irrumpió en el hospital. Los lentes que llevaba volaron; sus sandalias japonesas salieron disparadas de sus pies. Pero aparte de eso, gracias a donde se encontraba, no sufrió daño alguno.
El doctor Sasaki llamó a gritos al cirujano jefe, corrió a buscarlo en su oficina y lo encontró terriblemente herido por los vidrios. La confusión en el hospital era espantosa: tabiques pesados y trozos del techo habían caído sobre los pacientes, las camas habían sido volteadas, había sangre salpicada en las paredes y en el suelo, los instrumentos estaban por todas partes, los pacientes corrían de aquí para allá, gritando, y otros yacían muertos. (Un colega que trabajaba en el laboratorio al cual se dirigía el doctor Sasaki estaba muerto; un paciente al cual el doctor Sasaki acababa de dejar, que poco antes había tenido un miedo terrible a contraer la sífilis, estaba muerto.) El doctor Sasaki era el único doctor en el hospital que no estaba herido.
El doctor Sasaki, convencido de que el enemigo sólo había alcanzado el edificio en el cual se encontraba, consiguió vendas y comenzó a envolver las heridas de los que estaban dentro del hospital; mientras tanto, afuera, en Hiroshima, ciudadanos mutilados y agonizantes comenzaban a dar pasos vacilantes hacia el hospital de la Cruz Roja, dando inicio a una invasión que haría que el doctor Sasaki se olvidara de su pesadilla por mucho, mucho tiempo.
El día en que cayó la bomba, la señorita Toshiko Sasaki, empleada de la Fábrica Oriental de Estaño (y que no era parienta del doctor Sasaki), se despertó a las tres de la mañana. Tenía más quehaceres que de costumbre. Su hermano Akio, de once años, había llegado el día anterior aquejado de serias molestias estomacales; su madre lo había llevado al hospital pediátrico de Tamura y se había quedado a acompañarlo. La señorita Sasaki, de poco más de veinte años, tuvo que preparar desayuno para su padre, un hermano, una hermana y para ella misma; y —puesto que, debido a la guerra, al hospital no le era posible dar comidas— tuvo que preparar las de un día entero para su madre y su hermano menor, y todo eso a tiempo para que su padre, que trabajaba en una fábrica haciendo tapones plásticos para los oídos de los artilleros, le llevara la comida de camino a la planta. Cuando hubo terminado, limpiado y guardado los utensilios de cocina, eran casi las siete. La familia vivía en Koi, y a la señorita Sasaki la esperaba un trayecto de cuarenta y cinco minutos hasta la fábrica de estaño, ubicada en una parte de la ciudad llamada Kannonmachi (ella estaba a cargo de los registros de personal en la fábrica). Salió de Koi a las siete; tan pronto como llegó a la planta, fue con otras chicas al auditorio. Un notable marino local, antiguo empleado, se había suicidado el día anterior arrojándose a las vías del tren —una muerte considerada lo suficientemente honorable como para merecer un servicio funerario
que tendría lugar a las diez de la mañana en la fábrica de estaño—. En el amplio zaguán, la señorita Sasaki y las otras arreglaban los preparativos para la reunión. Esta labor les llevó unos veinte minutos. La señorita Sasaki regresó a su oficina y tomó asiento frente a su escritorio. Estaba bastante lejos de las ventanas a su izquierda; detrás de ella había un par de altas estanterías que contenían todos los libros de la biblioteca de la fábrica: el personal del departamento las había organizado. Ella se acomodó, metió algunas cosas en un cajón y movió unos papeles. Pensó que antes de comenzar a hacer entradas en sus listas de contratos, despidos y reclutamientos en el ejército, conversaría un rato con la chica de su derecha.
Justo al girar la cabeza y dar la espalda a la ventana, el salón se llenó de una luz cegadora. Quedó paralizada de miedo, clavada en su silla durante un largo momento (la planta estaba a 1.462 metros del centro). Todo se desplomó, y la señorita Sasaki perdió la conciencia. El cielo raso se derrumbó de repente y el piso de madera se desplomó y cayó la gente de arriba y el techo cedió; pero lo principal y lo más importante fue que las estanterías que estaban justo detrás de ella fueron barridas hacia delante, los libros la derribaron y fragella quedó con su pierna izquierda horriblemente retorcida, partiéndose bajo su propio peso. Allí, en la fábrica de estaño, en el primer momento de la era atómica, un ser humano fue aplastado por libros.

II
EL FUEGO

Inmediatamente después de la explosión, tras escapar corriendo de la propiedad de Matsui y de haber visto con asombro los soldados sangrando en la boca del refugio, el reverendo Kiyoshi Tanimoto se unió a una anciana que caminaba, sola y aturdida, sosteniéndose la cabeza con la mano izquierda, llevando sobre su espalda a un niño de tres o cuatro años y gritando: «¡Estoy herida! ¡Estoy herida! ¡Estoy herida!». El señor Tanimoto cargó al niño, tomó de la mano a la mujer y la condujo a través de una calle oscurecida por lo que parecía ser una columna de polvo del lugar. Llevó a la mujer a una escuela de gramática no lejos de allí, previamente designada para servir como hospital en caso de emergencia. Mediante esta acción servicial, el señor Tanimoto se liberó del miedo. En la escuela lo sorprendió encontrar vidrios en el suelo y cincuenta o sesenta personas esperando ya para ser atendidas. Pensó que, aunque la sirena de despeje había sonado y no se habían escuchado aviones, varias bombas debieron de ser arrojadas. Recordó un pequeño montículo en el jardín del hombre de los rayones desde el cual se podía ver todo Koi —de hecho, toda Hiroshima— y corrió de vuelta a la propiedad.
Desde el montículo, el señor Tanimoto vio un panorama que lo dejó estupefacto. No sólo una
zona de Koi, como había creído, sino también la parte entera de Hiroshima que podía ver a través del aire turbio despedían un miasma denso y espantoso. Aquí y allá, macizos de humo habían comenzado a abrirse paso a través del polvo. Se preguntó cómo daños semejantes podían haber salido de un cielo silencioso; incluso unos pocos aviones volando alto hubieran sido detectados. Las casas vecinas se quemaban; cuando comenzaron a caer gotas de agua del tamaño de una canica, el señor Tanimoto creyó que venían de las mangueras de los bomberos que luchaban contra el incendio. (En realidad, eran gotas de humedad condensada que caían de la turbulenta torre de polvo, aire caliente y fragmentos de fisión que ya se había elevado varios kilómetros sobre Hiroshima.)
El señor Tanimoto se alejó de la escena cuando escuchó que lo llamaba el señor Matsuo, preguntando si se encontraba bien. El señor Matsuo había permanecido a salvo, protegido por la ropa de cama, dentro de la casa que se caía, y había conseguido abrirse paso hacia fuera. El señor Tanimoto apenas contestó. Pensaba en su esposa y su bebé, su iglesia, su hogar, sus parroquianos, todos hundidos en aquella oscuridad horrible. Una vez más comenzó a correr de miedo: pero esta vez corría hacia la ciudad.
Después de la explosión, la señora Hatsuyo Nakamura, la viuda del sastre, salió con gran esfuerzo de entre las ruinas de su casa, y al ver a Myeko, la menor de sus tres hijos, enterrada hasta el pecho e incapaz de moverse, se arrastró entre los escombros y empezó a tirar de maderos y a arrojar baldosas en un esfuerzo por liberar a la niña. Entonces escuchó dos voces pequeñas que parecían venir de cavernas profundas: «Tasukete! Tasukete!¡Auxilio! ¡Auxilio!». Pronunció los nombres de su hijo de diez años, de su hija de ocho: «¡Toshio! ¡Yaeko!». Las voces que venían de abajo respondieron. 

La señora Nakamura abandonó a Myeko, que al menos podía respirar, y frenéticamente lanzó los destrozos por los aires. Los niños habían estado durmiendo a más de tres metros el uno del otro, pero ahora sus voces parecían provenir del mismo lugar. El niño, Toshio, tenía al parecer cierta libertad de movimiento, porque su madre lo podía escuchar socavando la montaña de madera y baldosas al tiempo que ella trabajaba desde arriba. Cuando por fin lo vio, se apresuró a tomarlo de la cabeza para sacarlo. Un mosquitero se había enredado intrincadamente en sus pies como si alguien los hubiera envuelto con cuidado.
Dijo que había saltado por los aires a través de la habitación, y que bajo los escombros había permanecido sobre su hermana Yaeko. Ahora ella decía, desde abajo, que no podía moverse porque había algo sobre sus piernas. Escarbando un poco más, la señora Nakamura abrió un hueco encima de la niña y empezó a tirar de su brazo. «Itai! ¡Duele!», exclamó Yaeko. La señora Nakamura gritó: «No hay tiempo de ver si duele o no», y jaló a la niña entre lloriqueos. Entonces liberó a Myeko. Los niños estaban sucios y magullados, pero no tenían ni una cortada, ni un rasguño.
La señora Nakamurlos salió a la calle. No tenían nada puesto, salvo sus interiores, y, aunque el día era cálido, confusamente se preocupó de que fueran a pasar frío, así que regresó a los destrozos y hurgó en ellos buscando un atado de ropas que había empacado para una emergencia, y vistió a los niños con pantalones, camisas, zapatos, cascos de algodón para bombardeos llamados bokuzuki e incluso, absurdamente, con abrigos. Los niños estaban callados, salvo Myeko, la de cinco años, que no paraba de hacer preguntas: «¿Por qué se ha hecho de noche tan temprano? ¿Por qué se ha caído nuestra casa? ¿Qué ha pasado?».
La señora Nakamura, que ignoraba qué había pasado (¿acaso no había sonado la sirena de despeje?), miró a su alrededor y a través de la oscuridad vio que todas las casas de su barrio se habían derrumbado. La casa vecina, la que estaba siendo demolida por su dueño para abrir un carril cortafuegos, había sido completamente demolida (si bien de forma algo rudimentaria); el dueño, que había querido sacrificar su hogar por la comunidad, yacía muerto. La señora Nakamoto, esposa del jefe de la Asociación de Vecinos local, cruzó la calle hacia ella con la cabeza cubierta de sangre, y dijo que su
niño tenía cortes graves; ¿tenía la señora Nakamura algún tipo de vendas? La señora Nakamura no tenía vendas, pero volvió a los restos de su casa y sacó de entre los escombros una tela blanca que había utilizado en su trabajo como costurera, la cortó en tiras y se la dio a la señora Nakamoto. Al buscar la tela, vio por casualidad su máquina de coser; regresó por ella y la arrastró afuera. Pero, como era evidente, no pudo llevarla consigo, así que arrojó el símbolo de su sustento en el recipiente que durante semanas había sido el símbolo de su seguridad: un tanque de agua enfrente de su casa, el tipo de tanque que se le había ordenado construir a todas las familias en previsión de un probable ataque aéreo.
La señora Hataya, una vecina nerviosa, le propuso a la señora Nakamura escapar hacia los bosques del parque Asano, una propiedad junto al río Kyo perteneciente a la familia Asano, los adinerados dueños de la línea de vapores Kisen Kaisha. El parque había sido señalado como zona de evacuación para su vecindario. Pero la señora Nakamura había visto un incendio en una ruina cercana (excepto en el centro, donde la bomba había causado algunos incendios, casi todas las conflagraciones en Hiroshima fueron causadas por destrozos inflamables que caían sobre estufas y cables eléctricos), y sugirió acudir a apagarlo. La señora Hataya dijo: «No seas tonta. ¿Y si vienen más aviones y arrojan más bombas?».
Así que la señora Nakamura se dirigió al parque con sus hijos y la señora Hataya, llevando su atado de ropa de emergencia, una sábana, un paraguas y una maleta de cosas que había escondido en su refugio antiaéreo. Al pasar junto a varias de las ruinas alcanzaron a escuchar gritos ahogados de auxilio. El único edificio que estaba aún de pie era la casa de la misión jesuita, que quedaba junto al jardín infantil católico al cual la señora Nakamura había enviado a Myeko durante largo tiempo.
Al pasar junto al edificio vio al padre Kleinsorge salir corriendo, en calzoncillos cubiertos de sangre y con una maleta pequeña en la mano.
Justo después de la explosión, mientras el padre Wilhelm Kleinsorge, S J., deambulaba por el jardín en ropa interior, el padre superior La Salle apareció desde una esquina del
edificio a oscuras. Su cuerpo, y en particular su espalda, sangraban; el resplandor lo había hecho darse la vuelta, y trozos de cristal de su ventana salieron disparados sobre él. El padre Kleinsorge, todavía perplejo, alcanzó a preguntar:
«¿Dónde están todos?». Entonces aparecieron los otros dos sacerdotes que vivían en la misión —el padre Cieslik, ileso, sostenía al padre Schiffer, muy pálido y cubierto por la sangre que manaba de un corte en su oreja izquierda—. El padre Cieslik estaba bastante orgulloso de sí mismo: después del resplandor se había protegido bajo el marco de una puerta —el lugar que, según había pensado previamente, sería el más seguro del edificio—, y la explosión no le causó heridas. El padre La Salle le dijo al padre Cieslik que llevara al padre Schiffer a un doctor antes de que muriera desangrado, y sugirió dos posibilidades: el doctor Kanda, que vivía en la esquina, o el doctor Fujii, a seis calles de allí. Los dos hombres salieron del complejo y caminaron calle arriba.
La hija del señor Hoshijima, catequista de la misión, corrió a buscar al padre Kleinsorge y le dijo que su madre y su hermana estaban enterradas bajo las ruinas de su casa, detrás del complejo jesuita, y al mismo tiempo los sacerdotes se percataron de que la casa de la profesora del jardín infantil, al frente del complejo, le había caído encima a su propietaria. Mientras el padre La Salle y la señora Murata, el ama de llaves de la misión, sacaban a la profesora de entre los escombros, el padre Kleinsorge se dirigió a la casa del catequista y empezó a quitar cosas de la parte superior de la pila. No salía sonido alguno de debajo; estaba seguro de que las Hoshijima estaban muertas. Por fin, bajo lo que había sido una parte de la cocina, vio la cabeza de la señora Hoshijima.
Empezó a tirarla de los cabellos, convencido de que estaba muerta, pero de repente ella gritó: «Itai! Itai! ¡Duele! ¡Duele!». Escarbó un poco más y logró sacarla. También logró encontrar a su hija entre los escombros y la liberó. Ninguna de las dos tenía heridas graves.
Junto a la misión, un baño público se había incendiado; pero, puesto que allí el viento soplaba del sur, los sacerdotes confiaron en que la casa se salvaría. Como medida de precaución, sin embargo, el padre Kleinsorge entró a buscar algunas cosas que quería rescatar. Su habitación estaba en un estado de extraña, ilógica confusión. Un botiquín de primeros auxilios colgaba de un gancho en la pared, tal cual había estado siempre; pero sus ropas, que colgaban de otros ganchos cercanos, habían desaparecido. Su escritorio estaba roto en pedazos y desparramado por la habitación, pero una simple maleta de papier-mâché que había escondido bajo el escritorio estaba al lado de la puerta, donde no hubiera podido no verla, con la manija hacia arriba y sin un rasguño. Después, el padre Kleinsorge empezó a considerar estos hechos como una especie de interferencia divina, en cuanto a que la maleta contenía su breviario, los libros de contabilidad de la diócesis entera y una considerable cantidad de dinero en efectivo perteneciente a la misión y del cual él era responsable. Salió corriendo de la casa y depositó la maleta en el refugio antiaéreo de la misión.
Más o menos al mismo tiempo, el padre Cieslik y el padre Schiffer —de cuya herida todavía salía sangre a borbotones— regresaron diciendo que la casa del doctor Kanda estaba en ruinas y que el fuego les había impedido salir de lo que parecía ser el círculo local de destrucción para llegar al hospital privado del doctor Fujii, sobre la orilla del río Kyo.
El hospital del doctor Masakazu Fujii ya no estaba sobre la orilla del río Kyo; estaba dentro del río. Tras la caída, el doctor Fujii quedó tan estupefacto y aprisionado tan firmemente entre las vigas que tenía sobre el pecho que al principio fue incapaz de moverse, y durante veinte minutos se quedó allí, en medio de la mañana oscurecida. Entonces algo se le ocurrió —que muy pronto la corriente entraría por los estuarios y su cabeza quedaría sumergida—, y esto lo llenó de energía temerosa; se volteó, retorció y ejerció tanta fuerza como pudo (aunque su brazo izquierdo, debido al dolor en el hombro, no le servía de nada), y poco después ya se había liberado de la tenaza.
Tras un rato de descanso escaló la pila de maderos y, al encontrar uno que se inclinaba hacia la orilla, trepó, adolorido, sobre él. El doctor Fujii estaba en ropa interior, y ahora se encontraba sucio y empapado. Su camiseta interior estaba rota, y había sangre resbalando desde heridas graves en el mentón y en la espalda. Confundido, salió al puente Kyo, junto al cual había estado su hospital. El puente no se había caído. Sin sus lentes, el doctor lograba ver poco más que borrones, pero veía lo suficiente como para sorprenderse de la cantidad de casas caídas que había alrededor. Sobre el puente se encontró con un amigo, un doctor llamado Machii, y le preguntó desconcertado: «¿Qué crees que fue?». El doctor Machii dijo: «Debió de ser un Molotoffano hanakago», una canasta de flores Molotov, delicado nombre japonés para la «canasta de pan» o bomba de dispersión automática.
Al principio el doctor Fujii podía ver dos incendios, uno cruzando el río desde el terreno de su hospital y el otro bastante lejos hacia el sur. Pero al mismo tiempo, el doctor y su amigo observaron algo que los dejó perplejos y que, en tanto que médicos, discutieron: aunque todavía hubiera pocos incendios, gente herida atravesaba el puente en un interminable desfile de miseria, y muchos de ellos presentaban quemaduras terribles en la cara y en las manos. «¿A qué crees que se deba?», preguntó el doctor Fujii. Incluso una hipótesis era suficiente ese día para reconfortarlos, y el doctor Machii se apegó a ello. «Quizá fue una canasta Molotov», dijo.
No había soplado la brisa esa madrugada (cuando el doctor Fujii había llegado a la estación a despedir a su amigo) pero ahora soplaban vientos rápidos en todas las direcciones; aquí, en el puente, el viento soplaba del este.
Brotaban nuevos fuegos y se propagaban con velocidad, y en poco tiempo ráfagas terribles de aire caliente y lluvias de ceniza hicieron que permanecer sobre el puente fuera imposible.
El doctor Machii corrió hacia el lado opuesto del río y por una calle que aún no se había encendido. El doctor Fujii descendió al río y se refugió en el agua bajo el puente, donde una veintena de personas —entre ellas sus sirvientes, que habían escapado de los destrozos— ya se habían refugiado. Desde allí, el doctor Fujii vio a una enfermera colgando por las piernas de los maderos de su hospital, y otra inmovilizada dolorosamente por un madero que había sobre su pecho. Reclutó a varios ayudantes y liberó a ambas. Por un momento creyó escuchar la voz de su sobrina, pero no pudo encontrarla; nunca volvió a verla. Cuatro de sus enfermeras y dos de sus pacientes también murieron. El doctor regresó al agua y esperó a que el fuego cediera.
La suerte que corrieron los doctores Fujii, Kanda y Machii —y, puesto que sus casos son típicos, la que corrió la mayoría de los médicos y cirujanos de Hiroshima—, con sus oficinas y hospitales destruidos, sus equipos dispersos, sus cuerpos incapacitados en grados diversos, explicó las razones de que después de la explosión se haya dejado de atender a tantos heridos que hubiesen podido sobrevivir, pero murieron. De ciento cincuenta doctores en la ciudad, sesenta y cinco murieron, y los demás estaban heridos. De 1.780 enfermeras, 1.654 murieron o estaban demasiado heridas para trabajar. En el hospital más grande, el de la Cruz Roja, sólo seis doctores de treinta eran capaces de trabajar, lo mismo que sólo diez enfermeras entre más de doscientas. El único médico ileso del personal de la Cruz Roja era el doctor Sasaki. Tras la explosión, se apresuró a la despensa para buscar vendajes. Como todas las que había visto mientras corría por el hospital, esta habitación estaba en total caos: botellas de medicina despedidas desde las estanterías y rotas, ungüentos salpicados sobre las paredes, instrumentos desparramados por todas partes. Cogió varios vendajes y una botella de mercurocromo que no estaba rota, volvió a la sala de cirugía y vendó sus heridas. Entonces salió al corredor y comenzó a parchar a los pacientes heridos, a las enfermeras y a los doctores. Pero cometía tantos errores que tomó un par de lentes de la cara de una enfermera herida, y, aunque sólo compensaban parcialmente los defectos de su visión, eran mejor que nada. (Habría de depender de ellos durante más de un mes.)
El doctor Sasaki trabajaba sin método, atendiendo primero a aquellos que tuviera más cerca, y pronto notó que el corredor parecía llenarse más y más. Mezcladas con las excoriaciones y las laceraciones que la mayoría de pacientes había sufrido, el doctor empezó a encontrar quemaduras espantosas. Se percató entonces de que empezaban a llegar del exterior avalanchas de víctimas. Eran tantas que el doctor comenzó a postergar a los heridos más leves; decidió que lo único que podía hacer era evitar que la gente muriera desangrada. Poco después había pacientes acuclillados sobre el suelo de la sala, en los laboratorios y en todas las otras habitaciones, y en los corredores, y en las escaleras, y en el zaguán de entrada, y bajo la puerta cochera, y sobre las escaleras de piedra del frente, y en la entrada y en el patio, y sobre varias manzanas en ambas direcciones de la calle. Los heridos ayudaban a los mutilados; familias desfiguradas se
apoyaban entre ellas. Muchos vomitaban.
Numerosas alumnas —algunas de aquellas que habían salido de sus clases para trabajar en la apertura de corredores cortafuegos— llegaban al hospital arrastrándose. En una ciudad de doscientos cuarenta y cinco mil, cerca de cien mil personas habían muerto o recibido heridas mortales de un solo golpe; cien mil más estaban heridas. Al menos diez mil de los heridos se las arreglaron para llegar al mejor hospital de la ciudad, que no estaba a la altura de semejante invasión, pues tenía sólo seiscientas camas, y todas estaban ocupadas. En la multitud sofocante del hospital los heridos lloraban y gritaban, buscando ser escuchados por el doctor Sasaki: «¡Sensei! ¡Doctor!».
Los más leves se acercaban a él y tiraban de su manga para que fuera a atender a los más graves. Arrastrado de aquí para allá sobre sus pies descalzos, apabullado por la cantidad de gente, pasmado ante tanta carne viva, el doctor Sasaki perdió por completo el sentido del oficio y dejó de comportarse como un cirujano habilidoso y un hombre comprensivo; se transformó en un autómata que mecánicamente limpiaba, untaba, vendaba, limpiaba, untaba, vendaba. Algunos de los heridos de Hiroshima no pudieron disfrutar del cuestionable lujo de la hospitalización.
En lo que había sido la oficina de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, la señorita Sasaki yacía inconsciente, aplastada por la tremenda pila de libros, madera, hierro corrugado y yeso. Permaneció completamente inconsciente (según calculó después) durante unas tres horas. Su primera sensación fue de un terrible dolor en la pierna izquierda. Estaba tan oscuro debajo de los libros y los desechos que la frontera entre conciencia e inconsciencia era muy tenue; debió de cruzarla varias veces, porque el dolor parecía ir y venir. En los momentos de dolor más agudo, sentía que le habían cortado la pierna por debajo de la rodilla. Después, escuchó que alguien caminaba sobre los destrozos, encima de ella, y voces de angustia comenzaron a gritar a su alrededor: «¡Auxilio, por favor! ¡Sáquennos de aquí!».
Con algunas vendas que el doctor Fujii le había dado unos días antes, el padre Kleinsorge paró como pudo el sangrado de la herida del padre Schiffer. Cuando terminó, corrió a la misión y encontró la chaqueta de su uniforme militar y un viejo par de pantalones grises. Se los puso y salió. Una vecina se le acercó corriendo y le dijo que su marido estaba enterrado bajo su casa y su casa se incendiaba; el padre Kleinsorge tenía que venir a salvarlo. El padre Kleinsorge, que ya comenzaba a sentirse apático y aturdido por los disgustos acumulados, dijo: «No tenemos mucho tiempo». A su alrededor las casas se quemaban, y el viento soplaba con fuerza.
«¿Sabe exactamente en qué parte de la casa se encuentra enterrado?», preguntó. «Sí, sí», dijo ella. «Venga, dese prisa.» Dieron la vuelta a la casa, cuyos restos llameaban con violencia, pero cuando llegaron resultó que la mujer no tenía idea alguna de dónde estaba su marido. El padre Kleinsorge gritó varias veces: «¿Hay alguien ahí?». No hubo respuesta. El padre Kleinsorge dijo a la mujer: «Tenemos que irnos o moriremos todos». Regresó al complejo católico y le dijo al Padre Superior que el fuego se acercaba llevado por un viento que había cambiado de dirección y ahora soplaba del norte; era tiempo de que todos se fueran.
En ese instante, la profesora del jardín infantil señaló al señor Fukai, secretario de la diócesis, que estaba de pie junto a su ventana del segundo piso, de cara al lugar de la explosión, llorando. El padre Cieslik, pensando que las escaleras del edificio habían
quedado inservibles, corrió a la parte trasera de la misión para buscar una escalera de mano. Escuchó gritos de ayuda que venían desde abajo de un techo caído. Pidió ayuda para levantarlo a los transeúntes que corrían por la calle, pero nadie le hizo caso, y tuvo que dejar que los enterrados murieran. El padre Kleinsorge entró corriendo a la misión, subió con dificultad por las escaleras torcidas y cubiertas de yeso y madera, y llamó al señor Fukai desde la puerta de su habitación.
El señor Fukai, un hombre pequeño de unos cincuenta años, se volvió lentamente y dijo, con una mirada extraña: «Déjeme aquí». El padre Kleinsorge entró en la habitación, tomó al señor Fukai por el cuello de su abrigo y le dijo: «Venga conmigo o morirá». «Déjeme morir aquí», dijo el señor Fukai. El padre Kleinsorge comenzó a empujar y a arrastrar al señor Fukai para sacarlo de la habitación. Entonces llegó el estudiante de teología, tomó al señor Fukai por los pies y el padre Kleinsorge lo tomó de los hombros, y juntos lo cargaron escaleras abajo. «¡No puedo caminar!», gritó el señor Fukai. «¡Déjenme aquí!» El padre Kleinsorge tomó su maleta de dinero y llevó al señor Fukai a cuestas, y el grupo se dirigió a la Plaza de Armas del Oriente, el «área de refugio» de su barrio. Al cruzar el portón el señor Fukai daba golpes de niño pequeño sobre la espalda del padre Kleinsorge y decía: «No me iré. No me iré». El padre Kleinsorge se dio vuelta hacia el padre La Salle y, sin que viniera al caso, le dijo: «Hemos perdido todo lo que teníamos, salvo el sentido del humor».
La calle estaba atestada con partes de casas, con cables y postes de teléfono caídos. Cada dos o tres casas les llegaban las voces de gente enterrada y abandonada que invariablemente
gritaba, con cortesía formal: «Tasukete kure! ¡Auxilio, si son tan amables!». Los sacerdotes reconocieron varias ruinas: eran hogares de amigos, pero debido al fuego era ya demasiado tarde para ayudar. Durante todo el camino el señor Fukai se quejaba:
«Dejen que me quede». El grupo dobló a la derecha al llegar a una manzana de casas caídas que formaba una gran llamarada. En el puente Sakai, que les permitiría cruzar hacia la Plaza de Armas del Oriente, vieron que la comunidad entera del otro lado del río era una cortina de fuego; no se atrevieron a cruzar y decidieron refugiarse en el parque Asano, a su izquierda. El padre Kleinsorge, que en los últimos días se había sentido debilitado por la diarrea, comenzó a trastabillar bajo el peso de su quejumbrosa carga, y, mientras intentaba escalar los destrozos de varias casas que bloqueaban su camino al parque, se tropezó, dejó caer al señor Fukai, y se fue de bruces contra el borde del río. Cuando logró levantarse, vio al señor Fukai escapar corriendo. El padre Kleinsorge llamó a doce soldados que estaban junto al puente para que detuvieran a aquel hombre. Cuando comenzó a regresar para buscar al señor Fukai, lo llamó el padre La Salle: «¡Apúrese! ¡No pierda tiempo!». Así que el padre Kleinsorge se limitó a pedirle a los soldados que cuidaran del señor Fukai. Dijeron que lo harían, pero el destrozado hombrecito logró escapar, y la última vez que los sacerdotes lo vieron estaba corriendo hacia el fuego.
El señor Tanimoto, temiendo por su familia y su iglesia, corrió hacia ellos por la ruta más corta: la autopista Koi. Era la única persona que entraba a la ciudad; se cruzó con cientos y cientos que escapaban de ella, y cada uno parecía estar herido de alguna forma. Algunos tenían las cejas quemadas y la piel les colgaba de la cara y de las manos. Otros, debido al dolor, llevaban los brazos levantados en el aire, como si cargaran algo en ambas manos. Algunos iban vomitando. Muchos iban desnudos o en harapos. Sobre algunos cuerpos desnudos, las quemaduras habían dibujado patrones: tiras de ropa interior y suspensorios, y, sobre la piel de algunas mujeres —puesto que el blanco reflejaba el calor de la bomba y el negro lo absorbía y lo conducía a la piel— se veían las formas de las flores de sus kimonos. A pesar de sus heridas, muchos ayudaban a los parientes que peor estaban. Casi todos inclinaban la cabeza, mirando al frente y en silencio, sin expresión alguna en el rostro.
Tras cruzar el puente Koi y el puente Kannon, después de haber corrido todo el camino, el señor Tanimoto vio al aproximarse al centro que todas las casas habían sido aplastadas y muchas estaban en llamas. Los árboles no tenían hojas y sus troncos estaban carbonizados. El señor Tanimoto trató en diversos puntos de penetrar las ruinas, pero las llamas siempre lo detuvieron. Bajo muchas casas la gente pedía ayuda a gritos, pero nadie ayudaba; en general, los supervivientes ayudaban a sus familiares o vecinos más próximos, porque no podían ni tolerar ni comprender un círculo de miseria más amplio. Los heridos pasaban cojeando junto a los gritos, y el señor Tanimoto pasó corriendo junto a ellos. Como cristiano, se sintió lleno de compasión por los que estaban atrapados, y como japonés se sintió abrumado por la vergüenza de estar ileso, y rezaba mientras corría: «Dios los ayude y los saque del fuego». Pensó que bordearía el fuego por la izquierda. Corrió de vuelta al puente Kannon y durante un tramo siguió el recorrido de uno de los ríos. Ensayó varias calles transversales, pero todas estaban bloqueadas; así que dobló a la izquierda y empezó a correr hacia Yokogawa, una estación sobre una línea ferroviaria que le daba la vuelta a la ciudad en un amplio semicírculo, y siguió los rieles hasta llegar a un tren incendiado. Para entonces estaba tan impresionado por la vastedad del daño que corrió más de tres kilómetros hacia el norte, hacia Gion, un suburbio al pie de las colinas. Durante todo el
camino se cruzó con gente terriblemente quemada y lacerada, y era tanta su culpa que se volteaba a derecha y a izquierda para decirles: «Perdonen que no lleve una carga como la suya». Cerca de Gion empezó a encontrar gente de campo que se dirigía a la ciudad para prestar su ayuda y que al verlo exclamaron: «¡Miren! Uno que no está herido». En Gion, se abrió pasó hacia la orilla derecha del río principal, el Ota, y siguió su curso hasta encontrar incendios de nuevo. No había fuego en el otro lado del río, así que se quitó la camisa y los zapatos y se zambulló. A medio camino, donde era más fuerte la corriente, el cansancio y el miedo le dieron alcance —había corrido unos once kilómetros—, y su cuerpo se volvió fláccido y se dejó llevar por el agua.
«Por favor, Dios, ayúdame a cruzar», rezó. «Sería absurdo que me ahogara, yo que soy el único que no está herido.» Dio unas brazadas más y logró llegar a un banco de arena río abajo. El señor Tanimoto subió por el banco de arena y lo bordeó hasta que encontró fuego de nuevo, junto a un templo Shinto; al darse vuelta para flanquearlo se topó, en un golpe de suerte increíble, con su esposa. Ella llevaba a su niña en brazos. El señor Tanimoto estaba emocionalmente tan agotado que nada podía sorprenderlo.
No abrazó a su esposa; simplemente le dijo: «Ah, estás a salvo». Ella le contó que había regresado de Ushida justo a tiempo para la explosión; había quedado enterrada bajo la parroquia con el bebé en sus brazos. Contó cómo los destrozos la habían aplastado, cómo había llorado la niña. Había visto una grieta de luz y con una mano la alcanzó y la fue agrandando poco a poco.
Después de una media hora, le llegó el chisporroteo de la madera quemándose. Al fin logró ampliar la apertura lo suficiente para sacar al bebé, y enseguida salió también ella, arrastrándose. Dijo que ahora se dirigía de nuevo a Ushida.
El señor Tanimoto dijo que quería ver su iglesia y ayudar a la gente de la Asociación de Vecinos. Se separaron tan casualmente —y tan perplejos— como se habían encontrado.
La ruta que siguió el señor Tanimoto alrededor del fuego lo llevó a la Plaza de Armas del Oriente, la cual, al ser una zona de evacuación, era ahora escenario de una situación truculenta: fila tras fila de quemados y ensangrentados. Los quemados gemían:
«Mizu, mizu! ¡Agua, agua!». El señor Tanimoto encontró un tazón en una calle vecina y localizó una llave de agua que todavía funcionaba en la estructura aplastada de una casa, y comenzó a llevar agua a los desconocidos. Cuando hubo dado de beber a unos treinta de ellos, se percató de que aquello le tomaba demasiado tiempo. «Discúlpenme», dijo en voz alta a los que ya alargaban la mano hacia él gritando de sed. «Tengo mucha gente que cuidar.» Entonces fue de nuevo al río, con el tazón en la mano, y saltó a un banco de arena. Allí vio a cientos de personas tan gravemente heridas que no podían ponerse de pie para alejarse de la ciudad en llamas. Cuando veían a un hombre ileso y erguido, el canto comenzaba de nuevo: «Mizu, mizu, mizu». El señor Tanimoto no podía soportarlo; les llevó agua del río, lo cual fue un error, pues eran aguas turbias y salobres. Dos o tres botes pequeños llevaban a los heridos a través del río desde el parque Asano, y, cuando uno de ellos llegó al banco de arena, el señor Tanimoto pronunció de nuevo su discurso arrepentido y se subió al bote. En el parque, entre la maleza, encontró a varios de sus cargos de la Asociación de Vecinos, que habían llegado allí siguiendo sus instrucciones, y vio a muchos conocidos, entre ellos el padre Kleinsorge y los demás católicos.
Pero echó en falta a Fukai, que había sido un buen amigo suyo. «¿Dónde está Fukai-san«No ha querido venir con nosotros», dijo el padre Kleinsorge. «Se ha regresado.»
Cuando la señorita Sasaki escuchó las voces de quienes estaban atrapados con ella en las ruinas de la fábrica de estaño, empezó a hablarles. Descubrió que su vecino más próximo era una joven estudiante de bachillerato que había sido preparada para trabajos de fábrica, y que decía tener la espalda rota. La señorita Sasaki repuso: «Yo no me puedo mover. Me han amputado la pierna izquierda».
Poco tiempo después volvió a oír que alguien caminaba por encima, enseguida se movía hacia un lado y —quien quiera que fuese— empezaba a escarbar. El excavador liberó a varias personas, y cuando hubo descubierto a la estudiante, ella descubrió que su espalda no estaba rota, y que podía arrastrarse hacia fuera.
La señorita Sasaki le habló al socorrista, y él empezó a abrirse paso hacia ella. Quitó una buena cantidad de libros hasta que logró abrir un túnel. Ella vio entonces la cara sudorosa que le dijo: «Salga, señorita». Lo intentó. «No puedo moverme», dijo. El hombre excavó un poco más y le dijo que intentara salir con todas sus fuerzas. Pero los libros sobre sus caderas eran muy pesados, y el hombre acabó por ver que una estantería se inclinaba sobre los libros y una viga pesada hacía presión sobre la estantería. «Espere», dijo entonces. «Voy a buscar una palanca
El hombre estuvo ausente un buen tiempo, y estaba de mal humor cuando regresó, como si la situación de la señorita Sasaki fuera culpa de ella. «¡No tenemos personal para ayudarla!», le gritó a través del túnel. «Tendrá que arreglárselas usted misma para salir.» «Es imposible», dijo ella. «Mi pierna izquierda...» Pero el hombre ya se había ido.
Mucho después, varios hombres llegaron y la arrastraron fuera. Su pierna izquierda no había sido amputada, pero tenía cortes graves y colgaba, torcida, de la rodilla hacia abajo. La llevaron a un patio. Llovía. Ella se sentó sobre la tierra, bajo la lluvia. Cuando empezó a llover más fuerte, alguien dio instrucciones a los heridos para que se protegieran en los refugios antiaéreas de la fábrica. «Venga», le dijo una mujer desgarrada. «Puede caminar con un solo pie.» Pero la señorita Sasaki no podía moverse, y se limitó a esperar en medio de la lluvia. Entonces un hombre apoyó una gran lámina de hierro corrugado sobre la pared para utilizarla como cobertizo, y tomó a la señorita Sasaki en brazos y la llevó hasta allí. Ella le estuvo agradecida hasta que el hombre trajo también a dos personas horriblemente heridas —una mujer a la cual le había sido arrancado un seno y un hombre cuya cara estaba en carne viva por una quemadura— para que compartieran la cabaña con ella. Nadie regresó. Cesó la lluvia, la tarde nublada era caliente; antes del anochecer, los tres grotescos personajes bajo el trozo de hierro inclinado empezaron a oler bastante mal.
El antiguo jefe de la Asociación de Vecinos de Nobori-cho a la cual pertenecían los sacerdotes católicos era un hombre enérgico llamado Yoshida. Cuando estaba a cargo de las defensas antiaéreas del barrio, se había jactado de que el fuego podría consumir toda Hiroshima pero no llegaría nunca a Nobori-cho. La bomba echó su casa abajo, y una viga sobre sus piernas lo dejó paralizado con una vista perfecta hacia la casa de la misión jesuita y hacia la gente que pasaba deprisa por la calle. En medio de la confusión, la señora Nakamura, sus niños y el padre Kleinsorge con el señor Fukai a cuestas, estuvieron a punto de no verlo al pasar; Yoshida era apenas una parte del borroso escenario de miseria a través del cual se movían. Sus gritos de auxilio no obtuvieron respuesta; había tanta gente pidiendo auxilio a gritos, que el grupo no pudo escucharlo a él por separado. Igual que ellos, los demás siguieron su camino. Nobori-cho quedó absolutamente desierto, barrido por el fuego. El señor Yoshida vio la misión de madera —el único edificio erguido de la zona— arder en una llamarada, y sintió un calor terrible en la cara. Entonces las llamas llegaron por su lado de la calle y entraron a su casa. En un paroxismo de fuerza aterrorizada se liberó y corrió por los callejones de Nobori-cho, encerrado por el fuego que, según había dicho, no llegaría nunca. Comenzó de inmediato a comportarse como un anciano. Dos meses después, su pelo estaba completamente blanco. Mientras el doctor Fujii permanecía con el agua al cuello para evitar el calor del fuego, el viento empezó a soplar con más y más fuerza, y muy pronto, aunque la extensión de agua no era demasiado amplia, las olas crecieron
tanto que a la gente bajo el puente le fue difícil conservar el equilibrio. El doctor Fujii se acercó a la orilla, se agachó y abrazó una piedra grande con su brazo útil. Después fue posible caminar por el borde del río, y el doctor Fujii, con sus dos enfermeras sobrevivientes, se desplazó poco menos de doscientos metros río arriba, hasta un banco de arena cerca del parque Asano. Muchos heridos yacían sobre la arena. El doctor Machii y su familia estaban allí; su hija, que estaba fuera de casa cuando estalló la bomba, tenía graves quemaduras en las manos y piernas, pero no en la cara, por fortuna. Aunque el hombro le dolía cada vez más, el doctor Fujii examinó con curiosidad las heridas de la joven. Después se recostó. A pesar de la miseria que lo rodeaba, lo avergonzaba su facha, y le comentó al doctor Machii que vestido así, con su ropa interior rasgada y ensangrentada, parecía un mendigo. Más tarde, cuando el fuego empezó a ceder, decidió ir a casa de sus padres, en el suburbio de Nagatsuka. Le pidió al doctor Machii que lo acompañara, pero éste respondió que su familia y él pasarían la noche en el banco de arena, debido a las heridas de su hija.
El doctor Fujii
llegó caminando a Ushida junto con sus enfermeras, y encontró materiales de primeros auxilios en la casa, parcialmente dañada, de unos familiares. Las enfermeras lo vendaron; él las vendó a ellas. Continuaron su camino. Ahora no había demasiada gente caminando por las calles, pero muchos aparecían sentados o acostados sobre el pavimento, vomitando, esperando la muerte, muriendo. El número de cadáveres en el camino a Nagatsuka era mayor y más inquietante. El doctor se preguntaba: ¿es posible que una canasta Molotov cause todo esto? El doctor Fujii llegó a la casa de su familia al atardecer. La casa estaba a ocho kilómetros del centro de la ciudad, pero su techo se había caído y todos los cristales estaban rotos.
La gente siguió llegando en tropel al parque Asano durante todo el día. Esta propiedad privada estaba a una buena distancia de la explosión, y sus bambúes, pinos, laureles y arces se habían mantenido con vida, y un lugar verde como ése era una invitación para los refugiados: en parte porque creían que si regresaban los norteamericanos bombardearían sólo edificios; en parte porque el follaje parecía un centro de frescura y vida, y los jardines de piedra, de una precisión exquisita, con sus silenciosas piscinas y sus puentes arqueados, eran muy japoneses, normales, seguros; y en parte debido a una urgencia irresistible y atávica de estar debajo de hojas. La señora Nakamura y sus hijos estuvieron entre los primeros en llegar, y se instalaron en el bosquecillo de bambú cerca del río. Todos estaban sedientos, y bebieron agua del río. De inmediato sintieron náuseas y comenzaron a vomitar, y todo el día sufrieron arcadas. Otros tuvieron náuseas también; pensaron (probablemente debido al fuerte olor de la ionización, un «olor eléctrico» producido por la fisión de la bomba) que era un gas lanzado por los norteamericanos lo que los hacía sentirse enfermos. Cuando el padre Kleinsorge y los otros sacerdotes llegaron al parque, saludando a sus amigos al pasar, los Nakamura estaban enfermos y abatidos. Una mujer llamada Iwasaki, que vivía en la vecindad de la misión y estaba sentada cerca de los Nakamura, se levantó y preguntó a los sacerdotes si debía quedarse donde estaba o ir con ellos. El padre Kleinsorge dijo:
«No sé cuál sea el lugar más seguro». Ella se quedó donde estaba; más tarde, aunque no tenía ni heridas ni quemaduras visibles, murió.
Los sacerdotes avanzaron junto al río y se acomodaron entre unos arbustos . El padre La Salle se recostó e inmediatamente se quedó dormido. El estudiante de teología, que llevaba sus sandalias puestas, había traído consigo un atado de ropas en el cual había empacado dos pares de zapatos de cuero. Cuando se sentó con los demás, se percató de que el atado se había roto y dos zapatos se habían perdido: ahora sólo le quedaban los dos izquierdos. Volvió sobre sus pasos y encontró uno derecho. Cuando regresó junto a los sacerdotes, dijo: «Es gracioso ver que las cosas ya no importan. Hasta ayer, estos zapatos fueron mis pertenencias más apreciadas. Hoy, ya no me importan. Un par es suficiente». El padre Cieslik dijo: «Lo sé.
Yo empecé a empacar mis libros, y después me dije: ‘Éste no es momento para libros»’.
Cuando llegó el señor Tanimoto, todavía con su tazón en la mano, el parque estaba repleto de gente y no era fácil distinguir a los vivos de los muertos, pues la mayoría tenían los ojos abiertos y estaban inmóviles.
Para un occidental como el padre Kleinsorge, el silencio en el bosquecillo junto al río, donde cientos de personas gravemente heridas sufrían juntas, fue uno de los fenómenos más atroces e imponentes que jamás había vivido. Los heridos guardaban silencio; nadie lloraba, mucho menos gritaba de dolor; nadie se quejaba; de los muchos que murieron, ninguno murió ruidosamente; ni siquiera los niños lloraban; pocos hablaban siquiera. Y cuando el padre Kleinsorge dio a beber agua a algunos cuyas caras estaban cubiertas casi por completo por las quemaduras, bebían su ración y enseguida se levantaban un poco y hacían una venia de gratitud.
El señor Tanimoto dio la bienvenida a los sacerdotes y miró alrededor, buscando a otros amigos. Vio a la señora Matsumoto, esposa del director de la Escuela Metodista, y le preguntó si tenía sed. Ella dijo que sí, y él le trajo agua en su tazón desde una de las piscinas de los jardines de piedra. Entonces decidió que intentaría regresar a su iglesia.
Entró en Nobori-cho por el camino que los sacerdotes habían tomado al escapar, pero no llegó lejos; el fuego en las calles era tan feroz que se vio obligado a regresar. Fue a la
orilla del río y empezó a buscar un bote en el cual pudiera llevar a los heridos más graves a lo trolado, lejos del fuego que se guía propagándose. Pronto encontró una batea de buen tamaño arrimada a la arena, pero su interior y sus alrededores formaban una escena horrible: allí había cinco hombres casi desnudos y gravemente quemados que debían de haber muerto más o menos al mismo tiempo, porque la posición de sus cuerpos sugería que entre todos habían intentado empujar el bote hacia el río.
El señor Tanimoto los alzó y los sacó del bote, y experimentó tal horror por el hecho de molestar a los muertos —impidiéndoles echar su nave al agua y emprender su fantasmal camino que dijo en voz alta: «Por favor, perdonen que me lleve este bote. Lo necesito para ayudar a otros que están vivos».
Era una batea pesada, pero el señor Tanimoto se las arregló para deslizarla dentro del agua. No tenía remos, y lo único que pudo encontrar para impulsarse fue un poste seco de bambú . Llevó el bote río arriba hasta la zona más poblada del parque y empezó a transportar a los heridos. Podía llenar el bote con diez o doce para cada trayecto, pero en el centro el río era demasiado profundo, y el señor Tanimoto se veía obligado a remar con el bambú, por lo cual en cada viaje tardaba mucho tiempo. Así trabajó durante varias horas.
En las primeras horas de la tarde, el fuego irrumpió en los bosques del parque Asano. El señor Tanimoto se percató de ello cuando vio desde su bote que mucha gente se había acercado a la orilla. Apenas hubo alcanzado la arena, subió para investigar, y al ver el fuego gritó: «¡Que vengan conmigo todos los hombres que no estén malheridos!».
El padre Kleinsorge acercó al padre Schiffer y al padre La Salle a la orilla y le pidió a los demás que los llevaran al otro lado del río si el fuego se acercaba demasiado, y enseguida se unió a los voluntarios de Tanimoto. El señor Tanimoto mandó a algunos en busca de baldes y cuencos y a otros les dijo que golpearan con sus ropas los arbustos incendiados; cuando hubo utensilios a mano, Tanimoto les hizo formar una cadena de baldes desde una de las piscinas del jardín de piedra. El equipo luchó contra el fuego durante más de dos horas, y poco a poco apagaron las llamas. Mientras los hombres del señor Tanimoto trabajaban, en el parque la gente atemorizada se acercaba más y más al río, y finalmente la muchedumbre comenzó a empujar al agua a los desafortunados que estaban en la orilla. Entre los que fueron empujados al agua y se ahogaron estaban la señora Matsumoto, de la Escuela Metodista, y su hija.
Cuando el padre Kleinsorge regresó de apagar el fuego, encontró al padre Schiffer todavía sangrando y terriblemente pálido. Algunos japoneses lo rodeaban, mirándolo fijamente, y el padre Schiffer susurró con una débil sonrisa: «Es como si ya me hubiera muerto». «Todavía no», dijo el padre Kleinsorge. Había traído consigo el botiquín de primeros auxilios del doctor Fujii, y había notado que entre la multitud se encontraba el doctor Kanda, así que lo buscó y le pidió que vendara las heridas del padre Schiffer. El doctor Kanda había visto a su mujer y a su hija muertas en las ruinas del hospital; ahora estaba sentado con la cabeza entre las piernas. «No puedo hacer nada», dijo.
El padre Kleinsorge envolvió con más vendas la cabeza del padre Schiffer, lo llevó a un lugar empinado y lo acomodó de manera que su cabeza quedara levantada, y pronto disminuyó el sangrado.
Entonces se oyó el rugido de aviones acercándose. Alguien en la multitud que estaba cerca de la familia Nakamura gritó: «¡Son Grummans que vienen a bombardearnos!». Un panadero llamado Nakashima se puso de pie y ordenó: «Todos los que estén vestidos de blanco, quítense la ropa». La señora Nakamura les quitó las camisas a sus niños, abrió su paraguas y los obligó a meterse debajo. Muchas personas, incluso las que tenían quemaduras graves, se arrastraron bajo los arbustos y allí se quedaron hasta que el murmullo, evidentemente producido por una ronda de reconocimiento o de aviones meteorológicos, acabó por extinguirse.
Comenzó a llover. La señora Nakamura mantuvo a sus niños bajo el paraguas. Las gotas se volvieron demasiado grandes para ser normales, y alguien gritó: «Los norteamericanos están arrojando gasolina. ¡Nos van a quemar!». (Esta alarma nació de una de las teorías que circulaban en el parque acerca de las razones por las cuales Hiroshima había ardido de esa manera: un solo avión había rociado gasolina sobre la ciudad y luego, de alguna forma, le había prendido fuego en un instante.) Pero las gotas eran de agua, evidentemente, y mientras caían el viento sopló con más y más fuerza, y de repente —quizá debido a la tremenda convección generada por la ciudad en llamas— un remolino atravesó el parque. Arboles inmensos fueron derribados; otros, más pequeños, fueron arrancados de raíz y volaron por los aires. En las alturas, un despliegue enloquecido de cosas planas se revolvía dentro del embudo serpenteante: pedazos de un tejado de hierro, papeles, puertas, trozos de esteras. El padre Kleinsorge cubrió con una tela los ojos del padre Schiffer, para que el pobre hombre no creyera que estaba enloqueciendo.
El vendaval arrastró por el terraplén a la señora Murata —el ama de llaves de la misión, que estaba sentada cerca del río—, la llevó contra un lugar pando y rocoso, y ella salió del agua con los pies descalzos cubiertos de sangre. El vórtice se trasladó al río, donde absorbió una tromba y eventualmente se extinguió.
Después de la tormenta, el señor Tanimoto comenzó de nuevo a transportar gente, y el padre Kleinsorge le pidió al estudiante de teología que cruzara el río, fuera hasta el noviciado jesuita en Nagatsuka, a unos cinco kilómetros del centro de la ciudad, y pidiera a los sacerdotes del lugar que trajeran ayuda para el padre Schiffer y el padre La Salle. El estudiante subió al bote del señor Tanimoto y partió con él. El padre Kleinsorge preguntó a la señora Nakamura si le gustaría ir a Nagatsuka con los curas cuando ellos vinieran. Ella dijo que tenía demasiado equipaje y que sus niños estaban enfermos —aún vomitaban de vez en cuando, y, para ser exactos, también ella—, y temía por lo tanto que no sería capaz. Él dijo que quizá los padres del noviciado podrían venir a buscarla al día siguiente con un carrito.
Al final de la tarde, cuando pudo quedarse durante un rato en la orilla, el señor Tanimoto —de cuya energía muchos habían llegado a depender— escuchó que había gente suplicando por algo de comer. Consultó con el padre Kleinsorge, y decidieron regresar a la ciudad para traer arroz del refugio de la misión y también de la Asociación de Vecinos. El padre Cieslik y otros dos o tres los acompañaron. Al principio, cuando se vieron entre las filas de casas postradas , no supieron bien dónde se encontraban; el cambio había sido demasiado repentino: de una ciudad activa de doscientos cincuenta mil habitantes en la mañana, a un mero patrón de residuos en la tarde. El asfalto de las calles estaba aún tan caliente y tan blando debido a los incendios, que caminar sobre él resultaba incómodo.
Sólo se toparon con una persona, una mujer que les dijo al pasar: «Mi marido está en esas cenizas».
Al llegar a la misión —aquí, el señor Tanimoto se separó del grupo—, el padre Kleinsorge sintió consternación al ver el edificio arrasado: En el jardín, de camino al refugio, se fijó en una calabaza asada sobre la enredadera. El padre Cieslik y él mismo la probaron, y sabía bien. Su propia hambre los sorprendió, y se comieron un buen pedazo. Sacaron varias bolsas de arroz y recogieron varias calabazas asadas y excavaron algunas patatas que se habían cocinado bajo tierra. En el camino de regreso los alcanzó el señor Tanimoto. Una de las personas que lo acompañaban llevaba utensilios de cocina.
En el parque, el señor Tanimoto organizó a las mujeres con heridas más leves para que se hicieran cargo de la cocina. El padre Kleinsorge le ofreció un poco de calabaza a la familia Nakamura, y ellos la probaron, pero no pudieron evitar vomitarla. El arroz resultó suficiente para alimentar a cien personas.
Antes de que anocheciera el señor Tanimoto se topó con una joven de veinte años , la   señora Kamai, vecina de los Tanimoto. Estaba de cuclillas sobre la tierra con el cuerpo de su niña pequeña en los brazos. Era evidente que el bebé había estado muerto todo el día. La señora Kamai se levantó de un brinco al ver al señor Tanimoto y le dijo: «¿Podría usted tratar de ubicar a mi marido, por favor?». El señor Tanimoto sabía que el marido había sido reclutado por el Ejército el día anterior; en la tarde, los Tanimoto habían recibido a la señora Kamai, y habían intentado hacerla olvidar lo sucedido. Kamai se había presentado en los Cuarteles Regionales del Ejército en Chugoku —cerca del antiguo castillo en medio de la ciudad— donde unos cuatro mil soldados habían sido apostados. A juzgar por los muchos soldados mutilados que el señor Tanimoto había visto durante el día, supuso que los cuarteles habían sufrido daños graves a causa de lo que fuera que había golpeado a Hiroshima. Supo que no tenía la más mínima posibilidad de encontrar al marido de la señora Kamai, incluso si emprendía su búsqueda. Pero quiso levantarle el ánimo. «Lo intentaré», dijo. «Tiene que encontrarlo», dijo ella. «Él quería mucho a nuestra niña. Quiero que la vea por última vez.»


III
LOS DETALLES ESTÁN SIENDO INVESTIGADOS

La mañana en que explotó la bomba, muy temprano, una lancha naval japonesa recorría lentamente y de arriba abajo los siete ríos de Hiroshima. Se detenía aquí y allá
para anunciar algo: a lo largo de los atestados bancos de arena, donde yacían cientos de heridos; en los puentes, donde otros más se agolpaban; y eventualmente, al caer la tarde, enfrente del parque Asano.
Un joven oficial se paraba en la lancha y gritaba a través de un megáfono : «¡Paciencia! ¡Un barco hospital vendrá a hacerse cargo de ustedes!». La visión de la lancha limpia y ordenada sobre el fondo de estragos; el joven sereno en su pulcro uniforme; y sobre todo la promesa de ayuda médica —la primera palabra de auxilio posible que habían oído en casi doce horas—, todo ello levantó tremendamente los ánimos de la gente del parque.
La señora Nakamura acomodó a su familia para pasar la noche con la seguridad de que un doctor vendría y podría detener sus arcadas. El señor Tanimoto reanudó los transportes de heridos a través del río. El padre Kleinsorge se recostó y rezó un padre nuestro y un ave maría por él mismo, y se durmió de inmediato; pero en ese mismo instante la señora Murata, la diligente ama de llaves, lo sacudió y le dijo: «¡Padre Kleinsorge! ¿Se ha acordado de decir sus oraciones?». Él respondió malhumoradamente: «Por supuesto», y trató de volver a conciliar el sueño, sin lograrlo. Era como si eso fuera exactamente lo que quería la señora Murata, porque comenzó a conversar con el exhausto sacerdote. Una de las preguntas que hizo fue cuándo llegarían los padres del noviciado —a quienes el padre Kleinsorge había mandado llamar a media tarde, por medio de un mensajero— para evacuar al padre La Salle y al padre Schiffer.
El mensajero del padre Kleinsorge —el estudiante de teología que había estado viviendo en la misión— había llegado a las colinas del noviciado, que estaban a casi cinco kilómetros de distancia, a las cuatro y media. Los dieciséis sacerdotes del lugar habían estado haciendo trabajos de rescate en las afueras; se habían preocupado por sus colegas de la ciudad, pero no habían sabido cómo ni dónde empezar a buscarlos. Ahora se dieron prisa en armar dos camillas con postes y tablas, y el estudiante condujo a seis de ellos a la zona devastada. Se abrieron paso a lo largo del Ota y a través de la ciudad; dos veces, el calor del fuego los obligó a zambullise en el río. En el puente Misasa encontraron una fila de soldados que abandonaba los Cuarteles Regionales del Ejército en Chugoku marchando de una manera forzada y estrafalaria. Todos tenían quemaduras graves, y se apoyaban sobre travesaños de sillas o se recostaban sobre el vecino. Sobre el puente había caballos cabizbajos, enfermos y quemados.
Cuando el grupo de rescate llegó al parque ya era oscuro, y la tarea se dificultó debido a las marañas de árboles que habían sido derribados por el torbellino de esa tarde. Al fin pudieron llegar a donde estaban sus amigos —no mucho después de que la señora Murata había formulado su pregunta— y les dieron vino y té fuerte.
Los sacerdotes discutieron la forma de llevar al padre Schiffer y al padre La Salle al noviciado. Tenían miedo de que dar tumbos por el parque los sacudiera demasiado sobre las camillas; tenían miedo de que los heridos perdieran demasiada sangre. El padre Kleinsorge pensó en el bote del señor Tanimoto, y lo llamó. Cuando el señor Tanimoto llegó a la orilla, dijo que con gusto llevaría a los heridos y a sus portadores a un lugar río arriba desde donde podrían encontrar un camino más despejado. Los socorristas pusieron al padre Schiffer sobre una de las camillas y lo bajaron hasta el bote, y dos de ellos subieron a bordo para ir con él. El señor Tanimoto, que aún carecía de remos, empujó la batea río arriba.
Regresó una media hora después, y nerviosamente pidió a los demás sacerdotes que lo ayudaran a rescatar a dos niños que había visto hundidos hasta los hombros en el río. Un grupo acudió en su ayuda; eran dos niñas que habían perdido a sus padres y ambas tenían quemaduras graves. Los curas las acostaron sobre el suelo, junto al padre
Kleinsorge, y enseguida embarcaron al padre La Salle. El padre Cieslik se creía capaz de llegar caminando al noviciado, así que subió a bordo con los demás. El padre Kleinsorge se sentía demasiado débil; decidió esperar en el parque hasta el otro día. Pidió a los hombres que trajeran una carretilla cuando regresaran, para poder llevar a la señora Nakamura y a sus niños enfermos al noviciado.
El señor Tanimoto partió de nuevo. Conforme avanzaba el cargamento de sacerdotes, se escuchaban débiles gritos de auxilio. Sobresalía especialmente la voz de una mujer:
«¡Hay gente aquí a punto de ahogarse! ¡Ayúdennos! ¡El nivel del agua está subiendo!». Los sonidos llegaban de uno de los bancos de arena, y los de la batea podían ver, en la luz reflejada de los fuegos todavía encendidos, a varios heridos acostados en la orilla del río y parcialmente cubiertos por la marea. El señor Tanimoto quería prestarles ayuda, pero los sacerdotes tenían miedo de que el padre Schiffer fuera a morir si no se daban prisa, y le pidieron al barquero que avanzara. Éste los dejó donde había dejado al padre Schiffer, y después emprendió solo el camino de regreso. Era una noche caliente, y parecía  aún más caliente por los fuegos recortados sobre el cielo, pero la más joven de las dos niñas que el señor Tanimoto y los curas habían rescatado se
quejó de tener frío. El padre Kleinsorge la cubrió con su chaqueta. Ella y su hermana mayor habían estado metidas en el agua salada durante un par de horas antes de ser rescatadas. La pequeña tenía grandes quemaduras en carne viva; el agua salada debió de causarle un dolor espantoso. Comenzó a temblar y a repetir que tenía frío. El padre Kleinsorge tomó prestada la cobija de un vecino y la envolvió con ella, pero la niña se sacudía más y más, diciendo «Tengo tanto frío», y de repente dejó de temblar y murió.
Sobre el banco de arena, el señor Tanimoto encontró unos veinte hombres y mujeres. Acercó el bote a la arena y les pidió que subieran a bordo de inmediato. Pero no se movieron, y él se dio cuenta de que estaban demasiado débiles para levantarse. Se agachó y tomó a una mujer de la mano, pero su piel se desprendió en pedazos grandes, como un guante. Esto lo afectó tanto que tuvo que sentarse un momento. Después regresó al agua; a pesar de ser un hombre pequeño, él solo levantó a varios
hombres y mujeres que estaban desnudos y los llevó a su bote. Sus espaldas y sus pechos eran pegajosos, y el señor Tanimoto recordó con desazón las quemaduras que había visto a lo largo del día: amarillas primero, luego rojas e hinchadas y la piel desprendida, y al final de la tarde supurando, olorosas. Ahora que había subido la marea, su poste de bambú se quedaba corto y tenía que avanzar remando todo el tiempo. Sobre la otra orilla, en un arenal más alto, levantó los cuerpos viscosos y aún vivos y los subió por la pendiente para alejarlos del agua. Tenía que hacer un
esfuerzo consciente por repetirse: «Son seres humanos».
Fueron necesarios tres viajes para llevarlos a todos al otro lado del río. Cuando hubo terminado, decidió que debía descansar un poco, y regresó al parque. Caminando en la oscuridad, el señor Tanimoto se tropezó con alguien, y alguien más dijo con enojo: «¡Cuidado! Ahí está mi mano». Avergonzado de haber hecho daño a una persona herida, apenado por ser capaz de caminar erguido, el señor Tanimoto pensó de repente en el barco hospital que no llegaba aún (nunca llegaría), y sintió por un instante una ira ciega contra la tripulación del barco y luego contra todos los doctores. ¿Por qué no venían a ayudar a esta gente?
El doctor Fujii pasó la noche acostado, en medio de un terrible dolor, sobre el suelo de la casa destechada de su familia. Con la luz de una linterna había logrado examinarse, y se encontró la clavícula izquierda rota; abrasiones y laceraciones múltiples en la cara y el cuerpo, e incluso cortes profundos sobre el mentón, la espalda y las piernas; extensas contusiones en pecho y torso; un par de costillas posiblemente fracturadas. Si no estuviera tan maltratado, habría podido ir al parque Asano para atender a los heridos.
Para cuando se hizo de noche, diez mil víctimas de la explosión habían invadido el hospital de la Cruz Roja, y el doctor Sasaki, agotado, se movía sin rumbo fijo por los corredores malolientes llevando fajos de vendas y botellas de mercurocromo, y, todavía con los lentes que le había quitado a la enfermera herida, iba vendando las peores heridas a medida que las encontraba. Otros doctores ponían compresas de solución salina sobre las quemaduras más graves. Era todo lo que podían hacer. Cuando se hizo de noche empezaron a trabajar con la luz de los fuegos de la ciudad y de velas que las enfermeras sostenían. El doctor Sasaki no había echado un vistazo fuera del hospital en todo el día; la escena al interior era tan horrible y tan imperiosa que no se le había ocurrido hacer preguntas acerca de lo sucedido más allá de esas paredes. Habían caído techos y tabiques; por todas partes había yeso, polvo, sangre y vómito.
Cientos y cientos de pacientes morían, pero no había nadie que llevara los cadáveres afuera. Parte del personal del hospital repartía galletas y bolas de arroz, pero el olor a osario era tan fuerte que muy pocos conservaban el apetito. Para las tres de la mañana siguiente, después de diecinueve horas seguidas de horripilante trabajo, el doctor Sasaki se sentía incapaz de tratar una herida más. Junto a otros sobrevivientes del personal del hospital, el doctor Sasaki tomó unas esteras de paja y salió a la calle — en el patio y en la entrada había miles de pacientes y cientos de muertos—, le dio la vuelta al hospital y se escondió donde pudiera dormir un poco. Pero en menos de una hora lo habían encontrado; un círculo de reclamantes se formó alrededor de él: «¡Ayúdenos, doctor! ¿Cómo puede echarse a dormir?». El doctor Sasaki se puso de pie y regresó al trabajo. Poco antes había pensado por primera vez en su madre, que vivía en la casa de campo de la familia en Mukaihara, a cuarenta y ocho kilómetros de la ciudad. Él acostumbraba ir a casa cada noche. Temió que su madre lo creyera muerto.
Cerca del lugar al cual Tanimoto llevó a los sacerdotes había una gran caja de pasteles de arroz, que evidentemente había sido traída por un grupo de rescate pero que no se había distribuido entre los heridos. Antes de evacuar a los sacerdotes, los demás se repartieron los pasteles entre ellos. Pocos minutos después se acercó un grupo de soldados, y uno de ellos, al escuchar a los sacerdotes hablar un idioma extranjero, desenvainó su espada histéricamente y preguntó quiénes eran. Uno de los sacerdotes lo calmó y explicó que eran alemanes: es decir, aliados. El oficial se disculpó y dijo que tenían noticias de que paracaidistas norteamericanos habían aterrizado.
Los sacerdotes decidieron que llevarían al padre Schiffer en primer lugar. Se  preparaban para partir cuando el padre La Salle dijo que sentía un frío terrible. Uno de los jesuitas le dio su abrigo, otro le dio su camisa; en el bochorno de la noche, les dio gusto llevar menos ropa encima. Los portadores de la camilla partieron. El estudiante de teología caminaba a la cabeza del grupo, e intentaba prevenirlos si había obstáculos, pero uno de los padres se enredó el pie con un cable de teléfono, se tropezó y soltó su esquina de la camilla. El padre Schiffer cayó al piso, quedó inconsciente, luego despertó y vomitó. Los portadores lo levantaron y lo llevaron hacia las afueras, donde se habían citado con un relevo de sacerdotes; lo dejaron con ellos y regresaron en busca del Padre Superior.
La camilla de madera debió de haber resultado terriblemente dolorosa para el padre La Salle, en cuya espalda se habían incrustado pequeñas partículas de vidrio. Cerca de los límites de la ciudad, el grupo tuvo que pasar junto a un automóvil quemado que estorbaba en la calle angosta, y los portadores de un lado, que en la oscuridad no podían ver por dónde caminaban, cayeron a un hueco profundo. El padre La Salle salió despedido y la camilla se partió en dos. Uno de los curas se adelantó para pedir una carretilla en el noviciado, pero logró encontrar otra, cerca de una casa abandonada, y regresó rodándola. Los curas levantaron al padre La Salle, lo pusieron sobre la carretilla y lo llevaron empujado el resto del trayecto por un camino lleno de baches. El rector del noviciado, que había sido médico antes de tomar los hábitos, limpió las heridas de los dos sacerdotes y los acostó entre sábanas limpias, y ellos agradecieron a Dios el cuidado recibido.
Hubo miles de personas que no contaron con la ayuda de nadie. La señorita Sasaki fue una de ellas. Abandonada y sin recursos bajo el crudo cobertizo del patio de la fábrica, junto a la mujer que había perdido un seno y al hombre cuya cara quemada apenas parecía una cara, pasó la noche sufriendo de dolor por su pierna rota. No durmió ni un instante; tampoco conversó con sus insomnes compañeros.
En el parque, la señora Murata mantuvo al padre Kleinsorge despierto toda la noche, hablándole.
Tampoco la familia Nakamura pudo dormir; los niños, a pesar de sentirse muy enfermos, se interesaban en todo lo que estaba ocurriendo. Les encantó que uno de los tanques de gas saltara en llamas con un tremendo estallido. Toshio, el niño, llamó a gritos a los demás para que se fijaran en el reflejo sobre el río.
El señor Tanimoto, después de su larga carrera y sus muchas horas de trabajos de rescate, dormitaba nerviosamente. Al despertar se dio cuenta, con las primeras luces del alba, de que la noche anterior no había llevado los cuerpos flojos y purulentos tan arriba como era necesario. La marea había subido hasta donde los había puesto; los heridos no habían tenido fuerzas para moverse; seguramente se habían ahogado. Podía ver varios cuerpos flotando en el río.
En la mañana del 7 de agosto, la radio japonesa emitió por primera vez un breve anuncio que llegaron a escuchar muy pocas de las personas interesadas en su contenido: los sobrevivientes de Hiroshima. «Hiroshima sufrió daños considerables como resultado de un ataque realizado por varios B-29. Se cree que un nuevo tipo de bomba fue utilizado. Los detalles están siendo investigados.»
Tampoco es probable que ninguno de los sobrevivientes se encontrara en sintonía cuando la onda corta transmitió un anuncio extraordinario del presidente de los Estados Unidos, que identificaba la nueva bomba como atómica. 
«Esa bomba tenía más potencia que veinte mil toneladas de TNT. Tenía más de dos mil veces la potencia del Grand Slam británico, la bomba más grande jamás usada en la historia de las guerras.» Las víctimas que eran aun capaces de preocuparse acerca de lo sucedido lo veían en términos bastante más primitivos e infantiles: gasolina rociada desde un avión, quizás, o algún gas combustible, o una bomba incendiaria de dispersión, o la labor de un paracaidista; pero incluso si hubieran conocido la verdad, casi todos estaban demasiado ocupados o demasiado cansados o demasiado heridos para que les importara haber sido objetos del primer gran experimento en el uso de la energía atómica, el cual (como lo anunciaba a gritos la onda corta) ningún país, salvo los Estados Unidos, con su saber industrial, su disposición a arrojar dos millones de dólares en una importante apuesta de guerra, habría podido desarrollar.
El señor Tanimoto todavía estaba enfadado con los doctores. Decidió encargarse personalmente de que alguno viniera al parque Asano, tirándolo del cuello si era necesario. Cruzó el río, pasó junto al templo Shinto en el cual se había encontrado brevemente con su esposa el día anterior, y caminó hasta la Plaza de Armas del Oriente. Pensó que aquí podría encontrar una estación de auxilio, puesto que el lugar había sido señalado con mucha anticipación como zona de refugio.
Encontró la estación: la operaba una unidad médica del Ejército. Pero también encontró que sus doctores estaban completamente sobrecargados, con miles de pacientes desparramados a lo largo del campo, entre cuerpos sin vida. Sin embargo, se aproximó a uno de los médicos militares y le dijo, en tono enfático de reproche: «Por qué no han venido ustedes al parque Asano? Los necesitan con urgencia». Sin siquiera levantar la cabeza de su trabajo, el doctor dijo, con voz cansada: «Mi estación esta aquí». «Pero la gente se está muriendo en la orilla del río.» «La primera obligación», dijo el doctor, «es ocuparse de los heridos más leves». «¿Por qué los más leves, cuando hay muchos gravemente heridos en la orilla?»
El doctor avanzó hacia otro paciente. «En una emergencia como ésta», dijo como si recitara de un manual, «la primera tarea es ayudar al mayor número posible, salvar tantas vidas como sea posible. Para los heridos graves no hay esperanzas. Morirán. No podemos preocuparnos por ellos».
«Eso puede ser cierto, desde un punto de vista médico», comenzó el señor Tanimoto. Pero entonces miró hacia el campo, donde los muchos muertos yacían en una especie de intimidad junto a los que aún vivían, y se dio la vuelta sin siquiera terminar su frase, enfadado consigo mismo. No sabía qué hacer; había prometido a algunos moribundos del parque que les llevaría ayuda médica. Tal vez morirían sintiéndose engañados. Vio un puesto de racionamiento a un lado del campo, y fue a pedir pasteles de arroz y galletas, y los llevó al parque en vez de doctores.
De nuevo era una mañana caliente. El padre Kleinsorge fue a buscar agua para los heridos con una botella y una tetera que había tomado prestadas. Había escuchado que era posible conseguir agua fresca fuera del parque Asano. Al atravesar los jardines, tuvo que escalar por encima y gatear por debajo de los pinos caídos; se sintió débil. Había muchos muertos en los jardines. Cerca de un hermoso puente de medialuna encontró a una mujer desnuda que parecía estar quemada de la cabeza a los pies, y todo su cuerpo estaba colorado. Un médico militar estaba trabajando cerca de la entrada del parque, pero no tenía más que yodo, y lo aplicaba sobre heridas, raspaduras, quemaduras pegajosas; y ahora todo lo que había cubierto con yodo aparecía lleno de pus. Del otro lado de las puertas del parque el padre Kleinsorge encontró un grifo que aún funcionaba —parte de la tubería de una casa desaparecida—, llenó sus recipientes y regresó.
Cuando hubo dado agua a los heridos, hizo un segundo viaje. Esta vez encontró a la mujer del puente muerta. Regresando con el agua se perdió en un desvío alrededor de un tronco caído, y al buscar el camino entre los árboles escuchó una voz que venía desde los arbustos y le preguntaba: «¿Tiene algo de beber?». El padre Kleinsorge vio un uniforme. Pensando que se trataba de solamente un soldado, se acercó con el agua. Cuando entró en los arbustos se dio cuenta de que había unos veinte hombres, todos en el mismo estado de pesadilla: sus caras completamente quemadas, las cuencas de sus ojos huecas, y el fluido de los ojos derretidos resbalando por sus mejillas. (Debieron de estar mirando hacia arriba cuando estalló la bomba; tal vez fueran personal antiaéreo.) Sus bocas no eran más que heridas hinchadas y cubiertas de pus, que no soportaban abrir lo necesario para recibir el pico de la tetera. Así que el padre Kleinsorge tomó una gruesa hoja de hierba y le sacó el tallo para hacer una pajita, y en esa forma les dio de beber. «No puedo ver», dijo uno de ellos. El padre Kleinsorge repuso tan alegremente como pudo: «Hay un doctor a la entrada del parque. Ahora está ocupado, pero pronto vendrá, y sin duda podrá ocuparse de sus ojos».

Desde ese día, el padre Kleinsorge ha recordado los mareos que sentía en presencia del dolor, la forma en que un corte en el dedo de otra persona y sin embargo allí, en el parque, estaba tan anestesiado que inmediatamente después de aquella horrible escena se detuvo en un sendero, cerca de una de las piscinas, y discutió con un hombre levemente herido acerca de la conveniencia de comerse una gruesa carpa de casi un metro de largo que flotaba muerta sobre el agua. Decidieron, después de ciertas consideraciones, que sería poco prudente.
El padre Kleinsorge llenó por tercera vez los contenedores y regresó a la orilla del río. Allí, entre muertos y moribundos, vio a una joven que intentaba arreglar con aguja e hilo su kimono rasgado. El padre Kleinsorge bromeó con ella. «Pero si eres una dandi», le dijo. Ella rió. Se sintió cansado y se recostó un instante. Comenzó a hablar con dos niños encantadores a quienes había conocido la tarde anterior. Su apellido era Kataoka; la niña tenía trece años, el niño cinco. La niña había estado a punto de partir hacia una barbería cuando cayó la bomba. Cuando la familia empezó a caminar hacia el parque Asano, la madre decidió devolverse a buscar algo de comida y ropa de recambio; en medio de la multitud que huía, los niños quedaron separados de su madre, y no la habían visto desde entonces. De vez en cuando se detenían, en medio de un juego perfectamente alegre, y se ponían a llorar por ella.
A todos los niños del parque les resultaba difícil mantener el sentido de tragedia. Toshio Nakamura se emocionó cuando vio a su amigo Seichi Sato montado en un bote con su familia, y corrió a la orilla y lo saludó y gritó: «¡Sato! ¡Sato!». El otro niño se dio vuelta y preguntó: «¿Quién está ahí?». «Nakamura.» «¡Hola, Toshio!» «¿Estáis todos a salvo?» «Sí. ¿Y vosotros?» «Sí, estamos bien. Mis hermanas vomitan todo el tiempo, pero yo estoy bien.»
En aquel calor terrible, el padre Kleinsorge comenzó a sentir sed, y no tenía ánimos para ir a buscar agua de nuevo. Poco antes del mediodía vio que una mujer japonesa repartía algo. Pronto llegó a donde él estaba y le dijo con voz amable: «Son hojas de té. Mastíquelas, joven, y se le pasará la sed». La gentileza de la mujer hizo que al padre Kleinsorge le dieran ganas de llorar. Durante semanas se había sentido oprimido por el odio que, cada vez más, los japoneses mostraban hacia los extranjeros, e incluso en compañía de sus amigos japoneses se había sentido incómodo. El gesto de la extraña lo hizo sentirse un poco nervioso.
Alrededor de las doce del día los sacerdotes del noviciado llegaron con la carretilla. Habían ido al terreno de la misión y recuperad o algunas maletas que estaban guardadas en el refugio antiaéreo, y habían recogido también los restos de cálices derretidos de entre las cenizas de la capilla. Ahora apilaron sobre la carretilla la maleta  del padre Kleinsorge, las pertenencias de la señora Murata y las de los Nakamuras, pusieron a las dos niñas Nakamura encima y se prepararon para partir. Entonces uno de los jesuitas, un hombre muy práctico, recordó que un tiempo atrás les habían notificado que si sufrían daños a la propiedad a manos del enemigo podían presentar una solicitud de compensación a la prefectura de policía. Los religiosos discutieron el asunto allí mismo, en medio del silencio de los heridos, y decidieron que sería el padre Kleinsorge, como antiguo residente de la misión destruida, quien presentaría la solicitud. Así que mientras los demás se iban con la carretilla el padre Kleinsorge se despidió de los niños Kataoka y empezó a caminar hacia una estación de policía. Los policías que estaban a cargo venían de otra ciudad, llevaban un uniforme impecable y tenían aspecto descansado. Una multitud de ciudadanos sucios y desesperados se agolpaba a su alrededor, la mayoría preguntando por familiares desaparecidos. El padre Kleinsorge llenó un formulario y empezó a caminar a través del centro de la ciudad, hacia Ngatsuka. Entonces se percató por primera vez de la magnitud del año; pasaba junto a manzana tras manzana de ruinas, y, a pesar de todo lo que había visto en el parque, la escena le quitó el aliento. Para cuando llegó al noviciado se sentía exhausto. Lo último que hizo al desplomarse sobre la cama fue pedir que alguien fuera en busca de los huérfanos Kataoka. En total, la señorita Sasaki permaneció dos días y dos noches bajo el trozo de tejado con la pierna rota y los dos desagradables acompañantes. Sólo lograba distraerse cuando grupos de hombres llegaban a los refugios antiaéreos de la fábrica —que ella alcanzaba a ver por debajo de una esquina de su refugio— y sacaban cuerpos de allí, arriándolos con sogas. Su pierna se puso descolorida, hinchada y pútrida. Todo este tiempo estuvo sin comida y sin agua. Al tercer día, 8 de agosto, unos amigos que la creyeron muerta vinieron a buscar su cuerpo, y la encontraron a ella. Le dijeron que su madre, su padre y su hermano pequeño, que al momento de la explosión se encontraban en el Hospital Pediátrico Tamura (en el cual el bebé estaba internado entonces), habían sido dados por muertos, puesto que el hospital había quedado completamente destruido.
Sus amigos la dejaron para que reflexionara sobre la noticia. Más tarde unos hombres la tomaron de brazos y piernas y la cargaron durante una distancia considerable para llevarla a un camión. El camión se movió sobre un camino lleno de baches durante cerca de una hora, y la señorita Sasaki, que había llegado a convencerse de haber quedado completamente insensible al dolor, descubrió lo contrario. Los hombres la sacaron del camión en una estación de ayuda de la sección de Inokuchi, donde dos médicos militares la examinaron. En cuanto uno de ellos le tocó la herida, se desmayó. Se despertó a tiempo para escucharlos discutir si debían o no cortarle la pierna; uno dijo que había gangrena gaseosa en los labios de la herida y predijo que la paciente
moriría si no amputaban, y el otro dijo que mala suerte, porque carecían de los instrumentos adecuados para la operación. Ella se desmayó de nuevo. Cuando recuperó la conciencia la llevaban a alguna parte sobre una camilla. La pusieron a bordo de una lancha en dirección de la isla vecina de Ninoshima, y allí la llevaron a un hospital militar. Otro doctor la examinó y dijo que ése no era un caso de
gangrena gaseosa, aunque sí había una fractura múltiple de mucho cuidado.
Dijo con frialdad que lo sentía mucho, pero aquél era un hospital para casos de cirugía exclusivamente, y, puesto que la paciente no tenía gangrena, tendría que regresar a Hiroshima esa misma noche. Pero entonces el doctor le tomó la temperatura, y lo que vio en el termómetro le hizo permitir que la paciente se quedara.
Ese día, 8 de agosto, el padre Cieslik fue a la ciudad para buscar al señor Fukai, el secretario japonés de la diócesis, que cuando la ciudad se quemaba había salido contra su voluntad sobre la espalda del padre Kleinsorge, y luego, en un acto de locura, había decidido regresar. El padre Cieslik comenzó la búsqueda en los alrededores del puente Sakai, donde los jesuitas habían visto al señor Fukai por última vez; fue a la Plaza de Armas del Oriente, la zona de evacuación a la cual habría podido dirigirse el secretario, y lo buscó entre los heridos y entre los muertos; fue a la prefectura de policía e indagó al respecto. No encontró rastro alguno del hombre. En la tarde, de regreso al noviciado, el estudiante de teología, que había compartido habitación con el señor Fukai en la misión, le dijo a los sacerdotes que poco antes de la bomba, durante una alarma de ataque aéreo, el secretario le había comentado: «El Japón se muere. Si llega a haber un bombardeo de verdad en Hiroshima, quiero morir con nuestra patria». Los sacerdotes concluyeron que el secretario había regresado a la ciudad para inmolarse entre sus llamas. Nunca lo volvieron a ver.
En el hospital de la Cruz Roja, el doctor Sasaki trabajó durante tres días seguidos con sólo una hora de sueño. El segundo día lo dedicó a coser las heridas más graves, y a través de la noche y durante el día siguiente las suturó. Muchas de las heridas se habían enconado. Afortunadamente, alguien había encontrado una provisión intacta de narucopon, un sedante japonés, y el doctor pudo repartirlo entre los más adoloridos. Empezó a correr el rumor dentro del personal del hospital de que había algo muy particular acerca de la gran bomba, porque al segundo día el subdirector del hospital bajó a la bóveda del sótano en la cual se conservaban las láminas de rayos X, y
las encontró en su lugar, pero ya expuestas. Ese día, un nuevo doctor y tres enfermeras llegaron desde la ciudad de Yamaguchi trayendo vendajes de repuesto antisépticos, y al tercer día otro médico y una docenta de en femeras llegaron desde Matsue, y aun así había solamente ocho doctores para diez mil pacientes.
En la tarde del tercer día, agotado por su repugnante labor de costura, el doctor Sasaki se obsesionó con la idea de que su madre lo creía muerto. Obtuvo permiso para ir a Mukaihara. Caminó hasta los primeros suburbios, donde el servicio de tren eléctrico todavía funcionaba, y llegó a casa tarde en la noche. Su madre dijo que durante todo el tiempo había sabido que él se encontraba bien; una enfermera herida la había visitado para contárselo. El doctor se acostó y durmió diecisiete horas.
Antes del amanecer del 8 de agosto, alguien entró en la habitación del noviciado donde el padre Kleinsorge descansaba, buscó la bombilla colgante y la encendió. La repentina ola de luz que se derramó sobre el padre Kleinsorge lo hizo saltar de la cama, listo para un nuevo estrépito. Cuando se dio cuenta de lo ocurrido, soltó una risa confusa y volvió a dormir. Se quedó en cama el resto del día.
El 9 de agosto el padre Kleinsorge aún estaba cansado. El rector le dio una mirada a sus heridas y dijo que ni siquiera valía la pena vendarlas, y que sanarían en tres o cuatro días si el padre Kleinsorge las mantenía limpias. El padre Kleinsorge se sentía incómodo; todavía no lograba comprender aquello por lo que había pasado; como si fuera culpable de algo terrible, sintió que debía regresar a la escena de la violencia que había experimentado. Salió de la cama y caminó hacia la ciudad. Estuvo un rato excavando en las ruinas de la misión, pero no encontró nada. Fue a los terrenos donde antes había dos escuelas y preguntó por gente que conocía. Buscó a algunos de los japoneses católicos de la ciudad, pero sólo encontró casas caídas. Regresó al noviciado, estupefacto y sin comprender nada nuevo.
Dos minutos después de las once de la mañana del 9 de agosto, la segunda bomba atómica cayó, esta vez sobre Nagasaki. Pasaron varios días antes de que los sobrevivientes de Hiroshima se enteraran de que tenían compañía, porque la radio y los diarios japoneses eran extremadamente cautelosos en lo tocante a aquella extraña arma.
El 9 de agosto, el señor Tanimoto estaba todavía trabajan do en el parque. Fue al suburbio de Ushida, donde su esposa se estaba quedando en casa de amigos, y tomó una tienda de campaña que había guardado allí antes de los bombardeos. La llevó al parque y la usó como refugio para los heridos que no podían ni desplazarse ni ser desplazados. Hiciera lo que hiciera en el parque, no dejaba de sentirse observado por la señora Kamai, la muchacha de veinte años que había sido su vecina y a quien había visto el día de la explosión de la bomba con su niño muerto en brazos. La señora Kamai había conservado el cuerpo muerto durante cuatro días, aunque al segundo día comenzara a oler mal. Una vez, el señor Tanimoto se sentó con ella, y ella le dijo que la bomba la había enterrado bajo su casa con el niño amarrado a su espalda con una correa, y cuando ella logró liberarse descubrió que el bebé tenía la boca llena de tierra y se ahogaba. Con su dedo pequeño limpió cuidadosamente la boca del niño, y logró que respirara bien durante un tiempo; entonces, de repente, el niño murió. La señora Kamai hablaba también del buen hombre que había sido su marido, y le rogaba al señor Tanimoto que fuera en su búsqueda. Puesto que el señor Tanimoto había recorrido toda la ciudad el primer día y había visto a soldados del cuartel de Kamai con quemaduras terribles, sabía que sería imposible encontrarlo, incluso si viviera; pero, por supuesto, no se lo dijo.
Y cada vez que la mujer veía a Tanimoto le preguntaba si había encontrado a su marido. Una vez él trató de sugerir que quizá fuera tiempo de cremar al bebé, pero sólo logró que la señora Kamai se agarrara a él con más fuerza. Él empezó a alejarse de
ella, pero cada vez que la miraba, ella lo estaba mirando a él, y sus ojos repetían la misma pregunta. Él intentó evitar su mirada dándole la espalda el mayor tiempo posible.
Los jesuitas llevaron a unos cincuenta refugiados a la exquisita capilla del noviciado. El rector les ofreció todo el cuidado médico de que era capaz, que consistía simplemente, en la mayoría de los casos, en limpiar el pus de las heridas. A cada uno de los Nakamura se le entregó una cobija y un mosquitero. La señora Nakamura y su hija más joven no tenían apetito, y no comieron nada; el hijo y la otra hija comieron —y vomitaron— todo lo que se les dio. El 10 de agosto, una amiga, la señora Osaki, vino a verlos para decirles que su hijo Hideo se había quemado vivo en la fábrica donde trabajaba. Hideo había sido una especie de héroe para Toshio, que lo había acompañado a la planta varias veces para verlo manipular su máquina. Esa noche, Toshio despertó gritando. Había soñado que veía a la señora Osaka salir con su familia de una apertura en la tierra, y luego vio a Hideo en su máquina, un aparato grande con un cinturón giratorio; él mismo se encontraba junto a Hideo y esto, por alguna razón, lo aterrorizaba.
Alguien le contó al padre Kleinsorge que el doctor Fujii había resultado herido, y había acabado por irse a la casa de verano de un amigo de nombre Okuma, en el pueblo de Fukawa. El 10 de agosto, el padre Kleinsorge pidió al padre Cieslik que fuese a ver cómo estaba el doctor Fujii. El padre Cieslik fue a la estación de Misasa, en las afueras de Hiroshima, viajó durante veinte minutos en un tren eléctrico y luego caminó una hora y media bajo un sol terrible hasta llegar a la casa del señor Okuma, que estaba al pie de una montaña, junto al río Ota. Encontró al doctor Fujii en kimono, sentado en una silla y aplicándose compresas en la clavícula rota. El doctor le contó al padre Cieslik acerca de la pérdida de sus lentes y dijo que los ojos empezaban a molestarle. Le mostró al cura las franjas azules y verdes de las partes de su cuerpo donde las vigas lo habían magullado. Le ofreció al jesuita un cigarrillo primero y un whisky después,
aunque fueran tan sólo las once de la mañana. El padre Cieslik aceptó, porque pensó que eso satisfaría al doctor Fujii. Un sirviente trajo un poco de whisky Suntory, y el jesuita, el doctor y el anfitrión tuvieron una agradable conversación. El señor Okuma había vivido en Hawai y contó algunas cosas acerca de los norteamericanos. El doctor Fujii habló un poco del desastre.
Dijo que el señor Okuma y una enfermera habían traído de las ruinas del hospital una caja fuerte que el doctor había guardado en su refugio. La caja contenía instrumentos de cirugía, y el doctor Fujii le dio al padre Cieslik un par de tijeras y unas pinzas para el rector del noviciado. El padre Cieslik se moría por hablar de una información que tenía, pero esperó a que la conversación llegara naturalmente al tema misterioso de la bomba. Entonces dijo saber de qué tipo de bomba se trataba; había recibido el dato de la mejor fuente: un periodista japonés que había llegado al noviciado. La bomba, dijo, no era para nada una bomba; era una especie de fino polvo de magnesio que habían rociado sobre la ciudad entera, y que explotaba al entrar en contacto con los cables de alta tensión del sistema eléctrico de la ciudad. «Eso quiere decir», dijo el doctor Fujii —perfectamente satisfecho, pues la información venía de un periodista—, «que sólo puede ser usada contra ciudades grandes y sólo durante el día, cuando las líneas del tranvía y esas cosas están funcionando».
El 11 de agosto, después de cinco días de ocuparse de los heridos en el parque, el señor Tanimoto regresó a su parroquia y se puso a escarbar en las ruinas. Recuperó algunos diarios y registros de la iglesia que se llevaban en libros y que apenas se habían quemado levemente en los bordes, y también algunos utensilios de cocina y piezas de cerámica. Mientras trabajaba se le acercó una señora Tanaka cuyo padre había estado preguntando por él. El señor Tanimoto tenía buenas razones para odiar a ese hombre:
era un oficial retirado de una compañía transportadora que solía hacer ostentación de su caridad al tiempo que se comportaba de forma notoriamente egoísta y cruel, y que días antes de la bomba había acusado en público al señor Tanimoto de ser un espía de los norteamericanos.
Varias veces había ridiculizado el cristianismo y lo había llamado antijaponés. Cuando cayó la bomba, el señor Tanaka se encontraba caminando frente a la estación de radio
de la ciudad. Recibió serias quemaduras, pero fue capaz de llegar andando a su casa. Se refugió en la Asociaciónde Vecinos y una vez allí trató de obtener ayuda médica. Estaba seguro de que todos los doctores de Hiroshima vendrían a verlo: después de todo, él era un hombre rico, y famoso por regalar su dinero a diestra y siniestra. Cuando no vino nadie, él mismo salió a buscar ayuda; apoyado en el brazo de su hija, caminó de hospital privado en hospital privado, pero todos estaban en ruinas, y tuvo que regresar al refugio. Ahora estaba muy débil, sabía que iba a morir. Estaba dispuesto a que cualquier religión lo consolara.
El señor Tanimoto acudió en su ayuda. Bajó a aquel refugio parecido a una tumba y, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio al señor Tanaka, su cara y sus brazos inflados y cubiertos de sangre y pus, y sus ojos cerrados por la hinchazón. El viejo olía muy mal y se quejaba constantemente. Pareció reconocer la voz del señor Tanimoto. De pie en las escaleras del refugio, donde había un poco de luz, el señor Tanimoto leyó en voz alta un pasaje de una Biblia de bolsillo en japonés: «Pues mil años en Tu presencia son como el ayer cuando han pasado, como un centinela en la noche. Te llevas a los hijos de los hombres como un diluvio; ellos son como el sueño; en la mañana son como la verde hierba que crece. En la mañana florece y crece; en la tarde es cortada, y se marchita. Pues Tu ira nos consume y por Tu ira nos inquietamos. Ante Ti has llevado nuestras iniquidades; ante la luz de Tu rostro, nuestros pecados secretos. Pues en Tu ira pasan nuestros días todos: vivimos nuestros años como un cuento...». El señor Tanaka murió mientras Tanimoto leía el salmo.
El 11 de agosto corrió un rumor en el Hospital Militar de Ninoshima. En el curso del día, un gran número de heridos militares llegaría a la isla desde los Cuarteles Generales del Ejército Regional en Chugoku, y sería preciso desalojar a todos los pacientes civiles. A la señorita Sasaki la pusieron en un barco aunque tuviera todavía una fiebre alarmante, y ahora yacía sobre la cubierta con una almohada bajo la pierna. Había toldos en la cubierta, pero el curso de la nave la puso de cara al sol. Sintió como si hubiera, entre ella y el sol, una lente de aumento. Su herida rezumaba pus, y pronto la almohada entera quedó cubierta. Desembarcó en Hatsukaichi, un pueblo varios kilómetros al sureste de Hiroshima, y fue llevada a la Escuela Primaria de Nuestra Señora de la Caridad, que había sido transformada en hospital. Allí se quedó durante varios días, hasta que un especialista en fracturas vino a verla desde Kobe. Para entonces, su pierna estaba roja e hinchada hasta la cadera. El doctor decidió que era imposible inmovilizarla. Hizo una incisión e instaló un tubo de caucho para drenar la infección.
En el noviciado no había quién consolara a los huérfanos Kataoka. El padre Ceislik se esforzaba en distraerlos. Les hacía adivinanzas: «¿Cuál es el animal más listo del mundo?», y después de que la niña de trece años hubiera dicho el mono, el elefante y el caballo, el padre decía: «No, es el hipopótamo», puesto que en japonés su nombre es kaba, que al revés es baka, «estúpido». Les contó historias de la Biblia, comenzando con la Creación. Les mostró un álbum de recortes con fotos tomadas en Europa. Y sin embargo los niños no dejaban de llorar por su madre.
Varios días después, el padre Cieslik comenzó a buscar a la familia de los niños. Se enteró por la policía de que un tío había estado averiguando su paradero en Kure, una ciudad no lejos de allí. Después supo que un hermano mayor los había estado rastreando a través de la oficina de correos en Ujina, un suburbio de Hiroshima.
Más tarde escuchó que la madre vivía y estaba en la isla de Goto, cerca de Nagasaki. Y por último, consultando periódicamente con la oficina de correos de Ujina, pudo contactar al hermano y devolver los niños a su madre.
Cerca de una semana después de que cayera la bomba, un rumor vago e incomprensible llegó a Hiroshima: la ciudad había sido destruida por la energía que se libera cuando los átomos, de alguna manera, se parten en dos. Estos informes, transmitidos de boca en boca, se referían al arma con el término genshi bakudan, cuyas raíces pueden describirse como «bomba primogénita». Nadie entendió la idea, ni le dio más crédito del que se le daba al polvo de magnesio, por ejemplo. Los diarios que se traían de otras ciudades seguían ateniéndose a declaraciones extremadamente generales como la que hizo Domei el 12 de agosto: «No podemos más que reconocer el tremendo poder de esta bomba inhumana». Para este momento, físicos japoneses habían entrado en la ciudad con electroscopios Lauritsn y electrómetros Neher; habían entendido la idea perfectamente.
El 12 de agosto los Nakamura, aún bastante enfermos, viajaron al pueblo vecino de Kobe, y se alojaron en casa de la cuñada de la señora Nakamura. Al día siguiente la señora Nakamura regresó a Hiroshima, a pesar de encontrarse demasiado enferma para caminar; llegó en tranvía a los alrededores; desde ahí, continuó a pie. Durante la semana en el noviciado no había dejado de preocuparse por su madre, su hermano y su hermana mayor, que vivían en la parte de la ciudad llamada Fukuro; además sentía una especie de fascinación, tal como la había sentido el padre Kleinsorge. Descubrió que toda su familia había muerto. Regresó a Kabe tan asombrada y deprimida por lo que había visto y oído en la ciudad, que no dijo ni una palabra esa tarde.
Un orden relativo se fue estableciendo en el hospital de la Cruz Roja. El doctor Sasaki regresó de su descanso y empezó a clasificar a sus pacientes (que todavía se encontraban dispersos por todas partes, incluso en las escaleras). Poco a poco el personal del hospital barrió los escombros. Lo mejor de todo fue que las enfermeras y los ayudantes empezaron a retirar los cadáveres. El problema de los muertos, de darles una cremación decente y de su conservación ritual, es para un japonés una responsabilidad moral más importante que el cuidado de los vivos. La mayoría
de los muertos del primer día fueron identificados por sus familiares dentro del hospital y en los alrededores. A partir del segundo día, cuando un paciente se encontraba moribundo se le ataba a la ropa una etiqueta con su nombre. La cuadrilla encargada de los cadáveres los llevaba a un claro de las afueras, los ponía sobre piras hechas con la madera de las casas destruidas, los quemaba, repartía las cenizas en sobres para placas de rayos X, marcaba los sobres con el nombre del muerto y los apilaba, ordenada y respetuosamente, en la oficina principal. En pocos días, las columnas de sobres cubrieron un lado entero del improvisado templo.
En Kabe, la mañana del 15 de agosto, el niño Toshio Nakamura escuchó que un avión se acercaba. Salió corriendo y con ojo experto lo identificó: era un B-2 9. «¡Ahí va el señor B!», exclamó. Uno de sus parientes le gritó: «¿Es que no te cansas de señores B?». En la pregunta había un cierto simbolismo. En ese mismo instante, la voz sosa y desanimada de Hirohito, el emperador Tenno, hablaba a través de la radio por primera vez en la historia. «Tras considerar profundamente las tendencias generales de este mundo y las condiciones actuales de nuestro imperio, hemos decidido liquidar la presente situación recurriendo a una medida extraordinaria...»
La señora Nakamura había vuelto a la ciudad para recuperar un poco de arroz que había enterrado en el refugio de su Asociación de Vecinos. Lo encontró y emprendió el camino de vuelta a Kabe. En el tranvía se topó, por casualidad, con su hermana menor, que el día de la bomba estaba fuera de Hiroshima. «Has oído las noticias?», preguntó su hermana. «Qué noticias?» «La guerra ha terminado.» «No digas tonterías.» «Pero si
yo misma lo escuché en la radio.» Y luego, en susurros: «Era la voz del Emperador».
«Ah», dijo la señora Nakamura (nada más necesitaba para renunciar a la posibilidad de que Japón ganara la guerra, a pesar de la bomba atómica), «en ese caso...».
Poco después, en carta a un norteamericano, el señor Tanimoto describió los eventos de esa mañana. «Al momento de después de la guerra, ocurrió la cosa más maravillosa en nuestra historia. Nuestro Emperador transmitió su propia voz por radio, para que la escucháramos nosotros, la gente común y corriente de Japón. El 15 de agosto nos dijeron que escucharíamos una noticia de gran importancia y que todos deberíamos escucharla. Entonces fui a la estación de trenes de Hiroshima. Allí habían puesto un altavoz en las ruinas de la estación.
Muchos civiles, todos ellos estaban con vendados, algunos de ellos ayudados por hombros de hijas, algunos sostienen pies heridos con palos, escucharon la transmisión y cuando se dieron cuenta de que era el Emperador, lloraron con los ojos llenos de lágrimas. ‘Qué bendición es que Tenno en persona nos hable y oigamos su propia voz. Nos sentimos plenamente satisfechos en tal sacrificio.’ Cuando supieron que la guerra había terminado, o sea que Japón había sido derrotado, ellos, por supuesto, sintieron desilusión profunda, pero siguieron los preceptos de su emperador con el espíritu en calma, haciendo sacrificios de todo corazón para la paz del mundo, y Japón comenzó un camino nuevo.»


IV
MATRICARIA Y MIJO SALVAJE

El 18 de agosto, doce días después de que estalló la bomba, el padre Kleinsorge partió a pie desde el noviciado hacia Hiroshima, con su maleta de papier-mâché* en la mano. Había llegado a pensar que esta maleta, en la cual había guardado sus objetos de valor, tenía cualidades de talismán debido a la forma en que la había encontrado el día de la explosión: con la manija hacia arriba y como parada en la entrada de su habitación, mientras el escritorio bajo el cual la había escondido estaba hecho astillas y desparramado por el piso. Ahora la usaba para llevar los yenes de la Compañía de Jesús a la sucursal en Hiroshima del Banco de la Moneda de Yokohama, que ya había vuelto a abrir las puertas de su derruido edificio. Era cierto que los cortes menores que había sufrido no sanaron en tres o cuatro días, como tan decididamente había prometido, después de examinarlas, el rector del noviciado, pero el padre Kleinsorge se había tomado una semana de descanso y consideraba que ya estaba de nuevo listo para trabajar duro. Ya se había acostumbrado a las escenas terribles que tenía que atravesar de camino a la ciudad: las franjas marrones sobre el gran campo de arroz cerca del noviciado; las casas de las afueras, todavía en pie pero decrépitas, sus ventanas rotas y sus baldosas alborotadas; y luego, de repente, el comienzo de los seis kilómetros cuadrados de cicatriz entre rojiza y marrón donde casi todo había sido
quemado o destruido: línea tras línea de manzanas destruidas con crudos letreros puestos aquí y allá, sobre pilas de ladrillo y cenizas («Hermana, ¿dónde estás?», o «Todos a salvo y viviendo en Toyosaka»); árboles desnudos y postes de teléfono inclinados; escasos edificios, de pie pero destripados, que acentuaban la horizontalidad de lo demás (el Museo de la Ciencia y de la Industria, con su domo reducido a su marco de acero, como dispuesto para una autopsia; el moderno edificio de la Cámara de Comercio, cuya torre permanecía, después de la explosión, tan fría, rígida e inexpugnable como antes; el Ayuntamiento, inmenso, bajo y camuflado; la hilera de bancos desagraciados, caricatura de una economía conmocionada); y en las calles, un tráfico macabro: cientos de bicicletas abolladas, carrocerías de tranvías y automóviles, todos detenidos en pleno movimiento. Durante el camino el padre Kleinsorge pensó que todo aquel daño había sido causado en un instante y por una bomba. Para cuando llegó al centro de la ciudad, el día se había calentado mucho. Se dirigió al banco Yokohama, que funcionaba temporalmente en una cabaña de madera en la planta baja del edificio, depositó el dinero, pasó por la misión sólo para ver los destrozos de nuevo, y luego regresó al noviciado. A medio camino empezó a tener sensaciones curiosas. La maleta más o menos mágica ahora estaba vacía, pero parecía más pesada. El padre sentía debilidad en las rodillas. Estaba terriblemente cansado. Alcanzó a llegar al noviciado haciendo un gasto de energía considerable. No pensó que valiera la pena mencionar su debilidad a los demás jesuitas.
Pero un par de días después, mientras intentaba dar la misa, sufrió un desmayo; e incluso después de tres intentos se sintió incapaz de continuar el servicio. A la mañana siguiente el rector, que había examinado cada día los cortes aparentemente desdeñables (pero que todavía no sanaban) del padre Kleinsorge, le dijo: «¿Qué se ha hecho en sus heridas?». De repente, se habían abierto y estaban inflamadas.
La mañana del 20 de agosto, mientras se vestía en casa de su cuñada en Kabe la señora Nakamura —que no había sufrido corte ni quemadura alguno, aunque había sentido náuseas durante toda la semana en que ella y sus niños fueron huéspedes del padre Kleinsorge y los otros católicos del noviciado— notó al peinarse que el cepillo se llevaba un manojo entero de pelo; la segunda vez, ocurrió lo mismo, así que de inmediato dejó de peinarse. Pero durante los tres o cuatro días que siguieron, su pelo siguió cayéndose solo, hasta que se quedó casi calva. Comenzó a vivir dentro de la casa, prácticamente  escondida. El 26 de agosto, tanto ella como su hija Myeko se despertaron sintiéndose débiles y muy cansadas, y se quedaron en cama. Su hijo y su otra hija, que habían compartido con ella todo lo ocurrido durante y después de la bomba, se sentían perfectamente.
Casi al mismo tiempo —había trabajado tan duro para construir un lugar temporal de culto en una casa alquilada de las afueras, que había perdido por completo la noción de los días—, el señor Tanimoto cayó repentinamente enfermo: sentía malestar general, cansancio y fiebre; y también él prefirió quedarse en su estera, sobre el suelo de la casa semidestruida de un amigo en el suburbio de Ushida. Ninguno de los cuatro lo sabía entonces, pero comenzaba a afectarlos la extraña y caprichosa enfermedad que después sería conocida como radiotoxemia.
La señorita Sasaki yacía en medio de constantes dolores en la Escuela Primaria de Nuestra Señora de la Caridad, en Hatsukaichi, la cuarta estación en tren eléctrico al suroeste de Hiroshima. Una infección interna impedía aún la debida manipulación de la fractura múltiple de su pierna izquierda. Un joven que estaba en el mismo hospital y que parecía haberse encariñado con ella a pesar de su incesante preocupación con su propio sufrimiento —o era simplemente que le tenía lástima—, le prestó una traducción japonesa de Maupassant, y ella trató de leer los relatos, pero sólo lograba concentrarse durante cuatro o cinco minutos seguidos.
Durante las primeras semanas después de la bomba, los hospitales y las estaciones de ayuda alrededor de Hiroshima estuvieron tan atestados —y su personal, dependiendo de su salud y de la llegada imprevisible de ayuda externa, cambió con tanta frecuencia—, que los pacientes eran trasladados constantemente de un lado al otro. La señorita Sasaki, que ya había sido trasladada tres veces —dos de ellas por barco—, fue llevada a finales de agosto a una escuela de ingeniería, también en Hatsukaichi. Puesto que su pierna no mejoraba, sino que se inflamaba más y más, los doctores de la escuela la envolvieron con tablillas ordinarias, y el 9 de septiembre la llevaron en coche al hospital de la Cruz Roja en Hiroshima. Por primera vez podía ver las ruinas de Hiroshima; la última vez que la habían llevado por las calles de la ciudad, la señorita Sasaki había estado al borde de la inconsciencia. Aunque le habían descrito los destrozos, y aunque todavía la atormentaba el dolor, la vista la sorprendió y la aterrorizó, y en particular notó algo que le causó escalofríos. Cubriéndolo todo —sobre los restos de la ciudad, las alcantarillas y las orillas de los ríos, enredado con baldosas y tejas de estaño, sobre los troncos carbonizados de los árboles— había una cobija de un verde fresco, vívido, lozano, optimista; el verdor se levantaba incluso de los cimientos de casas en ruinas. La hierba ya escondía las cenizas, y entre los huesos de la ciudad florecían flores silvestres. La bomba no sólo había dejado intactos los órganos
subterráneos de las plantas; los había estimulado. Por todas partes había violetas y bayonetas, sarrión, campanillas y lirios, flores de soya, verdolagas y bardanas y sésamo y matricaria y mijo salvaje. En un círculo del centro, especialmente, había un caso extraordinario de regeneración: la brusquilla no sólo florecía entre los restos carbonizados de la misma planta sino que se abría paso en nuevos lugares, entre ladrillos y a través de las grietas del asfalto. Parecía como si una carga de semillas de brusquilla hubiera sido arrojada junto con la bomba.
En el hospital de la Cruz Roja, la señorita Sasaki fue puesta al cuidado del doctor Sasaki. Ahora que había pasado un mes después de la explosión, un cierto orden se había restablecido en el hospital: los pacientes que todavía yacían en el corredor tenían ahora esterillas para dormir, y el suministro de medicamentos, que se había agotado en los primeros días, había sido reemplazado —si bien de forma inadecuada— por contribuciones de otras ciudades. El doctor Sasaki, que la tercera noche había dormido diecisiete horas en su casa, había descansado desde entonces seis horas por noche, y eso sobre una estera y en el hospital; su pequeño cuerpo había perdido nueve kilos; todavía usaba las gafas prestadas.
Puesto que la señorita Sasaki era una dama y además estaba tan enferma (y, según aceptó después el doctor, puesto que su apellido era Sasaki), el doctor Sasaki la acomodó sobre una estera en una habitación semiprivada que en ese momento sólo albergaba a ocho personas más. La entrevistó y escribió su informe con el alemán correcto y apretado en que los escribía todos: anotando que se trataba de una paciente de talla mediana en buena condición general; que tenía una fractura múltiple en la tibia izquierda con inflamación de la parte inferior de la pierna izquierda; que su piel y sus membranas mucosas visibles estaban bastante afectadas de petechiae, hemorragias del tamaño de un grano de arroz o incluso tan grandes como uno de soya; que su cabeza, ojos, garganta, pulmones y corazón se encontraban en estado normal; y que tenía fiebre. Quería acomodar su fractura y enyesar su pierna, pero el yeso de París se le había acabado tiempo atrás, así que simplemente la acostó sobre una estera y le recetó aspirina para la fiebre, y glucosa intravenosa y diastasa oral para su desnutrición (que el doctor no anotó en el registro médico porque todo el mundo la sufría). La señorita Sasaki exhibía solamente uno de los síntomas extraños que tantos de sus pacientes comenzaban a mostrar: las manchas de hemorragia.
Al doctor Fujii aún lo perseguía la mala suerte, y esa mala suerte aún estaba relacionada con los ríos. Ahora vivía en la casa de verano del señor Okuma, en Fukawa. Esta casa se aferraba a los empinados bancos del río Ota. Aquí, sus heridas parecieron mejorar, y llegó incluso a tratar a refugiados del vecindario con provisiones médicas que había rescatado de un alijo suburbano. Notó en sus pacientes un curioso síndrome que surgió durante la tercera y la cuarta semana, pero poco pudo hacer más que vendar cortes y quemaduras. A principios de septiembre comenzó a llover constante, copiosamente. El río creció. El 9 de septiembre cayó un aguacero y luego hubo un tifón, y el agua subía más y más sobre el banco del río. El señor Okuma y el doctor Fujii se preocuparon y escalaron la montaña hasta llegar a la casa de un campesino. (Abajo, en Hiroshima, la inundación continuó el trabajo que la bomba había comenzado —barrió con puentes que habían sobrevivido a la explosión, minó los cimientos de los edificios que se mantuvieron en pie —y dieciséis kilómetros al oeste, el Hospital Militar Ono, donde un equipo de expertos de la Universidad Imperial de Kyoto estudiaba las afecciones retardadas de los pacientes, resbaló de repente por una hermosa ladera cubierta de pinos y fue a caer al mar Interior, y la mayoría de los investigadores se ahogaron junto con aquellos pacientes misteriosamente enfermos.) Tras la tormenta, el doctor Fujii y el señor Okuma bajaron al río y encontraron que la casa de los Okuma había desaparecido por completo.
A causa de los repentinos malestares que habían comenzado a afectar a la gente casi un mes después de la bomba, un rumor desagradable comenzó a circular, y no tardó en llegar a la casa de Kabe donde la señora Nakamura yacía calva y enferma. El rumor decía que la bomba atómica había depositado en Hiroshima una especie de veneno que despediría emanaciones mortíferas durante siete años; en ese tiempo, nadie debía acercarse al lugar. Esto disgustó particularmente a la señora Nakamura: recordó que la mañana de la bomba, en un momento de confusión, había hundido el que era su único medio de subsistencia, su máquina de coser Sankoku, en un pequeño tanque de cemento frente a los restos de su casa; ahora nadie podría ir a pescarla. Hasta este momento, la señora Nakamura y sus familiares habían mantenido una posición resignada y pasiva frente a la cuestión moral de la bomba, pero este rumor despertó en ellos más odio, más resentimiento contra los Estados Unidos del que habían sentido durante la guerra.
Físicos japoneses que conocían bien el tema de la fisión atómica (uno de ellos tenía un ciclotrón propio) se mostraban muy preocupados acerca de la radiación persistente en Hiroshima, y a mediados de agosto, poco después de que el presidente Truman reveló el tipo de bomba que se había arrojado, entraron a la ciudad para investigar. Lo primero que hicieron fue determinara grandes rasgos un centro de impacto, con base en la inclinación de los postes de teléfono alrededor del corazón de la ciudad. Se decidieron por la puerta toril del templo Gokoku, justo al lado de la plaza de armas de los Cuarteles Generales del Ejército Regional de Chugoku. Desde allí recorrieron la ciudad de norte a sur con electroscopios Lauritsen, que son sensibles tanto a partículas beta como a rayos gamma. Los electroscopios indicaban que la mayor intensidad de radioactividad se daba cerca del toril, y era 4.2 veces mayor que el «escape» promedio de ondas ultracortas en la tierra de esa zona. Los científicos notaron que el resplandor de la bomba había decolorado el concreto hasta dejarlo de un rojo claro, había escamado la superficie del granito y chamuscado otros tipos de material de construcción, y en algunos lugares la bomba había dejado marcas correspondientes a las sombras de las formas que su luz había iluminado. Los expertos encontraron, por ejemplo, una sombra permanente proyectada sobre el techo de la Cámara de Comercio (a 200 metros del centro aproximado) por la torre rectangular de esa misma estructura; encontraron varias otras en el puesto de observación, en el último piso del edificio de la Electrificadora Chugoku; otra más proyectada por la manija de una bomba de gas (2.400 metros); y varias más sobre tumbas de granito en el templo Gokoku 350 metros). Triangulando éstas y otras sombras con respecto a los objetos que las causaron, los científicos determinaron que el centro exacto era un punto ciento cincuenta metros al sur del toril y pocos metros al sureste de la pila de ruinas que alguna vez había sido el Hospital Shima.
(Algunas siluetas vagamente humanas fueron encontradas, y esto dio origen a leyendas que eventualmente llegaron a incluir detalles imaginativos y precisos. Una de las historias contaba que un pintor subido en su escalera había sido perpetuado, como monumento de bajorrelieve, en el acto de mojar su brocha en el bote de pintura, sobre la fachada de piedra del banco que pintaba; otra, que en el centro de la explosión, sobre el puente que hay cerca del Museo de la Ciencia y la Industria, un hombre y su carruaje habían sido proyectados en forma de una sombra repujada que revelaba que el hombre había estado a punto de azotar a su caballo.)
Partiendo desde el centro hacia este y oeste, los científicos realizaron nuevas mediciones a principios de septiembre, y la radiación más alta que descubrieron esta vez era 3.9 veces superior al «escape» natural. Puesto que sería necesaria una radiación mil veces superior al «escape» natural para afectar seriamente al cuerpo humano, los científicos anunciaron que la gente podía regresar a Hiroshima sin peligro de ningún tipo.
Tan pronto como estas palabras tranquilizadoras llegaron a la casa en que se escondía la señora Nakamura (o en cualquier caso poco después de que su pelo comenzó a crecer de nuevo) su familia redujo su odio extremo contra los Estados Unidos, y la señora Nakamura mandó a su cuñado a buscar la máquina de coser. La encontró sumergida aún en el tanque de agua, y cuando la trajo a casa la señora Nakamura vio, para su gran disgusto, que estaba completamente oxidada e inservible.
Hacia fines de la primera semana de septiembre, el padre Kleinsorge se encontraba en cama en el noviciado, afectado por una fiebre de 39º, y, puesto que parecía estar empeorando, sus colegas decidieron mandarlo al Hospital Católico Internacional de Tokio. El padre Cieslik y el rector lo llevaron hasta Kobe y un jesuita de la localidad lo acompañó el resto del camino con un mensaje de un doctor de Kobe para la Madre Superiora del Hospital Internacional: «Piénselo bien antes de darle a este hombre
transfusiones sanguíneas, porque no tenemos ninguna certeza de que los pacientes de la bomba atómica dejen de sangrar después de ser pinchados con una jeringa».
Cuando el padre Kleinsorge llegó al hospital, estaba pálido y terriblemente tembloroso. Se quejaba de que la bomba había alterado su digestión y le había provocado dolores abdominales. Su cuenta de glóbulos blancos era tres mil (lo normal es tener de cinco a siete mil), estaba seriamente anémico y la temperatura le había subido a 40º—Vino a verlo un doctor que no sabía demasiado acerca de estas extrañas manifestaciones —el padre 
Kleinsorge era apenas uno entre un puñado de pacientes de la bomba atómica que habían llegado hasta Tokio—, y frente al paciente se mostró muy optimista: «En dos semanas saldrá de aquí», le dijo. Pero al salir al corredor, le dijo a la madre superiora: «Morirá. Toda esta gente de la bomba muere, ya verá. Resisten un par de semanas y luego mueren».
El doctor prescribió sobrealimentación para el padre Kleinsorge. Cada tres horas lo obligaban a recibir huevos o carne en líquido, y le daban toda el azúcar que pudiera soportar. Le dieron vitaminas, pastillas de hierro y arsénico (en solución de Fowler) para la anemia.
El padre contrarió las dos predicciones del médico: ni murió ni salió en dos semanas. A pesar de que el mensaje del doctor de Kobe lo privó de transfusiones —que hubieran sido la terapia más útil de todas—, la fiebre y los problemas digestivos sanaron rápidamente. Su cuenta de glóbulos blancos subió durante un tiempo, pero a principios de octubre volvió a bajar a 3.600; entonces, en espacio de diez días, subió a más de lo normal, 8.800, para establecerse después en 5.800. Sus ridículos rasguños seguían desconcertando a todo el mundo. Sanaban durante unos días, y luego, cuando el padre se movía un poco, volvían a abrirse. Tan pronto como comenzó a sentirse un poco mejor, el padre disfrutó inmensamente. En Hiroshima no había sido más que uno
entre miles de afectados; en Tokio era una curiosidad. Médicos del Ejército norteamericano venían por docenas para verlo. Expertos japoneses lo interrogaban. Un diario lo entrevistó. Y una vez vino a verlo el doctor que se había equivocado, le dio un apretón de manos y dijo: «Es desconcertante, esta gente de la bomba atómica».
La señora Nakamura se mantenía con Myeko dentro de su casa. Las dos seguían enfermas, y aunque la señora Nakamura vagamente intuía que su malestar era consecuencia de la bomba, era demasiado pobre para consultar a un doctor, y nunca llegó a saber cuál era exactamente el problema. Sin recibir tratamiento de ningún tipo, simplemente descansando, poco a poco se empezaron a sentir mejor. Myeko perdió un poco de pelo y una herida pequeña que tenía en el brazo tardó meses en sanar. El niño, Toshio, y la niña mayor, Yaeko, parecían encontrarse bastante bien, aunque también ellos habían perdido un poco de pelo y sufrían de vez en cuando de fuertes dolores de cabeza. Toshio todavía tenía pesadillas: soñaba siempre con Hideo Osaki, el mecánico de diecinueve años, su héroe, a quien la bomba había matado.
Acostado y con 40º de fiebre, el señor Tanimoto no dejaba de preocuparse por todos los funerales que debería estar celebrando para los difuntos de su iglesia. Había pensado que lo suyo era un simple cansancio por el demasiado trabajo que había llevado a cabo desde la bomba, pero después de que la fiebre persistiera durante varios días, hizo venir a un doctor. El doctor estaba demasiado ocupado para visitarlo en Ushida; envió a una enfermera que reconoció los síntomas de una radiotoxemia leve y regresó de vez en cuando para darle inyecciones de vitamina B1. Un monje budista, conocido del señor Tanimoto, lo llamó para decirle que una moxibustión podría aliviarlo, y le mostró cómo podía aplicarse a sí mismo el antiguo tratamiento japonés en el cual una ramita de moxa, la hierba estimulante, se ataba a la muñeca y se le prendía fuego. El señor Tanimoto comprobó que cada tratamiento con moxa reducía en un grado su fiebre. La enfermera le había recomendado comer todo lo que pudiera, y cada cierto
tiempo su suegra le traía vegetales y pescado de Tsuzu, el lugar donde vivía, a treinta kilómetros de allí. El señor Tanimoto guardó cama durante un mes, y luego hizo un viaje de diez horas en tren para llegar al hogar de su padre en Shikoku. Allí se quedó un mes más.
El doctor Sasaki y sus colegas del hospital de la Cruz Roja observaron el despliegue de aquella enfermedad sin precedentes y luego desarrollaron una teoría sobre su naturaleza.
Según decidieron, tenía tres etapas. La primera etapa ya había terminado para cuando los doctores se dieron cuenta de que se encontraban frente a una nueva enfermedad; era la reacción directa del cuerpo al ser bombardeado, en el momento de la explosión de la bomba, por neutrones, partículas beta y rayos gamma. Las personas aparentemente ilesas, pero que habían muerto tan misteriosamente en los primeros días después de la bomba, sucumbieron a esta primera etapa. En ella murió el noventa y cinco por ciento de la gente que se encontraba a un kilómetro del centro, y muchos miles de los que se encontraban más lejos. Retrospectivamente, los doctores se percataron de que, aunque estas víctimas probablemente habían sufrido quemaduras y efectos del impacto, habían absorbido suficiente radiación para matarlas. Los rayos, simplemente, destruían las células: causaban la degeneración de su núcleo y rompían sus membranas. Muchos de quienes no murieron de inmediato enfermaron de náuseas, jaquecas, diarrea, malestar general y fiebre, síntomas que duraban varios días. Los doctores nunca pudieron confirmar si estos síntomas eran consecuencia de la radiación o bien de una crisis nerviosa.
La segunda etapa comenzaba diez o quince días después de la bomba. Su primer síntoma era la caída del pelo. Enseguida había diarrea y una fiebre que en ocasiones llegaba a los 41° grados. Veinticinco a treinta días después de la explosión, aparecían desórdenes sanguíneos: la encías sangraban, la cantidad de glóbulos blancos caía dramáticamente, y aparecían petechiae (petequias) sobre la piel y las mucosas. La disminución de glóbulos blancos reducía la capacidad del paciente para resistir las infecciones; las heridas tardaban mucho en sanar, y muchos de los pacientes desarrollaban infecciones de garganta y de boca. Los dos síntomas clave en los cuales los doctores llegaron a basar su prognosis fueron la fiebre y la baja cantidad de glóbulos blancos. Si la fiebre se mantenía alta y constante, la posibilidad de supervivencia del paciente era poca. La cuenta de glóbulos blancos casi siempre bajaba a menos de cuatro mil; un paciente cuya cuenta bajara a menos de mil tenía poca esperanza de vida. Hacia el final de la segunda etapa —si sobrevivía el paciente— surgía una anemia, o baja cantidad de glóbulos rojos. La tercera etapa era la reacción
que se desarrollaba cuando el cuerpo intentaba compensar sus males: por ejemplo, la cuenta de glóbulos blancos no sólo regresaba a la normalidad sino que la sobrepasaba.
En esta etapa, muchos pacientes morían de complicaciones como infecciones en la cavidad pulmonar. La mayor parte de las quemaduras dejaban al sanar capas profundas de tejido cicatrizado de color rosa y de textura gomosa conocidas como tumores queloides. La duración de la enfermedad variaba dependiendo de la constitución del paciente y de la cantidad de radiación recibida. Algunas víctimas se recuperaban en una semana; para otras, la enfermedad tardaba meses en sanar.
A medida que se revelaban los síntomas iba quedando claro que muchos de ellos eran similares a los efectos de las sobredosis de rayos X, y los doctores basaron sus terapias en ese parecido. Le daban a las víctimas aceite de hígado, transfusiones de sangre y vitaminas, especialmente B1. La escasez de suministros y de instrumentos obstaculizó las terapias. Los doctores aliados que llegaron después de la rendición comprobaron la eficacia del plasma y de la penicilina. Puesto que los desórdenes sanguíneos eran, a largo plazo, el factor predominante de la enfermedad, algunos de
los doctores japoneses desarrollaron una teoría con respecto a la razón de la enfermedad postergada. Pensaban que los rayos gamma, al penetrar el cuerpo en el momento de la explosión, volvían radioactivo el fósforo de los huesos de las víctimas, y que los huesos, a su turno, emitían partículas beta, las cuales, aunque no podían penetrar la carne, podían entrar en la médula ósea, donde la sangre se fabrica, y arruinar la gradualmente. Sea cual fuere su origen, la enfermedad tenía caprichos desconcertantes. No todos los pacientes exhibían los mismos síntomas básicos. Quienes habían sufrido quemaduras debido a la irradiación quedaron hasta cierto punto protegidos de la radiotoxemia. Los que mantuvieron cierto reposo durante los días (e incluso las horas) que siguieron a la explosión tenían menos posibilidades de enfermar que los más activos. El pelo gris rara vez se caía. Y, como si la naturaleza estuviera protegiendo al hombre de su propia inventiva, los procesos reproductivos quedaron afectados durante un tiempo; los hombres quedaron estériles, las mujeres sufrieron abortos y la menstruación se detuvo.
Durante los diez días siguientes a la inundación el doctor Fujii vivió en la casa del campesino, en la falda de la montaña sobre el río Ota. Fue entonces que oyó hablar de una clínica privada que estaba vacante en Kaitachi, un suburbio al este de Hiroshima. La compró de inmediato, se mudó allí y colgó un letrero escrito en inglés en honor de los conquistadores:
M. FUJIl, M. D.
Medical & Venereal
Bastante recuperado de sus heridas, el doctor Fujii llegó muy pronto a levantar un consultorio sólido, y en las tardes le encantaba recibir a miembros de las fuerzas de ocupación, con quienes practicaba el inglés y no escatimaba el whisky. El 23 de octubre, tras ponerle a la señorita Sasaki una dosis de procaína como anestesia local, el doctor Sasaki hizo una incisión en su pierna para drenar la infección, que persistía aún once semanas después de la herida. Durante los días que siguieron se formó tanto pus que el doctor tuvo que vendar la herida cada mañana y nuevamente en la tarde. Una semana después la señorita se quejó de que le dolía mucho, así que el doctor hizo una nueva incisión; cortó por tercera vez el 9 de noviembre y el 26 amplió este corte. Mientras tanto, la señorita Sasaki se debilitaba más y más, y su ánimo decaía. Un día vino a visitarla el joven que le había prestado su copia de Maupassant en Hatsukaichi; le dijo que estaba a punto de viajar a Kyushu pero que le gustaría verla de nuevo cuando regresara. Ella no se inmutó. Su pierna había estado tan hinchada y dolorosa que el doctor ni siquiera había intentado acomodar la fractura y, aunque unos rayos X tomados en noviembre mostraban que el hueso comenzaba a sanar, por debajo de la sábana la señorita Sasaki podía ver que su pierna izquierda era casi diez centímetros más corta que la derecha y que su pie izquierdo se estaba volteando hacia adentro. A menudo pensaba en el hombre con quien se había comprometido. Alguien le dijo que había regresado del extranjero, y ella se preguntaba qué le habrían dicho sobre sus heridas para mantenerlo alejado de esa forma.
El padre Kleinsorge fue dado de alta en el hospital de Tokio el 19 de diciembre, y tomó un tren hacia su casa. Dos días después, en Yokogawa, la última estación de la ruta antes de Hiroshima, el doctor Fujii abordó ese tren. Era la primera vez que los dos hombres se veían después del bombardeo. Se sentaron juntos. El doctor Fujii dijo que se dirigía a la reunión anual de su familia en el aniversario de la muerte de su padre. Cuando comenzaron a hablar de sus experiencias, el doctor explicó con mucha gracia cómo todos los lugares en que había vivido insistían en caerse a ríos. Entonces le preguntó al padre Kleinsorge cómo se encontraba, y el jesuita habló de su estadía en el hospital. «Los doctores me ordenaron prudencia», dijo. «Me ordenaron tomar una siesta de dos horas cada tarde.» El doctor Fujii dijo: «Es difícil ser prudente en
Hiroshima estos días. Todo el mundo parece estar tan ocupado».
Un nuevo gobierno municipal, conformado bajo dirección de un gobierno militar aliado, comenzó por fin a trabajar en el ayuntamiento. Miles y miles de ciudadanos que se habían recuperado de diversos grados de radiotoxemia comenzaban a regresar, para el 1 de noviembre, la población, agolpada principalmente en las calles, era de 137.000, más de un tercio de la cantidad máxima de tiempos de guerra y el gobierno diseñó todo tipo de proyectos para ponerlos a trabajar en la reconstrucción de la ciudad. Se contrató a hombres que limpiaran las calles, otros que recogieran los trozos de hierro, los clasificaran y apilaran frente al ayuntamiento. Algunos residentes que regresaban se ocuparon de construir sus propias
chabolas y cabañas y de plantar junto a ellas pequeños jardines de trigo invernal, pero la ciudad también autorizó y construyó cuatrocientos «barracones» unifamiliares. Los servicios fueron reparados: brillaron de nuevo las luces eléctricas, los tranvías comenzaron a circular y los empleados del acueducto arreglaron setenta mil escapes de agua en la red principal y en las tuberías. Bajo el consejo de un joven y entusiasta oficial del gobierno militar, el teniente John D. Montgomery de Kalamazoo, una Conferencia de Planificación empezó a considerar qué tipo de ciudad debería ser la nueva Hiroshima. La ciudad en ruinas había florecido —y se había vuelto un atractivo blanco militar— básicamente porque se había transformado en uno de los centros de comunicación y de mando militar de Japón, y habría sido cuartel general del Imperio en caso de que las islas hubieran sido invadidas y Tokio tomado. Ahora no habría grandes establecimientos militares para ayudar a revivir la ciudad. La Conferencia de Planificación, sin saber muy bien qué importancia podría ser asignada a Hiroshima, se apoyó en proyectos más bien vagos de pavimentación y de cultura. Se dibujaron mapas con avenidas de 90 metros de ancho y se pensó seriamente en erigir un grupo de edificios como monumento al desastre y en bautizarlos como Instituto Internacional de Concordia. Los expertos de la estadística recopilaron cuantas cifras pudieron acerca de los efectos de la bomba. Informaron que 78.150 personas habían muerto, 13.983 habían desaparecido y 37.425 habían sido heridas.
Nadie en el gobierno municipal pretendía que esas cifras fueran exactas —aunque los norteamericanos las aceptaran como oficiales— y a medida que pasaban los meses, y más y más cuerpos eran encontrados bajo las ruinas, y a medida que el número de urnas sin dueño en el templo Zempoji de Koi llegaba al millar, los encargados de las estadísticas comenzaron a decir que al menos cien mil personas habían muerto durante el bombardeo. Puesto que muchos murieron debido a una combinación de causas, era imposible saber cuántos habían muerto debido a cada causa, pero se calculó que alrededor de un veinticinco por ciento murió debido a quemaduras directas provocadas por la bomba, y un veinte por ciento debido a efectos de la radiación. Las estadísticas relacionadas con los daños a la propiedad eran más confiables: de noventa mil edificios, sesenta mil fueron destruidos, y seis mil más recibieron daños irreparables. En el corazón de la ciudad se encontraron sólo cinco edificios que pudieran ser utilizados de nuevo sin reparaciones mayores. La cifra no era en absoluto responsabilidad de defectos en la construcción japonesa. De hecho, desde el terremoto de 1923 las normas de construcción japonesas requerían que el techo de cada gran edificio fuese capaz de soportar una carga mínima de aproximadamente treinta y dos kilos por cien metros cuadrados, mientras que las normas norteamericanas no especifican más que dieciocho kilos por cada cien metros cuadrados.
La ciudad fue invadida por los científicos. Algunos medían la fuerza que había sido necesaria para desplazar lápidas de mármol en los cementerios, para tumbar veintidós de los cuarenta y siete vagones de tren que había en los patios de la estación de Hiroshima, para levantar y mover la calzada de concreto de uno de los puentes y para 
llevar a cabo otros notables actos de fuerza, y concluyó que la presión ejercida por la explosión varió entre 5.3 y 8 toneladas por metro cuadrado. Otros encontraron que la mica (cuya temperatura de fundición es 900ºC) se había fundido con lápidas de granito a 350 metros del centro; que postes de teléfono fabricados en Cryptomeria japonica, cuya temperatura de carbonización es de 240ºC, se habían carbonizado a 4.000 metros del centro; y que la superficie de las baldosas de cerámica gris que se usaban en Hiroshima, cuya temperatura de fundición es de 1.300ºC, se había derretido a 600 yardas; y, tras examinar otros restos de cenizas significativos, concluyeron que el calor despedido por la bomba a nivel de la tierra y en el centro del impacto debió de ser de 6.000°C. Otras mediciones de la radiación —que incluyeron el raspado de desagües y abrevaderos de los techos, en lugares tan apartados como el suburbio de Tasaku, a poco más de 3.000 metros del centro, para obtener fragmentos de fisión les dieron informaciones mucho más importantes acerca de la naturaleza de la bomba. Los cuarteles centrales del General MacArthur censuraron sistemáticamente toda mención de la bomba en publicaciones científicas japonesas, pero el fruto de los cálculos de los científicos pronto fue del dominio público entre los físicos japoneses, y también entre doctores, químicos, periodistas, profesores y, sin duda, entre los militares y hombres de Estado que estaban aún en actividad. Mucho antes de que se informara al público norteamericano, la mayor parte de los científicos y muchos de los no científicos del Japón sabían —a partir de los cálculos de los físicos nucleares japoneses— que una bomba de uranio había explotado en Hiroshima y otra más poderosa, de plutonio, en Nagasaki. También sabían que una bomba diez o veinte veces más poderosa podía ser desarrollada, por lo menos en teoría. Los científicos japoneses creían saber exactamente a qué altura había explotado la bomba de Hiroshima y el peso aproximado del uranio usado.
Calculaban que, incluso en el caso de la bomba primitiva de Hiroshima, para proteger por completo a un ser humano de la radiotoxemia se necesitaba un refugio de concreto de ciento treinta centímetros de grosor. Los científicos consiguieron éste y otros detalles que inmediatamente quedaron bajo seguridad en los Estados Unidos, impresos, mimeografiados y encuadernados en libros pequeños. Los norteamericanos sabían de su existencia, pero rastrearlos y asegurarse de que no cayeran en las manos equivocadas obligaría a las autoridades de la ocupación a montar un enorme sistema de policía en Japón, sólo para este propósito. A los científicos japoneses en general les divirtió, de alguna manera, el esfuerzo de sus conquistadores para mantener la seguridad sobre la fisión atómica.
A finales de febrero de 1946, un amigo de la señorita Sasaki buscó al padre Kleinsorge y le pidió que fuera al hospital a visitarla. Ella se estaba sintiendo cada vez más deprimida y mórbida; parecía tener poco interés en la vida. El padre Kleinsorge fue varias veces a verla. En su primera visita mantuvo la conversación a un nivel general, formal y vagamente comprensivo, y no tocó el tema de la religión. Fue la señorita Sasaki quien lo trajo a colación durante la segunda visita. Era evidente que había tenido charlas con un católico. No se anduvo con rodeos para preguntar: «Si su Dios es tan bueno y generoso, ¿cómo puede permitir que la gente sufra de este modo?». Su gesto incluyó a su pie encogido, a los otros pacientes de la sala y al resto de Hiroshima. «Hija mía», dijo el padre Kleinsorge, «el hombre de ahora no está en la condición que Dios deseaba. Ha caído en desgracia a través del pecado». Y comenzó a explicar las razones de todo.
La señora Nakamura se enteró de que un carpintero de Kabe estaba construyendo una cantidad de chabolas de madera en Hiroshima, y arrendándolas por cincuentas yenes al mes: unos cincuenta centavos de dólar al cambio del momento. La señora Nakamura había perdido los certificados de sus bonos y otros ahorros que había hecho durante la
guerra, pero afortunadamente había copiado todos los números días antes de la bomba y había llevado la lista a Kabe, y así, cuando su pelo había crecido lo suficiente para que se sintiera presentable, la señora Nakamura fue a su banco en Hiroshima, y un empleado le dijo que el banco le daría su dinero después de comparar sus números con los registros. Tan pronto como lo recibió, arrendó una de las cabañas del carpintero. Quedaba en Nabori-cho, cerca del emplazamiento de su antigua casa, y aunque su suelo fuera de tierra y estuviera oscuro adentro, la cabaña era al menos un hogar en Hiroshima, y ella no tendría que seguir dependiendo de la caridad de sus suegros. Durante el verano limpió unos destrozos cercanos y sembró un jardín de hortalizas. Cocinaba con utensilios y comía en platos que había escarbado de entre los escombros. Mandó a Myeko al jardín infantil que los jesuitas habían reabierto, y los dos niños mayores asistían a la Escuela Primariade Nobori-cho, en la cual, a falta de construcciones, las clases se daban al aire libre. Toshio quería ser mecánico, como Hideo Osaki, su héroe. Pero los precios subían; para mitad del verano, los ahorros de la
señora Nakamura habían desaparecido. Vendió algunas de sus prendas para comprar comida. Hubo un tiempo en que la señora Nakamura había tenido varios kimonos muy costosos, pero uno fue robado durante la guerra, otro se lo regaló a una hermana que había sido expulsada de Tokuyama  por los bombardeos, otros dos los perdió con la bomba de Hiroshima, y ahora tuvo que vender el último. En junio buscó consejo del padre Kleinsorge acerca de cómo sobrevivir, y a principios de agosto todavía estaba considerando las dos posibilidades sugeridas por él: trabajar como empleada doméstica para las fuerzas aliadas de la ocupación o tomar prestada de sus familiares cierta cantidad de dinero, unos quinientos yenes —poco más de treinta dólares— para reparar su oxidada máquina de coser y reiniciar su trabajo como costurera.
Cuando el señor Tanimoto regresó de Shikoku,
extendió una tienda sobre el techo dañado de la casa que había arrendado en Ushida. Todavía había goteras en el techo, pero el señor Tanimoto realizaba los servicios en medio del húmedo salón. Comenzó a pensar en recolectar fondos para reparar su iglesia de la ciudad. Se hizo muy amigo del padre Kleinsorge y visitaba con frecuencia a los jesuitas. Envidiaba la riqueza de su iglesia; los jesuitas parecían capaces de hacer lo que quisieran. En cambio, su único material de trabajo era su propia energía, que ya no era la que antes había sido.
La Compañía de Jesús había sido la primera institución en construir una cabaña relativamente permanente sobre las ruinas de Hiroshima. Se había llevado a cabo mientras el padre Kleinsorge estaba en el hospital; tan pronto como regresó comenzó a vivir en la chabola, y en compañía de otro sacerdote, el padre Laderman (que se había unido a la misión), coordinó la compra de tres de los «barracones» estandarizados que la ciudad estaba vendiendo a siete mil yenes la unidad. Hicieron una bonita capilla juntando dos de ellos, y comían en el tercero. Cuando hubo materiales disponibles, encargaron a un contratista que construyera una casa misión de tres pisos exactamente como la que había sido destruida por el fuego. En el complejo los carpinteros cortaban madera, abrían boquetes para las entalladuras, daban forma a los espaldones, tallaban montones de estacas de madera y abrían huecos para ellas, hasta que todas las partes de la casa formaron una pila bien ordenada; entonces, en tres días, armaron la casa entera, como un rompecabezas oriental, sin utilizar ni una puntilla. Al padre Kleinsorge le estaba costando mucho trabajo tomar sus siestas, tal y como lo había previsto el doctor Fujii. Todos los días salía caminando en busca de católicos japoneses y de posibles conversos. A medida que pasaban los meses, empezó a sentirse más y más cansado. En junio leyó un artículo en el Chugoku de Hiroshima que recomendaba a los supervivientes no trabajar demasiado duro, pero ¿qué podía hacer él? En julio ya se sentía agotado, y a principios de agosto, casi exactamente el día del aniversario de la bomba, regresó al Hospital Internacional Católico, en Tokio, para tomarse un mes de
descanso.
Las respuestas del padre Kleinsorge a las preguntas de la señorita Sasaki podían ser o no verdades absolutas y definitivas, pero lo cierto fue que parecieron llenarla de fortaleza física. El doctor Sasaki lo notó y felicitó al padre Kleinsorge. Para el 15 de abril la temperatura y la cuenta de glóbulos blancos habían vuelto a la normalidad y la infección de la herida comenzaba a desaparecer; para el 20 casi no había pus, y por primera vez la señorita salió al corredor y dio algunos pasos torpes sobre muletas. Cinco días después, la herida comenzó a sanar, y el último día del mes la señorita fue dada de alta.
A principios del verano se preparó para su conversión al catolicismo. Durante ese tiempo tuvo buenos y malos días. Sufría de depresiones profundas. Sabía que había quedado lisiada para toda la vida. Su prometido nunca vino a verla. No tenía nada que hacer excepto leer y divisar, desde la colina de Koi donde estaba su casa, las ruinas de la ciudad en la que su hermano y sus padres habían muerto. Estaba alterada, y cualquier sonido repentino la hacía llevarse las manos a la garganta. Todavía le dolía la pierna; la señorita Sasaki se la frotaba con frecuencia y le daba palmaditas como consolándola.
Al hospital de la Cruz Roja, volver a la normalidad le tomó seis meses; al doctor Sasaki le tomó incluso más tiempo. Hasta que la energía eléctrica fue reparada en la ciudad, el hospital tuvo que arreglárselas con la ayuda de un generador del ejército japonés instalado en el patio. Todo lo que fuera complicado y esencial —las mesas de operación, las máquinas de rayos X, las sillas de odontología—llegaba de otras ciudades en pequeñas dosis de caridad. En Japón la apariencia es importante, incluso para las instituciones, y mucho antes de que el hospital de la Cruz Roja hubiera recuperado el equipó médico básico, sus directores mandaron levantar una nueva fachada revestida de ladrillo amarillo, así que el hospital se transformó en el edificio más bello de Hiroshima —visto desde afuera, eso sí—. Durante los primeros cuatro meses, el doctor Sasaki fue el único cirujano del hospital, y casi nunca salió del edificio; después, poco a poco, comenzó a recuperar el interés por su propia vida. Se casó en marzo. Recuperó el peso que había perdido, pero su apetito seguía siendo modesto; antes del bombardeo solía comer cuatro bolas de arroz con cada comida, pero un año después sólo era capaz de comer dos. Se sentía cansado constantemente. «Pero tengo que darme cuenta», decía, «de que la comunidad entera se siente cansada».
Un año después de la bomba, la señorita Sasaki había quedado lisiada; la señora Nakamura se encontraba en la indigencia; el padre Kleinsorge estaba de nuevo en el hospital; el doctor Sasaki era incapaz de hacer el trabajo que antes hacía; el doctor Fujii había perdido el hospital de treinta habitaciones que tantos años le costó adquirir, y no tenía planes de reconstruirlo; la iglesia del señor Tanimoto estaba en ruinas, y él ya no contaba con su excepcional vitalidad. Las vidas de estas seis personas, que se contaban entre las más afortunadas de Hiroshima, habían cambiado para siempre. La opinión que cada uno tenía de la experiencia y del uso de bombas atómicas no era la misma, por supuesto. Sin embargo, parecían compartir una forma curiosa y eufórica de espíritu comunitario, algo así como el de los londinenses después del bombardeo de su ciudad: un orgullo por la forma en que ellos y sus conciudadanos habían hecho frente a una dura prueba. Poco antes del aniversario, el señor Tanimoto escribió, en carta a un norteamericano, algunas palabras que expresaban este sentimiento: ¡Qué escena tan desgarradora aquélla de la primera noche! A la medianoche llegué a la ribera. Había tanta gente herida en el suelo que me abrí paso caminando sobre ellos. Repitiendo «Disculpe», avancé con una jarra de agua y le daba un vaso de agua a cada uno de ellos. Los heridos levantaban la parte superior del cuerpo y aceptaban el vaso de agua con una venia y bebían en silencio, derramaban los restos y me devolvían la copa con 
sentida expresión de gratitud, y decían: «Yo no pude ayudar a mi hermana enterrada bajo la casa porque tuve que ocuparme de mi madre que tenía una herida profunda en el ojo y nuestra casa se incendió muy pronto y a duras penas logramos escapar. Mire, he perdido mi hogar, mi familia, y al final yo mismo herido gravemente. Pero ahora yo pongo mi mente a dedicar lo que tengo a completar la guerra por amor de nuestra patria». Así me juraban, incluso las mujeres y los niños hacían lo mismo.
Me sentía completamente cansado y me recosté en el suelo entre ellos pero no pude dormir. A la mañana siguiente encontré a muchos de los hombres y mujeres muertos, a quienes había dado agua la noche anterior. Pero, para mi gran sorpresa, nunca escuché que nadie grita, aunque sufrieran tan grande agonía. Murieron en silencio, sin rencor, apretando los dientes para soportarlo. ¡Todo por la patria!
El doctor Y. Hiraiwa, profesor de la Universidad de Literatura y Ciencia de Hiroshima, y uno de los miembros de mi iglesia, fue sepultado por la bomba bajo los dos pisos de su casa, junto con su hijo, un estudiante de la Universidad de Tokio. Para ambos era imposible moverse bajo la presión del terrible peso. Y la casa se incendió en ese mismo instante. Su hijo le decía: «Padre, poco podemos hacer excepto decidirnos ya y consagrar nuestras vidas a la patria. Cantemos Banzai para el Emperador». Entonces el padre siguió al hijo, «Tennoheika, Banzai, Banzai, Banzai!» En el resultado, según dijo el doctor Hiraiwa, «es extraño decirlo, pero me sentí calmado y lúcido y en espíritu de paz en mi corazón, cuando canté Banzai para Tenno». Después su hijo salió y escarbó y sacó a su padre y así se salvaron.
Pensando en su experiencia de ese momento el doctor Hiraiwa repetía: «¡Qué afortunados que somos japoneses! Fue la primera vez que probé el gusto de un espíritu tan bello, cuando decidí morir por nuestro Emperador».
La señorita Kayoko Nobutoki, estudiante de una escuela para chicas, Hiroshima Jazabuin, y además hija de un miembro de mi iglesia, estaba descansando con sus amigas junto a la pesada cancela del templo budista. Cuando cayó la bomba atómica, la cancela cayó sobre ellas. No podían moverse ni un poco bajo esa cancela tan pesada y entonces entró el humo incluso por las grietas y ahogaba su respiración. Una de las chicas comenzó a cantar Kimi ga yo, himno nacional, y otras le hicieron coro y murieron. Mientras tanto una de ellas encontró una grieta y se esforzó por salir. Cuando la llevaron al hospital de la Cruz Roja contó cómo habían muerto sus compañeras, rastreando con su memoria el canto en coro del himno nacional. Tenían sólo 13 años de edad. Sí, la gente de Hiroshima murió valientemente en el bombardeo atómico, confiando en que lo hacían por amor del Emperador.
Una cantidad sorprendente de habitantes de Hiroshima mantuvo una cierta indiferencia frente a la ética del uso de la bomba. Era posible que se sintieran demasiado aterrorizados incluso para pensar en ella. No fueron muchos los que se molestaron en averiguar siquiera cuál era su aspecto. Era típica la concepción —y el respetuoso miedo— que la señora Nakamura tenía de ella. «La bomba atómica», decía cuando se le preguntaba al respecto, «es del tamaño de una cajetilla de fósforos. El calor que desprende es seis mil veces mayor que el del sol. Explotó en el aire. Dentro de ella hay algo de radio. No sé bien cómo funciona, pero cuando el radio se une, la bomba explota». En cuanto al uso de la bomba, decía: «Estábamos en guerra y teníamos que estar preparados». Y añadía: «Shikata ga nai», una expresión japonesa equivalente a la palabra rusa nichevo, «Nada que hacer, mala suerte», y tan común como ella. Una tarde, el doctor Fujii dijo al padre Kleinsorge aproximadamente lo mismo, y en alemán: «Das ist nichts zu machen. No hay nada que hacer al respecto».
Y sin embargo muchos ciudadanos de Hiroshima continuaron sintiendo hacia los norteamericanos un odio imborrable. «Veo», dijo una vez el doctor Sasaki, «que están llevando a cabo un juicio contra los criminales de guerra en Tokio. Me parece que  
deberían juzgar a quienes decidieron que la bomba fuera arrojada, y deberían ahorcarlos a todos».
El padre Kleinsorge y los otros jesuitas alemanes, de quienes se esperaba que, como extranjeros, tuvieran un punto de vista relativamente imparcial, discutían a menudo la ética implícita en el uso de la bomba. Uno de ellos, el padre Sierres, que se encontraba en Nagatsuka en el momento del ataque, escribió en un informe para la Santa Sede en Roma: «Para algunos de nosotros, la bomba tiene la misma categoría que el gas venenoso, y nos oponíamos a su utilización contra la población civil. Otros opinaban que en una guerra total, como la que estaba llevando a cabo Japón, no había diferencia entre civiles y soldados, y que la bomba en sí misma era una fuerza efectiva capaz de terminar con el derramamiento de sangre al advertir a Japón que debía rendirse y evitar así la destrucción total. Parece lógico que aquel que apoya los principios de una guerra total no puede quejarse de una guerra contra los civiles. El meollo del asunto es si resulta justificable una guerra total en su forma presente, aun cuando sirve a un propósito justo. ¿Acaso no tiene como consecuencia un mal material y espiritual que por mucho excede cualquier bien que se logre? ¿Cuándo nos darán nuestros moralistas una clara respuesta al respecto?».
Sería imposible saber qué horrores quedaron grabados en la memoria de los niños que vivieron el día del bombardeo de Hiroshima. Superficialmente, sus recuerdos, meses después del desastre, parecían ser los de una excitante aventura. Toshio Nakamura, que tenía diez años en el momento de la bomba, fue capaz muy pronto de hablar con libertad, incluso con desparpajo, acerca de la experiencia, y algunas semanas antes del aniversario escribió, para su profesor de la Escuela Primaria de Nobori-cho, un ensayo en el cual se ceñía a los hechos: «El día antes de la bomba fui a nadar un rato. En la mañana estaba comiendo cacahuetes. Vi una luz. Caí sobre el lugar donde dormía mi hermana pequeña. Cuando nos salvaron, yo sólo alcanzaba a ver hasta el tranvía. Mi madre y yo comenzamos a empacar nuestras cosas. Los vecinos caminaban por ahí heridos y sangrando. Hatayasan me dijo que huyera con ella. Dije que quería esperar a mi madre. Fuimos al parque. Hubo un torbellino. En la noche se quemó un tanque de gas y yo vi el reflejo en el río. Pasamos una noche en el parque. Al día siguiente fui al puente Taiko y me encontré con mis amigas Kikuki y Murakami. Buscaban a sus madres. Pero la madre de Kikuki estaba herida y la madre de Murakami, lamentablemente, estaba muerta».
 

***


La revista señala que al hacer la publicación:
"Tomamos esta decisión por estar convencidos de que algunos de nosotros todavía no entendemos el increíble y absoluto poder destructivo de esta arma y que todos debiéramos tomarnos el tiempo para considerar las terribles implicaciones de su uso". Todo el tiraje de 300.000 ejemplares se agotó y el artículo fue reimpreso en muchos otros periódicos y revistas por todo el mundo, excepto en los lugares donde había racionamiento de material impreso. Siendo entonces su texto leído por radio como lo hizo la BBC para Inglaterra...
  
Pensé que es irreverente hacer un comentario a lo mostrado, pero como creador del Portal MUNDO MEJOR pude dar formato al artículo traducido al español por Juan Gabriel Vázquez, no fue fácil por la manera en cuatro columnas en que estaba en PDF para, por parte, llevarlo a Word con varios párrafos con sus letras separadas que requirió paciencia armar y... Recordé una reciente caricatura que en diario digital disfruté, en ella unos extraterrestres nos observan con telescopios y señalan: ¡Qué brutos son! Cabe destacar que en Hiroshima no hubo robos, pillaje ni vandalismo, además de la destrucción y daño físico, hubo cooperación, ayuda y sacrificio. Ignoraba que allí estaba una orden de jesuitas alemanes que tuvieron destacada labor al igual que tantos anónimos. Lo que no logro entender es el endiosamiento hacia un ser humano como el emperador. Mucha adoración y poder en una sola persona es peligroso. Para entenderlo mejor veamos en este trabajo la situación actual mundial:

Arsenales nucleares

En conjunto, nueve países poseen más de 17.000 armas nucleares. Los Estados Unidos y Rusia mantienen aproximadamente 2.000 de sus armas nucleares en estado de alta alerta, ya que están listas para lanzarse a los pocos minutos después de una advertencia. La mayor parte de las armas nucleares es mucho más poderosa que las bombas atómicas que cayeron sobre Japón en 1945. Si solo se detonara una cabeza nuclear sobre una gran ciudad, podría matar a millones de personas y provocar efectos que persistirían durante décadas.

El fracaso de desarmar a las potencias nucleares ha hecho que aumentara el nivel del riesgo de que otros países compren armas nucleares. La única garantía contra la proliferación y el uso de las armas nucleares es eliminarlas cuanto antes. Si bien los líderes de algunas naciones que poseen armas nucleares han expresado su visión acerca de un mundo libre de armas nucleares, ellos han fracasado en desarrollar un plan para eliminar sus arsenales y los están modernizando.

PAÍS PROGRAMA NUCLEAR TAMAÑO DEL ARSENAL
Estados Unidos
El primer país que desarrolló armas nucleares y el único que las ha usado en la guerra. Gasta más en su arsenal nuclear que todos los demás países juntos.  7.700 cabezas nucleares
Rusia El segundo país en desarrollar armas nucleares. Tiene el arsenal más grande del mundo y está invirtiendo en gran medida en la modernización de sus cabezas nucleares y en sistemas de lanzamiento. 8.500 cabezas nucleares
Reino Unido Mantiene una flota de cuatro submarinos equipados con armas nucleares, cada uno de los cuales transporta 16 misiles Trident. El Reino Unido está considerando si reacondicionará sus fuerzas nucleares o procederá al desarme. 225 cabezas nucleares
Francia La mayor parte de sus cabezas nucleares se usa en submarinos que están equipados con misiles M45 y M51. Un bote patrulla constantemente. Algunas cabezas nucleares también se lanzan desde aviones.  300 cabezas nucleares
China Tiene un arsenal mucho más pequeño que el de los Estados Unidos y Rusia. Sus cabezas nucleares se lanzan desde el aire, la tierra y el mar. El tamaño de su arsenal no parece estar aumentando. 250 cabezas nucleares
India Desarrolló armas nucleares rompiendo sus compromisos de no proliferación. Está incrementando a ritmo constante el tamaño de su arsenal nuclear y aumentando su capacidad de lanzamiento.  90-110 cabezas nucleares
Pakistan Está haciendo mejoras sustanciales para su arsenal nuclear y para su infraestructura asociada. En los últimos años, ha aumentado en gran medida el tamaño de su arsenal nuclear. 100-120 cabezas nucleares
Israel Tiene una política de ambigüedad en relación con su arsenal nuclear: ni confirma su existencia ni la niega. En consecuencia, existe poca información pública o poco debate público acerca del tema. 80 cabezas nucleares
North Korea Tiene un programa de armas nucleares reciente. Probablemente, su arsenal comprenda menos de 10 cabezas nucleares. No queda claro si tiene la capacidad para lanzarlas. <10 cabezas nucleares
Total 17,300 cabezas nucleares
Fuente: Federation of American Scientists 2013

 Un problema más serio de lo que se piensa

Cinco naciones europeas albergan armas nucleares de los Estados Unidos en su suelo, como parte del plan de la OTAN para compartir armas nucleares y aproximadamente otras 20 naciones más afirman que confían en las armas nucleares de los EE. UU. para su seguridad. Además, en la actualidad existen unas 40 naciones que tienen energía o reactores nucleares que pueden utilizarse para la producción de armas nucleares. La proliferación del know-how nuclear ha incrementado el riesgo de que más naciones desarrollen la bomba.

Naciones que tienen armas nucleares China, Corea del Norte, Estados Unidos, Francia, India, Israel, Reino Unido, Rusia y Pakistán.
Naciones que albergan armas nucleares Alemania, Bélgica, Italia, Países Bajos y Turquía.
Naciones que participan en alianzas nucleares Albania, Australia, Bulgaria, Canadá, Corea del Sur, Croacia, Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia, España, Estonia, Grecia, Hungría, Islandia, Japón, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Noruega, Polonia, Portugal, República Checa y Rumania.
http://es.icanw.org/the-facts/nuclear-arsenals/


Se “supone” que en más de alguna elite del poder se “conversa” que la sobrepoblación tiene como solución una guerra nuclear dirigida hacia África y Asia; otros plantean…; Si los hay ellos son los megabrutos de brutilandia



Mundo Mejor  
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Quilpué, Chile
Septiembre de 2016

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