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Navidad 2015 -II-

El Jesús de Papini un ateo converso


Giovanni Papini 
(Florencia, 1881 - 1956) Escritor y poeta italiano. Fue uno de los animadores más activos de la renovación cultural y literaria que se produjo en su país a principios del siglo XX, destacando por su desenvoltura a la hora de abordar argumentos de crítica literaria y de filosofía, de religión y de política.
Nacido en una familia de condiciones humildes y de formación autodidacta, fue desde muy joven un infatigable lector de libros de todo género y asiduo visitante de las bibliotecas públicas, donde pudo saciar su enorme sed de conocimientos. Obtuvo el título de maestro y trabajó como bibliotecario en el Museo de Antropología de Florencia, pero a partir de 1903, año en que fundó la revista Leonardo, se volcó con polémico entusiasmo en el periodismo.
Esta publicación se convirtió enseguida en un instrumento de lucha contra el positivismo que imperaba en el pensamiento filosófico italiano y, al mismo tiempo, contribuyó a difundir el pragmatismo. Ese mismo año se convirtió en redactor jefe del diario nacionalista Regno, mientras que en 1908, finalizada ya la andadura de Leonardo, empezó a colaborar activamente en La Voce, convirtiéndose en uno de los representantes más inquietos y ruidosos del movimiento filosófico y político que surgió en Florencia alrededor de esa revista.
Más tarde fundó también Anima (1911) y Lacerba (1913), de orientación más literaria y donde durante un tiempo defendió las tendencias futuristas de F.T. Marinetti. Agnóstico, anticlerical, pero no obstante siempre abierto a nuevas experiencias espirituales, su actividad periodística le permitió dar rienda suelta a su afición de sorprender y escandalizar a los lectores y de arremeter contra personajes más o menos famosos.
Su primera obra narrativa fue Un hombre acabado (1912), en la que describió su azarosa juventud y donde los retratos paisajísticos de su Florencia natal revelan, como en otros libros, las verdaderas dotes del Papini escritor. Afectado por la dura experiencia de la Primera Guerra Mundial, se convirtió al catolicismo empujado por la necesidad de encontrar certezas definitivas y absolutas.
Este cambio espiritual, que causó polémicas en su entorno, fue el germen de Historia de Cristo (1921), libro que alcanzó un enorme éxito a pesar de que algunos le acusaron de ser un gran manipulador de las ideas que se adaptaban al momento. En esta misma línea caracterizada por una heterodoxia que irritaba por igual a ateos y creyentes escribió San Agustín (1929), Gog (1931), El Diablo (1943), Cartas del papa Celestino VI a los hombres (1946), un papa imaginario del que se sirve para lanzar un mensaje de paz y fraternidad, y sobre todo Juicio Universal, en el que trabajó casi toda su vida y que se publicó póstumamente.
De su prolífica obra crítica cabe destacar Dante vivo (1933) o Grandezze di Carducci (1935), mientras que Cento pagine di poesie (1915) y Opera prima (1917) figuran entre sus mejores libros de poesía.
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/p/papini.htm

Soliloquios de Belén
Cuento de Giovanni Papini
EL POSADERO
Aunque me hubiera quedado una habitación libre, desde luego no se la hubiera dado a esa pareja. Gente sospechosa. Han dicho que eran marido y mujer, pero yo no me chupo el dedo y a mí no me la pegan.
Él es demasiado viejo y ella demasiado joven. Y como está encinta... Tal vez es el padre que la ha sacado de su pueblo para evitar el escándalo. Pero la mía es una posada honrada, y aquí no quiero partos clandestinos.
Por otra parte, no me parece que la trate como a una hija. Este vejete la mira como si fuera una cosa santa y casi con reverencia. Acaso es un criado de confianza que ha cargado con este bonito trabajo... De todas maneras, su marido no es. Y ella con ese aire inocente y casto como si no se avergonzase de nada... Y debe de estar en los últimos días. Ya te digo yo que las apariencias... ¡Fíate de las mujeres! Parece una virgen y está a punto de ser madre. ¡Hay que ver! Y luego, como si no bastara, huelen a miseria desde una legua. Y en mi casa no quiero pobres. Serían capaces de plantarse aquí durante un mes, con la excusa de la parturienta, y al final de todo oírles decir que no tienen bastante dinero para pagar la cuenta.
Si hubieran llegado con bonitos vestidos y con la bolsa llena acaso hubiera podido encontrar un rinconcito para ellos. El mozo podía haber ido a dormir a casa de sus hermanos durante algunas noches... Cuando el oro está de por medio todo se arregla. Pero con esos no hay nada que hacer. Ella lleva un vestido cualquiera que yo me avergonzaría de dar a mi mujer, y él un manto liso que debe de tener más años que quien lo lleva. Además, habría el peligro de que los gritos de ella y los lloros del niño molestaran a los otros viajeros. ¡Buena cosa encontrarse la posada vacía por culpa de dos vagabundos misteriosos! Aseguran que son galileos, pero el refrán dice que de Galilea nunca puede venir algo bueno.
¡He hecho bien en sacármelos de encima!
Un agujero en cualquier sitio lo encontrarán seguro antes que sea de noche.
EL DUEÑO DEL ESTABLO
Ya he dicho que sí, pero casi, casi me arrepiento... En la posada no los han querido, no tenían dónde caerse muertos... Son débiles: me he dejado conmover, especialmente por ella, con esa cara humilde y sin embargo apasionada, con sus ojos de niña que ha venido de un mundo más claro que el nuestro. Y parece que lleva un gran secreto contra el pecho como otra llevaría un ramo de flores. Es tan inocente, cándida, pura, que parece imposible que tenga que parir de un momento a otro...
No he tenido valor para sacármelos de encima, de noche, en ese estado: acaso he obrado mal, pero ya no hay remedio. Se han sentado en el establo, en silencio; como si rezaran sin palabras o esperasen un milagro.
También el viejo parece una persona de bien. Asiste a esa pobre mujer con tantos miramientos como si ella fuese una reina y él un señor convertido en esclavo. No entiendo nada. Van por el mundo solos, sin un criado, sin una mujer que pueda ayudar a esta niña que está apunto de sufrir... ¿Por qué habrán salido precisamente los últimos días del embarazo? Llevar a esa pobrecita por los caminos, en este mes frío y en sus condiciones, no es propio de un hombre juicioso.
Total, que no he tenido valor para dejarlos marchar desconsolados. El establo es viejo y sucio, pero, por lo menos, tienen un poco de techo sobre la cabeza y las bestias siempre dan un poco de calor. Aunque me haya equivocado, lo he hecho con buen fin: el Señor no me castigará. He sentido como si una voz interior me empujara a albergar a esos dos pobres extraviados. Y hasta el Libro ordena dar albergue a los peregrinos abandonados. ¡Dios quiera que todo termine bien para ellos y para mí!
EL PASTOR QUE SE HA QUEDADO ATRÁS
¡Qué furia, mis compañeros apenas han hablado con aquellos jóvenes desconocidos! Yo soy más viejo, y no puedo correr como ellos, pero, en compensación, conozco el mundo un poco mejor que ellos.
¿Quiénes serán aquellos jóvenes luminosos? Aquí en el pueblo nunca los habíamos visto. Deben de ser forasteros y de los forasteros hay que fiarse hasta un cierto punto. Ponerlos a prueba, interrogarlos... No señor, mis compañeros, en seguida a las primeras palabras, han levantado los brazos como alas y han salido corriendo como el viento.
A decir verdad, aquellos hombres no parecían ni hombres como nosotros. Tenían la cara y los vestidos iluminados, sin que pudiera entender de dónde venía la luz. No llevaban linternas, el fuego estaba apagado y luna no hay. Y, sin embargo, parecía que tuvieran delante un fuego más que ardiente. Podrían ser espíritus del Señor, pero también podrían ser fantasmas o, peor todavía, demonios que ruedan de noche.
En cambio, estos cabreros se han quedado aquí, con la boca abierta, escuchando, y se lo han tragado todo en seguida. ¿Y qué han sabido? Que allá abajo, en aquella gruta, ha nacido un Rey. Pero, por lo que he aprendido en los setenta años que llevo en el mundo, los reyes nacen en los palacios de las ciudades y no en las cuadras, en medio de las porquerías de los animales.
Y parece ser que este Rey desciende nada menos que de David y es Hijo de Dios. Pero nuestro Adonái, que yo sepa, no tiene hijos: es el Señor único, creador del cielo y de la tierra, y no hay otros dioses fuera de Él. En cuanto a la familia de David, después de mil años mucho me temo que no quede de ella  ni sombra en la tierra. Y esos corren, como locos perseguidos, para ir a ver el milagro. Sin embargo, también yo quiero ir allá abajo: nunca se sabe...
LAS OVEJAS DEJADAS SOLAS
Nos han despertado con aquella luz que no era ni sol ni fuego, y después han salido corriendo. No se sabe dónde, no se sabe por qué.
¡Si lo supiera el amo!
¿Por qué abandonarnos, precisamente en esta hora, en esta oscuridad? ¡Si todavía nos hubieran dejado solas durante el día, menos mal! Hubiéramos podido entrar, por lo menos, en aquel campo de trigo de allá abajo y hacernos pasar las ganas. Durante el día, pobres de nosotras, si nos acercamos por allí, nos arrojan con gritos y a bastonazos. Y es preciso contentarse con la hierba rala que, con el frío, se esconde entre las piedras, y a veces nos pincha los labios. Ahora, aunque los guardianes hayan huido, no podemos salir del cercado y no hay ninguna esperanza de pastos prohibidos.
Es preciso quedarnos aquí temblando, un poco de frío y un poco de miedo. Se preocupan de nosotras cuando hace sol y nadie se acerca, y ahora que el mundo es todo negro y hay tantos peligros, nuestros esbirros desaparecen. Sin embargo, precisamente por la noche es cuando pueden venir los lobos, los chacales y todos nuestros enemigos. Podríamos, en un abrir y cerrar de ojos, encontrarnos degolladas por esas bestias de ojos rojos y sin misericordia. O bien los ladrones pueden robarnos los hijos y venderlos quién sabe dónde. Y todo por culpa de esos pastores enloquecidos que han salido corriendo por hacer caso a aquellos jóvenes relucientes. ¡Bonita manera de hacer los guardianes! ¡Nos apalean de día y nos dejan sin defensa por la noche!
Los hombres se dan aires de ser quién sabe qué y luego pierden la cabeza de repente. Y nosotras, obedientes, buenas, calladas...¡Y luego nos recompensan así!
Ahora que estamos despiertas, sentimos el cuerpo medio vacío, que rumorea -ayer hemos encontrado poco pasto- ¿y quién consigue volver a dormir?
LA MATRONA
¿Por qué han venido a llamarme, en mitad de la noche, si no tenían necesidad de mí? El viejo llega, llama a la puerta como si quisiera derribarla, suplica, me hace salir de la cama caliente, y me cuenta que su mujer está a punto de dar a luz y que no tiene a nadie para asistirla. Yo, ingenua, me dejo persuadir, y lo sigo. Creía que estaba en casa de parientes, o por lo menos en la posada. En cambio, me lleva a un establo fuera del pueblo, alejado, medio derrumbado. Se detiene y dice: es aquí. Yo no quería ni entrar, porque no estoy acostumbrada a poner los pies en los establos. Todas mis clientes son señoras, las mejores señoras de Belén. Y esta señora que se aloja en un establo debe ser una desgraciada, una huida, tal vez una pecadora que se esconde.
A pesar de todo, me llené de valor y entré. Ahora ya había llegado hasta allí y tal vez consiguiera un siclo, aunque el viejo no tuviera el aspecto de ser una persona de posibles. Pero cuando ya estoy dentro, ¿qué veo? A la madre toda tranquila y plácida, sentada cerca del pesebre, como si nada hubiese ocurrido. Y allí dentro, en el heno, un hermoso niño que mira a los ojos y que ilumina toda la habitación.
Y entonces, digo yo, ¿qué sorpresas son éstas? ¿Por qué me han arrancado de casa, donde soñaba tan bien, si todo se ha terminado?
Ellos, el hombre y la mujer, se miran y no me contestan. Finalmente consigo saber que aquella joven ha parido sin dolor. Sin trabajo y sola, sin la ayuda de nadie, mientras el viejo me buscaba. No he podido contener la rabia y me desahogado con los dos cuanto me ha parecido.
Pero la mujer estaba completamente encantada con el niño, y el niño parecía que me sonriera, como si quisiera calmarme. El viejo ha intentado ponerme en la mano algunas monedas, pero yo no he querido nada y he salido de allí dando un portazo.
Aquellas nos son personas como las otras, y yo no quiero ni tocar su dinero. Puedo equivocarme, pero ahí hay algo de brujería. Nunca se ha oído decir que una mujer pariera de ese modo, sin dolores y sin socorros. ¡Y ese hijo que mira a la gente como un hombre!.
Y luego, ¡hacerme levantar a esta hora con este viento helado, y para llegar y encontrarme que todo está hecho! Mañana, apenas se haga de día, quiero explicárselo todo al centurión. Dejaré de ser quien soy si mañana no los echa de Belén, ¡vagabundos ignorantes!
EL RATÓN EN LA PARED
Eso ya está visto: esta noche ayuno. Esperaba que se hiciera oscuro para salir de mi escondrijo y buscarme la comida, cuando ha empezado a llegar gente y se han puesto a hacer luz, a hablar y a moverse por todas partes. Hay una mujer con un niño, un viejo que los acompaña, y, además, los pastores de los alrededores. Son hombres, por tanto, perseguidores de mi raza, y no hay que dejarse ver. Me toca quedarme aquí, entre estas dos piedras removidas, espiando lo que sucede.
Y siento que el hambre me debilita. Esperaba encontrar alguna migaja de pan que se le hubiera caído hoy al labrador y algunos granos de trigo que se hubieran quedado entre la paja, como otras noches. Pero no hay solución. Salir de aquí no me conviene. Los pastores han encendido fuego y se ve como si fuera de día. En cuanto me descubrieran me aplastarían con sus zapatos herrados.
No se sabe lo que están haciendo ahí dentro. Por la noche no suele haber más que el buey y el asno, y de ellos no tengo miedo. Casi diría que somos amigos, aunque sean mucho mayores que yo. Esos cabreros están ahí, alrededor del pesebre, con los ojos abiertos, como si adoraran a ese niño que acaba de nacer. Sólo Dios sabe qué habrá ocurrido para maravillarse tanto y hacer tanta fiesta. A mí me parece un niño como los demás, y también los niños, cuando pueden, se divierten torturando a mis hermanos. Yo, de verdad, no tengo ningunas ganas de adorarlo como hacen estos villanos. Tanto más, que si sufro hambre es por su culpa. Si le dejaran solo, me gustaría divertirme mordiéndolo...
EL BUEY
¿Quién habrá dado a esos el derecho a invadir mi casa? Es la primera vez que los veo. Esa joven no es la mujer del guardián, y ese viejo no es el boyero. Y, sin embargo, están haciendo de dueños y hasta han ocupado el pesebre destinado a mi heno. ¿Qué señorío es este?
¿Qué habrán puesto dentro del pesebre?
¡Vaya! Ahora lo veo. Es un hijo de mujer, ¡un hombre apenas nacido! Pero ¡qué diferente es de todos los demás! En mi vida he visto una criatura parecida. No llora, como hacen los niños, no duerme, no gime, no grita. Tiene los ojos abiertos, grandes, serenos como el cielo de abril. No parece un niño de verdad, sino una aparición, un pequeño Dios que por equivocación ha ido a parar en medio de la hierba seca...
Nunca me había dado cuenta de lo oscuro y sucio que es este establo. Me avergüenzo de no tener un sitio más bello, más digno de él. Descubro las telas de araña que antes no había visto; las maderas carcomidas; las losas del suelo todas húmedas, todas negras.
¿Cómo es posible que un ser tan milagroso haya escogido esta mugrienta cabaña para venir al mundo?
De él emana un resplandor caliente, una luminiscencia amorosa que atraviesa todas las cosas y hace bien al corazón. Los hombres no son así ni cuando nacen. Los hombres son duros, burdos, crueles, tristes...
Ahora sonríe y parece que quisiera hablar. Se ha dado cuenta de que lo miro y parece darme las gracias. No tiene miedo de mí. Casi diría que me quiere y que me quisiera consolar. En ninguna mirada humana he descubierto nunca una expresión igual.
Ya soy viejo y he trabajado durante tantos años que mis pobres huesos están cansados. Pero por él haría gustoso cualquier cosa: llevar a cuestas una montaña, arar todos los campos de Judea.
¿Qué podría hacer por él? ¿De qué manera demostrarle mi reconocimiento? ¿Calentarlo con mi aliento? Pero ¿seré digno yo, animal de yugo, de acercarme a ese cuerpecillo que reluce?
EL GORRIÓN EN EL TEJADO
No entiendo nada de lo que pasa. Luz arriba y luz abajo. Parece que se esté haciendo de día y, sin embargo, éste no es el calor de sol.
Me parece que hace poco he regresado al nido y en esta época del año las noches no terminan nunca. No puede ser la mañana. Aquí hay un misterio. Abajo en el establo oigo voces; arriba en el cielo otras voces, no sé de quién. ¿Será posible que los hombres se hayan puesto de repente a volar como nosotros? ¡Sería nuestra ruina!
El hecho es que esta noche no es posible dormir en paz.
Y a mí, que mañana a primera hora tengo que levantar el vuelo para buscar alguna semilla o algún residuo para no morirme de hambre, estas luces y estas voces no me convienen nada.
Las otras noches estábamos tan en paz que era un encanto. En verdad que no sé lo que tiene que buscar esa gente a esta hora para fastidiar a un pobre pájaro que durante el día tiene que afanarse para ganarse la vida. ¿Por qué no duermen tranquilos, como hacía yo?
Parece imposible, pero esos brutos gigantes de dos piernas parecen creados aposta para nuestro castigo. O nos hacen prisioneros, o nos matan, y, no contentos con esto, me fastidian el sueño.
EL ASNO
Dios ha querido que antes de morir viera cosas maravillosas.
¡Todas las noches aquí dentro, en las tinieblas, cansado y triste, pensando en mi vida desgraciada, sin otra compañía que un buey que rumia o un ratón que roe!
Ahora, en cambio, me parece estar en el corazón del mundo. Un esplendor que palpita, un cántico que baja de los cielos, una mujer más bella que las otras mujeres, un niño que roba el sosiego a quien le ve. Yo no soy un sentimental, como mi blanco compañero, y tampoco un supersticioso, como mi dueño. Y, sin embargo, tendría ganas de arrodillarme como hacen estos cabreros que han acudido aquí, corriendo, como si los hubiera convocado un Dios.
También yo he rodado lo mío; una vez he estado en Damasco y seis veces en Jerusalén. Pero no recuerdo un prodigio como éste, nunca me he sentido tan feliz como esta noche.
Esa joven que inclina su rostro bellísimo y pálido sobre el fruto de su sangre, casi me hace llorar por no sé qué nueva ternura. Y ese hombre anciano que contempla a la mujer y al niño como si estuviera arrebatado a la felicidad por un sueño. Y esos pastores que tienen la cara más enrojecida por la alegría que por el reflejo de las llamas. Y esa criatura dulcísima tendida en el pesebre, que contempla a todos como si los quisiera consumir con su corazón.
Ese no es hijo de hombre. He oído decir a los pastores que les fue anunciado el nacimiento de un Dios. Cuanto más lo miro, más me parece verdad. Los hombres no tienen esos ojos, no exhalan ese fulgor.
¡Y pensar que yo lo he visto nacer, yo, pobre bestia de carga despreciado por todos! ¿Por qué misterio ha querido iniciar su vida aquí, en este pedazo destartalado, destinado a nuestros morros hambrientos? ¿Por qué arcana razón soy digno de ser espectador de un portento tan increíble: el nacimiento de un Dios?
Soy el último de los animales de la tierra, soy un pobre saco de piel llagada y de huesos molidos; pero no me eches, Niño; permíteme a mí amar a Aquel que un día quiso crear hasta a mí.
FIN


Papini inicia su extensa y compleja obra Historia de Cristo así:

EL AUTOR AL LECTOR
De quinientos años a esta parte, los que se llaman "espíritus libres", porque han desertado de la Milicia por los Ergástulos, se desviven por asesinar una segunda vez a Jesús. Para matarlo en el corazón de los hombres.
Apenas pareció que la segunda agonía de Cristo llegaba a los penúltimos estertores, se presentaron los necróforos.
Jumentos presuntuosos que habían tomado las bibliotecas por establos; cerebros aerostáticos que creían, poder tocar con la mano la sumidad de los cielos, montados en la montgolfiera de la filosofía; profesores atacados de satiriasis por fatales borracheras de filología y de metafísica, se armaron —¡el Hombre lo quiere!— como otros tantos cruzados contra la Cruz. Algunos extravagantes
creadores de fábulas dieron en propalar, con una fantasía que deja chiquita la famosa de Radeliffe, que la historia de los Evangelios era una leyenda, a través de la cual, se podía, cuando mucho, reconstruir una vida natural de Jesús, el cual fué por un tercio profeta,
por un tercio nigromante, y por el otro tercio caudillo de la plebe; y no hizo milagros, como no lo sea la curación hipnótica de algún poseído; y no murió en la cruz, sino que despertó en el frío de la tumba y reapareció luego con aire de misterio, para hacer creer que había resucitado. Otros demostraban, como dos y dos son cuatro, que Jesús es un mito creado en tiempos de Augusto y de Tiberio y que todos los Evangelios se reducen a un mal combinado mosaico de textos proféticos. Otros representan a Jesús como un ecléctico aventurero, que había concurrido a las escuelas de los Griegos, de los Budistas y de los Esenios y había amasado, a la de Dios es grande, sus plagios para hacerse creer el Mesías de Israel. Otros hicieron de él un humanitario maniático, precursor de Rousseau y la "divina" Democracia: hombre excelente para su tiempo, pero que, en la actualidad sería confiado al cuidado de un alienista. Otros, finalmente y para terminar de una vez por todas, volvieron a la idea del mito y, a fuerza de fantasear y de comparar, llegaron a la conclusión de que Jesús no había nacido en ningún lugar del mundo.
Pero ¿quién ocuparía el puesto del gran Desterrado?
Cada día se ahonda más la huesa, pero no lograrán enterrarlo del todo en ella.
Y cata aquí una escuadra de faroleros y recuadradores del espíritu dedicados con ahinco a fabricar religiones para el uso y consumo de los irreligiosos. Durante todo el ochocientos las hornearon de a pares y de a media docena a la vez. La religión de la Verdad, del Espíritu, del Proletariado, del Héroe, de la Humanidad, de la Patria, del Imperio de la Razón, de la Belleza, de la Naturaleza, de la Solidaridad, de la Antigüedad, de la Energía, de la Paz, del Dolor, de la Piedad, del Yo, de lo Futuro, y así sucesivamente. Algunas no eran más que malos remedios del Cristianismo decapitado y deshuesado, de Cristianismo sin Dios; las más eran políticas o filosofías que tentaban cambiarse en místicas. Pero pocos eran los fieles y débil el entusiasmo. Aquellas abstracciones heladas, aunque sostenidas, a veces, por intereses sociales o por pasiones literarias, no llenaban los corazones de donde se había querido arrancar a Jlesús.
Se tentó, entonces, compaginar facsímiles de religiones que tuvieran, más y mejor que las otras, lo que los hombres buscan en la religión. Los fracmasones, los espiritistas, los teósofos, los ocultistas, los científicos, creyeron haber encontrado el sucedáneo infalible del Cristianismo. Pero estas ollas podridas de supersticiones mohosas y de cabalística cariada, de simbólica simiesca y de humanitarismo acedo, estos remiendos mal zurcidos del budismo de exportación y de Cristianismo falsificado, si contentaron a algunos millares de mujeres pasadas de moda, de bípedos pollinos, de condensadores del vacío, pare usted de contar.
Mientras, entre un presbiterio tudesco y una cátedra suiza, se venía preparando el último Anticristo. Este, bajando de los Alpes hacia Oriente, dijo: "Jesús ha mortificado a los hombres; el pecado es bello, la violencia es bella, es bello todo lo que dice sí a la Vida". Y Zarathustra, después de haber arrojado al Mediterráneo los textos griegos de Leipzig y las obras de Maquiavelo, comenzó a picotear, con el donaire que puede tener un tudesco nacido de un pastor protestante y bajado entonces de una cátedra helvética, a los pies de la estatua de Dionisio. Pero por más que sus cantos resultaran dulces al oído, nunca logró explicar qué es esta "adorable vida" a la cual se debía sacrificar una parte tan viva del hombre cual es la necesidad de vencer en sí mismo a la bestia; ni nos supo decir la manera como el Cristo vivo de los Evangelios se contrapone a la vida, él que la quiere más elevada y feliz. Y el pobre Anticristo sifilítico, en los umbrales ya de la locura, firmó su última carta así: El Crucificado.
*
Así y todo, a pesar de tanto derroche de tiempo y de ingenio. Cristo no ha sido expulsado de la tierra. Su memoria se encuentra en todas partes. En las paredes de las iglesias y de las escuelas, en la cúspide de los campanarios y en las cimas de los montes, en los nichos de las calles, a la cabecera de lo lechos y sobre las tumbas, millones de cruces recuerdan la muerte del Crucificado. Raspad los frescos de las iglesias, removed los cuadros de los altares y de las casas; con todo la vida de Cristo llena los museos y las galerías. Arrojad al fuego los misales, los breviarios, los eucologios y hallaréis lo mismo su nombre y BUS palabras en todos los libros de las literaturas. Hasta la blasfemia es un involuntario recuerdo de su presencia.
La Gentilidad y la Cristiandad nunca podrán soldarse entre sí. ANTES DE CRISTO Y DESPUÉS DE CRISTO. Nuestra era, nuestra civilización, nuestra vida empieza con el nacimiento de Cristo. Lo que fué antes de su venida podemos buscarlo y saberlo, pero no es más nuestro, está señalado con otros números, circunscrito en otros sistemas, no agita más nuestras pasiones: puede ser todo lo bello que se quiera, pero está muerto. César, en sus tiempos, hizo más ruido que Jesús, y Platón enseñaba más ciencia que Cristo. Todavía se habla del primero y del segundo, pero ¿quién se acalora por César o contra César? ¿Y dónde están, hoy, los platónicos o antiplatónicos? En cambio, Cristo está siempre vivo en nosotros. Hay todavía quien lo ama y quien lo odia. Existe una pasión
por la pasión de Cristo y una por su destrucción. El enfurecerse de tantos contra él dice bien claramente que todavía no ha muerto. Los mismos que se desviven por negar su doctrina y su existencia pasan la vida recordando su nombre.
Vivimos en la era cristiana. Y ésta no ha terminado. Para comprender este mundo nuestro y nuestra vida, para comprendernos a nosotros mismos, hay que referirse a él. Cada edad debe volver a escribir su Evangelio. También la nuestra lo ha escrito, y más que otra alguna. De suerte que el autor de este libro debería, llegado a este punto, justificarse de haberlo escrito. Mas la justificación, si es necesaria, se manifestará a los que lo leyeran hasta la última página.
Ningún tiempo como éste estuvo tan apartado de Cristo y tan necesitado de Cristo. Pero para volverlo a hallar NO bastan los libros viejos. Ninguna vida de Jesús, así la escribiera el escritor de genio más sublime de cuantos han existido, podría ser más bella y "perfecta que los Evangelios". La cándida sobriedad de los primeros cuatro historiadores no podrá ser superada jamás por todas las maravillas del estilo y de la poesía. Y bien poco podemos añadir a lo que ellos dijeron.
Mas ¿quién lee hoy a los Evangelistas? ¿Quién los sabría leer de veras, en caso de leerlos? Las glosas de los filólogos, los comentarios de los exégetas, las variantes y la erudición de los apostilladores de poco sirven: enmiendas a la letra, juegos de admirable paciencia. Pero quiere otra co«a el corazón.
Cada generación tiene, en efecto, sus preocupaciones y sus ideas propias —y sus locuras—. Se impone una nueva traducción del antiguo Evangelio en favor de los descarriados. Para que Cristo viva siempre en la vida de los hombres, para que esté eternamente presente, es forzoso resucitarlo de vez en cuando; no para retocarlo con los colores de moda, sino para representar, con palabras
nuevas y con referencias a la actualidad, su eterna verdad y su historia inmutable. El mundo está lleno de estas resurrecciones de librería, doctas o literarias: pero parécele al autor de la presente, que muchas han sido olvidadas y que otras no son apropiadas. Especialmente en Italia, después de las últimas experiencias.
Para narrar la historia de las historias de Cristo fuera menester otro libro y más voluminoso que éste. Pero las más leídas y conocidas se pueden dividir, así a ojo de buen cubero, en dos grandes porciones. Las escritas por gente de la Iglesia para los creyentes y las escritas por hombres de ciencia para los profanos. Ni aquéllas ni éstas pueden satisfacer a quien busca en una vida, la Vida.
*
De las vidas de Jesús destinadas a loe devotos se desprende un no sé qué de marchito y rancio que repele, desde las primeras páginas, al lector habituado a alimentos más delicados y sustanciosos. Hay un humazo de pabilo recién apagado, un hedor de incienso desvanecido y de aceite inferior que corta el aliento. No se respira bien. El incauto que se aproxima, recordando la vida de los grandes escritas con grandeza, y poseyendo algunas nociones del arte de escribir y de la poesía, siente como un vahido al avanzar por esa prosa floja, pesada, deshilacliada, conjunto de remiendos y mosaicos de lugares ¡ay! demasiado comunes, que vivieron mil años ha, pero que hoy yacen exánimes, cristalizados, empañados como las piedras de un lapidario o los llantos, al unísono, de
un ritual.
La cosa empeora cuando estos jamelgos extenuado! quieren lanzarse, repentinamente, al galope de la lírica o al trote de la elocuencia. Sus gracias desusadas, ese acicalamiento en el decir que sabe a arcadia purista y a modelos de escritura para las academias provinciales, ese falso calor, entibiado por una melosa dignidad, acobardan a los más resistentes y temerarios. Y cuando no se abisman en los misterios brumosos de la escolástica, caen en la oratoria hipnótica de la homilía dominical. En una palabra, son libros escritos para quien cree en Jesús, es decir, para quien, en cierto sentido, podría prescindir de ellos. Los hay también óptimo; pero los laicos, los indiferentes, los artistas, los familiarizados con la grandeza de los antiguos y con las novedades de los modernos,
no buscan esos volúmenes o bien los abandonan, después de un primer vistazo. Y, sin embargo, son precisamente estos lectores los que deberían ser conquistados, porque «on los que Cristo ha perdido, y hoy imponen al público su opinión y pesan en el mundo.
Los otros, los doctos que escriben para los neutros, logran tanto o menos que aquéllos, en cuanto a llevarle a Jesús las almas que saben que son cristianas. En primer lugar porque casi nunca es éste el fia que se proponen y ellos mismos, con pocas excepciones, se hallan entre los que deberían ser llevados nuevamente al Cristo real y vivo; y, después, porque su método, que pretende ser, según dicen, histórico, crítico, científico, los lleva más bien a detenerse en los textos y hechos exteriores, para determinarlos o destruirlos, que en el valor y la luz que se podrían hallar, queriendo, en aquellos textos y en aquellos hechos. Los más tienden a encontrar al hombre en Dios, la normalidad en el milagro, la leyenda en las tradiciones y, por encima de todo, buscan las interpelaciones, las falsificaciones y los apócrifos en la primitiva literatura cristiana.
Los que no llegan a negar que Jesús haya vivido podan todo lo que pueden de los testimonios que todavía nos quedan acerca de él, y a fuerza de "si", de "pero", de "consideraciones y respetos", de dudas y de hipótesis, no alcanzan a escribir historia cierta, aunque, felizmente, tampoco logran destruir la contenida en el Evangelio, ¡tales y tantas son las contradicciones entre ellos mismos!, de suerte que cada nuevo sistema tiene por lo menos el mérito de reducir a la nada todos los inventados antes. En suma, estos historiadores, con todo su andamiaje de resortes y remiendos, con todos los recursos de la crítica textual, de la mitología, de la paleografía, de la arqueologia, de la filología semítica y helenista no hacen más que triturar y diluir, a fuerza de desmenuzamiento y artificios, la vida sencilla de Cristo. La conclusión más lógica de todas estas investigaciones curiosas, de "toda esta agitación es que Jesús nunca vino a la tierra o que, si por acaso de veras vino, no podemos decir nada cierto al respecto.
Queda, indudablemente, y no tan fácil de borrar, el Cristianismo, pero lo único de que son capaces estos enemigos de Cristo es de ir a Oriente y. a Occidente en demanda de las "fuentes", como dicen, del pensamiento cristiano, con la santa intención, nada disimulada por cierto, de reducirlo todo a sus precedentes judaicos, helénicos y, acaso indios y chinos, para luego poder decir: "¿Veis? Este vuestro famoso Jesús, en resumidas cuentas, no sólo era un simple hombre, sino un pobre hombre: tanto es así, que nada ha dicho que el género humano no lo supiera ya de memoria antes que él". Podríase preguntar aquí a estos negadores de milagros cómo explican el milagro de que un sincretismo de antiguallas haya creado en torno de un obscuro plagiario un movimiento de hombres, de pensamientos, de instituciones tan fuerte y fecundo que le ha permitido cambiar la faz del orbe por muchos siglos. Pero no formularemos, al menos por ahora, ni ésta ni muchas otras preguntas que se presentan espontáneas.
En pocas palabras: si de la comunidad del mal gusto de los compiladores piadosos se pasa, en busca de iluminaciones, a los monopolizadores de la "verdad histórica", se cae del aburrimiento devoto en la confusión estéril. Los primeros no saben conducir, de nuevo, a Cristo los descarriados, y les otros loi pierden en los laberintos de la controversia. Y tanto éstos como aquéllos no invitan
a que se les lea: es decir, escriben mal. Si los divide la fe, en cambio los une la cacografía. Y el énfasis untuoso repugna tanto a los espiritas cultos, conocedores, así sea de paso, de la poesía del Evangelio —idilio divino y tragedia divina— como el hielo de los universitarios.
Tan cierto es esto, que hoy todavía, después de tantos años y de tanto cambio de gustos y de opiniones, la única vida de Jesús que leen los laicos es la del clérigo apóstata Renán, no obstante provocar náuseas a todo cristiano verdadero, por su "diletantismo", ultrajante hasta cuando alaba, y a todo historiador sincero, por sus prejuicios y eu crítica insuficiente. Mas el libro de Renán, aun pareciendo la obra de un novelista escéptico de maridaje con la filología o de un semita que sufre de nostalgias literarias, tiene el mérito de estar "escrito", es decir, de hacerse leer también por los que no son ni creyentes ni especialistas.
Hacerse leer con agrado no es el mayor ni el único mérito de un libro y quien se contentara con ése sólo y no valorara los demás, demostraría ser más antojadizo que amante. Pero convengamos en que es un mérito, y a la verdad no pequeño, en un libro, es decir, en una cosa que precisamente se propone ser leída. En particular, cuando no quiere ser simplemente un útil de estudio, le basta eso; pero debería llegar basta la que antes se llamaba "moción de los afectos" o, para hablar en vulgar, debería tender a "rehacer la gente".
Ha parecido al autor del presente libro —y, en caso de equivocarse, gozaría en ser corregido por quien esté más versado— que entre tantos millares de obras como narran de la vida de Jesús, falta una que satisfaga a quien busca, en vez de contrapruebas dogmáticas o eruditas indagaciones, un alimento apto para el alma, para las necesidades del siglo y de todos.
Un libro vivo, entiendo decir un libro que haga vivir más a Cristo, el siempreviviente, con amorosa vivacidad, a los ojos de los vivos. Que lo haga sentir presente, de una eterna presencia, a los presentes. Que lo pinte en toda su viviente y presente grandeza —perenne y, por lo mismo, también actual— a los que lo han ultrajado y rechazado, a los que no lo aman porque nunca vieron su verdadera faz. Que manifieste cuánto hay de sobrenatural y de simbólico en sus principios humanos, tan obscuros, tan sencillos y populares, y cuánto de familiar humanidad, de popular sencillez se trasluce también en su mansión de libertador celestial, en SU fin de ajusticiado y resucitado divino. Que muestre, en fin, en esa epopeya trágica en la que a la. verdad pusieron manos el cielo y la tierra, cuántas enseñanzas dictadas para nosotros, apropiadas a nuestros tiempos, a nuestra vida, se pueden deducir de la misma sucesión de acontecimientos que se inician en el establo de Belén y terminan en la nube de Betania.
Un libro escrito por un laico para los laicos y que no son cristianos o apenas lo son aparentemente. Un libro sin los dengues del pictismo  de sacristía y sin la aspereza de la literatura que se llama "científica" sólo porque está perpetuamente poseída por el terror a las afirmaciones. Y un libro, por último, escrito por un moderno que tenga un poco de respeto y de conocimiento del arte, y sepa fijar la atención hasta de los mismos hostiles.
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El autor no presume haber hecho un libro tal, aunque confiesa haber pensado en ello más de una vez: pero por lo menos ha tentado, de acuerdo con su capacidad, aproximarse a ese ideal.
E inmediatamente declara, con humildad sincera, que no ha hecho obra de "historiador científico". No la ha hecho porque no habría podido hacerla; pero aun poseyendo toda la ciencia necesaria no la hubiera querido hacer. Adviértese, entre otras cosas, que el libro ha sido escrito casi todo en el campo, en un campo lejano y agreste, con el auxilio de poquísimos libros, sin consejos de amigos y sin revisión de maestros. No espera, pues, ser citado por los cancerberos de la Alta Crítica y por los escrutadores de cuádruple lente entre las "autoridades de la materia"; mas esto importa poco, siempre que el libro pueda hacer algo de bien a alguna alma, aunque sea una sola. Porque pretende ser, como se ha dicho antes, una exhumación del Cristo —del Cristo embalsamado en los aromas evaporados o sajado por los bisturíes universitarios— pero no otra inhumación.
El escritor se ha basado en los Evangelios: es decir, tanto en los Sinópticos como en el cuarto.
Las infinitas disertaciones y disputas acerca de la autenticidad de los cuatro historiadores (y acerca de las fechas y de las interpolaciones, de su recíproca dependencia y de las verisimilitudes y derivaciones) lo han dejado, confiésalo ingenuamente, indiferente. No poseemos documentos más antiguos que aquéllos, ni otros contemporáneos, judíos o paganos, que nos permitan corregirlos o desmentirlos. Quien se empeña en este trabajo de selección y de contralor podrá derrochar mucha doctrina, pero no hará adelantar un solo paso el verdadero conocimiento de Cristo.
Cristo está en los Evangelios, en la Tradición apostólica y en la Iglesia. Fuera de allí todo es tinieblas y silencio. Quien acepta los cuatro Evangelios, debe aceptarlos íntegramente, sílaba tras sílaba; o bien rechazarlos desde el primero al último y decir: no sabemos nada. Querer distinguir, en aquellos textos, lo cierto de lo probable, lo histórico de lo legendario, el fondo de lo agregado, lo primitivo de lo dogmático, es empresa desesperada. La cual, en efecto, termina, casi siempre, en la desesperación de los lectores que, en ese embrollo de sistemas que se contradicen y cambian de decenio en decenio, acaban por no entenderse y por abandonarlos
todos. Los más famosos exégetas del Nuevo Testamento sólo están de acuerdo en un punto y es éste: que la Iglesia ha sabido elegir, en el enorme aluvión de la primitiva literatura, los Evangelios más antiguos, reputados, desde entonces, como los más fieles. No se pide más.
Junto con los Evangelios el autor de este libro ha tenido a la vista aquellos "logia" y "ágrafa" que tienen más sabor evangélico y también algunos textos apócrifos, usados "con juicio". Y, por último, nueve o diez libros modernos, de entre los que tenía a mano.
Parécele, según lo que ha podido advertir, haberse apartado, algunas veces, de las opiniones más comunes, y de haber bosquejado un Cristo que no siempre tiene los rasgos acicalados de las imágenes ordinarias, pero no podrán afirmarlo con certeza. Por lo demás, no da sobrada importancia a cualquiera novedad que pudiera notarse en su libro, escrito con la esperanza más de ser bueno que de ser bello. Tanto más que, en cambio, le habrá acaecido el repetir cosas que otros dijeron y que él, en su ignorancia, no ha conocido. En estas materias, la substancia, que es la verdad, es inmutable y lo único nuevo posible es la manera de exponerla bajo formas más eficaces, de suerte que sea más fácilmente asequible. Así como ha tratado de sortear los tremedales de la alta crítica erudita, tampoco ha pretendido detenerse mucho en los misterios de la teología. Se h a aproximado a Jesús con la sencillez del deseo y del amor como se le aproximaban, cuando hablaba, los pescadores de Cafarnaúm, felizmente para ellos más ignorantes que el autor.
Este, aun manteniéndose fiel a las palabras de la Revelación y a los dogmas de la Iglesia Católica, ha procurado, a veces, presentar aquellos dogmas y aquellas palabras bajo formas distintas de las corrientes, con un estilo violento, de oposiciones y de candencias finales, reavivado por términos crudos y amargos, a fin de ver si, acaso, las almas de hoy, acostumbradas a los narcóticos del error, son capaces de despertar a los golpes de la verdad.
Para los descontentadizos el autor se atreve a apropiarse las palabras de Pablo: "Con los que están sin ley me he hecho como si yo estuviera sin ley , por ganar a los que estaban sin ley" (Corintios cap. 9, vers. 21). "Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvarlos a todos" (Cor. IX, 22). "Y todo lo hago por el Evangelio" (Cor. IX, 23).
Ha tenido presente no sólo al mundo judío sino al antiguo, con la esperanza de poder mostrar la novedad y grandeza de Cristo comparado con todos aquellos que lo precedieron. No ha seguido siempre el orden de los tiempos y de los sucesos, porque convenía más a su propósito —que no es, como lo ha dicho ya, propiamente histórico— reunir ciertos grupos de pensamientos y de hechos, para iluminarlos con más intensidad, en vez de dejarlos esparcidos acá y allá en el curso de la narración. Para no dar un aspecto pedantesco a su obra ha suprimido todas las citas y ha querido prescindir de las notas. No quiere parecer lo que no es, es decir, un doctor en bibliografía, ni quiere que su obra huela, aunque sea poco, a erudición. Los que entienden de esto se percatarán de las autoridades no citadas y de las soluciones que ha escogido en presencia de ciertos problemas de concordancia; los otros, los que buscan solamente la manera cómo Cristo se ha aparecido a uno de ellos, se sentirían fastidiados con el fárrago de textos y disertaciones al pie de cada página.
Quiero sí decir aquí una sola palabra acerca de la Pecadora que llora a los pies de Jesús. Aunque los más vean en los Evangelios dos escenas diversas y dos mujeres distintas, el autor se ha permitido, por razones de arte, reunirías en una sola y de esto pide perdón, que espera le será otorgado, desde que no se trata de materia dogmática. Debe hacer presente también que no ha podido explanar
a su manera los episodios en los cuales aparece la Virgen Madre. Esto es por no alargar demasiado el libro ya largo, y, especialmente, por la dificultad de mostrar, aunque de paso, todo el rico tesoro de belleza religiosa que en sí encierra la figura de María. Fuera menester otro volumen y el autor se siente tentado, si Dios le da vida y vista, de arriesgarse a la empresa de "decir de Ella lo que jamás se dijo de otra alguna".
Notarán, al menos los conocedores de los Evangelios, que otras cosas de menor importancia han sido saltadas y que otras, en cambio, han sido explicadas de una manera no común. La razón es que éstas pareciéronle al escritor más apropiadas a su intento, que es —para decirlo
con palabra desusada y hasta repugnante a ciertos individuos— la "edificación".
*
Este pretende ser un libro —la carcajada está descontada ya— de edificación. No en el sentido de la beatería mecánica, pero sí en el sentido humano y viril de la renovación de las almas. Acción grande y sana es edificar una casa: brindar albergue contra el frío y la noche, es elevarse. Pero edificar una alma, ¡es construir con piedras de la verdad! Cuando se habla de edificar, no se percibe más que un verbo abstracto, gastado por la costumbre. Edificar, en sentido corriente, significa levantar paredes. ¿Quién de vosotros se ha detenido nunca a pensar en todo lo que ge necesita para levantar paredes, para levantarla bien, para hacer una verdadera casa, que se sostenga, que esté
firme, construida y techada en debida forma, con paredes maestras a plomo y con el techo que no permita el paso del agua? ¿Y en todo lo que se necesita para construir una casa: piedras recuadradas, ladrillos bien cocidos, tirantes duros, cal de primera, arena fina sin mezcla
de tierra, cemento no envejecido ni húmedo? ¿Colocarlo todo en su lugar correspondiente, con buen ojo y paciencia hacer que combinen exactamente las piedras, no poner mucha agua o mucha arena en la argamasa, tener humedecidas las paredes, saber llenar las juntas y allanar debidamente los revoques? Así la casa ee eleva día por día, hasta el cielo, la casa del hombre, la casa a la cual llevará a su esposa, donde lian de nacer sus hijos, donde podrá albergar a sus amigos.
Pero la mayor parte de los hombres cree que para hacer un libro basta tener una idea y luego tomar muchas palabras y ponerlas juntas de manera que queden bien. Esto no es verdad. Un horno de tejas, una cantera, no son una casa. Edificar una casa, edificar un libro, edificar una alma son trabajos que ocupan todo un hombre y todas sus responsabilidades. Este libro quisiera edificar almas cristianas, porque al escritor le parece que, en este tiempo, es ésta una necesidad impostergable. ¿Lo logrará? ¿No lo logrará? No puede decirlo
hoy, el autor del mismo.
Sin embargo, espera que confesarán ser éste un libro, un verdadero libro, no un muestrario, no una colección de retazos. Un libro que puede ser mediocre y hasta equivocado, pero que está construido: una obra edificada además de edificadora. Un libro con su plano y su
arquitectura, una verdadera casa con su pórtico, con sus arquitrabes, con sus divisiones y sus bóvedas; y también con algunas aberturas por donde ver el cielo y los campos.
El autor de este libro es, al menos quisiera serlo, un artista y no podía olvidar esta su condición, precisamente en la presente oportunidad. Mas declara que no ha querido hacer obra de "bellas letras" o, como se dice ahora, de "pura poesía", porque más le preocupaba, al menos esta vez, la verdad que la belleza. Pero si aquellas virtudes, por escasas que ellas sean, de escritor enamorado de su arte lograran convencer a una alma más, se complacería como nunca de los dones recibidos. Acaso su inclinación a la poesía le ha servido para hacer más actual y, en cierto modo, más fresca la evocación de las cosas antiguas, que parecen petrificadas en lo hierático de las imágenes consagradas por la costumbre...
Todo es nuevo y presente para el hombre de imaginación. Toda estrella grande que se mueve en la noche, puede ser la que te señala la casa donde nace un hijo de Dios. Todo establo tiene un pesebre que puede convertirse en cuna, siempre que se llene con heno seco y paja limpia; toda montaña desnuda, bañada de luz en los amaneceres dorados sobre el valle sumido todavía en la obscuridad, puede ser el Sinaí o el Tabor; en los fuegos de los rastrojos o en las carboneras, que brillan de noche en las colinas, puedes ver la llama que Dios enciende para guiarte a través del desierto; y la columna de humo que se eleva de la chimenea del pobre señala desde lejos el camino al bracero que regresa. El jumento que monta la pastora, apenas terminada la tarea de ordeñar, es el mismo que cabalgaba el profeta al dirigirse a tiendas de Israel o el que bajó hacia Jerusalén para la fiesta de Pascua. La paloma que gime al borde del techo de pizarras es la misma que anunció al patriarca el término del castigo o descendió encima de las aguas del Jordán . Todo es igual y todo es presente para el poeta, y toda historia es historia sagrada.
E1 autor, empero, pide perdón a sus austeros contemporáneos si, más frecuentemente de lo que convenía, se dejó arrastrar hacia la que, hoy casi con asco, se llama elocuencia, hermana carnal de la retórica y madre adulterina del énfasis y de otras hidropesías de la selecta elocuencia. Pero puede que admitan que no le era posible escribir la historia de Cristo con el mismo estilo llano y tranquilo que conviene a la de don Abundio. El propio Manzoni, cuando cantó la Natividad y la Resurrección, no recurrió a los giros del pulcro lenguaje florentino, sino que apeló ia las imágenes más imponentes del Antiguo y del Nuevo Testamento. Sé perfectamente que la elocuencia ¡disgusta a ! los modernos, como las telas rojas a las damas de la ciudad y el órgano de la iglesia a los bailarines del "jazz": pero no logré siempre prescindir de ella. La elocuencia, cuando no es declamación artificiosa, es desborde de fe; y en una edad que no cree, no hay sitio para la elocuencia. Sin embargo, la vida de Jesús es un drama y un poema tal que exigiría siempre, en lugar de las palabras harto usadas de que podemos disponer, aquellos vocablos "desgarrados y epilépticos" de que habla Passavanti. Bossuet, que por cierto algo sabía de elocuencia, una vez escribió lo siguiente: "¡Pluguiera a Dios que nos fuera dado despojarnos de todo aquello que halaga "el oído, de todo aquello que deleita el espíritu, de todo aquello que hiere la imaginación para no dejar más que la simple verdad, la fuerza y la eficacia
toda pura del Espíritu Santo, sin ningún otro pensamiento que no sea para convertir!" ¡Exactísimo!, pero ¿cómo lograrlo?
El autor de la presente obra hubiera querido, en ciertos momentos, poseer aquella elocuencia valiente y demoledora, capaz de hacer temblar el corazón mejor puesto, una imaginación avasalladora, capaz de trasportar las aliñas, con repentino sortilegio, a un mundo de luz, de oro, de fuego. En otros momentos, por el contrario, le dolía, casi, el eer demasiado artista, demasiado literato, demasiado orfebre y taraceador, y de no ser capaz de dejar las cosas en su poderosa desnudez.
No se aprende a escribir como es debido un libro, súfo cuando se lo ha terminado. Llegados a la palabra final, con la experiencia adquirida en la brega prolongada, fuera menester empezar de nuevo y hacerlo completamente. Pero ¿quién tiene, no digo ya la fuerza, mas ni aun la idea de hacer tal?
Si en algunas de sus páginas tiene este libro el andar de la predicación, no será, a fe mía, un gran mal. A los sermones de las iglesias, donde con frecuencia se dicen cosas mediocres y mediocremente, pero donde, con más frecuencia aún, se repiten verdades que no deberían olvidarse, de ordinario no acuden, en estos tiempos, sino las mujeres y alguno que otro viejo: preciso es, pues, pensar también en los otros. En los sabihondos, en los intelectuales, en los refinados que no entran jamás en la iglesia, pero sí, alguna vez, en las librerías.
Estos por nada del mundo escucharían un sermón pronunciado por un fraile, pero no tienen mayor dificultad en leerlo si se imprime en un libro. Y el presente libro, repitámoslo una vez más, está hecho especialmente para aquellos que están fuera de la Iglesia de Cristo; los
que permanecieron dentro, unidos a los herederos de los Apóstoles, no necesitan de mis palabras.
El autor pide también perdón por haber hecho una obra de muchas, de demasiadas páginas, tratando un solo argumento. Hoy, que la mayor parte de los libros —aun los del propio autor— no son más que ramilletes o manojos de páginas recolectadas de los diarios o de
novelitas de corto aliento o de apuntes de cartera y no pasan, de ordinario, de doscientas o trescientas páginas, el haber escrito más de seiscientas acerca de un tema único parecerá largo para los lectores modernos, más habituados a los bizcochuelos livianos que a los panes
caseros de un kilo; pero los libros, como los días, son largos o cortos según como sean llenados. El autor no está tan curado de la soberbia, que sea capaz de creer que nadie leerá su libro, debido a su mucha extensión, sino que, lejos de ello, llega a forjarse la ilusión de que
|)ueda ser leído con menor aburrimiento que otros más cortos. ¡Tan difícil es curarse del amor propio, aun por aquellos que pretenden curar a los otros!
*
Escribí otro libro, años atrás, en que contaba la vida melancólica de un hombre que quiso, en un dado momento, hacerse Dios. Ahora, en la madurez de los años y de conciencia, he tentado escribir la vida de un Dios que se hizo hombre.
Este mismo escritor, en los tiempos en que dejaba a su loco humor correr desenfrenado por todos los senderos de lo absurdo, creyendo que de la negación de todo lo trascendental resultaba la necesidad de despojarse de toda mojigatería, aun de la profana y mundana,
para llegar al ateísmo integral y perfecto —y era lógico como el "querubín negro" de Dante, pues la única elección concedida al hombre es entre Dios y la Nada, y cuando se huye de Dios no hay argumento capaz de sujetarnos a los ídolos de la tribu y a todos los otros fetiches
de la razón o de la pasión— en aquellos tiempos de fiebre y orgullo, el que esto escribe ofendió a Cristo como pocos antes que él.
Así y todo, después de apenas seis años —pero seis años de grandes angustias y devastaciones dentro y fuera de él—, después de largos meses de encontradas reflexiones, repentinamente, dejando aparte otro trabajo, solicitado casi, y empujado por una fuerza más fuerte
que él, empezó a escribir este libro acerca de Cristo, libro que, ahora, parécele insuficiente reparación de aquella culpa. Con frecuencia Jeeús ha sido más tenazmente amado por aquellos mismo que antes lo odiaban. El odio, a veces, no es .más que un amor imperfecto e
inconsciente; y así como así es siempre mejor aprendizaje de amor que la fría indiferencia.
Cómo el escritor ha llegado, solo, a encontrar a Cristo, por muchos senderos que, al final, desembocalan todos al pie de la montaña del Evangelio, larga y difícil cosa sería el decirlo. Pero su ejemplo —es a saber, el ejemplo de un hombre que, desde niño, sintió repulsión
por todas las creencias conocidas y por todas!as iglesias y por todas las formas de vasallaje espiritual, y después pasó, con desilusiones tan profundas como poderosos habían sido sus entusiasmos, a través de muchas experiencias, las más diversas y más nuevas de
que podía valerse—; el ejemplo, repito, de este hombre, que ha consumido en sí mismo las ambiciones de una época inestable e intranquila como pocas; el ejemplo de un hombre que, después de tanto despotricar, motejar, desatinar, vuelve junto a Cristo tiene, acaso, un significado que no es exclusivamente privado y personal.
No ha vuelto a Cristo por cansancio; porque, a decir verdad, empieza para él una vida más difícil y una obligación más pesada; ni por los miedos propios de la vejez, porque todavía puede decirse joven; ni en busca del "mundanal ruido", porque con los vientos que soplan más le valiera ser adulador que juez. Pero este hombre, vuelto a Cristo, ha visto que El es negado y, lo que es peor que toda otra ofensa, olvidado. Y ha sentido el impulso de recordarlo y defenderlo.
Porque no sólo sus enemigos lo han dejado y gastado, sino que hasta los que fueron sus discípulos, mientras vivía, y lo comprendieron en mitad del camino o al final, lo abandonaron; muchos de los que nacieron en su Iglesia hacen lo contrario de lo que él mandó y prefieren
sus imágenes a su ejemplo vivo, y cuando han gastado labios y rodillas en alguna devoción material, creen haber cumplido con El y haber hecho cuanto pedía y cuanto pide, desesperadamente, y casi siempre en vano, junto con sus Santos, desde hace mil novecientos años.
Una historia de Cristo escrita hoy, es una réplica, una respuesta necesaria, una conclusión inevitable: el peso que se pone en el plato vacío de la balanza, para que de la guerra eterna entre el odio y el amor resulte, al menos, el equilibrio de la justicia.
Que si alguien tildara al autor de regresivo, sépase que no lo alcanza con su pretendido insulto. Frecuentemente parece regresivo quien nace antes de su tiempo. El sol que ee encamina al ocaso es el propio sol que, en el mismo instante decora el nuevo amanecer de un país lejano. El Cristianismo no es una antigualla asimilada ya, en lo que tenía de bueno, por la estupenda e imperfectible
conciencia moderna, sino que es, para muchísimos, tan nuevo que ni siquiera ha empezado. El mundo, hoy, busca más la paz que la libertad y no hay paz verdadera eino bajo el suave yugo de Cristo.
Dicen que Cristo es el profeta de los débiles, y en cambio El vino a fortalecer a los lánguidos y a elevar por encima de los reyes a los pisoteados. Dicen que su religión es religión de enfermos y moribundos y, sin embargo, El «ama a los enfermos y resucita a los muertos. Lo dicen opuesto a la vida, y El triunfa de la muerte. Que es el Dios de la tristeza, cuando, por el contrario, invita a los suyos a la alegría y promete un banquete eterno de regocijo a sus amigos. Dicen que ha introducido la tristeza y la mortificación en el mundo y, en vez de eso El, cuando estaba entre los suyos, comía y bebía, se dejaba perfumar los pies y los cabellos, y sentía asco por los ayunos hipócritas y por las penitencias vanidosas. Muchos lo dejaron porque nunca lo conocieron. A éstos, de una manera especial, quisiera ser de provecho este libro.
El cual libro ha sido escrito —pido perdón por la referencia— por un florentino, es decir, por uno salido de aquella nación que, primera entre todas, eligió a Cristo por propio Rey. La primera idea la tuvo Jerónimo Savonarola, en 1495, pero no pudo realizarla. Fué renovada en el apremio de las amenazas de sitio en 1527, y aprobada por gran mayoría. Encima de la puerta mayor del Palacio Viejo, que se abre entre el David de Buonarotli y el Hércules de Bandinelli, se empotró una lápida con la siguiente inscripción:

JESÚS CHRISTUS REX FLORENTINI POPULI P. DECRETO ELECTUS
Jesucristo elegido Roy del pueblo florentino por decreto núblico.

Esta inscripción, aunque alterada por Cosme de Mediéis, aún existe; ese decreto nunca fué formalmente derogado o renegado; y el escritor de este libro se siente orgulloso al proclamarse, aún hoy, después de cuatrocientos años de usurpaciones, subdito y soldado de Cristo Rey.

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EL ESTIÉRCOL DEL DEMONIO
De la Historia de Cristo
Consideren bien los hombres que han de nacer todavía: Jesús no quiso tocar nunca con sus manos una moneda. Las manos que amasaron el polvo de la tierra para dar vista al ciego; las manos que tocaron las carnes infectas de los leprosos y los muertos; las manos que abrazaron el cuerpo de Judas –mucho más infecto que el polvo, que la lepra y que la putrefacción-; las manos blancas, puras, saludables, curadoras, que de nada podían contaminarse, jamás han soportado uno de esos discos de metal que ostentan en relieve el perfil de los amos del mundo. Jesús podía nombrar, en sus parábolas, las monedas; podía mirarlas en manos ajenas, pero tocarlas, no. Le repugnaban, con repugnancia cercana al horror. Todo su ser se rebelaba ante el pensamiento de un contacto con esos sucios símbolos de la riqueza.
Cuando le piden el tributo para el Templo, no quiere recurrir a la bolsa de los amigos, y ordena a Pedro que eche la red: en la boca del primer pez que saque habrá el doble del dinero que se le pide. Hay en tal milagro una sublime ironía que nadie ha visto. Yo no poseo monedas; pero las monedas son de tal suerte despreciables y sin valor, que el agua y la tierra las vomitarían a una palabra mía. El lago está llena de ellas. Yo sé dónde están, y en cantidad suficiente para comprar, con sólo las sueltas, a todos los sacerdotes del templo de Jerusalén y a todos los reyes de las naciones, pero no muevo un dedo para recogerlas. Un subalterno mío las tomará de la boca de un pez y se las dará al recaudador, porque los sacerdotes, a lo que parece, las necesitan para vivir. Los animales mudos pueden llevar monedas: yo soy rico, hasta tal punto que ni perlas quiero.  Yo no soy animal mudo, sino alma que habla, y las almas no tienen plata ni alforjas. No soy yo, pues, quien te da esas dracmas, sino el lago. Yo no tengo nada que comprar y regalo cuanto poseo. Mi patrimonio inacabable es la Verdad.
Pero un día Jesús tuvo que considerar una moneda. Le preguntaron si era lícito al verdadero israelita pagar el censo. Y respondió al punto: “Mostradme la moneda del censo”. Y se la mostraron: mas no quiso tomarla en la mano. Era una moneda imperial, una moneda romana, que llevaba impresa la faz hipócrita de Augusto. Pero él quería ignorar de quien era aquel rostro. Preguntó: “¿De quién es esa imagen y esta inscripción?”. Le respondieron: “De César”. Entonces arrojó a la cara de los ladinos demandantes la palabra que les llenó de estupor: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”.
Muchos son los sentidos de estas palabras; baste, por ahora, detenerse en la primera: dad. Dad lo que no es vuestro. Los dineros no os pertenecen. Son hechos para los poderosos, para las necesidades del poder. Son propiedad de los reyes y del reino –del otro reino, el que no es vuestro. El rey representa la fuerza y es protector de las riquezas; pero nosotros nada tenemos que ver con la violencia y rehusamos la riqueza. Nuestro Reino no tiene poderosos ni ricos; el Rey que está en los cielos no acuña moneda. La moneda es un medio para el cambio de bienes terrenales. Lo poco que necesitamos –un poco de sol, un poco de aire, un poco de agua, un pedazo de pan, un manto- nos es dado gratuitamente por Dios y por los amigos de Dios. Vosotros os afanáis toda la vida por juntar un gran montón de esos discos grabados. Nosotros no sabemos qué hacer con ellos. Para nosotros son definitivamente superfluos. Por eso los restituimos; los restituimos a quienes los han hecho acuñar, a quien ha puesto en ellos su retrato, para que todo el mundo sepa que son suyos.
Jesús nunca tuvo necesidad de restituir, porque nunca tuvo una moneda. Ordenó a sus discípulos que en sus viajes no llevasen sacos para los donativos. Hizo una sola excepción –que da espanto-. Del inciso de un Evangelio se deduce que un Apóstol tenía en depósito la bolsa de la comunidad. Este discípulo era Judas. Con todo, también él devolverá el dinero de la traición antes de desaparecer en la muerte. Judas es la misteriosa víctima inmolada a la maldición de la moneda.
La moneda lleva consigo, justamente con la grasa de las manos que la han cogido y sobado, el contagio del crimen. De todas las cosas inmundas que el hombre ha fabricado para ensuciar la tierra y ensuciarse, la moneda es, acaso, la más inmunda.
Esos pedazos de metal acuñado, que pasan y vuelven a pasar todos los días por las manos, todavía sucias de sudor y de sangre; gastados por los dedos rapaces de los ladrones, de los comerciantes, de los banqueros, de los intermediarios, de los avaros; esos redondos y viscosos esputos de las casas de la moneda, que todo el mundo desea, busca, roba, envidia, ama más que al amor y aun que la vida; esos asquerosos pedacillos de materia historiada, que el asesino da al sicario, el usurero al hambriento, el enemigo al traidor, el estafador al cohechador, el hereje al simoníaco, el lujurioso a la mujer vendida y comprada; esos sucios y hediondos vehículos del mal, que persuaden al hijo de matar a su padre, a la esposa a traicionar a su esposo, al hermano a defraudar a su hermano, al pobre malo a acuchillar al mal rico, al criado de engañar a su amo, al malandrín a despojar al viajero, al pueblo a asaltar a otro pueblo; esos dineros, esos emblemas materiales de la materia, son los objetos más espantosos de cuantos el hombre fabrica. La moneda, que ha hecho morir a tantos cuerpos, hace morir todos los días a miles de almas. Más contagiosa que los harapos de un apestado, que el pus de una pústula, que las inmundicias de una cloaca, entra en todas las casas, brilla en los mostradores de los cambistas, se amontona en las cajas, profana la almohada del sueño, se esconde en las tinieblas fétidas de los escondrijos, ensucia las manos inocentes de los niños, tienta a las vírgenes, paga el trabajo del verdugo, circula a la faz del mundo para encender el odio, para atizar la codicia, para acelerar la corrupción y la muerte.
El pan, santo ya en la mesa familiar, se convierte en la mesa del altar en el cuerpo inmortal de Cristo. También la moneda es el signo visible de una transubstanciación. Es la hostia infame del Demonio. Los dineros son los excrementos corruptibles del Demonio. El que pone su corazón en el dinero y lo recibe con afán, comulga visiblemente con el Demonio. Quien toca el dinero con voluptuosidad, toca, sin saberlo, el estiércol del Demonio.
El puro no puede tocarlo; el santo no puede soportarlo. Saben con indudable certeza cuál es su repugnante esencia. Y sienten hacia la moneda el mismo horror que el rico hacia la miseria.

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"SE DIJO"
De la Historia de Cristo
La historia del hombre es la historia de una enseñanza. Historia de una guerra entre los menos fuertes de espíritu y los más fuertes en número. Es la historia de una educación siempre fallida y siempre reanudada, de una educación ingrata, dificultosa, soportada con disgusto, frecuentemente rechazada, abandonada de vez en cuando y, poco después, reasumida.
Los primeros Profetas, los más antiguos Legisladores, los Pastores de las naciones nacientes y principalmente los Reyes fundadores de ciudades e instituciones de justicia; los Maestros sabios y santos han empezado temprano la doma de la bestia. Con la palabra hablada y
esculpida domesticaron a los hombres lobos, devastaron a los selváticos, refrenaron a los bárbaros, amaestraron a los niños encanecidos, amansaron a los feroces, doblegaron a los violentos, a los vengativos, a los inhumanos. Con la suavidad de la palabra o con el terror de las
penas. Orfeos o Dracones, prometedores o amenazadores, en nombre de los Dioses del alto cielo o de los Dioses del abismo, cortaron las uñas, que volvieron a crecer, pusieron bozal y freno a las bocas dentadas, protegieron a loe indefensos, a las víctimas, a los peregrinos, a las mujeres.
La Ley vieja, la que, con pocas diferencias, se encuentra en el Manava Dharmasastra y en el Pentateuco, en el Ta-hio y en las tradiciones de Solón y de Numa Pompilio, en las sentencias de Hesíodo y de los Siete Sabios, es un primer esfuerzo, imperfecto, tosco, inadecuado,
para sacar de la resaca de la animalidad un bosquejo, un principio, un simulacro de humanidad.
Esta Ley reducíase a pocas prohibiciones: no robar, no matar, no perjurar, no fornicar, no abusar del débil, no maltratar más de lo necesario al extranjero vencido y al esclavo. Son las virtudes sociales estrictamente necesanas para una convivencia útil a todos. El legislador se contenta con reducir el número de los crímenes más comunes. Se conforma con un mínimo de prohibiciones; su ideal raramente va más allá de una justicia relativa. Mas la Ley supone, antes de sí y junto a sí, el predominio del mal, la soberanía del instinto. Todo precepto implica su infracción; toda norma, la práctica contraria. Por esto la Ley antigua, la Ley de los pueblos primitivos, no es más que un dique insuficiente opuesto al bruto eterno y triunfador. Es un conjunto de concesiones y de medias tintas: entre las costumbres y la justicia, entre la naturaleza y la razón, entre la bestia recalcitrante y el modelo divino.
Los hombres de los tiempos antiguos, los hombres carnales, físicos, corporales, corpulentos, sanguíneos, robustos, bien formados, de pelo tupido, de cara roja, comedores de carne cruda, violadores de vírgenes, ladrones de manadas, desolladores de enemigos dignos de ser llamados, como Héctor Troyano, "matadores de hombres"; los guerreros de fuerza y apetito que, después de haber arrastrado por los pies al matado antagonista, se reponían hincando los dientes en gordos lomos de terneros y de capones, rociándolos con desmedidos jarros de vino; los hombres mal uncidos al yugo de la Ley, como los vemos en el "Mahabharata" y en la "Ilíada", en el "Poema de Izdubar" y en el libro de las guerras de Jehová, hubieran sido, sin el terror de los castigos y de los dioses, más feroces aún y desenfrenados. En tiempos en que por un ojo se exigía la cabeza, por un dedo un brazo y por una vida cien vidas, la ley del Talión, que sólo pedía ojo por ojo y vida por vida, era una señalada victoria de la generosidad y de la justicia, aunque a nosotros, después de la venida de Jesús, nos parezca sencillamente espantosa.
Pero la Ley era más desobedecida que observada; los fuertes la soportaban tascando el freno; los poderosos, que debían protegerla, escapaban a ella; los malos la violaban abiertamente; los débiles cometían fraudes contra ella. Y aun cuando huliera sido obedecida toda,
y por todos y cada día, no era suficiente para vencer el mal rebullente y en perpetua refloración, detenido por momentos pero no suprimido, hecho más difícil pero no imposible, condenado pero no abolido. Significaba una reducción de la ferocidad nativa, no su total extirpación.
Y los hombres, trabados pero reacios, habían caído en la simulación de la obediencia; hacían un poco de bien a la vista de todos a fin de estar más libres para hacer el mal en secreto, y exageraban la observancia de los preceptos exteriores para burlarse mejor del fundamento
y del espíritu de la ley.
A esto habían llegado cuando Jesús habló desde la Montaña. El sabía que la antigua Ley estaba consumida, enervada, ahogada en los pantanos muertos del formulismo. La obra milenaria de la educación del género humano debía ser empezada de nuevo. Era menester
apartar y barrer las cenizas, reanimar a la humanidad con el fuego del entusiasmo primitivo, llevarla de nuevo a su destino inicial, que es siempre la "Metanoia", el cambio del alma. Para esto, cumplir la Ley vieja, la Ley disecada y consumida. Mas para cumplirla nada mejor
que llevarla al extremo, exasperarla hasta la paradoja y, por último, crear una Ley nueva que substituyese a la antigua y obrara una verdadera y completa subversión de la naturaleza humana.
Un pasaje de los Evangelios parece negar que éste fuera el supremo propósito de Jesús. "No penséis que he venido a abrogar la Ley o los Profetas: no he venido a abrogarlos sino a darles cumplimiento". Pero en el mismo Mateo a esta afirmación tan categórica sigue un pensamiento que la limita y, al menos en parte, la contradice. Este pensamiento acaso no ha sido comprendido en su sentido propio, porque todos están dominados por la idea de que la Ley de Jesús no es más que la continuación de la Ley de Moisés. "Porque en verdad os digo que hasta que pase el cielo y la tierra no pasará de la Ley ni un punto, ni un tilde, sin que todo sea cumplido" Es decir, no sucederá nunca (como no puede suceder que el cielo y la tierra desaparezcan) que desaparezca la mínima parte de la Ley "sin que todo sea cumplido".
Estas últimas palabras están traducidas al pie de la letra porque aquí, precisamente, está la solución del misterio. Jesús no quiere decir más que esto: sin que todo, es a saber: aquel tanto de justo y verdadero que hay en la antigua Ley, sea cumplido, sea realmente regla constante de vida, uso universal y preliminar, los antiguos mandamientos estarán en su pleno vigor. Son un mínimo y, por lo tanto, el primer peldaño necesario para subir a la Ley nueva. Pero cuando todo sea cumplido, y la Ley antigua sea sangre de vuestra sangre y la Ley nueva sea anunciada, entonces no habréis más menester de las viejas y defectuosas legislaciones; y una Ley superior y mayor, que dejará atrás a la otra y, en parte, la negará, será puesta en su lugar.
En el ardor de su polémica con los fariseos, Jesús fué más explícito: "La Ley y los Profetas han durado hasta Juan. Desde entonces es anunciada la Buena Nueva del Reino de Dios y cada uno entra en él haciendo fuerza". 
Se abre, pues, con Jesús la Ley nueva, y la vieja es abrogada y declarada insuficiente. En cada ejemplo él empieza con las palabras: "Se dijo". E inmediatamente hace seguir al viejo mandamiento, que purifica en la paradoja o por completo subvierte, el nuevo: "Mas yo os digo...".
Con estos "mas" empieza un nuevo día de la educación humana. No es de Jesús la culpa si nosotros andamos todavía a tientas en el crepúsculo de la mañana.

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Su extensa obra "Historia de Cristo" el converso Papini la finaliza diciendo:

La grande experiencia llega a su fin. Los hombres, apartándose del Evangelio, han encontrado la desolación y la muerte. Más de una promesa y más de una amenaza se ha cumplido. Ya no nos queda a nosotros, desheredados, sino la esperanza de tu vuelta. Si no vienes a despertar a los dormidos acurrucados en el cieno pestilente de nuestro infierno, es señal evidente de que el castigo te parece harto breve y ligero para lo que merece nuestra traición, y que no quieres cambiar el orden de tus leyes.
¡Hágase, Señor, tu voluntad ahora y siempre, en el cielo y en la tierra!
Pero nosotros, los últimos, te esperamos. Te esperamos, día a día, a pesar de nuestra indignidad y contra todo imposible. Y todo el amor que podemos exprimir de nuestros corazones devastados será para ti, oh Crucificado, que fuiste atormentado por nuestro amor y ahora nos atormentas con todo el poder de tu inextinguible amor.

Amigas, Amigos:



La conversión del Papa
Poema de Giovanni Papini
El hijo único de un ignoto hereje bohemio de la Edad Media, hereje a quien Browning llama Jan Krepuzio; por haber profesado públicamente algunas teorías blasfemas sobre los motivos de la Redención, la Inquisición lo hizo apresar, torturar y finalmente fue quemado vivo en una plaza de Praga.
Su hijo, el niño Aureliano, fue escondido en Alemania por algunos parientes lejanos, pero jamás pudo olvidar el fuego que había consumido a su padre. Una vez adulto y libre decidió vengarse de la Iglesia de Roma, empleando un nuevo sistema de venganza jamás ideado por otro.
Con nombre fingido se fue a un convento de Milán, y solicitó ser recibido como hermano lego.
Su obediencia y bondad le valieron el premio deseado se le recibió entre los novicios. Su celo por la vida monástica y por la Sagrada Teología pareció ser tan ardoroso y sincero, que al cabo de sólo tres años fue ordenado sacerdote. Obtuvo entonces ser enviado a predicar la verdad católica a países de infieles y cismáticos, y con su palabra y ejemplo logró convertir a ciudades enteras.
Fue encarcelado por los enemigos de la verdadera fe, pero pudo huir de entre sus manos, y hasta se dijo que lo logró con la ayuda de un ángel.
Su nombre llegó a oídos del Pontífice reinante, que lo llamó a Italia y le confirió un obispado.
También como obispo y en breve tiempo, llegó a ser famoso en los pueblos. La austeridad de sus costumbres en medio de un clero corrompido, la victoriosa elocuencia de su palabra, la perfecta ortodoxia de sus enseñanzas teológicas, todo hizo de él uno de los prelados más ejemplares e ilustres de su siglo.
Pero esto no le bastaba, precisaba obtener otros honores y dignidades para consumar la venganza premeditada. En sus vigilias jamás olvidaba la hoguera en la que habían hecho arder a su padre, según él injustamente. Debía vengarlo, en forma diabólica y clamorosa, precisamente en la capital de la Cristiandad, en Roma, en San Pedro. La palidez de su demacrado rostro era atribuida al ascetismo de su vida, pero en realidad no era más que el reflejo de su prolongado rencor, era el efecto de una fatigosa y perpetua simulación.
Murió el anciano Papa y se eligió a otro que había conocido y admirado a Aureliano, y en el primer consistorio lo creó cardenal. Aureliano ya se veía próximo a la meta, y su ardor apostólico en pro de la Iglesia se acrecentó más y más. Fue Legado Pontificio, Doctor en un Concilio y Cardenal de Curia; en todo ello demostró ser un infatigable defensor de los dogmas y de los derechos de la Iglesia Romana. Ya casi era anciano, pero el alucinante pensamiento de la venganza no lo dejaba ni de día ni de noche.
También fue alcanzado por la muerte el Papa protector suyo, y en el cónclave subsiguiente Aureliano fue elegido Vicario de Cristo, obteniendo la unanimidad de los sufragios. Aun entonces supo ocultar su inmenso gozo bajo la máscara de una tranquila humildad. Ya estaba próximo el gran día por él esperado y deseado secretamente durante dolorosos años de forzada comedia. Había sido elegido a comienzos de diciembre; entonces anunció al Sacro Colegio y a la Corte del Vaticano que la ceremonia de su coronación se realizaría la noche misma de Navidad.
Desde muchísimo tiempo antes había planeado y soñado la inaudita escena: después del Pontifical, después de haberse realizado todos los ritos de la coronación, dueño ya de los privilegios y de las prerrogativas del Supremo Magisterio como cabeza infalible de la Iglesia Docente, entonces se pondría de pie para hablar al clero y al pueblo, y en el silencio solemne de la máxima basílica pronunciaría finalmente las tremendas palabras que vengarían para siempre al padre inocente. Diría que Cristo no era hijo de Dios, que había sido un pobre bastardo, un pobre poeta iluso víctima de su ingenuidad, y finalmente, aquí haría resonar su voz como un desafío satánico, finalmente, con el sello de su autoridad proclamaría que Dios jamás había existido.
¿Cuál habría sido el efecto causado por tan espantosas blasfemias, brotadas de los labios de un Pontífice Romano? Tal vez, después del primer momento de estupor ¿lo habrían reducido, gritando que era un loco? ¿Lo habrían hecho pedazos sobre la tumba de San Pedro? No se preocupaba mucho por ello; la voluptuosidad brindada por tan estupenda venganza jamás tendría un precio demasiado elevado.
Llegó la vigilia de Navidad y anocheció. Todas las campanas de Roma tañían a fiesta, ríos humanos de nobles y plebeyos marchaban a la Plaza de San Pedro, llenaban el gran templo que parecía ser una inmensa cavidad luminosa, para poder asistir a la fastuosa ceremonia que celebraba simultáneamente el Nacimiento de Dios y la coronación de su Vicario en la tierra.
Desde una sala de su palacio Aureliano miraba y escuchaba. Veía aquellas multitudes de fieles gozosos y confiados, oía sus cánticos de Navidad, sus laudos, sus himnos, y en todos ellos se transparentaba una sencilla pero infinita esperanza en el Divino Infante, en el Salvador del mundo, en el Consuelo de los pobres, de los perseguidos y llorosos.
Y en aquel instante, en aquella sala donde el nuevo Papa se había encerrado, solo, para concentrar sus pensamientos y sus fuerzas, sucedió algo que jamás fue conocido por otros, se realizó el inesperado y providencial milagro: el pensamiento de toda aquella pobre gente que corría hacia él, que creía en él porque había creído en sus palabras, ese pensamiento lo burló, lo conmovió, lo sacudió y arrastró consigo. Experimentó un escalofrío, se sintió agitado por un temblor, le pareció que una luz jamás vista invadía la gruta oscura de su alma. Repentinamente se sintió inundado y vencido por una dulzura aniquiladora jamás experimentada en su larga vida, por una ternura infinita hacia todas aquellas almas simples, infelices y sin embargo felices, que creían en Cristo y en su Vicario, y súbitamente, el nudo negro y gravoso de la anhelada venganza se deshizo, se cortó, se disolvió en un llanto continuo, desesperado, que le quemaba los ojos y el corazón, que consumía su interior más que una llama viva. El nuevo Papa se postró sobre el mármol del pavimento, y oró de rodillas, oró por vez primera con abandono total del alma, con toda la sinceridad de la pasión, como nunca había orado en toda su vida. El viento impetuoso de la Gracia lo había derribado y vencido en el último instante. Hasta el mismo dolor del remordimiento por su infame pasado de fingimiento, de engaño y duplicidad, le parecía un consuelo inmerecido, un consuelo divino. Aquel dolor quemante lo podría acompañar hasta la muerte, pero purificándolo, salvándolo de la segunda muerte.  
Cuando los ayudantes y acólitos penetraron en la sala precedidos por el Cardenal Decano, hallaron al nuevo Papa arrodillado, hecho un mar de lágrimas, y se sintieron grandemente edificados. Concluido el solemne rito de la coronación, el Pontífice quiso hablar al pueblo. Habló de Cristo y de su nacimiento en Belén, habló de la Madre Virgen, de los ángeles y los pastores, y lo hizo con tal calor de afecto que todos los oyentes, hasta los viejos cardenales apergaminados en su púrpura, lloraron como hijos que finalmente encuentran al padre a quien creían perdido. Y muchas mujeres, al salir de la Basílica iluminada a la oscuridad de la ciudad, afirmaron que al cabo de siglos un verdadero santo había ascendido a la Cátedra de San Pedro.

Este título 454 fue impensado y tendría en su coincidencia con su mellizo hermano 453 el hecho relatado hace pocos días en aquel, donde la fecha de Navidad 24 de diciembre de 1914 dio lugar a algo suprasensorial e inexplicable como lo fue, desde abajo en el mando militar, el haber llevado en la larga trinchera, con 50 a 100 metros entre alemanes y el grupo aliado, a una Tregua fraterna de 3 días y que haya sido esa guerra la que transformó de ateo a creyente en Jesús a Giovanni Papini el inspirador de estas causales cuartillas.

Lo que Max Planck señaló al aceptar el Premio Nobel de física en 1918 refuerza mi esperanza en lo que viene. El sabio dijo con valor: La Materia no existe, lo real, cierto y efectivo no es la Materia visible y transitoria, sino el Espíritu invisible e inmortal. Pero siendo que no puede haber espíritu en sí por pertenecer cada espíritu a un ser, debemos forzosamente admitir seres espirituales. Ahora bien: como a su vez los seres espirituales no pueden ser por sí mismos, sino que deben ser creados, no vacilo en denominar a ese misterioso Creador como lo han nombrado todos los pueblos cultos de la Tierra en los pasados milenios: "Dios”. 


Con todo lo que sucede y que los despiertos y los que están despertando cada día más ya lo notan, queda la Esperanza que el retorno de la Luz pondrá en su lugar las cosas. Es decir; para TODOS por igual habrá un favorable cambio evolutivo y tendremos la Fuerza y el Valor de soportar bien los últimos y necesarios dolores de parto planetario sabiendo que preceden al NACIMIENTO de una renovada humanidad.



Dr. Iván Seperiza Pasquali  
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Quilpué, Chile
Diciembre de 2015

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