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Mania Sklodowska
Marie Curie




La señora Curie es, de todos los seres célebres, el único que la gloria no ha corrompido.
Albert Einstein
Revisando la sección Personajes del Portal Mundo Mejor capté que de los 69 títulos allí dejados para Internet, tan solo uno de los 69 títulos está dedicado a una mujer: Teresa de Calcuta. Por lo tanto me siento honrado en iniciar el año 2015 con un escrito dedicado a otra gran mujer, tan notable que pienso que su cerebro debió a lo menos ser similar al de Einstein, es decir:

Morfológicamente ese cerebro de Einstein era como el de la mayoría de las personas, pero las áreas relacionadas con el cálculo presentaban hasta un 15 por ciento más de desarrollo, y un significativo número superior de células neuroglia, células a las que ya no tan solo se les atribuye ser sostén de las neuronas sino que además importantes en la química cerebral. La Dra. Diamond estudió el cerebro de Einstein y descubrió que tenía un 73% más de neuroglias que la media humana. La neuroglia es importante, y podemos con nuestra positiva actitud mental aumentar cada vez más su número, colaborando con ello a un mejor desarrollo cerebral y una mejor manifestación mental. En junio de 1999, investigadores de la Universidad McMaster de Ontario, Canadá, encontraron que el cerebro de Albert Einstein tenía algunas peculiaridades morfológicas que podrían haber influido en su gran capacidad de pensamiento espacial, matemático y, además, carecía de una fisura común o sulcus que separa dos regiones del cerebro, lo que pudo dar a sus neuronas una mayor rapidez y capacidad de intercomunicación. Se encontró que tiene un 15 por ciento más ancho en la zona parietal inferior que el resto de los analizados". Esta proporción anatómica inusual explicaría que Einstein resolviera los problemas científicos de la forma en que lo hizo. Los investigadores especulan con que la ausencia de sulcus podía haber permitido que un mayor número de neuronas de esta zona establecieran conexiones entre ellas y trabajaran más fácilmente para, así, crear una red funcional muy extensa en la corteza cerebral.

 

Quizá Einstein al donar su cerebro a la ciencia intuyó lo de la neuroglia considerada tan solo células de sostén de las neuronas y después se demostró cumplen una importante función en la química y funcionalidad cerebral, teniendo la ventaja que son células que se reproducen y el Mejor Pensar las aumenta.


Debo destacar que según el desarrollo cerebral que se tenga será la capacidad potencial mental que se manifiesta, el cerebro humano es un sorprendente computador biológico para la mente que lo rige y cada uno nace con la mente y el cerebro adecuado a la personal evolución en el ciclo de vidas y a su vez cada uno puede mejorar con la fuerza del positivo pensar su desarrollo cerebral y esto lo demostró la moderna física cuántica...

Sobre Einstein Marie Curie señaló:
He admirado mucho los trabajos publicados por Monsieur Einstein en cuestiones concernientes a la física teórica moderna. Pude apreciar la claridad de su mente, la amplitud de su documentación y la profundidad de su conocimiento. Si se considera que Monsieur Einstein es aún muy joven, se tiene todo el derecho para depositar las mayores esperanzas en él y verle como uno de los teóricos importantes del futuro.

Qué mejor que comenzar con un extracto que haré del extenso y detallado libro biográfico dedicado por su hija Ève a su madre después que ella murió.


La Vida Heroica de Marie Curie
Por su hija Ève Curie

Introducción 

Hay en la vida de Marie Curie tantos rasgos inverosímiles que quisiera relatar su vida como se cuenta una leyenda.
En una nación oprimida nace una mujer pobre y hermosa.
Una poderosa vocación le hace abandonar su patria, Polonia, para estudiar en París, donde pasa años de soledad y de angustia.
Encuentra un hombre genial como ella y se casa con él. Su felicidad es de una calidad excepcional.
Con tenaz y árido esfuerzo descubren un cuerpo mágico: el radio. Su descubrimiento, no sólo da nacimiento a una nueva ciencia y a una nueva filosofía, sino que ofrece a los hombres el medio de combatir una enfermedad horrenda.
En el instante mismo en que la gloria de los dos sabios se extiende por el mundo se abate sobre Marie el dolor. Su extraordinario compañero le es arrebatado, en un instante, por la muerte.
Con la angustia en el corazón y enfermo el cuerpo, continúa, sola, la obra emprendida, y amplía brillantemente la ciencia creada por el matrimonio.
El resto de su vida no es más que una perpetua generosidad. A los heridos de la guerra les ofrece su devoción y su salud. Más tarde dará sus consejos, su saber y su tiempo a los alumnos, a los futuros hombres de ciencia llegados de las cinco partes del mundo.
Cumplida su misión, muere, agotada, habiendo rechazado la riqueza y soportado los honores con indiferencia.

A esta historia, semejante a un mito, no podía yo añadir un solo adorno sin cometer una falta. No he relatado una anécdota que no haya comprobado ni he deformado una frase esencial o inventado siquiera el color de un vestido. Los hechos que se relatan han sucedido y las palabras que se transcriben se pronunciaron.
Debo a mi exquisita y culta familia polaca, y especialmente a la hermana mayor de mi madre, señora Bluska, que fue su más tierna compañera, inapreciables cartas y directos testimonios sobre la juventud de mi madre. Documentos personales y breves notas biográficas dejadas por Marie Curie; innumerables textos oficiales, relatos y correspondencia de amigos franceses y polacos, a quienes no sé cómo agradecerles tantas atenciones; los recuerdos de mi hermana, Irene Joliot-Curie, de mi hermano político, Federico Joliot, y los míos me han ayudado a evocar los años más recientes.
Quisiera que el lector de este libro no dejara de meditar sobre las peripecias efímeras de una existencia, como la de Marie Curie, en la cual más sorprendente que su obra o que lo anecdótico de su vida es la inmutabilidad de un carácter, el esfuerzo porfiado, implacable, de la inteligencia; la inmolación de un ser que sabía darlo todo y que no supo tomar ni recibir nada; el alma, en fin, a la que nada logró alterar en su pureza excepcional: ni el éxito más extraordinario, ni la adversidad.
Porque Marie Curie tenía esta alma y, sin sacrificio alguno, apartó de sí misma las ventajas que los auténticos genios pueden obtener de una fama inmensa.
Sufrió por ser el personaje que el mundo quería que fuese. Tan exigente y retraída era su naturaleza, que fue incapaz, hasta los últimos días de su vida, de escoger una de esas actitudes que la gloria sugiere: la familiaridad, la amabilidad maquinal, la austeridad intencionada, la modestia exhibicionista.
No supo ser célebre.

Cuando yo nací, mi madre tenía treinta y siete años. Cuando estuve en la edad de conocerla bien, era una anciana ilustre. Y no obstante, fue "la ilustre investigadora" lo que más me extrañó de ella, sin duda alguna porque la idea de serlo no ocupaba el espíritu de Marie Curie. En cambio, me parece haber vivido siempre al lado de la estudiante pobre y soñadora que fue Marie Sklodowska, mucho antes de que yo viniera al mundo.
En el instante mismo de su muerte, Marie seguía pareciéndose a aquella joven. Una tenaz, brillante y larguísima carrera no había logrado engrandecerla, disminuirla, santificarla o envilecerla. En su último día era todavía dulce, obstinada, tímida, curiosa de todos las rolan, como en los tiempos de sus oscuros comienzos.
Con una muerte semejante no podía infringírsele sin sacrilegio, el duelo pomposo que los gobiernos ofrecen a los grandes personajes. Marie tuvo en un cementerio silvestre, entre las flores del estío, un entierro silencioso y sencillo, como si la vida que terminaba semejara a tantas otras.
Hubiera querido tener los dones de un escritor para mostrar la eterna estudiante de la que Einstein dijo: "La señora Curie es, de todos los seres célebres, el único que la gloria no ha corrompido", siguiendo como una extraña el curso de su propia vida, intacta, natural, casi insensible a su sorprendente destino.



Infancia, juventud de Mania
Capítulos 1 al 7

En Polonia se tiene gran predilección por los diminutivos. En el hogar de los Sklodowska se llama "Zosia" a Sofía, que es el nombre de la mayor; "Bronia" substituye a Bronislaswa; Helena se ha convertido en "Hela", y José en "Jozic". Pero ninguno ha recibido tantos sobrenombres como Marya, el último vástago, la niña mimada de la casa. "Mania" es su diminutivo corriente.

Los Sklodowska formaban parte de esa pequeña nobleza que la desgracia de Polonia arruinó.
Los padres de Marie eran gente tranquila. Él, imitando el ejemplo de su padre, hizo profundos estudios científicos en la universidad de Petersburgo, regresando luego a Varsovia para enseñar matemáticas y física. Ella dirigía con éxito el pensionado donde iban a instruirse las niñas de las mejores familias de la población. Durante ocho años, el matrimonio vivió en el primer piso de la escuela de la calle Freta. Todas las mañanas, a la hora en que el profesor salía de su domicilio conyugal para atravesar el patio, en las habitaciones que daban a la calle vibraban las voces de los niños, en espera de la hora de entrar en la escuela.

No comprende Mania, todavía, la cruel razón de los ritos y del aislamiento a que se condena su madre. La señora Sklodowska está gravemente enferma. Los primeros signos de la tuberculosis han aparecido al nacer Marie o Mania, y, desde hace cinco años, a pesar de las consultas y de los tratamientos, el mal ha hecho evidentes progresos. Mas la devota cristiana quiere que en su casa nadie descubra sus sufrimientos.
Una timidez particular sonroja las mejillas de Mania cuando aborda el capítulo de la lectura. Hallándose en el campo, el año anterior, su hermana Bronia, que encontraba muy pesado aprender el alfabeto por sí sola, llamó a su hermanita para jugar "a los profesores". Durante unas semanas, las dos niñas alinearon en un orden, a veces arbitrario, las letras del alfabeto, en cartones recortados. Una mañana, Bronia, ante sus padres, deletreaba una frase sencilla. Mania, impaciente, le agarró el libro de las manos y leyó casi correctamente el primer párrafo de la página. Encantada, primero, por el silencio que en torno suyo reinaba, continuó la lectura, mas una mirada a los rostros estupefactos de sus padres y otro sobre la cara malhumorada de Bronia produjéronle algunos tartamudeos ininteligibles y un sollozo irreprimible. Y en el espíritu de la niña prodigio sólo hubo el alma de una criatura de cuatro años, que, llorando a lágrima viva, repetía con voz lamentable:
— ¡Perdón, perdón!... No es culpa mía. Tampoco es culpa de Bronia... Es que como era tan fácil...
Mania, dotada de una memoria sorprendente, lo recuerda todo.

En el año 1872 era un desdichado destino ser polaco "súbdito ruso" y pertenecer a esa vibrante intelligentzia, cuyos nervios afloran la piel y que sienten más dolorosamente que las otras capas sociales la servidumbre que les es impuesta.
Hace exactamente un siglo que la rapacidad de unos soberanos y temibles vecinos de una debilitada Polonia, decidieron su destrucción. Un reparto tripartito desmembró el infortunado país en pedazos, que se convirtieron oficialmente en alemanes, rusos y austríacos. Los polacos se sublevaron contra sus opresores, fue en vano. No lograron más que apretar los nudos que les retenían prisioneros. Tras el fracaso de la heroica revolución de 1831, el zar Nicolás dictó severas medidas y represalias en la Polonia "rusa". Los patriotas fueron encarcelados y deportados en masa y sus bienes confiscados.
Hubo una nueva tentativa en 1863, seguida de otra nueva derrota. Los amotinados no tuvieron más que picas y rebenques para oponer a las carabinas zaristas. Tras dieciocho meses de combates desesperados, aparecieron en las murallas de Varsovia cinco horcas, balanceándose en ellas los cuerpos de los jefes insurgentes.
Después del drama, se puso en vigor cuanto fue necesario para reducir a Polonia a la obediencia. El pueblo, al parecer, se resistía aún. Mientras los rebeldes, cargados de cadenas, eran trasladados en largos convoyes hacia las nieves de Siberia, una ola de "rusificadores" — policías, profesores, funcionarios— invadía el país. Su misión consistía en vigilar a los polacos, perseguir su religión, prohibir sus periódicos y los libros sospechosos, y abolir poco a poco el uso de la lengua nacional. En una palabra, matar el alma del pueblo.
El combate cambió de terreno. Sus héroes ya no eran los guerreros que, armados con guadañas, hacían frente a los cosacos y que morían diciendo, como el famoso Luis Narbutt: "¡Qué felicidad es morir por mí país!" Ahora, los héroes eran los intelectuales, los artistas, los sacerdotes, los maestros de escuela, aquellos de quienes depende el espíritu de las nuevas generaciones. Su coraje estaba en armarse de hipocresía, en soportar todas las humillaciones, antes que perder los puestos en donde el zar los toleraba aún, y desde los cuales, secretamente, podían formar la juventud y guiar a sus compatriotas.

Uno de los huéspedes, enfermo de tifus, contagió a Bronia y a Zosia. ¡Qué semanas aquéllas! En una habitación, la madre procuraba contener sus ataques de tos. En otra, dos niñas gemían y temblaban de fiebre... El miércoles, con los ojos llenos de lágrimas, el profesor fue a buscar a José, Hela y Mania y los depositó en casa de su hermana mayor. Zosia, vestida de blanco, estaba tendida en un ataúd, con la cara exangüe y casi sonriente, las manos juntas, maravillosamente bella, a pesar de sus cabellos cortados a rape. Fue el primer encuentro de Mania con la Muerte, fue el primer entierro que acompañó, enfundada en un sencillo abrigo negro, mientras que Bronia, convaleciente, sollozaba sola sobre su cama, y la señora Sklodowska, demasiado débil para salir, iba de una ventana a la otra, a fin de seguir con la mirada el ataúd de su hija, que descendía lentamente la calle de los Carmelitas.

La señora Sklodowska también piensa en el fatal término. Con la autoridad superior, que es uno de sus rasgos característicos, quiere que el acontecimiento la encuentre preparada y no altere la existencia de la casa. El día 9 de mayo de 1878, el médico, a petición suya, cede la plaza al sacerdote. Éste solo conoce las angustias de la cristiana, el dolor de abandonar a un esposo querido, la carga de cuatro hijos, inquietud que le produce el porvenir de los seres que abandona y, parcialmente, el de su Maniusia, que sólo cuenta diez años. Ante los suyos, la señora Sklodowska aumenta su gracia y su bondad, a medida que se acerca la hora fatal. Muere como quería morir: sin delirio, sin desorden. Su esposo, sus hijos, velan alrededor de la cama, en la limpia alcoba. Los largos y patéticos ojos grises, empañados por la muerte, se van fijando uno a uno en los cinco rostros torturados, como si la agonizante quisiera pedirles perdón por ser la causa de la pena que reflejan. Todavía encuentra energías para despedirse de cada uno. Lentamente, la debilidad va ganándola. La centella de su vida que subsiste en ella no le consiente más que un gesto y una breve frase. Su frase última la murmura en un soplo contemplando por última vez al hombre y los niños de quienes se despide:
— ¡Os quiero mucho!...

Zosia ha muerto. La señora Sklodowska ha muerto. Sin la ternura maternal y la protección de su hermana mayor, Mania crece en medio de cierto abandono y sin quejarse jamás. No se resigna. Y cuando se arrodilla en la iglesia católica, donde acompañaba a su madre, siente en su fuero interno una sorda protesta. No invoca ya con la misma dulzura, con el mismo amor, al Dios que injustamente la golpeara tan terriblemente y que ha matado en ella la alegría, el ensueño, la dulzura...

Una medalla de oro, dos medallas de oro, tres medallas de oro... La tercera es para Mania y con ella se graba el final de los estudios secundarios. Es el día 12 de junio de 1883...

Todos los sábados el señor Sklodowska y sus hijos pasan la velada dedicados a la literatura. Jamás olvidará Mania estas veladas. Gracias a su padre, Mania vive una atmósfera intelectual de una rara cualidad y que pocas hijas conocen. Un potente lazo la une a este hombre que hace tan extraordinarios esfuerzos para que su vida sea interesante y atractiva. En su inquieto afecto, Mania adivina el tormento interior que esconde el señor Sklodowska en su aparente serenidad. Tristeza de viudo que no se ha consolado.
Los Sklodowska entran en las filas de los centenares de muchachos intelectuales que en Varsovia van a la caza de una ayuda monetaria. Oficio ingrato. Antes de los diecisiete años, Mania sabe ya de las fatigas y de las humillaciones que acechan a una repasadora. Las largas caminatas a través de la ciudad, lo mismo cuando hace frío que cuando llueve. Los alumnos recalcitrantes o perezosos. Los padres de los alumnos, que hacen esperar en los vestíbulos, atravesados por las corrientes de aire. ("Que la señorita Sklodowska tenga la bondad de esperar... Mi hija irá antes de un cuarto de hora... “), o que, por simple aturdimiento, olvidan, a fin de mes, el pago de los pocos rublos que adeudan y que se confiaba cobrar aquella misma mañana, por la falta que hacían en el hogar.
Las doctrinas filosóficas de la época dan a ese progreso nacional una particular orientación. Desde hace muchos años el positivismo de Augusto Comte y de Herbert Spencer ha creado en Europa maneras nuevas de pensar. Al mismo tiempo, los trabajos de Pasteur, de Darwin, de Claude Bernard han dado a las ciencias exactas un prestigio inmenso. En Varsovia, como en todas partes, o más que en todas partes, la moda se aleja de las obras románticas, desdeñando, por un tiempo, el mundo de la sensibilidad y del arte. Los adolescentes, cuya edad lleva a los juicios categóricos, ponen la química y la biología por encima de la literatura, y abandonan el culto de los escritores por el de los hombres de ciencia. Ahora bien; si en los países libres esa corriente de ideas puede desenvolverse a la luz pública, no ocurre lo mismo en Polonia, donde cada manifestación de independencia espiritual se considera como sospechosa. Las teorías nuevas se desarrollan por subterráneas comunicaciones.

No basta a Mania con enseñar a Andzia, anotar sus lecciones, hacer trabajar a Bronka y prohibir a Julek que se duerma sobre los libros (también se lo han confiado en cuanto llegó de Varsovia). Cuando se ha terminado todo esto, la brava muchacha sube a su pieza y espera que un ruido de pequeñas botas en la escalera, mezclado con el de los pies desnudos sobre los peldaños, le anuncie la llegada de los discípulos. Con el fin de que puedan trazar más cómodamente sus palos y palotes, ha pedido prestadas una mesa de pino y unas sillas y ha restado de sus economías el dinero necesario para comprar unos cuadernillos y las plumas, que los dedos entumecidos manejan con mucha dificultad.

Cuando siete u ocho muchachos se han instalado en la gran habitación de paredes blanqueadas, Mania y Bronka Z. no bastan para mantener el orden o para ayudar a los alumnos perdidos, que, sorbiéndose los mocos y respirando con angustia, no pueden pronunciar una palabra difícil.
En la mayor parte de las claras miradas aparece un deseo inocente y violento de realizar estas hazañas fabulosas: leer, escribir. Y cuando el humilde propósito se consigue, cuando los gruesos caracteres negros sobre blanco han adquirido bruscamente un sentido, el triunfo vanidoso de los niños, la admiración envanecida de los padres analfabetos, que de pie, en el fondo de la habitación, asisten a veces a las lecciones, emocionan el corazón de la joven maestra.
Y piensa en esa gran voluntad no empleada, en los dones que disimulan acaso estas criaturas frustradas. ¡Ante este océano de ignorancia, Mania se siente tan débil, tan impotente!

Estos pequeños campesinos ignoran que la "señorita "Marya" medita sombríamente sobre su propia ignorancia. No saben que el sueño de su profesora es volver a ser discípula, y que, en lugar de enseñar, lo que quisiera es aprender. Mania no ha podido escoger la decisión cruel pero categórica de abandonar Szczuki. Teme asustar a su padre. Sobre todo, no puede permitirse el lujo de abandonar una colocación tan buena. Ahora que las economías de Bronia son sólo un recuerdo, es Mania la que con el señor Sklodowska paga los estudios de su hermana mayor en la Facultad de Medicina. Todos los meses envía a su hermana quince rublos, algunas veces veinte, casi la mitad de sus beneficios. ¿Dónde hallar un sueldo semejante?
Han pasado tres años desde que la "señorita Marya" es institutriz. Tres años monótonos: mucho trabajo, poco dinero, algunas breves satisfacciones, un dolor. He aquí como, por sensibles movimientos, la trágica inmovilidad de la existencia de la joven se anima. En París, en Varsovia, en Szczuki, ciertos acontecimientos mínimos en apariencia modifican los juegos de la misteriosa partida donde juega la suerte de Mania.

El señor Sklodowska, tras haber tomado su retiro de funcionario, ha buscado un empleo lucrativo. Quiere probar a ayudar a sus hijas. En abril de 1888 acepta un puesto ingrato, penoso: la dirección de un correccional de niños, situado en Studzieniec, no muy lejos de Varsovia. La atmósfera y las gentes que le rodean, todo es desagradable. Todo, excepto el sueldo, relativamente elevado y del cual el excelente padre descuenta inmediatamente una mensualidad para los estudios de Bronia.
Lo primero que hace Bronia es encarecer a Mania que no le envíe más dinero. Lo segundo es pedir a su padre que retire de los cuarenta rublos que le remite mensualmente, ocho destinados a devolver poco a poco las cantidades que ha recibido de su hermana menor. A partir de este instante la fortuna de Mania, iniciada con cero, aumenta...Pero pronto padres, hijos e institutriz regresan a Varsovia.

Bronia escribe a Mania desde París, en marzo de 1890:
Si todo marcha como esperamos, podré casarme durante las vacaciones. Mi novio ya será doctor y yo no he de hacer más que mi último examen. Nos quedaremos todavía un año en París, durante el cual terminaré mis exámenes, y luego iremos a Polonia. No veo nada en nuestros proyectos que no sea razonable. Dime tú misma si no tengo razón. Recuerda que tengo veinticuatro años —que no son nada—, pero que él tiene treinta y cuatro, lo cual ya es más grave. Sería absurdo esperar más tiempo.
Y ahora tú, querida Mania. Es necesario que hagas algo de tu vida. Si reúnes este año algunos centenares de rublos, el año próximo podrás venir a París y vivir con nosotros, en donde tendrás cama y comida. Es necesario, de todas maneras, que tengas estos centenares de rublos para la inscripción en la Sorbona. El primer año vivirás con nosotros. Para el segundo y tercero, cuando nosotros no estemos, creo que papá podrá ayudarte.
Es necesario que tomes esta decisión. Hace demasiado tiempo que esperas. Te garantizo que en dos años te licenciarás.
Piénsalo y ahorra dinero, ponlo en lugar seguro y no lo prestes. Acaso será preferible que lo vayas convirtiendo en francos, pues el cambio es bueno ahora y más tarde puede bajar.

En la noche, atravesada de silbatos y de ruidos de herrumbre, el vagón de cuarta clase atraviesa Alemania.
Agazapada sobre su silla plegable, las piernas engualdrapadas, apretando alrededor suyo los paquetes, que de vez en cuando recuenta con esmero, Mania saborea su alegría divina. Sueña en su pasado, en este viaje fantástico tanto tiempo esperado. Intenta imaginar el porvenir. Se figura que pronto estará de vuelta en su villa natal, y que será una modesta profesora.
Lejos — ¡oh, tan lejos de ella!— el pensamiento de que, al montar en este tren, ha escogido por fin entre la obscuridad y la antorcha, entre la pequeñez de los días exactos y una vida inmensa.

Capítulo 8 y 9
París

¡Qué joven se siente en París! ¡Y poderosa, y ágil, y llena de esperanza! Y, para una polaca, además, ¡qué maravillosa impresión de libertad!
Mania Sklodowska, a las puertas abiertas de una universidad. ¡Y qué universidad! La más famosa, la que, hace siglos, se describiera como un "compendio del universo"; aquella de la que Lutero dijo: "¡Es en París donde se halla la más célebre y la más excelente de las escuelas! ¡Le llaman la Sorbona!"
Este palacio del saber ofrece, en 1891, un aspecto singular: la Sorbona, que están reconstruyendo desde hace seis años, semeja una gigantesca serpiente pitón en el momento de cambiar de piel. Tras la larga fachada nueva, demasiado blanca, los edificios vetustos, que datan de Richelieu, se juntan a los talleres, donde resuena el golpe de las azadas. Este escándalo pone en la vida de los estudiantes un desorden pintoresco. Las clases emigran de una sala a otra, a medida que los trabajos avanzan. Los laboratorios provisionales han quedado instalados en las viejas casas desalquiladas de la calle Saint-Jacques.
Todo esto importa poco, porque este año, como los anteriores, se lee sobre la fachada blanca un cartel pegado en la pared, “cerca de la casilla del” portero, que dice:

REPÚBLICA FRANCESA
FACULTAD DE CIENCIAS
LOS CURSOS SE INAUGURARAN, EN LA SORBONA
EL DÍA 3 DE NOVIEMBRE DE 1891.

¡Palabras mágicas, palabras sugestivas!
Con el poco dinero que ha reunido, rublo a rublo, Mania ha conquistado el derecho de escuchar, entre las muchas clases cuyo horario complicado llena el cartel, las que más le plazcan. Tiene su puesto en la "sala de manipulaciones", en donde, guiada y aconsejada, puede sin titubeos manejar los aparatos, obtener resultados en sencillas experiencias. Mania es, ahora ¡Oh, qué placer!--, una estudiante de la Facultad de Ciencias.
Ahora ya no se llama Mania, ni siquiera "Marie". En la hoja de inscripción, la nueva estudiante ha escrito, en francés, Marie Sklodowska. Pero, como sus condiscípulos no logran pronunciar las sílabas bárbaras de su apellido —Sklodowska—, y como la polaca no concede a nadie la libertad de que la llame Marie, conserva una especie de anonimato misterioso. A menudo, al cruzar la joven las ruidosas galerías, vestida con una distinción austera y miserable, de rostro firme y voluntarioso y de cabellos suaves y claros, algunos jóvenes preguntan: "¿Quién es?" La respuesta, si así puede considerarse la vaga contestación, no se hace esperar: "Es una extranjera... ¡Tiene un apellido imposible! En la clase de física está siempre en primera fila... No habla con nadie..." Los estudiantes siguen con los ojos la silueta graciosa que desaparece en el pasillo, y añaden: "¡Qué hermosos cabellos!" Entre los estudiantes de la Sorbona la cabellera color ceniza y el rostro eslavo serán, por mucho tiempo, el único estado civil de su salvaje compañera.
Pero los jóvenes son, en este momento, los que menos interesan a Marie. Marie se siente subyugada por algunos graves caballeros, a los cuales quiere arrancar sus secretos, y que se llaman "los profesores de la enseñanza superior". Según el honorable reglamento de la época, dan sus clases con corbata blanca, vestidos de frac negro, eternamente manchado de tiza. Marie vive en la contemplación de estos fracs solemnes y de estas barbas grises.
Marie creía conocer perfectamente el idioma francés. Se equivocaba. Frases enteras, dichas rápidamente, se escapan a su conocimiento. En matemáticas y en física, Marie descubre enormes baches en su "cultura". ¡Cuánto deberá trabajar para obtener el título magnífico que codicia toda la vida: licenciada en Ciencias!
Hoy, Paul Appell da clase. Claridad en la exposición y estilo pintoresco. Marie ha llegado de las primeras y ha buscado un puesto bajo, cerca de la cátedra, en el anfiteatro iluminado por una luz decembrina. Prepara metódicamente su pluma y el cuaderno con tapas de tela gris, sobre el cual, dentro de poco, tomará sus notas con su bella escritura regular. Se recoge en sí misma anticipadamente, concentra su atención, sin oír alrededor suyo el murmullo de las conversaciones, que se interrumpen a la entrada del profesor.
Marie se ha entregado ardientemente a cuanto le ofrece su existencia nueva. Trabaja febrilmente. Descubre las satisfacciones de la camaradería, de la solidaridad, creada por el trabajo universitario. Pero, demasiado arisca para intimar con los franceses, se refugia entre sus compatriotas: en este pequeño islote de la patria libre, que es la colonia polaca del Barrio Latino, Marie es amiga de dos estudiantes de matemáticas, las señoritas Kraskowska y Dydnska, el doctor Motz, el biólogo Danysz; Stanislas Szalay, que años después entrará en la familia al casarse con Hela; el joven Wojciechowski, ¡nada menos que un futuro presidente de la República Polaca!

Durante más de tres años va a vivir dedicada únicamente a sus estudios. Vive, de acuerdo con su sueño, una perfecta vida, en el sentido de perfección que le dan a la existencia los frailes y los misioneros.
Es necesario que esta vida sea de una simplicidad monacal. Marie no es la única estudiante en el Barrio Latino que disponga de cien francos mensuales solamente. La mayor parte de sus compañeras polacas son tan pobres como ella.
Deliberadamente, ha suprimido de su vida las diversiones, las reuniones amistosas, el contacto con los humanos. También ha decidido que la vida material no tenga ninguna importancia, y que apenas exista. Firme en estos principios organiza una existencia espartana, extraña, inhumana.
Calle Flatters, boulevard Port-Royal, calle de las Feuillentines... Las piezas que habitará Marie se parecerán unas a otras por lo reducido de su alquiler y por su incomodidad. La primera está situada en un pobre hotel amueblado, en donde viven estudiantes, médicos y oficiales del cuartel vecino. Tiempo después, la muchacha, buscando la calma absoluta, alquilará una buhardilla, semejante a las habitaciones de los criados, en lo alto de los inmuebles distinguidos. Por quince o veinte francos mensuales, encuentra un reducto minúsculo, iluminado por un tragaluz que da al tejado perpendicular. A través de esta lumbrera, aparece un cuadrante del cielo. Ni calefacción, ni luz, ni agua.
Marie amuebla esta pieza con todos los objetos que posee: una cama plegable, de hierro, y el colchón que se trajo de Polonia. Una estufa, una mesa de blanca madera, una silla de cocina, un tacho. Una lámpara de petróleo, cubierta de una pantalla de diez centavos. Una vasija que hay que ir a llenar al grifo de la escalera. Una estufilla de alcohol, grande como un platillo de café, que durante tres años bastará para calentar las comidas. Dos platos, un cuchillo, un tenedor, una cuchara, una taza y una cacerola. Además, una tetera y tres vasos, donde, según la costumbre polaca, la estudiante echará el té cuando los Dluski vayan a visitarla. Algunas veces, rarísimas, Marie recibirá visitas. La hospitalidad no pierde sus derechos, y Marie encenderá la estufa, cuyo tubo, en zigzag, describe en la habitación complicadas siluetas. Sale de un rincón, en forma de asiento, el enorme baúl marrón y ventrudo que sirve de cómoda y de armario.
Lo único que Marie sabe hacer, en el humilde dominio de lo práctico, es coser y cuando está muy fatigada por el estudio y necesita algún descanso, inicia el lavado de la ropa en una palangana.
Marie no admite que tenga hambre o frío. Para no tener que comprar carbón de nuevo — ¡también por olvido!—, descuida el encender la estufa, y escribe cifras, y ecuaciones, sin darse cuenta de que sus dedos se entumecen y que sus hombros tiemblan. Una sopa caliente, un trozo de carne, la reconfortarían. Pero Marie no sabe hacer una sopa, y no puede gastar un franco, y perder media hora preparando un pedazo de ternera. Apenas entra en la carnicería, y menos aún en el restaurante. Es demasiado caro. Durante muchas semanas, no come más que pan con manteca y bebe té. Cuando siente la necesidad de un festín, entra en una lechería del Barrio Latino, donde sirven huevos crudos, o compra una pastilla de chocolate, o fruta.
Con este régimen, la muchacha sólida y hermosa, que hace unos meses llegó de Varsovia, va adquiriendo, rápidamente, una anemia. A menudo, cuando se levanta de la mesa, se le va la cabeza. Apenas llega a la cama, se desvanece. Más tarde, cuando vuelve en sí, se pregunta por qué se habrá desmayado. Cree que está enferma, pero desdeña su enfermedad como todo lo demás. No se le ocurre que se cae de debilidad y que su único mal es morirse de hambre.
¡Trabajar! ¡Trabajar! Enteramente hundida en el estudio, embriagada por sus progresos, Marie se siente con altura suficiente para aprender todo cuanto los hombres han descubierto. Sigue los cursos de matemáticas, de física, de química. La técnica manual y la minuciosa precisión de las experiencias científicas le son cada vez más familiares. Poco tiempo después tendrá la alegría de que el profesor Lippmann le confíe investigaciones poco importantes, pero que le permitirán demostrar su sutileza y la originalidad de su espíritu. En el laboratorio de física de la Sorbona, alta y vasta habitación ornamentada con dos pequeñas escaleras de caracol, que conducen a una galería interior, Marie Sklodowska ensaya sus conocimientos.
No le basta con una licenciatura. Marie está dispuesta a pasar dos: física y matemáticas.
Ahora ha decidido conocer a fondo la lengua francesa, que le es indispensable. En vez de reunir durante muchos meses frases sonoras e incorrectas, como hacen muchos polacos, aprende con una seguridad infalible la ortografía y la sintaxis y aleja de su habla hasta los últimos vestigios de su acento, únicamente el ligero rodar de la "r" será siempre una de las gracias de su voz un poco sorda, pero dulce y encantadora.

Enviada la composición, llegan los días de espera y el momento solemne de la publicación de los resultados. Marie se escurre entre los concurrentes y sus familias, apretujados en el anfiteatro, en donde deben anunciarse por orden de méritos los nombres de los elegidos. Apretujada y empujada, espía la entrada del que examinó. Y en medio de un gran silencio oye pronunciar, antes que ningún otro y por encima de todos, este nombre: Marie Sklodowska.
Nadie adivinará su emoción. Rehúye la felicitación de sus compañeros, se escapa del grupo, se aleja... Ha sonado la hora de las vacaciones, del regreso a Polonia, al hogar.

Volverá rebosante y, digámoslo, bastante gruesa, hinchada de la comida que durante tres meses ha tragado en todos los hogares de los Sklodowska, de Polonia, que estaban indignados por el rostro pálido, demacrado y anémico con el que llegó. Deslumbrada y encantada, vuela de nuevo a Francia.

El invierno se prolonga dejando helada la buhardilla del sexto piso. Hace tanto frío que Marie no puede dormir y tiembla. Su depósito de carbón se ha agotado. Pero ¿una hija de Varsovia va a dejarse vencer por un invierno parisiense? Marie enciende nuevamente la lámpara, mira a su alrededor, abre el enorme baúl, reúne todos los trajes que posee, se pone cuantos puede sobre su cuerpo y, luego, metida otra vez entre las sábanas, amontona el resto —su vestido, su ropa interior— sobre la colcha. Todavía hace mucho frío, extiende la mano, agarra una silla, la levanta y la pone sobre el montón de sus vestidos, creándose la ilusión de que tiene más peso y más calor así.

Sólo le falta conciliar el sueño y, sin moverse mucho, a fin de mantener el calor del cual ella sola es la base viviente.
No obstante, en el jarro de agua se forma lentamente una capa de hielo.


Capítulo 10
Pierre Curie

Marie se ha construido un universo secreto, de un implacable rigor, dominado por la pasión de la ciencia. El afecto familiar, el amor por una patria oprimida, tienen también lugar en su espíritu. Pero ¡basta! No cuenta nada más, no existe nada más. Así lo ha decretado una criatura de veintiséis años que vive sola en París y que cada día frecuenta en la Sorbona y en los laboratorios infinidad de muchachos jóvenes.
No; no puede sorprender a nadie que una polaca genial, aislada por una existencia árida, se dedique por entero a su obra. Pero lo que puede sorprender y lo que es maravilloso es que un sabio genial, un ciudadano francés, se haya reservado para esta polaca y la haya esperado, inconscientemente. Es maravilloso que en la misma época en que, allá en el estrecho departamento de la calle Nowolipki, Marie, casi una niña, soñaba en estudiar en la Sorbona, Pierre Curie, de vuelta de la misma Sorbona, donde ya lograba importantes descubrimientos de física, haya escrito en su "Diario" estas líneas melancólicas:
...Las mujeres, más que nosotros, aman la vida para vivirla. Son raras las mujeres de genio. Así, cuando empujados por algún amor místico queremos entrar en algunas vías antinaturales, cuando damos todos nuestros pensamientos a una obra que nos aleja de la Humanidad y que nos interesa, hemos de luchar con las mujeres. La madre ante todo quiere el amor de su hijo, aunque deba quedar imbecilizado. La amante quiere poseer al amante y encontraría lo más natural del mundo que se sacrificara el más hermoso genio del mundo por una hora de amor. La lucha, casi siempre, es desigual, pues las mujeres tienen a su favor la buena causa: es en nombre de la vida y de la naturaleza que procuran arrastrarnos...

Los años han pasado. Pierre Curie, entregado en cuerpo y alma a las investigaciones científicas, no se ha casado con ninguna de las muchachas, gentiles o insignificantes, que ha hallado en su camino. Tiene treinta y cinco años. No quiere a nadie.
Cuando por azar hojea su diario:
"Las mujeres de genio son raras".

Marie para describir este primer encuentro, que tuvo lugar a principios de 1894.
Cuando entré, Pierre Curie se hallaba en el alféizar de una puerta que daba a un balcón. Me pareció muy joven, a pesar de tener ya treinta y cinco años. Me impresionó la expresión de su clara mirada y una ligera apariencia de abandono, su alta estatura. Su palabra un poco lenta y reflexiva, su simplicidad, su sonrisa, a la vez grave y juvenil, inspiraban confianza. Trenzamos una conversación que pronto fue amistosa. Tenía como objeto algunas cuestiones científicas sobre las cuales yo estaba encantada de obtener su consejo.

Pierre Curie es una muestra casi única de humanidad. Es un poderoso espíritu y un espíritu noble.
La atracción que siente desde el primer instante por la joven extranjera poco conversadora, aumenta su intensa curiosidad. Esta señorita Sklodowska es, en verdad, una persona bastante sorprendente. ¿De manera que es una polaca que ha venido de Varsovia para seguir los cursos de la Sorbona? ¿Y en los exámenes del año último obtuvo el primer puesto? ¿Y dentro de unos meses se examinará para su licenciatura de matemáticas? ¿Y si sobre sus ojos de ceniza se cruza una pequeña arruga preocupada no es más que por no tener donde instalar sus aparatos para el estudio del magnetismo de los aceros?
La conversación, momentáneamente general, se reduce al cabo de poco tiempo a un diálogo científico entre Pierre Curie y Marie Sklodowska. Marie, con su eterno matiz de timidez y deferencia, plantea cuestiones y escucha las sugestiones de Pierre. Y éste, a su vez, explica sus proyectos, describe los fenómenos de cristalografía que le intrigan y de los cuales busca sus leyes. ¡Qué raro es, piensa el físico, hablar a una mujer de los trabajos que uno prefiere empleando términos técnicos, fórmulas complicadas y ver que esta mujer, encantadora y joven, se anima, comprende y discute, incluso, ciertos detalles con una infalible claridad! ¡Qué agradable es!
— ¿Va usted a quedarse para siempre en Francia? —pregunta Pierre Curie a la señorita Sklodowska, sin saber exactamente por qué.
Una sombra pasa sobre el rostro de Marie. Y contesta con su acento musical.
—No creo. Este verano, si salgo bien del examen de licenciatura, volveré a Varsovia. Me gustaría regresar en otoño, pero no sé si tendré los medios suficientes. Luego seré profesora en Polonia y procuraré ser útil a la sociedad. Los polacos no tenemos el derecho de abandonar nuestro país.

¿Quién es Pierre Curie?
Un sabio francés genial, casi desconocido en su país, pero altamente considerado ya por sus colegas extranjeros.
Nació en París, en la calle Cuvier, el día 15 de mayo de 1859. Es el hijo segundo de un médico, el doctor Eugène Curie, asimismo hijo de médico. La familia es de origen alsaciano y protestante. Los Curie, años antes burgueses poco afortunados, han ido convirtiéndose, de generación en generación, en intelectuales y hombres de ciencia. El padre de Pierre, obligado a ejercer la medicina, para ganarse la vida, estaba enamorado de las investigaciones científicas. Fue preparador en el laboratorio del Museo y era autor de trabajos sobre la inoculación de la tuberculosis.
Sus dos hijos, Jacques y Pierre, desde la infancia se sintieron atraídos por las ciencias. Pierre, que tiene un espíritu independiente y soñador, no ha podido doblegarse jamás a la disciplina y al trabajo sistemático de los liceos. No ha estado jamás en la escuela. El doctor Curie, comprendiendo que este muchacho demasiado original no será nunca un alumno brillante, lo ha educado primero él mismo, confiándolo más tarde a un destacado profesor, el señor Bazille.
Esa educación liberal da sus frutos: Pierre Curie es bachiller a los dieciséis años, licenciado a los dieciocho, y a los diecinueve se le nombra practicante del profesor Desains, en la Facultad de Ciencias, cargo que ocupará durante cinco años. Hace investigaciones con su hermano Jacques, también licenciado y practicante en la Sorbona. Ambos anuncian el descubrimiento del importante fenómeno de la "piezoelectricidad", y su trabajo experimental les lleva a inventar un nuevo aparato, cuyas aplicaciones son múltiples: el cuarzo piezoeléctrico, que sirve para medir con precisión débiles cantidades de electricidad.
En 1863, los dos hermanos se separan, con harto dolor. Jacques ha sido nombrado profesor en Montpellier. Su hermano pasa a ser jefe de trabajos en la Escuela de Física y Química, de la villa de París. A pesar de que las "manipulaciones" de los alumnos de la escuela le ocupan muchísimo tiempo, continúa sus trabajos teóricos sobre la física cristalina. Estos trabajos finalizan con el enunciado del principio de la simetría, que se convertirá en una de las bases de la ciencia moderna.
Al reanudar sus estudios experimentales, Pierre Curie inventa y construye una balanza científica ultrasensible, la "balanza Curie", y, más tarde, emprende las investigaciones sobre el magnetismo y obtiene un resultado capital: el descubrimiento de una ley fundamental, la "ley de Curie".
Por estos esfuerzos, coronados del más brillante éxito, por las atenciones que prodiga constantemente a treinta alumnos que le han sido confiados, Pierre Curie recibe del Estado francés, en 1894, tras quince años de trabajo, un sueldo de trescientos francos mensuales, casi lo que gana en una fábrica un obrero especializado.
Más, cuando el más ilustre de los sabios ingleses, lord Kelvin, va a París, no se conforma con acudir a la Sociedad de Física, para escuchar las comunicaciones de Pierre Curie. A pesar de su gran posición y de su avanzada edad, escribe al joven físico, le habla de sus trabajos y solicita una entrevista.
En agosto de 1893, lord Kelvin escribe a Pierre Curie:
Querido señor Curie:
Le agradezco infinitamente que se haya tomado la molestia de obtenerme un aparato que me permite observar tan cómodamente el magnífico descubrimiento experimental de cuarzo piezoeléctrico, que ha hecho junto con su hermano.
He escrito una nota para el "Philosophical Magazine", precisando que esos trabajos son anteriores a los míos. Esta nota deberá llegar a tiempo para que se publique en el número del mes de octubre; si no es así, aparecerá en noviembre.

Y el mismo lord Kelvin escribe, el día 3 de octubre de 1893:
Querido señor Curie:
Confío en llegar mañana, por la noche, a París. Le quedaría muy agradecido si pudiera indicarme en qué momento, hasta fin de la semana, le será cómodo permitirme que vaya a visitarlo en su laboratorio.

Durante las entrevistas, en que los dos físicos discuten horas y horas problemas científicos, la sorpresa del sabio inglés fue enorme al comprobar que Pierre Curie trabaja sin colaboradores, en un miserable local, y que dedicaba lo mejor de su tiempo a labores pobremente pagadas, y que casi nadie, en París, conocía el nombre de un hombre a quien él, lord Kelvin, consideraba como un maestro.

Propuesto por el director de la Escuela de Física para una condecoración (¡las palmas académicas!), se niega a aceptarla en estos términos:
Señor director:
El señor Muzet me ha dicho que usted tenía la intención de proponer de nuevo, al prefecto, que se me condecorara.
Le ruego, por favor, que no haga nada. Si usted logra que me den esa distinción, me pondrá usted en la situación de rechazarla, pues estoy dispuesto a no aceptar ninguna condecoración, de cualquier clase que sea. Confío en que querrá usted evitarme un paso que me pondría un poco en ridículo ante las gentes.
Si su intención es la de darme un testimonio de su interés por mí, ya lo ha hecho, y de una manera mucho más eficaz, por lo que le quedo sinceramente reconocido, y es la de facilitarme mayor comodidad en el trabajo.

Es poeta, a la vez que el físico, subyugado por Marie Sklodowska, ha visto lo que había en ella de excepcional. Con una suave tenacidad, Pierre Curie intenta acercarse a la joven. La ha vuelto a ver, dos o tres veces, en las sesiones de la Sociedad de Física, en donde ella escuchaba las comunicaciones de los sabios sobre las más recientes investigaciones. Le ha enviado, dedicado, un ejemplar de la "edición selecta" de su último trabajo "Sobre la simetría en los fenómenos físicos". Simetría de una zona eléctrica y de una zona magnética, y en la primera página, con letra incierta, ha escrito: "A la señorita Sklodowska, con el respeto y la amistad del autor. P. Curie". La ha observado, además, en el laboratorio de Lippmann, enfundada en su bata de tela, inclinada y silenciosa sobre sus aparatos.
Y más tarde, le ha pedido permiso para visitarla. Marie le ha dado su dirección: calle des Feuillentines,
Marie, amistosa y discretamente, lo ha recibido en su pequeño departamento, y Pierre, con el corazón emocionado al observar tanta pobreza, ha admirado, no obstante, en su fuero íntimo, el sutil acuerdo del personaje y del ambiente. En este recinto casi vacío, con su vestido usado, su rostro ardiente y firme, Marie le ha parecido más hermosa que nunca. Su joven silueta, fatigada por el esfuerzo de una vida ascética, no podía encontrar cuadro más justo que esta buhardilla desnuda.
Pasan algunos meses. La amistad aumenta, crece la intimidad, a medida que aumentan también la estima y la recíproca admiración. Pierre Curie ya es prisionero de la polaca, harto inteligente y harto lúcida. La obedece y sigue sus consejos. Empujado, estimulado por Marie, el físico francés sacudirá su indolencia, redactará sus trabajos sobre el magnetismo y entregará una magnífica tesis de doctorado.
Marie todavía se cree libre y no parece dispuesta a escuchar las palabras definitivas que el sabio no se atreve a pronunciar.
Esta noche, acaso por décima vez, están reunidos en la habitación de la calle des Feuillentines. Hace un buen día. Se acaba una tarde del mes de junio. Sobre la mesa, cerca de los libros de matemáticas, con la ayuda de los cuales Marie prepara su próximo examen, hay en un vaso unas blancas margaritas, que han traído del paseo que Marie y el sabio francés acaban de dar. La muchacha sirve el té, calentado en la fiel lámpara de alcohol.
—Me gustaría que conociera usted a mis padres. Vivo con ellos en un pequeño chalecito, en Sceaux. Son simpatiquísimos...
—Pero ¿usted va a volver en octubre, no? ¡Prométame usted que volverá! Si se queda usted en Polonia, le será imposible continuar sus estudios. ¡Usted no tiene derecho, ahora, a abandonar la ciencia!
Estas palabras de banal solicitud traicionan en Pierre una profunda angustia. Marie sabe que cuando él dice "usted no tiene derecho, ahora, a abandonar la ciencia", quiere decir, sobre todo, "usted no tiene derecho a abandonarme".
Hay un largo silencio. Luego, Marie, levantando sus ojos color ceniza hacia los de Pierre, contesta con una voz todavía dudosa:
—Creo que tiene usted razón. Me gustaría mucho volver.

Pierre ha hablado muchas veces del porvenir. Le ha dicho a Marie que se case con él, pero la solicitud no ha sido coronada por el éxito. Casarse con un francés, abandonar para siempre su familia, renunciar a sus actividades patrióticas, alejarse de Polonia... Estas cosas le parecen, a la señorita Sklodowska, que son terribles traiciones. No puede, no debe. Se ha examinado brillantemente, una vez más, y ahora es necesario que vuelva a Varsovia, acaso para el verano y tal vez para siempre. Y Marie toma el tren, sin prometer nada, dejando entristecido al sabio precoz, que no se conforma con la amistad que se le ofrece.
La sigue con el pensamiento. Le gustaría reunirse con ella en Suiza, donde pasa unas semanas acompañando a su padre, o ir en su busca a Polonia —a esa Polonia de la cual está celoso—, pero es imposible.
Entonces, de lejos, sigue defendiendo su pleito. Esté donde esté —en Crettan, Lemberg, Cracovia o Varsovia—, Marie recibe unas cartas escritas con rasgo indeciso y un poco infantil, sobre el modesto papel timbrado de la Escuela de Física, que intentan convencerla, recordarle que Pierre Curie la espera.
El día 10 de agosto de 1894, Pierre Curie escribe a Marie Sklodowska:
No hay nada que me dé tanta alegría como recibir noticias suyas. La perspectiva de quedarme dos meses sin saber de usted me era completamente desagradable. Con esto queda establecido que su carta ha sido bien recibida.
Confío en que hará usted provisión de aire puro y regresará por el mes de octubre. Yo no pienso viajar; me quedaré en el campo, en donde paso todo el día con la ventana de mi habitación abierta, o en el jardín.
Nos hemos prometido (¿no es cierto?) mantener, cuando menos, una gran amistad. ¡Mientras no cambie usted de intenciones! Pues no hay promesas que sean firmes. Son cosas que no se pueden imponer. Y, no obstante, sería algo hermoso, en lo que no me atrevo a creer, el hecho de pasar la vida cerca el uno del otro, hipnotizados en nuestros sueños: su sueño patriótico, nuestro sueño humanitario y nuestro sueño científico.
De todos estos sueños, éste, el último, es el que creo legítimo. Quiero decir con esto que somos impotentes para cambiar el estado social, y siendo así, no sabríamos qué hacer, y actuando en algún sentido no estaríamos nunca seguros de hacerlo mejor o peor, retardando alguna evolución inevitable. En cambio, desde el punto de vista científico, el terreno es mucho más sólido, y todo descubrimiento, por pequeño que sea, es un avance.
Usted ve cómo todo se encadena... Está convenido que seremos muy buenos amigos, pero, si dentro de un año usted abandona Francia, sería una amistad demasiado platónica ésta de dos seres que no se verán más. ¿No sería mejor que se quedara usted a vivir conmigo? Ya sé yo que este asunto le enoja, y no quiero volverle a hablar de ello, tan indigno de usted me considero, desde todos los puntos de vista.
Había pensado pedirle permiso para encontrarla por casualidad, en Friburgo. Pero supongo que usted se quedará allí un solo día, y ese día debe usted consagrarse necesariamente a. nuestros amigos Kowalski.
Créame su devoto amigo.
P. CURIE.
Sería muy feliz si usted me contestara asegurándome que piensa regresar en octubre. Si me escribe usted directamente a. Sceaux, las cartas me llegan más rápidamente: Pierre Curie, 13, calle des Sablons, en Sceaux, Seine.

El día 17 de septiembre de 1894, Pierre Curie escribe nuevamente a la señorita Sklodowska.
Su carta me inquietó mucho. La sentía a usted trastornada e indecisa. Su carta de Varsovia me tranquiliza y noto que se ha calmado usted. Su retrato me gusta mucho. ¡Qué excelente idea ha tenido usted al enviármelo! Se lo agradezco de todo corazón.
En fin, viene usted a París, y ello es para mí un gran placer. Vivamente deseo que seamos, por lo menos, amigos inseparables. ¿Está usted de acuerdo conmigo?
Si usted fuera francesa llegaría fácilmente a ser profesora en un liceo o en una escuela normal de señoritas. ¿Le gustaría esta profesión?
Su amigo muy devoto.
P. CURIE.
He mostrado su retrato a mi hermano. ¿Hice mal? Le ha encontrado a usted muy bien. Y ha añadido: "Tiene el aire muy decidido, e incluso obstinado.

Llegó octubre. El corazón de Pierre estaba henchido de felicidad. Marie, como prometió, ha vuelto a París. La ve de nuevo en las clases de la Sorbona, en el laboratorio de Lippmann. Marie, que dice que este año es el último de su permanencia en Francia, no vive en el Barrio Latino, Bronia le ha cedido una habitación en el gabinete que ha abierto en la calle de Chateaudun, 39. Como los Dluski viven en la Villete, y Bronia permanece de día solamente en la calle de Chateaudun, Marie puede trabajar en paz.
En este piso sombrío, un poco triste, Pierre Curie repite su demanda. A su manera, es tan testarudo como Marie. Posee la misma fe que su futura esposa, pero es una fe más completa, más pura de toda mezcla. Para él, la ciencia es el único fin. Por eso su aventura es tan extraña, casi increíble, puesto que ella mezcla, al ritmo de su corazón, la aspiración esencial de su espíritu. El sabio se siente atraído hacia Marie por un impulso pasional, al mismo tiempo que por la más precisa necesidad.
Estaría dispuesto a sacrificar lo que las gentes llaman la felicidad por una felicidad sólo conocida por él. Ha hecho a Marie una proposición a primera vista extravagante, y que podría interpretarse como un ataque, pero está en la plena lógica de su manera de ser. Si Marie no siente cariño por él, ¿por qué no aceptar un arreglo simplemente amistoso, el de "trabajar en un departamento de la calle Mouffetard, con ventanas que dan a los jardines; un departamento que puede dividirse en dos partes independientes?"
¿Y si él, Pierre Curie, puesto que es indispensable y hay que pagar su precio, se comprometiera a establecerse en Polonia, se casaría con él? Al principio daría clases de francés, y luego, mejor o peor, se entregaría con ella a la investigación científica.

Transcurrirán todavía diez meses antes de que la polaca acepte la idea del matrimonio. En auténtica intelectual "eslava", Marie está llena de teorías sobre la existencia y sus deberes. Algunas teorías son generosas y hermosas, otras no son más que pueriles. Sobre todo —y Pierre lo ha comprendido desde hace mucho tiempo—, no son las que hacen de Marie un ser superior. El sabio excusa estos principios, que Marie comparte con algunos millares de compatriotas cultos. Lo que le atrae y fascina es su devoción total para el trabajo, es su genio, que presiente, es su firmeza y su nobleza. Esta muchacha graciosa tiene el carácter y los dones de un gran hombre.
Marie escribe a su amiga Kazia y le participa la importante decisión que ha tomado.
Kazia recibe la siguiente carta de Marie:
Cuando recibas esta carta, tu Mania habrá cambiado de nombre. Voy a casarme con el hombre de quien te hablé el año pasado en Varsovia. Me es muy penoso quedarme para siempre en París, pero ¿qué se le va a hacer? El destino ha hecho que nos hayamos atraído profundamente el uno al otro y que no podamos soportar la idea de separarnos.
No te había escrito, pues todo esto se ha decidido en poco tiempo, muy rápidamente. Durante un año entero he dudado y no sabía qué decidir. Por fin, me he reconciliado con la idea de establecerme acá. Cuando recibas esta carta, escríbeme:
Sra. Curie, Escuela de Física y Química, calle Lhomond, 42. Es así cómo voy a llamarme de ahora en adelante. Mi marido es profesor de esta escuela. El año próximo le llevaré a Polonia, para que la conozca, y no me olvidaré en ese momento de presentarle a mi querida hermanita de elección y de pedirte que le quieras.

Los esposos Curie

Capítulo 11

Un matrimonio joven

Marie triunfa siempre en lo que se propone. También en su matrimonio. Ha dudado durante un año antes de casarse con Pierre Curie. Casada, organiza la vida conyugal con una ternura tan clara, que hará de esa existencia una maravilla.
El casamiento de Pierre con una extranjera pobre, encontrada en una buhardilla del Barrio Latino, no ha chocado ni sorprendido a estos ancianos y a estos espíritus de selección que son los padres de Pierre, y que han admirado a Marie desde el instante que la conocieron. No es sólo "el encanto eslavo" lo que impresiona a los padres políticos y al cuñado. Éste la distingue con una gran amistad. El doctor Curie está deslumbrado por la masculina inteligencia de su nuera, por su carácter, recto como una espada. Y su mujer está emocionada por la modestia y la gracia de la estudiante.

Las ventanas del departamento de la calle de la Glacière, 24, en donde se instala el joven matrimonio, en el mes de octubre, dan sobre los árboles de un vasto jardín. Es el único encanto que tiene aquel piso, carente de toda comodidad. Los Curie no han hecho ningún esfuerzo para adornar las tres habitaciones exiguas. Es más, han rechazado los muebles ofrecidos por el doctor Curie. Cada canapé, cada butaca sería un objeto más para limpiar todas las mañanas y para barnizar en los días de limpieza a fondo.

Marie no puede. No tiene tiempo. Además, ¿para qué tener canapés y butacas, si los Curie, de común acuerdo, han acordado suprimir las reuniones familiares y las visitas? El importuno que suba los cuatro pisos y vaya a perturbar al matrimonio, en su guarida, queda definitivamente rechazado al penetrar en el despacho conyugal, de limpias paredes, amueblado, únicamente, por una biblioteca y una mesa de madera blanca. A una punta de la mesa se halla la silla de Marie. En la otra punta, la silla de Pierre. Sobre la mesa, tratados de física, una lámpara de petróleo, un ramillete de flores. Nada más. Ante las dos sillas, ninguna de las cuales es para el impertinente visitante, y las miradas correctamente sorprendidas de Marie y de su esposo, el más audaz no tiene otra salida que huir.
La existencia de Pierre tiene un solo ideal: la investigación científica, al lado de esta mujer bien amada, que también vive para lo mismo. La existencia de Marie es más dura, porque a la importancia de su obra, se mezclan las humildes y pesadas labores de todas las mujeres. Marie no puede descuidar la vida material, como en la época austera y bohemia de sus estudios en la Sorbona. Y su primera compra, al regreso de las vacaciones, ha sido la de un cuadernillo negro que en la cubierta tiene impreso con doradas letras esta enorme palabra: GASTOS.
Pierre Curie gana, en la actualidad, quinientos francos mensuales en la Escuela de Física. En espera del diploma de agregado, que permita a Marie dar clases en Francia, los quinientos francos son la única fuente de ingresos de la pareja.
Con esta suma, un matrimonio modesto puede vivir decentemente, y Marie ha aprendido a ser discreta en los gastos. Lo difícil es lograr que en las veinticuatro horas de un día quepa la pesada labor de una jornada. Marie pasa la mayor parte de su vida en el laboratorio de la Escuela, en donde le han reservado un puesto. ¡El laboratorio es la felicidad! Sólo que en la calle de la Glacière hay una cama por hacer y un piso por limpiar. Es necesario que la ropa de Pierre esté en buen estado y que sus comidas sean apetecibles. ¡Y todo ello sin servicio alguno!

Ocho horas de investigaciones científicas, dos o tres de trabajos domésticos. No es bastante. Por la noche, una vez inscriptos en pomposas columnas del cuaderno de cuentas —Gastos del Señor, Gastos de la Señora— los dispendios cotidianos, Marie Curie se sienta en la punta de la mesa de madera blanca y se sume en su preparación para el concurso de agregación. En la otra punta, Pierre, con la cabeza inclinada, atentamente, establece el programa de su nueva clase de la Escuela de Física. A menudo, sintiendo sobre sí la bella y profunda mirada de su marido, Marie levanta los ojos para recibir el mensaje de amor y de admiración. Una sonrisa silenciosa se cambia entre este hombre y esta mujer que se quieren. Hasta las dos o las tres de la mañana hay luz tras los cristales de sus ventanas, y en el despacho con dos sillas se oye el pianísimo ardiente de la página que se devuelve o de la pluma que araña el papel.

Segundo año de matrimonio. No se diferencia del primero, más que por el estado de salud de Marie, alterado por su embarazo. La señora Curie ha deseado este hijo, pero está atormentada de encontrarse tan mal y de no poder estudiar, sin fatigarse, la imantación de los aceros, de pie ante sus aparatos. Y se lamenta. El día 12 de septiembre, da a luz una hija: Irene. ¡Un hermoso bebé y un futuro premio Nobel! El doctor Curie preside el parto, que la señora Curie soporta con los dientes apretados, sin un grito.

Después del parto, su salud se ha alterado. Casimiro Dluski y el doctor Vauthier, médico de la familia Curie, hablan de una lesión tuberculosa en el pulmón izquierdo. Alarmados por la inquietante herencia de Marie, cuya madre murió tísica, aconsejan que pase algunos meses en un sanatorio. Pero la obstinada Mara les escucha distraída y se niega categóricamente a obedecerles.
Marie tiene otras preocupaciones: el laboratorio, su marido, su hogar, su hija ... Los llantos de Irene en el momento de la dentición, una gripeo cualquier otro accidente benigno, perturban frecuentemente la calma del hogar y hacen pasar a los dos profesores de química noches de insomnio y angustia. A menudo, Marie, sobrecogida por un pánico absurdo, abandona la Escuela de Física y corre hacia el parque Montsouris. ¿Habrá perdido a su hija, la nodriza? No... Allí están, lejos, siguiendo el itinerario señalado, la nodriza y el cochecito, dentro del cual duerme la niña.
En su padre político ha encontrado un aliado precioso. El doctor Curie, cuya esposa murió unos días antes de que naciera Irene, quiere, con pasión, a su nietecita. Vigila sus primeros pasos en el jardín de la calle de Sablons. Cuando Pierre y su esposa abandonaran la calle de la Glacière por un modesto pabellón en el boulevard Kellermann, el anciano doctor fue a vivir con ellos. Será el educador y el mejor amigo de Irene.
La señora Curie tiene cita con la gloria. Y se ha embellecido.

Capítulo 12
El descubrimiento del radio

Dos licenciaturas, un concurso de agregación universitaria, un estudio sobre la imantación de los aceros templados... Tal es, a fines del año 1897, el balance de la actividad de Marie, que, apenas repuesta de sus partos (el segundo terminó en aborto), vuelve al trabajo.
La etapa siguiente en el desarrollo de su carrera es el doctorado. Hay unas semanas de dudas. Se trata de escoger un tema de investigaciones que dé una manera fecunda y original. Como un escritor que duda antes de encontrar el tema de su novela, Marie, en unión de su marido, pasa revista a los más recientes trabajos de física y busca un tema de tesis.
En este momento capital, los consejos de Pierre adquieren en la vida de Marie una importancia que no debe descuidarse. Marie mira a su esposo como si fuera una aprendiza. Es un físico de más edad y más experiencia que ella. Es, además, su jefe de laboratorio, su "patrón". Se toman por unanimidad las decisiones importantes, relativas al porvenir de Marie.
De todas maneras, no hemos de dudar que en la elección del tema tienen una parte preponderante el carácter y la íntima naturaleza de la polaca. Marie lleva dentro de sí, desde la infancia, la curiosidad y la audacia de los exploradores.
Tras el descubrimiento de los rayos X por Roentgen, Poincaré tuvo la idea de investigar si rayos semejantes a los rayos X no estaban emitidos por los cuerpos "fluorescentes" bajo la acción de la luz. Atraído por el mismo problema, Becquerel examinó las sales de un "metal raro": el uranio. Pero, en vez de hallar el fenómeno previsto, observó otro, completamente distinto, incomprensible: las sales de uranio emitían espontáneamente sin acción previa de luz, rayos de naturaleza desconocida. Un compuesto de uranio, colocado sobre una placa fotográfica, envuelta en papel negro, impresionaba a ésta a través del papel. Y, como los rayos X, estos sorprendentes rayos "uránicos" descargaban un electroscopio, convirtiendo en conductor el aire ambiente.
Becquerel se aseguró de que estas propiedades no dependían de una insolación preliminar y que persistían cuando el compuesto de uranio era mantenido largo tiempo en la obscuridad. Descubrió el fenómeno al cual Marie Curie daría más tarde el nombre de radioactividad. Pero el origen de esta radiación era un enigma.
Los rayos de Becquerel intrigaban a los Curie con la mayor intensidad. ¿De dónde procede, se preguntaban, la energía mínima, claro está, que desprenden constantemente los compuestos de uranio, bajo la forma de radiaciones? ¿Cuál es la naturaleza de esas radiaciones? ¡He aquí un excelente tema de investigación, un tema de doctorado! La materia tienta a Marie, tanto más cuanto que el campo de exploraciones se halla completamente virgen: los trabajos de Becquerel son recientes y, en los laboratorios de Europa, nadie, que se sepa, ha profundizado todavía el estado de los rayos uránicos. Como punto de partida y por toda bibliografía existen las comunicaciones presentadas por Becquerel a la Academia de Ciencias en el curso del año 1896. ¡Qué apasionado es lanzarse a la aventura por campo desconocido!

Sólo falta encontrar el local donde Marie pueda desarrollar sus experimentos. Y ahí empiezan las dificultades. Tras muchas gestiones del señor Curie cerca del director de la Escuela de Física, se logra un resultado bastante mediocre: se concede a Marie un taller, cerrado, con vidrieras, situado en la planta baja de los edificios de la Escuela. Es una habitación llena de trastos, rezumante de vapores, que sirve a la vez de almacén y de sala de máquinas. Disposición técnica, rudimentaria; comodidad, cero.
Pero Marie no pierde la paciencia. Privada de una instalación eléctrica adecuada y de cuanto constituye el material necesario para principiar las investigaciones científicas, busca y encuentra el medio de hacer funcionar sus aparatos en este recinto.
No es cosa fácil. Los instrumentos de precisión tienen enemigos solapados: la humedad, los cambios de temperatura. Además; el clima de este pequeño taller, fatal para los electrómetros sensibles, tampoco es bueno para la salud de Marie. ¡Pero esto último, en realidad, tiene muy poca importancia! Cuando tiene frío, la profesora de física se venga anotando en su carnet de trabajo los grados centígrados que indica el termómetro. El día 6 de febrero de 1898 anota, entre las fórmulas y las cifras: "Temperatura en cilindro, 6°25".
¡Poco son seis grados! ¡Marie, para señalar su protesta, ha añadido dos puntos de admiración!
El primer cuidado de la candidata al doctorado es medir el "poder de ionización" de los rayos del uranio. Es decir, su poder de convertir el aire conductor de la electricidad y de descargar un electroscopio. El excelente método que emplea —método que será la llave del éxito de sus experimentos— fue inventado antes para el estudio de otros fenómenos por dos físicos que Marie conoce bastante bien: su marido y su cuñado. La instalación utilizada por Marie se compone de una "cámara de ionización", de un electrómetro Curie y de un cuarzo piezoeléctrico.
Al cabo de unas semanas, surge el primer resultado: Marie adquiere la certidumbre de que la intensidad de esa radiación sorprendente es proporcional a la cantidad de uranio contenida en las muestras examinadas y que la radiación que puede ser medida con precisión, no está influida ni por el estado de combinación química del uranio ni por las circunstancias exteriores, tales como "la iluminación" o la temperatura.
Para el profano, estas comprobaciones son muy poco sensacionales, pero para el hombre de ciencia son apasionantes. Se llega muchas veces en el campo de la física a que un fenómeno inexplicable pueda ser unido tras breves investigaciones a leyes precedentemente conocidas, y de ahí que el investigador pierda todo interés. Lo mismo ocurre en las novelas policiales mal construidas. Si en el capítulo tercero nos enteramos de que la mujer de apariencia fatal, que pudiera muy bien ser la autora del crimen, no es más que una honesta dama aburguesada y su vida está carente de secretos, nos sentimos decepcionados y dejamos de leer inmediatamente.
Aquí no hay tal cosa. Cuanto más penetra Marie en la intimidad de los rayos de uranio, más se le aparecen insólitos y de una esencia desconocida. No se parecen a nada. No están afectados por nada. A pesar de su débil potencia tienen una extraordinaria "personalidad".
El misterio da vueltas y más vueltas en la cabeza de Marie. Ella, encaminada hacia la verdad, presiente y pronto puede afirmar que la incomprensible radiación es una propiedad atómica. Y se plantea un problema: aunque el fenómeno no haya sido observado más que con el uranio, nada prueba que el uranio sea el solo elemento químico capaz de provocarlo. ¿Por qué no han de poseer el mismo poder otros cuerpos? Acaso sea por azar que los rayos han sido primero descubiertos en el uranio, a los cuales ha quedado unido en el espíritu de los físicos. Ahora hay que buscar en otras zonas.
Dicho y hecho. Dejando aparte el estudio del uranio, Marie emprende el examen de todos los cuerpos químicos conocidos. Y el resultado no se hace esperar: los compuestos de otro cuerpo: el torio, emite también rayos espontáneos, semejantes a los de uranio, y de una intensidad análoga. Marie ha visto claro: el fenómeno no es patrimonio sólo del uranio y hay que darle una calificación distinta. Marie Curie propone el nombre de radioactividad. Los cuerpos tales como el uranio y el torio, poseedores de esta "radiación" particular, se llamarán radioelementos.
La radioactividad intriga tanto a la profesora de física que no se cansa de estudiar —siempre por el mismo método— las materias más diversas. Curiosidad; femenina y maravillosa curiosidad, primera virtud del hombre de ciencia que Marie posee en el más alto grado. En vez de limitar sus observaciones a los compuestos simples, sales y óxidos, siente repentinamente el deseo de extraer diversas muestras de la colección de minerales de la Escuela de Física y de probarlas, casi al azar, para divertirse, en esta especie de visita aduanera que es la prueba del electrómetro. Su marido lo aprueba y escoge con ella fragmentos veteados, duros o friables, de formas extrañas y que Marie se ha empeñado en examinar.
La idea de Marie es simple, simple como todos los hallazgos del genio. A la altura del trabajo en que está, centenares de investigadores se habrían detenido en panne meses y acaso años. Tras haber pasado revista a los cuerpos químicos conocidos y descubierto —como lo ha hecho Marie— la radiación del torio, hubieran continuado preguntándose en vano de dónde procedía la radioactividad misteriosa. Marie también lo pregunta y se sorprende. Pero su sorpresa se traduce en actos fecundos. Ha agotado todas las posibilidades evidentes y ahora se vuelve hacia lo no sondeado, lo desconocido.
Sabe por anticipado lo que va a costarle el examen de minerales. O, por lo menos, cree saberlo. Las muestras que no ocultan uranio o torio se revelarán totalmente inactivas. Las otras, las que contienen uranio o torio serán radioactivas.
Los hechos confirman las previsiones. Dejando de lado los minerales inactivos, Marie se consagra a las otras y mide su radioactividad. Y aquí aparece el efecto teatral: ¡esta radioactividad se revela mucho más fuerte que la que podía normalmente preverse según la cantidad de uranio o torio contenida en los productos examinados!
—Debe ser un error del experimento —se dice Marie—, pues ante un fenómeno inesperado, la duda es la primera reacción del hombre de ciencia.
Reanuda sus medidas, sin conmoverse, con los mismos productos. Empieza de nuevo diez veces, veinte veces. Y debe rendirse a la evidencia: las cantidades de uranio y de torio, que se encuentran en los minerales no bastan tampoco para justificar la intensidad excepcional de la radiación que observa.
¿De dónde procede esta radioactividad excesiva, anormal? Una sola explicación es posible: los minerales deben contener en pequeña cantidad una substancia mucho más fuertemente radiactiva que el uranio y el torio.
Pero, ¿qué substancia será, puesto que en sus experimentos anteriores Marie ha examinado ya todos los elementos químicos conocidos?
Marie contesta al problema con la seguridad lógica y la magnífica audacia de los grandes espíritus. Emite una audaz hipótesis: los minerales ocultan con toda seguridad una materia radiactiva que es, al mismo tiempo, un elemento químico desconocido hasta el día. ¡Un cuerpo nuevo!
Esta "cosa" era colocar la ciencia sobre una vía insospechada.
En una comunicación a la Academia, presentada por el profesor Lippmann y publicada en los resúmenes de la sesión del 12 de abril de 1898, Marie Sklodowska Curie anuncia la presencia probable en los minerales de pechblenda de un cuerpo nuevo, dotado de una radioactividad poderosa:
... Dos minerales de uranio, la pechblenda (óxido de uranio) y la chalcolita (fosfato de cobre y de uranillo) son mucho más activos que el mismo uranio. Este hecho es muy notable y hace creer que estos minerales pueden contener un elemento mucho más activo que el uranio.

Es la primera etapa del descubrimiento del radio.

Por el poder de su intuición, Marie se ha demostrado a sí misma que la substancia debe ser. Ella misma decreta su existencia. Pero le falta descubrirla, forzar la incógnita. Hay que verificar ahora la hipótesis por la experiencia, aislar la materia, verla, para poder anunciar con pruebas que la subrayen: "¡Aquí está!
Pierre Curie ha seguido con un interés apasionado los progresos rápidos de las investigaciones de su mujer. Sin mezclarse directamente en el trabajo de ésta, la ha ayudado frecuentemente con sus observaciones y sus consejos. Ante el carácter sorprendente de los resultados obtenidos, decide abandonar momentáneamente su estudio sobre los cristales y unir sus esfuerzos a los de Marie para obtener la nueva substancia.
Así, cuando la inmensidad de una labor apremiante sugiere y exige la colaboración, un gran físico aparece al lado de la profesora de física. Un físico que es el compañero de su vida.
Tres años antes el amor ha unido a estos dos seres excepcionales. El amor y acaso un presentimiento misterioso, un infalible instinto de grupo.

Las fuerzas de combate han sido dobladas. En el húmedo y pequeño taller de la calle Lhomond, dos cerebros y cuatro manos buscan un cuerpo desconocido. Y de ahora en adelante, en la obra de los Curie será imposible distinguir la parte de cada uno. Sabemos que Marie escogió como tema de tesis de doctorado el estudio de los rayos del uranio; que ha descubierto que otras substancias también son radiactivas. Sabemos que, a continuación, del examen de minerales ha podido anunciar la existencia de un elemento químico nuevo, poderosamente radiactivo, y que es la importancia capital de este resultado lo que decide a Pierre Curie a interrumpir sus investigaciones completamente distintas para intentar con su mujer el aislamiento del elemento que se busca. En este momento, mayo o junio de 1898, empieza una asociación en el esfuerzo que durará ocho años y que será brutalmente destruida por un accidente fatal.
No podemos ni debemos buscar qué es lo que en esos ocho años pertenece a Marie o a su marido. Esa selección se haría contra la voluntad de los esposos. El genio personal de Pierre Curie nos es conocido por la obra original realizada antes de la colaboración. El genio de su mujer nos aparece en la intuición primera del descubrimiento, en esa fulminante partida. Nos reaparece luego más tarde solo, cuando Marie Curie, viuda, mantendrá, sin doblegarse, el peso de una nueva ciencia y que, de investigación en investigación, conducirá hasta su expansión armoniosa. Tenemos, pues, las pruebas evidentes de que en esta alta alianza de un hombre y una mujer la aportación fue por partes iguales.
Que esta afirmación baste a nuestra curiosidad y a nuestra admiración. No separemos por más tiempo dos seres enamorados y cuyas escrituras se mezclan sólo en las páginas de los cuadernos de trabajo llenos de fórmulas; dos seres que firmarán unidos todas las publicaciones científicas. Escribirán siempre: "Hemos encontrado... Hemos observado..." y obligados algunas veces a señalar la obra particular de cada uno emplearán una fórmula enternecedora y emocionante:
Algunos minerales contienen uranio y torio (pechblen, chalcolita, uranita); son muy activos desde el punto de vista de la emisión de rayos de Becquerel. En un trabajo anterior uno de nosotros ha demostrado que su actividad es incluso mayor que la del uranio y la del torio y ha emitido la opinión de que este efecto era debido a alguna otra substancia muy activa oculta en pequeña cantidad en esos minerales.. .
(Pierre y Marie Curie. Memoria de 18 de julio de 1898).

Marie y su marido buscan "la substancia muy activa" en un mineral de uranio, la pechblenda. En su estado bruto la pechblenda se ha revelado cuatro veces más radiactiva que el óxido de uranio puro que se puede extraer. Pero la composición de este mineral es conocida de manera bastante precisa... Es necesario que el elemento nuevo se encuentre en cantidades muy débiles para haber podido escapar hasta la fecha al rigor de los análisis químicos realizados con suma atención por los hombres de ciencia.
Según sus cálculos —cálculos "pesimistas" como todos los de los auténticos físicos, que entre dos posibilidades se quedan con la menos agradable—, los Curie creen que el mineral debe contener como máximo un uno por ciento de la nueva substancia. Y se dicen que esto es muy poco... ¡Qué espanto no sería el suyo si supieran que el elemento radiactivo desconocido no figura siquiera en la pechblenda en la proporción de una millonésima parte!
Pacientemente inician su descubrimiento, empleando un método de investigación química de su invención, basado sobre la radioactividad. Separan por procedimientos ordinarios de análisis de todos los cuerpos de que está constituida la pechblenda, luego miden la radioactividad de cada uno de los productos obtenidos. Por eliminaciones sucesivas, van viendo poco a poco la radioactividad "anormal" refugiarse en ciertas porciones del mineral. Cuanto más progresa su trabajo, más restringen el campo de la investigación. Es la misma técnica que emplea la policía cuando registra una por una las casas de un barrio para despistar y detener a un malhechor.
Pero acá no hay un malhechor: la radioactividad se concentra principalmente en dos fracciones químicas de la pechblenda. Para los Curie es el signo de la existencia de dos cuerpos nuevos distintos. Desde julio de 1898 están en condiciones de poder anunciar el descubrimiento de una de estas dos substancias.
—Es necesario que le busques un nombre... —le dice Pierre a su joven esposa.
La que fue señorita Sklodowska reflexiona silenciosamente un instante. Luego, proyectando su corazón hacia su patria borrada del mapa del mundo, sueña, vagamente, que el acontecimiento científico probablemente será publicado en Rusia, en Alemania, en Austria, en los países de los opresores, y tímidamente contesta:
— ¿Si le llamáramos el polonio?
En la memoria de julio de 1898 se lee:
...Creemos que la substancia que hemos sacado de la pechblenda contiene un metal no conocido aún, vecino del bismuto por sus propiedades analíticas. Si la existencia de este nuevo metal se confirma, nos proponemos denominarle polonio, del nombre del país de origen de uno de nosotros.

Ha sido redactada por Marie y su marido y por un colaborador apellidado G. Bemont. Con destino a la Academia de Ciencias y publicada en las Comunicaciones de la sesión del 26 de diciembre de 1898, se anuncia la existencia en la pechblenda de un segundo elemento químico. He aquí algunas líneas de esa comunicación: ... Las diversas razones que acabamos de enumerar nos hacen creer que la nueva substancia radiactiva contiene un elemento nuevo, al cual nos proponemos dar el nombre de radio. La nueva substancia radiactiva contiene, con toda seguridad, una considerable proporción de bario; a pesar de ello, la radioactividad es considerable. La radioactividad del radio debe ser, pues, enorme.

Capítulo 13
Cuatro años en un hangar

La actitud de un químico es mucho más categórica todavía. Por definición, un químico no cree nunca en la existencia de un cuerpo nuevo hasta que ha visto ese cuerpo, hasta que lo ha tocado, pesado, examinado, confrontado con ácidos, metido en un tarro, y cuando ha determinado, en definitiva, su "peso atómico".
Pero hasta el momento nadie ha visto el radio. Nadie conoce el peso atómico del radio. Y los químicos, fieles a su principio, sacan esta conclusión:
—Si no hay peso atómico, no hay radio. Muéstrennos el radio y entonces les creeremos.
Para mostrar el polonio y el radio a los incrédulos, para demostrar al mundo la existencia de sus "hijos" y para acabar de convencerse ellos mismos, los Curie deberán padecer todavía durante cuatro años.

EL objeto es obtener radio y polonio puros. En los productos más vigorosamente radiactivos que los sabios hayan preparado, estas dos substancias no figuran más que en el estado de ligeros indicios. Marie y su marido saben por qué procedimiento pueden esperar el aislamiento de los nuevos metales, pero la separación no puede hacerse sin tratar grandes cantidades de materias primas.
Y aquí se plantean tres problemas angustiosos:
¿Cómo procurarse una cantidad suficiente de mineral?
¿En qué local efectuar el tratamiento?
¿Con qué dinero se pagarán los inevitables gastos del trabajo?
La pechblenda, en que se esconde el polonio y el radio, es un mineral precioso que se extrae de las minas de Saint Joachimstal, en Bohemia, para retirar las sales de uranio que se utilizan en la industria del vidrio. ¡Cuestan muy caras las toneladas de pechblenda! ¡Demasiado caras para el matrimonio Curie! El ingenio suplirá la fortuna. Según las previsiones de los dos sabios, la extracción del uranio deberá dejar intactas, en el mineral, las huellas del polonio y del radio que contiene aquél. Nada se opone, pues, a que se encuentren en los residuos. Si la pechblenda en bruto es muy cara, sus residuos, después del tratamiento, no tienen más que un valor mínimo. Si se pidiese a un colega austríaco una recomendación para los directores de la mina de Saint Joachimstal, ¿no sería posible obtener a precios factibles una cantidad importante de esos residuos?
Además, ¿encontrarán los Curie, entre los numerosos edificios que dependen de la Sorbona, un local apto para que puedan realizar su trabajo? También parece que no es posible. Tras algunas gestiones, los Curie vuelven descontentos a su punto de partida. Es decir, a la Escuela de Física en donde Pierre da clases y al pequeño taller bajo el techo del cual Marie realizó sus primeros ensayos. El taller da a un patio, y enfrente del mismo hay una barraca de madera, un hangar abandonado, cuya techumbre de cristales está en estado tan lamentable, que por él pasa la lluvia. En tiempos lejanos, la Facultad de Medicina utilizaba ese recinto como sala de disección, pero desde hace mucho tiempo el lugar no ha parecido digno siquiera de albergar los cadáveres. No hay piso. Una leve capa de betún cubre el suelo. Como mobiliario, algunas vetustas mesas de cocina, una pizarra que está allí no se sabe exactamente por qué, una vieja estufa de hierro con el tubo enmohecido.
Ni un obrero trabajaría con agrado en semejante lugar. Pero los Curie se resignan. El hangar tiene una ventaja: que el recinto es tan poco tentador, tan miserable, que nadie se atreve a negarles su libre disposición.
Mientras toman posesión de su nuevo dominio les llega una carta de Austria dándoles muy buenas noticias. Los residuos de las recientes extracciones de uranio, cosa extraordinaria, no han sido tirados. La materia inútil ha sido amontonada en un terreno rodeado de pinos que bordea la mina de Saint Joachimstal. Gracias a la intervención del profesor Suess y de la Academia de Ciencias, de Viena, el gobierno austríaco, que es el propietario de esa mina del Estado, ha decidido poner gratuitamente una tonelada de residuos a disposición de los dos lunáticos franceses que pretenden necesitarla. Si ulteriormente desean recibir mayor cantidad de esa materia, les será cedida por la dirección de la mina en las mejores condiciones posibles. Los Curie momentáneamente no tienen para pagar más que los gastos del transporte de una tonelada de material.
Y una mañana, un pesado carro tirado por caballos, semejante a los que hacen las entregas de carbón, se para en la calle Lhomond, ante la Escuela de Física. Se llama a los Curie. Se precipitan a la calle, con la cabeza descubierta, con las batas de laboratorio. Pierre, que nunca aparece nervioso, conserva su calma, pero ante la escena de las bolsas que descargan unos obreros, Marie, más exuberante, no puede contener su alegría. Es la pechblenda, su pechblenda, que hace unos días le había sido anunciada por una nota de la estación de mercancías. Febril de curiosidad y de impaciencia quiere, sin esperar más, abrir uno de los sacos y contemplar su tesoro. Corta las cuerdas, deslía la basta tela, hunde sus manos en el mineral tierno y pardo, entre el cual aparecen algunas aristas de los pinos de Bohemia.
Es ahí donde se esconde el radio. Es de ahí de donde Marie quiere extraerlo, aunque debe "tratar" una montaña de esta cosa inerte, semejante al polvo de los caminos.

En estas condiciones trabajaron los Curie desde 1898 a 1902.
Durante el primer año se ocuparon conjuntamente del trabajo de separación química del radio y del polonio y estudiaron la radiación de los productos cada vez más activos que obtenían. Pero estimaron más eficaz separar sus esfuerzos. El señor Curie intentaría precisar las propiedades del radio, de hacer más amplio conocimiento con el nuevo metal. Marie continuaría los tratamientos químicos que permitieran obtener sales de radio puro.
En esta división del trabajo, Marie ha preferido el "oficio de hombre". Marie realiza una labor de peón. Bajo el hangar su esposo se hunde en las delicadas experiencias. En el patio, vestida con su viejo capote, cubierto de polvo y de manchas de ácido, los cabellos al viento, rodeada de humo que oscurece sus ojos y su garganta, Marie, sola, ella sola, es una especie de fábrica.
Me he visto obligada a tratar hasta veinte kilos de materia, a la vez —dice—, que tuvo por efecto llenar el hangar de grandes vasos repletos de precipitados y líquidos. Era un trabajo extenuador transportar los recipientes, trasvasar los líquidos y remover durante horas y más horas la materia en una evaporadora de hierro.

Pero el radio quiere guardar su secreto. No pone ninguna buena voluntad para ser conocido por los humanos. ¿Dónde están los tiempos en que, Marie, inocentemente, preveía un uno por ciento de radio en los residuos de la pechblenda? Tan patente es la radiación de la substancia nueva, que una ínfima cantidad de radio diseminada en el mineral es la fuente de fenómenos sorprendentes, que se pueden observar y medir cómodamente. Lo difícil, lo imposible, es aislar la cantidad minúscula, separarla de la ganga a la cual está íntimamente mezclada.
Los días de trabajo se convierten en meses, los meses en años. Pero los Curie no se descorazonan. Esta materia que se les resiste les fascina. Unidos por su ternura y por sus pasiones intelectuales, mantienen, en esa barraca de tabiques de madera, la existencia "antinatural" para la cual fueron creados, tanto ella como él.
Cuando los Curie, solos en su miserable taller, dejaban por un instante sus aparatos y hablaban tranquilamente de sus ideas sobre este radio, que les atrae, pasaban de lo trascendental a lo pueril:
—Me pregunto cómo será, cuál será su aspecto —dice un día Marie, con la febril curiosidad de un niño al que se le ha prometido un juguete—. ¿Cómo te lo imaginas? ¿Bajo qué forma te lo imaginas?
—No sé... —contesta dulcemente el profesor de física—. Yo quisiera que tuviese muy buen color.

El desarrollo de la nueva ciencia de la radioactividad se acelera precipitadamente. Los Curie tienen necesidad de colaboradores. Hasta ahora no han tenido más que la ayuda intermitente de un muchacho de laboratorio apellidado Petit, un buen hombre que por entusiasmo personal y casi clandestinamente iba a trabajar con ellos fuera de las horas de servicio.

Pero, ahora, les hacen falta técnicos de selección. Los Curie son más bien físicos que químicos. Su descubrimiento tiene, en el dominio de la química, importantes prolongaciones, que solicitan atentos estudios.

Marie ha continuado el estudio, kilo por kilo, de las toneladas de residuos de pechblenda que le fueron enviadas muchas veces desde Saint Joachimsthal. Con su paciencia inacabable ha sido, durante cuatro años, día por día y a la vez, profesora de física, profesora de química, obrero especializado, ingeniero y peón. Gracias a su cerebro y a sus músculos, los productos, cada vez más concentrados, más ricos en radio, han ocupado las viejas mesas del hangar.
La señora Curie se acerca a su objetivo. Pasaron los tiempos en que, de pie, en el patio, rodeada de acres humaredas, vigilaba pesadas evaporadoras de materia en fusión. Se acerca el momento de la purificación y de la "cristalización fraccionada" de las soluciones considerablemente radiactivas. Pero la pobreza de la instalación casual dificulta más que nunca el trabajo. Ahora sí que sería necesario disponer de un local minuciosamente limpio, con aparatos perfeccionados, protegidos contra el frío, el calor y la suciedad. En el hangar, abierto a todos los vientos, flotan el polvo del hierro y del carbón, que, con desesperación de Marie, se aglomeran a los productos purificados con tanto cuidado. Tiene el corazón oprimido ante estos pequeños accidentes cotidianos, que acaban con sus fuerzas y acortan el tiempo.
Su marido está tan fatigado por la lucha interminable, que estaría a punto de abandonarla. Precisemos: no piensa en abandonar el estudio del radio y de la radioactividad, pero renunciaría voluntariamente, por el momento, a esta operación particular: preparar el radio puro. Los obstáculos parecen inabordables. ¿No se podría reemprender más tarde ese trabajo, en condiciones mejores? Más interesado por la significación de los fenómenos de la naturaleza que por su realidad material, Pierre Curie está cansado de ver los pobres resultados a los cuales se llega tras los agotadores esfuerzos de Marie. Y le aconseja un armisticio.
Pero no ha contado con el carácter de su mujer. Marie quiere aislar el radio y lo aislará. Desprecia la fatiga, las dificultades y hasta las lagunas de su propio saber, que le complican la obra emprendida. Después de todo, ella no es más que una mujer de ciencia, joven. No tiene todavía la seguridad y la gran cultura de su marido, que trabaja desde hace veinte años, y, a veces, Marie duda ante fenómenos o métodos que conoce mal y para los cuales es preciso documentarse con rapidez.
Tanto peor. Con la mirada obstinada bajo su frente amplia, se pone sobre sus aparatos, sobre sus crisoles.
Cuarenta y cinco meses después del día en que los Curie anunciaron la probable existencia del radio, Marie, en 1902, logra la victoria en esta lucha avarienta para obtener un decigramo de radio puro, y hace una primera determinación del peso atómico de la nueva substancia, que es de 226.
Los químicos incrédulos —quedaban algunos —no tienen más remedio que inclinarse ante los hechos y ante la sobrehumana obstinación de una mujer.
El radio existe, oficialmente.


Capítulo 14
La vida difícil

Uno de los lujos para ellos era la bicicleta


Queda abandonada la esperanza de una vida menos dura. A falta del laboratorio deseado, los Curie se conforman con el hangar para poner a cubierto sus experiencias, y las horas apasionadas pasadas entre aquellos tabiques de madera les consuelan de sus fracasos. Continúan dando clases. Lo hacen con buena voluntad, sin amarguras. Más de un muchacho se acordará con gratitud de las lecciones de Pierre, tan expresivas y claras. Más de una señorita de Sèvres deberá a Marie su afición a la ciencia; a esa profesora de rubios cabellos, cuyo acento eslavo canta las demostraciones inteligentes.

Preocupados por sus deberes pedagógicos y su labor científica, se olvidan de comer y de dormir.
La regla de la vida "normal", establecida anteriormente por Marie, sus hazañas de cocinera, de ama de casa, han sido olvidadas. Los esposos, inconscientes en su locura, usan y abusan de los esfuerzos agotadores. En varias ocasiones, Pierre se ha visto obligado a guardar cama, debido a las violentas e intolerables crisis de dolores reumáticos. Marie, sostenida por sus nervios, no ha tenido todavía un solo desfallecimiento. Vencido, por una cura de menor precio y de cotidiana imprudencia, el acceso de tuberculosis que inquietó a su familia, se considera invulnerable. Pero, sobre el pequeño carnet en donde ella anota regularmente su peso, la cifra baja, semana tras semana: en cuatro años de hangar Marie ha perdido siete kilos. Los amigos del matrimonio observan su palidez, su rostro demacrado, y uno de ellos, un joven físico, escribe al propio Pierre Curie, rogándole que no malgasten su salud. Su carta es un alarmante cuadro de la dramática existencia de los Curie.

Tres años más tarde, en mayo de 1902, Marie tomará de nuevo el tren para Polonia. ¡Pero, con qué angustia dolorosa! Unas cartas le han anunciado bruscamente la enfermedad repentina de su padre; una operación en la vesícula biliar, que ha permitido extraer enormes cálculos. Primero recibió noticias tranquilizadoras, y de pronto, un telegrama. Es el final. Marie quiere marcharse al momento. Pero las formalidades del pasaporte son complicadísimas. Transcurren muchas horas, hasta que los papeles están en regla. Después de dos días y medio de trayecto llega a Varsovia, a la casa de José, donde habita el señor Sklodowska. Demasiado tarde.

El año siguiente traerá consigo desgraciados acontecimientos. Primero, un embarazo, interrumpido accidentalmente por un aborto. Marie toma trágicamente esta decepción.
Estas tristezas oscurecen la vida de Marie, a quien mina otro tormento, más grave: Pierre no está bien. Las violentas crisis de dolores a los cuales está sujeto y que, a falta de indicios precisos, los médicos han considerado como reumatismo, aparecen con frecuentes intervalos y le dejan completamente abatido. Traspasado por el dolor, gime durante noches enteras, velándole su asustada mujer.

Es necesario, no obstante, que Marie dé sus clases en Sèvres, y es necesario, también, que Pierre interrogue a los numerosos alumnos y observe sus manipulaciones. Lejos del laboratorio vanamente soñado es necesario que los dos físicos continúen sus experiencias minuciosas.
Una vez, una sola vez, Pierre deja escapar una queja. Dice muy bajo:
—Dura es la vida que hemos escogido.
Marie intenta protestar, pero no logra disimular mucho su angustia. Si Pierre está hasta ese punto descorazonado ¿no significa que sus fuerzas le abandonan? ¿Acaso está afectado por alguna enfermedad implacable? ¿Y ella, Marie, sabrá vencer su terrible cansancio? Desde hace meses la idea de la muerte ronda alrededor de esta mujer obsesionada.
— ¡Pierre!
El hombre de ciencia, asustado, se vuelve hacia Marie, que le ha llamado con tanta angustia, y con voz ahogada dice:
— ¿Qué hay? ¿Qué tienes, querida?
—Pierre... Si uno de nosotros desapareciera... El otro no debería sobrevivirle. No podríamos existir el uno sin el otro, ¿verdad?
Pierre sacude lentamente la cabeza. Al pronunciar palabras de mujer y de enamorada; al olvidar un instante su misión, Marie le ha recordado que el sabio no tiene derecho a desertar de la Ciencia, el objeto de su vida.
Contempla un instante el rostro crispado y desolado de Marie y contesta firmemente:
—Te equivocas. A pesar de lo que ocurra y aunque fuésemos como un cuerpo sin alma, sería necesario trabajar de todas maneras.


Capitulo 15
Una tesis de doctorado y una entrevista de cinco minutos

Nacida en Francia, la radioactividad conquista rápidamente el ambiente mundial. Desde 1900, de Inglaterra, Alemania, Austria y Dinamarca llegan cartas firmadas por los más ilustres nombres de la Ciencia a la calle Lhomond. Y en todas las cartas, inquietas y atormentadas preguntas, demandas, solicitudes... Los Curie mantienen con sir William Crookes, con los profesores vieneses Suess y Boltzmann; con el explorador danés Paulsen, permanentes correspondencias, en las cuales "los padres" del radio prodigan a sus colegas las explicaciones y los consejos técnicos. En muchos países, los investigadores se lanzan a la persecución de elementos radiactivos desconocidos y esperan lograr nuevos descubrimientos. La caza es fructuosa y en el cuadro de honor se inscriben el mesotorio, el radio-torio, el ionio, el protactinio, el radio-plomo...
En 1903, dos sabios ingleses, Ramsay y Soddy, demuestran que el radio desprende continuamente una pequeña cantidad de gas: el helio. Es el primer ejemplo conocido de una transformación de átomos. Un poco más tarde, siempre en Inglaterra, Rutherford y Soddy, recogiendo una hipótesis iniciada por Marie Curie en 1900, publican una interesante "teoría de las transformaciones radiactivas". Afirman que los radioelementos, incluso cuando parecen inalterables, se hallan en estado de evolución espontánea y cuanto más rápida es su transformación, más poderosa es su "actividad".
Ello es una verdadera teoría de la transformación de los cuerpos simples, pero no como lo comprendían los alquimistas... —escribirá Pierre Curie—. La materia inorgánica evolucionará necesariamente a través de las edades y siguiendo inmutables leyes.

¡Radio prodigioso! Purificado al estado de cloruro, es un pobre polvo blanco y blando que podría confundirse con la más vulgar de las sales de cocina. Pero sus propiedades, cada día mejor conocidas, aparecen sorprendentes. Su radiación, descubierta por los Curie, traspasa en intensidad todas las previsiones. Es dos millones de veces más fuerte que la del uranio. La ciencia lo ha analizado, disecado, subdividido en rayos de tres clases distintas, que cruzan, modificándolas, es cierto, las materias más opacas. Sólo una espesa pantalla de plomo puede apresar esos rayos insidiosos en su carrera invisible.
El radio tiene su sombra, su fantasma. Produce espontáneamente un cuerpo gaseoso singular, la emanación del radio, asimismo activo, y que, incluso encerrado en un tubo de cristal, se destruye cada día, según una ley rigurosa. Su presencia será descubierta en las aguas de numerosas fuentes termales.
Otro desafío a las teorías que parecen la base inamovible de la física. El radio desprende espontáneamente calor. En una hora produce una cantidad de calor capaz de fundir su mismo peso de cristal. Si se le protege contra el enfriamiento exterior, se calienta y su temperatura puede elevarse a diez grados y más, por encima del medio circundante.
¿De qué no es capaz el radio? Impresiona las placas fotográficas a través del papel negro, convierte la atmósfera en conductora de electricidad y descarga así, a distancia, electroscopios, colorea en malva y en violeta los recipientes de vidrio que tienen el honor de albergarlo; roe, y, poco a poco, reduce a polvo, el papel y el algodón en rama de que se le cubre.
Ya sabemos que es luminoso.
Esta luminosidad no puede ser observada de día —escribirá Marie—; pero se la ve fácilmente en la penumbra. La luz emitida, puede ser lo bastante fuerte para que pueda leerse, con un poco de ese producto, en la obscuridad.

El radio no se contenta, egoístamente, con este don maravilloso. Hace fosforescentes gran número de cuerpos incapaces de emitir luz por sus propios medios. Así el diamante:
El diamante se convierte en fosforescente por la acción del radio y puede ser distinguido así de las imitaciones en strass, cuya luminosidad es muy débil.

Por último, la radiación del radio es contagiosa. ¡Contagiosa como un perfume tenaz, como una enfermedad! Es imposible dejar un objeto, una planta, un animal, una persona cerca de un tubo de radio sin que adquieran inmediatamente una "actividad" notable. Este contagio, que perturba los resultados de las experiencias de precisión, es para los Curie el enemigo de todos los días:
Cuando se efectúan estudios sobre las substancias poderosamente radiactivas —escribe Marie— hay que tomar precauciones particulares si se quiere continuar para hacer delicadas medidas. Los diversos objetos empleados en el laboratorio de química y aquellos que sirven para las experiencias de física, no tardan en ser todos radiactivos y en actuar sobre las placas fotográficas a través del papel negro. Los polvos, el aire de la habitación, los vestidos, son radiactivos. El aire de la habitación es conductor. En el laboratorio en donde trabajamos, el mal ha llegado a un estado agudo y no podemos tener un aparato perfectamente aislado.

Radioactividad, desprendimiento de calor, producción de gas helio y de emanación, autodestrucción espontánea... ¡Qué lejos se está ya de las teorías sobre la materia inerte, sobre el átomo inmutable! No hace cinco años, los hombres de ciencia creían nuestro universo compuesto de materias, definidas, de elementos señalados para siempre. Ahora, a cada segundo que pasa, partículas de radio expulsan átomos de gas helio y los proyectan fuera, con una fuerza enorme. El residuo de esta minúscula y terrorífica explosión, que Marie denominara "el cataclismo de la transformación atómica", es un átomo gaseoso de emanación, que por sí mismo se transformará en otro cuerpo radiactivo, el cual se transformará a su vez. Los radioelementos forman extrañas y crueles familias, en donde cada miembro es creado por la transformación espontánea de la substancia madre. El radio es un "descendiente" del uranio; el polonio un descendiente del radio. Estos cuerpos, logrados a cada momento, se destruyen ellos mismos, siguiendo eternas leyes. Cada radio-elemento pierde la mitad de su substancia en un tiempo que es siempre el mismo y que se denominará su "período". Para que disminuyan a su mitad, se precisan algunos miles de años para el uranio, seiscientos años para el radio, cuatro días para la emanación del radio y algunos segundos tan sólo para los "descendientes" de la emanación.
Inmóvil en apariencia, la materia alberga nacimientos, colisiones, muertes, suicidios; alberga también dramas sometidos a implacables fatalidades; alberga, en suma, la vida y la muerte.
Tales son los hechos que el descubrimiento de la radioactividad ha revelado. Los filósofos no tienen más que comenzar de nuevo la filosofía, y los físicos, la física.

Último y conmovedor milagro: el radio puede hacer algo para la felicidad de los humanos y se convertirá en el aliado de éstos contra el mal atroz: el cáncer.
Los sabios alemanes Walkhoff y Giesel anunciaron en 1900 que la nueva substancia tenía efectos fisiológicos, y Pierre Curie, indiferente al peligro, expuso inmediatamente su brazo a la acción del radio. ¡Con gran alegría surge una lesión! La observa y sigue su evolución, y más tarde, en una nota a la Academia, describe flemáticamente los síntomas observados:
La piel ha tomado un color rojo sobre una superficie de seis centímetros cuadrados. La apariencia es la de una quemadura, pero la piel no se hace, apenas, dolorosa. Al cabo de unos días, el color, sin extenderse, aumenta su intensidad. A los veinte días, se forman costras; luego, una llaga que se ha curado. A los cuarenta días la epidermis ha empezado a cerrarse por los bordes, ganando el centro; y, a los cincuenta y dos días después, de la acción de los rayos queda aún una especie de llaga, en una superficie de un centímetro cuadrado, que toma un aspecto grisáceo, indicando una mortificación más profunda.
Hay que añadir que la señora Curie, al trasladar a un pequeño tubo cerrado algunos centigramos de materia muy activa, ha sufrido quemaduras análogas, a pesar de que el tubito estaba encerrado en una pequeña caja metálica.
Aparte estas acciones vivas, durante las investigaciones realizadas con productos muy activos, hemos sufrido en las manos efectos muy diversos. Las manos tienen una tendencia general a la descamación. Las extremidades de los dedos que han sostenido los tubos o cápsulas conteniendo productos muy activos se hacen duras y, a veces, dolorosas. La inflamación de las extremidades de los dedos en uno de nosotros ha durado quince días y se ha terminado con la caída de la piel; pero la sensibilidad dolorosa no ha desaparecido completamente hasta al cabo de dos meses.

Henri Becquerel, al llevar en un bolsillo de su chaleco un tubo de cristal que contenía radio, se quemó también, sin desearlo, claro. Maravillado y furioso, corrió a casa de los Curie para lamentarse de la hazaña de "su terrible hijo", y declaró en materia de conclusión:
—Quiero a ese radio, pero ¡me las pagará!
...Y luego, anota rápidamente los resultados de su experiencia involuntaria, que se publicará en las comunicaciones del 3 de junio de 1901, junto a las observaciones de Pierre Curie.
Impresionado por el sorprendente poder de los rayos, Pierre estudia la acción del radio sobre los animales. Colabora con doctores en medicina de alto rango, los profesores Bouchard y Balthazard. Pronto adquieren la convicción de que destruyendo las células enfermas, el radio cura lupus, tumores y ciertas formas del cáncer. Esta terapéutica tomará el nombre de curie-terapia. Algunos médicos franceses (Daulos, Wickam, Dominici, Degrais, etc.) aplican, con éxito, los primeros tratamientos a los enfermos. Emplean tubos de emanación de radio prestados por los Curie.
La acción del radio, sobre la piel ha sido estudiada por el doctor Daulos en el hospital de San Luis, escribirá Marie. El radio da, desde este punto de vista, resultados alentadores: la epidermis parcialmente destruida por su acción, vuelve a su estado sano.
¡El radio es útil, extraordinariamente útil!

Se adivinan las consecuencias inmediatas de semejante revelación. La extracción del elemento nuevo no tiene sólo el interés de una experiencia. Se convierte en indispensable y bienhechor. Va a nacer una industria del radio.
Los Curie vigilan los principios de esta industria, que no se hubiera podido crear sin sus consejos. Con sus propias manos han preparado —con las manos de Marie, principalmente— el primer gramo de radio que haya visto la luz pública, realizando el tratamiento de ocho toneladas de residuos de pechblenda en el hangar de la Escuela de Física, según un procedimiento de su invención. Poco a poco, las propiedades del radio excitan las imaginaciones, y el matrimonio encuentra eficaces colaboraciones para organizar la producción en vasta escala.
El tratamiento de los minerales ha empezado bajo la dirección de André Debierne en la "Sociedad central de productos químicos", que consiente efectuar la operación sin buscar beneficio alguno. En 1902, la Academia de Ciencias concede a los Curie un crédito de veinte mil francos "para la extracción de materias radiactivas". La purificación de cinco toneladas de mineral comienza inmediatamente.
En 1904, un industrial francés, inteligente y decidido, Armer de Lisle, tiene la idea de fundar una fábrica que producirá radio y lo facilitará a los médicos que curen tumores malignos.
Ofrece a los Curie un local, en espera de esa fábrica en donde podrán llevar a cabo los trabajos que el reducido recinto de su laboratorio hacía impracticables. Los Curie reúnen colaboradores como F. Haudepin y Jacques Danne, a quienes Armer confiara la extracción de la substancia preciosa.
Marie no se separará de su primer gramo de radio. Más tarde, lo legará a su laboratorio. No tiene ni tendrá jamás otro valor que el de sus tenaces esfuerzos. Cuando el hangar haya desaparecido bajo el pico de los peones, y la señora Curie no exista, ese gramo será el símbolo rutilante de una gran obra y de la época heroica de las dos existencias.
Los gramos que sigan tendrán un valor distinto: un valor-oro.
El radio, puesto regularmente en venta, se convertirá en una de las substancias más caras del mundo. Se calculará el precio del gramo en setecientos cincuenta mil francos oro.
Una materia tan aristocrática merece toda clase de comentarios. En enero de 1904 se publica el primer número de una revista, Le Radio, que trata exclusivamente de los productos radiactivos.
El radio ha adquirido una personalidad comercial. Tiene su cotización mercantil y su prensa. Sobre el papel con membrete de la fábrica Armer de Lisle se leerá muy pronto en grandes caracteres:
SALES DE RADIO - SUBSTANCIAS RADIACTIVAS
Dirección telegráfica: "RADIO - NOGENT - sur - MARNE".

Si los fecundos trabajos de los hombres de ciencia de muchos países, si esta creación de una industria, si estos primeros ensayos de una maravillosa terapéutica han podido realizarse, se debe al hecho de que una muchacha rubia, atraída por una curiosidad apasionada, ha escogido como tema de tesis, en 1897, el estudio de los rayos de Becquerel, porque esa joven ha sabido adivinar la presencia de un cuerpo nuevo y porque, uniendo sus esfuerzos a los de su marido, ha probado la existencia de ese cuerpo. Es, en fin, porque ha logrado aislar el radio puro.
El día 25 de junio de 1903, esa muchacha se halla ante una pizarra de una pequeña salita de la Sorbona, la "sala de los estudiantes", a la que se llega por una escalera de caracol. Han pasado más de cinco años, desde el día en que Marie inició el tema de su tesis. Arrastrada por el torbellino de un descubrimiento inmenso, había retrasado por mucho tiempo el examen del doctorado, para el cual no había tenido el tiempo material de reunir sus elementos. Hoy se presenta ante el tribunal.
Según la costumbre, la muchacha debe entregar a sus jueces, los señores Lippmann, Boury y Moissan, el texto del trabajo que somete a su aprobación: Investigaciones sobre las substancias radiactivas, por la señora Marie Sklodowska-Curie. Y — ¡acontecimiento increíble!— la señora se ha comprado un vestido nuevo, completamente negro, en lana y seda. Mejor dicho, Bronia, que ha llegado a París para la defensa de la tesis, ha avergonzado a Marie por sus trajes lustrosos, llevándola a la fuerza a una tienda. Bronia se ha entendido con la vendedora, ha escogido las telas y decide los arreglos, sin preocuparse de la silueta tosca de su hermana menor.
¿Recordaron las dos hermanas que hace justamente veinte años, en junio de 1883, Bronia visitó a Marie? Fue una solemne mañana, en que la pequeña Maniusia, vestida de negro, como ahora, debía recibir de las manos de un funcionario ruso la medalla de oro del gimnasio del barrio de Cracovia...
La señora Curie se halla de pie, muy firme. Sobre su pálido rostro, bajo su amplia frente abombada, que los cabellos claros, peinados hacia atrás, ponen al descubierto completamente, algunas arrugas marcan el surco del combate que ha sostenido y que ha ganado. Los físicos y los químicos se apretujan en la sala, bañada por el sol. Ha sido necesario añadir muchas sillas, pues los hombres de ciencia, atraídos por el interés excepcional de las investigaciones de que se va a hablar, han llenado el local.
El anciano doctor Curie, Pierre Curie y Bronia han ocupado unos puestos, al fondo de la sala, apretujados entre los estudiantes. Cerca de ellos se halla un grupo de muchachas alegres y vivarachas. Son las señoritas de Sèvres, las alumnas de Marie, que han ido para aplaudir a su profesora.
Los tres examinadores, de frac, se sientan tras una larga mesa de roble. Por turno, plantean algunos problemas a la candidata. Marie contesta con dulce voz y con frases inspiradas y sutiles a las cuestiones que le plantean los señores Bouty y Lippmann (éste fue su primer profesor), y contesta también al señor Moissan, cuya barba impresionante parece que no tiene fin. Con un trozo de tiza en la mano, traza, a veces, en la pizarra el esquema de un aparato o los signos de una fórmula fundamental. Expone los resultados de sus investigaciones con frases de técnica sequedad. Pero en el cerebro de los físicos que la rodean, viejos y jóvenes, pontífices o discípulos, una "transmutación" de otro orden se opera. La palabra fría de Marie se cambia en una imagen encendida y entusiasta: la de uno de los más grandes descubrimientos del siglo.
La elocuencia, los comentarios, son rechazados por los sabios. Para conceder el grado de doctor a Marie Curie, los jueces reunidos en la Facultad de Ciencias emplean, a su vez, palabras sin brillantez y de tan extrema simplicidad que cuando se las relee a treinta años de distancia, conservan un valor de profunda emoción.
El presidente Lippmann pronuncia la fórmula consagrada:

La Universidad de París le concede el título de doctora en ciencias físicas, con la mención de "muy honorable".

Cuando se acallaron los discretos aplausos, el presidente añadió, simple y amistosamente, con tímida voz de viejo universitario:

Y, en nombre del jurado, señora, tengo el honor de ofrecerle nuestros parabienes.

Estos exámenes austeros, estas graves y modestas ceremonias, se desarrollan de igual manera, tanto para el investigador de genio como para el trabajador concienzudo, y no destilan ironía alguna.
Tienen su estilo y su grandeza.

Unos meses antes de la exposición de esta tesis y antes, también, que se desarrollara en Francia y en el mundo entero el tratamiento industrial del radio, los Curie han tomado una decisión, a la cual conceden poca importancia, pero que influirá notablemente sobre el resto de su vida.
Marie, purificando la pechblenda y aislando el radio, ha inventado una técnica y creado un procedimiento de fabricación.
Ahora bien; desde que los efectos terapéuticos del radio han sido conocidos, se buscan por todas partes minerales radiactivos. Están en proyecto múltiples exploraciones en muchos países y especialmente en Bélgica y América. Pero las fábricas no podrán producir el "fabuloso metal" hasta que los ingenieros no conozcan el secreto de la preparación del radio puro.
Un domingo por la mañana, y en la casita del boulevard Kellermann, Pierre habla de todas estas cosas a su mujer. De pronto, el cartero les entregará una carta que llega de los Estados Unidos.
—Es necesario que hablemos un poco de nuestro radio —dice con tono apacible—. Su industria va a tomar un incremento extraordinario. Esto es un hecho cierto. Aquí tienes una carta de Buffalo, en la que unos técnicos, deseosos de crear su explotación en América, nos ruegan que los documentemos...
— ¿Y qué? --contesta Marie, que no tiene mucho interés en la conversación.
—Tenemos ante nosotros dos soluciones. Describir sin ninguna restricción los resultados de nuestras investigaciones, añadiendo los procedimientos de la purificación...
Marie tiene un gesto mecánico de aprobación y murmura: —Sí, claro...
—O bien —continúa Pierre—, nos consideramos como los propietarios, los inventores del radio, y en ese caso, antes de publicar qué materias has tomado para tratar la pechblenda, sería necesario patentar esta técnica y asegurarnos los derechos sobre la fabricación del radio en el mundo.
Hace un esfuerzo para precisar de una manera objetiva la situación. No es culpa suya si, al pronunciar palabras que le son poco familiares: "patentar", "asegurar nuestros derechos", su voz adquiere una inflexión de menosprecio, apenas perceptible.
Marie reflexiona unos segundos. Y contesta:
— ¡Imposible! ... Eso sería contrario al espíritu científico.
El grave rostro de Pierre se ilumina. Luego, conscientemente, insiste:
—También lo pienso yo..., pero no quiero que tomemos esa decisión a la ligera. Nuestra vida es muy dura, parece que está amenazada de serlo siempre. Tenemos una hija, acaso tendremos otros hijos. Para ellos y para nosotros, esa patente representaría mucho dinero, la riqueza. Sería asegurar la comida y la supresión de las necesidades...
Y cita aun, con una pequeña sonrisa, la única cosa a la cual le es doloroso renunciar:
—Podríamos tener también un buen laboratorio...
Los ojos de Marie se abren. Enjuicia serenamente la idea del beneficio y de la recompensa material. Repentinamente rechaza la idea y exclama:
—Los físicos publican siempre íntegramente sus investigaciones. Si nuestro descubrimiento tiene un porvenir comercial, es una casualidad de la cual no hemos de aprovecharnos. Además, el radio servirá para curar a los enfermos. Me parece imposible sacar de ello ningún beneficio.
No intenta inútilmente convencer a su marido. Marie adivina que habló de la patente sólo por un escrúpulo natural. Las palabras que ha pronunciado con entereza y seguridad exponen su sentimiento, el sentimiento de los dos, su infalible concepción del papel del sabio en el mundo.
En medio del silencio, Pierre repite, como un eco, la frase de Marie:
—No... Sería contrario al espíritu científico.
Pierre se ha tranquilizado, y añade como si arreglara una cuestión de detalle:
—Esta noche escribiré a los ingenieros americanos, dándoles los datos que solicitan.
De acuerdo conmigo —escribirá Marie, veinte años más tarde—, Pierre Curie renunció a sacar provecho material del descubrimiento. No patentamos nada a nuestro favor y publicamos sin reserva alguna los resultados de nuestras investigaciones, así como los procedimientos de preparación del radio. Además, hemos dado a los interesados toda clase de noticias solicitadas. Ha sido un bien para la industria del radio, la cual ha podido desarrollarse en completa libertad, primero en Francia, luego, en el mundo, procurando a los sabios y a los médicos los productos que necesitaban. Esta industria utiliza todavía en el día de hoy, casi sin modificarlos, los procedimientos que nosotros indicamos.
...La Buffalo Society of Natural Sciences me ofreció, en recuerdo, una publicación, relativa al desarrollo de la industria del radio en los Estados Unidos, acompañada de las reproducciones fotográficas de las cartas en las cuales Pierre Curie había contestado de la manera más completa a los problemas planteados por los ingenieros americanos (1902 y 1903).

Quince minutos después de esa breve conversación, cruzada un domingo por la mañana, los Curie atravesaban sobre sus queridas bicicletas la puerta de la barrera de Gentilly, y pedaleando a buena marcha, se dirigían hacia el bosque de Clamart.
Han escogido, para toda la vida, entre la pobreza y la fortuna. Por la noche llegaban fatigados, con las manos llenas de hojarasca y ramilletes de flores silvestres.

Capítulo 16
La enemiga

Si la Confederación Helvética fue el primer país que ofreció a los Curie una situación digna de su mérito —no debemos olvidar la carta de la Universidad de Ginebra—, Gran Bretaña fue el primer país del que recibieron los primeros honores.
Algunas recompensas científicas les habían sido concedidas en Francia. Pierre había recibido, en 1895, el premio Plante, y en 1901, el premio Lacaze. A Marie se le había concedido por tres veces, el premio Gegner. Pero hasta que, en junio de 1903, la Real Institución invitó oficialmente a Pierre Curie para que diera en ella una conferencia sobre el radio, no habían recibido una distinción de gran brillantez. El profesor de física aceptó, y se trasladó, acompañado de su esposa, a Londres, para la solemnidad.
Les recibe un rostro que les es familiar; un rostro iluminado de amistad y bondad: lord Helwin. El ilustre anciano hace del éxito de los Curie una cuestión personal, y está orgulloso de sus investigaciones, como si fueran propias. Les invita a visitar su laboratorio, y en el paseo, pone su brazo sobre los hombros de Pierre, en un abrazo paternal. Les presenta a sus colaboradores con una alegría emocionada, y les muestra el regalo que ha recibido de París. Un auténtico regalo de físico: una preciosa parcela de radio, encerrada en una ampolla de cristal...
El día de la conferencia, lord Helwin se sienta al lado de Marie, la primera mujer que ha sido admitida a las sesiones de la Real Institución. En la sala, invadida por la Inglaterra científica, se hallan sir William Crookes, lord Rayleigh, lord Avebury, sir Frederick Bramwell, sir Oliver Lodge, los profesores Dewar, Ray Lankester, Ayrton, S. P. Thompson, Armstrong... Pierre habla en francés y lentamente. Describe, así, las propiedades del radio. Luego, solicita que se apaguen las luces y procede a algunos experimentos impresionantes: por sortilegio del radio, descarga a distancia un electroscopio de hoja de oro; hace fosforescente una pantalla de sulfuro de cinc; impresiona placas fotográficas envueltas en papel negro; demuestra el desprendimiento espontáneo de calor de la maravillosa substancia.
El entusiasmo que produce esta sesión tiene, al día siguiente, su repercusión en Londres. Toda la ciudad quiere conocer a los padres del radio. "Professor and Madame Curie" están invitados a numerosas cenas y banquetes.
Marie observa esas joyas con sincero placer y se da cuenta, con sorpresa, de que su esposo, tan distraído habitualmente, también tiene los ojos fijos sobre esos collares.
—Nunca imaginé que existieran alhajas semejantes —dice Marie a su esposo por la noche, mientras se desnudan—. ¡Qué hermosas eran!
—Figúrate que durante la cena, no sabiendo en qué ocuparme, me puse a pensar y calculaba cuántos laboratorios podrían construirse con las piedras que cada una de las damas presentes llevaba alrededor de su cuello. ¡Cuando llegó la hora de los discursos había llegado a una cifra de edificios astronómica!
Los anglosajones son fieles a aquellos que admiran. En noviembre de 1903 una carta anuncia a los Curie que la Real Sociedad de Londres, a su vez, les demuestra su admiración con una de sus más altas recompensas: la medalla Davy.
Enferma Marie, consiente que su esposo vaya solo a la ceremonia. A su regreso de Inglaterra, Pierre le entrega una pesada medalla de oro en la que están grabados sus dos nombres. Busca para la medalla un lugar adecuado en el pabellón del boulevard Kellermann. La manosea torpemente. Unas veces la pierde, otras la encuentra... Por último, tiene una súbita inspiración y se la confía a su hija Irene, que a los seis años de edad no había tenido un juguete semejante.
ESTA vez llega de Suecia la señal del director de orquesta. En la "solemne reunión general" del día 10 de diciembre de 1903, la Academia de Ciencias, de Estocolmo, anuncia públicamente que el premio Nobel de Física para el año corriente queda atribuido por mitades iguales entre Henri Becquerel y los Curie, por sus descubrimientos sobre la radioactividad.
Ninguno de los Curie asiste a la sesión. El ministro de Francia recibe en su nombre, de manos del rey, diplomas y medallas de oro. Enfermos, sobrecargados de trabajo, los Curie han rechazado el largo viaje, en pleno invierno.

El día 2 de enero de 1904, el cheque bienhechor es entregado a la sucursal del banco de la avenida de los Gobelinos, que alberga las tristes economías del matrimonio. Pierre podrá abandonar sus clases de la Escuela de Física donde le reemplazará un físico eminente, Paul Langevin, su antiguo discípulo. Los Curie toman por su cuenta un practicante particular. Es más simple y más rápido que esperar los colaboradores fantasmas prometidos por la Universidad. Marie envía, a título de préstamo, veinte mil coronas austríacas a los Dluski para facilitarles la inauguración de su sanatorio. Y el resto de la pequeña fortuna que se aumentará en seguida con los cincuenta mil francos del premio Osiris (concedidos por mitad a Marie Curie y a Edward Branly) se reparten por partes iguales en la compra de renta francesa y obligaciones de la villa de Varsovia.
Se puede leer en el negro cuaderno de cuentas la estela de algunos gastos suntuarios. Regalos en metálico y préstamos al hermano de Pierre, a las hermanas de Marie, liberalidades que la extrema discreción de sus beneficiarios reducirá siempre a modestas proporciones y también algunas cotizaciones de sociedades científicas.
Algunas donaciones a estudiantes polacos, a una amiga de la juventud de Marie, a los muchachos del laboratorio, a una señorita de Sèvres, necesitada... Marie recuerda el nombre de una mujer muy pobre que hace años le diera lecciones de francés generosamente, una señorita de Saint Aubin, hoy señora Kozlowska, nacida en Dieppe, establecida y casada en Polonia y cuya gran ilusión era volver a ver su país natal, Marie le escribe, la invita a Francia, la recibe en su casa y paga su viaje de Varsovia a París y de París a Dieppe... ¡La pobre mujer no tendrá más que lágrimas para hablar de esta inmensa alegría!
Estos rasgos bondadosos, ingeniosos y sutiles, Marie los prodiga sin ruido, sin escándalo, con serenidad. Ninguna generosidad desmesurada, ningún capricho. Está dispuesta a ayudar en su vida a los que de ella necesiten. Lo hará siempre según sus medios a fin de estar en condiciones de poder hacerlo constantemente.
También piensa en sí misma. En el pabellón del boulevard Kellermann instala una sala de baño moderna y hace tapizar de nuevo un juego de salón que estaba bastante deteriorado. Pero al cobrar el premio Nobel, no se le ocurre la idea de comprarse un sombrero nuevo. Y si insiste en que su marido abandone la Escuela de Física, Marie conserva, no obstante, las clases de Sèvres, porque siente un gran cariño por sus discípulos y se considera con fuerzas suficientes para dar esas lecciones que le aseguran un sueldo.

Han logrado, en una barraca húmeda, el descubrimiento del radio que maravilla al mundo. Pero la misión no se ha terminado. Su cerebro posee en potencia otras riquezas desconocidas. ¡Quieren trabajar y deben trabajar!
Los homenajes ávidos investigan la existencia de sus ídolos —mejor aún, de sus víctimas— y los desposeen de los únicos tesoros que desearían conservar: el recogimiento y el silencio. 

Los Curie tienen a bien rechazar interviús, cerrar su puerta, encerrarse en su pobre laboratorio, desde ahora histórico. Su trabajo y su vida privada no les pertenecen ya. Su misma modestia, que llena de estupor y de respeto a los periodistas menos sutiles, se hace famosa, se convierte en un comentario público y en tema de innumerables artículos.

En compensación, la gloria debía ofrecer a los Curie algunas ventajas: la cátedra, el laboratorio, los colaboradores y los créditos esperados. Pero, ¿cuándo llegarán esos beneficios? La espera se prolonga.

Hablamos de una de las causas esenciales de la nerviosidad de los Curie. Francia es el país donde su valor ha sido reconocido en último lugar. Y ha habido necesidad de que les hayan sido concedidas la medalla Davy y el premio Nobel para que la Universidad de París se preocupe de crear una cátedra de física destinada a Pierre Curie. Los dos sabios lo comprueban con tristeza. Las recompensas llegadas del extranjero subrayan las condiciones desoladoras en las cuales han llevado a cabo el descubrimiento coronado por el éxito, condiciones que parece que no van a cambiar.
Pierre sueña con algunos puestos que le fueron negados hace cuatro años y hace un caso de amor propio el rendir homenaje a la única institución que le ha alentado y sostenido en sus esfuerzos en la pobre medida de sus medios: la Escuela de Física y Química.

La aversión que la popularidad inspira a los Curie tiene además otras fuentes que las de su pasión por el trabajo y su espanto por el tiempo que se pierde.
En Pierre, de un desprendimiento natural, el afán de popularidad, choca con los principios de toda su vida. Odia las jerarquías y las clasificaciones. Considera absurdo que haya "primeros en la clase" y las condecoraciones que ambicionen importantes personajes le parecen tan superfluas como las medallas concedidas a los niños de las escuelas. Esta actitud, que le ha hecho rechazar la Legión de Honor, es la misma ante el dominio de la ciencia. Ignora el espíritu de competencia, y en la "carrera de los descubrimientos" soporta sin sentimiento verse adelantado por un colega. Apasionado por el trabajo, es la pereza misma para anunciar los resultados de sus investigaciones, y lejos de vigilar, con temor, los progresos de sus rivales, se felicita de sus éxitos. "¿Qué importa que yo no haya publicado tal trabajo —tiene por costumbre decir—si lo ha publicado otro?"
Su indiferencia casi inhumana tiene una influencia profunda sobre Marie. Pero no es para imitar a Pierre o para obedecerle por lo que durante toda su vida Marie procura eludir los testimonios de admiración. La guerra a la gloria no es en ella un principio: es un instinto. Una irresistible timidez, una penosa crispación, la invade desde que se posan en ella las miradas curiosas y provocan, incluso, perturbaciones que van hasta el aturdimiento y el malestar físico.
Por último, su existencia está demasiado cargada de obligaciones para que pueda malgastar inútilmente un solo átomo de su energía. Llevando en la palma de la mano su trabajo, su casa, su maternidad, sus clases, la señora Curie avanza como un acróbata sobre su difícil camino. Un solo "papel", un "papel" más que le sea repartido y el equilibrio se romperá y caerá de la cuerda. Mujer, madre, investigadora, profesora, Marie no tiene un segundo disponible para representar el papel de dama célebre.
Por diversos caminos, los Curie llegan a la misma postura de negarse a todo. Se podría concebir que otros seres, tras haber realizado conjuntamente una gran obra, acogieran la gloria de manera distinta. Pierre hubiera podido ser presuntuoso; Marie, vana. Pero no. Las dos almas como los dos cerebros tienen idéntica calidad. Después de todas las pruebas, los esposos atraviesan victoriosamente esta otra, y al alejarse de los honores, permanecen unidos.

Marie, inocentemente, cortésmente, contesta con una voz dulce estas palabras demasiado sinceras:
—No veo su necesidad.
Se da cuenta de la estupefacción de la dama y también, con espanto, de que esta dama, que no había reconocido, era nada menos que la señora Loubet.
Reacciona tras el sofoco y dice precipitadamente:
—Pero..., naturalmente, haré lo que a usted le plazca... Lo que usted quiera...

Capítulo 17
Día tras día

El nombre de los Curie es ahora "un gran nombre". Los esposos son más ricos en dinero y menos ricos en instantes felices.
Especialmente Marie, ha perdido sus movimientos de viveza y su alegría. No está tan absorbida por los pensamientos científicos como su marido, pero su sensibilidad, sus nervios, están heridos por los acontecimientos de cada día y reaccionan mal.
El escándalo que festeja el radio y el premio Nobel le irritan sin distraerla un instante de la preocupación que envenena su vida: la enfermedad de Pierre.

Físicamente enfermo, sintiéndose gravemente amenazado, Pierre Curie está obsesionado por la huida del tiempo. ¿Acaso teme morir pronto este hombre tan joven? Se diría que lucha precipitadamente con un enemigo invisible, No hay en él más que deseos de ir de prisa, de acabar pronto. Abraza afectuosa mente a su mujer y le transmite su inquietud. El trabajo, para su gusto, avanza demasiado lentamente. Hay que acelerar el ritmo de las investigaciones, utilizar cada instante y pasar más horas en el laboratorio.

Marie se compromete a un esfuerzo más intenso todavía, pero que sobrepasa el límite de su resistencia nerviosa.
Destino cruel el suyo. Desde hace veinte años, desde el día en que, zumbando todavía en su cabeza el recuerdo de las fiestas, una polaca de dieciséis años, de vuelta del campo a Varsovia, comenzaba a ganarse el pan, no ha dejado de penar. Su juventud la vivió solitaria e inclinada sobre los manuales de física, en una fría buhardilla. Y, cuando el amor llegó, tenía el rostro del trabajo.
Mezclando en un solo fervor su amor a la ciencia y su amor a un hombre, Marie se condenó a una existencia implacable. La ternura de Pierre y la suya son de una potencia igual, y su ideal es el mismo. Pero Pierre tuvo, anteriormente, largos períodos de pereza, una adolescencia fogosa, llena de vivas pasiones. Marie, desde que es mujer, no se ha apartado un solo instante de su deber, y desearía, algunas veces, conocer el simple encanto de vivir. Es una esposa y una madre muy dulce. Sueña con horas de calma, con días de reposo, de negligencia.
Al hablar de esto, Marie parece otra, a los ojos de Pierre. Iluminado por haber descubierto una compañera genial, estima que debe sacrificarse completamente, como se sacrifica él, a lo que califica como "sus pensamientos dominantes".
Marie obedece —obedece siempre—, pero su espíritu y su cuerpo se sienten cansados. Se descorazona, se acusa de impotencia intelectual, de "tontería". La verdad es más simple. En esta mujer de treinta y seis años, la vida animal, demasiado tiempo cohibida, reclama sus derechos. Marie tendría necesidad, durante algún tiempo, de no ser "la señora Curie", de olvidar el radio, de comer, de dormir, de no pensar en nada.
El año 1904 será fatigoso —fatigoso sobre todo para Marie, que está encinta—. Como único favor, solicita una breve vacación en la escuela de Sévres. Y, por la tarde, fatigada, pesada, al volver del laboratorio, del brazo de Pierre, comprará a veces, en recuerdo de Varsovia, una minúscula ración de caviar prensado, por el cual siente un irresistible, un enfermizo deseo.
Cuando llega al término de su segundo embarazo se extrema su postración. Aparte de su esposo, cuya salud es su tormento, se dirá que no quiere nada más.
— ¿Para qué voy a dar a luz esta criatura? —no cesa de repetir—. La existencia es demasiado dura, demasiado árida... No deberíamos infligírsela a los inocentes.
El parto es doloroso, interminable. Por último, el día 6 de diciembre de 1904 nace una niña, gruesa, erizada de negros cabellos. Otra hija: Eva.
Para asistir a su hermana menor, Bronia hace un gran esfuerzo. Su calma aparente y su espíritu sensato disipan un poco la melancolía de Marie. Al marcharse, dejará a Marie con un poco más de serenidad.
Las sonrisas y los juegos de la recién nacida, sobre la que vigila una nodriza, hacen feliz a la joven madre. Los niños muy pequeños la enternecen. En un cuaderno gris anota, como lo hizo con Irene, la historia de los primeros gestos, de los primeros dientes de Eva, y, a medida que la niña se desarrolla, el estado nervioso de la madre mejora. Acostada, por el descanso obligado del parto, Marie, insensiblemente, vuelve a tomarle gusto a la vida. Se acerca a sus aparatos con un placer que había olvidado. Poco tiempo después, vuelve a vérsela en Sèvres. Un instante de vacilación y ha encontrado de nuevo su paso firme. Ha tomado de nuevo el árido sendero.
Le interesa todo a la vez: la casa, el laboratorio... Sigue con pasión los acontecimientos que sacuden su país natal. En Rusia se desencadena la revolución de 1905, y los polacos, llevados por la loca esperanza de la liberación, sostienen la agitación antizarista.

Hace un buen día. Pierre se encuentra bien. Marie tiene mejor humor también. Ha llegado el momento de cumplir un deber diferido demasiadas veces: la visita a Estocolmo, la conferencia Nobel. El matrimonio emprende el glorioso viaje, ese viaje que en nuestra familia va a convertirse en una tradición.
El día 6 de junio de 1905, en nombre de su esposa y en el suyo propio, el profesor Curie habla del radio ante la Academia de Ciencias de Estocolmo. Evoca las consecuencias del descubrimiento del radio. En física, modifica profundamente los principios básicos de la mecánica. En química, suscita atrevidas hipótesis sobre las fuentes de energías que mantienen los fenómenos radiactivos. En geología, en meteorología, es la llave de los fenómenos hasta ahora inexplicados. Por último, en biología, la acción del radio sobre las células cancerosas se anuncia de manera eficaz.
El radio ha enriquecido el saber humano y ha servido al bien. Pero, ¿no puede servir también al mal?
... Se puede concebir aún —termina diciendo el profesor Curie— que, en manos criminales, el radio pueda convertirse en muy peligroso, y aquí se puede preguntar si la humanidad tiene alguna ventaja en conocer los secretos de la naturaleza, si está madura para aprovecharse de ello, o si este conocimiento no le es perjudicial. El ejemplo de descubrimientos como el de Nobel es característico: los explosivos potentes han permitido a los hombres hacer trabajos admirables, pero también son un medio terrible de destrucción entre las manos de los grandes criminales que conducen los pueblos hacia la guerra.
Yo soy de los que piensan, como Nobel, que la humanidad sacará más provecho que daño de los nuevos descubrimientos.

La acogida de los hombres de ciencia suecos complace a los Curie. Los Curie visitan a su placer un país que les seducía, y hablan con hombres de ciencia. Regresan encantados.

En el pabellón del boulevard Kellermann, protegido de los importunos como una fortaleza, los Curie hacen una vida simple y callada. Las preocupaciones del matrimonio están reducidas a lo esencial. Una mujer de servicio está encargada de los trabajos pesados. Una sirvienta hace las comidas y lleva los platos a la mesa. Observa, con la boca cerrada, los rostros absortos de sus raros patrones y espera en vano alguna palabra de felicitación por el asado o el puré de patatas.
En esta morada de trabajo, la más modesta reunión está precedida de las máximas complicaciones. Y, en el último instante, Marie inspecciona los cubiertos y coloca los muebles en buen lugar...
En efecto, los Curie ya tienen muebles. Las butacas familiares, que habían rechazado cuando vivían en la calle de la Glacière, han sido admitidas en el boulevard Kellermann. La sillería de caoba, de líneas graciosas, sobre la cual luce un antiguo tapizado de verde agua y cuyo sofá sirve de camita para Irene, y las sillas Restauración dan cierta gracia humana al salón, empapelado de color claro. Pero, en este interior plácido y banal, sobre las estanterías de dos altas bibliotecas, velan los espesos volúmenes, cuyos títulos son: "Tratado de física", "Cálculo diferencial e integral", etc.
Los invitados de honor suelen ser colegas extranjeros de paso en París, o algunos polacos que traen noticias de su patria á Marie. La señora Curie organiza algunas reuniones infantiles para que se divierta la salvaje Irene: un árbol de Noel, adornado por ella misma con guirnaldas, nueces doradas y bujías de colores, dejará en la joven generación gratos recuerdos.

Discreto admirador de la ilustre corporación, Pierre se interesa más por las decisiones tomadas en su favor por la Universidad, ya que su trabajo depende de ello. El rector Liard ha obtenido para él, a principios de 1904, la creación de una cátedra de física. Es el puesto tan deseado ¡de profesor titular! Antes de aceptar este adelanto, Pierre pregunta dónde quedará instalado el laboratorio agregado a sus funciones.

Lentamente, el Estado, avariento, hace a Pierre Curie un lugar en el cuadro de sus funcionarios, y se deja arrancar, metro cúbico por metro cúbico, locales de trabajo, y edifica, sobre un emplazamiento incómodo, dos salas que por adelantado se estiman insuficientes.
Una dama rica, emocionada por esa situación paradójica, ofrece su concurso a los Curie y habla de construirles un instituto en algún lugar de los apacibles alrededores. La esperanza le conmueve, y Pierre le confía sus proyectos y sus deseos.

De todas las decisiones del ministro, una sola procurará a los Curie una verdadera satisfacción. Pierre tendrá, de ahora en adelante, tres colaboradores: un jefe de trabajos, un preparador y un criado. El jefe de trabajos será Marie.

La presencia de la señora en el laboratorio hasta ahora no había sido más que tolerada. Fue sin título alguno y sin remuneración como Marie realizó las investigaciones sobre el radio. En noviembre de 1904, una situación estable y pagada — pagada con dos mil cuatrocientos francos anualesle da, por primera vez, entrada oficial en el laboratorio de su marido.
UNIVERSIDAD DE FRANCIA.
La señora Curie, doctora en ciencias, queda nombrada a partir del primero de noviembre de 1904, jefe de trabajos de física (cátedra del señor Curie) de la Facultad de Ciencias, de la Universidad de París.
La señora Curie recibirá, por este motivo, un sueldo anual de dos mil cuatrocientos francos, a partir del primero de noviembre de 1904.

Se adaptan a la nueva vida. Pierre prepara su clase. Marie, como antes, da su curso en Sèvres.

Capítulo 18
19 de abril de 1906

Este jueves se anuncia desagradable. Llueve constantemente, y el cielo es sombrío, y los Curie no podrán olvidar los chaparrones abrileños, aunque estén absorbidos por su trabajo. Pierre debe asistir al almuerzo de la Asociación de Profesores de la Facultad de Ciencias, debe ir a corregir las pruebas en casa de su editor Gauthier-Villars, y luego trasladarse al Instituto. Marie tiene muchas cosas que hacer.
En el atropello de las primeras horas de la mañana; los esposos apenas se ven. Pierre llama a Marie desde la planta baja, y le pregunta si irá al laboratorio. Marie, que está vistiendo a Irene y a Eva, en el primer piso, contesta que acaso no tendrá tiempo, pero sus palabras se pierden en el vacío. La puerta de entrada se cierra. Con la prisa, Pierre ha salido rápidamente.
Marie, mientras tanto, desayuna ante sus hijas y el doctor Curie. Pierre, en el Hotel de Societés Savantes, de la calle Dantón, conversa, amistosamente, con sus colegas. Saborea estas agradables reuniones, donde se habla de la Sorbona, de investigaciones, de la profesión... La conversación general se orienta hacia los accidentes que pueden sobrevenir en los laboratorios, y Pierre ofrece, inmediatamente, su apoyo al proyecto que limitará los peligros que pesan sobre los investigadores.
Hacia las dos y media de la tarde se levanta de la mesa y se despide, sonriente, de sus compañeros; da la mano a Jean Perrin, a quien debe ver de nuevo aquella misma noche. Desde el umbral de la puerta, mira maquinalmente al aire, y tiene una mueca de desagrado ante el cielo encapotado. Abre su enorme paraguas y camina bajo la lluvia, descendiendo hacia el Sena.
En casa de Gauthier-Villars encuentra la puerta cerrada. Los talleres están en huelga. Se va, llega a la calle Dauphine, eco sonoro de los gritos de los cocheros y de los rechinamientos de los tranvías, que pasan por el muelle vecino. ¡Cuántos obstáculos en esta calleja encajonada del viejo París! El arroyo apenas consiente que pasen, cruzándose, los tiros de caballerías, y la acera es demasiado estrecha para los numerosos transeúntes de esta primera hora de la tarde. Por instinto, Pierre busca un camino libre. Tan pronto camina sobre la acera como por el centro de la calle, con el paso desigual de los seres que siguen su meditación. ¿En qué piensa, con la mirada concentrada y el rostro serio? ¿En el curso de una experiencia? ¿En el trabajo de su amigo Urbain, cuya nota a la Academia lleva en el bolsillo? ¿En Marie?
Desde hace unos instantes sigue a un coche cerrado, que rueda lentamente hacia el Pont-Neuf. Así, evita los codazos del gentío que camina por la calzada, y que se aparta para que el coche pase. En el cruce de la calle y el muelle el ruido es intenso. Un tranvía que viene de la Plaza de la Concorde acaba de pasar, siguiendo el curso del río. Cortando camino, un pesado camión, que arrastran dos caballos, se acerca al puente y se dirige al trote hacia la calle Dauphine.
Pierre quiere atravesar la calzada y ganar la otra acera. Con la brusquedad de los gestos de los distraídos, deja de resguardarse tras el coche, cuya armazón negra le privaba de ver el horizonte, y da unos pasos hacia la izquierda. Pero tropieza con uno de los caballos del camión que cruzaba con el coche en ese mismo segundo. El espacio que separa los dos vehículos se estrecha fulminantemente. Sorprendido, Pierre tiene un gesto torpe: intenta alcanzar una correa del animal, que se encabrita. Las suelas de los zapatos del profesor resbalan sobre el piso mojado. Veinte voces, horrorizadas, lanzan un grito de espanto: Pierre ha caído bajo las patas de los percherones. Unos transeúntes gritan: —"¡Alto! ¡Alto!". El conductor retiene las riendas. Pero es en vano. El tiro sigue su marcha.
Pierre está en el suelo, vivo, indemne. No ha gritado, casi no se ha movido. Sin ser rozado apenas, pasan sobre su cuerpo las patas de los animales; luego las dos primeras ruedas del camión. Es posible un milagro. El camión enorme, arrastrando un peso de más de seis toneladas, franquea todavía unos metros. Mas la última rueda izquierda tropieza con un débil obstáculo, que aplasta, al pasar: una frente, una cabeza humana. La caja craneana estalla, una materia roja y viscosa se desliza en el fango: es el cerebro de Pierre Curie.
Unos gendarmes levantan el cuerpo caliente, al que en un instante le ha sido arrebatada la vida. Llaman, sucesivamente, a algunos coches, pero ningún cochero quiere recibir en su vehículo un cadáver cubierto de barro, y del que todavía mana sangre. Los minutos pasan; los curiosos se amontonan. Una muchedumbre, cada vez más densa, sitia al camión inmóvil y da gritos de furor contra Louis Manin, autor involuntario del drama. Por último, dos hombres traen unas parihuelas... Se tiende en ellas el cadáver, y tras una superflua etapa en una farmacia, se le traslada a la comisaría cercana, donde se abre su cartera y se examinan los documentos del muerto. Cuando circula la noticia de que la víctima ha sido Pierre Curie, un profesor, un famoso sabio, el tumulto se redobla, y los agentes tienen que intervenir para proteger a Manin, a quien amenazan los puños en alto.
Un médico, el señor Drouet, limpia el rostro, cubierto de barro, examina la herida abierta de la cabeza, enumera los dieciséis fragmentos óseos que hace veinte minutos eran un cráneo.
Se avisa, por teléfono, a la Facultad de Ciencias. Pocos momentos después, en la oscura comisaría de policía de la calle des Grands Augustins, un comisario y un secretario, fríamente impresionados, observan las siluetas inclinadas del practicante-preparador del profesor de física, señor Clerc, que solloza, y del carrero Manin que, con la cara sofocada, hinchada, solloza también.
Entre ambos, se halla Pierre, tendido, la frente vendada, la cara intacta y descubierta e indiferente a todo.
Un camión, de cinco metros de largo, cargado hasta los topes de fardos con uniformes militares, se halla estacionado ante la puerta. La lluvia borra, poco a poco, las huellas de sangre que manchaban una de las ruedas. Los pesados y jóvenes caballos, vagamente inquietos por la ausencia de su conductor, resoplan y golpean en el suelo con sus herraduras.

Cae la desgracia sobre el hogar de los Curie. Automóviles y coches vagan indecisos a lo largo de las fortificaciones, y se detienen en el desierto boulevard. Un enviado de la presidencia de la República llama a la puerta, y enterado de que "la señora Curie no está en casa", se retira, sin dejar mensaje alguno. Llama de nuevo el timbre. Ahora llegan el decano de la Facultad, Paúl Appell, y el profesor Jean Perrin, que entran en el pabellón.
El doctor Curie, que está en casa, acompañado de una sirvienta, se sorprende de estas importantes visitas. Se adelanta a la busca de los dos personajes y se da cuenta de sus rostros conmovidos. Paul Appell tiene la misión de comunicar la triste noticia a Marie antes que a nadie, y guarda un violento silencio. Pero el trágico equívoco dura unos instantes tan sólo. El anciano observa un segundo más los rostros de los visitantes y sin plantearse la duda, exclama:
— ¡Mi hijo ha muerto!

Es banal y corriente afirmar que una brusca catástrofe puede transformar un ser para siempre jamás. No obstante, la influencia decisiva de esos minutos sobre el carácter de mi madre, sobre su destino y el de sus hijos, no puede pasar en silencio, Marie
Curie no se ha transformado, de mujer joven y feliz, en viuda inconsolable. La metamorfosis es menos simple y más grave. El tumulto interior que destroza la serenidad de Marie es demasiado virulento para ser expresado con quejas o confidencias. En cuanto estas tres palabras: "Pierre ha muerto" han atacado su conciencia, una lápida de soledad y secreto se ha colgado para siempre sobre sus espaldas. Al mismo tiempo que una viuda, la señora Curie, en este día de abril, se ha convertido en una compasiva, una incurable mujer solitaria, aislada del mundo...
Los testigos del drama adivinan entre ella y ellos ese muro invisible. Las palabras de compasión y de ánimo resbalan sobre Marie, que, con los ojos secos y el rostro gris, de tan pálido, parece oírles apenas, y contesta con dificultad a las preguntas más urgentes. Con palabras lacónicas, se niega a la autopsia, que hubiera completado la encuesta judicial, y solicita que el cuerpo de Pierre sea trasladado al boulevard Kellermann. Ruega a su amiga, la señora Perrin, que albergue a Irene durante los días que van a venir, y hace enviar a Varsovia un breve telegrama: "Pierre muerto consecuencia accidente". Luego sale al jardín húmedo, y se sienta: los codos en las rodillas, la cabeza entre las manos, la mirada perdida. Sorda, inerte, muda, espera a su compañero.
Más tarde le entregarán las pobres reliquias halladas en los bolsillos del traje de Pierre: una estilográfica, llaves, una cartera, un reloj cuyo mecanismo no ha dejado de funcionar y el cristal del cual no se ha roto. Por último, a las ocho, un coche de la ambulancia se detiene ante la casa. Marie se pone en pie, y en la penumbra descubre el rostro tranquilo, indulgente.
Lenta y penosamente, las parihuelas franquean la estrecha puerta. André Debierne, que ha ido a la comisaría en busca de su maestro, sostiene las lúgubres angarillas. Tienden el cadáver en una habitación de la planta baja, y Marie permanece sola con su esposo.

Cuando hayan pasado bastantes semanas, Marie, incapaz de evocar su desgracia ante los humanos, perdida en el silencio, un desierto que, a veces, le obligará a gritar su horror, abrirá un cuaderno gris y pondrá sobre el papel, con una temblorosa escritura, los pensamientos que la ahogan. A través de estas páginas borrosas, manchadas de lágrimas, y de las cuales sólo se pueden publicar fragmentos, Marie se dirige a Pierre, le llama, le interroga. Intenta fijar cada detalle del drama que les ha separado, para torturarse con ello para siempre. Este breve diario íntimo —el primero y el único que Marie ha tenido en su vida— refleja las horas más trágicas de la existencia de esta mujer:
...Pierre, mi Pierre, tú estás ahí, tranquilo como un pobre herido, que reposa durmiendo con la cabeza envuelta. Tu figura es dulce y serena; eres tú mismo, encerrado en un sueño del cual no puedes salir. Tus labios, que antes decía yo que eran golosos, están descoloridos; tu pequeña barba, grisácea. Apenas se ven tus cabellos, pues la herida empieza ahí, encima de tu frente, a la derecha, donde aparece un hueso que ha saltado. ¡Oh! ¡Cómo has sufrido, cómo has sangrado! Tus ropas están llenas de sangre. ¡Qué choque más terrible ha sufrido la pobre cabeza que yo acariciaba tan a menudo, tomándola entre mis dos manos! He besado tus párpados, que cerrabas para que te los besara, ofreciéndome tu cabeza, en un movimiento familiar.
...Te pusimos en el ataúd el sábado por la mañana, y he sostenido tu cabeza para ese traslado. Puse mi último beso sobre tu frío rostro. Luego, algunas hierbas doncellas del jardín en el ataúd y un retratito mío, aquel que tú decías que era el de "la pequeña estudiante sensata" y que tanto querías. Es el retrato que te debía acompañar a la tumba, el retrato de aquella que tuvo la dicha de gustarte tanto, para que no dudaras en ofrecerle el compartir tu vida cuando apenas la habías visto algunas veces. Me has dicho, muy a menudo, que fui la única ocasión de tu vida en que actuaste sin dudar, con la convicción absoluta de que obrabas bien. Pierre mío, creo que no te equivocaste. Estábamos hechos para vivir juntos, y nuestra unión debía realizarse.
Tu ataúd está cerrado, y ya no te veo más. No quiero que lo cubran con esa espantosa tela negra. Lo cubro de flores, y me siento junto a él.
...Vienen a buscarte. Triste asistencia. Les miro y no les hablo. Te llevamos a Sceaux, y te veremos descender al hoyo profundo... Luego, sigue un horroroso desfile de gente. Se nos quieren llevar. Nos resistimos. Jacques y yo queremos ver hasta el final. Cómo se llena la fosa, cómo ponen los ramilletes de flores... Todo ha terminado. Pierre duerme su último sueño bajo la tierra. Es el fin de todo, de todo, de todo...

Marie ha perdido su compañero, y el mundo un gran hombre. Esta horrible marcha, entre la lluvia y el barro, ha impresionado a la opinión pública. En las columnas de todos los diarios del mundo se describe, en relatos patéticos, el accidente de la calle Dauphine. Mensajes de simpatía se amontonan en el boulevard Kellermann, y las firmas de los reyes, ministros, poetas, sabios, se unen a las de los nombres más oscuros.

En los días que siguieron, en la Sorbona, en las sociedades científicas francesas y extranjeras que contaban a Pierre Curie entre sus miembros, se pronunciaron elogios por el hombre de ciencia desaparecido. En la Academia de Ciencias, Henri Poincaré exaltó la memoria de su amigo:
Todos los que conocieron a Pierre Curie saben cuál era la simpatía y la seguridad de su trato, qué encanto delicado exhalaba, por decirlo así, su dulce modestia, su ingenua firmeza y la elegancia de su espíritu.
¿Quién creería que tanta dulzura escondía un alma intransigente? No transigía con los principios generales que le habían sustentado, con el ideal moral particular que le habían enseñado a respetar, este ideal de sinceridad absoluta, demasiado alto, acaso, para el mundo en que vivimos. No conocía los mil pequeños acomodos de que se satisface nuestra debilidad. No se separaba jamás del culto de este ideal, del que rendía a la ciencia, y nos ha demostrado, con ejemplo rutilante, qué alta concepción del deber podía salir del simple y puro amor a la verdad. Poco importa en qué dios se cree. Es la fe, no es Dios, lo que hace los milagros.

Sus parientes discuten estos temas en voz baja, escuchan las sugestiones de los representantes del Ministerio y de la Universidad, que se presentan sucesivamente en el boulevard Kellermann. Al día siguiente del entierro, el gobierno ha propuesto, oficialmente, conceder a la viuda y a los hijos una pensión nacional. Jacques ha sometido el proyecto a Marie, que lo ha rechazado categóricamente:

—No quiero pensión de ninguna clase —dice—. Soy bastante joven para ganar la vida y la de mis hijos.

Debido a la tenaz insistencia de Marcelin Berthelot, Paul Apell y el vicedirector Liard, los poderes públicos tienen, en estas circunstancias, un gesto franco y generoso. El día 13 de mayo de 1906, el Consejo de la Facultad de Ciencias decide, por unanimidad, mantener la cátedra creada para Pierre Curie, y confiarle a Marie, que tomará el título de "encargada del curso".
UNIVERSIDAD DE FRANCIA.
La señora Pierre Curie, doctora en Ciencias, jefe de trabajos en la Facultad de Ciencias de la Universidad de París, está encargada del curso de física de dicha Facultad.
La señora Curie recibirá por ello un sueldo anual de diez mil francos, desde 1 de mayo de 1906.

Es la primera vez que se concede a una mujer un puesto en la enseñanza superior francesa.
Marie ha escuchado, con distracción, casi con indiferencia, los detalles que le ha dado su padre político, sobre la pesada misión que debe aceptar. Sólo ha contestado con unas sílabas:
— ¡Ensayaré!
Una frase pronunciada otras veces por Pierre, una frase que era un testamento moral, una orden, ha vuelto a su memoria, y le ha indicado, gravemente, el camino a seguir:
—...Aunque fuésemos como un cuerpo sin alma, sería necesario trabajar, de todas maneras.

Marie reúne sus cuadernos, sus libros, compulsa las notas que el sabio dejó escritas. Una vez más se hunde en el estudio.

La señora Curie, viuda del ilustre hombre de ciencia, muerto trágicamente y que ha sido nombrada titular de la cátedra que su esposo ocupaba en la Sorbona, dará su primera lección el próximo lunes, día 15 de noviembre de 1906, a la una y media de la tarde.
La señora Curie, en este curso inaugural, expondrá la teoría de los iones en los gases y tratará de la radioactividad.
La señora Curie dará sus clases en un "anfiteatro de curso". Estos anfiteatros contienen alrededor de ciento veinte plazas, la mayor parte de las cuales serán ocupadas por estudiantes.
El público y la prensa, que también tienen algunos derechos, se repartirán algo así como tinos veinte puestos. Por este motivo, circunstancia única en la historia de la Sorbona, ¿no podrían alterarse los reglamentos y poner a la disposición de la señora Curie, para su primer curso solamente, el gran anfiteatro?

Este extracto de los diarios de la época refleja el interés y la impaciencia con que París observa la primera aparición en público de "la célebre viuda". Los reporteros, la gente de la sociedad, las mujeres bonitas, los artistas que asaltan y sitian la secretaría de la Facultad de Ciencias y se indignan porque no se les conceden "tarjetas de invitación", no están movidos por la sola compasión o por el deseo de instruirse. Poco les importa "la teoría de los iones en los gases". Es el dolor de Marie en ese día cruel lo que les atrae. Es un picante más para su curiosidad. Incluso el dolor tiene sus snobs.
Por primera vez una mujer va a hablar en la Sorbona, una mujer, que es, al mismo tiempo, un genio y una esposa desesperada. He aquí el porqué de la atracción que siente el público "de las primeras representaciones", el público de las jornadas estupendas...

La una y treinta minutos. Se abre la puerta del fondo y, entre una ráfaga de aplausos. Marie Curie llega a la cátedra.
Inclina la cabeza. Es un movimiento seco que quisiera ser un saludo. De pie, sus manos aprietan fuertemente el borde de la larga mesa, llena de aparatos. Marie espera que la ovación se acabe. Los aplausos se terminan de golpe. Ante esta mujer tan delgada, tan débil, que intenta mantener la serenidad de su rostro, una emoción desconocida reduce a silencio a la masa que ha ido por el espectáculo.
Marie mira en línea recta ante ella y dice:
—Cuando se observan los progresos que se han realizado en física desde hace una decena de años, sorprende el movimiento que se ha producido en nuestras ideas sobre la electricidad y la materia...
La señora Curie acaba de reanudar el curso en la frase precisa en que lo había dejado Pierre Curie.
¿Qué dramatismo oculto tenían esas palabras frías: "Cuando se observan los progresos que se han realizado en física..."? ¿Por qué suben las lágrimas a los ojos y caen sobre las mejillas de los oyentes?
Con la misma voz uniforme, casi monótona, la ilustre profesora da su lección hasta el fin. Habla de las nuevas teorías sobre la estructura de la electricidad, sobre la desintegración atómica, sobre los cuerpos radiactivos. Llega sin debilitarse al final de la árida exposición y se retira por la puertecita tan rápidamente como había entrado.



Capítulo 19
Sola

La viuda y sus dos hijas

La presencia del doctor Curie tranquiliza a Marie y es una alegría para sus hijas. Sin el anciano de ojos azules su infancia hubiera sido ahogada por el luto. Para las niñas, el abuelo es, más que la madre (siempre ausente de la casa, siempre retenida en ese LABORATORIO cuyo nombre zumba eternamente en sus oídos), su compañero de juegos, su maestro. Eva es demasiado joven todavía para que se cree entre ella y su abuelo una verdadera intimidad, pero es un amigo incomparable de la mayor, de esta niña tranquila y brava, tan profundamente parecida al hijo que ha perdido.
No se contenta con iniciar a Irene en la historia natural, en la botánica, con comunicarle su entusiasmo por Víctor Hugo y escribirle durante el verano cartas razonables, instructivas y divertidas, en donde aparece su espíritu burlón y su estilo exquisito: el abuelo orienta su vida intelectual de una manera decisiva. El equilibrio moral de la actual Irene Joliot-Curie, su espanto al dolor, su adhesión implacable a lo real, su anticlericalismo, sus mismas ideas políticas, las heredó, en la línea recta, de su abuelo.
Con devoción extraordinaria, la señora Curie pagará su deuda de gratitud con este hombre excelente. En 1909, a consecuencia de una congestión pulmonar, el doctor guarda cama durante un año entero. Marie pasa todos los instantes de libertad a la cabecera de un enfermo difícil, impaciente, e intentará distraerle.
El 25 de febrero de 1910 muere el venerable anciano. En el cementerio de Sceaux, frío y desnudo en invierno, Marie exige de los sepultureros un trabajo inesperado. Solicita que el ataúd de Pierre sea retirado de la tumba. El del doctor Curie es colocado entonces en el fondo, luego vuelve a descenderse el de Pierre. Encima de su esposo, del que no quiere estar separada ni en la hora de la muerte, queda un puesto libre para Marie; puesto que contemplará, sin conmoverse, durante un largo rato.
SOLA queda Marie Curie para cuidar de la educación de sus hijas, Irene y Eva. Sobre la primera educación de sus hijas tiene ideas fijas, que las sucesivas institutrices interpretarán con más o menos acierto.
Cada día de la vida empieza con una hora de trabajo, intelectual o manual, que Marie procurará que sea atrayente. Observa ansiosamente el despertar de los dones de sus hijas y anota en su cuaderno gris los éxitos de Irene en cálculos y la precocidad musical de Eva.

No quiere Marie que sus hijas se lancen a las aventuras acrobáticas o las imprudencias, pero las quiere decididas. No se les hará nunca miedo en la oscuridad, no se las dejará meter la cabeza bajo la almohada cuando haya tempestad; no se las hará temer ni a los ladrones ni a las epidemias. Marie conoció en otros tiempos esos terrores y quiere librar de ellos a sus hijas. Incluso el recuerdo del accidente mortal de Pierre no hace de Marie más que una temerosa celadora. A los once o doce años, las niñas saldrán solas y más tarde viajarán sin escolta.
Su salud moral le preocupa también. Procura evitar a sus hijas los sueños nostálgicos y sentimentales, los excesos de sensibilidad. Ha tomado una decisión singular: de no hablar jamás a las huérfanas de su padre. Esto responde en Marie, antes que nada, a una imposibilidad física. Hasta el fin de sus días, Marie pronuncia con la mayor dificultad la palabra "Pierre" o "Pierre Curie" o "tu padre" o "mi marido", y en su conversación usará de estratagemas increíbles para soslayar los islotes del recuerdo. No considera culpable ese silencio con respecto de sus hijas. Más que de evitarles una atmósfera de tragedia, las priva, privándose ella misma, de nobles emociones.
No habiendo establecido en su casa el culto al hombre de ciencia desaparecido, tampoco establece el culto a la Polonia mártir. Quiere que Irene y Eva aprendan el polaco, que conozcan y amen su país natal, pero deliberadamente quiere hacer de ellas dos auténticas francesas. ¡Ah, no; que no se sientan divididas entre dos patrias, que no sufran en vano por una raza perseguida!
Marie no ha bautizado a sus hijas, ni les ha dado una educación religiosa. Se siente incapaz de enseñarles dogmas en los cuales no cree ya. Sobre todo les evita la amargura que tuvo ella al perder la fe. Tampoco habla de ningún sectarismo anticlerical. Absoluta tolerancia, y Marie afirmará, en diversas ocasiones, que si sus hijas, más tarde, quieren entregarse a una religión, les dejará totalmente libre el camino para ello.

Marie reflexiona, consulta a sus amigos, profesores de la Sorbona como ella y como ella también padres de familia. Bajo su impulso nace el original proyecto de una especie de cooperativa de la enseñanza, en donde los altos espíritus compartirán la tarea de educar, según nuevos métodos, a los hijos que se reúnan.
Se inaugura una nueva era de excitación y distracción intensa para una docena de pequeñuelos de ambos sexos, que, alejados del liceo, escucharán cada día una sola lección, dada por un maestro de calidad. Una mañana invadirán el laboratorio de la Sorbona, donde Jean Perrin les dará clases de química. Al día siguiente, el pequeño batallón será trasladado a Fontenay aux Roses, y Paul Langevin les dará clase de matemáticas. Las señoras Perrin y Chavannes, el escultor Magrou, el profesor Mouton, dan clases de literatura, historia, lenguas vivas, ciencias naturales, modelaje, dibujo ... Por último, en un local desalquilado de la Escuela de Física, Marie Curie consagrará la tarde del jueves al curso más elemental de física que se haya oído jamás entre aquellas paredes.
Sus discípulas —algunas de las cuales son futuras profesoras— conservarán un maravilloso recuerdo de aquellas lecciones apasionantes, de su familiaridad, de su gentileza. Gracias a Marie, los fenómenos abstractos y aburridos de los manuales recibirán la ilustración más pintoresca: unas bolas de bicicletas, mojadas en tinta, serán abandonadas sobre un plano inclinado, en donde describirán una parábola y realizarán la ley de la caída de los cuerpos. Un péndulo inscribirá sus oscilaciones regulares sobre papel ahumado. Un termómetro, construido y graduado por los discípulos, aceptará funcionar de acuerdo con los termómetros oficiales, y los niños, al darse cuenta de ello, se llenarán de orgullo.
Marie les transmite su amor a la ciencia y su gusto por el esfuerzo. También les enseña los métodos que una larga carrera ha desarrollado en ella. Virtuosa del cálculo mental, insiste para que sus alumnos lo practiquen: "Hay que llegar a no equivocarse nunca —afirma—; el secreto está en no ir muy de prisa". Si una de las discípulas provoca un desorden o ensucia las cosas cuando construye una pila eléctrica, Marie se enoja y exclama:
—No me digas que lo limpiarás después. No se debe ensuciar una mesa durante un montaje o una experiencia...
La laureada del premio Nobel suele dar lecciones de buen sentido a esos pequeñuelos ambiciosos:
— ¿Qué harían ustedes para mantener caliente el líquido contenido en este recipiente? —preguntará un día.
A renglón seguido, Francis Perrin, Jean Langevin, Isabelle Chavannes, Irene Curie —las estrellas científicas del curso—, proponen soluciones ingeniosas: rodear el recipiente de lana, aislarlo por procedimientos refinados e impracticables.
Marie sonríe y dice:
—Pues bien; yo empezaría por poner una tapa.

Capítulo 20
Éxitos, ensayos

Una profesora de física, muy delgada, muy pálida, cuyo rostro va ajándose poco a poco y cuyos cabellos rubios han encanecido bruscamente, entra, por la mañana, en los estrechos locales de la calle Cuvier, descuelga de un alza-paños la blusa de tosca tela con la que cubre su vestido negro y se dispone a trabajar.
Un aire de firmeza melancólica, una fragilidad cada vez más evidente eran, alrededor de los cuarenta años de edad, sus nobles alhajas. Esa es la apariencia ideal que Marie Curie conservará a los ojos de Irene y de Eva durante muchos años, hasta el día en que, con espanto, se darán cuenta de que su madre se ha convertido en una anciana.
Profesora, investigadora y directora de laboratorio, Marie Curie trabajará con la misma intensidad inaudita. Continúa dando clases en Sévres. En la Sorbona, de donde es profesora titular desde 1908, ha dado el primero y único curso de radioactividad en el mundo. ¡Esfuerzos extraordinarios! Si los estudios secundarios en Francia le parecen defectuosos, en cambio, tiene una viva admiración por la enseñanza superior. Marie quiere igualar a los maestros que, años ha, deslumbraron a una joven polaca.
Tras dos años de profesorado, Marie emprende la redacción de sus lecciones. En 1910 publica un magistral Tratado de radioactividad. Novecientas setenta y una páginas de texto bastan para resumir los conocimientos adquiridos en este dominio, desde el día tan reciente en que los Curie anunciaron el descubrimiento del radio.

El número de alumnos de Marie Curie ha aumentado constantemente. El filántropo americano Andrew Carnegie ha concedido, desde 1907, una serie de becas anuales que permiten acoger mayor número de novicios en la calle Cuvier, que se unen a los asistentes pagados por la Universidad y a algunos trabajadores benévolos.
El equipo de ocho o diez personas está dirigido, en colaboración con Marie, por un antiguo colaborador, un firme amigo y un hombre de ciencia de calidad: André Debierne.
La señora Curie tiene un programa de nuevas investigaciones. Lo dirige perfectamente, a pesar de una sorda alteración de su salud.
Marie purifica bastantes decigramos de cloruro de radio y hace una segunda determinación del peso atómico de esta substancia, e inmediatamente emprende el aislamiento del radio-metal. Hasta ahora, cada vez que ha preparado el radio "puro", se ha tratado de sales de radio (cloruro o bromuro), que constituían su sola forma estable. Marie colabora con André Debierne para dar a luz el metal mismo, indemne de las alteraciones debidas a los agentes atmosféricos. La operación —una de las más delicadas que la ciencia conoce— no se repetirá jamás.
André Debierne ayuda a la señora Curie a estudiar el polonio y los rayos que emite. Por último, Marie, en un trabajo independiente, descubre un método para dosificar el radio por la medida de la emanación que desprende.
El desarrollo universal de la curieterapia exige que las parcelas ínfimas de la preciosa materia puedan ser separadas con una precisión rigurosa. Cuando se trata de milésimas de miligramo, la balanza no es de gran auxilio. Marie imagina "pesar" las substancias radiactivas por los rayos que emiten. Dispone esta técnica difícil y crea en su laboratorio un "servicio de medidas", donde hombres de ciencia, médicos y hasta particulares podrán hacer controlar productos o minerales activos y recibir un certificado indicando el contenido literal de radio.
Al mismo tiempo que publica una Clasificación de los radioelementos y una Tabla de las constancias radiactivas, Marie realiza otro trabajo de importancia general: la preparación del primer patrón internacional de radio. Este ligero tubo de vidrio que Marie ha apretado entre sus manos con emoción, que contiene 21 miligramos de cloruro de radio puro y que servirá de modelo a los patrones dispersos ulteriormente en los cinco continentes, queda depositado solemnemente en la Oficina de Pesas y Medidas, de Sévres, cerca de París.

Después de la gloria del matrimonio Curie comienza la fama personal de Marie Curie, que sube y se extiende como un cohete. Los diplomas de doctor honoris causa y de miembro correspondiente de las academias extranjeras llegan a embarazar, por docenas, los cajones de la casa de Sceaux, sin que la laureada piense en ponerlos en un marco o hacer una lista con ellos.
Francia sólo tiene dos medios de honrar en vida a sus grandes personajes: la Legión de Honor y la Academia. La cruz de caballero ofrecida a Marie, en 1910, es rechazada por ésta, inspirándose en la conducta de Pierre Curie.

Los más ilustres hombres de ciencia, Henri Poincaré, el doctor Roux, Emile Picard, los profesores Lippmann, Bouty y Darboux, a la cabeza, emprenden la campaña en favor de Marie; pero en el otro campo se prepara una campaña defensiva vigorosa.
"Las mujeres no pueden formar parte del Instituto" —grita con una virtuosa indignación el señor Amagat, que, ocho años antes, había sido el feliz competidor de Pierre Curie. Benévolos informadores afirman a los católicos que Marie es judía, y recuerdan, a los librepensadores, que es católica. El día 23 de enero de 1911, día de la elección, el presidente, al abrir la sesión, grita muy alto a los ujieres:
—Que se permita entrar a todo el mundo, excepto las mujeres. ¡Y un académico casi ciego, decidido partidario de la señora Curie, se lamenta de haber estado a punto de votar en contra con un boletín falso que se le puso hábilmente en la mano! A las cuatro de la tarde, los periodistas, sobreexcitados, corren a redactar sus notas de decepción o de victoria: le ha faltado un voto, a Marie, para ser elegida.
En la calle Cuvier, los asistentes, los mismos servidores del laboratorio, esperan el veredicto con más impaciencia que la candidata. Seguros de su éxito, compraron, por la mañana, un gran ramo de flores, y lo escondieron bajo la mesa que sostiene las balanzas de precisión. La derrota los deja absortos. El gran corazón de Louis Ragot, el mecánico, hace desaparecer el inútil ramo de flores. Los jóvenes trabajadores, silenciosos, preparan frases de aliento. No tendrán necesidad de pronunciarlas. Marie sale de la habitación que le sirve de gabinete de trabajo. No comentará ni con una sola frase una derrota que no la molesta mucho.
En la historia de los Curie, parece que el extranjero corrige perpetuamente los gestos de Francia. En diciembre, la Academia de Ciencias de Estocolmo, queriendo reconocer los brillantes trabajos realizados por la ilustre profesora después de la muerte de su esposo, le concede el gran premio Nobel, de química, para el año 1911. Y ningún otro laureado, mujer u hombre, fue ni es juzgado digno de recibir dos veces la recompensa.
Marie, que está débil y enferma, ruega a su hermana Bronia que la acompañe en el viaje a Suecia. Se lleva también a su hija mayor, Irene. La niña asiste a la solemne sesión. Veinticuatro años más tarde, en la misma sala, recibirá el mismo premio...

Al pronunciar su conferencia pública, Marie dedica a la sombra de Pierre Curie homenajes que la confunden:
Antes de abordar el tema de la conferencia, he de recordar que los descubrimientos del radio y del polonio han sido hechos por Pierre Curie, de acuerdo conmigo. A Pierre Curie se deben también, en el dominio de la radioactividad, estudios fundamentales, que ha efectuado completamente solo, unas veces; en colaboración conmigo, otras, y aun en colaboración con sus discípulos.
El trabajo químico, que tenía por objeto aislar el radio al estado de sal pura y de caracterizarlo como un elemento nuevo, ha sido efectuado especialmente por mí, pero se encuentra íntimamente ligado a la obra común. Creo, pues, que debo interpretar exactamente el pensamiento de la Academia de Ciencias al admitir que la alta distinción de que soy objeto se debe a esta obra común, y constituye, a su modo, un homenaje a la memoria de Pierre Curie.

No obstante, retengamos el rasgo menos criminal, pero más vil, aquel que le ofendiera a lo largo de toda su vida. Cada vez que se presenta la ocasión de rebajar a esta mujer única, como en los penosos días de 1911, o de negarle un título, una recompensa, un honor —la Academia, por ejemplo—, su origen le será reprochado miserablemente. Se la tratará de rusa, de alemana, de judía o de polaca, será "la extranjera" que ha venido a París a usurpar una alta situación. Pero cada vez que, por los dones de Marie Curie, la ciencia se enaltece; cada vez que en otro país se la festeja y se le prodigan homenajes sin precedentes, se convertirá inmediatamente, en los mismos periódicos y bajo la firma de los mismos redactores, en "la embajadora de Francia", "la más pura representación del genio de nuestra raza" y en una "gloria nacional". Con igual injusticia, la cuna polaca, de la que Marie está orgullosa, será pasada por alto.

En la adversidad se cuentan los amigos. Centenares de cartas, firmadas por nombres conocidos o desconocidos, llegan para decir a Marie que los ataques de que es objeto levantan la piedad y la indignación.
Estos impulsos, estos afectos, dan algún coraje a Marie. Pero su depresión física se acusa de día en día. No se siente con fuerzas para hacer el trayecto diario a Sceaux, y alquila en el número 38 del Quai de Bethune, en París, un departamento, que piensa habitar desde enero de 1912. No llegará en buen estado de salud a esa fecha. El día 29 de diciembre se la trasladará, agonizante, casi condenada, a un sanatorio. No obstante, triunfa del mal, pero las profundas lesiones de que están atacados los riñones reclaman una operación. En dos meses, Marie ha hecho en varias ocasiones el trayecto de su casa a la clínica sobre unas parihuelas. Se le advierte que su estado exige una intervención quirúrgica. Marie acepta, pero solicita que le sea practicada en el mes de marzo, porque quiere asistir a un congreso de física que ha de celebrarse a fines de febrero.
El gran cirujano Charles Walther la opera y atiende maravillosamente. Pero el estado de Marie queda comprometido por mucho tiempo. Marie está delgadísima y apenas puede permanecer de pie. Las crisis de fiebre y de dolores renales que soporta, sin queja alguna, obligarían a otra mujer cualquiera a una existencia de inválida.
Destrozada por los males físicos y la villanía humana, Marie se esconde, como una fiera ante la persecución. Su hermana le ha alquilado, bajo el nombre de Dluska, una casa en Brunoy, cerca de París. La enferma pasa aquí un tiempo, y luego se instala, de incógnito, en Thonon, y pasa algunas apacibles semanas de cura. En verano, su amiga, la señora Ayrton, la recibe con sus hijas en una tranquila villa de la costa inglesa. Allí encuentra asistencia y protección.

En el que Marie vislumbra el futuro con el máximo desaliento, una inesperada proposición viene a poner en su vida emoción e incertidumbre.
Desde la revolución de 1905, el zarismo, lentamente desquiciado, ha hecho en Rusia algunas concesiones a la libertad de pensamiento, y hasta en Varsovia las condiciones de existencia han perdido el antiguo rigor. Una Sociedad de Ciencias, bastante activa y relativamente independiente, tiene a Marie como "miembro de honor" desde 1911. Pocos meses después nace entre los intelectuales el grandioso proyecto de crear un laboratorio de radioactividad en Varsovia, y de ofrecer la dirección a la señora Curie, para lograr el regreso a su patria de la primera mujer de ciencia del mundo.
En mayo de 1912, una delegación de profesores polacos se presenta en casa de Marie, y el escritor Henryck Sienkiewicz, el hombre más célebre y popular de Polonia, le dirige, sin conocerla, personalmente, un llamamiento, en donde el tuteo patético se mezcla a las fórmulas de respeto:
Dignaos, honorabilísima señora, transportar vuestra espléndida actividad científica a nuestro país y a nuestra capital. Vos conocéis las razones por las cuales, en estos últimos tiempos, nuestra cultura y nuestra ciencia han peligrado. Perdemos la confianza en nuestras facultades intelectuales, somos rebajados en la opinión de nuestros enemigos y abandonamos toda esperanza en el porvenir.
Nuestro pueblo te admira, pero quisiera verte trabajar aquí, en tu ciudad natal. Es el deseo ardiente de toda la nación. Reteniéndote en Varsovia, nos sentiremos más fuertes, levantaremos nuestras cabezas, agachadas bajo el peso de tantas desgracias. Que nuestro ruego sea oído. No rechaces las manos que a ti se tienden.

Para un ser menos escrupuloso, ¡qué ocasión para abandonar Francia con escándalo, volviendo la espalda a la calumnia y la crueldad!
Analiza ansiosa y honestamente dónde está su deber. La idea de regresar a su país le atrae y le espanta, a la vez. En el estado de miseria psicológica en que está, toda decisión se le convierte en catastrófica. Hay otro problema: la construcción del laboratorio tan deseado por los Curie desde 1909, y aprobada finalmente. Renunciar a París, huir de Francia, era reducir a la nada el proyecto y matar una gran ilusión.
En ese instante de su vida, en que no se siente con fuerzas para nada, Marie duda entre dos deberes que se excluyen entre sí. Tras muchas dudas nostálgicas, ¡con qué dolor envía a Varsovia una carta rechazando la oferta! No obstante, acepta dirigir, de lejos, el nuevo laboratorio, que coloca bajo la vigilancia efectiva de dos de sus mejores ayudantes, los polacos Danysz y Wertenstein.
Todavía enferma, Marie se traslada a Varsovia, en 1913, para la inauguración del pabellón de radioactividad. Voluntariamente, las autoridades rusas ignoran su presencia. Ninguna representación oficial toma parte en las fiestas organizadas en su honor. La acogida del país natal, por ello, no es menos elocuente. ¡Por primera vez en su vida, Marie pronuncia, en una sala donde se apretujan las gentes, una conferencia científica en polaco!
En cuanto puedo, procuro prestar la mayor cantidad posible de servicios, antes de marcharme —escribe a uno de sus colegas—. El martes di una conferencia pública. También he asistido y asistiré todavía a diversas reuniones. He encontrado una excelente voluntad, que hay que aprovechar. Este pobre país, destrozado por una bárbara y absurda dominación, verdaderamente hace cuanto puede para defender su vida moral e intelectual. Acaso llegará un día en que esta opresión sea reducida, pero hay que esperar hasta entonces. ¡Qué vida hasta aquel momento! ¡Y en qué condiciones!
He vuelto a ver lugares a los que me unen recuerdos de infancia y juventud. He visto de nuevo el Vístula y la tumba en el cementerio. Estas peregrinaciones son, a la vez, dulces y tristes, pero no puedo evitar hacerlas.

La salud de Marie mejora tanto que puede iniciar de nuevo su "normal" existencia.

Olvidadas las pasadas querellas, se halla la ilustre profesora en el cenit de la gloria, en Francia. Desde hace dos años, el arquitecto Nenot construye para Marie, sobre los terrenos de la calle Pierre Curie, el Instituto del Radio.
Las cosas no han seguido un fácil sendero. Al día siguiente de la muerte de Pierre Curie, los poderes públicos propusieron a Marie abrir una suscripción nacional para la edificación de un laboratorio. La viuda, no queriendo que se sacara dinero con el reclamo del accidente de la calle Dauphine, se negó a ello. Las autoridades recayeron de nuevo en un sueño letárgico. Pero en 1909, el doctor Roux, director del Instituto Pasteur, tuvo la idea generosa y audaz de construir un laboratorio para Marie Curie. De esta manera hubiera abandonado la Sorbona, convirtiéndose en una estrella del Instituto Pasteur.

Los directores de la Universidad comprenden lo que eso significa... ¿Dejar marchar a la señora Curie? ¡Imposible! ¡Cueste lo que cueste, es necesario que permanezca en los cuadros oficiales!
Pone fin a las discusiones un acuerdo entre el doctor Roux y el vicerrector Liard. La Universidad y el Instituto Pasteur pagarán a medias —400.000 francos cada entidad— los gastos y fundarán el Instituto del Radio, que comprenderá dos partes distintas: un laboratorio de radioactividad colocado bajo la dirección de Marie Curie; un laboratorio de investigaciones biológicas y de curieterapia, en donde los estudios sobre el tratamiento del cáncer, así como los cuidados dados a los enfermos, serán organizados por un hombre de ciencia y un médico eminente: el profesor Claude Regaud. Estas instituciones gemelas, pero materialmente independientes, cooperarán conjuntamente al desarrollo de la ciencia del radio.
Y aquí está Marie, corriendo de la calle Cuvier al taller de construcciones, dibujando planos y discutiendo con los arquitectos. Esta mujer de pelo canoso está llena de ideas nuevas y modernas. Piensa en sus trabajos personales, claro. Pero sobre todo quiere crear un laboratorio que sea útil dentro de treinta o cincuenta años, cuando su persona no sea más que un montón de cenizas. Exige vastos locales, con grandes ventanas que inunden de sol las salas de investigación. Y, además, desea una innovación costosa que indigna a los ingenieros gubernamentales: ¡quiere un ascensor!

En cuanto al jardín —la preocupación más intensa de nuestra eterna campesina—, lo construirá con cariño. No escucha las razones de los que quieren "economizar la superficie" y defiende, con firmeza, cada metro de terreno que separa a los edificios. Uno por uno escoge los árboles y los hace plantar bajo su vigilancia, mucho antes de que los cimientos hayan sido echados. Y confía a sus colaboradores:
Comprando inmediatamente "mis" plátanos y "mis" tilos gano dos años. Cuando inauguremos los laboratorios, los árboles habrán crecido; los macizos estarán en flor. Pero, ¡cállense ustedes, por favor! ... ¡No le he dicho una palabra al señor Nenot!

Y una llamita de juventud y de alegría reaparece en sus ojos de color ceniza.
Marie misma planta los rosales trepadores, manejando la azada, amontonando la tierra con sus manos al pie de los muros inacabados. Cada día los riega. Cuando se yerguen le parece que allí firmes, en el aire, observa cómo crecen las piedras inertes y las plantas vivas.
Una mañana, en la calle Cuvier, estando Marie inclinada sobre una experiencia, su antiguo practicante de laboratorio, Petit, corre muy emocionado hacia ella para decirle algo. En la Escuela de Física también construyen grandes salas de trabajo, anfiteatros... Y el hangar, la pobre barraca húmeda de Pierre y Marie, va a caer bajo los golpes de la piqueta de los peones.
Con el humilde amigo de los días pasados, Marie llega a la calle Lhomond para decir su último adiós. El hangar está allí, intacto todavía. Por una piadosa atención la pizarra no había sido tocada jamás por nadie, y aun había algunas líneas de la escritura de Pierre. Diríase que la puerta iba a volver a abrirse para dar paso a una alta silueta familiar.

Esta sorprendente victoria llega cuando la heroína ya no es ni joven ni fuerte, y cuando ha perdido la felicidad. ¡Qué importa, puesto que un equipo joven la rodea! ¡Qué importa, si hombres de ciencia entusiastas y fervorosos están dispuestos a luchar con ella! ¡No! ... ¡No es demasiado tarde!
Los vidrieros cantan y silban en todos los pisos del pequeño inmueble blanco. Encima de la puerta de entrada se leen ya, grabadas en la piedra, estas palabras:

INSTITUTO DEL RADIO, PABELLÓN CURIE.

En este maravilloso mes de julio, "el templo del porvenir" de la calle Pierre Curie por fin se ha terminado. No falta más que su radio, sus trabajadores, su directora… Pero este mes de julio es el de 1914.


Capítulo 21
La guerra

Alrededor de Marie se ha creado una vida extraordinaria. Sus colegas, todos los trabajadores del laboratorio, se han dirigido hacia sus regimientos. A su lado queda únicamente el mecánico, Louis Ragot, un enfermo cardíaco, que por eso no ha podido ser movilizado, y una mujer de servicio, bajita, muy bajita.

La polaca olvida que Francia no es más que su país de adopción. La madre de familia no sueña en reunirse con sus hijas. La criatura enfermiza y frágil desprecia sus males, y la profesora deja para tiempos mejores sus trabajos personales. Marie sólo tiene un pensamiento: servir a su segunda patria. En la terrible oportunidad se revelan, una vez más, su intuición y su iniciativa.
Descarta la solución fácil, que consistiría en cerrar el laboratorio y convertirse, como muchas otras francesas, en valientes enfermeras, de velos blancos. Se documenta inmediatamente sobre la organización de los servicios sanitarios y descubre una laguna, de la cual las autoridades parecen preocuparse poco, pero que a ella le parece trágica: los hospitales de la retaguardia y los del frente apenas están provistos de instalaciones de rayos X.
Sabido es que el descubrimiento de los rayos X por Roentgen, en 1895, permite explorar, sin el socorro de la cirugía, el interior del cuerpo humano, de "ver" y de fotografiar los huesos y los órganos. En 1904, Francia tiene una escasa cantidad de aparatos Roentgen, utilizados por radiógrafos. El Servicio de Sanidad Militar ha previsto para la guerra instalaciones en determinados centros importantes, juzgados dignos de ese lujo. Esto es todo.
¿Un lujo el dispositivo mágico merced al cual, en un instante, se puede descubrir y localizar, por "transparencia", la bala del fusil, los trozos del obús escondidos en las heridas?
Los trabajos de Marie no se han especializado en los rayos X, pero en la Sorbona les ha dedicado todos los años muchas lecciones. Conoce admirablemente el problema. Por una transposición espontánea de sus conocimientos científicos, prevé lo que la horrible carnicería reclamará. Hay que crear, con urgencia, puestos y más puestos de radiología. Y para seguir flexiblemente los movimientos del ejército, serán indispensables las instalaciones ligeras de radiología.
Marie reconoce el terreno e inicia, con impulso, su carrera. En algunas horas hace el inventario de los aparatos que existen en los laboratorios de la Universidad, comprendido el suyo, y hace una ronda de visitas en los dominios de los constructores. Todo el material de rayos X que puede ser utilizado se reúne, y luego se distribuye en los hospitales de la región parisiense. Entre los profesores, los ingenieros y los hombres de ciencia se reclutan los benévolos manipuladores.
Pero ¿cómo socorrer a todos los heridos que afluyen con un ritmo espantoso a las ambulancias, desprovistas de rayos X? Algunas ni siquiera tienen instalación eléctrica donde enchufar los aparatos.
La señora Curie imagina una solución. Crea, con los fondos de la Unión de Mujeres de Francia, el primer "coche radiológico". En un automóvil ordinario dispone un aparato completo Roentgen y una dínamo que, accionada por el motor del coche, produce la corriente necesaria. Este puesto móvil, completo, circula de hospital en hospital, en agosto de 1914. Y con ese único coche asegura el examen de los heridos evacuados en París durante la batalla del Marne.

Si decide vivir, serenamente, en un París atacado, bombardeado o acaso conquistado, hay un tesoro que quiere proteger del agresor: el gramo de radio que posee el laboratorio. No confiará a ningún mensajero la parcela preciosa, y decide transportarla, personalmente, a Burdeos.

Marie sube en uno de los trenes repletos de personalidades oficiales y funcionarios. Viste un guardapolvo de alpaca, negro, y lleva un pequeño maletín de mano, y un gramo de radio, es decir, una pesada caja, en la que, al abrigo de su chapa de plomo, se conservan los tubos minúsculos. Marie Curie ha encontrado, milagrosamente, una punta de banco, y ha podido colocar ante ella el pesado paquete. Resueltamente sorda a las conversaciones pesimistas de que se llena el vagón, ella contempla, por la ventana, la campiña soleada. Pero allí todo le habla también de la derrota: sobre la ruta nacional que bordea paralelamente la vía férrea, una ininterrumpida hilera de automóviles huyen hacia el oeste.
Burdeos está invadido por los franceses: los changadores, los taxis y las habitaciones en los hoteles son difíciles de encontrar. Al anochecer, Marie se halla todavía sobre la plaza de la estación, cerca de un fardo, que no tiene fuerzas para trasladar. La masa la empuja, de un lado para otro, sin alterar su humor. Llega a divertirle la situación. ¿Deberá permanecer, hasta el día siguiente, montando la guardia junto a esta caja que vale más de un millón de francos oro? No; un empleado de un ministerio, compañero suyo de viaje, la descubre y va en su auxilio. Este salvador le facilita una habitación en una casa particular. El gramo de radio, que pesa veinte kilos, queda salvaguardado. Al día siguiente, por la mañana, Marie deposita en un cofre del banco su tesoro embarazoso, y librada del mismo, emprende su viaje de vuelta a París.

París se ha salvado. Marie ha hecho regresar a sus hijas, que protestaban de semejante exilio. Eva vuelve al colegio, mientras que Irene obtiene un diploma de enfermera.

La señora Curie lo ha previsto todo: que la guerra sería larga, criminal, que cada día sería más necesario operar a los heridos sobre el mismo campo de batalla, y que los cirujanos y los radiólogos deberán permanecer al pie de la obra, en las ambulancias del frente; que sería urgente organizar la construcción intensiva de aparatos Roentgen y, por último, que los coches radiólogos estaban destinados a prestar servicios inapreciables.
Estos coches, conocidos en la zona de guerra con el nombre de "pequeños Curie", los va equipando Marie en el laboratorio, sin preocuparse de la indiferencia o la sorda hostilidad de los burócratas. La mujer tímida se ha transformado, bruscamente, en un personaje exigente y autoritario. Marie presiona a los funcionarios indolentes, reclama de ellos los "pases", los bonos de petición, los visados ... Ofrecen dificultades y enarbolan reglamentos ... "No es posible que los civiles nos molesten" ..., será la frase que demuestra el espíritu de muchos de los funcionarios; pero Marie se mantiene en su puesto, discute y triunfa.
Critica duramente a los particulares. A instancias suyas, mujeres generosas, como la marquesa de Ganay, la princesa de Murat, le dan o le prestan sus coches, que inmediatamente transforma en "puestos radiológicos". "Ya les devolveré los coches después de la guerra" —promete, con una seguridad alegre y un tanto burlona—. "Claro que lo haré si no están fuera de uso"...
De los veinte coches que pone en circulación, Marie se queda con uno para su uso personal. Es un Renault chato, con la carrocería de una camión de reparto. En este carro, cuyo exterior, de un gris reglamentario, se adorna con una Cruz Roja y una bandera francesa, pintadas en la misma plancha, Marie inicia una vida aventurera, de Gran Capitán.
Un telegrama o una llamada telefónica advierten a la señora Curie que una ambulancia llena de heridos reclama urgentemente un puesto de radiología. Marie prepara el equipo de su coche, amarra los aparatos y la dínamo. Mientras su chófer militar llena el depósito de esencia, Marie llega hasta su casa para ponerse el manto sombrío y su sombrerito de viaje, redondo y flexible, que ha perdido la forma y el color, y su valijita, un saco de cuero amarillo, rajado, despellejado. Sube al lado del conductor, sobre el asiento expuesto al viento, y en el acto el automóvil rueda vertiginosamente —es decir, a una modesta media de cincuenta kilómetros, que no puede aumentar—, hacia Amiens, hacia Yprés, hacia Verdún.
Tras las detenciones y los diálogos con los centinelas desconfiados, aparece el hospital. ¡A trabajar! La señora Curie escoge rápidamente una pieza como sala de radiología, reúne las piezas desmontables, se desenrolla el cable que unirá el aparato a la dínamo que ha quedado en el coche. Un signo al chófer, que pone en marcha la dínamo, y Marie comprueba la intensidad de la corriente. Antes de empezar el examen de los heridos, prepara aún la "pantalla radioscópica", pone a mano los guantes y las gafas de protección, los lápices especiales para marcar los hitos, el hilo de plomo que sirve para localizar los proyectiles. Quita la luz en la habitación, cerrando la ventana con los cortinajes negros que trajo consigo o, a veces, con las colchas mismas del hospital. Al lado, en un gabinete de fotografía improvisado, se colocan los "baños" en donde serán reveladas las placas. Hace media hora que Marie llegó. Y todo está listo.
Comienza el triste desfile. El cirujano se encierra con la señora Curie en el cuarto oscuro, en donde los aparatos, en pleno funcionamiento, se envuelven en un halo misterioso. Unas tras otras, van llegando las camillas donde reposan los cuerpos dolientes. El herido es colocado en la mesa de radiología. Marie prepara el aparato, asestado sobre las carnes heridas, para obtener una visión limpia. Los huesos y los órganos muestran sus siluetas precisas, y entre ellos aparece un fragmento opaco y sombrío: la bala o el trocito de obús.
Un ayudante inscribe las observaciones del médico. Marie revela un calco de la imagen, del que sacará el clisé que ayudará al cirujano cuando se haga la extracción del proyectil. A veces la operación se hace inmediatamente "bajo los rayos" mismos, y el practicante puede seguir, sobre la pantalla radioscópica, la imagen de sus pinzas avanzando en la herida y contorneando los obstáculos del esqueleto para obtener el trozo de la metralla.
Diez, cincuenta, cien heridos... Pasan horas y horas, días y días. Mientras quedan pacientes, Marie permanece, casi constantemente, encerrada en la cámara negra. Antes de abandonar el hospital, estudia el medio de hacer una instalación de radiología permanente. Por último, cuando ha embalado su material, monta de nuevo sobre el asiento de su coche mágico y regresa a París.
Marie ha removido cielo y tierra para obtener una instalación disponible, y acaba de lograrlo. La acompaña un manipulador, que ha descubierto no sabe dónde y que instruye no sabe cómo. De ahora en adelante el hospital, provisto de una sala de rayos X, no tendrá necesidad de ella.
Además de los veinte coches que ha equipado, Marie ha instalado doscientas salas de radiología. La cifra de heridos examinados por esos 220 puestos, fijos o móviles, puestos creados y montados, personalmente, por la señora Curie, pasa del millón.

¿No está disponible el chófer? Marie monta en el coche y lo conduce ella misma por las lamentables carreteras de entonces. Se la puede ver hacer girar, enérgicamente, la manivela del motor recalcitrante. Se la puede ver mover "el gato" para cambiar una rueda; también, muy severa, con el ceño fruncido, limpiar, con gestos de profesora, un carburador obturado.

En París, Irene y Eva viven casi como hijas de combatiente. Su madre no se concede un "permiso" más que cuando una crisis del riñón le obliga a permanecer algunos días tendida. Si Marie se halla en casa, es que está enferma. Si no lo está, se la encuentra en Suipper, en Reims, en Calais, en Poperinghe, en uno de los tres o cuatro hospitales franceses o belgas que visitará durante las hostilidades.

Una noche del mes de abril de 1915, Marie entra en su casa, un poco más pálida y un poco menos ágil que de costumbre. Sin contestar a las preguntas inquietas de quienes la reciben, se encierra en su habitación. Marie está enojadísima. Marie está enojadísima porque, al regresar del hospital de Forges, el chófer ha dado una violenta vuelta al volante y ha lanzado el coche a un foso. El auto ha dado una vuelta, y Marie, que viajaba en el interior, sentada entre los aparatos, se ha encontrado enterrada bajo las cajas esparcidas. Se ha sentido ofendida. No de sentirse más o menos contusa, sino de pensar —fue su primer pensamiento— que sus clisés radiológicos habían quedado hechos añicos. Pero bajo las cajas, que la aplastaban poco a poco, Marie se ha echado a reír. Su chófer había perdido toda la presencia de espíritu, y corriendo hacia el coche, se informaba a media voz:
—Señora, señora... ¿Está usted muerta?
No cuenta a nadie la aventura; se esconde para curarse las leves heridas. Un artículo en el diario y unos trozos de tela ensangrentados, encontrados en el cuartito de aseo, denunciarán el accidente a su familia. Pero cuando esto ocurre, Marie ya está fuera de su casa, con la valija amarilla, su sombrero redondo y, en su bolsillo, una cartera varonil, de cuero negro, que ha comprado para "hacer la guerra".
En 1918 olvidará esa cartera en el fondo de un cajón, y no volverá a ser tocada hasta 1934, después de su muerte. De esa cartera saldrá una tarjeta que dirá: "Señora Curie, directora de los Servicios de Radiología"; una nota de la Subsecretaría de Artillería y Municiones "autorizando a la señora Curie a hacer uso de los automóviles militares"; una docena de órdenes de "misiones especiales", de la Unión de Mujeres de Francia. Cuatro fotografías: una de Marie, una de su padre, dos de su madre, señora Sklodowska, y dos bolsitas vacías que contenían granos de plantas, enterrados, sin duda alguna, entre dos viajes, en los jardines del laboratorio. Sobre las bolsitas se leían estas palabras: "Romero oficinal. Sembrarlo de abril a junio, en planteles".
La señora Curie no ha adoptado ningún traje especial para hacer esta sorprendente vida. Sucesivamente, todos sus viejos trajes se adornan con un brazal de la Cruz Roja. No lleva jamás el velo de las enfermeras. En el hospital trabaja con la cabeza desnuda, y vestida con una simple blusa blanca de laboratorio.

Marie completa la instalación protegiendo con una impresionante fortificación de bolsas de arena el anexo que contiene las materias radiactivas. En 1915 ha traído de Burdeos su gramo de radio y lo ha puesto al servicio del país.
El radio, como los rayos X, tiene sobre el cuerpo humano diversas acciones terapéuticas. En 1914 el Estado no ha intentado ningún esfuerzo para organizar los tratamientos médicos, y Marie, una vez más, debe crear e improvisar. Destina su gramo de radio a un "servicio de emanación" cada ocho días;
Marie "trata" el “radio” del gas que desprende y encierra la emanación en los tubos, que son conducidos inmediatamente al hospital del Grand-Palais y otros centros sanitarios, donde serán empleados para la curación de cicatrices "viciosas" y otras lesiones de la piel.
Coches radiológicos, puestos radiológicos, servicios de emanación... No es bastante. La falta de manipuladores especialistas preocupa a Marie. Propone fundar y asegurar una enseñanza de radiólogos. Y poco después se reúnen veinte enfermeras en el Instituto del Radio para seguir el primer curso. El programa comprende lecciones teóricas sobre la electricidad y los rayos X, ejercicios prácticos, el estudio de la anatomía, etc. Profesores: Marie Curie, Irene Curie y una mujer encantadora y culta: la señorita Klein.
Las ciento cincuenta "técnicas" que Marie forma de 1916 a 1918 están reclutadas en todos los medios. Algunas de las alumnas son poco instruidas. El prestigio de la señora Curie las intimida primero; pero fácilmente quedan conquistadas por la acogida cordial y familiar de la profesora. Marie tiene un don prodigioso de poner la ciencia al alcance de los espíritus más simples. El gusto al trabajo bien realizado es en Marie tan fuerte que, cuando una aprendiza —una sirvienta— logra por primera vez realizar "en artista" una placa de radiografía, se alegra como de un triunfo personal.
Los aliados de Francia, a su vez, apelan a su competencia. Desde 1914 realiza frecuentes viajes a los hospitales belgas. En 1918, a petición del gobierno italiano, realiza una misión en la Italia del norte, en donde estudia las fuentes del país en materia radiactiva. Un poco más tarde acogerá en su laboratorio a veinte soldados del cuerpo expedicionario americano, que iniciará en el estudio de la radioactividad.

Su nuevo oficio la pone en contacto con los seres más diversos. Ciertos cirujanos, que comprenden la utilidad de los rayos X, la tratan en colaboradora magnífica, en ilustre colega. Otros, más ignorantes, miran con desconfianza "sus aparatos”. Tras algunas "radioscopías" concluyentes se maravillan "de que funcionen" y apenas creen lo que sus ojos ven cuando, en el lugar descubierto por los rayos y señalado por Marie, hallan bajo el escalpelo la metralla del obús, vanamente buscada en la carne doliente. Bruscamente convertidos a la nueva religión, comentan con sorpresa el hecho como si se tratara de un milagro.

Para Marie hay dos victorias, en lugar de una: Polonia renace de sus cenizas tras un siglo y medio de esclavitud y vuelve a ser un país libre.
La que fue señorita Sklodowska revive su infancia oprimida, sus luchas de juventud. Para algo ha servido que desde niña mantuviera una posición astuta ante los funcionarios del Zar, que se reuniera clandestinamente en las pobres habitaciones de Varsovia con sus camaradas de la "Universidad Volante", que enseñara a leer a los campesinos de Szczuki... El "sueño patriótico" en nombre del cual estuvo a punto, hace años, de sacrificar su vocación y hasta el amor de Pierre Curie, se convierte a sus ojos en una realidad.

¡Qué se le va a hacer! Sin abandonar su oficio de guerra (durante dos años más, todavía las aprendizas radiólogas irán al Instituto del Radio para seguir los cursos), Marie se dedica a la pasión de su vida: la física. Se le pide que escriba un libro sobre la Radiología y la Guerra y en él exalta la bondad de los descubrimientos científicos, la eterna investigación, su valor humano. Marie ha encontrado en la trágica experiencia más razones para adorar la ciencia.

Queriendo, como tantas otras, ponerme al servicio de la defensa nacional en los años que acabamos de atravesar, me orienté inmediatamente hacia la radiología...

No obstante, hay un detalle que nos demuestra que tenía conciencia de haber ayudado a Francia de la mejor manera posible. Años atrás rehusó —como más tarde rehusará de nuevo— la Legión de Honor. Pero sus íntimos saben que si, en 1918, hubiera sido propuesta para el grado de caballero a título militar, hubiera aceptado esa cinta única.
Esta ligera derogación de sus principios le fue ahorrada. Muchas mujeres recibieron condecoraciones, rosetas... Mi madre no tuvo nada. Unas semanas después, el papel que ella ha interpretado durante el gran drama se borra de todas las memorias. Y a pesar de sus servicios bastante excepcionales, nadie piensa en colocar una pequeña cruz de soldado sobre el vestido de la señora Curie.


Capítulo 22
La paz. Las vacaciones en L’Arcouest

El mundo descubre de nuevo la tranquilidad. Marie, con fe y esperanza, que irán debilitándose paulatinamente, sigue, de lejos, los trabajos de quienes organizan la paz. Esta idealista fue, naturalmente, seducida por las doctrinas wilsonianas, por la Sociedad de Naciones. Obstinadamente busca remedios a la barbarie de los pueblos y sueña con un tratado que borre verdaderamente los rencores y los odios.
—O hay que exterminar a los alemanes hasta el último hombre, lo que no podría aconsejar —dice, a veces—, o bien hay que ofrecerles una paz que puedan soportar...
Se reanudan las relaciones entre los hombres de ciencia de los países vencedores y vencidos. Antes de recibir a un físico alemán, pregunta:
— ¿Ha firmado el manifiesto de los noventa y tres?
Si lo ha firmado, lo recibe cortésmente; y, si no, se muestra muy fraternal y como si la guerra no se hubiera producido; habla libremente de los temas científicos con su colega.
Este rasgo de un valor efímero revela la alta idea que Marie tiene de los deberes de los intelectuales en los días de agitación. No piensa que los altos espíritus puedan estar "por encima de la batalla". Durante cuatro años ha servido lealmente a Francia y ha salvado muchas vidas humanas. Pero no admite que los intelectuales se hagan cómplices de ciertos actos. La señora Curie condena a los escritores y a los hombres de ciencia del otro lado del Rin que firmaron el manifiesto, como condenará a los sabios rusos que aprobaron los procedimientos de la política soviética. Un intelectual traiciona su misión si no es el más constante defensor de la civilización y la libertad de pensamiento.
Marie no se ha transformado en una mujer belicosa ni sectaria al tomar parte en la lucha. Continúa siendo una mujer dedicada exclusivamente al estudio, y así la volvemos a encontrar en 1919 al frente de su laboratorio.

Su primera preocupación es la de no malgastar la obra excepcional realizada durante la guerra: los servicios de emanación y la distribución de tubos "activos" a los hospitales continúan bajo la dirección del doctor Regaud, quien, ya desmovilizado, toma de nuevo posesión del pabellón de biología. En el pabellón de física, la señora Curie y sus colaboradores se inclinan sobre las experiencias interrumpidas en 1914, al principio de las hostilidades.
Una vida más reposada permite a Marie preocuparse del porvenir de Irene y Eva, que ya son mucho más altas que la madre. La mayor, estudiante de veintiún años, tranquila y maravillosamente equilibrada, no ha dudado un solo instante de su vida en la carrera a seguir: quiere ser profesora de física y dedicarse, precisamente, al estudio del radio. La gloria y la obra de sus padres no la descorazonan ni la intimidan. Y, con simplicidad y naturalidad dignas de admiración, Irene Curie inicia su vida por el mismo sendero que sus padres. No pregunta si su carrera será más o menos brillante que la de su madre, no se siente oprimida por un nombre demasiado famoso. Su sincero amor a la ciencia y sus dones no le inspiran más que una ambición: trabajar para siempre en ese laboratorio que ha visto construir y del cual, desde 1918, ha sido nombrada "preparadora delegada".
Marie desearía que su hija Eva, bien dotada para el estudio de las ciencias, fuera doctora en medicina y estudiara las aplicaciones médicas del radio. Pero, a pesar de ese deseo, no le impone esa orientación. Con una incansable solidaridad respeta todos los caprichos de su hija, y celebra verla estudiar música, dejándole en libertad para que escoja sus profesores y hasta los métodos de trabajo... Concede toda clase de libertad a un ser minado por la duda y que hubiera tenido necesidad de obedecer firmes indicaciones.

En verano, Marie se reúne con sus hijas en Bretaña. En el pueblo de L’Arcouest, en un país encantador, que no invade la multitud vulgar, las tres amigas pasan unas vacaciones magnificas.

La población de este rincón, situado al borde de la Mancha, cerca de Paimpol, se compone únicamente de marineros, de cultivadores... y de profesores de la Sorbona. El descubrimiento de L’Arcouest por el historiador Charles Seignobos y el biólogo Louis Lapicque, en 1895, tiene entre el grupo de universitarios la misma importancia que el viaje de Cristóbal Colón. La señora Curie, que ha sido la última en llegar a esa colonia de sabios, que un periodista espiritual denominará "Fort-la-Sciencie", ha vivido primero en una casa particular, luego ha alquilado una villa y más tarde la ha comprado. Marie ha escogido un terreno desde el cual se domina un mar tranquilo, salpicado de innumerables islas, grandes y pequeñas, que privan a las olas de alta mar de chocar violentamente en las costas. Es el lugar más aislado y más oreado. Tiene preferencia por las casas-faros. Todas las casas veraniegas que alquila o las que más tarde hará construir, se parecen. Un gran terreno y una casa pequeña.
Las habitaciones estarán mal arregladas, casi deterioradas, y amuebladas con modestos enseres. Pero la vista que se divisa desde las ventanas es siempre magnífica.
Los raros transeúntes que Marie encuentra todas las mañanas —encorvadas bretonas; campesinos de lentos andares; niños cuya sonrisa descubre la dentadura— pronuncian al pasar unos sonoros "¡Buenos días, señora Curie!", con un acento bretón que arrastra las sílabas. Y — ¡milagro!—, Marie, sin intentar la huida, sonríe y contesta con el mismo tono: "¡Buenos días, señora Le Golff...! ¡Buenos días, señor Quintín!". O, simplemente, "¡Buenos días!", cuando, apenada, no reconoce al interlocutor. Los habitantes de un pueblo no conceden de buen grado sus saludos sencillos, y de igual a igual, a las gentes altaneras. Los conceden, únicamente, a quienes demuestran un claro sentido de lo afectuoso. No es el radio —o como ellos pronuncian "radiom"-, ni que los diarios hablen de esa señora, lo que valió a Marie estas muestras de afecto. Se la ha considerado digna del cariño y de la estima después de las dos o tres temporadas que ha pasado en el pueblecito, y cuando las mujeres de cabellos lisos, bajo las cofias de blancas puntas, han reconocido en ella una mujer de su clase, una campesina.

Tras la comida, la señora Curie, envuelta en una pelerina que posee desde hace quince o veinte años, se pasea a grandes zancadas del brazo de sus hijas. Por los obscuros senderos, tres siluetas llegan a Taschen -siempre Taschen!—. En la sala común por tercera vez en el día, se reúnen los larcouestianos. Alrededor de la gran mesa se juega "a las letras". Marie es una de las más hábiles en formar palabras complicadas con los caracteres de cartón sacados de una bolsa, y se la considera como un campeón. Se disputan su colaboración. Otros veraneantes, agrupados alrededor de la lámpara de petróleo, leen o juegan al ajedrez.
Los días de gala, actores, autores aficionados, representan ante un público distinguido charadas, canciones con mímica y revistas teatrales, en donde se celebran los acontecimientos heroicos de la estación. Una carrera agitada entre dos embarcaciones rivales, el traslado peligroso de una enorme roca que obstruía el desembarcadero —operación de gran envergadura, llevada a cabo, perfectamente, por una asamblea de técnicos sobreexcitados—, los desastres del viento este, odiado por todos, un naufragio tragicómico y los crímenes de un tejón fantasmagórico, que, periódicamente, es acusado de devastar el huerto de Taschen.

Silenciosamente asistía mi madre a estas fiestas. Sus amigas, que conocían el punto vulnerable de esta mujer tímida, reservada en sus primeros momentos de relación, y casi severa, no dejaban de acercarse para decir que Irene bailaba bien o que Eva lucía un hermoso traje. Y, repentinamente, sobre el fatigado rostro de Marie Curie aparecía una exquisita e inocente sonrisa de orgullo.


Capítulo 23
América

Una mañana del mes de mayo de 1920 penetra una dama en la minúscula salita de espera del Instituto del Radio. La dama en cuestión se llama señora de William Brown Meloney, y dirige, en Nueva York, una gran revista. Es imposible reconocer en ella a una mujer de negocios. Es pequeña, delicada, casi enferma. Tiene cabellos grises y en su hermoso rostro, pálido, poéticos y grandes ojos negros. Al hablar con la criada de servicio, le pregunta, temblorosa, si la señora Curie no habrá olvidado la cita que le diera.
Esta cita la espera la señora de William Brown Meloney desde hace algunos años.
La señora Meloney es uno de tantos seres, cada día más numerosos, a quienes la obra de la señora Curie exalta. La ilustre profesora representa para ellos la más alta imagen de la mujer. Y como esa idealista americana es al mismo tiempo una gran periodista, ha hecho esfuerzos inimaginables para poderse acercar a su ídolo.
Tras múltiples peticiones de entrevistas periodísticas, que quedaron sin respuesta, la señora Meloney logra que llegue a manos de Marie, por conducto de un profesor de física amigo, una carta que dice así:
...Mi padre, que era médico, me decía siempre que es imposible exagerar la escasa importancia de los seres. Pero hace veinte años, señora, que es usted importante a mis ojos, y deseo verla durante unos minutos.

Al día siguiente, Marie la recibía en su laboratorio:
Se abrió la puerta —escribirá la señora Meloney—y apareció una señora pálida y tímida, con el rostro más triste que jamás había visto. Llevaba un vestido negro, de algodón. Su figura magnífica, paciente y dulce, tenía la expresión ausente y desprendida de los seres dedicados al estudio. Repentinamente, tuve la impresión de ser una intrusa.
Mi timidez todavía se hizo mayor que la de la señora Curie. Hacía veinte años yo era una reportera profesional y, no obstante, no llegaba a hacer una sola pregunta a esta mujer indefensa, vestida de negro. Intenté explicarle que las americanas se interesaban por su gran obra, intenté excusarme por mi indiscreción y para calmarme, la señora Curie habló de América.
—América posee alrededor de cincuenta gramos de radio —me dijo—: cuatro en Baltimore, seis en Denver y siete en Nueva York...
Continuó la enumeración, citándome la residencia de cada partícula.
— ¿Y en Francia? —pregunté.
—Mi laboratorio posee un poco más de un gramo de radio.
— ¿Usted no tiene más que un gramo de radio?
— ¿Yo? ¡Oh, yo no tengo nada en absoluto!... Ese gramo pertenece a mi laboratorio.
Le hablé de la patente, de los beneficios que deberían haber hecho de ella una mujer riquísima. Apaciblemente me contestó:
—El radio no debe enriquecer a nadie. Es un elemento. Pertenece a todo el mundo.
—Si usted pudiera designar la cosa de lo que tenga más deseos en el mundo —pregunté impulsivamente—, ¿qué pediría usted?
Era una pregunta estúpida, pero que se reveló fatídicamente.
...Aquella semana me enteré de que el valor comercial de un gramo de radio era de cien mil dólares; aprendí, también, que el laboratorio de la señora Curie, a pesar de que era nuevo, no poseía los medios necesarios para el trabajo, y que su provisión de radio estaba consagrada enteramente a la preparación de tubos de emanación para los tratamientos médicos.

¿Se imaginan la sorpresa de esta americana, culta e inteligente? La señora Meloney conocía, por haberlos visitado, los poderosos laboratorios de los Estados Unidos, el de Edison, semejante a un palacio... Al lado de esas grandiosas moradas, el Instituto del Radio, nuevo y decente, pero construido en la modesta escala de los edificios universitarios franceses, parecía miserable. La señora Meloney conocía también las fábricas de Pittsburgh, en donde se trataba macizamente los minerales de radio. Evocó los penachos de humo negro y las largas filas de vagones cargados de carnotita que contiene la preciosa materia...
La señora Meloney está en París, en una oficina mal amueblada, y frente a la mujer que ha descubierto el radio. La periodista acababa de preguntar:
— ¿Qué pediría usted?
Y la señora Curie contesta, dulcemente:
—Tengo necesidad de un gramo de radio para poder continuar mis investigaciones, pero no puedo comprarlo. El radio es demasiado caro para mí.
La señora Meloney concibe un proyecto magnífico: quiere que sus compatriotas ofrezcan un gramo de radio a la señora Curie. A su regreso a Nueva York intentará persuadir a diez mujeres millonarias para que cada una de ellas entregue diez mil dólares para comprar ese gramo. No tiene éxito. No encuentra más que tres mecenas dispuestas para tan bello gesto. "¿Para qué buscar diez mujeres ricas?, se pregunta entonces, ¿por qué no se organiza una suscripción entre las mujeres de América, pobres y ricas?
Nada es imposible en los Estados Unidos. La señora Meloney crea un comité, cuyos miembros activos son las señoras de William Vaigh Moody, Robert G. Mead, Nicholas F. Brady y los doctores Robert Abbe y Francis Carter Wood. Y lanza, luego, en todos los pueblos del Nuevo Mundo, la campaña nacional Marie Curie Radio Fund. Y apenas ha transcurrido el año de su visita a "la mujer vestida de algodón negro", puede escribir a la señora Curie:
¡Se ha encontrado el dinero, y el radio es para usted!

Las mujeres americanas, generosas, ofrecen a Marie Curie una ayuda inestimable. Pero en cambio, le piden gentil y amistosamente:
— ¿Por qué no viene a vernos? ¡Tenemos tantos deseos de conocerla!
Marie duda. Siempre ha rehuido las multitudes. Los fastos y los actos de una visita a América, al país más sediento de publicidad del mundo, le asustan.
La señora Meloney insiste, apartando cada una de las objeciones:
— ¿Dice usted que no quiere separarse de sus hijas? También invitamos a sus hijas. ¿Le fatigan las solemnidades? Estableceremos el programa de recepciones más razonable. Venga. Le haremos hacer un viaje agradable, y el gramo de radio le será entregado, solemnemente, por el Presidente de los Estados Unidos en persona, en la Casa Blanca.
La señora Curie se emociona, domina sus temores, y a los cincuenta y cuatro años acepta, por primera vez en su vida, las obligaciones de un viaje oficial.
Sus hijas, encantadas con la aventura, hacen los preparativos del viaje. Eva obliga a su madre a comprarse uno o dos vestidos, y la persuade a dejar en París sus trajes favoritos, los más lustrosos, los más gastados. Alrededor de la señora Curie se agita todo el mundo. Los periódicos describen las ceremonias que esperan a Marie al otro lado del Atlántico, y los poderes públicos buscan las distinciones de que podrían rodear a la ilustre profesora, a fin de que llegue a los Estados Unidos con títulos oficiales dignos de su reputación. Es poco comprensible, para los americanos, que la señora Curie no forme parte de la Academia de Ciencias... ¡Es sorprendente que no tenga la Legión de Honor! Repentinamente, le ofrecen la cruz, pero la rechaza por segunda vez. Más tarde, solicitará que se conceda el grado de caballero a la señora Meloney.

Nueva York, esbelta, audaz, encantadora, aparece entre la niebla del buen tiempo. La señora Meloney, que ha hecho la travesía con la familia Curie, advierte a Marie que los periodistas, los fotógrafos y los operadores de cine la esperan. Una inmensa multitud, apretujada en el muelle de desembarco, vigila la llegada de la profesora. Los innumerables curiosos permanecerán durante cinco horas de pie, antes de que puedan divisar a aquella mujer que los diarios, con enormes títulos, califican de la “BIENHECHORA DE LA RAZA HUMANA".
Se distinguen batallones de "girls-scouts" y de estudiantes, una delegación de trescientas mujeres que agitan sus pañuelos rosa y blanco, y que representan a las organizaciones polacas de los Estados Unidos. Los colores brillantes de las banderas americanas, francesas y polacas flotan por encima de millares de espaldas prensadas y de rostros curiosos.
Sobre el puente superior del Olympic han instalado a Marie en un gran butacón. Le han desposeído de su sombrero y de su valijita. Los gritos imperiosos de los fotógrafos:
— ¡Mire acá, señora Curie! ¡Vuelva la cabeza a la derecha! ¡Levante la cabeza! ¡Mire por aquí! ¡Por aquí! ¡Por aquí! — dominan los mecanismos rápidos de cuarenta aparatos de fotografía y de cinema que, colocados en semicírculo, apuntan, amenazadores, su rostro sorprendido y fatigado.

Irene y Eva sirven de guardias de corps durante estas semanas agotadoras y apasionantes. Las dos hijas no podrán hacerse una idea clara de los Estados Unidos a través de los desplazamientos en coches especiales, los banquetes de quinientos cubiertos, las ovaciones de las multitudes y los asaltos de los reporteros. Para penetrar en el encanto de un gran país es necesario más libertad y más calma. La "gira Barnum" no les dejará apreciar el país, pero en cambio les dará ciertas revelaciones sobre su madre...
Los esfuerzos encarnizados de la señora Curie para permanecer en la sombra han sido en Francia parcialmente coronados por el éxito. La paciente enemiga de la gloria ha logrado convencer a sus compatriotas, y hasta a sus íntimos, de que un sabio eminente no es un personaje importante. Pero a su llegada a Nueva York cae el velo y aparece la verdad. Irene y Eva descubren bruscamente lo que la borrosa mujer, cerca de la cual han vivido, significa para el universo.
Cada discurso, cada movimiento de la multitud, cada artículo de diario, aporta el mismo mensaje. Antes de conocerla, los americanos rodeaban a la señora Curie de un verdadero culto y la colocaban en la primera línea de los mortales. Ahora que la tenían entre ellos, millares de seres admiraban el sencillo encanto de la viajera fatigada, sentían inmediata simpatía por la mujercita tímida y la ilustre figura científica pobremente vestida.
Lejos de mí la pretensión de definir aquí el alma de un pueblo, y no voy a juzgar a América por los títulos de sus diarios. No obstante, el irreprimible empuje de entusiasmo con el cual las mujeres y los hombres de los Estados Unidos acogieron a Marie Curie ¿no tiene un sentido profundo? Los pueblos latinos atribuyen a los americanos el genio práctico, pero, por una singular vanidad, se reservan el monopolio del idealismo, de la sensibilidad. Y, no obstante, es una oleada de idealismo la que se desliza a los pies de Marie. Una señora Curie altiva, enriquecida por sus descubrimientos científicos, hubiera provocado en los Estados Unidos curiosidad, pero no hubiera suscitado esta ternura colectiva. Por encima del personaje científico asustado, los americanos aclamaban una actitud ante la vida que los emocionaba: el desprecio de la ganancia, la devoción a una pasión intelectual y el gusto de servir.
—Habrá traído usted su vestido universitario —se informa la señora Meloney—. Para estas ceremonias es indispensable...
La sonrisa inocente de Marie provoca la consternación general. Marie no ha llevado consigo el vestido universitario por la sencilla razón de que jamás lo poseyó. Los profesores de la Sorbona deben tenerlo, pero Marie, única profesora de su sexo, ha dejado a los hombres el placer de encargarse ese vestido.
Un sastre, llamado urgentemente, confecciona rápidamente el majestuoso vestido de seda con el revés de terciopelo sobre el cual colocarán las brillantes chapas que acompañan los títulos de doctor. En las pruebas Marie se mueve, se agita impaciente, y afirma que las mangas le estorban o que la tela es demasiado pesada y, sobre todo, que la seda irrita sus pobres dedos destrozados por el radio...
Por último, el día 13 de mayo todo está listo. Y tras un almuerzo en casa de la señora Andrew Carnegie y una rápida visita a Nueva York, la señora Curie, la señora Meloney, Irene y Eva parten para el viaje meteórico.

En las ceremonias del siguiente día y el otro, en que quinientos setenta y tres representantes de las sociedades científicas americanas se reúnen en el Waldorf Astoria para recibirla, Marie vacila ya de fatiga. Entre la masa robusta, escandalosa, ardientemente demostrativa, y una mujer frágil que acaba de abandonar una vida monástica, la lucha es desigual. Marie se halla aturdida por el griterío y las aclamaciones. Las innumerables miradas que sobre ella se ponen la asustan y también la violencia con la cual el público se atropella a su paso. Vagamente teme ser triturada entre estas agitaciones. Una fanática le dejará magullada la mano en un exaltado apretón y la profesora deberá terminar su viaje con un puño oprimido y el brazo en cabestrillo, herida por la gloria.

Llega el gran día.

HOMENAJE AL GENIO...
UNA BRILLANTE ASISTENCIA REUNIDA EN LA CASA BLANCA RINDE HOMENAJE A UNA MUJER ILUSTRE..
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El día 20 de mayo, en Washington, el presidente Harding entrega a la señora Curie el gramo de radio, o mejor aún, su símbolo. Un cofrecillo guarnecido de plomo ha sido construido especialmente para albergar los tubos, pero estos tubos son tan preciosos y tan peligrosos también por sus radiaciones, que los han dejado en la fábrica bien seguros. Es un cofrecillo conteniendo un "radio imitación" el que se halla expuesto sobre una mesa en el centro del East Room, en donde se apretujan diplomáticos, altos funcionarios de la magistratura, del ejército, de la marina y representantes de la Universidad...
Las cuatro de la tarde. Se abre una puerta de dos hojas para que entre el cortejo. La señora Harding del brazo del señor Jusserand, embajador de Francia; luego la señora Curie del brazo del presidente Harding. Después la señora Meloney, Irene y Eva Curie y las damas del Marie Curie Committee.
Empiezan los discursos. El último es el del presidente de los Estados Unidos. Se dirige cordialmente "a la noble criatura, a la esposa devota, a la madre ejemplar que, además de su labor agotadora, ha cumplido todas las funciones de la mujer". Entrega a Marie un rollo de pergamino atado con una cinta tricolor y le cuelga del cuello una cinta de muaré de la que pende una minúscula llave de oro: la llave del cofrecito.
Las palabras de gratitud de Marie son escuchadas religiosamente. Luego, tras una gritería alegre, los invitados pasan al Blue Room para desfilar ante la ilustre profesora. La señora Curie, sentada en una silla, sonríe silenciosamente a quienes, uno por uno, se adelantan hacia ella. Sus hijas dan las manos en nombre suyo, y, según la nacionalidad de los interlocutores, que la señora Harding presenta, pronuncian fórmulas de cortesía en francés, inglés o polaco. Ya no queda más que rehacer el cortejo y salir a la gradería exterior donde espera un ejército de fotógrafos.
Los privilegiados que asisten a la fiesta, los periodistas que anuncian con grandes títulos

LA DESCUBRIDORA DEL RADIO RECIBE DE SUS AMIGOS AMERICANOS UN TESORO INESTIMABLE

Se quedarían bastante sorprendidos si supieran que Marie Curie se ha adelantado a desprenderse de este gramo de radio que le ha entregado el presidente Harding. La víspera de la ceremonia, cuando la señora Meloney ha sometido a su aprobación el pergamino de la donación, ha leído el documento con atención y luego ha dicho tranquilamente:
—Hay que modificar esta acta. El radio que me ofrece América debe pertenecer para siempre a la ciencia. Mientras viva, lo usaré yo, desde luego, únicamente en trabajos científicos, pero si dejáramos las cosas en este estado, el radio, después de mi muerte, se convertiría en el patrimonio de personas particulares, de mis hijas. Esto es imposible. Yo deseo hacer donación de él a mi laboratorio. ¿Puede usted llamar a un notario?
—Pero... claro —contesta la señora Meloney un poco extrañada—. Si a usted le parece, nos ocuparemos de estas formalidades la semana próxima...
—No, la semana próxima, no. Mañana tampoco. Esta noche. El acta de donación va a entrar en vigor y yo puedo morirme dentro de unas horas.
Un notario, encontrado con grandes dificultades, a una hora improcedente, ha redactado ante Marie el acta adicional que la ilustre profesora ha firmado inmediatamente.

Visita la fábrica de radio de Pittsburgh en donde fue purificado el famoso gramo. En la Universidad, todavía un nuevo grado de doctor. Marie se ha puesto nuevamente su vestido de profesor, que le sienta muy bien y que lleva con holgura, pero se niega a cubrir sus cabellos grises con el tradicional bonete cuadrado. Lo encuentra horroroso y se excusa diciendo que "no se le aguanta". Permanece con la cabeza al aire y el birrete en la mano en medio de una multitud de estudiantes y de profesores cubiertos con aquellos cuadrantes negros y severos. ¡La coqueta más astuta no hubiera hecho un cálculo mejor! Marie no sospecha la belleza inmaterial de su rostro entre las cabezas cubiertas de los demás.
Marie se pone tiesa para no desfallecer durante la ceremonia, recibe ramos de flores, escucha los discursos, los himnos, los cánticos, pero al día siguiente circula la noticia temida: la señora Curie está demasiado débil para continuar el viaje. Bajo la indicación de los médicos, renuncia a la gira por las poblaciones del oeste, en donde se anulan las recepciones preparadas en su honor.
Los periódicos americanos redactan un mea culpa y acusan inmediatamente a su país de haber infligido tan duras pruebas a una anciana enfermiza. Los artículos son encantadores por lo humanos y pintorescos.

¡DEMASIADA HOSPITALIDAD!, proclama un diario con letras enormes—: "Las mujeres americanas han dado pruebas de una inteligencia superior yendo en ayuda de una ilustre investigadora. Pero amargas críticas podrían condenarnos de hacer pagar nuestro regalo a la señora Curie con su propia vida, por la sola satisfacción de nuestro orgullo". En otro diario se declara netamente "que cualquier director de circo o de music-hall hubiera ofrecido a la señora Curie una suma más elevada del precio del gramo por una mitad de trabajo". Y los pesimistas toman a lo trágico el acontecimiento: "Estuvimos a punto de matar al mariscal Joffre por nuestro exceso de entusiasmo. ¿Vamos a matar a la señora Curie?"
Marie ha sido franca con sus admiradores americanos, y éstos ganaron el primer round. De ahora en adelante, los organizadores del viaje usarán de todos los medios para conservarle el descanso. La señora Curie tiene la costumbre de descender de los ferrocarriles por la vía contraria y eclipsarse, atravesando los rieles para evitar a la multitud excitada que la espera en el andén. ¿Se anuncia su llegada a Buffalo? Pues se detiene en la estación precedente, Niágara Falls, porque quiere visitar en paz las famosas cataratas del Niágara. Pero el comité de recepción de Buffalo no renuncia a recibir a Marie Curie y los automóviles corren hacia Niágara Falls, para alcanzar a la fugitiva.
Irene y Eva, que fueron simples miembros de la escolta, se convierten en lo que en argot teatral se denomina "el doble". Irene, vestida con el traje universitario, recibe en el lugar y puesto de la señora Curie los grados "honoris causa". Los graves oradores, dirigiéndose a Eva, una niña de dieciséis años, largan los discursos preparados para la ilustre investigadora, hablándole de "sus magníficos trabajos", de "su larga vida de labor" y esperando de ella una contestación pertinente. En las ciudades donde muchas damas del comité se disputan el honor de albergar a Marie, se desmembra la familia Curie y se entrega a Irene y a Eva a los huéspedes más insistentes.

El día 17 de junio la señora Curie, por segunda vez, se confiesa vencida e interrumpe su gira. Su tensión sanguínea, terriblemente baja, inquieta a los médicos. Marie toma un descanso, recupera más energías para dirigirse a Boston y a New Haven, a las universidades de Wellesley, Yale, Harvard, Simons, Radcliffe, y el día 28 de junio se embarca, de nuevo, en el Olympic. Su cabina está llena de montones de telegramas y de canastas de flores.
El nombre de una gran "vedette" venida de Francia va a reemplazar su nombre en los títulos de los diarios: el boxeador Georges Carpentier, precedido de una reputación inmensa, acaba de llegar a los Estados Unidos y los reporteros están desesperados por no poder arrancar a la señora Curie el menor pronóstico sobre el combate de Carpentier con Dempsey...


Capitulo 24
Plenitud

Creo que el viaje a los Estados Unidos fue para mi madre una enseñanza. Le demostró que el aislamiento voluntario en que se había confinado era paradójico. Una estudiante puede encerrarse en una buhardilla con sus libros; una investigadora aislada puede abstraerse del siglo y concentrarse enteramente en sus trabajos personales, y es más: debe ser así. Pero una señora Curie, de cincuenta y cinco años de edad, es otra cosa que una estudiante o una investigadora. Marie es responsable de una nueva ciencia y de una nueva terapéutica. El prestigio de su nombre es tal que, por un simple gesto, por un acto de presencia, puede conseguir tal proyecto de interés general que le apasiona. De ahora en adelante reservará en su vida un lugar a estos intercambios y a estas misiones.

Cuatro semanas en Río de Janeiro, adonde va con Irene para dar conferencias, son para ella un descanso agradable. Todas las mañanas nada, de incógnito, en la playa. Por la tarde hace excursiones a pie, en coche y hasta en hidroavión. Italia, Holanda, Gran Bretaña la acogen en diferentes ocasiones. En 1931 realiza con Eva un inolvidable viaje por España. El presidente Masaryck, un campesino como ella, la invita a pasar una temporada en su casa de campo, en Checoslovaquia.
En Bruselas, adonde va con regularidad al Congreso Solvay, no es tratada como extranjera distinguida, sino como visita de costumbre y como vecina. A Marie le encantan estas reuniones en que aquellos a quienes llama en una carta "los enamorados de la física" discuten los descubrimientos y las nuevas teorías. Una visita o una cena en casa de los soberanos completan a menudo sus estadas en Bélgica. El rey Alberto y la reina Elisabeth, que Marie encontró años atrás en el frente belga, la honran con una exquisita amistad.
No hay un solo rincón del mundo donde su nombre sea desconocido. ¿No se encuentra en una vieja casita de una provincia china, en el "templo de Confucio de Tai Yuan Fú", un retrato de la señora Curie? Los sabios del país la han colocado entre las efigies de los "bienhechores de la humanidad" junto a Descartes, Newton, los Budas y los grandes emperadores de China...
EL 15 de mayo de 1922 el Consejo de la Sociedad de Naciones, por unanimidad, nombra a la señora Curie-Sklodowska miembro de la Comisión internacional de cooperación intelectual. La señora Curie-Sklodowska, acepta.
Esto es, en la existencia de Marie, una fecha importante. Desde que es famosa, centenares de obras, ligas y asociaciones le han pedido el apoyo de su nombre. Ni una sola vez lo ha concedido. Marie no quiere formar parte de comités de los que no tiene tiempo de ocuparse. Sobre todo desea guardar en todas las circunstancias una absoluta neutralidad política. Se niega a abdicar del hermoso título de mujer dedicada pura y exclusivamente a los estudios, para lanzarse en las luchas de opinión, y el más inofensivo de los manifiestos no recogerá jamás su firma.
La adhesión de la señora Curie al esfuerzo de la Sociedad de Naciones tiene una significación particular. Será su única infidelidad a la investigación científica.
La Comisión internacional de cooperación intelectual agrupa personalidades brillantísimas: Bergson, Gilbert Murray, Jules Dastrée, Albert Einstein, el profesor Lorentz, Paul Painlevé y otros muchos. Marie será la vicepresidenta. Forma parte de muchos comités técnicos, así como también del comité de dirección del Instituto de cooperación intelectual, de París.

En fin — ¡oh, paradoja!—, la ilustre investigadora científica, que ha apartado de sí el provecho material, se convierte para sus colegas en el campeón de "la propiedad científica" y quiere establecer unos derechos de autor para los hombres de ciencia, retribuyendo los trabajos desinteresados que han servido de base a las aplicaciones industriales. Su sueño es encontrar así un remedio a la miseria de los laboratorios, obteniendo, sobre los beneficios comerciales, subvenciones para la investigación pura.
Una sola vez abandona las cuestiones prácticas y se traslada a Madrid, en 1933, para presidir un debate sobre "El porvenir de la cultura", en el cual participan escritores y artistas de todos los países: "los donquijotes del espíritu que se pelean contra sus molinos de viento", dirá Paul Valery, el iniciador de la reunión. Sorprende a sus colegas por su cortés autoridad, por la originalidad de sus intervenciones. Los miembros del Congreso lanzan gritos de alarma, denuncian los peligros de la especialización, de la estandarización y acusan a la ciencia de ser, en parte, responsable de la "crisis de la cultura" que sufre el mundo. Y es admirable ver a Marie Curie —la más "donquijote", acaso, de todos los donquijotes presentes— defender con la misma fe que antes el amor a la investigación, el espíritu de aventura y de empresa, en una palabra, las pasiones que han guiado constantemente su vida.
Soy de los que piensan que la ciencia tiene una gran belleza —contesta a sus interlocutores—. Un sabio en su laboratorio no es solamente un teórico. Es también un niño colocado ante los fenómenos naturales que le impresionan como un cuento de hadas. No debemos dejar creer que todo progreso científico se reduce a mecanismos, máquinas y engranajes, que, de todas maneras, tienen su belleza propia.
...Tampoco creo que peligre en nuestro mundo la desaparición del espíritu de aventura. Si veo alrededor mío algo de vital es precisamente este espíritu de aventura que parece indesarraigable y que, claro está, se halla emparentado con la curiosidad...

Dos, tres, cuatro viajes a Polonia.
No es descanso, sino el olvido de preocupaciones, lo que la señora Curie busca cerca de los suyos. Desde que Polonia ha vuelto a ser libre. Marie está atormentada por un gran proyecto: crear, en Varsovia, un Instituto del Radio, centro de investigaciones científicas y del tratamiento del cáncer.
Su obstinación no basta para vencer las dificultades. Polonia, convaleciente de una larga esclavitud, es pobre: pobre de dinero, pobre de técnicos. Y Marie no tiene el tiempo material de hacer personalmente las visitas necesarias para reunir fondos. ¿Hay que nombrar la aliada que encuentra a su lado, desde el primer llamamiento? Bronia, entorpecida por la edad, pero tan entusiasta como hace treinta años, comienza a trabajar. Bronia es, a la vez, arquitecto, peticionario, tesorero... El país se inunda rápidamente, de carteles, de estampillas de correo llevando la efigie de Marie. Se pide dinero o ladrillos: "¡Compre un ladrillo para edificar el Instituto Marie Sklodowska Curie!", proclaman miles de tarjetas postales que reproducen en facsímile una declaración manuscrita de la ilustre investigadora: "Mi más ardiente deseo es la creación de un Instituto de Radio en Varsovia". Esta campaña tiene el generoso sostén del Estado, de la villa de Varsovia y de las más importantes instituciones polacas.
La provisión de ladrillos aumenta, y en 1923 Marie vuelve a Varsovia para poner los cimientos del Instituto. Visita triunfal, recuerdos del pasado, promesas para el futuro... El fervor de un pueblo entero acompaña a aquella a quien un orador califica de "la primera dama de honor de nuestra graciosa soberana, la República Polaca". Las universidades, las academias y las poblaciones le conceden los más hermosos títulos honoríficos, y el mariscal Pilsudski inicia, en algunos días, cordiales relaciones con Marie. Una soleada mañana, el presidente de la República pondrá el primer ladrillo del Instituto; Marie, el segundo, y el presidente de la Municipalidad de Varsovia, el tercero...
Ninguna gravedad oficial en estas ceremonias. No es por simple delicadeza por lo que el jefe del Estado, Stanislas Wojciechowski, se maravilla de la perfección con que Marie habla su lengua natal, después de tan largo exilio... ¿No era, en París, un camarada de la señorita Sklodowska? Y las anécdotas esmaltan el diálogo:
—¿Se acuerda de la almohada de viaje que me prestó, hace treinta y tres años, cuando regresé a Polonia para una misión política secreta? —pregunta el presidente a Marie, y añade—: Me fue muy útil.
— ¡Claro que me acuerdo! ... ¡y me acuerdo —responde Marie— que se olvidó de devolvérmela!

Los años pasan, los ladrillos se convierten en paredes, y Marie y Bronia no están al cabo de sus penas. A pesar de que cada una de ellas ha dado una parte de sus economías para la obra, falta dinero para poder comprar la indispensable provisión de radio, con el cual se han de emprender los tratamientos del cáncer.
Marie no pierde la esperanza, y sondea el horizonte, dirigiendo su mirada hacia el oeste, hacia los Estados Unidos, que una vez ya la ayudaron tan magníficamente, hacia la señora Meloney. La generosa americana sabe que el Instituto de Varsovia es, para Marie, tan estimado como el laboratorio de París. Se cumple el nuevo milagro y se reúne el dinero necesario para un gramo de radio; el segundo gramo que América ofrece a la señora Curie. Todo empieza de nuevo. Como en 1921, Marie se embarca, en octubre de 1929, para Nueva York. Va a dar las gracias en nombre de Polonia. Como en 1921, es aplastada por los honores. Durante el viaje, el presidente Hoover la invita a vivir en la Casa Blanca, donde pasa unos cuantos días.
Me han dado un pequeño elefante de marfil, muy bonito, y otro mucho más pequeño —escribe a Eva—. Parece ser que este animal es el símbolo del partido republicano, y la Casa Blanca está llena de elefantes de todas las dimensiones, separados o en grupos...

El día 29 de mayo de 1932 marca la coronación de la obra común de Marie Curie y Bronia Dluska y del Estado polaco. En presencia del señor Moscicki, presidente de la República — un colega y amigo de Marie, químico como ella—, y del profesor Regaud, se inaugura el imponente Instituto del Radio, de Varsovia, que el sentido práctico y el gusto de Bronia han querido que fuese espacioso y de armoniosas líneas. Desde hace unos meses son admitidos los enfermos que cuida la curieterapia.
Es la última vez que Marie verá su país, las viejas calles de su villa natal, el Vístula, que en cada una de sus visitas contemplará con nostalgia, casi con remordimiento. 

En Francia...
Una iniciativa generosa del barón Henri de Rothschild permite, en 1920, la creación de la Fundación Curie, institución autónoma que recogerá dones, subvenciones, y mantendrá la obra científica y médica del Instituto del Radio.
En 1922, treinta y cinco miembros de la Academia de Medicina, de París, someten a sus colegas la petición siguiente:
Los miembros abajo firmantes piensan que la Academia se honraría eligiendo como miembro asociado libre a la señora Curie, en reconocimiento de la parte que ha tomado en el descubrimiento del radio y del tratamiento por la curieterapia.

Este texto es revolucionario. No solamente los académicos quieren hacer elegir una mujer, sino que, rompiendo con las costumbres, quieren elegirla sin que se presente, espontáneamente. Sesenta y cuatro miembros de la ilustre corporación firman con entusiasmo este manifiesto, dando así una lección a sus colegas de la Academia de Ciencias. Los candidatos al sillón vacante se retiran en favor de la señora Curie.
El día 7 de febrero de 1922 se celebra la brillante elección. El presidente de la Academia, señor Chauchard, dirá a Marie, desde lo alto de la tribuna:
Saludamos en usted a una ilustre profesora y a una mujer de corazón, que no ha vivido más que para la devoción al trabajo y a la abnegación científica; una patriota que, en la guerra como en la paz, ha cumplido siempre con su deber. Su presencia aquí nos aporta la bondad moral de sus ejemplos y la gloria de su nombre. Le damos las gracias. Estamos orgullosos de su presencia entre nosotros. Es usted la primera mujer de Francia que ha entrado en una Academia, pero ¿qué otra mujer hubiera sido digna de ello?

En 1923, la Fundación Curie decide celebrar con brillantez el vigesimoquinto aniversario del descubrimiento del radio. El gobierno se asocia a este homenaje, y hace votar por unanimidad, por las dos asambleas, una ley, concediendo a la señora Curie, como "recompensa nacional", una pensión anual de 40.000 francos, reversible a Irene y Eva Curie.
El día 26 de diciembre, veinticinco años después de la sesión de la Academia de Ciencias del 26 de diciembre de 1898 en que fue presentada la nota histórica de Pierre Curie, Marie Curie y G. Bemont Sobre una nueva substancia vigorosamente radiactiva contenida en la pechblenda, una multitud enorme invade el gran anfiteatro de la Sorbona. Las universidades francesas y extranjeras, las sociedades científicas, las autoridades civiles y militares, el Parlamento, las grandes escuelas, las asociaciones de estudiantes y la prensa están representadas por delegaciones. Sobre el estrado han tomado puesto el señor Alexandre Millerand, presidente de la República; señor León Bérard, ministro de Instrucción Pública, Paul Appell, rector de la Academia y presidente de la Fundación Curie; el profesor Lorentz, que hablará en nombre de los hombres de ciencia extranjeros, mientras que el profesor Jean Perrin representará a la Facultad de Ciencias, y el doctor Antoine Beclére a la Academia de Medicina.
Entre el grupo de "personalidades" se distingue un hombre de figura severa y cabellos blancos y dos ancianas que se secan las lágrimas: Hela, Bronia y José han venido de Varsovia para asistir al triunfo de Marie. La gloria que ha caído sobre la menor de los Sklodowska no ha falseado ni perturbado lo más mínimo el afecto fraternal. Nunca la emoción y el orgullo han embellecido tan espléndidamente tres rostros.
André Debierne, el colaborador, el amigo de los Curie, da lectura de las comunicaciones científicas por las cuales fueron anunciados los descubrimientos relativos a los cuerpos radiactivos. El jefe de trabajos del Instituto del Radio, Fernando Holweck, ayudado por Irene Curie, procede a algunas experiencias sobre el radio. El presidente de la República ofrece a Marie Curie la pensión nacional, "como débil y sincero testimonio de los sentimientos universales de entusiasmo, respeto y gratitud que le forman cortejo", y el señor León Bérard comprueba espiritualmente que "para proponer y adoptar esta ley que lleva la firma de todos los representantes de Francia, el gobierno y las Cámaras se han decidido a ignorar, a desconocer y a tener por "non avenus", según el lenguaje del Derecho, la modestia y el desinterés de la señora Curie..."
Se levanta, por último, la señora Curie, que es saludada por interminables ovaciones. En voz baja da las gracias a cada uno de los que le rindieron homenaje, procurando no olvidarse de uno solo. Marie habla de aquel que no existe: Pierre Curie. Luego escruta el porvenir. No su porvenir, tan breve, sino el del Instituto de Radio, para el cual, con amarga pasión, reclama ayuda y sostén.

He descrito a Marie Curie en el atardecer de su vida, ante la admiración de las multitudes, recibida bajo todas las latitudes por los presidentes, los embajadores y los reyes.
Una imagen, siempre la misma, domina para mí el recuerdo de estas fiestas, de estos cortejos: la figura exangüe, inexpresiva y casi indiferente de mi madre.
"En la ciencia —dijo, años atrás—, debemos interesarnos más por las cosas que por las personas".

Los años le han enseñado que el público y los mismos gobiernos no se interesan por las cosas más que a través de las personas. De buen o de mal grado, se ha servido de su prestigio para honrar y enriquecer la ciencia —para "dignificarla", como dicen los americanos—, y ha aceptado que su propia leyenda fuese el agente de propaganda de una obra que le importa tanto.
Pero en ella no ha cambiado nada, ni el miedo físico de la multitud, ni la timidez que hiela las manos, que seca la garganta, ni —sobre todo— esa incurable ineptitud para la vanidad. A pesar de un esfuerzo leal, Marie no logra pactar con la gloria. Y siempre condenará esos testimonios, que califica de "fetichismo".


Capítulo 25
La isla de San Luis

Ha sido demasiado tiempo pobre para poder hacerse una hermosa casa. Ahora no siente la necesidad ni el deseo de modificar la instalación sumaria que será para siempre el cuadro de su vida. No obstante, los sucesivos aluviones de regalos que ha recibido han ido adornando y llenando las claras y solitarias habitaciones. Por la casa hay acuarelas de flores, ofrecidas a la señora Curie por un anónimo admirador; un vaso de Copenhague, con reflejos azulados, el más grande y hermoso de la manufactura; una carpeta verde obscura, obsequio de una fábrica rumana; una copa de plata, que lleva una inscripción pomposa... La única adquisición de Marie ha sido el piano de cola, que ha comprado para Eva, y sobre el cual la hija menor trabaja horas y horas, sin que jamás la señora Curie se lamente del fatigoso diluvio de arpegios.
Irene ha heredado la indiferencia maternal y se ha acomodado maravillosamente, hasta su matrimonio, en este departamento glacial. En una gran habitación, que es su guarida, Eva hace ensayos —a menudo molestos— de decoración, que renueva cada vez que se lo permite su hacienda.
La única pieza de la casa que está habitable es el cuarto de trabajo de Marie. Un retrato de Pierre Curie, vitrinas de libros científicos, algunos viejos muebles, crean una atmósfera de nobleza.
Esta morada, escogida entre las demás por su tranquilidad, es una de las más sonoras del mundo. Las gamas de la pianista, el timbre estridente del teléfono, las carreras de un gato negro —gran aficionado a las cargas de caballería en los pasillos—, el firme timbre de la puerta de entrada, repercuten y se amplifican entre los vastos departamentos. Los chirridos insistentes de los remolcadores que pasan por el Sena han atraído a la ventana, durante mucho tiempo, a Eva, solitaria, que con la frente en los cristales hacía el censo, por familias, de los vapores y los peniches. Familia de mosqueteros: Athos, Porthos... Familia de pájaros: Martinet, Linotte, Hirondelle...

Por la mañana, a las ocho, la actividad escandalosa de una sirvienta poco estilizada y de paso ligero, da prisa a la señora Curie para que se despierte, y desvela a todos los demás habitantes de la casa. A las nueve menos cuarto, un modesto coche de conducción interior se detiene ante el muelle, y ante la puerta da tres golpes de claxon violentos. Marie alcanza precipitadamente su sombrero, su abrigo, desciende con rapidez los tres pisos. El laboratorio le espera.
La pensión nacional del gobierno y una renta debida a la generosidad americana han disipado las preocupaciones materiales. Los ingresos de la señora Curie, que algunos juzgarían irrisorios, bastan para asegurarle una comodidad de la que ella se aprovecha bastante mal. Nunca aprenderá a hacerse servir por una doncella. Nunca hará esperar al chófer más de unos minutos sin sentirse vagamente culpable. Y si entra en compañía de Eva en un comercio, no mira los precios, pero con una infalible adivinación señala con sus manos nerviosas el vestido más simple y el sombrero menos caro... Son los que más le gustan.
No gasta con gusto más que cuando compra plantas, piedras o casas de campo. Ha hecho construir dos: una en L’Arcouest y otra en el Mediodía. Cuando ha llegado la vejez, ha buscado en el Mediterráneo un sol más caliente y un mar más tibio que el de Bretaña. Dormir al aire libre sobre la terraza de su villa de Cavalaire, contemplar la vista de la bahía y las islas de Hyères, plantar eucaliptos, mimosas y cipreses en un jardín abrupto, tales son sus nuevas alegrías. Dos amigas, dos vecinas encantadoras, la señora Sallenave y la señorita Clement, admiran con un poco de espanto sus hazañas náuticas. Marie se baña entre las rocosidades y describe minuciosamente sus aventuras a las hijas:
Los baños son buenos, pero hay que ir a buscarlos bastante lejos —escribe—. Hoy me he bañado entre las rocosidades, que se desploman, de La Vigie. El mar está tranquilo desde hace tres días y he comprobado que puedo nadar mucho tiempo, haciendo largas distancias. Un recorrido de trescientos metros no me produce, en mar tranquilo, ningún miedo, y creo que, sin duda alguna, podría hacer más.

¿No vas al laboratorio, Mé?

Los ojos de color ceniza que resguardan, desde hace algunos años, unas gruesas gafas de carey, ponen sobre Eva su mirada desvanecida y dulce:
—Sí, dentro de un instante... Pero, antes, tengo la Academia de Medicina... Y como la sesión no es hasta las tres, he creído que tendría tiempo de... Sí, voy a pasar por el mercado de flores... y acaso vaya un momento al jardín del Luxemburgo.
Suena el claxon del Ford, tres veces, frente a la casa. Dentro de unos instantes Marie vagabundea entre las filas de ramilletes de flores y de cestas de rampollos, para escoger las plantas que destina al jardín del laboratorio, las que depositará, envueltas en diarios, sobre el asiento de su coche.
Los jardineros y los horticultores la conocen. Marie no entra jamás en casa de un florista. No sé por qué instinto, por qué costumbre de pobreza se aleja de las flores preciosas. Jean Perrin, el más alegre y el más intencionado de sus amigos, irrumpe a menudo en casa de la señora Curie con los brazos llenos de flores. Y como si admirara alhajas preciosas, Marie contempla con sorpresa y un poco de timidez los claveles de largos tallos y las bellas rosas...
Las dos y media de la tarde. El Ford ha llevado a Marie hasta la reja del Luxemburgo, y la ilustre investigadora corre hacia su cita "cerca del león de la izquierda". Entre los centenares de niños que juegan en el jardín al comienzo de la tarde, hay una niña que, al verla, se dirigirá hacia ella, con toda la velocidad de sus menudas piernas. Es Elena Joliot, la hija de Irene. La señora Curie, aparentemente, es una abuelita reservada y poco expansiva. Pero pierde mucho tiempo y da muchas vueltas para conversar unos minutos con este bebé vestido de rojo vivo que le interroga con tono despótico:
— ¿Dónde vas, Mé? ¿Por qué no te quedas conmigo, Me? ...
El reloj del Senado marca las dos y cincuenta. Es necesario que abandone a Elena y sus castillos de arena. En el severo salón de la calle Bonaparte, Marie se acerca a su sitio habitual, cerca de su viejo amigo, el doctor Roux. Y una mujer, sola entre sesenta colegas venerables, toma parte en los trabajos de la Academia de Medicina.

¡Ah! ¡Qué cansada estoy!
Casi todas las noches, una Marie Curie de rostro pálido y que el cansancio envejece, repite la misma frase. Marie ha abandonado el laboratorio muy tarde, a las siete y media, a veces a las ocho. Su coche la ha devuelto al hogar y los tres pisos le han parecido más altos que de costumbre. Se ha calzado las zapatillas, ha puesto sobre sus hombros una chaqueta de lana negra. Y camina sin objeto alguno por la casa, que al atardecer es más silenciosa, en espera de que la doncella le anuncie que la cena está en la mesa.
De nada serviría que su hija le dijera:
—Trabajas demasiado. Una mujer de sesenta y cinco años no puede, no debe trabajar, como tú lo haces, doce o catorce horas diarias...
Eva sabe perfectamente que la señora Curie es incapaz de trabajar menos, que este testimonio razonable sería en ella el espantoso signo de la decrepitud. El único deseo que puede tener su hija es que, durante muchos años aun, tenga Marie las fuerzas necesarias para trabajar catorce horas diarias.

En la torre de Babel que es el Instituto del Radio, trabajadores de distintas nacionalidades se suceden. Y entre ellos siempre hay un polaco. Cuando la señora Curie no pueda conceder a un compatriota una beca universitaria, sin perjudicar a otro candidato mejor calificado, pagará de su bolsillo los estudios del muchacho recién llegado de Varsovia, que ignorará siempre esta generosidad.
Bruscamente, Marie se interrumpe, aparta de sí sus preocupaciones, se dirige a su hija y pregunta con acento distinto:
—Entonces, querida... Cuéntame alguna cosa... Dame noticias de este mundo...
Se le puede hablar de todo, incluso de las cosas más pueriles. Los comentarios alegres de Eva sobre los "sesenta kilómetros de media" que ha logrado con su coche, hallan en Marie el auditor más comprensible. La señora Curie, prudente, pero apasionada automovilista, se sorprende con emoción de las hazañas deportivas de su Ford. Las anécdotas sobre su nietecita Elena, una frase infantil, cualquier cosa, le arrancan frescas y extraordinarias carcajadas.
Marie sabe también hablar del tema político, sin agrios acentos. ¡Ah, su confortante liberalismo! Si algunos franceses elogian los regímenes dictatoriales, contesta dulcemente:
—"Yo he vivido bajo un régimen de opresión. Usted, no. Y no puede comprender usted la dicha de vivir en un país de libertad"...
Los partidarios de las violencias revolucionarias encontrarán en ella la misma resistencia:
—No me convencerán jamás de que tuviera alguna utilidad guillotinar a Lavoisier.
Pero Marie ha conservado su audacia y su vehemencia de joven "progresista" polaca. Que en Francia falten hospitales y escuelas; que millares de familias habiten departamentos insalubres, que los derechos de la mujer sean precarios... son pensamientos que la torturan.
Marie no ha tenido tiempo de ser para sus hijas una perfecta educadora; pero Irene y Eva reciben de su madre un don que no apreciarán jamás bastante: el incomparable favor de vivir cerca de un ser excepcional; excepcional no sólo por su genio, sino también por su humanidad, por su innata repulsión por lo vulgar y lo pequeño. La señora Curie evita, incluso, hasta un rasgo de vanidad que se le hubiera perdonado ampliamente: consentir que la presenten como un ejemplo a las demás mujeres.
— ¡No hay necesidad de llevar una existencia tan antinatural como la mía! —dirá a veces a excesivas admiradoras, y añadirá—: he dedicado mucho tiempo a la Ciencia, porque quise hacerlo y porque me interesaba la investigación. Pero lo que deseo para todas las mujeres es una vida familiar sencilla y un trabajo que les interese.

Si, después de la cena, Eva debe salir, ir a algún concierto, la señora Curie se tiende sobre el diván de su habitación y mira a su hija mientras se viste.

La señora Curie, rodeada de papeles, de reglas de cálculo, de volúmenes, está sentada en el suelo. No ha podido acostumbrarse nunca a trabajar en la mesa, colocada en un sillón, según la tradición de los "pensadores". Necesita una plaza ilimitada para colocar sus documentos, sus hojas de curvas algebraicas.
Está absorta en un cálculo teórico difícil, y a pesar de que se haya dado cuenta del regreso de su hija, ni siquiera levanta la cabeza. Tiene el ceño fruncido y el rostro preocupado.
Sobre las rodillas guarda un cuaderno. Escribe, con lápiz, signos y fórmulas... De sus labios se escapa un murmullo.
La señora Curie, a media voz, dice cifras y números. Y, como hace sesenta años -en la clase de aritmética del pensionado de la señorita Sikorska, esta profesora de la Sorbona cuenta en polaco.


Capítulo 26
El laboratorio

¿Está ahí la señora Curie? —Busco a la señora Curie... ¿Ha llegado? — ¿Ha visto usted a la señora Curie? Jóvenes de ambos sexos, personajes blancos, bajo las blusas de laboratorio, se interrogan en el vestíbulo que la ilustre investigadora debe franquear al llegar al Instituto del Radio. Cinco o diez trabajadores se reúnen por la mañana a su paso. Cado uno quiere, "sin molestarla", pedirle un consejo, obtener, al vuelo, una palabra de aliento, una indicación. De esta manera se constituye lo que Marie denomina, sonriente, "el soviet".
"El soviet" no espera mucho tiempo. A las nueve de la mañana el antiguo coche franquea la reja de la calle Pierre Curie y da vuelta a la avenida. Se cierra la puerta. Por la entrada que da al jardín aparece la señora Curie. El grupo de peticionarios se aprieta, alegremente, junto a ella. Acentos respetuosos y tímidos le anuncian que se acaba de hacer tal peso, le comunican noticias de la solución de polonio o insinúan que "si la señora Curie pudiera ver un segundo el aparato Wilson comprobaría un resultado interesante..."
A pesar de que alguna vez se lamente de ello, Marie está contenta de estas ráfagas de energía y de curiosidad con que la saluda el comienzo del día. Lejos de esquivarlas, de precipitarse hacia sus propios trabajos, permanece allí, con su abrigo y su sombrero, de pie, entre sus colaboradores. Cada uno de los idea es buena, pero el procedimiento que sugiere es impracticable. He encontrado otro que pudiera dar resultado. Iré a hablarle. Señora Cotelle, ¿qué total ha sacado usted? ¿Está usted segura de que el cálculo es exacto? Anoche lo rehíce yo y he encontrado una cifra ligeramente diferente... ¡En fin, vamos a ver!

—La señora Curie no es solamente "un físico glorioso". Es, también, el más grande director de laboratorio que he conocido.
¿Cuál es el secreto de esta maestría? Ante todo, por encima de todo, el extraordinario "chauvinismo" del Instituto del Radio que anima a Marie, ferviente servidora y defensora natural del prestigio y de los intereses de la morada bien amada.
Marie se dedica a conquistar las provisiones de cuerpos radiactivos necesarios a las investigaciones de gran envergadura. Existen intercambios de amabilidades y finuras entre la señora Curie y los directores de la fábrica belga de radio, la Unión Minera del Alto Katanga, e invariablemente acaban de esta manera: la Unión Minera expide, gentilmente, a la señora Curie, toneladas de residuos, y Marie, encantada, emprende inmediatamente la extracción de elementos codiciados...
Año tras año enriquece su laboratorio. Se la puede ver, en compañía de Jean Perrin, recorrer los ministerios, reclamar subvenciones y becas de estudio. Así obtendrá en 1930 un excepcional crédito de investigaciones de quinientos mil francos.

Marie no se plantea estos problemas. Se alegra de las victorias conseguidas por el equipo, por la persona colectiva, que ella no califica, siquiera, de "mi" laboratorio, sino con un indecible acento de orgullo secreto "el laboratorio". Cuando Marie pronuncia estas dos palabras, no existe ningún otro laboratorio sobre la tierra.
Los dones psicológicos y humanos de Marie le han servido para ser una mujer de un impulso extraordinario. La señora Curie, tan poco familiar, sabe ganarse la devoción de sus compañeros de trabajo, a quienes después de largos años de colaboración cotidiana continúa llamando "señorita" o "señor".
Marie, cuando está entregada a alguna preocupación científica, permanece largos ratos sentada sobre un banco del jardín. La voz suplicante de una ayudanta la llama a la realidad.

Cuando un colaborador ha presentado una tesis, o ha obtenido un diploma, o ha sido juzgado digno de un premio, se da en su honor un "té de laboratorio". Repentinamente se hace un silencio... La señora Curie va a felicitar al agasajado. En breves y calurosas frases celebra la originalidad del trabajo y resalta las dificultades que fueron vencidas. Se aplauden vigorosamente las observaciones discretas que ilustran la felicitación: una palabra amable para los padres del héroe de la fiesta o —si se trata de un extranjero—para su patria lejana. "Cuando vuelva usted a su país, que conozco y en donde sus compatriotas me recibieron tan amablemente, confío en que conservará usted un buen recuerdo del Instituto del Radio. Habrá podido comprobar que trabajamos mucho y que lo hacemos lo mejor que podemos...".

Estos años brillantes y fecundos tienen también sus dramáticos combates: la señora Curie está amenazada de quedar ciega.

El médico le ha hecho saber en 1920 que una doble catarata iba a crear poco a poco la obscuridad. Marie no se ha desesperado. Ha anunciado sin temor su desgracia a las dos hijas y a continuación ha hablado del remedio: la operación podría intentarse dentro de dos o tres años. Desde aquel momento, durante la espera dramática, los cristales que usará serán opacos y pondrán entre el mundo y ella, entre su trabajo y ella, una perpetua niebla.
—Nadie debe saber que tengo los ojos estropeados.
Y Marie ha inventado para sus trabajos minuciosos mal "técnica de ciega": emplea lupas gigantescas, coloca bajo los cuadrantes de sus aparatos señales de colores muy visibles, escribe con letras enormes las notas que consulta durante sus cursos y, bajo la pésima luz del anfiteatro, llega a descifrarlas.
Logra esconder su mal con infinitas picardías. Si un discípulo le somete un clisé de experiencias conteniendo finos rasgos, Marie, por medio de un interrogatorio hipócrita y hábil, obtiene por el mismo alumno las noticias necesarias para reconstituir en su pensamiento el aspecto del clisé. Entonces, sólo entonces, toma la placa de vidrio, la observa y simula estudiar las rayas.
A pesar de todas estas precauciones y a pesar de este noble engaño, el laboratorio sospecha el drama. Y el laboratorio calla, simulando a su vez no comprender, aceptando hábilmente el juego a que le invita Marie.

Poco a poco triunfa de su mala suerte. Merced a las gruesas gafas acaba de obtener una vista casi normal y circula sola, conduce personalmente el coche y en el laboratorio realiza de nuevo las medidas delicadas. Último milagro de una vida milagrosa. Marie renace de las tinieblas y encuentra bastante luz para trabajar, para trabajar hasta el fin.

En cuanto trabaja, el resto del mundo desaparece. En 1927 Irene se halla gravemente enferma y Marie está atormentada y desesperada por ello. Un amigo va en su busca al laboratorio para preguntarle por la hija. El visitante recibe una contestación lacónica y una mirada fría. Apenas ha abandonado la habitación, Marie, indignada, dice a su ayudante:

— ¡No se ha podido precipitar el actinio X!
A menos que no acuse a algún enemigo encubierto:
—El polonio me traiciona.
Cuando un investigador, aprovechando su evidente buen humor, le propone mostrarle una experiencia que estudia, le sigue con precipitación, se inclina sobre el aparato en donde se hace la "numeración" de los átomos, admira la irradiación repentina de un metal de "willemita" por lo acción del radio...
Ante estos milagros familiares, tina felicidad suprema ilumina sus ojos de color ceniza. Se diría, que Marie contempla un Botticelli o un Vermeer o el más hermoso cuadro del mundo.
Y murmura:
— ¡Oh! ¡Qué fenómeno más hermoso!

Cuanto valor para ella y tanta incomprensión para la burocracia gubernamental y de la ciencia francesa


Capítulo 27
Fin de la misión

A menudo la señora Curie habla de su muerte. Comenta con aparente calma el acontecimiento fatal y se encara con sus consecuencias prácticas. Pronuncia sin emoción frases como éstas:
—Es evidente que no puedo vivir muchos años más... Me inquieta la suerte del Instituto del Radio cuando yo no esté en este mundo...
Pero, en realidad, no hay en ella ninguna serenidad, ninguna aceptación. Con todas sus fuerzas instintivas rechaza la idea del fin. Los que la admiran de lejos creen que tiene todavía una vida incomparable. A los ojos de Marie esta vida es débil en proporción a la obra emprendida.
Pero su astuta enemiga la gana en velocidad. La fiebre aumenta, los temblores son cada vez más violentos. Eva necesita usar de una paciente diplomacia para que su madre consienta en recibir a un nuevo doctor. Pone el pretexto de que los médicos son "molestos" y que "no hay medio de pagarles", ya que ningún doctor francés ha aceptado jamás honorarios de la señora Curie y no ha podido tener nunca un médico a sueldo. Marie, la ilustre investigadora, la amiga del progreso, es como una campesina cualquiera: reacia a los cuidados.
El profesor Regaud visita amistosamente a Marie y le sugiere la idea de solicitar el consejo de su amigo, el doctor Raveau, y éste, a su vez, señala como médico al profesor Boulin. La primera palabra de éste, al observar el rostro exangüe de Marie, es:
— ¡Hay que quedarse en cama! ¡Es necesario descansar!
Ha oído tantas veces estas mismas palabras, que Marie no se siente impresionada ya por esas frases. Sube y baja las pesadas escaleras del Quai de Bethune, trabaja casi todos los días en el Instituto del Radio. Un día soleado del mes de mayo de 1934 permanece hasta las tres y media de la tarde en la sala de física; desflora con cansancio las cápsulas, los aparatos, sus fieles compañeros... Cambia algunas palabras con sus colaboradores:
—Tengo fiebre —murmura—. Me voy a casa...
Todavía da una vuelta por el jardín, salpicado por las flores brillantes. Repentinamente, se detiene ante un rosal enclenque y llama a su mecánico:
—Georges, mire usted este rosal... ¡Hay que cuidarlo inmediatamente!
Una discípula se acerca y le ruega que no permanezca más tiempo al aire libre y que se vaya a casa. Accede, Marie, pero antes de subir al coche aun se vuelve para decir:
—Georges, no se olvide usted... ¡El rosal!...
Esa mirada inquieta hacia una planta débil es su adiós al laboratorio.

Marie no abandona ya la cama. Una lucha agotadora contra un mal impreciso, calificado sucesivamente de gripe y de bronquitis, la condena a fatigosos cuidados. Los soporta con una repentina, una terrorífica docilidad, y consiente en que se la traslade a una clínica, para ser objeto de un examen completo. Dos radiografías, cinco o seis análisis, dejan perplejos a los especialistas que han sido llamados a la cabecera de la ilustre investigadora. Ningún órgano parece atacado, ninguna enfermedad característica se declara. Mas, como las lesiones antiguas y un poco de inflamación velan las radiografías del pulmón, se imponen a Marie ventosas y calor. En vista de que no va ni mejor ni peor, se la traslada nuevamente al Quai de Bethune, y se comienza a pronunciar a su alrededor la palabra "sanatorio".
Temerosamente, Eva le sugiere la idea de este exilio. Marie obedece dócilmente y acepta la partida, poniendo su esperanza en un aire más puro, imaginándose que el ruido y el polvo de la ciudad le privan del restablecimiento total. Se hacen proyectos: Eva acompañará a su madre y se quedará durante unas semanas en el sanatorio; luego, los hermanos de Marie vendrán de Polonia, para hacerle compañía; más tarde, en el mes de agosto, irá su hija Irene. Y en otoño, Marie ya estará completamente restablecida.

Se ahorran las fuerzas de Marie, que sólo recibe la visita de sus íntimos. No obstante, desafía la consigna y hace ir en secreto a su alcoba a la señora Cotelle, colaboradora suya, a quien dicta estas recomendaciones:
—Hay que encerrar cuidadosamente el actinio, guardarlo hasta mi vuelta. Cuento con usted para que se cumpla esta orden mía. Reanudaremos nuestros trabajos después de las vacaciones.
Cuando queda instalada en la más hermosa habitación del sanatorio de Sancellemoz, se le hacen nuevas radiografías y nuevos exámenes. Los pulmones no están atacados y el viaje ha sido inútil.
La fiebre pasa de los cuarenta grados. No se le puede ocultar a la enferma, que con un cuidado de profesora de laboratorio comprueba siempre personalmente el nivel del mercurio. No dice casi nada, pero sus ojos pálidos reflejan un gran temor. El profesor Roch, de Ginebra, llamado urgentemente, compara los exámenes de la sangre de los últimos días, en que el número de glóbulos blancos y de glóbulos rojos desciende bruscamente. Diagnostica una perniciosa y fulminante anemia.

Durante la agonía, Marie tiene pobres quejidos de dolor y de sorprendidas y soñadoras quejas:
—No puedo expresarme... Estoy ausente...

Los síntomas normales, los exámenes de sangre, diferentes de los de las anemias perniciosas conocidas, denuncian el verdadero culpable: el radio.
La señora Curie puede contarse entre las víctimas de los cuerpos radiactivos que su marido y ella descubrieron", escribirá el profesor Regaud.
En Sancellemoz, el doctor Tobe redacta esta cita en el orden del día:
La señora Curie ha fallecido en Sancellemoz, el día 4 de julio de 1934. La enfermedad era una anemia perniciosa aplástica, de marcha rápida, febril. La médula ósea no ha reaccionado, probablemente porque está alterada por una larga acumulación de radiaciones.

El acontecimiento escapa del sanatorio silencioso, propagándose por el universo, y alcanza, aquí y allí, estado de agudo sufrimiento. En Varsovia, Hela; en Berlín, en un tren que corre veloz hacia Francia, José Sklodowska y Bronia, que intentarán llegar a tiempo a Sancellemoz, para ver de nuevo el rostro querido. En Montpellier, Jacques Curie. En Londres, la señora Meloney. En París, Maurice Curie y los amigos fieles.
Ante los aparatos inertes del Instituto del Radio, los jóvenes científicos sollozan. Georges Fournier, uno de los discípulos preferidos de Marie, escribirá: "¡Lo hemos perdido todo!"
La señora Curie descansa lejos de estos dolores, lejos de estas actividades y de los homenajes, sobre la cama de Sancellemoz, en una casa en donde devotos hombres de ciencia, colegas suyos, la han protegido hasta el fin. No se admite que ningún extraño perturbe siquiera con una mirada el descanso de Marie. Ningún curioso será testigo de la gracia con que se ha adornado Marie para este viaje infinito. Vestida de blanco, sus canas descubren la frente inmensa, grave y firme, y Marie, en este instante, es lo más hermoso y lo más noble de la tierra.
Sus manos arrugadas, callosas, endurecidas, profundamente quemadas por el radio, han perdido su tic familiar. Están alargadas, sobre la sábana, tiesas, terriblemente inmóviles...
¡Esas manos que trabajaron tanto!

El viernes, día 6 de julio de 1934, a mediodía, sin discursos, sin cortejo, sin un político, sin un elemento oficial, la señora Curie toma modestamente su plaza en la morada de los muertos. Se la entierra en el cementerio de Sceaux, ante sus íntimos, ante sus amigos y los colaboradores, que la querían. Su ataúd queda depositado encima del de Pierre Curie. Bronia y José Sklodowska tiran, sobre la fosa abierta, un puñado de tierra que trajeron de Polonia. La lápida mortuoria se enriquece con una nueva mención:

Marie CURIE-Sklodowska
1867-1934

Un año más tarde, el libro que Marie había terminado antes de morir llevará a los "enamorados de la física" su último mensaje.
En el Instituto del Radio, donde se ha reanudado el trabajo, el enorme volumen ha llegado a la clara biblioteca y se ha reunido a otras obras científicas.
Sobre la cubierta gris, el nombre del autor: "Señora Pierre Curie. Profesora de la Sorbona. Premio Nobel de Física. Premio Nobel de Química".

Y el título es una sola palabra, severa y luminosa: radioactividad

F I N


Ahora sabemos que Marie Curie destacó entre otros logros por:
1. Aprender a leer sola a los 4 años "corrigiendo" a su hermana mayor.
2. La primera de su clase cuando termina a los 15 años los estudios de bachillerato (1883). Le otorgaron una medalla de oro.
3. La primera mujer graduada en Física en la Universidad de la Sorbona. Aquel año (1893) solamente dos mujeres se graduaron en toda la Universidad de París. Marie fue, también, la primera de la clase.
4. La primera persona en utilizar el término radioactividad (1898). Marie Curie propone el nombre de radioactividad. Los cuerpos tales como el uranio y el torio, poseedores de esta "radiación" particular, se llamarán radioelementos.
5. En su memoria de julio de 1898 se lee:
...Creemos que la substancia que hemos sacado de la pechblenda contiene un metal no conocido aún, vecino del bismuto por sus propiedades analíticas. Si la existencia de este nuevo metal se confirma, nos proponemos denominarle polonio, del nombre del país de origen de uno de nosotros.
6. Las diversas razones que acabamos de enumerar nos hacen creer que la nueva substancia radiactiva contiene un elemento nuevo, al cual nos proponemos dar el nombre de radio. La nueva substancia radiactiva contiene, con toda seguridad, una considerable proporción de bario; a pesar de ello, la radioactividad es considerable. La radioactividad del radio debe ser, pues, enorme.
7. Los físicos lo aceptaron al radio, los químicos, fieles a su principio, sacan esta conclusión: —Si no hay peso atómico, no hay radio. Muéstrennos el radio y entonces les creeremos. Marie, en 1902, logra la victoria: En el laboratorio Marie logra aislar una cantidad infinitesimal de un sólido color blanco resplandeciente, el radio propiamente dicho, a un punto de fusión de 700°, demostrando que se trataba de un nuevo metal y hace una primera determinación del peso atómico de la nueva substancia, que es de 225. Y los químicos deben rendirse ante la evidencia que una “mujer no francesa” les demostraba.
8. La primera mujer en Europa que recibió el doctorado en Ciencias (1903).
9. La primera mujer en recibir un Premio Nobel de Física (1903). El galardón le fue otorgado, conjuntamente con su esposo Pierre y con Henri Becquerel, por el descubrimiento de la radioactividad.
10. En 1903, acompañada de su esposo que daba una conferencia, Marie Curie fue la primera mujer que ha sido admitida a las sesiones de la Real Institución Científica Británica.
11. La primera mujer que fue profesora y jefe de laboratorio en la Universidad de la Sorbona (1906).
12. La primera persona en tener dos Premios Nobel. El segundo sería de Química, en 1911, por haber preparado el radio e investigado sus compuestos. Lo que a su vez lleva a investigar en los efectos del radio sobre el cáncer en lo que hoy se conoce como radioterapia y también la llamó curieterapia.
13. El desarrollo universal de la curieterapia exige que las parcelas ínfimas de la preciosa materia puedan ser separadas con una precisión rigurosa. Cuando se trata de milésimas de miligramo, la balanza no es de gran auxilio. Marie imagina "pesar" las substancias radiactivas por los rayos que emiten. Dispone esta técnica difícil y crea en su laboratorio un "servicio de medidas", donde hombres de ciencia, médicos y hasta particulares podrán hacer controlar productos o minerales activos y recibir un certificado indicando el contenido literal de radio.
14. Publica una Clasificación de los radioelementos y una Tabla de las constancias radiactivas, Marie realiza además otro trabajo de importancia general: la preparación del primer patrón internacional de radio.
15. Crea para Francia en la Primera Guerra Mundial equipos de rayos móviles y fijos. Forma a personal para capacitarlos en lo que el futuro se conocerá como la especialidad de Radiología. Marie ha instalado doscientas salas de radiología. La cifra de heridos examinados por esos 220 puestos, fijos o móviles, puestos creados y montados, personalmente, por la señora Curie, pasa del millón.
16. La primera mujer que fue miembro de la Academia Francesa de Medicina (1922).
17. La primera madre Nobel con una hija Nobel. En 1935, al año siguiente de su muerte, su hija Irene obtuvo el galardón Nobel en Química.
18. La primera mujer en ser enterrada bajo la cúpula del Panteón por méritos propios (1995).

Quedo en abstracción y me sorprende que no hubiera recibido, a lo menos 2 premios Nobel más en su vida como de Física, Química y Medicina...



Marie Curie (1867 - 1934)
Polaca nacionalizada francesa. Premio Nobel de Física 1903 y de Química 1911.
Sin buscarlo, por el contrario intentando no llamar la atención, recibió:
105 títulos.
15 medallas.
10 premios.

Pierre Curie (1859 - 1906)
Connotado físico, investigador y académico francés esposo de Marie Curie. 
Premio Nobel de Física 1903.
El matrimonio tuvo dos hijas.

Irène Curie (
París, 1897 - 1956)
La hija mayor.
Fisicoquímica francesa. A los 18 años comienza a ayudar a su madre. Casada con el físico francés Frédéric Joliot (ayudante de Marie Curie desde 1925), continuó sus estudios en el campo de la radioactividad y descubrió en 1934, en colaboración con su marido, la existencia de la llamada radioactividad artificial. Ambos lograron el Premio Nobel de Química 1935.
Ève Curie (1904 - 2007)
La hija menor. Pianista, activista por la infancia y escritora francesa estuvo muy ligada a su madre a la que acompañaba, autora del libro biografía escrito sobre su madre el que ha inspirado este modesto homenaje a un ser que dudo haya habido otro con su capacidad... Su marido, el estadounidense Henry Richardson Labouisse, Jr (1904 - 1987). recibió un premio Nobel de la paz otorgado a UNICEF, organización de la que fue su director. Ève señaló:
"Hay en la vida de María Curie tantos rasgos inverosímiles que quisiera relatar su vida como se cuenta una leyenda". Como reportera realizó un importante aporte a los aliados durante la Segunda Guerra Mundial.


Se dice que Einstein (1879 - 1955) ) donó a la ciencia su cerebro para ser estudiado. Al inicio del presente escrito 431 vimos los sorprendentes resultados de ese estudio. Marie en su modestia no hubiese tenido esa idea, sin embargo, y lo recalco, pienso que su cerebro para nada desmereció al de Einstein, quien por lo demás la admiraba y esto señaló al conocer su fallecimiento:


"Las cualidades morales de una personalidad como la suya, quizá tengan un significado todavía mayor para el curso de la historia, que los triunfos puramente intelectuales". - "Su grandeza humana me admiró cada vez más. Su energía, la pureza de su voluntad, su austeridad para consigo misma, su objetividad, su juicio incorruptible... pocas veces se hallan en un mismo individuo" - "Le apenaba un sentimiento profundo ante las crueldades y desigualdades de la sociedad. Esto le concedía un aspecto severo, que con frecuencia confundía a quienes no la conocían".
Albert Einstein en memoria de Marie Curie


Entre alguna de las frases destacadas de esta "Leyenda de Vida" como lo fue Marie Curie tenemos:






A menudo me han preguntado, sobre todo por las mujeres, de cómo podía conciliar la vida familiar con una carrera científica. Bueno, no ha sido fácil.
Ahora es el momento de entender más, de modo que podemos temer menos.
Dejamos de temer aquello que se ha aprendido a entender.
Después de todo, la ciencia es esencialmente internacional, y es sólo a través de la falta de sentido histórico que las cualidades nacionales se han atribuido a ella.

En la ciencia hemos de interesarnos por las cosas, no por las personas.
El día que el hombre se diese cuenta de sus profundas equivocaciones, habría terminado el progreso de la ciencia.
El sabio nos advierte que la vida es tan sólo una gota de rocío en una hoja de loto.
Hay científicos sádicos que se apresuran a dar caza a los errores en lugar de establecer la verdad.
Hay que sentirse dotado para realizar alguna cosa y que esa cosa hay que alcanzarla, cueste lo que cueste.
La mejor vida no es la más larga, sino la más rica en buenas acciones.
La ruptura de nuestro aislamiento fue motivo de sufrimiento para nosotros.
La vida no es fácil, para ninguno de nosotros. Pero… ¡qué importa! Hay que perseverar y, sobre todo, tener confianza en uno mismo.
Me solicitaron que escriba sobre un premiado por la Academia Sueca y traté de hacerlo fácil. Decidí amontonar las ideas claves que movilizan a los buenos del mundo como son, solidaridad, amor, belleza, pasión, aventura, libertad, romance. Después de estudiar esta historia debo agregar: dejar de temer, dar a conocer, desprecio por las patentes, pequeña mujer, placer por investigar.
Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido.
No hay que olvidar que cuando se descubrió el radio, nadie sabía que resultaría útil en los hospitales. El trabajo era ciencia pura. Y esto es una prueba de que el trabajo científico no debe considerarse desde el punto de vista de la utilidad directa de la misma. Se debe hacer por sí mismo, por la belleza de la ciencia y, a continuación, siempre existe la posibilidad de que un descubrimiento científico puede llegar a ser como el radio un beneficio para la humanidad.

Nuestra sociedad, en la que reina un urgente deseo de riquezas y lujos, no entiende el valor de la ciencia. No se da cuenta de que la ciencia es una de las partes más preciosas de su patrimonio moral. Ni ha asumido de modo suficiente el hecho de que la ciencia está en la base de todo el progreso que aligera la carga de la vida y disminuye su sufrimiento.
Tenemos que tener perseverancia y, sobre todo, confianza en nosotros mismos.
Uno nunca se da cuenta de lo que se ha hecho, sólo puede ver lo que queda por hacer.

Usted no puede esperar construir un mundo mejor sin mejorar a las personas. Cada uno de nosotros debe trabajar para su propia mejora.
Yo soy de los que piensan como Nobel, que la humanidad se basará más bien que mal de los nuevos descubrimientos.

Al recibir junto con su marido el Premio Nobel de Física para muchos seguía siendo una mujer antes que una científica. En 1903, durante la ceremonia de entrega de los Nobel, tuvo que soportar una cita bíblica del Presidente de la Academia Sueca:
No es bueno que el hombre esté solo, haréle ayuda idónea para él... (Génesis)
Aquellas palabras dejaban claro que a Marie se le consideraba sólo la ayudante de su marido. Marie en la intimidad le confesó a su marido:
Las mentiras son muy difíciles de matar pero una mentira que atribuye a un hombre lo que en realidad era el trabajo de una mujer tiene más vidas que un gato.


Para 1911 su marido Pierre Curie había muerto hacía 5 años. En su discurso de aceptación del segundo Premio Nobel dado hasta entonces a una misma persona por primera vez y además mujer, como lo fue el de Química, ella, Marie Curie señaló:

"Podría decir muchas cosas sobre el radio y la radioactividad pero me tomaría demasiado tiempo. Y como no podemos hacerlo, déjenme solamente darles una pequeña muestra de mi trabajo con el radio. El radio ya ha dejado de ser un elemento nuevo, ya tiene más de veinte años, pero las condiciones de su descubrimiento fueron de alguna manera peculiares, y por lo tanto no está de más recordarlo y explicarlo un poco.
Nos debemos remontar al año 1897. El Profesor Curie y yo trabajamos juntos en el laboratorio de la escuela de Física y Química donde el Profesor Curie daba sus clases. Yo estaba trabajando con la radiación del uranio que había sido descubierta dos años atrás por el Profesor Becquerel.
Empleé algún tiempo estudiando la manera de hacer buenas medidas de los rayos del uranio, y entonces deseé conocer si había algún otro elemento que tuviera el mismo comportamiento. Por lo tanto emplee mi trabajo a conocer todos los elementos y sus compuestos, y encontré que los compuestos de uranio son activos. Lo mismo sucedía con los compuestos de torio.
Entonces tomé medidas de minerales y encontré que varios de aquellos que contenían uranio o torio eran ambos radiactivos. Pero entonces la radioactividad no fue la que esperaba, era mucho mayor.
Entonces pensé que en los minerales debería haber algún elemento desconocido que tuviera una radioactividad mucho mayor a la del uranio o a la del torio. Deseaba encontrarlo y separar aquel elemento. El Profesor Curie y yo nos pusimos a la tarea de descubrir este elemento. Pensamos que lo deberíamos encontrar en semanas o en meses, pero no fue tan fácil. Nos llevó varios años de duro trabajo acabar aquella tarea. No había un único nuevo elemento, había varios. Pero el más importante era el radio, el cual se pudo separar en estado puro.
Ahora, el interés especial del radio consiste en la intensidad de sus rayos que son millones de veces más intensos que los del uranio. Y son los efectos de los rayos los que hacen al radio tan importante. Si tomamos un punto de vista práctico, la propiedad más importante de los rayos es la producción de efectos fisiológicos en las células del organismo. Estos efectos podrían ser usados para la cura de varias enfermedades. Se han obtenido buenos resultados en varios casos. Lo que particularmente está considerado muy importante es su utilidad para el tratamiento del cáncer. La utilización médica del radio tener suficientes cantidades del elemento. Una fábrica de radio ha empezado a producir en Francia, y otra más tarde en América donde una gran cantidad ya está disponible.
No debemos olvidar que cuando el radio fue descubierto, nadie se imaginaba que acabaría teniendo una utilidad tan importante en los hospitales. Su descubrimiento fue un trabajo puramente científico. Y es por eso que el trabajo científico no debe nunca considerarse como un trabajo inútil. La ciencia es bella y es por esa belleza que debemos trabajar en ella, y quizás, algún día, un descubrimiento científico como el radio, puede ser un descubrimiento que beneficie a toda la humanidad." 










Amigas, Amigos:

Marie Curie murió feliz al ver por años a su amada Polonia libre de extranjera ocupación, no supo de la Segunda Guerra Mundial con la invasión nazi a Polonia, el ghetto de Varsovia, los campos de concentración y al final la "liberación" en 1945 por la Unión soviética que impuso su dictadura comunista cuya caída comenzó de manera gradual: El círculo vicioso fue interrumpido por la elección en 1978 de Karol Wojtyła como el papa Juan Pablo II, que fortaleció la oposición al comunismo en Polonia. A inicios de agosto de 1980, la ola de huelgas llevó a la fundación del sindicato independiente Solidarność (polaco para Solidaridad) por el electricista Lech Wałęsa. La creciente fortaleza de la oposición llevó al dictador gobierno de Wojciech Jaruzelski a declarar la ley marcial en diciembre de 1981. No obstante, con las reformas de Mijaíl Gorbachov en la Unión Soviética, la cada vez mayor presión de Occidente y el malestar continuo, los comunistas fueron forzados a negociar con sus oponentes. Las conversaciones de la mesa redonda de 1989 resultó en la participación de Solidaridad en la elecciones de ese mismo año; la sorprendente victoria de sus candidatos despertó una sucesión de transiciones pacíficas del gobierno comunista en Europa central y oriental. En 1990, Jaruzelski renunció como presidente de la República de Polonia y fue sucedido por Wałęsa, ganador de las elecciones de diciembre de 1990. Recuperando su sufrida Polonia la paz y libertad que tanto ella anheló en su infancia y juventud polaca...

Honrado me siento de, en el "Portal Mundo Mejor", haber podido recordar estas ejemplares vidas de una familia, familia en la que Pierre y Marie Curie regalaron al mundo su descubrimiento del RADIO sin patentarlo y enseñando además el complejo método de cómo lograrlo según lo que Marie Curie había descubierto. Si lo hubieran patentado habrían sido una de las familias más acaudaladas del mundo. No es fácil en nuestra mercantil era moderna entender un gesto así, como tampoco es fácil quizá dimensionar la múltiple grandeza de la gran Marie Curie...

La sección "Galería de Personajes" del Portal ha quedado ahora con 70 títulos y rememoro que, cual actor en escena que se mimetiza con el personaje que interpreta, me involucré en especial con Giordano Bruno, su cosmovisión sorprendente en el 1500-1600, su persecución por parte de la Santa Ignorancia que a la hoguera lo llevó; sentí que yo era el condenado por hereje... El sacerdote jesuita Teilhard de Chardin me conmovió por lo que luchó y veló su Suprasensorial Enseñanza para lograr permanecer en su orden. El gran Krishnamurti como guerrero me sentí identificado al igual que con Vivekananda. Leonardo da Vinci fue algo especial y entendí el por qué mi madre me puso por segundo nombre el de Leonardo. Eliyahus Rips y su Código Secreto de la Torah fue una revelación más aún al comprender que era un texto creado por una Mente, quizá la del Padre, texto dinámico con "vida", texto variable en el tiempo y que allí se demostraba que una serie de acontecimientos apocalípticos se habían pospuesto... Ya no de la Galería de Personajes, pero sí en la sección sobre Jesús, el Sagrado Testimonio y en especial su objetivo primer estudio médico realizado por el Dr. Yves Delage al analizar con medios tan rudimentarios la primera foto del abogado Secondo Pía del año 1898 y presentar su informe en la Academia de Francia en 1902, donde su magistral descripción, al decir allí el nombre de Jesús significó que sus pares ateos casi lo linchan y entender que ellos eran más fanáticos, sectarios, dogmáticos que los cristianos y "VER" ese rostro de Amor y suprahumano que jamás lo abandonó, la escena se impregnó en mi subconsciente. Ahora se trata de la segunda mujer del Portal y me ha sucedido algo especial con el relato biográfico de su hija Ève, que al ser publicado fue éxito de ventas, traducido a más de veinte idiomas y entre otras cosas sentir por la voz escrita de su hija la intolerancia de esa Academia de Francia que no aceptaba a una mujer y menos aún, como despectivamente le decían la ruso-polaca-judía. Tal parece sus padres eran cristianos aunque ella no, más bien se sentía agnóstica. Para nada le fue fácil a ese matrimonio luchar en un miserable laboratorio casi sin calefacción, quizá por no tener el apoyo de algún grupo de poder. Qué decir cuando quedó viuda y logra en 1911 ser la primera persona en ser galardonada con un segundo Premio Nobel. La prensa francesa solo comentó al de literatura. Es real que al último con vergüenza la discriminatoria Francia la reconoció. Me compenetré con el personaje y sentí que ahora, en el huracán de Fin de Tiempo, fue un bálsamo personal estar en esa escena que iba viviendo. Entendí que hay seres humanos especiales, elegidos, que por sobre el dolor, el sufrimiento, la incomprensión imponen su Misión de vida y Marie Curie, con su esposo y sus dos hijas fueron un ejemplo de vida, ejemplo de AMOR, ejemplo de humildad, ejemplo de grandeza, de esos que hacen que el Código Secreto pospongan hechos apocalípticos que deben suceder y tal parece serán abreviados, atenuados y mejor soportados. En parte por tanto anónimo humilde que es ejemplo de vida, fe, amor y comprensión en su dolor. Fui tocado por este femenino personaje y su entorno familiar. Marie Curie me has sorprendido y superado en mi entendimiento. Gracias.

Para el recuerdo

                            Los Curie muestran la luminosidad del radio                                                                                  Marie Curie contempla su descubrimirnto



Marie Curie crea para Francia en la Primera Guerra Mundial equipos de rayos móviles y fijos. Forma a personal para capacitarlos en lo que el futuro se conocerá como la especialidad de Radiología. Marie ha instalado doscientas salas de radiología. La cifra de heridos examinados por esos 220 puestos, fijos o móviles, puestos creados y montados, personalmente, por la señora Curie, pasa del millón.
Acá está en acción en dos de los equipos móviles de “su” Servicio Radiológico...






Decía Marie Curie:
En aquella miserable barraca pasamos los mejores y más felices años de nuestra vida, consagrados al trabajo. A veces me pasaba todo el día batiendo una masa en ebullición con un agitador de hierro casi tan grande como yo misma. Al llegar la noche estaba rendida de fatiga.
Una de nuestras alegrías era entrar en nuestra sala de trabajo en la noche, entonces percibíamos por todos lados las siluetas débilmente luminosas de las botellas o cápsulas que contenían nuestros productos. Era realmente un espectáculo encantador y siempre nuevo para nosotros. Los tubos brillantes parecían débiles luces de hadas.
El descubrimiento del fenómeno de la radioactividad fue hace 15 años. Así que la radioactividad es una ciencia muy joven. Es un niño que ví nacer, y que ayudé con todas mis fuerzas a levantarse. El niño creció, se convirtió en algo hermoso.

Señala el presente:
2011 ha sido declarado por la UNESCO Año Internacional de la Química en homenaje a una mujer nacida en Polonia en 1867, que hace exactamente cien años batió tres plusmarcas en la historia del conocimiento científico. Fue la primera mujer en recibir un Premio Nobel, la primera persona a la que se concedió dos veces este galardón y, hasta hoy, la única mujer con dos Premios Nobel en distintas categorías: el de Química, obtenido en 1911 por el descubrimiento del radio y el polonio, y el de Física, que le fue otorgado en 1903 por el descubrimiento de la radioactividad espontánea junto a Henri Becquerel y Pierre Curie.

 

Dr. Iván Seperiza Pasquali
Quilpué, Chile
Enero de 2015

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