401

El Cúantico Planck



Pero lo que entendemos por normal no es, necesariamente, la verdad.
De acuerdo a Einstein, Riemann y Planck,
entre otros sabios, nuestro Universo es multidimensional, cuántico y relativo.
En él, en otros puntos, nuestro presente está por suceder; en otros mundos, nuestro pasado es futuro.
Dr. Iván Seperiza Pasquali


En 1874, Max Planck de 16 años obtuvo su graduación. Mostraba especial talento para la música (tocaba el órgano, el piano y el cello), la filología clásica y las ciencias. Por tanto tenía dudas de su vocación. Un profesor de física le dice que en este campo de la ciencia todo lo importante ya se había encontrado y solo quedaban por rellenar pequeñas lagunas. El joven Planck le contestó que a él no le interesaba hacer grandes descubrimientos si no entender. Estaba escrito que escogiera la Ciencia y, de qué manera entendió la Física y, con su entendimiento realizó el más gran descubrimiento que como creador de la cuántica, revolucionó la física y todo el pensar humano actual. Lo demás lo veremos en su Biografía y desarrollo del escrito 401 en homenaje al, para mí, gran revolucionario del humano pensar.

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Biografía

Max Planck fue el último gran representante de la época clásica de la física, y al mismo tiempo el que comenzó todo lo nuevo;
en cierto modo actuando bajo la presión ejercida por las leyes naturales.
Max Planck se vio inducido a apartarse de ciertas categorías de pensamiento, consideradas como evidentes hasta entonces.
Werner Heinsenberg, físico alemán Premio Nobel 1932

El último día de julio de 1945, un oficial norteamericano llamó al timbre de una casa desolada y derruida por los estragos de la guerra. Le abrió la puerta un anciano de ojos tristes y casi 90 años, que momentos antes había estado tocando el piano para recuperar las ganas de vivir. Al verlo, el militar lo saludó con un gesto solemne. Tenía enfrente al profesor MAX PLANCK, el físico más respetado de Alemania; un hombre de integridad intachable al que debía trasladar, por motivos de seguridad, fuera de Berlín… Escuchar audio: http://media.libsyn.com/media/cienciaes/bi003_mplanck.mp3

Planck era originario de una familia con gran tradición académica: su bisabuelo Gottlieb Planck (1751-1833) y su abuelo Heirich Ludwig Planck (1785-1831) fueron profesores de teología en la Universidad de Gotinga, su padre Wilhem Johann Julius von Planck (1817-1900) fue profesor de derecho en Kiel y Múnich, su tío Gottlieb Planck (1824-1907) fue también jurista en Gotinga y uno de los padres del Código Civil de Alemania.
Nació el 23 de abril de 1858 en Kiel, del matrimonio de Julius Wilhem con su segunda esposa Emma Patzig (1821-1914). Tenía cuatro hermanos (Hermann, Hildegard, Adalbert y Otto) y dos medio hermanos (Hugo y Emma), hijos de su padre con su primera esposa. Pasó en Kiel sus seis primeros años y entonces su familia se mudó a Múnich. Allí se matriculó en el Maximilians gymnasium. Sus compañeros de clase eran hijos de familias conocidas de Múnich. Entre ellos se encontraban el hijo del banquero Heinrich Merck y Oskar Miller, fundador más adelante del Deutsches Museum. A los 16 años obtuvo su Schulabschluss o graduación. Planck se matriculó para el curso 1874/75 en la Facultad de Física de la Universidad de Múnich. Allí, bajo la tutela del profesor Jolly, Planck condujo sus propios experimentos (por ejemplo sobre la difusión del hidrógeno a través del platino caliente) antes de encaminar sus estudios hacia la física teórica. Además de sus estudios, fue miembro del coro de la universidad donde en 1876/77 compuso una opereta titulada Die Liebe im Walde y en 1877 realizó con otros dos compañeros un viaje por Italia. Visitó Venecia, Florencia, Génova, Pavia, los lagos de Como y Lugano, Lago Maggiore, Brescia y el Lago de Garda.
El curso 1877/78 lo realizó en Berlín, en la Universidad Friedrich-Wilhelms, donde recibió las enseñanzas de los célebres físicos Hermann von Helmholtz y Gustav Kirchhoff. De Helmholtz dijo Planck que no preparaba las clases, que constantemente cambiaba lo que estaba escrito en la pizarra y que parecía tan aburrido como los estudiantes. El resultado era que pocos estudiantes permanecían en su aula. Al final sólo quedaron tres estudiantes, entre los que se encontraban el propio Planck y el más tarde astrónomo Rudolf Lehmann-Filhés. En cambio de Kirchhoff decía que sus clases estaban preparadas meticulosamente, pero que a menudo resultaban áridas y monótonas, y que los estudiantes admiraban al orador, no su discurso. Pese a esta opinión desfavorable sobre Helmholtz como profesor, trabó una amistad con él. En esta época se dedicó paralelamente por su cuenta al estudio de la obra de Rudolf Clausius, de quien admiró su discurso comprensible y su claridad, sobre los principios de la termodinámica. Fue en este tema en el que trabajó para preparar su tesis de doctorado, que llevó por título «Über den zweiten Hauptsatz der mechanischen Wärmetheorie» (Sobre el segundo principio de la termodinámica) y que presentó en 1879 en Múnich, con 21 años. Volvió a Múnich en 1880 para ejercer como profesor en la universidad. En 1889, volvió a Berlín, donde desde 1892 fue el director de la cátedra de Física teórica.
Desde 1905 hasta 1909, Planck fue la cabeza de la Deutsche Physikalische Gesellschaft (Sociedad Alemana de Física). En 1913, se puso a la cabeza de la universidad de Berlín. En 1918 recibió el Premio Nobel de física por la creación de la mecánica cuántica. Desde 1930 hasta 1937, Planck estuvo a la cabeza de la Kaiser-Wilhelm-Gesellschaft zur Förderung der Wissenschaften (KWG, Sociedad del emperador Guillermo para el Avance de la Ciencia).
Durante la Segunda Guerra Mundial, Planck intentó convencer a Adolf Hitler de que perdonase a los científicos judíos. Sus críticas al régimen nazi le forzaron a abandonar la Sociedad, de la que volvió a ser su presidente al acabar la II Guerra Mundial. Tras la muerte de Max Planck el 4 de octubre de 1947 en Gotinga, la KWG se renombró a Max-Planck-Gesellschaft zur Förderung der Wissenschaften (MPG, Sociedad Max Planck).
Los descubrimientos de Planck, que fueron verificados posteriormente por otros científicos, fueron el nacimiento de un campo totalmente nuevo de la física, conocido como mecánica cuántica y proporcionaron los cimientos para la investigación en campos como el de la energía atómica. Reconoció en 1905 la importancia de las ideas sobre la cuantificación de la radiación electromagnética expuestas por Albert Einstein, con quien colaboró a lo largo de su carrera.
Aunque en un principio fue ignorado por la comunidad científica, profundizó en el estudio de la teoría del calor y descubrió, uno tras otro, los mismos principios que ya había enunciado Josiah Willard Gibbs (sin conocerlos previamente, pues no habían sido divulgados). Las ideas de Clausius sobre la entropía ocuparon un espacio central en sus pensamientos.
Planck fue el primero en resolver el problema de la radiación del cuerpo negro. El problema de la radiación del cuerpo negro era un problema que había tenido ocupados a los físicos durante todo el s. XIX y que no había podido ser resuelto aplicando lo que se sabía de Física en aquellos tiempos.
Planck resolvió este problema porque fue el primero en utilizar una idea completamente nueva, según la cual los cuerpos no emiten y absorben cualquier cantidad de energía sino sólo ciertas cantidades múltiplos de una energía fundamental. Es decir, según esta idea la energía no se absorbe y se emite como un flujo continuo sino fragmentado. A estos fragmentos o paquetes de energía, Planck les llamó cuantos.
En 1900, descubrió una constante fundamental, la denominada constante de Planck, usada para calcular la energía de un fotón. Esto significa que la radiación no puede ser emitida ni absorbida de forma continua, sino solo en determinados momentos y pequeñas cantidades denominadas cuantos o fotones.
Descubrió como él lo dijo: La energía de oscilación electromagnética que emana de un manantial calorífico no es continua, sino que está dividida en porciones elementales, en quantos. Sólo aceptando esta hipótesis se puede comprender la distribución de energías en el espectro.

La energía de un cuanto o fotón depende de la frecuencia de la radiación:


Donde h es la constante de Planck y su valor es 6,62 por 10 elevado a -34 julios por segundo o también 4,13 por 10 elevado a -15 electronvoltios por segundo. También puede ser formulada como:

       

Ya que, la frecuencia ν, longitud de onda λ, y la velocidad de la luz c están relacionados por ν λ = c.

Un año después descubrió la ley de la radiación electromagnética emitida por un cuerpo a una temperatura dada, denominada Ley de Planck, que explica el espectro de emisión de un cuerpo negro. Esta ley se convirtió en una de las bases de la mecánica cuántica, que emergió unos años más tarde con la colaboración de Albert Einstein y Niels Bohr, entre otros.
Su vida privada estuvo presidida por la desgracia: contrajo nupcias en dos ocasiones, sus cuatro hijos murieron en circunstancias trágicas, el hijo mayor oficial militar fue fusilado en uno de los juicios por atentados contra Hitler. Su casa quedó arrasada en 1944 durante un bombardeo; recogido por las tropas estadounidenses, fue trasladado a Gotinga, donde residió hasta su muerte tres años después.
En 1930 Planck fue elegido presidente de la Sociedad Kaiser Guillermo para el Progreso de la Ciencia, la principal asociación de científicos alemanes, que después de 1947 se llamó Sociedad Max Planck. Sus críticas abiertas al régimen nazi que había llegado al poder en Alemania en 1933 le forzaron a abandonar la Sociedad, de la que volvió a ser su presidente al acabar la II Guerra Mundial.  
A pesar de su avanzada edad, Planck estaba listo para servir en la reconstrucción de la ciencia alemana. En la primavera de 1946, a los 88 años, soportó los rigores de un viaje a Inglaterra para tomar parte en las celebraciones a Newton de la Real Sociedad, de la cual era miembro extranjero, y usar su influencia personal para promover una nueva Alemania. También se presentó al rescate de la Sociedad Káiser Guillermo y asumió otra vez su presidencia durante un periodo de transición muy vulnerable.
Max Planck murió el 4 de octubre de 1947, a los 89 años. El funeral que se llevó a cabo tres días después y la conmemoración de los 90 años de su natalicio, en abril del siguiente año, fueron manifestaciones impresionantes de la estima general del pueblo alemán hacia su figura. Sobre la lápida de su tumba en Göttingen aparece grabada la letra h que simboliza la constante de Planck. Tras su muerte, la Sociedad Káiser Guillermo para el Progreso de la Ciencia fue nombrada Sociedad Max Planck.

La música fue parte de su vida, en particular la obra de Beethoven, Schubert y Brahms, él era un excelente pianista.

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Frases y Pensamientos


Al aceptar el premio Nobel por su estudio sobre el átomo, en Estocolmo 2 de junio de 1920 destacó:

Durante muchos años, mi meta fue resolver el problema de la distribución de energía en el espectro normal del calor irradiado. Después de que Gustav Kirchhoff hubiese demostrado que el estado de la radiación de calor que tiene lugar en una cavidad delimitada por cualquier material emisor y absorbente a una temperatura uniforme es totalmente independiente de la naturaleza del material, se demostró una función universal que era dependiente sólo de la temperatura y la longitud de onda, pero de ningún modo de las propiedades del material. El descubrimiento de esta destacable función prometía una visión más profunda de la conexión entre la energía y la temperatura que es, de hecho, el problema principal en la termodinámica y por tanto en toda la física molecular. 
En esa época mantuve lo que hoy serían consideradas ingenuamente inocentes y asumibles esperanzas, de que las leyes de la electrodinámica clásica nos permitirían, si se abordaran de una forma suficientemente general evitando hipótesis especiales, comprender la parte más significativa del proceso que esperaríamos, y por tanto lograr la meta deseada.  
Varios métodos diferentes mostraron más y más claramente que un importante elemento de conexión o término, esencial para llegar a la base del problema, tenía que estar perdido.
Estuve ocupado desde el día en que yo establecí una nueva fórmula para la radiación, con la tarea de encontrar una interpretación física real de la fórmula, y este problema me llevó automáticamente a considerar la conexión entre la entropía y la probabilidad, es decir, el tren de ideas de Boltzmann; posteriormente tras varias semanas del más duro trabajo de mi vida, la luz penetró la oscuridad, y una nueva perspectiva inconcebible se abrió ante mi.
Debido a que una constante en la ley de la radiación representa el producto de la energía y el tiempo la describí como el cuanto elemental de acción. Mientras que fuera mirado como infinitamente pequeño todo estaba correcto; pero en el caso general, sin embargo, un hueco se abría en un lugar o en otro, que se convertía en más importante cuanto más débiles y rápidas se considerasen las vibraciones. Todos esos esfuerzos en salvar las distancias se derrumbaron pronto dejando poco lugar a dudas. O bien el cuanto de acción era una cantidad funcional, con lo que toda la deducción de la ley de la radiación era esencialmente una ilusión que representaba sólo un papel vacío sobre fórmulas sin significado, o bien la derivación de la ley de la radiación debía jugar un papel fundamental en la física, y aquí había algo completamente nuevo, nunca oído con anterioridad, que parecía requerir que revisáramos básicamente todo nuestro pensamiento físico, construido como lo estaba, a partir del tiempo del establecimiento del cálculo infinitesimal por Leibniz y Newton, sobre la aceptación de la continuidad de todas las conexiones causativas. La experimentación decidió que era la segunda alternativa.
Como persona que ha dedicado toda su vida a la ciencia más perspicaz, el estudio de la materia, todo lo que puedo decirles sobre el resultado de mis investigaciones sobre los átomos es lo siguiente:  

"¡La materia no existe!". Toda materia se origina y existe sólo en virtud de una fuerza que hace vibrar las partículas de un átomo y mantiene unido al más diminuto de los sistemas solares, el átomo. Tras esta fuerza hemos de suponer la existencia de una mente consciente e inteligente. La mente es la matriz de toda materia.

La disertación que dio Max Planck en un Congreso de Ciencias Físicas en Florencia, Italia, al igual que lo afirmado en Estocolmo, por decir lo menos, sorprendió:

“En mi carácter de Físico y como hombre que ha dedicado su vida a la ciencia auténtica, a la investigación de la Materia, me creo a salvo de la sospecha de un fantasioso irresponsable. Por ello, y a raíz de mis exploraciones en el campo atómico, declaro lo siguiente:

No existe la materia en sí.

Toda materia nace y permanece únicamente en virtud de una Fuerza que pone en vibración las partículas intraatómicas y las mantiene vinculadas semejando al más pequeño sistema solar del mundo. Siendo que en el Universo no existe fuerza inteligente ni fuerza eterna (abstracta) alguna (la humanidad nunca pudo inventar un “perpetum mobile”), debemos admitir detrás de la Fuerza mencionada la presencia de un Espíritu consciente inteligente, o sea que EL FUNDAMENTO ESENCIAL DE LA MATERIA ES DICHO ESPIRITU.

Ya que según vimos la Materia no existe sin este Espíritu, lo real, cierto y efectivo no es la Materia visible y transitoria, sino el Espíritu invisible e inmortal. Pero siendo que no puede haber espíritu en sí por pertenecer cada espíritu a un ser, debemos forzosamente admitir seres espirituales.
Ahora bien: como a su vez los seres espirituales no pueden ser por sí mismos, sino que deben ser creados, no vacilo en denominar a ese misterioso Creador como lo han nombrado todos los pueblos cultos de la Tierra en los pasados milenios: Dios”.


De sus frases:

Bajo tales condiciones no es causa de asombro que el movimiento de los ateos, que declara que la religión es sólo un espejismo deliberado inventado por unos sacerdotes sedientos de poder, y que no tiene más que palabras de escarnio para la piadosa creencia en un Poder Supremo, haga un uso ávido del progresivo conocimiento científico y que con una supuesta unión con el mismo expanda a un ritmo cada vez más acelerado su acción desintegradora sobre todas las naciones de la tierra y a todos los niveles de la sociedad. No necesito explicar con ninguna clase de detalle que después de su victoria no sólo se desvanecerían todos los más preciosos tesoros de nuestra cultura, sino —lo que es aun peor— toda posibilidad de un mejor futuro.


Considero la conciencia como algo fundamental. Considero la materia como derivación de la conciencia. No podemos ir más allá de la conciencia. Todo aquello acerca de lo que hablamos, todo aquello que consideramos como existente, postula la conciencia.

Creo que la conciencia es fundamental. Creo que todo asunto deriva de la conciencia. Todo lo que hablamos, todo lo que consideramos como existente, es dictado por la conciencia.

Cualquier persona que se ha visto seriamente comprometida en el trabajo científico de cualquier tipo se da cuenta de que en las puertas de entrada del templo de la ciencia están escritas las palabras: "debes tener fe". Es una virtud que los científicos no pueden prescindir.

Cuando el trabajo es un placer la vida es bella. Pero cuando nos es impuesto la vida es una esclavitud.

Cuando se examinan inteligentemente incluso los más inútiles experimentos, éstos pueden abrir el camino hacia los más sensacionales hallazgos.

El mayor peligro lo constituyen hoy las personas que se niegan a reconocer que la era que acaba de comenzar difiere fundamentalmente del pasado.

El miedo es para el espíritu tan saludable como el baño para el cuerpo.

El mundo exterior es algo independiente del hombre, algo absoluto, y la búsqueda de las leyes que se aplican a este absoluto me parecieron la más sublime profesión científica.

El que ha llegado tan lejos que ya no se confunde, ha dejado también de trabajar.

En todas partes, y por lejos que dirijamos nuestra mirada, no solamente no encontramos ninguna contradicción entre religión y ciencia, sino pleno acuerdo en los puntos decisivos.

Es necesario construir mentalmente un hipótesis teórica y someterla a la prueba de las mediciones experimentales.

Es posible que la naturaleza sea tan absurda como se nos aparece a nosotros en estos experimentos atómicos.


He estado aquí en Berlín en la universidad desde 1889 por tanto soy bastante veterano. Pero realmente no hay ningún antiguo berlinés genuino, gente que naciera aquí; en el mundo académico todo el mundo se traslada con frecuencia. La gente se va de una universidad a la siguiente, pero en ese sentido yo soy realmente muy sedentario. Pero una vez que llegué a Berlín no fue fácil marcharse; a fin de cuentas, este es el centro de la actividad intelectual de toda Alemania.

Intenté inmediatamente soldar alguna forma el cuanto elemental de acción en el marco de la teoría clásica. Pero contra todos esos intentos esta constante se mostró testaruda. Mis fútiles intentos por integrar el cuanto elemental de acción en la teoría clásica continuaron durante varios años y me costaron muchos esfuerzos.

Jamás puede haber verdadera oposición entre la religión y la ciencia, pues una es el complemento de la otra.

La ciencia es la progresiva aproximación del hombre al mundo real.

La Ciencia es incapaz de resolver los últimos misterios de la naturaleza, porque en el último análisis, nosotros mismos somos parte de la naturaleza y, por eso, también parte del misterio que tratamos de resolver.

La satisfacción y felicidad interior de todo científico está en tener la oportunidad de explorar lo que es explorable y de venerar con serenidad lo inexplicable.

La racionalidad del pensamiento científico no es diferente al funcionamiento del pensamiento de la realidad cotidiana, la diferencia sólo es de grado de precisión, que se puede comparar con la diferencia entre el potencial de un microscopio y las limitaciones del ojo humano.

La verdad nunca triunfa, simplemente sus oponentes se van muriendo. Una nueva verdad científica no suele imponerse convenciendo a sus oponentes sino más bien porque sus oponentes desaparecen paulatinamente y son sustituidos por una nueva generación familiarizada desde el principio con la nueva verdad.

Los descubrimientos científicos y el conocimiento científico han sido realizados únicamente por aquellos que se han consagrado a ellos sin perseguir ninguna finalidad práctica.

Mi pena no puede expresarse en palabras.

Ninguno de nosotros poseemos por nacimiento derecho a ser felices, a tener éxito, a prosperar en la vida. Por ello, debemos acoger cada disposición favorable de la providencia, cada hora de felicidad, como un regalo inmerecido que incluso nos impone una obligación. Lo único que con seguridad podemos reclamar como propio, el mayor bien del que ningún poder del mundo nos puede privar y que a la larga nos puede contentar más que ninguna otra cosa, es la pureza del espíritu que se manifiesta en el concienzudo cumplimiento del deber personal. Y aquel a quien le fuera concedida la fortuna de participar en la edificación de la ciencia exacta encontrará su placer y su felicidad en la certeza de haber explorado lo explorable y de venerar serenamente lo inexplorable.

No es la posesión de la verdad, sino el éxito que llega luego de la búsqueda, donde el buscador se enriquece con ella.

No podemos penetrar científicamente en el mundo del espíritu, para ello deberíamos traspasar el umbral del ego individual en el cual las leyes y aun los sistemas científicos no tienen cabida ni la tendrán nunca.

No se da contradicción alguna entre Religión y Ciencias Naturales; ambas son perfectamente compatibles entre sí.

No tenemos el derecho de asumir que las leyes físicas existen o si han existido hasta ahora, que seguirán existiendo en el futuro de forma similar.

No tuve la buena fortuna de un eminente científico o profesor dirigiendo el curso específico de mi educación.

Nunca se puede predecir un acontecimiento físico con una precisión absoluta.

Podemos concluir que a partir de lo que la ciencia nos enseña, en la naturaleza hay un orden independiente de la existencia del hombre, un fin al que la naturaleza y el hombre están subordinados. Tanto la religión y la ciencia requieren la fe en Dios. Para los creyentes, Dios está en el principio, y de los físicos que se encuentra al final de todas las consideraciones. 

Si la hipótesis sobrevive a la prueba experimental, aumenta su prestigio, y al ir siendo aceptada se desarrolla y se extiende en una forma cada vez más comprensiva.

Sin duda alguna, la más noble de las cualidades morales de la ciencia, y también la más característica, es la veracidad: esa fidelidad a la verdad que, gracias, a una conciencia de la responsabilidad personal, conduce a la libertad interior.

También en la física sigue siendo válido el precepto de que no hay salvación sin fe, por lo menos sin fe en una cierta realidad fuera de nosotros.

Tanto la religión como la ciencia natural requieren de una creencia en Dios para llevar a cabo su actividad, para la primera Él es el punto de partida, y para la segunda el objetivo de todo proceso de pensamiento. Para la primera Él es el fundamento, para la segunda, la corona del edificio de toda cosmovisión generalizada.

Toda hipótesis fecunda en resultados tiene su origen en alguna afortunada circunstancia que ha permitido realizar la observación siguiendo dos caminos distintos.


Toda la materia se forma y se mantiene sólo gracias a una fuerza, que mantiene los átomos como al más diminuto sistema solar. Pero como en el espacio no hay ninguna fuerza entre sí, tenemos que suponer tras esta forma de energía a un Espíritu consciente e inteligente. ¡Éste es el origen primario de la materia.




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Como dijo
Dieter Hoffmann: Planck fue un revolucionario en contra de su propia voluntad.

Él no dimensionó la revolución en la Ciencia a la que trascendió hacia todo el moderno Pensar humano que, con su inicial visión cuántica logró.

Hay un libro de Planck, de él destacaré el Prólogo, una parte del capítulo 1°, el segundo capítulo y el Epílogo.

¿Adónde va la Ciencia?

P R O L O G O
POR
ALBERT EINSTEIN
Algunos hombres se dedican a la ciencia, pero no todos lo hacen por amor a la ciencia misma. Hay algunos que entran en su templo porque se les ofrece la oportunidad de desplegar sus talentos particulares. Para esta clase de hombres la ciencia es una especie de deporte en cuya práctica hallan un regocijo, lo mismo que el atleta se regocija con la ejecución de sus proezas musculares. Y hay otro tipo de hombres que penetran en el templo para ofrendar su masa cerebral con la esperanza de asegurarse un buen pago. Estos hombres son científicos tan sólo por una circunstancia fortuita que se presentó cuando elegían su carrera. Si las circunstancias hubieran sido diferentes podrían haber sido políticos o magníficos hombres de negocio. Si descendiera un ángel del Señor y expulsara del Templo de la Ciencia a todos aquellos que pertenecen a las categorías mencionadas, temo que el templo apareciera casi vacío. Pocos fieles quedarían, algunos de los viejos tiempos, algunos de nuestros días. Entre estos últimos se hallaría nuestro Planck. He aquí por qué siento tanta estima por él.
Me doy cuenta de que esa decisión significa la expulsión de algunas gentes dignas que han Construido una gran parte, quizá la mayor, del Templo de la Ciencia, pero al mismo tiempo hay que convenir que si los hombres que se han dedicado a la ciencia pertenecieran tan sólo a esas dos categorías, el edificio nunca hubiera adquirido las grandiosas proporciones que exhibe al presente, igual que un bosque jamás podría crecer si sólo se compusiera de enredaderas.
Pero olvidémonos de ellos. Non ragionam di lor. Y vamos a dirigir nuestras miradas a aquellos que merecieron el favor del ángel. En su mayor parte son gentes extrañas,
taciturnas, solitarias. Pero a pesar de su mutua semejanza están muy lejos de ser iguales a los que nuestro hipotético ángel expulsó.
¿Qué es lo que les ha conducido a dedicar sus vidas a la persecución de la ciencia? Difícil es responder a esta cuestión, y puede que jamás sea posible dar una respuesta categórica.
Me inclino a aceptar con Schopenhauer que uno de los más fuertes motivos que conduce a las gentes a entregar sus vidas al arte o a la ciencia es la necesidad de huir de la vida cotidiana con su gris y fatal pesadez, y así desprenderse de las cadenas de los deseos temporales que se van suplantando en una sucesión interminable, en tanto que la mente se fija sobre el horizonte del medio que nos rodean día tras día.
Pero a este motivo negativo debe añadirse otro positivo. La naturaleza humana ha intentado siempre formar por sí misma una simple y sinóptica imagen del mundo
circundante: En consecuencia, ensaya la construcción de una imagen que proporcione cierta expresión tangible de lo que la mente humana ve en la naturaleza. Esto es lo que hacen, cada uno en su propia esfera, el poeta, el pintor y el filósofo especulativo. Dentro de este cuadro coloca el centro de gravedad de su propia alma, y en él quiere encontrar el reposo y equilibrio que no puede hallar dentro del estrecho círculo de sus agitadas reacciones personales frente a la vida cotidiana.
Entre las diversas imágenes del mundo formadas por el artista, el filósofo y el poeta ¿qué lugar ocupará la imagen del físico teórico? Su principal cualidad debe ser una exactitud escrupulosa y una coherencia lógica que sólo el lenguaje de las matemáticas puede expresar. Por otra parte, el físico tiene que ser severo y abnegado respecto al material que utiliza. Debe contentarse con reproducir los más simples procesos que se ofrecen a nuestra experiencia sensorial, pues los procesos más complejos no pueden ser representados por la mente humana con la sutil exactitud y la secuencia lógica que son indispensables para el físico teórico.
Incluso a expensas de la amplitud tenemos que asegurar la pureza, claridad y exacta correspondencia entre la representación y la cosa representada. Al darnos cuenta de que es muy pequeña la parte de la naturaleza que así podemos comprender y expresar en una fórmula exacta, mientras tiene que ser excluido todo lo más sutil y complejo, es natural preguntarse: ¿qué tipo de atracción puede ejercer esta obra? ¿Merece el pomposo nombre de imagen del mundo el resultado de una selección tan limitada? Creo que sí, pues las leyes más generales sobre las cuales se construye la estructura mental de la física teórica tienen que ser derivadas estudiando en la naturaleza incluso los fenómenos más sencillos. Si son bien conocidos, hay que ser capaz de deducir de ellos, mediante el razonamiento puramente abstracto, la teoría de todos los procesos de la naturaleza, incluyendo los de la vida misma. He querido decir teóricamente, pues en la práctica tal proceso de deducción está mucho más allá de la capacidad del razonamiento humano. Por tanto, el hecho de que en la ciencia tengamos que contentarnos con una imagen incompleta del universo físico no es debido a la naturaleza del universo, sino más bien a nosotros mismos.
Así, la labor suprema del físico es el descubrimiento de las leyes elementales más generales a partir de las cuales puede ser deducida lógicamente la imagen del mundo.
Pero no existe un camino lógico para el descubrimiento de esas leyes elementales. Existe únicamente la vía de la intuición, ayudada por un sentido para el orden que yace tras de las apariencias, y este Einfuehlung se desarrolla por la experiencia. ¿Es posible, pues, decir que cualquier sistema de física puede ser igualmente válido y admisible? Teóricamente nada hay de ilógico en esta idea. Pero la historia del desarrollo científico enseña que de todas las estructuras teóricas imaginables, una sola demuestra ser superior a las restantes en cada período por el que atraviesa el progreso de la ciencia.
Todo investigador que tenga experiencia sabe que el sistema teórico de la física depende del mundo de la percepción sensorial y está controlado por él, aun que no exista un camino lógico que nos permita elevarnos desde la percepción a los principios que rigen la estructura teórica. De todos modos, la síntesis conceptual que es un trasunto del mundo empírico puede ser reducida a unas cuantas leyes fundamentales sobre las cuales se construye lógicamente toda la síntesis. En cualquier progreso importante, el físico observa que las leyes fundamentales se simplifican cada vez más a medida que avanza la investigación experimental. Es asombroso ver cómo de lo que parece ser el caos surge el más sublime orden. Y esto no puede ser referido al trabajo mental del físico, sino a una cualidad que es inherente al mundo de la percepción. Leibniz expresaba adecuadamente esta cualidad denominándola armonía preestablecida.
Los físicos combaten algunas veces a los filósofos que se ocupan de las teorías del conocimiento, alegando que estos últimos no llegan a apreciar completamente este hecho. Yo creo que ésa fue la base de la controversia entablada hace pocos años entre Ernst Mach y Max Planck. El último tuvo probablemente la sensación de que Mach no apreciaba completamente el afán del físico por la percepción de esta armonía preestablecida. Este afán ha sido la fuente inagotable de la paciencia y persistencia de que ha hecho gala Planck al dedicarse a las cuestiones más comunes que surgen en relación con la ciencia física, cuando hubiera podido intentar otras vías que le condujeran a resultados más atrayentes.
Muchas veces he oído que sus compañeros tienen la costumbre de atribuir esa actitud a sus extraordinarios dones personales de energía y disciplina. Creo que están en un error. El estado mental que proporciona en este caso el poder impulsor es semejante al del devoto o al del amante. El esfuerzo largamente prolongado no es inspirado por un plan o propósito establecido. Su inspiración surge de un hambre del alma.
Estoy seguro de que Max Planck sonreirá ante mi infantil manera de escudriñar con la linterna de Diógenes. ¡Bueno! Pero ¿para qué hablar de su grandeza? Su grandeza no necesita mi modesta confirmación. Su obra ha dado al progreso de la ciencia uno de los más poderosos impulsos. Sus ideas serán útiles en tanto que persista la ciencia física. Y espero que el ejemplo que brota de su vida no será menos útil para las próximas generaciones de científicos.
ALBERT EINSTEIN


Del capítulo primero
LA TEORÍA DE LOS CUANTOS
Aparte de la teoría de la relatividad, y con completa independencia de ella, la teoría de los cuantos ha dado, durante los últimos treinta años, una nueva faz a la física teórica. Lo mismo que en el caso de la teoría de la relatividad, su origen y fundamento débense al hecho de que hay que abandonar la antigua teoría clásica en vista de que fracasa al explicar los resultados que han sido establecidos experimentalmente. Estos resultados, sin embargo, no han sido obtenidos en la esfera de la óptica, sino más bien en la de la termodinámica, y han surgido al medir la energía radiante en el espectro de emisión de cuerpos oscuros.
De acuerdo con la ley de Kirchhoff esta energía radiante es independiente de la naturaleza de la substancia radiante, y; por tanto, tiene una significación universal. En esta dirección, la teoría clásica había ya conducido a importantes resultados. En primer lugar, L. Boltzmann dedujo de los descubrimientos de Maxwell, referentes a la presión ejercida por la radiación, y de las leyes de la termodinámica, la dependencia en que se hallan todos los tipos de radiación de la temperatura. W. Wien amplió el mismo principio, y demostró que la curva de la distribución de la energía en el espectro, especialmente en su situación e intensidad máxima, se desplaza por los cambios de temperatura. Esta deducción estaba en completa armonía con las mas delicadas mediciones, pero por lo que se refiere a la forma de la curva existía una notable discrepancia entre las conclusiones a que se llegaba por la teoría y las mediciones realizadas por von Lummer y Pringsheim, Rubens y Kurlbaum.
Entonces, tomando las leyes de la termodinámica como una base sobre la cual pudiera ser obtenida una explicación de los resultados experimentales, llegué a la revolucionaria hipótesis dé que los diversos aspectos que una imagen oscilante y radiante posee son entidades en sí mismas, y que la diferencia entre dos cualesquiera de los aspectos de la imagen se caracteriza por una constante universal definida, el cuanto elemental de acción. El establecimiento de esta hipótesis implicaba un rompimiento fundamental con la opinión hasta entonces mantenida en la ciencia física, pues hasta ese momento se consideraba como dogma que el estado de una imagen física podía ser indefinidamente alterado. Pronto quedó demostrado que la nueva hipótesis era fructífera al observar que conducía a una ley que
explicaba la distribución de la energía en el espectro, y que estaba en perfecta armonía con las mediciones practicadas. Pero, además, proporcionaba un medio para determinar los pesos absolutos de moléculas y átomos. Hasta entonces, y aunque estas determinaciones habían sido realizadas, la ciencia había tenido que contentarse con valores más o menos groseros. Einstein demostró de inmediato que la nueva teoría tenía una ulterior consecuencia en cuanto era aplicable a la energía y calor específico de los cuerpos materiales. Hasta entonces había sido tan sólo una mera suposición que el calor específico disminuye ilimitadamente al descender la temperatura, pero luego esa suposición quedó demostrada por pruebas experimentales. Max Born y Th. von Karmann, por una parte, y P. Debye, por otra, comenzaron a estudiar cuidadosamente, desde el punto de vista de la teoría de los cuantos, el problema de la dependencia del calor específico de la temperatura, y consiguieron formular una ley que permite calcular la variación del calor específico según la temperatura, partiendo de las constantes elásticas de la substancia en cuestión. De todos
modos, la prueba más patente de la universalidad del cuanto de acción se funda en la circunstancia de que no sólo la teoría del calor emitida por  W. Nernst, en el año 1906, con independencia de la teoría de los cuantos, está en armonía con ésta, sino también que la constante química introducida por Nernst depende del cuanto de acción. Esto fue claramente demostrado por O. Sackur y H. Tetrode.
La solidez de la teoría de los cuantos es actualmente tan grande e indiscutible que si la determinación de una constante química no coincide con el cálculo teórico, la discrepancia es atribuída, no a la teoría de los cuantos como tal, sino a la forma en que ha sido aplicada, y especialmente a la aceptación de ciertas condiciones atómicas referentes a la substancia en cuestión. Pero las leyes de termodinámica, por ser de una naturaleza sumaria y estadística, únicamente pueden dar lugar a resultados sumarios cuando se aplican a los procesos electrónicos en el átomo.
Ahora bien, si el cuanto de acción tiene la significación que se le ha atribuído actualmente en termodinámica, se debe hacer sentir también en cada uno de los procesos dentro del átomo, en todos los casos de emisión y absorción de radiación y en la libre dispersión de la radiación luminosa. y también fue Einstein quien formuló la hipótesis de que los cuantos de luz tienen una existencia independiente y ejercen una actividad independiente. Esta hipótesis condujo a plantear una larga serie de nuevos problemas, que sirvieron de punto de partida a nuevas investigaciones en los campos de la física y de la química. Estas investigaciones se han ocupado de la emisión de los cuantos de luz, por una parte, y de los electrones, átomos y moléculas, por otra. La primera medición directa del cuanto de acción fue obtenida por J. Franck y G. Hertz liberando cantidades de luz mediante impulsos electrónicos. Niels Bohr consiguió más tarde aclarar la teoría, y extender su aplicación más allá de la esfera electrodinámica. Sobre la base del cuanto fue capaz de establecer las leyes que rigen las minúsculas actividades que tienen lugar en el mundo interior del átomo.
Mediante la construcción de un modelo de átomo demostró matemáticamente que si los electrones del átomo se mantienen girando a enormes velocidades, el cambio de energía implicado en el desplazamiento de un electrón desde una órbita a otra corresponde exactamente a la teoría de los cuantos, según la cual la variación del estado físico no tiene lugar gradualmente, sino en forma de saltos. Esta fue la primera vez que la teoría de los cuantos encontró una aplicación fuera de la esfera de la termodinámica.
El camino de los cuantos para resolver problemas físicos fue extendido más tarde por A. Sommerfeld, quien de este modo consiguió solucionar el enigma de las delicadas estructuras espectrales que hasta entonces no había podido ser aclarado. Independientemente de los fenómenos espectrales, el modelo de átomo de Bohr mostró su utilidad para la dilucidación de las leyes químicas, incluso de aquellas que rigen las funciones de elementos que periódicamente se presentan en las estructuras químicas. El mismo Profesor Bohr jamás ha afirmado que este modelo de átomo proporcione la solución definitiva del problema de los cuantos, pero el principio que dicho autor introdujo en la ciencia ha demostrado ser fructífero, pues, en combinación con la teoría clásica, señaló la dirección para el subsiguiente desarrollo de la teoría de los cuantos.
Cierto número de dudas persistió algún tiempo, pues debido al carácter discontinuo del átomo de Bohr, las llamadas órbitas electrónicas estacionarias no estaban de acuerdo en sus peculiaridades con las leyes de la mecánica clásica. El Prof. Heisenberg descubrió un camino para obviar esta dificultad formulando una detallada descripción del movimiento electrónico en un sentido completamente diferente de las teorías clásicas. Dicho autor demostró que únicamente las dimensiones que en principio son directamente mensurables deben ser tratadas teóricamente; y así consiguió formular ciertas ecuaciones mediante las cuales ha sido resuelto el problema de aplicar la teoría de los cuantos con una validez universal. La íntima relación entre este particular método de cálculo y el de la computación matriz fue puesta de relieve con la colaboración de Max Born y P. Jordan, y un nuevo y significativo paso en esa dirección fue dado por W. Pauli y P. Dirac.
Es notable que caminos indirectos, que algunas veces parecen incluso marchar en direcciones opuestas, conducen a la misma meta y abren otros campos que han extendido la base de la teoría de los cuantos. Una nueva ampliación fue conseguida con el establecimiento de la teoría de las ondas. La teoría original de Heisenberg reconocía únicamente magnitudes integrales en las cantidades medidas. Esto es, sus resultados comprobaron la condición de discontinuidad postulada por la teoría de los cuantos. Pero L. Broglie, independientemente de Heisenberg, desarrolló otra interpretación que servía de complemento a la anterior. Los cuantos de luz de Einstein son de doble naturaleza.
Considerados desde el punto de vista de la energía, actúan como partículas distintas y divisibles — esto es, son cuantos concentrados o fotones; pero si los examinamos desde el punto de vista electromagnético, todos los experimentos demuestran que son comparables a una onda esférica o vibración que se extiende en todas direcciones, y que corresponde exactamente la teoría ondulatoria de la luz de Maxwell. Este es uno de los grandes dilemas de la física moderna, y la hipótesis de la mecánica de las ondas es un ensayo para resolverlo. Schroedinger fue el primero que presentó una fórmula analítica exacta de la mecánica de las ondas en las ecuaciones diferenciadas parciales, expuestas por dicho autor. Por una parte, y en cuanto se refiere a los valores integrales de la energía, tales estudios condujeron directamente a las reglas que Heisenberg ha establecido. Mientras que por otra parte extendieron los fundamentos de aplicación de la teoría de los cuantos a los procesos de desintegración, e incluso a problemas más embrollados y confusos. En el presente estado de su desarrollo podemos decir, sin temor a ser discutidos, que la teoría de la mecánica de las ondas ha
quedado definitivamente establecida por sí misma como una generalización y ampliación de la mecánica corpuscular clásica. La diferencia entre la mecánica clásica y la ondulatoria descansa principalmente en el hecho de que las leyes del movimiento, por lo que respecta a una imagen física, no pueden ser formuladas como lo habían sido en la mecánica clásica — es decir, la imagen no puede ser fragmentada en fracciones infinitesimalmente pequeñas, siendo el movimiento de cada fracción independiente del de los restantes. Por el contrario, según la mecánica ondulatoria, la imagen debe ser mantenida ante los ojos como un todo, y sus movimientos como surgiendo de los movimientos integrales individuales y recíprocamente diferenciados. De aquí se deduce que no es la fuerza local —como en la mecánica newtoniana— sino la fuerza integral, es decir, la potencial, la que es miembro de la ecuación fundamental. Por otra parte se deduce también que carece de sentido hablar del estado de una partícula en cuanto se refiere a su posición y velocidad. A lo sumo este estado es más bien un cierto espacio fundamental para el desarrollo de la ordenación dimensional del cuanto de acción.
Por tanto, en principio, cualquier método de mediciones se comporta como inseguro con respecto a la suma total correspondiente. No hay ni que decir que las leyes de la naturaleza son en, sí mismas independientes de las propiedades de los instrumentos que sirven para su medición. Sin embargo, en toda observación de los fenómenos naturales no debemos olvidar que la exactitud del aparato de medición desempeña siempre importante papel. Por esta razón algunos investigadores dedicados a la física de los cuantos prefieren prescindir del principio de la causalidad en la determinación de los fenómenos naturales, y adoptar, en su lugar, el método estadístico.
Pero yo creo que, con igual justicia, podría ser sugerida una modificación de la fórmula del principio causal que nos legó la física clásica, para que así pueda readquirir su validez. Pero la cuestión acerca de los méritos rivales de los métodos estrictamente causales y estadísticos depende de hasta qué punto son más fructíferos en resultados unos u otros.


Segundo capítulo
¿ES REAL EL MUNDO EXTERNO?
Vivimos en un momento singular de la historia. Es un momento de crisis, en el sentido literal de la palabra. En todas las ramas de nuestra civilización espiritual y material vemos que se ha llegado a un punto crítico. Este momento álgido no sólo se refiere al estado actual de los problemas públicos, sino también a la posición general que se adopta con respecto a los valores fundamentales en la vida individual y social. Algunos dicen que estos síntomas marcan la iniciación de un gran renacimiento, pero hay otros que ven en ellos el reflejo de una decadencia a la cual está destinada nuestra civilización. Antaño tan sólo la religión, especialmente en sus sistemas doctrinal y moral, fue objeto del ataque de los escépticos. Luego los iconoclastas comenzaron a destrozar los ideales y principios que hasta entonces se habían aceptado en el terreno del arte; ahora han invadido el templo de la ciencia. Apenas podría encontrarse un axioma científico que en la actualidad no haya sido negado por alguien. En fin, casi podría decirse que cualquier teoría absurda que sea formulada en el mundo de la ciencia llegará a encontrar en un lugar u otro partidarios y discípulos.
En medio de esta confusión es natural preguntarse si la verdad conserva aún alguna trinchera de cuya inexpugnabilidad estemos seguros, y en la cual podamos resistir
firmemente la ola de escepticismo que se ha desencadenado. La ciencia, en general, se presenta ante nosotros con el aspecto de una. maravillosa estructura teórica, que es uno de los frutos más espléndidos del razonamiento constructivo. La coherencia lógica de la estructura científica era hasta ahora objeto de inagotable admiración por parte de aquellos que criticaban los fundamentos del arte y de la religión. Pero esta cualidad lógica no nos salva ahora de los ataques de los escépticos. La lógica en
su forma más pura, las matemáticas, sólo coordina y articula una verdad con otra. Da armonía a la superestructura de la ciencia, pero no puede proporcionar los cimientos o las piedras fundamentales.
¿Dónde encontraremos, pues, firmes cimientos sobre los cuales podamos basar científicamente nuestras ideas acerca de la naturaleza y del mundo en general?
Inmediatamente viene a nuestra mente la más exacta de las ciencias naturales, la física. Pero incluso la ciencia física no ha escapado al contagio de este momento crítico de la historia, y la confianza que para sí reclama dicha ciencia no sólo es discutida desde fuera de sus ámbitos; también dentro de sus confines ha comenzado a actuar el espíritu de la confusión y de la contradicción. Este espíritu se hace notar especialmente con respecto a cuestiones tan fundamentales como es la de saber hasta qué punto y a través de qué camino la mente humana es capaz de llegar al conocimiento de la realidad externa. Citemos un ejemplo. Hasta ahora el principio de la causalidad era universalmente aceptado como un postulado indispensable de la investigación científica, pero ahora algunos físicos nos dicen que debe ser lanzado por la borda. El hecho de que tan extraordinaria opinión pueda ser expresada en círculos científicos responsables es ya bien significativo de que por todas partes cunde la desconfianza en el conocimiento humano. Es una situación muy grave, y por esa razón siento, como físico, que debo exponer mi propio concepto acerca de la posición en que se
encuentra ahora la ciencia física. Quizá lo que yo pueda decir arroje alguna luz sobre otros campos de la actividad humana que la nube de escepticismo también ha ensombrecido.
Examinemos los hechos fundamentales. El comienzo de cualquier acto de conocimiento, y, por tanto, el punto de partida de toda ciencia, debe ser nuestras experiencias personales. Aquí empleo la palabra experiencia en su connotación técnico-filosófica, o sea, nuestra percepción sensorial directa de las cosas exteriores. Estos son los datos inmediatos del acto del conocimiento, y forman el primero y el más eficaz asidero de la cadena del pensamiento científico. El material que proporciona, las piedras fundamentales de la ciencia, es recibido directamente a través de nuestra propia percepción de las cosas externas, o indirectamente a través de la información de los demás, o sea, de los primeros investigadores, maestros, publicaciones, etc. No existen otras fuentes para el conocimiento científico. En la ciencia física se trabaja especial y exclusivamente con ese material, que es el resultado de la observación de los fenómenos naturales mediante nuestros sentidos, con la ayuda de instrumentos como el
telescopio, etc., etc. Las reacciones así registradas al observar la naturaleza exterior son comparadas y esquematizadas basándose en observaciones y cálculos repetidos. Este material de nuestras construcciones científicas, por ser reacciones inmediatas de lo que vemos, oímos, sentimos y tocamos, constituye datos inmediatos y en realidad indiscutibles.
Si la ciencia física desempeñase su función mediante la simple concatenación de estos datos y refiriéndose a ellos, nadie podría poner en duda la veracidad de sus fundamentos. Pero el problema es éste: ¿estos fundamentos satisfacen totalmente las necesidades de la ciencia física? Si nosotros dijésemos que el único y exclusivo objeto de la ciencia física es describir, del modo más exacto y sencillo, el orden observado al estudiar los diversos fenómenos naturales ¿ quedaría cumplida satisfactoriamente la tarea de la ciencia física? Cierta escuela de filósofos y físicos mantiene que este es el único objeto de dicha ciencia. Algunos físicos eminentes han sido inducidos a aceptar este punto de vista, dada la confusión general y la inseguridad que surge del espíritu escéptico de la época. Se dan cuenta de que, sea como sea, aquí existe un baluarte inexpugnable. La escuela que defiende este concepto se denomina generalmente escuela positivista, y en todo cuanto vamos a decir emplearemos dicho término. Desde los tiempos de Augusto Comte, el fundador del positivismo, se ha dado diversas significaciones al vocablo. En consecuencia quiero declarar, desde un principio, que restrinjo su aplicación al estrecho significado a que he hecho alusión antes, y que responde al que se admite de ordinario cuando se emplea la palabra positivismo.
Preguntémonos ahora ¿las bases que el positivismo ofrece son suficientemente amplias para sentar sobre ellas la total estructura de la ciencia física? El mejor criterio que puede ser aplicado para encontrar una respuesta a esta cuestión es preguntarse adónde podría conducimos el positivismo si aceptásemos que constituye la única base fundamental de la ciencia física.
Supongamos, por un momento, que somos positivistas, y tomémonos la molestia de dominarnos para poder mantenemos estrictamente dentro de esa línea hasta sus lógicas consecuencias, sin permitimos lugares comunes o consideraciones sentimentales que nos hagan abandonar la seriación lógica del pensamiento positivista. Podremos estar seguros de que procediendo así no nos enfrentaremos con contradicciones lógicas que surjan directamente de nuestro campo de observación, ya que, como es natural, dos hechos realmente observados en la naturaleza no pueden hallarse en una contradicción lógica. Por otra parte, en tanto que nos mantengamos en la línea positivista debemos ocupamos tan sólo de los diversos tipos de experiencias, y desconocer cualquier otra fuente de conocimiento humano. Aquí radica la fortaleza de la escuela positivista. En tanto que la ciencia física se adhiera a la norma positivista tendrá como problemas aquellos que puedan ser resueltos mediante la observación inmediata. Todo problema que tenga una importancia bien definida deberá ser tratado, dentro de los ámbitos de la ciencia física, con arreglo a la norma positivista. Si nos contentamos con la observación directa de los fenómenos naturales y con su descripción, no tendremos que resolver enigmas fundamentales ni nos hallaremos ante cuestiones oscuras. Todas las cosas aparecerán claras como la luz del día. En este sentido todos los problemas se presentan con notable sencillez. Pero el asunto se complica cuando pretendemos aplicar ese principio a los casos individuales. Nuestros comunes hábitos de hablar dificultan ya la observación de la estricta norma positivista. En la vida ordinaria, cuando hablamos de un objeto exterior —de una mesa, por ejemplo— significamos algo diferente de la mesa que la ciencia física
realmente observa. Podemos ver la mesa, tocarla, probar su solidez inclinándonos sobre ella, o su dureza golpeándola con los nudillos. A la luz de la ciencia positivista la mesa no es otra cosa que un complejo de esas percepciones sensoriales, y en consecuencia, tenemos simplemente el hábito de asociar éstas con la palabra mesa. Eliminemos estas percepciones sensoriales, y no quedaría nada. Dentro de la teoría positivista debemos desconocer todas aquellas cosas que se hallen más allá de las que son registradas por los sentidos, y, por tanto, somos inatacables en este reino claramente definido. Para el positivista no tiene la menor importancia preguntarse qué es en realidad una mesa, y otro tanto podría repetirse con los restantes conceptos físicos. Todo el mundo que nos rodea no es otra cosa que un análogo de las experiencias que hemos recibido. Hablar de este mundo como de algo que existe independientemente de tales experiencias es hacer un juicio que carece de significación. Si un problema que se refiere al mundo exterior no admite ser referido inmediatamente a algún tipo de experiencia sensorial y no es posible someterlo a la observación, no tiene significación alguna y debe ser rechazado. Por tanto, dentro del campo del sistema positivista no hay lugar para ninguna clase de metafísica. Si dirigimos nuestras miradas hacia las estrellas desparramadas en el cielo veremos innumerables puntos luminosos que se mueven de una manera más o menos regular en el firmamento. Podemos medir la intensidad y el color de sus rayos. Según la teoría positivista estas determinaciones no son tan sólo la materia prima de la astronomía y de la astrofísica, sino que constituyen el único y exclusivo tema de estas ciencias. Si partiendo de ellas se realizan algunas deducciones, no pueden ser consideradas como legítima ciencia. Este es el concepto positivista. Las construcciones mentales que es posible hacer comparando, relacionando y sistematizando los supradichos datos, y las teorías que pueden emitirse para explicar por qué son así y no de otro modo, constituyen una intromisión injustificada del hombre en la escena. Son simples invenciones arbitrarias de la razón humana. Pueden ser útiles, lo mismo que el hábito de establecer símiles y comparaciones es un ejercicio para la mente, pero no tenemos derecho a ir más allá, y considerar que representan algo de lo que realmente sucede en la naturaleza.
Todo lo que sabemos es el simple resultado de determinaciones sensoriales, pero no estamos autorizados a darle una ulterior significación. Supongamos, con Ptolomeo, que la Tierra es el centro fijo del Universo, y que el Sol y todas las estrellas se mueven a su alrededor, o supongamos, con Copérnico, que la Tierra es una pequeña partícula de materia, relativamente insignificante en comparación con el conjunto del Universo, que gira sobre su eje en veinticuatro horas, y que se traslada alrededor
del Sol en el plazo de doce meses. Basados sobre el principio positivista, considerada desde el punto de vista científico la primera teoría es tan buena como la segunda. Son simplemente dos formas diferentes de realizar una construcción mental, más allá de las reacciones sensoriales, de algunos fenómenos extraños, pero no tienen mayor significación científica que las construcciones mentales que pueden hacer fuera de sus impresiones sensoriales, el músico o el poeta, cuando se enfrentan con la naturaleza. Cierto es que la teoría astronómica de Copérnico es la más aceptada, pero ello es debido a que se trata de una manera más sencilla de formular una síntesis de las observaciones sensoriales, y no da lugar a tantas dificultades acerca de las leyes astronómicas como las que surgen de la aceptación de la teoría de Ptolomeo. En consecuencia Copérnico no debe ser considerado como un verdadero descubridor en los reinos de la ciencia, de igual modo que tampoco puede serlo un poeta cuando proporciona fantasía y expresión a los sentimientos que son familiares a todos los corazones humanos. Copérnico no descubrió nada; tan sólo formuló, en una fantástica construcción mental, un conjunto de hechos que eran ya conocidos, es decir, no añadió nada al conjunto de conocimientos científicos que ya se tenían. Esa teoría originó una tremenda revolución mental, y en torno de ella se empeñó una violenta batalla. Y tenía que ser así pues su consecuencia lógica era dar una explicación completamente diferente del lugar del hombre en el universo de la que de ordinario se mantenía en aquella época por la religión y la filosofía de Europa. Pero para el científico positivista, todas esas luchas en torno a la teoría de Copérnico carecen completamente de sentido desde el punto de vista científico, sin tener más trascendencia que la que pueda tener el arrobamiento de quien al contemplar la Vía Láctea reflexiona sobre el hecho de que cada una de sus estrellas es un Sol igual al nuestro y cada nebulosa es otra Vía Láctea desde la cual la luz tarda varios millones de años en alcanzar nuestra Tierra, mientras que ésta a su vez, con sus habitantes humanos, queda limitada a una insignificante mancha apenas apreciable en el espacio sin límites.
Incidentalmente debemos recordar que examinar la naturaleza en esta forma es examinarla desde los puntos de vista estético y ético. Éstos, como es natural, no tienen relación directa con la ciencia física, y, por tanto, son excluídos. Pero al excluirlos existe una fundamental diferencia entre la actitud del físico no-positivista y la del positivista. El científico que no cree en la posición positivista admite la validez de los puntos de vista estético y ético, pero los considera como pertenecientes a otra
forma de examinar la naturaleza. Esta forma no cae dentro del campo de la ciencia física. El positivista, a su vez, no admite como reales esos valores, incluso cuando se trate de campos diferentes al de la ciencia física. Para él una bella puesta de sol es simplemente una seriación de impresiones sensoriales. Por tanto, según queda expresado al principio, en tanto que nos ajustemos lógicamente a la doctrina positivista, debemos excluir de nuestra mente toda influencia de carácter sentimental, estético o ético. Tenemos que atenemos a la senda lógica. Esta es la indispensable garantía de certeza que la doctrina positivista ofrece.
Y ahora puedo recordar al lector una vez más que estamos examinando un sistema que ha sido planteado con el propósito, realmente laudable, de proporcionar una base segura a la veracidad de la ciencia. Por tanto, la posición de la doctrina en su conjunto debe ser discutida de un modo puramente objetivo y libre de cualquier sentimiento polémico. En la forma positivista de examinar la naturaleza, las impresiones sensoriales son los datos primarios, y, en consecuencia, significan realidad inmediata. Dedúcese de ello que, en principio, será un error hablar de que los sentidos han sido engañados. Lo que en ciertas circunstancias pueden ser engañadoras no son las impresiones sensoriales mismas, sino las conclusiones que muchas veces se obtienen de ellas. Cuando introducimos oblicuamente un bastón en el agua y
observa
mos la aparente curvatura en el punto de inmersión, el resultado de la vista no nos engaña cuando nos muestra que el bastón se curva. Existe realmente una curvatura como percepción óptica, pero esto no significa, en modo alguno, que el bastón mismo esté curvado. El positivista no nos permite deducir otras conclusiones. Tenemos una impresión sensorial de la parte del bastón que está en el agua, y otra contigua de la parte que se halla en el aire, pero no tenemos derecho a afirmar nada respecto al bastón mismo. Lo más que el principio positivista puede permitimos es decir que el bastón aparece "como si" estuviera curvado. Si explicamos el fenómeno diciendo que los rayos de luz que se reflejan en el aire desde el bastón a los ojos pasan a través de un medio menos denso que el que atraviesan los rayos que proceden de la parte del bastón sumergida en el agua, y que, por tanto, los últimos se desvían más fuertemente, la forma de enjuiciar el caso es útil desde algunos
puntos de vista, pero no se acerca más a la realidad que cuando se dice que los sentidos perciben el bastón "como si" estuviera curvado.
Lo esencial aquí es que, desde el punto de vista del positivismo, ambas formas de enjuiciar el caso tienen fundamentalmente igual validez, y carecería de sentido intentar juzgar cuál de las dos tiene mayor valor acudiendo al sentido del tacto para rectificar la aparente anomalía de un bastón que era recto en el aire y se curva en el agua. En el sistema positivista poca significación tiene decidirse en un sentido o en otro, pues una ciencia positivista estrictamente lógica tiene que contentarse simplemente con recibir las impresiones sensoriales.
Podemos decir que el bastón se ve "como si" estuviera curvado. En la práctica, como se comprende, no se ha hecho ningún ensayo serio de aplicar en términos generales esta teoría del "como si", que hubiera conducido a consecuencias ridículas. Pero ahora no estamos analizando la teoría positivista sobre la base de alguno de esos fundamentos, sino que la estamos considerando desde el punto de vista de su consistencia lógica, que es el fundamento esencial por ella elegido. Y debe mantenerse o caer según las consecuencias que pueda tener para la ciencia física la aplicación lógica de las premisas positivistas. Lo que he dicho respecto al bastón es igualmente aplicable a todos los objetos de la naturaleza inanimada. Dentro del concepto positivista un árbol no es otra cosa que un complejo de sensaciones. Vemos que crece, oímos el rumor de sus hojas, olemos el perfume de sus brotes. Pero si prescindimos de estas impresiones sensoriales nada nos queda que corresponda a lo que podría ser llamado "el árbol en sí mismo".
Lo que es válido para el mundo de la vida vegetal debe tener igual significación para el mundo animal. Hablamos de este mundo como de un reino especial e independiente de seres, pero esto es tan sólo debido a que es una forma convenida de pensar y de hablar. Si pisamos un gusano éste se retuerce. Tal es lo que podemos ver. Pero carecería de sentido preguntarse si el gusano sufre un dolor. Un hombre siente únicamente su propio dolor y le es imposible extender ese mismo sentimiento al mundo animal con la seguridad de que así sea. Decir que un animal sufre dolores es una afirmación basada sobre un conjunto de diversas características que
corresponden a lo que sucede en nuestro propio caso en circunstancias similares. En el caso del gusano observamos que se retuerce y se contrae. En el caso de otro animal vemos que se producen contracciones en su cuerpo, análogas a las que se originan en nosotros en iguales condiciones. En fin, en el mundo animal se producen ciertos sonidos comparables a los gritos que lanzamos al experimentar un dolor.
Cuando pasamos desde el mundo animal al de los seres humanos encontramos que los científicos positivistas establecen una clara distinción entre nuestras propias impresiones y las impresiones de los demás. Nuestras propias impresiones son la sola realidad, y son realidades únicamente para uno mismo. Las impresiones de las restantes personas sólo nos son conocidas indirectamente. Como objetos del conocimiento son algo fundamentalmente diferente de lo que significan nuestras propias impresiones. Por tanto, cuando hablamos de ellas seguimos el mismo tipo de analogía de que nos valemos al hablar del dolor de los animales. Pero, en el estricto concepto positivista, carecemos de un conocimiento absolutamente seguro de lo que son las impresiones de las restantes personas. Como no son una percepción sensorial directa no proporcionan una base segura para dar certidumbre a nuestro conocimiento.
Es indudable que el concepto positivista no puede ser acusado de inconsistencia lógica. Cuando profundizamos en sus principios no llegamos a encontrar contradicción alguna. Este es el punto fuerte de todo el sistema. Pero cuando lo utilizamos como la exclusiva base sobre la cual pueden ser realizadas las investigaciones científicas, vemos que el resultado tiene una expresiva significación para la ciencia física. Si el alcance de la ciencia física queda limitado simplemente a la descripción de las experiencias sensoriales, nuestras propias experiencias tendrán que constituir estrictamente el único objeto de la descripción, pues sólo ellas son datos primarios. Se comprende que sobre la base de un mero complejo individual de experiencias, el individuo más inteligente sería incapaz de constituir un sistema científico comprensivo. Así, nos enfrentaremos ante la alternativa de renunciar a la idea de una ciencia comprensiva, cosa difícilmente aceptable incluso por los positivistas más convencidos, o admitir una transacción y permitir que la experiencia de los demás contribuya a formar los fundamentos del conocimiento científico. Al hacerlo así se
renunciará, estrictamente hablando, a nuestro primitivo punto de vista, es decir, el de que sólo los datos primarios constituyen una base indiscutible de la verdad científica. Las impresiones sensoriales de los demás son secundarias, y sólo constituyen datos para nosotros a través de los informes que tenemos de ellas. Esto pone en juego un nuevo factor: el de la veracidad de la información oral y escrita de los relatos científicos. En consecuencia rompemos, al menos, un eslabón de la cadena lógica que mantiene coherente al sistema positivista, ya que el principio fundamental de este sistema es que únicamente la percepción inmediata puede ser considerada como material veraz para la ciencia.
Permítasenos sin embargo, pasar por alto esta dificultad y admitir que todos los relatos hechos por los investigadores científicos son veraces, o, al menos, que están a nuestra disposición medios infalibles para excluir aquellos que no lo sean. En este caso es natural que los informes proporcionados por numerosos científicos de otras épocas y del momento actual que son reconocidos como veraces y dignos de confianza deban ser tomados en consideración, no habiendo razón alguna para preferir unos a otros. En este sentido sería erróneo desvalorizar los hallazgos de un investigador por el solo hecho de que no hayan sido confirmados por otros. Si nos aferramos a esta idea sería difícil explicar o justificar la conducta de la ciencia física respecto a ciertos investigadores. Citemos un ejemplo: Los llamados rayos N, descubiertos por el físico francés llamado Blondlot, en el año 1903, y en aquella época estudiados en todos los países, se desconocen totalmente en la actualidad. René Blondlot, profesor en la Universidad de Nancy, era considerado como un inteligente y veraz investigador. No podemos decir que fuese engañado por sus percepciones sensoriales; para un físico positivista no puede haber, según hemos visto, dicho engaño. Hay que considerar, pues, a los rayos N como datos reales primarios, algo que directamente fue percibido por un hombre. Y si desde los tiempos de Blondlot y su escuela nadie ha conseguido reproducidos, no existe razón para negar —al menos desde el punto de vista positivista— que algún día, bajo alguna especial circunstancia, se hagan nuevamente apreciables. Siguiendo este criterio positivista tenemos que convenir en que el número de investigadores cuyos hallazgos son de valor para la ciencia física, es realmente muy reducido. Debemos admitir tan sólo a aquellos que se han dedicado especialmente a esta ciencia, pues los descubrimientos que han sido hechos en dicho campo por los ajenos a tal disciplina son más o menos insignificantes. Hay que excluir, desde el principio, a todos los físicos teóricos, ya que sus experiencias se han limitado esencialmente al uso de la pluma, la tinta, el papel y el razonamiento abstracto. Sólo quedan los físicos experimentales, y en primer término aquellos que se han reducido al empleo de instrumentos extraordinariamente sensibles para alguna investigación especial. Por tanto, en la hipótesis positivista sólo un pequeño número de físicos especializados entran dentro de la categoría aludida de hombres
cuyas contribuciones han hecho progresar la ciencia física. Desde este punto de vista ¿cómo explicar la extraordinaria impresión causada y la revolución producida en el campo de la ciencia internacional por hallazgos como el de Oersted, quien descubrió la influencia de una corriente galvánica sobre la aguja imantada, el de Faraday, que observó el efecto de la inducción electromagnética, o el de Hertz, que pudo hallar pequeñas chispas eléctricas en el foco de su reflector parabólico por el empleo de la lente de aumento? ¿Cómo y por qué esas impresiones sensoriales individuales produjeron tal entusiasmo y condujeron a una verdadera revolución mundial en la teoría y aplicación de los métodos científicos? A estas preguntas los defensores del positivismo sólo pueden contestar dando un rodeo y de una forma que en modo alguno convence. Tienen que recurrir a la teoría de que estas experiencias individuales, por sí insignificantes, abrieron un camino que condujo a otros investigadores a realizar otros descubrimientos de mucho mayor alcance. Es una respuesta defectuosa, pero muestra perfectamente la posición positivista, pues los defensores del positivismo no quieren admitir otra cosa que la simple descripción de los resultados experienciados en la investigación; y si ahora preguntamos por qué ciertos hallazgos de unos cuantos oscuros individuos obtenidos en condiciones muy primitivas han logrado tan inmediata y amplia significación para los restantes físicos, esa pregunta carece de sentido para la ciencia física considerada con el criterio positivista.
La razón para tomar esa sorprendente actitud es fácil de comprender. Aquellos que se inclinan hacia la doctrina que estoy exponiendo niegan la idea y la necesidad de una ciencia física objetiva, que es independiente de la percepción sensorial y de la experiencia del investigador. Se adhieren a esa proposición debido a que están obligados lógicamente a no reconocer otra realidad que la de la experiencia de los hechos que el físico posee. Yo creo que si la ciencia física tiene que aceptar esa posición, como base exclusiva de sus investigaciones, se encontrará obligada a colocar una enorme estructura sobre unos cimientos completamente inadecuados. ¿De qué valor son para el mundo las impresiones sensoriales de un simple individuo? Ese terreno es demasiado reducido para erigir tal construcción, y tiene que ser
ampliado por la adición de otros. Ninguna ciencia puede descansar sobre la fragilidad de los hombres considerados individualmente. Y en el momento en que hemos establecido ese juicio damos un paso que nos aparta de la senda lógica del sistema positivista, y seguimos el camino llamado sentido común. Es decir, saltamos al reino de la metafísica, pues aceptamos la hipótesis de que las percepciones sensoriales no crean por sí mismas el mundo físico que. nos rodea, sino que más bien nos aportan noticias de otro mundo que se halla fuera de nosotros y que es completamente independiente de nosotros.
En consecuencia prescindimos del positivista als-ob (como si), y atribuimos un tipo más elevado de realidad que el de la simple descripción de las impresiones sensoriales inmediatas a los descubrimientos prácticos que han sido ya mencionados — los de Faraday, etc. Una vez dado este paso llevamos la meta de la ciencia física a un nivel más elevado. Ya no se limita a la mera descripción de los simples hechos del descubrimiento experimental, sino que incluso aspira a proporcionar un mayor conocimiento del mundo real externo.
El principio básico de la teoría positivista es que no hay más fuente de conocimiento que la que proporciona la limitada percepción a través de los sentidos. Ahora
existen dos teoremas que en conjunto forman el punto cardinal hacia el cual se dirige la total estructura de la ciencia física. Estos teoremas son: 1) Hay un mundo real externo que existe independientemente de nuestro acto de conocer; 2) El mundo real externo no es directamente cognoscible. En cierto sentido estos dos juicios se contradicen y este hecho revela la presencia de un elemento irracional o místico que se adhiere a la ciencia física como a cualquier otra rama del conocimiento humano. Las realidades cognoscibles de la naturaleza no pueden ser totalmente descubiertas por rama alguna de la ciencia. Esto significa que la ciencia nunca se halla en situación de explicar en forma concluyente y decisiva los problemas con que tiene que enfrentarse. En todos los modernos progresos científicos vemos que la solución de un problema hace aparecer el misterio de otro. Cada cima que escalamos nos descubre otra que se eleva tras ella. Debemos aceptar esto como un hecho absolutamente irrefutable, y nos es imposible eliminado intentando trabajar sobre una base que reduce el alcance de la ciencia a la simple descripción de las experiencias sensoriales.
El objeto de la ciencia es algo más; es un incesante esfuerzo hacia una meta que nunca podría ser alcanzada, pues, dada su naturaleza, es inasequible. Es algo esencialmente metafísico, y como tal siempre se halla más allá de todas nuestras conquistas. Pero si la ciencia física nunca podrá conseguir el completo conocimiento de su objeto ¿no queda reducida esta ciencia a una actividad sin sentido ni significación? En modo alguno, ya que este continuo esfuerzo pone en nuestras manos los frutos que ya están maduros, signo infalible de que nos hallamos en buen camino y de que cada vez estamos más cerca del término de nuestro viaje. Pero este término jamás será alcanzado, pues siempre habrá cosas que resplandecerán a la distancia y de las cuales no podremos apoderarnos. No es la posesión de la verdad, sino el triunfo que espera a quien la busca lo que hace feliz al investigador. Así lo han reconocido profundos pensadores, incluso antes de que Lessing le diera forma con su famosa frase.


EPÍLOGO
UN DIALOGO SOCRATICO
OBSERVACIÓN: Las páginas siguientes son un resumen de las notas taquigráficas tomadas por un secretario durante diversas conversaciones. De ellas solo dejé las que Planck sostuvo con el interlocutor Murphy.

MURPHY: ¿Es que el público en general se da cuenta de un modo o de otro que los grandes perfeccionamientos científicos de Alemania, parecerían que no han servido para asegurar el prestigio de la nación en el extranjero? Es lógico que, en el fondo, haya que contar también con el escepticismo general, que es un rasgo universal del mundo en que vivimos. Ahora se ataca a la religión, al arte y a la literatura lo mismo que a la ciencia.
PLANCK: Las iglesias parecen ser incapaces de proporcionar ese áncora espiritual de salvación que algunas gentes buscan, y por ello éstas se dirigen en otras direcciones. La dificultad que la religión organizada encuentra para atraer actualmente a las gentes es que su apelación exige necesariamente el espíritu creyente, o sea lo que de ordinario se denomina fe. Dado el escepticismo reinante, su llamada recibe sólo una mezquina respuesta. De aquí que usted encontrará gran número de profetas que ofrecen algunos substitutivos.
MURPHY: ¿Piensa usted que la ciencia en este particular puede ser un substituto de la religión?
PLANCK: Para una mente escéptica en modo alguno, pues la ciencia exige también espíritus creyentes. Cualquiera que se haya dedicado seriamente a tareas científicas de cualquier clase se da cuenta de que en la puerta del templo de la ciencia están escritas estas palabras: Hay que tener fe. Ésta es una cualidad de la que los científicos no pueden prescindir. El hombre que tiene ante sí una serie de resultados obtenidos mediante un proceso experimental, debe forjarse una imagen de la ley que persigue, y debe estructurarla en una hipótesis imaginativa. Las facultades razonadoras por sí solas no le ayudan a dar un paso hacia adelante, pues el orden no puede surgir del caos de los elementos a no ser que la cualidad constructiva de la mente construya el orden mediante un proceso de eliminación y selección. Una y otra vez, se derrumba el plan imaginario sobre el que se intenta edificar ese orden, y entonces hay que intentar otro. Esta visión imaginativa y esa fe en el triunfo son indispensables. El racionalista puro está aquí de más.
MURPHY: ¿Hasta qué punto se ha comprobado esto en la vida de los grandes hombres de ciencia? Tomemos el caso de Kepler, cuyo tercer centenario estamos celebrando, y recordemos aquella tarde en que Einstein pronunciaba su conferencia en la Academia de Ciencias. ¿No se decía que Kepler había realizado ciertos descubrimientos, no porque hubiera llegado a ellos por su imaginación constructiva, sino más bien porque al observar las dimensiones de los toneles se sorprendía de que sus formas fueran las que con mayor capacidad ocupan menor espacio?
PLANCK: Esas historias circulan casi siempre cuando se trata de nombres familiares para el público. Realmente, Kepler es un ejemplo magnífico de lo que acabo de decir. Fue siempre un hombre inflexible, tuvo que sufrir desilusión tras desilusión, e incluso se vio en la necesidad de mendigar el pago de los atrasos de su sueldo al Reichstag de Regensburgo En fin, sufrió el tormento de tener que defender a su propia madre, que había sido acusada públicamente de brujería. Pero estudiando su vida es posible darse cuenta de que la fuente de sus energías inagotables y de su capacidad productiva se encontraba en la profunda fe que tenía en su propia ciencia, y no en la creencia de que eventualmente lograse llegar a una síntesis aritmética de sus observaciones astronómicas; es decir, su fe inextinguible en la existencia de un plan definido oculto tras el conjunto de la creación. La creencia en ese plan le aseguraba que su tarea era digna de ser continuada, y la fe indestructible en su labor iluminó
y alentó su árida vida. Comparémoslo con Tycho de Brahe. Brahe tenía entre sus manos .el mismo material que Kepler e incluso mejores oportunidades, pero se limitó a ser un investigador, pues no poseía la misma fe en la existencia de las leyes eternas de la creación. Brahe, repito, fue sólo un investigador, mientras Kepler fue el creador de la nueva astronomía. Otro nombre que se me ocurre a este respecto es el de Julius Robert Mayer. Sus descubrimientos fueron difícilmente conocidos, ya que a mediados del último siglo había una gran dosis de escepticismo, incluso entre las gentes educadas, acerca de las teorías de la filosofía natural. Mayer se mantuvo firme, no por lo que había descubierto o podía probar, sino gracias a sus férreas creencias. Fue tan sólo en 1869 cuando la Sociedad de Físicos y Médicos Germanos, con Helmholtz a la cabeza, reconoció la obra de Mayer.
MURPHY: Muchas veces ha visto usted que el progreso de la ciencia consiste en el descubrimiento de un nuevo misterio, en el momento en que se supone que alguna cosa fundamental ha sido resuelta. La teoría de los cuantos nos ha enfrentado con el enorme problema de la causalidad, y, realmente, no me atrevo a pensar que la respuesta pueda ser muy categórica. Como es natural, es fácil observar que quienes se colocan en una posición definida, y afirman que no hay otra cosa que causalidad, son ilógicos, en el sentido de que no es posible demostrar ese juicio por los experimentos ni acudiendo para su defensa a los dictados directos de la conciencia y del sentido común. Pero en cualquier caso me parece que la tarea más difícil de los deterministas es la de indicar la forma en que debe ser revisada la vieja fórmula de la causalidad para que pueda responder a las exigencias de la ciencia moderna.
PLANCK: Por lo que se refiere al descubrimiento de nuevos misterios, esto. es indudablemente exacto. La ciencia no puede resolver los misterios esenciales de la
naturaleza, y ello es debido, en último análisis, a que formamos parte de ella y, por tanto, del misterio que intentamos resolver. Hasta cierto punto, la música y el arte son también ensayos para resolver, o al menos para expresar el misterio. Pero, en mi opinión, cuanto más progresamos mayor es la armonía en que nos ponemos con toda la naturaleza. Y éste es uno de los más grandes servicios que la ciencia ha prestado al individuo.
MURPHY: Goethe decía que el más alto perfeccionamiento que la mente humana puede alcanzar es la aptitud para poder admirar los fenómenos elementales de la naturaleza.
PLANCK: Sí, nosotros siempre nos enfrentamos con lo irracional. Además, no podemos tener fe. Y si no tuviéramos fe, pero pudiéramos resolver todos los enigmas de la vida por la aplicación del razonamiento humano, la vida sería una insoportable carga. No tendríamos arte ni música ni cosas maravillosas, y tampoco tendríamos ciencia. No sólo porque la ciencia perdería su principal atracción para sus propios cultores —la persecución de lo incognoscible— sino también porque la ciencia perdería la piedra angular de su propia estructura, que es la percepción directa por la conciencia de la existencia de la realidad externa. Como Einstein ha dicho, no puede existir un hombre de ciencia si no conoce que el mundo externo existe en realidad; pero ese conocimiento no es obtenido por ningún proceso de razonamiento. Es una percepción directa, y, por tanto, afín en su naturaleza a lo que denominamos fe. Es una creencia metafísica. El escepticismo se refiere a la religión, pero también existe con respecto a la ciencia. De todos modos, puede decirse en favor de la física teórica que es una ciencia muy activa que excita la imaginación de los profanos. En ese sentido es capaz, en cierto grado, de satisfacer el hambre metafísica que en la actualidad ya no es capaz de satisfacer la religión, pero es posible que así se estimule indirectamente la
reacción religiosa. La ciencia, como tal, jamás podrá ocupar el lugar de la religión: hecho ya explicado en el penúltimo capítulo de esta obra.
MURPHY: Y ahora ocupémosnos de la segunda parte del problema, o sea el sentido en que hay que revisar la fórmula tradicional del principio de causalidad. Einstein nos habla acerca del desarrollo de nuestra facultad de perfección a medida que la ciencia avanza.
PLANCK: ¿Qué es, en realidad, lo que ha querido decir con estas palabras?
MURPHY: Es posible que yo pueda explicarlo mejor a mi modo. Sírvanos de ejemplo el moderno fenómeno de la velocidad. Hace cincuenta años la velocidad media de locomoción era la de un caballo al trote. Ahora es incluso mayor que la del ferrocarril. Tomando como cifra la media aritmética entre las velocidades que desarrollan el ferrocarril, el automóvil y el aeroplano, podemos decir que es la de 100 kilómetros por hora, en lugar de diez como era en los días de la locomoción a sangre. Recordará usted la época en que las bicicletas comenzaron a popularizarse. Toda clase de gente, niños y mujeres, circulaban por las carreteras día tras día. Ahora no podría usted
correr con una bicicleta tras de alguna persona, pues rápidamente quedaría rezagado. Recordará usted que cuando los automóviles comenzaron a transitar por las carreteras, los caballos temblaban de espanto. Ahora incluso los caballos han desarrollado sus facultades para armonizar sus percepciones con la idea de la nueva velocidad. No hay, pues, duda de que la humanidad moderna ha desenvuelto alguna facultad respecto a este nuevo fenómeno de la velocidad. Creo que una cosa semejante es lo que ha querido decir Einstein, y que los científicos del futuro tendrán percepciones más agudas que los de hoy día. Por otra parte, dispondrán también de más delicados instrumentos. Pero lo que nosotros necesitamos desarrollar son las facultades perceptivas mismas. Puede ser que una estirpe de hombres de ciencia educados en el laboratorio sea capaz finalmente de percibir en la naturaleza las profundas y diversas operaciones de la causalidad, lo mismo que el gran genio musical percibe armonías internas en las que el profano ni siquiera sueña, y lo mismo que el melómano percibe más agudamente la belleza de una estructura sinfónica de Beethoven de lo que puede hacerlo el campesino, habituado tan sólo a sus sencillas melodías populares. El desarrollo de los poderes de percepción, por tanto, es una
de las principales tareas que tenemos que acometer. Esta parece ser la idea de Einstein.
PLANCK: Seguramente es así. No hay duda de que el estado en que ahora se halla la física teórica está más allá de las facultades medias humanas, e incluso más allá aún de las facultades de los grandes descubridores. Lo que sin embargo debe usted recordar es que, aunque progresemos rápidamente en el desarrollo de nuestros poderes de percepción, seremos incapaces finalmente de descifrar el misterio de la naturaleza. Podremos ver quizá la operación de la causalidad en las más finas actividades de los átomos, lo mismo que, sobre la antigua base de la fórmula causal de la mecánica clásica, podemos percibir y construir imágenes materiales de cuanto sucede en la naturaleza. En la actualidad la discrepancia no radica entre la naturaleza y el principio de causalidad, sino más bien entre la imagen que hemos formado de la naturaleza y la realidad de la naturaleza misma. Nuestra imagen no está en perfecto acuerdo con los resultados de la observación, y, como ya he dicho repetidas veces, el problema del progreso de la ciencia es lograr un acuerdo más exacto. Estoy convencido de que podremos llegar a este acuerdo, no rechazando la causalidad, sino ampliando la fórmula y refinándola para que pueda acomodarse a los modernos descubrimientos.

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En 1913 Planck presentó a Einstein como candidato a la Academia de Ciencias de Prusia, señalando:

“En suma, puede afirmarse que entre los problemas importantes, tan abundantes en la física moderna, difícilmente exista uno ante el que Einstein no adoptara una posición de forma notable. Que, a veces, errara en sus especulaciones, como por ejemplo en su hipótesis acerca del cuanto de luz, no puede esgrimirse realmente demasiado en su contra. Porque sin correr un riesgo de vez en cuando es imposible, incluso en la ciencia natural de mayor exactitud, introducir verdaderas innovaciones.”

En 1931 Planck explicó las consideraciones que le llevaron a proponer su hipótesis cuántica en 1900 diciendo:

“Resumiendo brevemente, lo que hice puede ser descrito tan simplemente como un acto de desesperación. Por naturaleza yo soy pacífico y rehuyo todo tipo de aventuras dudosas. Pero llevaba seis años (desde 1894) de lucha infructuosa con el problema del equilibrio entre radiación y materia y sabía que este problema era de fundamental importancia para la física; también conocía la fórmula que
expresa la distribución de energía en el espectro. Por todo ello había que encontrar una interpretación teórica a cualquier precio, por muy alto que éste fuera. Para mí resultaba claro que la física clásica no podía ofrecer solución al problema... Boltzmann había explicado cómo el equilibrio termodinámico se establece por medio de un equilibrio estadístico, y si un tratamiento similar se aplica al equilibrio entre materia y radiación, se llega a que la pérdida continua de energía [en un oscilador cargado] en forma de radiación se puede evitar suponiendo, como principio, que la energía ha de permanecer reunida en ciertos cuantos. Se trataba de una hipótesis puramente formal y ciertamente no le dediqué mucha atención salvo que, a toda costa, me debía conducir a un resultado positivo.”

En 1933 sobre la persecución nazi a los judíos Planck de 75 años responde a Werner Heisenberg. Es premonitorio con lo que a Hitler 12 años después le sucedió:

Me temo no poder darle ya ningún consejo. No tengo ya esperanza alguna de que pueda detenerse la catástrofe de Alemania, y con ella la de las universidades alemanas. Antes de que usted me refiera las ruinas de Leipzig, que seguramente son iguales a las de Berlín, deseo informarle primero sobre una conversación que mantuve hace unos días con Hitler.
Había confiado yo en que podría ponerle en claro los enormes daños que a las universidades alemanas, y en particular a la investigación científica en nuestro país, podría causar la expulsión de los colegas judíos [bien conocido es el caso de Albert Einstein, quien partió a finales del 32 hacia EE.UU]; que tal manera de proceder no tendría sentido y sería profundamente inmoral, ya que la mayor parte de ellos son ciertamente hombres que se sienten totalmente alemanes y que en la última guerra [la Primera Guerra Mundial] expusieron, como todos, su vida por Alemania. Pero no he encontrado comprensión alguna por parte de Hitler, o, lo que es peor, no hay lenguaje con el que pueda uno entenderse con semejante hombre.
Hitler ha perdido, a mi parecer, todo contacto real con el mundo exterior. Lo que otro le dice, lo recibe, en el mejor de los casos, como un estorbo molesto, que inmediatamente domina con su voz, declamando machaconamente las mismas frases sobre la decadencia espiritual de los últimos catorce años, sobre la necesidad de poner dique a este desmoronamiento en el último minuto, etcétera.
Con esto se tiene la impresión fatal de que está convencido personalmente de semejante locura, y se le procura a su alrededor la posibilidad de esta fe mediante la exclusión violenta de todas las influencias externas; al estar poseído por un cuadro de ideas fijas, se hace inasequible a toda propuesta razonable y llevará a Alemania a una espantosa catástrofe.
Usted sabe que no es posible influir en el curso del alud cuando éste se ha puesto en movimiento. Los destrozos que causará, las vidas humanas que aniquilará, son hechos que están determinados y decididos por las leyes de la naturaleza, aunque no los conozcamos de antemano.
En realidad, tampoco Hitler puede decidir el curso de los acontecimientos, porque él es, en gran medida, más un ser arrastrado por su locura que un impulsor. No puede saber si las fuerzas que ha desencadenado lo engrandecerán definitivamente o le aniquilarán miserablemente.”



Estatua de Max Planck en la Universidad Humboldt de Berlín

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A manera de cuántico resumen:
Breve definición y cronología de la Teoría Cuántica


Definición

La Cuántica es la física que estudia lo más pequeño, o sea la materia a escala atómica. La teoría cuántica, es una teoría física basada en la utilización del concepto de unidad cuántica para describir las propiedades dinámicas de las partículas subatómicas y las interacciones entre la materia y la radiación. Las bases de la teoría fueron sentadas por el físico alemán Max Planck, que en 1900 postuló que la materia sólo puede emitir o absorber energía en pequeñas unidades discretas llamadas cuantos.

Se postula que:

1. La Energía no es contínua sino que  viaja en unidades discretas o quantums.
2. Las partículas elementales se  pueden comportan como ondas o como partículas.
3. El movimiento de las partículas es aleatorio.
4. Es Físicamente imposible saber con exactitud la velocidad y posición de una partícula en un momento dado. Cuanto más se sabe de una, menos se sabe de la otra y viceversa.
5. La observación altera irremediablemente el campo cuántico observado. (Efecto-observador.).

Y ha llevado a decir, más allá de la física y lo físico a muchos pensadores que:

Lo que me ha sido de más ayuda en la vida y lo que considero como un favor del Cielo es el hecho de que, desde mi niñez, esté plantada en lo más profundo de mi ser una fe en el Todopoderoso y Bueno por Excelencia, que no iba a ser rota por nada. Ciertamente sus caminos no son nuestros caminos, pero la confianza en Él nos ayuda aun a través de las más duras pruebas. Sobre la entrada del templo de la ciencia están escritas estas palabras: “Tú debes tener fe”. Es una cualidad sin la cual el hombre de ciencia no puede pasar.
La materia no existe como tal. Toda la material se origina y existe sólo en virtud de una fuerza que hace vibrar la partícula de un átomo y mantiene este diminuto sistema solar unido. Debemos asumir detrás de esta fuerza la existencia de una mente consciente e inteligente. Esta mente es la matriz de toda la materia.
Max Planck

A todo investigador profundo de la naturaleza no puede menos de sobrecogerle una especie de sentimiento religioso, porque le es imposible concebir que haya sido él el primero en haber visto las relaciones delicadísimas que contempla. A través del universo incomprensible se manifiesta una Inteligencia superior infinita.
Dios no se preocupa por problemas matemáticos. Integra todo empíricamente.
Albert Einstein

Comenzamos a sospechar que tal vez debemos saludar a la Inteligencia como creadora y legisladora del Reino de la materia. Creo que la mente tiene el poder de afectar a los grupos de átomos interfiriéndose en la conducta de los mismos e incluso que la voluntad de los seres humanos puede alterar el curso del mundo aunque este curso esté predeterminado por leyes físicas. No importa si los objetos "existen en mi mente, o en la de cualquier otro espíritu creado" o no; su objetividad proviene del hecho de subsistir "en la mente de algún Espíritu Eterno".
Sir James Jeans

Nosotros mismos damos realidad, hacemos que se realice el universo. Puesto que nosotros formamos parte del Universo esto nos convierte, a nosotros y al universo, en autorealizantes.
G. Zukav

El materialismo, en su sentido literal, ha muerto hace tiempo. Existe un comportamiento ordenado de las partículas elementales individuales, que aparece cuando la materia entra en contacto con el espíritu. El comportamiento de tal materia estaría en fuerte contraste con el comportamiento desordenado y casual de las partículas tal como los postula la ciencia física. La materia básica de nuestro mundo es materia espiritual.
Sir Arthur Eddington

Lo que observamos no es la naturaleza en sí, sino la naturaleza expuesta a nuestro método de interrogación.
Werner Heisenberg

La mente espiritual controla e interactúa con la maquinaria cerebral. La mente existe independientemente de su sustrato físico, el cerebro. Los fenómenos mentales trascienden claramente de los fenómenos de la fisiología y la bioquímica. Si quieren ver un verdadero acto de psicoquinesis contemplen las proezas de la mente sobre la materia que se realizan en el cerebro. Es asombroso que con cada pensamiento, la mente sea capaz de mover los átomos de hidrógeno, carbono, oxígeno y otras partículas de las células del cerebro. Pareciera que nada está más alejado de un pensamiento, carente de sustancia, que la sólida materia gris cerebral. Todo el truco se consigue sin ninguna vinculación aparente.
Sir John Eccles

Es evidente que la ciencia, a pesar de sus progresos increíbles, no puede ni podrá nunca explicarlo todo. Cada vez ganará nuevas zonas a lo que hoy parece inexplicable; pero las rayas fronterizas del saber, por muy lejos que se eleven, tendrán siempre delante un infinito mundo misterioso a cuya puerta llamará angustioso nuestro ¿por qué?, sin que nos den otra respuesta que una palabra: Dios. El hombre dotado de auténtica sabiduría, está siempre enfrentado quiéralo o no, con la divinidad: huirla sólo conduce a la superstición de la ciencia misma y, por tanto, a dejar de avanzar para dar vueltas sin fin.
Gregorio Marañón

La gran tensión de nuestra experiencia en los últimos años ha traído a la luz la insuficiencia de nuestras simples concepciones mecánicas y, como consecuencia, ha hecho tambalearse el cimiento en el que la acostumbrada interpretación de la observación estaba basada.
Niels Bohr

La verdaderamente desesperante situación en que nos encontramos es que aquí estamos, en este fantástico universo, sin ninguna pista que nos conduzca a pensar que nuestra existencia tiene un significado real. La vida no puede haberse producido por casualidad. Hay una Inteligencia coexistente con el universo y esta Inteligencia y el Universo se necesitan mutuamente.
El universo de las galaxias se dilata, y se crea continuamente en el espacio nueva materia para mantener constante la densidad media del universo, y esto exige la existencia de un Creador.
Sir Frederick Hoyle

Nuestra lucha actual con la física superior podría,... ser tan sólo un anticipo de una nueva forma de conducta intelectual humana, que no sólo está fuera de la física, sino que ni siquiera puede ser descrita como "científica".
G. F. Chew

Dios no ha muerto y es cuántico.
Amit Goswami

El conocimiento científico complementa la fe en Dios, en lugar de contradecirla. Creo que Dios tuvo un plan para crear unas criaturas con las que pudiera relacionarse.
Francis Collins

Al considerar toda la evidencia, prevalece de manera insistente la idea de que algún tipo de agente sobrenatural —o, más bien, Agencia —debe estar involucrado. ¿Será posible que, sin querer, nos hayamos tropezado con la prueba científica de la existencia de un Ser Supremo? ¿Habrá sido Dios quien intervino y de una forma tan providencial confeccionó el cosmos para beneficio nuestro? 
George Greenstein

La moderna física me enseña que la naturaleza no es capaz de ordenarse a sí misma. El universo supone una enorme masa de orden. Por eso requiere una Causa Primera, grande, que no está sometida a la segunda ley de la transformación de la energía y que, por lo mismo, es sobrenatural.
Hathaway

Para mí, la fe comienza con la comprensión de que una inteligencia suprema dio el ser al universo y creó al hombre. Yo no encuentro difícil tener esta fe, porque un universo ordenado inteligente da testimonio de la más grande declaración jamás hecha: “En el principio creó Dios”».
Arthur Holly Compton

Los vastos misterios del universo solo deberían confirmar nuestra creencia en la certeza de su Creador. Encuentro tan difícil entender a un científico que no advierte la presencia de una racionalidad superior detrás de la existencia del universo, como lo es comprender a un teólogo que niega los avances de la ciencia. Por encima de todo está la gloria de Dios, que creó el gran universo, que el hombre y la ciencia van escudriñando e investigando día tras día en profunda adoración.
Werner von Braun

La obra maestra más fina es la hecha por Dios según los principios de la mecánica cuántica.
Erwin Schrödinguer

Cronología cuántica


1900.
“Hipótesis cuántica de Planck” (Premio Nobel de Física, 1918). Carácter corpuscular de la radiación.

1905. Einstein (Premio Nobel de Física, 1921) explica el “efecto fotoeléctrico” aplicando la hipótesis de Planck.

1911. Experimentos de Rutherford (Premio Nobel de Química, 1908), que establecen el modelo planetario átomo, con núcleo (protones) y órbitas externas (electrones).

1913. Modelo atómico de Niels Bohr (Premio Nobel de Física, 1922). Tiene en cuenta los resultados de Rutherford, pero añade además la hipótesis cuántica de Planck. Una característica esencial del modelo de Bohr es que los electrones pueden ocupar sólo un conjunto discontinuo de órbitas y niveles de energía.

1923. Arthrur Comptom (Premio Nobel de Física, 1927) presenta una nueva verificación de la hipótesis de Planck, a través de la explicación del efecto que lleva su nombre.

1924. El término "mecánica cuántica fue utilizado por primera vez por Max Born (Premio Nobel de Física en 1954).

1924. Hipótesis de De Broglie (Premio Nobel de Física, 1929). Asocia a cada partícula material una onda, de manera complementaria a cómo la hipótesis de Planck dota de propiedades corpusculares a la radiación.

1925. Werner Heisenberg (Premio Nobel de Física, 1932) plantea un formalismo matemático que permite calcular las magnitudes experimentales asociadas a los estados cuánticos.

1926. Erwin Schrödinger (Premio Nobel de Física, 1933) plantea la ecuación ondulatoria cuyas soluciones son las ondas postuladas teóricamente por De Broglie en 1924.

1927. V Congreso Solvay de Física, dedicado al tema “Electrones y fotones”. En él se produce el debate entre Einstein y Bohr, como defensores de posturas antagónicas, sobre los problemas interpretativos que plantea la Teoría Cuántica.

1928. Experimentos de difracción de partículas (electrones) que confirman la hipótesis de de Broglie, referente a las propiedades ondulatorias asociadas a las partículas. El fenómeno de difracción es propio de las ondas.

1928. La mecánica cuántica se combinó con la teoría de la relatividad en la formulación de Paul Dirac (Premio Nobel de física de 1933 compartido con Erwin Schrödinger), predijo la existencia de antipartículas.

1932. Aparición del trabajo de fundamentación de la Teoría Cuántica elaborado por el matemático Jon von Neumann.

1965. Richard Feynman (Premio Nobel de Física 1965) enfatizó que los electrones –de los que siempre se había pensado que eran partículas podían producir, en el experimento de la doble rendija, un patrón de interferencia, esto es, que podían comportarse como ondas y como partículas… al mismo tiempo. Este hecho, según el físico, entrañaba la clave de la física cuántica y también su especial misterio.

1966. Richard Feynman se preguntó: ¿Puede una partícula estar en dos lugares al mismo tiempo? De manera teórica señaló que SÍ, pero supuso no se podría demostrar. La formulación de Feynman sugiere considerar la suma de todos los caminos posibles que conecten ambos puntos. El camino “real” que siga la partícula se obtendrá como resultado de esa suma. Para ello imaginemos tales caminos como si fuesen ondas que se sumasen dando lugar a un patrón de interferencia, en el que muchas de ellas se cancelarán mutuamente y se obtendrá como resultado una única posibilidad, correspondiente al camino efectivo de la partícula entre el punto inicial y el punto final, es decir estando en dos lugares al mismo tiempo.

1989 - 2000. Los experimentos de doble rendija demostraron con éxito las misteriosas propiedades de los electrones, pero ninguno había sido realizado con la metodología de Feynman, en concreto abriendo y cerrando ambas rendijas a voluntad y pudiendo detectar electrones de uno en uno. En un experimento genial, el físico japonés Akira Tonomura en 1989 utilizó un alambre delgado, encargado de dividir los electrones y de reunirlos de nuevo, en lugar de usar dos aberturas en una pared, como propuso Feynman. Giulio Pozzi fue el primero en utilizar en sus experimentos aberturas nano-fabricadas en una pared; sin embargo, en este caso, las rendijas fueron tapadas con un material de relleno que no podía abrirse y cerrarse automáticamente.

2011. En el trabajo de Batelaan y sus colaboradores del Perimeter Institute of Theoretical Physics de Canadá, se realizó una representación moderna del experimento de Feynman dirigiendo un haz de electrones, capaz de liberar electrones individuales, hacia una pared fabricada con una membrana de silicio revestida de oro. La pared tenía dos ranuras de 62 nanómetros de ancho, con una separación de centro a centro de 272 nanómetros. Una máscara de difracción movible, de 4,5 micrómetros de ancho y 10 micrómetros de alto y controlada por un actuador piezoeléctrico, fue situada detrás de la pared, deslizándose hacia atrás y hacia delante para cubrir las hendiduras. De esto modo, los científicos crearon “un experimento en el que las dos rendijas pueden ser mecánicamente abiertas y cerradas a voluntad y, lo más importante, se ha combinado esto con la posibilidad de detectar un electrón en un momento dado. “Hemos reproducido con exactitud el experimento mental de Feynman y hemos sido capaces de ilustrar la característica esencial de la mecánica cuántica”, señaló Batelaan. En el experimento mental de la doble ranura de Feynman, pequeñas partículas son dirigidas hacia una pared con dos pequeñas ranuras que pueden abrirse y cerrarse a voluntad, de tal manera que una parte de las partículas quedan bloqueadas mientras que otras atraviesan las ranuras, dependiendo de la apertura de estas.
En función del patrón detectado en la mampara situada detrás de las ranuras, equipada con un detector, se puede discernir si las partículas se han comportado como ondas o como partículas al atravesar las rendijas. Cuando las partículas son lanzadas a una pared con ambas ranuras abiertas, tienen más probabilidades de golpear el tope posterior en un área concreta, mientras que las ondas lo que hacen es golpear en la mampara posterior en diversos puntos y con diversas fuerzas, generando lo que se conoce como un patrón de interferencia.

2013. La demostración de la hipótesis de Feynman en todos los experimentos tuvo una inesperada conclusión que nadie imaginó. En la doble rendija mientras el electrón individual se comporta como onda por interferencia consigo mismo, si es observado cambia su comportamiento y actúa como partícula. Dando la razón a Max Planck quien, en 1920 al recibir el Premio Nobel señaló:

"¡La materia no existe!". Toda materia se origina y existe sólo en virtud de una fuerza que hace vibrar las partículas de un átomo y mantiene unido al más diminuto de los sistemas solares, el átomo. Tras esta fuerza hemos de suponer la existencia de una mente consciente e inteligente. La mente es la matriz de toda materia.

Entre físicos cuánticos actuales se dice al respecto:

a) Lo que dice la mecánica cuántica, en la forma de suma de caminos de Feynman, es que la naturaleza sigue todos los caminos posibles y solo cuando es observada adquiere la función desde onda al estado de partícula.
b) La dualidad onda-partícula de la naturaleza es el principio fundamental de la física cuántica. De acuerdo a esta dualidad, un pedazo de materia (un electrón, por ejemplo) se comporta a veces como si estuviese en un sólo lugar a la vez, como una partícula, y otras veces como si estuviese en varios lugares al mismo tiempo, como una onda.
c) El punto de vista actual es aceptar el hecho de que la luz posee una doble naturaleza que explica de forma diferente los fenómenos de la propagación de la luz (naturaleza ondulatoria) y de la interacción de la luz y la materia (naturaleza corpuscular). Esta dualidad onda/partícula, postulada inicialmente para la luz, se aplica en la actualidad de manera generalizada para todas las partículas materiales y constituye uno de los principios básicos de la mecánica cuántica.
d) El hecho de observar al electrón en la doble rendija ha cambiado lo que ha sucedido. La función de onda del electrón ha colapsado, eliminando correlaciones que antes sí estaban presentes. Y este fenómeno es probablemente una de las consecuencias más importantes de la Física Cuántica: el observador no es algo objetivo que está fuera de lo observado, que es independiente de él; forma parte del sistema y por tanto tiene que ser estudiado conjuntamente.

El distinguido físico Max von Laue (1879-60) discípulo de Planck, galardonado en 1914 con el premio Nobel de Física por sus descubrimientos de la difracción de los rayos X a través de cristales, al hablar sobre su maestro destacó:

"El nombre de Planck quedará para siempre en la física, otros, luego de él, desarrollaron mucho más la teoría cuántica, pero el primer paso, que marcó la dirección y se documenta en la constante universal, fue de Planck y de nadie más. Su espíritu genial entusiasmará durante siglos a los investigadores",

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El Muro de Planck
Manuel Lozano Leyva

Catedrático de física atómica molecular y nuclear, Universidad de Sevilla
La última ingeniosidad de algunos físicos teóricos es decir que Dios se esconde tras el muro de Planck. Nuestro Universo se caracteriza por un conjunto de constantes, magnitudes físicas que no han variado desde que se creó. Una de ellas, muy sencilla de entender, es la velocidad de la luz en el vacío: 300.000 km/s. Los fotones recién creados (si se quiere, en plan: “¡Hágase la luz!”) iban igual de rápidos que los enviados por el Sol esta mañana. Otras constantes son la carga eléctrica elemental o mínima, la que rige la gravitación Newton, etc. No son muchas y, seguramente, las que conocemos no son todas, porque es difícil encontrarlas. Max Planck descubrió al comienzo del siglo XX una de ellas, a la cual le dieron su nombre. ¿Por qué sabemos que estas magnitudes son constantes? Porque lo vemos. Por ejemplo, el espectro de un átomo de hidrógeno emitido por un objeto que está a varios miles de millones de años luz, o sea, cuando el Universo estaba en su infancia, es exactamente igual al que obtenemos en el laboratorio. Dicho espectro está definido por tres de esas constantes: la de Planck, la carga del electrón y la velocidad de la luz.
Al ver lo heterogéneas que eran esas magnitudes, Planck propuso un sistema que parecía una barbaridad: hacerlas todas igual a 1. Se le llamó sistema natural y cuando yo estudiaba ya se decía que era más bien “sobrenatural”, entre otras cosas, porque las constantes desaparecían de las fórmulas. Tras tomarse a broma el sistema, siendo tan serio como era Planck, los físicos se percataron de muchas sutilezas y utilidades. Por ejemplo, el desvanecimiento de las constantes físicas universales liquida el llamado Principio Antrópico, que, de forma simplificada, postula que sus valores posibles están restringidos a aquellos que permiten la existencia de la especie humana. Si se quiere expresar el tiempo en ese sistema, o sea, ponerlo en función de las constantes apropiadas, sale 5.39121 × 10-44 segundos. Y la longitud de Planck es 1.61624 × 10-35 metros. Ni “antes de” ni “más pequeño que” tienen sentido físico, a menos, naturalmente, que inventemos otra física, la cual ha de englobar los fenómenos cuánticos y los gravitatorios. Ese es el muro de Planck. ¿Cómo de recio e inexpugnable es?
Pensemos en tamaños. Si un átomo fuera del porte del Universo entero, la longitud de Planck sería la de un árbol. En esa escala, las demás magnitudes, como la fuerza, la temperatura, etc., toman valores difícilmente concebibles. Si el lector no ha entendido nada de esto, piense que muchas mentes muy preclaras de la física teórica llevan décadas intentándolo. Hablamos de supercuerdas, dimensiones extras, membranas, dualidades, monopolos magnéticos… A lo mejor es que lo que hay detrás del muro de Planck no lo entiende ni Dios.
http://blogs.publico.es/ciencias/general/281/el-muro-de-planck/



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Finale

Me pregunto cómo en 1918 Max Planck siendo un creyente recibió el Premio Nobel, por sobre el paradigma de sus pares del intolerante movimiento de los ateos que predominaban en la Ciencia en aquel entonces y tal parece... Harto valor y Fe debió tener Planck para decir lo que señaló en Estocolmo en 1920 y reiterarlo después en Florencia al ámbito de sus pares científico. Creo que además de las tragedias familiares que tuvo, el sentirse incomprendido lo aisló. No buscó honores y siempre fue honesto con su línea de pensamiento. Planck se dedicó a la docencia académica, lo sucede y honra la Sociedad Max Planck con sus Institutos situados en varios lugares del ámbito mundial:

La sociedad alemana Max Planck para la Promoción de las Ciencias, que aglutina más de ochenta institutos y centros de investigación, ha ganado el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 2013, ha informado la Fundación que concede estos galardones.
El jurado valoró "la vocación europea de la Sociedad, el planteamiento interdisciplinar y la estrecha cooperación entre centros de investigación y universidades de todo el mundo". Los institutos Max Planck participan en más de 2.000 proyectos de cooperación con casi 6.000 socios en más de cien países, entre ellos España, donde opera, junto con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el observatorio astronómico de Calar Alto (Almería).
El premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional reconoce también al instituto su labor en la universalidad de la educación y el desarrollo social y económico: la sociedad, con sede en la ciudad de Múnich, cuenta con un total de 80 institutos, cinco de ellos en el extranjero; tiene, asimismo, más de 40 grupos de investigación en universidades de todo el mundo y emplea a más de 17.000 personas y 4.000 investigadores.
En el campo de la biología y de la medicina, las unidades de investigación de la Sociedad Max Planck estudian aspectos relacionados con la microbiología, la ecología y la investigación cognitiva. En química, física y tecnología los trabajos se desarrollan en los campos de la astronomía y la astrofísica, la investigación de materiales, las ciencias de la Tierra y la investigación climática.
Según el jurado del premio Príncipe de Asturias, "los centros que integran la red desarrollan investigación básica en beneficio de la sociedad", investigaciones que generalmente "precisan de fondos extraordinarios", y que no son capaces de encontrar financiación por las vías convencionales.
"La ciencia es cooperación; sin cooperación y sin ciencia no habrá progreso de la humanidad", ha afirmado Pedro Alonso, ganador del Príncipe de Asturias de Cooperación en 2008, tras hacerse público el fallo del jurado.
Así, ha resaltado que "la ciencia solo puede ser cooperativa si queremos abordar los grandes retos de la humanidad". Por ello, ha puesto en valor la actividad de una red de centros nacida en Alemania, "profundamente europea y con vocación global".
El científico español Juan Ignacio Cirac, candidato al Nobel de Física en 2009 por sus investigaciones sobre la teoría cuántica de la información, Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2006 y Premio Fronteras del Conocimiento en 2009, dirige la División de Teoría del Instituto Max Planck de Óptica Cuántica.
La candidatura fue propuesta por el físico Pedro Miguel Echenique, galardonado en 1998 con el Premio Max Planck de Física y el Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, que ha recaído este año en los descubridores del bosón de Higgs.
Número uno en investigación
Bautizado en recuerdo al físico alemán que creó la teoría cuántica, el Instituto Max Planck fue inaugurado en 1948 como continuación de la Sociedad Káiser Guillermo para el Avance de la Ciencia, que había iniciado su labor en 1911. Desde su fundación, diecisiete científicos posteriormente galardonados con el premio Nobel han trabajado en la sociedad Max Planck, que cada año publica más de 15.000 referencias en las revistas científicas más destacadas.
En la última clasificación de instituciones de investigación no universitarias publicada por la revista británica Times Higher Education Supplement en 2006, la Sociedad Max Planck figuraba como la número uno en investigación científica y la número tres en investigación tecnológica a escala mundial.
El instituto posee una cultura y ética del trabajo muy arraigada. Sus principios, que el primer el primer presidente de la Sociedad Kaiser Wilhelm, predecesora del actual instituto, estableció como primordiales, incluyen la libertad investigadora y de selección de personal, y unas condiciones de trabajo dignas.
Cada uno de los Premios Príncipe de Asturias, concedidos por primera vez en 1981, está dotado con una escultura de Joan Miró.
http://www.elmundo.es/elmundo/2013/06/12/ciencia/1371031181.html

Por Max Planck y los físicos que continuaron el avance de la Cuántica puedo afirmar, a manera de ejemplo, que el Big-Bang o gran explosión con su 13.000 millones de años no es, para que sea de manera cuántica entendible se debe cambiar la material palabra Big = gran por el concepto GOD = Dios. GOD-Bang lo llamo en el que:

Desde lo Inmanifestado en Dios emergió Su Pensamiento cuántico que, a lo menos, para este universo en esta dimensión hace más de 150 mil millones de años, dio cuántica forma a lo Manifestado en espiral descendente por Esa Mente programando en un ciclo inicial infinitamente contraído de vacío absoluto y potencial materia de densidad infinita y volumen cero previa a Su Creación Universal en un perfecto orden cósmico por LA MENTE DIVINA Ideado. El vacío sin límites es latente Inteligencia Pura infinita que al hacerse manifiesto forma, a la velocidad del Pensamiento, bruscamente, la Expresión Manifestada con un punto cuántico en el espacio-tiempo relativo que ÉL ha Creado. Ese punto infinitesimal dotado de infinitas potencialidades, da lugar a la explosión cósmica que he llamado GOD Bang cual gran explosión inicial para este universo en un no-vacío de Mente Pura y, por la acción de la Divina Mente estalla en Su Creadora Idea Conceptual y se hace realidad manifiesta inentendible para nuestras limitadas mentes expresadas por un cerebro de tercera dimensión... 

Pienso y siento que la revelación que llevó a Planck e teorizar y experimentar sobre el fundamento de la materia, sentó las bases para una gradual revolución del Pensamiento, una revolución ascendente desde el alfa hacia el omega, desde la materia hacia lo que a la materia le permite tener la apariencia de tal = la mente. Y por la mente mirar nosotros hacia más allá de las estrellas. Revolución que no pudieron silenciar y, de manera gradual limpia la costra de materia para dejar reluciente la Mente y lo que a la Mente nuestra le permite ser.

Planck no solo postuló que la materia es una ideación mental, además dijo:


Considero a la conciencia como algo fundamental.

Y concluyó señalando:

Considero la materia como derivación de la conciencia. No podemos ir más allá de la conciencia. Todo aquello acerca de lo que hablamos, todo aquello que consideramos como existente, postula la conciencia.

La evolución de la Física Cuántica nos permite retroalimentar el subconsciente mental que está más allá del tiempo y del espacio y llevar al plano consciente mental en un futuro hacia más allá del tiempo y del espacio, hacia la propia conciencia. Sin saberlo tenemos en nuestras manos el cuántico futuro. El pasado ya no es, solo es este momento presente y, desde él puedes mentalmente plasmar tu futuro.

Es decir, por sobre la materia está la mente y nuestra conciencia. Desde este plano no podemos ir más allá de la conciencia, el subconsciente solo alcanza a vislumbrar hasta el plano del alma, sin embargo el solo pensar que nuestra vida y lo que nos rodea es un estado mental que es porque lo estamos observando y que la materia por lo tanto no es, representa un salto cuántico en el Despertar de la humana evolución. El tener la certeza como lo ha sido demostrado por la ciencia cuántica significa el inicio de la etapa del Cambio de Conciencia hacia el ascenso - iluminación - transformación del pensante fenómeno humano, inicio que no se detendrá en su expansión desde el acá hacia el Allá. Un Allá en donde nosotros seremos como "Ellos"...

Max Planck descubrió un mundo nuevo, el mundo de lo Cuántico.

¡Gracias Planck! Por permitirme con fundamentos, esto y más suponer y en el Ciberespacio dejar...



Dr. Iván Seperiza Pasquali
Quilpué, Chile
Julio de 2013
http://www.isp2002.co.cl/
isp2002@vtr.net