PLUMAS AL VIENTO

DR. JUAN SEPERIZA ZANINOVICH
SANTIAGO DE CHILE
1944
Edición electrónica 1998
QUILPUÉ - CHILE

PRESENTACIÓN

Mientras escribo, éste mi primer prólogo o presentación que hago a un libro, aun no me repongo de la grata sorpresa de ver que corresponde a un inédito escrito de mi padre hecho en Santiago, durante la Segunda Guerra Mundial. "Plumas al viento" es un libro dedicado a mí para cuando su autor, mi padre, ya hubiera desaparecido, lo que se cumplió a los 18 años de haber dejado él la forma física. Libro que jamás imaginó al iniciarlo, provocaría un cambio tan grande en su hijo, cambio positivo que le agradezco.

Al llevar al computador las ideas de éste prólogo, recuerdo que siendo niño en la clase de Francés me tocó leer un relato en el que se decía: "Une larme s’echapé de ces yeux, une larme isolé et continue que brûle les paupières". Una lágrima escapó de sus ojos, una lágrima aislada y continua que quemaba los párpados.

Fue necesario que pasaran 53 años desde que el libro terminara de ser escrito, y 18 años de la muerte de mi padre, para que yo, su destinatario, hace una semana, "accidentalmente" lo recibiera de manera tan sorprendente y extraña. Me encontraba en el hogar de mi madre y sentí la "impulsión" de ir hacia el mueble biblioteca y abrir el anaquel inferior derecho. Veo allí, una vez más, un alto de fotocopias universitarias de mi hijo, al sacarlas, hacen caer al suelo un viejo escrito a máquina con tapa de cartulina desgastada por el tiempo y sin título en ella escrito. Yo estaba convencido que no había quedado, en la mudanza de mi madre a Quilpué desde Santiago, ninguno de los escritos de Salud Pública de mi padre. Algo me atrae de ese escrito,  fue superior a mí, lo levanto, miro su primera página, y en ella leo lo siguiente: "Tengo un hijo. a Iván - su nombre -". Y la página N°3 me dice: "Para ti también, hijo mío, para que tengas algo de mi persona cuando yo haya desaparecido".

Mi padre era hermético en sus sentimientos, y yo nací sensitivo. Desde niño capté que una pesada carga lo abrumaba. Por mi madre me enteré de la verdad. Al conocerla sentí aún más admiración y respeto por él. Fue hijo de un matrimonio cróata, del ex imperio austro-húngaro, radicado en la ciudad de Iquique. A los 9 años de edad se le envió al Seminario de Santiago. Olvidó el idioma vernáculo de sus padres a los que no volvió a ver. Fue adoptado por su madre Iglesia. Luego de una brillante carrera de seminarista se ganó el derecho de ir a Roma en donde se doctoró en una serie de disciplinas del saber y teológicas, iniciando así el camino que conducía a ser Obispo. Gracias a su gran forma de ser, fue el puente de unión entre las diferentes razas y culturas de sus compañeros. Pero, descubrió que carecía de vocación sacerdotal. Regresa a Chile y tiene el valor de tomar la decisión que marcó a fuego su vida futura colgando el hábito. Lo hace en una época en la que su poderosa Iglesia no perdonaba una decisión así.

Se casa con Elsa, mi madre. Teniendo yo, el único hijo, unos 8 años de edad inicia los estudios de Medicina en la Universidad de Chile, lo hace mientras trabajaba en el Departamento Psicotécnico del Tránsito de la Ilustre Municipalidad de Santiago. Como médico logró ejercer el apostolado que sus iniciaciones le señalaban. Se dedicó en forma exclusiva a la Salud Pública, carrera que inició como Director del Sanatorio El Pino de San Bernardo, llevando allí paz a muchos pacientes tuberculosos. Ganó el cargo de Director del Hospital más importante de la V Región, el Van Buren de Valparaíso. Su ascendente carrera lo lleva al puesto de Jefe Zonal de Santiago. Logra después alcanzar el más alto grado al que por concurso se podía llegar, el de Jefe del Departamento Técnico de su amado Servicio Nacional de Salud.

A comienzos del año 1979 me enteré que padecía de un tumor cerebral de gran tamaño, metástasis de una cáncer pulmonar tabáquico. Se me informó que su expectativa de vida no era superior a los 15 días. Me pide que lo lleve a casa pues no quería morir en el Hospital. Así lo hice. Ignoro si influí o no para que lograra vivir varios meses más, y hacerlo lúcido, tranquilo y lleno de confianza. En ese período pudimos conversar por primera vez de ciertos temas, fueron muchas charlas, algunas de ellas en silencio. Le relaté que se me habían abierto ciertas puertas de secretos arcanos que mostraban una gran verdad con un Dios que sólo es Amor, Comprensión y Perdón para con todos los seres humanos, sus hijos. Y que ése había sido el real mensaje dejado por Jesucristo. Le manifesté que lo Alto jamás lo había condenado. Le recordé que mientras yo estudiaba Medicina en Argentina, el Papa le había dado la absolución y que, privadamente en su hogar, un Señor Obispo con Elsa, mi madre, lo había casado por su Iglesia. En fin, tantas cosas que pudimos en esos meses conversar sobre el más acá y el más allá.

En su hogar, al momento de morir, el rostro de mi padre se iluminó y esa luz penetró mi frente con un claro mensaje que me señaló con amorosa voz: "Hijo mío, estoy donde tanto tú quisiste que yo llegara a estar". Y la voz en la distancia se perdió.

Debo reconocer que siempre tuve la duda de que el peso de sus iniciaciones y la culpa que él sentía, se reflejaban en mi como en el hijo que jamás, de un consagrado, debió nacer. Concepto reforzado por un sacerdote al que consulté, siendo niño, sobre el significado de ser hijo de un consagrado. Me respondió que era pecado mortal, anatema y otros calificatvos más, ninguno suave por cierto, que hicieron surgir al guerrero latente, como uno muy duro ante el mundo que por cuna lo había rechazado. Cuán gratificante ha sido ahora, comprobar, después de tantos años, y gracias al primer capítulo de su libro que tituló: "La alcancía de mi hijo", que no era así. Pero que duro fue soportar el peso de esa carga, la cual sirvió para dar el temple necesario al mensaje que yo sólo debí encontrar y sólo, sin el apoyo de grupo alguno, a otros mostrar.

Leer "Plumas al viento" equivale a tomar un baño de cultura y algo más. Los veintitrés capítulos -que presento compaginándolos desde mi moderno computador, conservando en lo posible, la forma en que mi padre los dejó desde su clásica y, hoy considerada anticuada e incómoda máquina de escribir- hacen referencia a variados temas que aportan un conocimiento general, expresados de manera particular, mediante las armónicas palabras de un hombre sabio.

Algunos capítulos abarcan aspectos complejos y áridos del saber, los que gracias al erudito lenguaje del autor, pasan a ser diáfanos y amenos para el lector. Guardan entre sus velos, sutiles para unos, densos para otros, un tesoro con macizas, nuevas, brillantes y sonoras monedas de oro del discernir; es decir, son de la más pura ley. Sin ser joyas del conocimiento oculto, presiento que tienen una sólida base en la alquimia de lo trascendental, y están dotadas de una potencia vibratoria que ayudará al despertar y crecer mental de quien, encontrándolas, las logre, por sí mismo, humildemente recibir.

Finalizo la presentación con un relato que dice así:

Hace aproximadamente 100 años, se ignora cómo, llegó a manos de un ambicioso explorador de las antiguas civilizaciones de Mesopotamia, un añoso mapa. Tras largo estudio se convenció de que representaba el plano de un milenario e inestimable tesoro de valiosas joyas. Organiza una expedición, lo que hace sin fijarse en gastos y, en pleno desierto, logra llegar a la entrada de una gran gruta que se extendía bajo tierra, tal como el mapa lo señalaba. El explorador junto con su selecto equipo ingresan a la gruta y encuentran el lugar marcado como el del tesoro. Allí, en el centro de un hermoso, majestuoso y simbólico altar tallado en la roca de blanco cuarzo, había un gran cofre de un metal desconocido. Al abrirlo, la sorpresa de no ver las joyas que esperaba encontrar, sino que un rollo de papiro, misteriosamente conservados por más de 13.000 años, trastorna al codicioso buscador. En su furia acciona una palanca ubicada al lado del cofre. Entonces, una intensa luz brota desde el cuarzo del altar; el cofre, previo a su desmaterialización, se torna transparente y resplandeciente. Un ruidoso derrumbe produce el hundimiento total de la caverna. Las arenas del desierto se encargaron de borrar toda vestigio de lo que allí hubo.

Antes de desencadenarse la catástrofe se escuchó una profunda voz que decía: "El más grande tesoro que la humanidad puede encontrar son las joyas del conocimiento. Eso es lo que nosotros los atlantes hemos dejado a la posteridad, para cuando esté preparada para recibirlo".

El único sobreviviente de la trágica aventura, un joven destacado arqueólogo, relató a sus pares científicos lo sucedido, nadie le creyó, hubo burlas y hasta loco se le consideró. Sin embargo, aislado, pero feliz con su historia se quedó, y lo hizo junto a la riqueza interior que misteriosamente de él brotó, la cual de manera positiva lo transformó. Seguro de que habría un futuro mejor, una trascendental decisión tomó: Con sumo respeto, admiración y devoción, en secreto lugar guardó el  rollo de papiro, que del sagrado cofre de los atlantes, al momento de iluminarse el altar de cuarzo de la caverna, rescató y que, de manera misteriosamente, él pudo leer y entender.

Dr. Iván Seperiza Pasquali
Doctor en Medicina. Médico Oftalmólogo
Lic. en Salud Pública y Planificación de Salud
Cientista Mental
Quilpué, Chile
20 de noviembre de 1988
http://www.isp2002.co.cl/1994.htm
isp2002@vtr.net




La alcancía de mi hijo

Tengo un hijo. A Iván -su nombre- he comprado una alcancía para que en ella vaya depositando y atesorando sus minúsculos ahorrillos. Hoy, son veinte centavos; otro día cuarenta; en muchas ocasiones nada deposita, pues prefiere invertir el dinero en dulces y chucherías que, para su corta edad, forman su problema económico, su preocupación financiera. En el día de su cumpleaños, fueron cincuenta pesos, un hermoso e inmaculado billete, los que incrementaron el haber de su pequeña caja fuerte.

Dicen que en la niñez no se da importancia al dinero, porque se desconoce, más que su valor intrínseco, lo que cuesta adquirirlo, el número de gotas de sudor que hay que dar en cambio. Posiblemente sea ello verdad; pero yo, por lo que vislumbro en Ivo -diminutivo de su nombre- creo que la veracidad no es completa. Sus mejillas sonrosadas; sus ojos que bajan continuamente a posarse en la punta de sus zapatos; el frotar nerviosamente sus manos cuando me pide la moneda de veinte centavos, a veces son cuarenta o un peso, todo ello envuelto en una humilde mirada, me indican a las claras que le significa gran trabajo solicitarme dinero. No es por temor a la negativa, pues rara vez se lo niego, sino, seguramente, porque de pequeño ya siente eso que pasa a ser un instinto; esa sentencia que se vive pero que no se dice: "el pedir pone en nivel más bajo al demandante". Y el complejo de soberbia incipiente, de dignidad innata, lucha contra la necesidad de obtener la moneda para satisfacer lo que los mayores llamamos capricho; mas, para esa edad no es tal. Es la actividad de la vida; el germen en funciones de lo que será la lucha por la existencia en la edad adulta.

Yo lo comprendo y disimulo, como trata Ivo de disimularlo, cubriendo con una sonrisa que se esfuerza en ser picaresca, ese complejo que no alcanza a ocultárseme.

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Si un psicólogo colocara ante el "ergómetro" al niño que pide a su padre la moneda y a un hombre que trabaja para ganarla, en relación con su desarrollo, quizá ante quién marcaría mayor esfuerzo de desgaste la aguja.

Sé que no sólo ocurre esto a mi hijo, pues conservo el recuerdo de mi infancia. No se me diga que es producto de la herencia. Hágase cada cual un análisis retrospectivo de su niñez y creo que el juicio será unánime a favor de lo que he dicho.

En muchas ocasiones, yo me adelanto a la petición de mi hijo y, de mi propia iniciativa le doy su moneda, casi siempre mayor que la que suele pedirme. ¡Qué rostro de dicha; qué ojos felices son los suyos!

Me parece que conjuntamente con el agradecimiento, demuestran la satisfacción de un esfuerzo que se le ha ahorrado. ¿No ocurre lo mismo en nuestra edad madura, cuando el dinero viene a nuestras manos sin mayor laboriosidad?

Al colocar su moneda en la alcancía, las veces que lo hace, la remueve para escuchar el tintineo metálico y calcular a cuánto asciende su capital.

Tiene ya trazados sus planes Ivo acerca de la primera inversión que ha de hacer con el dinero que ha ido acumulando. Comprará una "cartuchera" para la pistola que, como aguinaldo, le trajo Santa Claus en la última Navidad.

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La alcancía de Ivo me ha sugerido el que vaya yo, por mi parte, acumulando un acervo de razonamiento, ya que no de dinero; he concebido la idea de ir, día a día, dejando en las páginas de este libro, un concepto, un raciocinio, un algo de mi pensar.

Al igual que en la alcancía de Iván, algunas veces serán sólo minúsculas monedas de cobre; otras, nada tendré para acrecentar el ahorro; espero, sin embargo, que en más de una ocasión venga a tener cabida una maciza moneda de oro, brillante, sonora, nueva.

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Para entretenerme más tarde en recontar lo acumulado, cual a hurtadillas lo haces con tu dinero de la alcancía. Para ti también, hijo mío, para que tengas algo de mi persona, cuando yo haya desaparecido, me tomaré este trabajo que, en muchas oportunidades, será un placer.

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El bien y el mal

Describen y pintan, por lo regular, mejor dicho siempre, al Bien y al Mal, como dos entes opuestos de orígenes contrarios de rutas inencontrables de fines antagónicos. Estimo que esta apreciación no es del todo exacta.

El Bien y el Mal, tienen el mismo origen; sus sendas se cruzan y entrecruzan y su fin, sólo Dios lo sabe.

El mal "ontológico", dicen en Filosofía, es la negación del Bien; es el no ser. Pero el mal ontológico sólo existe en el papel y en la mente del que lo discurre. Si es la negación del Bien, si es el ente negativo, simplemente, no existe; no es nada. Es un concepto vano.

El Bien y el Mal morales, son los que persistirían. Lo demás se presta a confusiones; embaraza y entraba la mente.

Dios es el creador de todo lo existente y, por ende, el Sumo Bien ontológico, por su razón de existencia plena e infinita y, a la par, el Sumo Bien Moral, porque es la fuente de donde emana toda bondad y el orden existente; orden que es ley.

El encuentro de la creatura dentro de ese orden, es el Bien; su alejamiento, el Mal. Mayor bien, mientras más cerca esté del arquetipo; menor bien o mayor mal, según la distancia que separa al ente creado, o su acción, de la norma prefijada.

Bien y Mal. No son substancias, entes concretos, existentes en sí y por sí. No existen el Bien absoluto ni el Mal absoluto, en cuanto tales. De Dios puede decirse, ya que sus atributos se identifican con su esencia, que es el Bien Absoluto, pero no porque existe como Bien, sino como Dios que es el Bien.

El Mal absoluto no existe en forma alguna. De ninguna manera puede afirmarse que lo sea el Demonio, pues su esencia no es el Mal, ni va como efecto necesario de su existencia. El Demonio fue en un tiempo Ángel Bueno y "él" mismo es hoy Demonio; por tanto, el mal es algo accidental en él.

Bien y Mal morales son algo positivo, inherente a un ser racional. Son cualidad y defecto; cualidad y defecto no son afirmación y negación, positivo y negativo. A lo más, conducta dentro del orden y desviación; pero la desviación es tan positiva como la línea recta.

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El Bien y el Mal sólo pueden existir dentro del ser racional. Bien y Mal morales, por cierto. La razón estriba en que, para la bondad y maldad se requiere responsabilidad; no sólo ciencia, conocimiento. No basta saber que algo es bueno o malo; es menester poseer la potencia necesaria para impedir lo que se tiene por malo y, aun más, el poder de elección entre uno y otro. Quien necesariamente obra en un determinado sentido, no puede vanagloriarse de haber obrado bien, ni puede resentirse de falta si la acción es mala. El solo conocimiento no responsabiliza; es indispensable la posibilidad de elección; en una palabra, la libertad y, únicamente el ser racional es libre.

Así pues, la ciencia del bien no es suficiente en el operante para que algo suyo sea bueno; se requiere la conciencia del bien (nótese que digo conciencia y no consciencia, para significar participación de la voluntad, en la que radica la responsabilidad; en cambio, el concepto que excluyo, tiene su sede en el entendimiento).

La conciencia sólo puede actuar con dominio, cuando hay libertad en la operación o en la omisión.

Lo bueno y la malo, pues, no existen sino en relación a un sujeto que actúa de acuerdo o no con una norma arquetipo, con raíz en la conciencia y que, para el creyente, tiene su origen en Dios. Para quien no cree, la cuna está en la misma conciencia, la que, como en todo lo humano, se deja influenciar por el medio ambiente, formándose la conciencia colectiva o universal, según la concepción kantiana.

Entran tres factores: conciencia arquetipo; sujeto operante y acción de éste.

Bueno se llama lo que está conforme con la norma preestablecida y malo lo que disconforme. Perfecto lo que calza en identidad, siendo gradualmente menor la bondad, según sea mayor la desemejanza con el arquetipo.

Tienen una misma raíz en cuanto acciones u omisiones de un mismo ser racional. Por otra parte, ya que en sí, con existencia propia, no se dan el Mal y el Bien, sino que son modalidades que afectan al operante, no pueden ser opuestos substanciales, sino opuestos modales.

Es por esto también, que no son absolutos. Una misma acción puede ser buena en uno y considerarse mala para otro. Para aquilatarlo, debe tenerse en cuenta el "Padrón" que informa la conciencia; padrón que es establecido por el ambiente o "Consenso universal". El concepto de "universal", no ha de tomarse como correspondiente al universo entero, sino a la totalidad o mayoría de una región de intercambio corriente, que da la medida que recibe el nombre de "hombres normales". Así, en épocas anteriores, ese intercambio apenas si existía en derredor de unos pocos kilómetros, como en África, América, etc. En regiones y edades de mayor cultura, donde y cuando las comunicaciones eran más extensas, como Europa, China, India, abarcaba más espacio.

Dentro de una misma región, ya que no todos los hombres tienen una idéntica percepción intelectual, podía haber disparidades, las que se regulaban según las distintas religiones de los habitantes. Más tarde, perdieron fuerza en mayor o menor grado, los lazos de religión y, en muchos aspectos prevaleció la legislación civil sobre las creencias.

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La conciencia, cualquiera de las causas indicadas que prevalezca como verdadera, lleva en su interior algo así como tablas de la ley, en las que van estampadas los dictados que por su antigüedad o fuerza, por idiosincrasia y educación, se han impreso en el ambiente.

El acercamiento o alejamiento, en grado que nadie puede taxativamente establecer, es lo que recibe el nombre de Bueno o Malo.

Es pues, la conciencia, como una caja fuerte hermética que guarda el padrón individual de ese algo que da carácter moral a las acciones.

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Resignación

La Resignación, no es sino el reconocimiento sumiso de la impotencia. Es la aceptación de lo inevitable. Es el nirvánico estoicismo, puesto en acción. Es el dominio y avasallamiento que ejercen agentes externos sobre las facultades y el psiquis, que se aprestan a rebelarse.

¿Es una virtud? Puede serlo; como también puede surgir como signo de cobardía.

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La sociedad de la mesa
redonda

Los demás también tienen su historia. Cada uno de esos que ves, amigo lector, quienquiera que seas, uno, otro y otro de los que pasan a tu lado y miras como seres extraños y que a ti no te importan, es un protagonista. Cada uno de ellos, es un Yo y, decir Yo, es decir centro del mundo.

Para ti, tú eres centro del Universo, lo de más importancia que hay en él. Para ti, el mundo existe mientras tú existas; en tanto haya un hálito de vida consciente en tu ser. He aquí la prueba más irrefutable de que tú eres su centro y su base.

Para cada uno de los otros, es como tú; es otro tú. Para cada uno de los demás, viva y se mueva el mundo, mientras haya movimiento y vida en su ser. Para ellos, también vale la razón.

¿Cómo armonizar tantos "Yo"; cómo centrar tantos "centros"?

Pues, no hay más que considerar la vida social humana como una gran "mesa Redonda", donde todos y cada uno son los primeros.

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El escritor y la inteligencia

Dicen que para ser buen escritor, se ha de ser inteligente. No sé si sea esto verdad; pero para mí tengo que, para escribir, más que de inteligencia, es menester estar dotado de imaginación. Aun el autor del más abstruso texto matemático, ha de despertar su imaginación para clasificar la materia y facilitar la intelección.

En cambio, para ser un buen lector, sí que es menester ser inteligente y muy inteligente, a fin de poder captar con precisión lo que el autor pretendió decir.

¡Consuélate, amigo lector!

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Medicina Ultra Moderna
(Jocus Dialecticus)

Siempre he vivido entre seres normales, lo que termina por ser aburrido y monótono. En cierta ocasión quise romper esa monotonía y asistir, en el carácter de espectador y por unos momentos, como quien va a una farsa teatral, al espectáculo que dan para el ser normal aquellos que son llamados locos, por la muy simple razón de que no piensan ni sienten como la mayoría.

En esa oportunidad, que fue la primera, ya que repetí después mis visitas, a la entrada se me ofreció como guía un hombre de maneras elegantes: regular estatura; de cabellos rubios; ojos garzos y tez blanca con ambas mejillas encarnadas, lo que, en conjunto, delataba la raza sajona.

Díjome ser médico del establecimiento y tener bajo su dirección un departamento de locos, a los que curaba por un procedimiento especial, de su invención, que trataría de explicarme en el trayecto.

-"Usted conoce, ciertamente, comenzó, la lucha de vida o muerte entablada entre la Alopatía y la Homeopatía. No pasará mucho tiempo y los médicos tendrán que contar con un tercer contendor que disputará la victoria: la Patoterapia, que es mi procedimiento. Cuando publique mi obra, de la que sólo me faltan los últimos retoques, se producirá una revolución total en el campo médico.

"Usted deseará saber, sin duda, en qué consiste la Patoterapia; cuáles son sus principios y fundamentos científicos y cuáles sus ventajas. Preguntas muy justas, a las que procuraré dar respuesta satisfactoria.

"La Patoterapia, como lo dice su nombre, defiende que las enfermedades no necesitan medicamentos, sino que se curan por sí mismas. Los médicos, cuando conozcan mis principios, me atacarán acremente, no porque ella sea anticientífica, sino porque significa la ruina de su profesión.

"La Patoterapia no es una invención loca; por el contrario, es el fruto de una vasta y difícil investigación, fundada en la más pura ciencia.

"Hahnemann, creador de la Homeopatía, fue mi predecesor. Esta se sirve del principio "similia similibus curantur": lo semejante se cura con lo semejante, en oposición al principio Alopático: "contraria contrarias curantur", la cura ha de hacerse con los contrarios. Ahora bien, ¿qué más semejante a la enfermedad que la enfermedad misma? No hay mayor similitud que la identidad. Por tanto, me baso, como puede usted observar, en el aforismo científico de la Homeopatía.

"Hahnemann, a más de ser mi predecesor, hizo el papel de intermediario entre la medicina alopática y los principios que yo sustento. En efecto, la Alopatía impone la cura a grandes dosis, lo que según los homeópatas constituye un grave error, ya que en primer lugar, una parte notable no se asimila y, en segundo término, la dosis en gran escala, en vez de producir efecto benéfico, neutraliza toda cura. Para terminar con este método erróneo, la Homeopatía impuso las dosis mínimas, únicas de resultados positivos, según sus principios.

"El aforismo jurídico que dice "parum pro nihilo reputatur", lo poco ha de tenerse como nada, tiene también su aplicación en la ciencia médica, por ejemplo, en relación a los venenos que, en cantidades mínimas no producen efecto; lo mismo ha de decirse, si se es consecuente, de las substancias medicamentosas. Tenemos lógicamente que, sirviéndonos de este aforismo, la dosis homeopática produce el mismo efecto que la abstención absoluta de remedios.

"La ciencia, pues, ha ido evolucionando de mayor a menor: con la Alopatía proporcionaba grandes dosis; con la Homeopatía, se redujeron éstas a cantidades mínimas y, la Patoterapia, las suprimirá del todo.

"Está íntimamente relacionado con lo dicho anteriormente este otro argumento que, a mi juicio, es más eficaz, aunque tal vez, no el más científico. Es un hecho comprobado por la Historia, que tanto la Alopatía como la Homeopatía han hecho curaciones, algunas maravillosas; sabemos, por otra parte, que se valen de principios y medios enteramente opuestos: la una proporciona grandes dosis, la otra se contenta con infinitesimales; la primera lo hace por los contrarios y por los semejantes la segunda. Es imposible que las dos, usando de principios contradictorios, consigan el efecto por virtud propia. Por tanto, ninguna de las dos lo produce.

"Le parecerá, acaso, demasiado aventurada e ilógica la consecuencia; pero, razonemos un poco y se convencerá de lo enteramente lógica que es la ilación. Supongamos que sea la Alopatía la que por sí sane las enfermedades; entonces la Homeopatía, su contraria, sería nula en sus efectos; pero, a su vez, tenemos que con ésta se han efectuado curaciones portentosas, tanto como la Alopatía. Mas, como efectos iguales deben ser producidos por causas iguales y, en nuestro caso, las causas son no sólo desiguales, sino contradictorias; sin embargo, el efecto se produjo. Luego, ni la Alopatía, ni la Homeopatía lo produjeron, sino la curación ha sido hecha por el organismo, independientemente de agentes externos: o sea, por Patoterapia. Así pues, las enfermedades no se curan a causa de los remedios, sino a pesar de ellos".

Al llegar a este punto, mi interlocutor, que no había interrumpido por un segundo su discurso, hizo una fuerte aspiración; se llevó rápidamente el pañuelo a los labios y cara para enjugarse el sudor; levantó la cabeza y miró alrededor suyo, operaciones todas que me permitieron reconcentrarme un poco para pensar en el asunto, pues su verbosidad no me había permitido hacerlo. No fue mucho lo que pude desprender; no me era posible formular una decisión clara y precisa, ya que no sabía si calificar de profundo o estúpido lo que venía escuchando y dejé para más adelante la emisión de un juicio.

No tardó mucho mi acompañante en proseguir, casi con redoblado interés.

"Ahora le presentaré las inmensas ventajas de la Patoterapia, que son principalmente económicas, punto de vista, el que más interesa en nuestros días.

"En primer lugar, la Patoterapia suprime médicos, farmacias y medicinas; ventaja de por sí grandísima sobre nuestra situación presente.

"El estado terapéutico actual supone una disminución en la economía familiar, pues, es cosa sabida que el consumo de medicamentos es uno de los mayores si no el mayor de los rubros de gastos que, por regla general, tiene un individuo y, como su precio es bastante elevado el presupuesto médico de cada familia ha de serlo también. Anulando este presupuesto, viene, como consecuencia lógica, un mayor desahogo en la forma de vivir.

"La supresión de boticarios y boticas proporciona, a su vez, una gran ventaja puesto que, es cosa sabida el que los farmacéuticos, equivocando recetas, en lugar de un remedio -que, como antes probé, es nulo en su efecto- dan un veneno.

"No son menores las ventajas sociales y morales que se seguirían de la Patoterapia; porque actualmente, hemos de añadir a la muerte como consecuencia de una enfermedad, las producidas por los médicos quienes, a menudo desconocedores del mal por atacar, ensayan sistemas curativos con el frecuente y triste resultado de llevar a la tumba al paciente. En cambio, suprimidos los médicos, sólo se contarán los que mueran por sí mismos. Conclusión lógica: con la Patoterapia disminuye la mortalidad y se resuelve este grave problema, preocupación constante de la ciencia y de los Estados.

"No es todo. La Patoterapia destruye una que llaman necesidad científica y que no es sino un salvajismo civilizado; porque eso de despedazar los cadáveres y distribuir las "presas" como carne en el matadero, es digno de antropófagos y no de gentes que se precian de cultas. Dicen que es eso necesario para conocer la anatomía, fisiología y patología del organismo humano, conocimiento indispensable para el estudio de la medicina. Mas, con la Patoterapia desaparece la razón de ser de esta barbárica acción, ya que la medicina pierde su finalidad.

"No cabe duda de que uno de los mayores obstáculos para la implantación y desarrollo de la Patoterapia, lo constituyen los médicos, porque significa su necesaria desaparición del campo profesional, a lo que difícilmente se resolverán. Es menester hacer un llamado a todos los médicos del mundo, induciéndoles a que, por el bien común, renuncien a su oficio. Por desgracia, contados serán los que se determinen al sacrificio propio por la Humanidad".

Aquí cesó de hablar mi interlocutor y un aspecto triste y de preocupación invadió su rostro.

El convencimiento con que hablaba, la elocuencia de su voz y su argumentación que no dejaba de encerrar su buena dosis de lógica, me iban convenciendo casi totalmente. Estaba ya dispuesto a dirigirle la palabra para manifestarle que, en efecto, me parecía digno de estudio su sistema, cuando, sólo entonces, advertí que mi acompañante vestía el uniforme de los orates...

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El sentido de la oportunidad

En cualquier Laboratorio de Física que se visite, encontraráse un trozo cilíndrico de bronce, de unos ochenta centímetros de largo, por cinco de diámetro, dividido en dos partes iguales en forma de herradura, unidas por medio de una bisagra y que tiene en el centro de la figura un mango de material aislador.

El visitante profano creerá se trata de un utensilio sin objeto; de un resto ruinoso que pertenecía a algún aparato ya inservible. Pero nuestro visitante sufre un engaño, porque se trata de un instrumento completo, bastante humilde en su estructura si se quiere, mas, por sí solo forma un instrumento. Más aun, tiene la honra de poseer nombre propio. Llámase "Excitador Eléctrico".

¿Cuál puede ser el oficio de tan raro y curioso utensilio? Humildísimo también, como su forma. Su único fin es descargar la máquina eléctrica del Laboratorio, o la Botella de Leyden, sin que el operador sufra conmoción alguna...

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La vida en sociedad es también un inmenso Laboratorio, en el que cada ser humano ocupa un lugar, del que forma parte como un aparato de experiencias; que es una página del gran texto vivo de la especie. Hay allí, acaso, un instrumento acústico, o quien sabe si una máquina eléctrica, que con la fricción produce fuertes descargas.

En este gran Laboratorio, también es indispensable ese pequeño y modesto artefacto que tiene por nombre "Exitador Eléctrico".

Ocurre a veces, por ejemplo que, en la conversación, alguien desliza una frase fuera de propósito, diciendo algo que todos quisieran ocultar, o que hiere a alguno de los circunstantes; una frase que es una pedrada en la superficie del manso lago de la conversación, la que queda removida, agitada...

Es un momento crítico; el ambiente se ha cargado de electricidad psicológica. Nadie osa reiniciar el interrumpido coloquio por temor de cargar más la atmósfera... Todos, sin embargo, esperan que alguien emita una palabra salvadora, oportuna; pero temen hacerlo, porque en vez de mejorar la situación, puede empeorarse.

Esa palabra talismán; esa frase que desharía en absoluto el efecto producido, sin temor de riesgos, es el "Exitador Eléctrico" de la conversación; es una frase oportuna y que, como oportuna, ha caído cual en su molde.

Es menester, empero, poner gran cuidado en usarla, pues hay el peligro de emplearla mal y, en tal caso, la fuerza de la descarga puede actuar contra el operante.

El ser oportuno salva muchas circunstancias desagradables, como por el contrario, la inoportunidad es causa de descalabros.

En realidad, es innegable que un gran factor de buen éxito en las empresas que se acometen, son las circunstancias que las rodean, las que dan el coeficiente de la oportunidad.

La oportunidad está constituida por un elemento subjetivo, que más adelante analizaré y al que doy el nombre de "sentido de la oportunidad" y un elemento ajeno a la persona, formado por las operaciones de los demás, de las circunstancias físicas, etc., o sea, del ambiente. Captar el momento que ofrecen las circunstancias, los actos de las otras personas, como aprecia el cazador el momento preciso para descargar el fusil, eso es ser oportuno.

Napoleón, en el destierro de Santa Elena, cuando vencido, de conquistador se transformó en filósofo, en inquisidor de la verdad, decía a su confidente Gourgaud: "Si no hubiera existido yo, posiblemente otro habría terminado con la Revolución. Lo repito, un hombre no es más que un hombre. Sus medios no son nada si las circunstancias y la opinión no lo favorecen. Estas lo rigen todo".

La oportunidad de las circunstancias favoreció como factor primordial para dar lustre e inmortalidad a los genios y grandes personajes de la Historia. Un Alejandro, un César, un Federico el Grande, un Napoleón, no habrían vestido la gloria, si no se hubieran visto rodeados de un ejército, por ejemplo, disciplinado y, si las fuerzas enemigas no hubieran contado con jefes, cuya táctica fuera de aprendices al lado de las suyas. Los primeros no hubieran nacido en cuna real y o noble y, el último, si el caos de la Revolución no lo hubiera levantado.

Se dice que la oportunidad es calva y ciega; pero, a mi entender, esta afirmación encierra un error. Puede captarse, ya que tropieza con elementos no irracionales, sino con seres dotados de razón y, si puede el entendimiento humano captar las leyes físicas y químicas de la naturaleza y hacerlas suyas para que le sirvan en su beneficio, como adelanto en la ciencia y auge en el confort, cual acontece, por ejemplo, con el vapor y la electricidad, ya que las ha transformado en fuerza motriz y luz ¿por qué no puede también hacer suyas estas leyes psicológicas: por qué no sería capaz de asir la oportunidad?

La casualidad no existe; todos los hechos son efectos de causas determinantes y determinadas, causas que se congregan y, a tal causa o grupo de causas que se congregan, sigue, necesariamente, un efecto ciego. La oportunidad subjetivamente tomada, no es sino efecto de una serie de causas en suspenso, que la inteligencia humana debe captar para hacerlas producir su efecto.

Se habla de personas dotadas de suerte, de ventura y, de otras a quienes todo sale en contraposición a sus deseos. Yo diría que no se trata de una suerte próspera o adversa. No; las primeras personas son oportunas en su decir u obrar y, las segundas inoportunas.

Se trata del efecto de un sentido psicológico, en algunos muy desarrollado, escaso o nulo en otros; el sentido de la oportunidad. En ciertas personas es innato y subconsciente, como lo es la inteligencia o la habilidad para algunas especialidades. Son esos individuos que, sin saber cómo ni cuándo, siempre llegan en el momento oportuno, siempre o casi siempre, tienen buen éxito en sus empresas; cabe en ellos el dicho vulgar: "han nacido de pié". No son hijos de una suerte ciega, sino que tienen inherente en su personalidad el sentido de la oportunidad; están dotados por naturaleza, de un buen olfato psicológico, que talvez, ni ellos mismos conocen.

Pero este sentido de la oportunidad no es exclusivo del innatismo; puede adquirirse con el ejercicio. Así como al leer se aprende ejercitando la lectura y, escribiendo a escribir, este sentido se adquiere a fuerza de experiencia y de voluntad, extrayendo enseñanzas de los fracasos y analizando las causas que los motivaron, para en las próximas ocasiones evitarlas.

Así como hay artistas que nacen tales y para quienes basta un mínimo esfuerzo para crear una obra de arte de alto valor y, otros que, con repetido tesón y constancia y con un desgaste mucho mayor de energías consiguen también crearlas de igual valor, así ocurre con lo que llamamos el sentido de la oportunidad.

El coeficiente de una vida no se forma sino por el conjunto de oportunidades captadas u frustradas.

Quien quiera tener buen éxito en sus empresas, llenar una vida positiva, una vida fecunda, debe estudiar sus oportunidades y hacerlas concordar con su capacidad: indagar cuáles son aquellas causas o grupos de causas que, unidas a su modo de ser, dan un efecto próspero.

Ha de, cada cual, fabricarse su "exitador eléctrico psicológico" para descargar las oportunidades a su favor: ha de tratar de adquirir el sentido de la oportunidad.

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Un juicio sobre la Revolución Francesa
(Desglosado de una obra mía inédita)

Hoy en día, mucho han variado los juicios acerca de la Revolución Francesa. Ya no es, para no pocos, el símbolo de la regeneración, el martillo que rompió las cadenas de los oprimidos. El proletario de hoy no ve en ella, sino un abortado esfuerzo, un engaño, una revolución que la burguesía hizo para sí y en su beneficio. En parte, este criterio de apreciación es acertado, pero en lo fundamental no lo es.

Cada momento histórico, para ser justos, ha de analizarse según su propio ambiente; han de tomarse como base las características y necesidades de aquel entonces y no las de otro. Es por esto, por lo que cada revolución en el curso de la historia de la humanidad, reaccionando contra concretos y determinados abusos y males, ha ido aportando a la especie parciales beneficios y progresos, que se han ido rectificando y sumando al progreso general de la civilización.

A la Revolución Francesa tocó luchar contra un mal preciso: el abuso de la nobleza y la debilidad y deficiencia del poder real. La nobleza de los títulos, que se dio en llamar nobleza de la sangre, tenía acaparados los poderes, la cultura y hasta la higiene. Para el pueblo quedaban sólo el peso de los fardos, el pago de las contribuciones.

Sumido en la ignorancia, el analfabetismo y la superstición, el plebeyo nada pedía para sí, resignado con su suerte. Pero surgió de entre la plebe una casta que acaparó el dinero, las industrias y el comercio y llegó a codearse con la nobleza. Asimiló también la cultura y sus modales y costumbres. Sólo le faltaba el título, sólo el color de la sangre, para ascender a la nobleza; pero ésta siguió despreciando al burgués, la nueva casta desmembrada de la plebe, al igual que al plebeyo. La burguesía, sin embargo, contó con un nuevo factor que la robusteció: los elementos de la nobleza que, cual gajos corrompidos, se desprendían y eran arrojados del seno matriz y el de aquellos que, por su propia voluntad, se apartaban de su nativo ambiente, hastiados de los desmanes y corrupción de las cortes. Aportaron éstos el conocimiento profundo de las debilidades de los nobles, aparte de su odio acendrado contra los de su propia clase.

Puestas así las cosas; adentrados en el siglo XVIII, podemos apreciar el panorama.

La lucha se entabló entre castas de sangre, entre dos razas de una misma raza: una que gobernaba en beneficio suyo oprimiendo a la otra, a la que todo se negaba y, la reacción necesariamente, vino en este sentido. La burguesía, nacida de la plebe, que había captado la cultura y acaparado el dinero, estaba en igualdad de condiciones con la clase alta para entablar una batalla y pudo arrastrar al pueblo con el fin de derrocar a la nobleza.

Se trató, pues, de una revolución puramente política en el fondo, en la que se reclamaba poderes y derechos y, si se quiere, también social, pero no en el sentido que se da hoy a este término. Se arrasó con la nobleza, se suprimieron las odiosas diferencias y todos tuvieron igualdad de derechos civiles. "Libertad, Igualdad y Fraternidad". Surgió la Democracia.

Fue la necesidad del momento y se dio la solución precisa a esa necesidad concreta y determinada.

Pasado el tiempo, la burguesía, bien intencionada y sincera en un comienzo, siguió los pasos de la nobleza a la que derrocó y terminó por oprimir a las masas, no valiéndose de los títulos nobiliarios o de la sangre, sino del dinero que entre sus manos tenía. Y esta es la nobleza que hoy existe: la nobleza del oro.

Como doctrina filosófica, en la cual esta clase de nobleza sienta su ambición y egoísmo prácticos, sustenta el liberalismo económico; la ley de la oferta y la demanda, el "dejar hacer, dejar pasar", como si hubiera igualdad de condiciones entre el que tiene y el que no tiene, para que sea justa la fórmula.

Con sofisma pletórico de veneno, el liberalismo afirma que de la Revolución Francesa, cuna de la libertad y de la igualdad, trae esas doctrinas, que tiene como las más justas y que llenan los requisitos libertarios e igualitarios. Por desgracia, los que atacan el liberalismo económico, les siguen en esta injusta afirmación y sostienen, a su vez, que la Revolución Francesa fue el origen de esta criminal doctrina del "laisser faire", de la ley de la oferta y la demanda, de la odiosa opresión del proletariado.

Pero, a mi entender, esto es falso y calumnioso. No hay que olvidar que la Revolución Francesa, lo fue más que nada política y de clases, pero clases estructuradas en cuanto a la sangre, no según la distinción actual. En lo económico y social no hubo mutación. El liberalismo económico existió desde antes de 1789; podríamos decir que existió desde los tiempos antiguos, ya que en civilizaciones anteriores, la opresión de los faltos, por parte de los que todo lo tenían, fue aun mayor. Me atrevería a decir que en este sentido, no ha habido cambios trascendentales de muchos siglos a esta parte, fuera de la abolición de la esclavitud.

No puede, pues, culparse a la Revolución Francesa, ni se puede hacerle cargos, porque no haya variado en este sentido, ya que, como antes dije, cada momento histórico ha de juzgarse dentro de su tiempo y necesidades.

Principalmente las escuelas sociales católicas culpan a la Revolución Francesa del pecado de haber creado el liberalismo económico y dicen que anteriormente, en la Edad Media, no era así y, para probarlo presentan las Corporaciones de Artesanos. Pero olvidan que en dicha Edad existía el servilismo; que el siervo había de trabajar para el señor feudal; que los mismos artesanos no podían, prácticamente, salir de su condición y por generaciones estaban condenados a ser lo que fueron sus abuelos. En cierto sentido, más que liberalismo económico, se trataba de una dictadura económico social contra el ignaro y sumido en la inopia.

Las Corporaciones fueron paliativos contra la absorción del feudalismo, pero en forma alguna indican que la ley de la oferta y la demanda no existiera. No existía el maquinismo, no había grandes industrias, pero no estriba en esto la esencia del liberalismo económico.

La situación de hoy es diversa. Hemos llegado ya a la etapa que, por ahora, se nos vislumbra como la última. La cultura ha penetrado entre las masas que, conscientes de su situación y sus derechos, reclaman lo que les corresponde.

La evolución o revolución que se espera toma caracteres no tanto políticos, cuanto sociales y económicos. Son las necesidades del momento y la solución vendrá en el sentido de las necesidades.

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Instinto, razón y libertad

No somos ni ángeles ni bestias; somos un compuesto. Un término medio, en quienes figuran como partes lo que, separadamente, es el todo en los seres angélicos, entes espirituales y en los irracionales, compuestos puramente materiales.

Así como en los primeros, los actos tienen su origen y realización únicamente en las facultades espirituales y, como en los brutos, tan sólo en los instintos; como consecuencia, en el hombre, compuesto de ambas partes, las operaciones tienen que ser concordantes con su constitución. Los antiguos escolásticos decían: "Operari sequitur esse". La calidad de operación debe seguir a la calidad del ser.

Las acciones elevadas, nacidas del espíritu, aunque manifestadas por medio de los sentidos orgánicos; las más bajas, originadas en las facultades materiales, pero influenciadas por el alma.

En la filosofía tradicional se aceptó para los irracionales el instinto ciego como móvil de los actos; para el hombre, la inteligencia y la voluntad y, por ende, la libertad en la operación.

Esta apreciación es efecto de la preponderancia absoluta que se pretendió dar al espíritu sobre el cuerpo y se creyó necesario recurrir a la anulación de la parte operativa corporal orgánica, para demarcar con muro insalvable el deslinde de los seres irracionales y del raciocinio, rey de la creación.

Por diferenciar al hombre de los vivientes inferiores, haciendo patente su superioridad, se aceptó semejanza sólo en la anatomía y fisiología, lo que era innegable, pero se rechazó toda similitud en las operaciones. Se negaron en el hombre los instintos: toda operación debía depender directa y exclusivamente del entendimiento y de la voluntad.

En absoluto, esto no es exacto: existen en el hombre instintos indiscutibles, totalmente ciegos algunos, en los que ninguna injerencia tienen las facultades anímicas, como por ejemplo, el instinto de conservación; en el infante todos sus actos son instintivos, como el típico de que, no bien vista la luz del día por primera vez, requiere del pecho de su madre para alimentarse.

Hay otros, de impulso irresistible o casi irresistible, contra los que las facultades espirituales no alcanzan a actuar, o necesitan de un esfuerzo enorme, no siempre eficaz, para impedir su realización; tales, el hambre, el instinto de defensa, etc.. En ellos, cuando su manifestación es violenta y sorpresiva, la voluntad no tiene tiempo de actuar.

Así, progresivamente, van existiendo otros instintos, de fuerza cada vez menor y se van diluyendo hasta desaparecer los menos vigorosos por atrofia, absorbidos por las facultades espirituales; o sea, a medida que su fuerza va decreciendo, por ser menos vitales, la inteligencia y la voluntad van aumentando su injerencia y va siendo mayor el libre albedrío en las operaciones humanas.

La atrofia de los instintos se produce por la educación que forma los hábitos. En los irracionales al amoldar su vida a las exigencias provenientes de su dependencia del hombre, han ido perdiendo, en gran parte por herencia atávica, las modalidades instintivas que tuvieron sus antepasados libres, o sus contemporáneos no sujetos al dominio humano. La enseñanza atrofió en ellos los instintos de que los había dotado la naturaleza para la lucha por la existencia, ya que el animal doméstico tiene a su alcance, puesto por la mano del hombre, cuanto necesita para subsistir.

Pero se trata de seres irracionales, por lo que, los instintos atrofiados, no encuentran en ellos substitutos, que únicamente puede dar la inteligencia y, ocurre entonces que, cuando se halla ausente la cooperación del hombre, son inermes y el agotamiento hace presa en ellos.

En el hombre no ocurre así. Ya anoté que en el infante todos los actos son instintivos. Con el crecimiento y las experiencias que se van sumando, despierta paulatinamente la inteligencia que empieza a anular en razón ascendente los instintos, empezando por los más débiles. Va necesitando de un esfuerzo cada vez mayor para dominar los que aparecen como más intensos; para éstos ya requiere del concurso de la voluntad, pues necesita repetir, actualizar multitud de veces su dominio, hasta formar el hábito y, cuando este hábito ha echado raíces, entonces se ha producido la atrofia del instinto, atrofia que, sobre todo en los de más fuerza y más vitales, no se puede considerar permanente, ya que si, repetidamente después, se deja entrar al instinto, el hábito pierde consistencia y revive la fuerza instintiva.

Ocurre pues, algo semejante a lo que se ve en los animales, con la diferencia substancial sí, que en éstos la atrofia sobrevive a causa de una inteligencia ajena, la del hombre, que anula la acción del instinto al poner al alcance del bruto lo que su propia percepción animal le haría buscar; o sea, el instinto se altera por el no uso. En el hombre, en cambio, la atrofia ocurre por la acción de la propia inteligencia y voluntad, con más fácil o difícil realización, según la fuerza de cada instinto.

En consecuencia, no puede hablarse en forma absoluta de libertad, de acciones libres, sino de especies de operación más o menos libres, según cada caso, ya que hay actos en los que predomina el instinto y otros, en que actúa preponderantemente la voluntad.

En el irracional, los instintos están localizados en diferentes órganos, o son el coeficiente de un conjunto de sensaciones diversas que, conjuntamente lo mueven; tales órganos y sensaciones, son los mismos que regulan los humanos, ya que los instintos forman parte de la fisiología y no de la psicología y, fisiológicamente, no hay diferencias substanciales. Más aun; ni el propio pensamiento es en el hombre una acción puramente espiritual, puesto que obra por intermedio del cerebro.

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No se rebaja la parte espiritual del hombre con reconocer esta realidad, como no creyó Dios desmedrar la dignidad del alma al unirla con un cuerpo.

Fue una unión íntima, estrecha, sellada para siempre en la existencia y en la operación.

Más bien quiso Dios ennoblecer la creación material dando a la vida un ser que, en parte espiritual, fuera su rey.

Ahora bien, si se acepta esto ¿por qué negar al organismo las manifestaciones que le son propias; para qué ahogarlas en un predominio absoluto de absorción por parte del alma?

Para reforzar la posición del alma en el compuesto humano, aun como directriz de las operaciones, no es preciso negar al organismo lo que le corresponde: no es posible anularlo.

La parte instintiva se dignifica y ennoblece con su dependencia de la parte espiritual, por medio de su armónica manifestación. En el hombre, como una diferencia substancial con los irracionales, el alma puede operar sobre ellos, regulándolos y hasta ahogándolos. Pero, como el organismo, en sus funciones biológicas, obra en total independencia del espíritu, puede éste acaso, en algunas circunstancias acallar la manifestación del instinto, pero, cuando se trata de instintos vitales, no logra librar al compuesto humano de las consecuencias, que son anomalías graves o enfermedades.

He dicho que la mutua compenetración de funciones anímicas e instintivas forman un todo y, este todo es el que individualiza en su especie operativa al hombre, diferenciándolo del ser puramente espiritual, como también del irracional. Forma, en una palabra, la Psiquis humana; porque la psicología del hombre, no encierra lo puramente espiritual, sino las operaciones del compuesto: diferenciándolo para ello, asimismo, de las funciones fisiológicas.

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Esto sentado, tenemos que uno de los instintos más importantes en todos los vivientes de la tierra, es el procreativo, que es sui géneris, pues los demás instintos atañen directamente al individuo y éste, en cambio, mira a la conservación y perpetuación de las especies. Por ello, salvo en las especies hermafroditas, necesita de un individuo de sexo opuesto para la realización; una convergencia de ambos, esporádica y momentánea en las especies inferiores; temporal, de plazo más o menos largo, en las intermedias y, más estable en la humana.

En el período de la convergencia de los sexos, no sólo se manifiesta por el coito, sino por el cortejamiento previo, de duración variable, por parte del macho, período en que éste resguarda a la hembra y la colma de atenciones y, por lo regular, dura hasta el crecimiento de la prole; pero como es únicamente el instinto el que guía, cumplida la función termina también la unión de los procreadores.

En el hombre, al instinto va unida la operación anímica inherente: la simpatía, el amor psíquico.

Toda la función sexual se halla ennoblecida y dignificada con ese afecto, que es un sentimiento profundo, capaz de llegar hasta los más extremos sacrificios, como también a impulsar al crimen.

El único motivo de por qué puede ser estable la unión de los sexos en la especie humana es, precisamente, esta razón afectiva y, si fuerte es el instinto fisiológico, tanto o más lo es este impulso anímico, a tal punto que San Agustín llegó a decir de él que "es más fuerte que la muerte".

Así pues, lo que de suyo como función fisiológica, en nada se diferencia de las especies inferiores, pasa a ser en el hombre algo noble, espiritual, debido a esta modalidad psíquica que lo asemeja a la divinidad: el amor.

Es él inseparable, por la misma razón del intercambio de operaciones entre alma y cuerpo, de la función orgánica; pero con la influencia del espíritu deja de ser algo animal para pasar a realmente sublime y espiritual.

Es falso de toda falsedad que el coito en la especie humana sea una operación bestial. Es el acto por el que más nos asemejamos a la divinidad; pues, como Dios creó, nosotros procreamos; Él amó a su creatura, nosotros amamos a nuestra descendencia.

El amor, soplo divino, es inherente a la vida humana; es lo que, aún más que la inteligencia, nos da la nota de racionales. Por medio de la inteligencia conocemos; pero el conocimiento es pasivo, estático. Lo que hace dinámica al alma, al compuesto humano, es la voluntad, cuya máxima manifestación es el amor. Es esta cualidad la que torna "humana" la vida del hombre y, sin la cual, se vive en el vacío.

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El perro y el hombre

Sin duda, de entre los animales, el que posee un temperamento que más congenia con el del hombre, es el perro. Puede llegar hasta a ser su amigo y, esto es ya mucho decir.

Algunos, en cambio, afirman que este honor cabe con más propiedad al caballo. En realidad, del caballo puede conseguirse una docilidad rayana en lo increíble; termina por guardar lealtad absoluta a su amo. Pero ser leal no significa ser amigo.

Se ha dicho y con razón, que la verdadera amistad tiene su máxima demostración en cohabitar bajo el mismo techo, compartir la buena y, sobre todo, la mala fortuna y en comer del mismo plato. ¡Con cuánta exactitud puede verificarse esto entre el hombre y el perro!

Con el caballo no es posible conseguirlo, dado su carácter de herbívoro y, porque ha de dormir en una cuadra. Si el hombre se resigna a esto último, quizá; pero entonces, ya no se trataría de una amistad de dignificación, sino que sería preciso rebajar el propio nivel: el hombre perdería en su racionalidad siendo el precio demasiado duro.

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Un amigo mío, amigo a la vez de su perro, me narra una anécdota que, posiblemente, fue una fábula.

Su perro entendía los menores gestos de mi amigo y continuamente, se adelantaba a la orden, cumpliendo su deseo. Dormía a los pies de su cama; participaba de su comida, apoyando el hocico en el borde de la mesa.

A tanto llegó la mutua intimidad, que no sólo el perro buscaba la compañía del amo, sino que también éste añoraba la suya.

En múltiples ocasiones, mi amigo le dirigía largos monólogos, haciéndole confidencias que, ciertamente, no hubiera revelado ante ningún congénere suyo.

El perro le miraba; movía la cabeza alargándola, fijos los ojos en su amo y amigo. De cuando en cuando emitía un gruñido, acaso lastimero, quizá si con tintes de inteligencia.

Al llegar a este punto de su relato, mi amigo me decía:

- ¿Quería significarme que me entendía, o tal vez me manifestaba su pesar por no poder comprenderme?

- En un momento de angustia, agregó, ante esta falta de comunicación, me erguí y le dije enfáticamente: "¿Por qué no hablas?".

El perro, imitándome, se enderezó y emitió un potente ladrido y se quedó mirándome. Yo, que conozco a mi perro, creí comprender que, en su lenguaje, me increpaba: "Y tú ¿por qué no ladras?".

Y concluyó mi amigo:

- No pude menos de contestarle: "Tienes razón; ¿Con qué derecho te pido yo que te expreses en lenguaje humano? El mismo tienes tú para exigirme que ladre. Sí amigo; somos dos paralelas, muy cercanas, ciertamente, tanto que entre una y otra se intercambian los fluidos de energía, pero que jamás lograrán juntarse.......

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Palabra oral y palabra
escrita

Se cuenta en el capítulo XI del Génesis que, pasado el Diluvio Universal, cuando aun todos los hombres de la tierra se expresaban en la misma lengua, se juntaron y decidieron emprender la construcción de una enorme torre que perpetuara sus nombres a través de las futuras generaciones.

Dios, según narra la Biblia, resolvió castigar este acto de rebeldía y soberbia humana y determinó dispersar a los hombres y confundir sus lenguas, de modo que nadie se entendiera entre sí.

Tanto fue el desorden, enemistades y rencores que surgieron que a la torre inconclusa dieron el nombre de Babel, o de la confusión y, emprendieron los hombres, emigraciones a distintos puntos de la tierra, ya que juntos no podían convivir en paz.

Este pasaje bíblico, a priori, encierra veracidad histórica para el creyente; ante el crítico aparece también verosímil y con fundamento real y no trasunto de una fábula pueril, como muchos han pretendido.

En efecto; la Torre de Babel es la primera expresión de pensamiento escrito que se registra. La confusión que trajo como consecuencia la empresa, aunque propulsada por fuerza divina, no fue, necesariamente, manifestada en forma de milagro, sino que tuvo un desarrollo natural.

Construida no por un solo hombre; concebida por múltiples autores, no fue posible aunar las opiniones al realizar la idea. Unos grupos, familias o tribus pretendieron, sin duda, que en la obra se diera realce a sus hazañas, lo que no fue aceptado por otros que, por el contrario, intentaban se pusiera de relieve lo suyo. Quizá si alguno quiso adueñarse de proezas ajenas; acaso si los valores de unos herían las susceptibilidades de otros. Esto, ya constituía una confusión.

¿Es de extrañar que ocurriera esta insoluble discordia, siendo que, en nuestros propios días, las comprobamos? ¿Qué son las guerras, qué las revueltas, qué las enemistades transmitidas de generación en generación?

Eran rencores más explicables en los albores de la humanidad, época en que no se había llegado a la centralización del poder, aparte de la jerarquía patriarcal de ámbito reducido y cuando no existían leyes uniformes. Precisamente, las generaciones posteriores con la experiencia de estas insalvables dificultades, debieron crear las jerarquías civiles y definir obligaciones y derechos estables, procedimientos que evitaron nuevas confusiones semejantes.

Así pues, el primer ensayo que registra la Historia de expresión humana más indeleble que la oral, produjo la confusión y discordia y, como consecuencia, la dispersión del naciente género humano y suspensión de relaciones entre los pueblos. Pasado el tiempo, lógicamente, nacieron idiomas diversos, cada vez más dispares. Vino también la confusión oral.

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El hombre, por naturaleza, trata de perpetuarse. En un comienzo consideró suficiente la perpetuación específica en la descendencia. La memoria de unos y otros era la guardadora de los recuerdos.

La especie fue multiplicándose y la convivencia reduciéndose a grupos; la experiencia enseñó que los recuerdos son de precaria consistencia; que al cabo de pocas generaciones pierden su interés estable, cayendo en el olvido, salvo cuando su objeto es de trascendencia y que, por algún concepto, concierne indistintamente a la sucesión de las generaciones.

Antes que se llegara a la manifestación escrita o estampada del pensamiento, de las hazañas o de los fenómenos que conmovían la tierra, se buscó un medio de perpetuar con fidelidad los recuerdos: el verso y el canto constituyeron ese intento.

Ya desde los primeros tiempos se sabía que lo cadencioso se afianza fuertemente en el oído; que se graba en él con caracteres de indelebilidad.

Nacieron los trovadores quienes, a la armonía de las palabras unían la cadencia en la entonación. Porque las primeros poetas no recitaban sus versos, sino que los cantaban; lo que hasta nosotros ha llegado como una frase simbólica de "cantar las proezas", era real y efectivo en aquellos tiempos. Las comparaciones y metáforas poéticas, que son ahora figuras retóricas, en los albores de la poesía se expresaban con significación directa, dado que en ese entonces se deificaban las cosas y fenómenos y se creía ver personalidad inteligente en ellos.

Canto y verso; música y poesía se confundían en un solo arte que tuvo por origen la necesidad de transmitir los hechos y pensamientos.

Todas las primeras civilizaciones tuvieron cantores de sus hazañas las que, de generación en generación, pasaban a través de lo por ellos compuesto en esa forma que mantenía la fidelidad: el verso y el canto.

El último y más grande que se conoce fue Homero, que cantó de viva voz su Ilíada y Odisea, cabiendo a Pisístrato el encargar a diversos poetas la escritura de esos inmortales Poemas Épicos.

El Mahabarata y el Ramayana hindúes; el Zenda Vesta iránico, no son sino la recopilación de las primeras trovas del sánscrito. Moisés tuvo por papel escribir la tradición oral de su pueblo: nada nuevo le dio, estribando su obra en codificar lo existente.

Así pues, antes de que naciera la palabra escrita, hacía sus veces el canto poético, como la manera más apta de transmitir fielmente el pensamiento; de ligar una generación con las futuras.

La palabra hablada no se consideró bastante y se pensó en algo más material, más tangible; algo que impresionara a la vista y no al oído; algo que eliminara al trovador y que hablara aun cuando nadie escuchara.

Se ideó, con tal objeto, erigir monolitos, construcciones que evocaran, simbolizaran el recuerdo. La Torre de Babel es uno de estos ejemplos.

Tampoco se satisfizo la siempre creciente ambición humana, con esta modalidad amorfa y ambigua. Así como ante la exigencia de perpetuar la palabra oral nacieron la música y la poesía, al igual, ante la necesidad de hacer más explícita esta expresión materializada de los monumentos, sin significación precisa, nació la escritura.

Su primera realización fue netamente plástica. Como hubo trovadores, hubo hombres que se especializaban en esculpir en el granito los hechos. O bien, de manera primitiva diseñaban dibujos en las oquedades de las cavernas.

La manifestación originaria de escritura fueron la pintura y la escultura; esta última en la forma de bajo relieve. Así pues, estas artes, no tuvieron un origen independiente, ni fue artística su primera concepción; no fueron consideradas al modo como lo fueron más tarde. Se crearon para expresar en forma estática y permanente el pensamiento humano; en sus orígenes fueron escritura.

Se pintaban o esculpían escenas, de una manera embrionaria, porque se trataba de los primeros tanteos de la humanidad en este modo de expresar las ideas.

Consistían más bien en figuras estilizadas, con el fin de deslumbrar a las futuras generaciones con las gestas llevadas a cabo por sus ascendientes.

La necesidad se amplió. No sólo las proezas habían de estamparse; también las leyes, para darles estabilidad, para evitar que fueran burladas por medio de subterfugios; como asimismo, se hizo indispensable materializar conceptos abstractos, lo que se consiguió buscando semejanzas entre lo material y las ideas puras. Aunque en verdad, los primeros habitantes de la tierra, tenían un reducidísimo número de ideas abstractas; todo lo tornaban en concreto; todo lo materializaban; a todo investían de personalidad.

Con esto ya nace una combinación que constituye la escritura en su sentido más estricto. Se hizo necesario, no ya pintar, retratar, sino también simbolizar. Y esto, es lo que aún hoy llamamos escribir, copiar signos que, en sí son convencionales, pero que evocan una palabra o idea.

No todos estaban dotados de la cualidad indispensable para pintar o esculpir con fidelidad; pero sí, en cambio, requerían manifestar sus pensamientos. Como consecuencia, los mismos fueron paulatinamente desfigurándose y pasaron, en gran parte, a ser convencionales.

Las inscripciones descubiertas en las cavernas de los hombres primitivos, son exclusivamente plásticas; retratan por medio de figuras lo que pretendieron manifestar.

En civilizaciones posteriores, más adelantadas, hubo una combinación entre lo plástico y lo convencional. Un ejemplo tenemos en la escritura jeroglífica de los antiguos egipcios. La escritura cuneiforme de los asirios es ya más simplificada, pues estiliza las figuras, en forma que pasa a ser casi enteramente convencional.

En algunas primitivas civilizaciones sudamericanas, la incaica, por ejemplo, existía un modo singular de escritura, consistente en nudos dispuestos según la necesidad de la expresión, a lo largo de una cuerda. Esta escritura se asemeja grandemente a la telegráfica ideada por Morse, con la diferencia fundamental de que expresa ideas y no letras, como la del sabio norteamericano.

Todas estas escrituras antiguas eran ideáticas, o sea, eran signos evocativos de ideas; no fonéticas como la nuestra que, estampa la palabra, letra por letra.

En la escritura asiria o fenicia, se comprueba una transición notable de lo ideático a lo fonético. En la escritura cuneiforme, las letras no son simples signos caprichosos, sino que su configuración fue tomada de cosas reales. Así, la letra A figuraba una cabeza de camello; la B, una fachada de casa, etc. Pasaron los signos a otras civilizaciones e idiomas, cambiando paulatinamente, como es lógico, de formas y determinando diferentes alfabetos.

La escritura de los hebreos, pueblo de afinidad racial con el asirio, es ya francamente fonética. Sus signos retratan letras, con cuya combinación se estampan las palabras. Sin embargo, hasta muy avanzada su civilización, se escribían sólo las consonantes, de modo que en la escritura no estaba del todo ajena la evocación. Para leer, era necesario, puede decirse, conocer de antemano el contexto o poseer una ciencia profunda del idioma y modalidades de la escritura. Es por esto, que la lectura del "Thora" o Libro de la Ley, o sea, la Biblia, estaba entregada a los Rabinos y Escribas, que conocían a perfección las Escrituras.

Hubo un grupo de sabios hebreos que dieron con la clave de facilitar la escritura, logrando escribir las vocales por medio de puntos que intercalaban entre las consonantes. Este sistema recibió el nombre de "masorético", debido a dicha modalidad.

La escritura de los griegos tuvo la estructura de la nuestra, con diferente configuración de las letras.

El griego y el latín, lenguas afines, como todos los idiomas antiguos, tienen una sintaxis que los particulariza. En relación a los idiomas modernos, son sumamente sintéticos para las expresiones: parcos en las cópulas y en las preposiciones; subentienden los sujetos y verbos; una oración que, para nosotros, precisaría dos o más verbos, se expresa con uno sólo y, a menudo, subentendido; con ello, las palabras tenían mayor maleabilidad. Quizá si esta particularidad de los idiomas antiguos, tenga relación con la escritura. Su mayor difusión en la era moderna, por la imprenta y ensanche del ámbito de la cultura, aumenta considerablemente el número de quienes saben escribir y leer. Con ello se han ido enriqueciendo los idiomas y adquiriendo mayor flexibilidad los giros y matices que, necesariamente, requieren mayor número de palabras.

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Así pues, deben distinguirse dos clases en lo que se entiende estrictamente por escritura: la ideática y la fonética.

La ideática fue la primera forma de expresión escrita propiamente tal, derivada a través de los siglos, de la plástica, evolucionando desde la estilización hasta el signo simbólico y convencional.

Esta escritura no manifiesta directamente las palabras del medio oral de expresión, sino directamente las ideas que, por asociación, interpreta quien lee.

La escritura fonética es la nuestra, la occidental. Ella estampa letra por letra, cada una de las palabras que pretende exteriorizar el autor.

En nuestros días no puede considerarse muerta la escritura ideática, ya que es practicada por casi la mitad del género humano actual. En efecto, está en uso entre los orientales, especialmente los de raza amarilla. Los chinos, japoneses y filipinos, por ejemplo, la cuentan como su modo de escribir; aunque estos últimos, debido a la civilización occidental que se ha infiltrado en su suelo, con la dominación española y norteamericana más tarde, la han abandonado casi por completo para adoptar la fonética.

La escritura ideática presenta una notable particularidad que la diversifica substancialmente de la fonética. Como expresa ideas y no palabras y, como por otra parte, aquellas son iguales en todos los hombres, no importa la lengua en que se comuniquen, como consecuencia, de llegarse al conocimiento de los signos ideáticos en uso, pueden ellos leerse, aun cuando no se tenga noción alguna del idioma en que fueron expresados.

Esto hizo posible que Champollión descifrara los jeroglíficos, sin comprender el idioma hablado de los antiguos egipcios.

Una prueba de este aserto la tenemos en el hecho de que el idioma chino es diverso del japonés y ambos, lo son del tagalo, que se habla en Filipinas. Sin embargo, la escritura es uniforme en todos ellos, de manera que un japonés no entiende lo que habla un chino, o viceversa; no obstante, leyendo en japonés, puede descifrar lo que su interlocutor haya intentado decirle en chino.

Tengo ante mí dos artículos de diversos autores (publicados en distintos números de "Selecciones del Reader´s Digest"), uno de los cuales se refiere al idioma chino y, al japonés el otro. Los signos de escritura son los mismos, como lo son igualmente sus significados. Son de antiquísimo origen chino, pasando más tarde a otros pueblos. No es en ellos esencial el carácter grueso que da más la impresión de dibujo; se debe tan sólo, al hecho de que los orientales, usan para la escritura, pinceles que, por su naturaleza estampan los signos, y no puntas que llamamos plumas, por analogía con las que antes se utilizaban en Occidente.

Los caracteres de escritura de estos idiomas orientales, por el hecho de expresar ideas, son múltiples. En total, se cuentan hasta 40.000. Los hombres de mayor cultura emplean unos 25.000; los periódicos suelen tener en uso unos 8.000 caracteres; el individuo de ilustración corriente debe conocer, cuando menos, alrededor de 6.000.

Esto, a nosotros se nos presenta como de una dificultad insalvable; pero haciendo la comparación con lo que en nuestro ambiente ocurre, podemos llegar a la conclusión de que la imposibilidad no es tanta como su apariencia indica.

El niño, desde sus primeros años, va aprendiendo a hablar; debe retener en la memoria los términos de su lengua vernácula. Empieza por una palabra que embarga de gozo a sus progenitores: "mamá". Paulatinamente va haciendo mayor el caudal de palabras y, a medida que se acentúa el crecimiento, va en aumento ese vocabulario, de modo que ya de mayor, con el esfuerzo de los estudios y la lectura, puede dominar el idioma.

Ahora bien; si paralelamente a este conocimiento de las palabras orales, que suman muchos miles, fuéramos aprendiendo un ideograma correspondiente, de uso inmediato en la escritura, como lo es la palabra en la locución ¿no se facilitaría en extremo la labor?

Tal es, precisamente, el método usado por los chinos y japoneses: van infiltrando en el pequeño, tanto la expresión oral, como la escritura de la idea.

Por supuesto que, lo dicho es verdad para las esferas cultas; en la masa ignara existe el analfabetismo como en cualquiera otra parte, con la agravante que a los adultos se hace muy difícil el aprendizaje de la escritura ideática.

Por otra parte, este tipo de escritura, con tantos millares de caracteres, no es caprichoso, como a la primera impresión podría creerse. Así como el lenguaje oral tiene raíces y normas lógicas que facilitan su uso, también posee esos mismos fundamentos el pensamiento escrito de los chinos y japoneses.

Parte de rasgos simples, que generalmente afectan a las ideas concretas originarias; se van haciendo complejas, en la medida de lo compuesta que es la idea y, principalmente, en las inmateriales.

Por ejemplo, la idea de hombre, expresada en distinta forma en chino, japonés y tagalo, la escriben así:    La idea de boca

Pues bien, para ellos, la mejor manera de expresar la situación de prisión de un hombre es pintarlo encerrado en una boca: 

En la manifestación escrita de las ideas, que tienen los idiomas de raza amarilla, hay una verdadera filosofía, una lógica dentro de su modo peculiar de concebir las cosas.

Así, muchacha se escribe:      y escoba  La suma de los dos caracteres: 

La escoba junto al guarismo de muchacha, da casada; porque para su mentalidad, al asociarse a la idea de mujer la del trabajo doméstico, que importa el uso de la escoba, se manifiesta que es dueña de hogar.

Si se juntan los ideogramas de techo   con el de cerdo  tendremos hogar

Porque, quien tiene un cerdo, animal que casi no falta en ninguna casa del pueblo, ha de alimentarlo con las sobras de la cocina y ha de guardarlo en un chiquero. El poseer estas cosas, indica que se tiene un hogar.

La idea de paz la expresan combinando los caracteres de techo
y de mujer  = paz , indicando que la mujer en la casa significa esa idea.

La idea de armonía se expresa poniendo juntos los signos de arroz
y boca  = armonía

Porque, territorios donde escasean los alimentos, como son la China y el Japón, la armonía individual y colectiva, se encuentra cuando hay arroz en la boca. Esta asociación que viene a sonar como una sentencia, en Occidente, en la lengua española se expresa por medio de un proverbio: "Barriga llena, corazón contento" y sirvió como base para asentar el Materialismo Histórico de Carlos Marx.

Existen otros caracteres, cuya composición es sumamente complicada, por ejemplo, el que expresa la idea de amor, que está compuesto por tres distintos, los que, a su vez, son complejos de otras tantas ideas:

boca - hombre - grande
decir - corazón - pequeño
           palabra - corazón - hilo
(forma concreta)
amor

La sola idea de amor requiere una conjugación de diversos ideogramas para ser manifestada por escrito. Es la combinación de los caracteres que designan "palabra" y "corazón", enlazados por dos "hilos". Cada uno de estos ideogramas, se origina, a su vez, por la combinación de otros caracteres: así, "boca" más "decir", componen "palabra". "Grande " y "pequeño", forman "hilo".

Como puede apreciarse, los caracteres chinos, de igual uso también entre japoneses y filipinos, aunque alcanzan, puede decirse al número de palabras orales, pueden ir simplificándose hasta quedar reducidos a un número considerablemente menor.

Esta particularidad dio pié al profesor chino Yen, durante la pasada guerra mundial, para enseñar la escritura y lectura a sus conciudadanos ya adultos, sumidos en el analfabetismo en los campos y pueblos. Ideó un práctico sistema, que comprende unos mil caracteres básicos, aprendidos con relativa facilidad por sus rudos discípulos. Ante sus éxitos iniciales, emprendió la tarea en múltiples puntos de China, de modo que su método de enseñanza se generalizó en todo el país.

Si nosotros pudiéramos emprender el aprendizaje de los caracteres ideáticos del idioma chino y japonés, no tendríamos necesidad de conocer sus idiomas orales para leer a Confusio y Laotsé en su fuente original.

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Pero no sólo entre los asiáticos existe esta modalidad de escritura ideática. También la encontramos entre nosotros, aunque en forma limitada.

Tenemos el ejemplo de ello en la escritura musical. El pentagrama o pauta, con sus llaves y notas, es de escritura universalmente uniforme. La expresión musical es, al igual que la palabra, la manifestación intelectual; quizá si más precisamente, de una situación psíquica que esencialmente pasa a la fantasía auditiva.

Si no hubiera existido la forma que usualmente tenemos para manifestarla ¿se habría requerido palabras para hacerlo? Beethoven, tal vez, habría escrito su música en alemán; Rossini o Verdi, en italiano; en francés Ravel; Falla en español, etc. ¡Cuán difícil habría sido interpretar a estos autores para los que desconocieran sus idiomas!

En cambio, la música tiene una escritura universal que es ideática.

Muy bien pudo razonar e imaginar Schubert sus armonías hablando alemán; pero escribió en lenguaje para todos comprensible, sin que sea necesario poseer su idioma vernáculo.

Puede decirse que la música es una idea en sí universal, no requiriendo palabras. Mas toda idea, aun la manifestada oralmente, es en sí universal. La noción de "hombre", la de "padre", es la misma, en cualquier idioma que se exprese.

Así como ese obscuro monje medioeval que pocos recuerdan, logró uniformar la expresión escrita de la música, pudo también ocurrir que no se hubiera alcanzado y, entonces, habríamos tenido diversas modalidades, cual ocurre con la palabra.

Existe, asimismo, otra manifestación de ideas que, entre nosotros los occidentales, se escribe de una manera uniforme en todos los idiomas. Me refiero a los números.

Los griegos expresaban las cantidades numéricas con letras de su alfabeto, anteponiendo un acento a ellas:

1 = ´a ( alfa ´a ) ; 2 = ´b ( beta ´b ) ; 3 = ´g ( gamma ´g ) ;

4 = ´d ( delta ´d ); 5 = ‘e ( épsilon ´e ) ; etc. Los romanos les imitaron, aunque no se valieron de las mismas letras, ya que eran diversos sus alfabetos.

Esta costumbre subsistió hasta que los árabes, en su invasión y conquista de buena parte de España, que por muchos capítulos fue beneficiosa para nuestra civilización, traspasaron al Occidente su método numeral, de sistema decimal, con la inclusión del cero.

Los matemáticos de todos los países comprendieron las ventajas del sistema y lo adoptaron. Verdad es que, hasta entonces, los números romanos eran también el sistema usual, como la lengua latina era la corriente en los países de Europa; pero el desarrollo de las operaciones se hacía sumamente engorroso, debiendo dejarse mucha parte a la memoria y al discurso.

El sistema árabe traía la simplificación y sintetización, viniendo a abrir nuevos campos a la ciencia matemática.

El número escrito, como la expresión musical, es una manifestación ideática y no fonética. Nada tiene que ver la forma escrita con las letras de su expresión oral: es un guarismo convencional que indica una idea y, esta idea, en su simple manifestación es la acumulación de unidades.

Como lo comprobamos para la música, el desarrollo de un teorema o ecuación, cuando se manifiesta únicamente en guarismos matemáticos, es igualmente inteligible leído en alemán, inglés o castellano.

En el número aparece más claramente lo dicho que en la pauta musical; pues la melodía no se lee con palabras, sino con entonaciones armónicas; el número, en cambio, y las operaciones matemáticas, sí que requieren palabras para su exteriorización de viva voz.

Un matemático que plantea y soluciona un teorema, estampando guarismos escritos, puede discurrir en alemán; el lector que desconoce ese idioma, lee y discurre, siguiéndole en sus raciocinios, para lo que se vale de su propia lengua, con comprensión perfecta de lo manifestado.

Ha podido conseguir esto, porque la escritura matemática, esencialmente simboliza las ideas y no el sonido de las palabras.

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¿Podría alcanzase igual resultado con la escritura en todos sus aspectos y no sólo el numérico? ¿Sería útil el intentarlo?

Como quedó establecido, tal modo ideático de expresar por escrito el pensamiento, está en uso desde tiempo inmemorial entre los asiáticos de raza amarilla, por lo que no se trataría de una novedad.

En cuanto a la utilidad, es menester analizar diversas fases del asunto.

La escritura ideática en sí, no guarda una relación matemática con la palabra hablada, como por el contrario, ocurre con nuestra escritura fonética, que viene siendo una copia con signos, de cada uno de los sonidos que forman el medio oral de expresión de las ideas.

La escritura ideática estampa las ideas; la fonética escribe los sonidos que emite la boca para expresar esas ideas. O sea, esta última, es un medio indirecto de expresión, dependiente de la palabra, y la primera constituye un paralelo con el idioma.

Un paso más hacia adelante: nuestra escritura está conformada para ser leída con palabras habladas; la ideática lo está para que el lector llegue directamente a las ideas, sin pasar por aquellas.

De aquí se deduce que la escritura fonética, como que deja estampado en forma estable el "sonido" de las palabras, es un factor positivo en la conservación del idioma. Con la ideática es más difícil conseguirlo, lográndose en medida menor, ya que no se refiere a palabras, sino a ideas. Es claro que, por el sistema de asociación, según se enseña en las regiones donde se practica, se llega a ello, pues una palabra evoca un signo.

La principal ventaja de la escritura fonética sobre la ideática reside en su mayor precisión. Quizá, sin embargo, si esta conclusión no sea categórica, sino más bien apreciativa, no pudiendo nosotros los occidentales, desconocedores de los secretos de la escritura ideática y con base unilateral por tanto, dar un juicio real. De hecho, libros científicos que requieren gran exactitud en los conceptos, han sido traducidos al chino y sirven de texto de estudio en sus colegios y universidades, de las que egresan alumnos tan conocedores de la ciencia, como los occidentales.

Otra ventaja que, por ahora tiene a su favor la escritura fonética, es la de su simplicidad. El alfabeto inglés y el francés tienen 26 letras y 28 el castellano. Si se las conoce, fácilmente puede escribirse. En las escrituras ideáticas, por el contrario, cada idea o matiz requiere un signo, sumándose, como dije, hasta 40.000; aunque, por otra parte, están dispuestos de una manera razonada, por lo que, la misma idea trae por asociación los signos que deben usarse, así como en la lectura, a la inversa, la disposición va indicando la significación del pensamiento.

Dije que esta es una ventaja que, por ahora tiene la escritura fonética, pues si llegase a descubrirse, para la expresión de los pensamientos una escritura al modo de la musical, compuesta de siete notas, o de la numérica de diez guarismos, del 0 al 9 y, que manifiestan ilimitadas ideas, según su combinación ¿no poseeríamos una escritura ideática simple?

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La escritura fonética, dado que estampa la palabra hablada sólo puede descifrarla quien conozca el idioma; la ideática, en cambio, al expresar ideas, y éstas son uniformes en todo el género humano, puede ser interpretada por quien quiera que tenga conocimiento de los caracteres. Es su máxima ventaja sobre la escritura fonética.

¿No significaría un beneficio para la civilización el que todos los hombres pudieran beber en su fuente original, sin recurrir a traducciones, lo expresado por un sabio, poeta o filósofo?

Yo que escribo, qué placer intelectual no sentiría al saber que mi pensamiento es capaz de ser seguido por cualquier hombre, sin sujeción a las herméticas fronteras del idioma.

Verdad es que la dificultad se ha salvado por el aprendizaje de las lenguas que no son las propias y por medio de las traducciones. Pero, cierto es igualmente, que el idioma ajeno con dificultad se llega a conocer en forma de captar todos los matices de las ideas que manifiestan y, las traducciones, muy raramente interpretan con fidelidad el pensamiento original.

No es una novedad esta de pretender la universalización en el intercambio de las ideas. Esta verdadera necesidad ha llevado, desde muy antiguo, a no pocos a propiciar un idioma único en todos los países, a más del vernáculo.

La Iglesia Católica posee este don, pues ha mantenido vivo entre el clero el idioma latino, que fue vernáculo hasta los primeros siglos de nuestra Era y que pasó a lengua muerta debido a su degeneración que terminó en las múltiples lenguas de Occidente.

En la actualidad se ha llegado a decir que el idioma inglés lo es del comercio y el francés de la diplomacia; pero no pasan de pretensiones que no serán nunca realidad absoluta.

Hace algún tiempo, un grupo de intelectuales de diversos países formaron un idioma artificial, una lengua ecléctica: el Esperanto, que toma de las diferentes lenguas lo más fácil y lógico, hasta integrar una nueva de factura universal. Desgraciadamente, ha quedado recluido entre unos pocos cultores entusiastas.

Para conseguir la intelección mutua del pensamiento en toda la humanidad, no me parece indispensable llegar a un idioma único. Una lengua no es una obra artificiosa de un día o de una generación. Siglos y muchas generaciones son los cimientos en que se apoya el idioma.

La palabra escrita, en cambio, sí que es de elaboración artificial y, en ella, me parece más fácil una evolución.

Nuestra escritura fonética, por las ventajas que encierra, no creo que pueda desaparecer del todo; pero es posible formar paralelamente, una escritura ideática.

Hasta este momento, no pasa de ser una utopía, por la dificultad de los caracteres o ideogramas. Sin embargo ¿por qué desesperar de que aparezca un hombre que idee un sistema simple y fácil de escritura ideática? Hoy nos parece muy sencilla la escritura musical y la numérica; las tenemos como algo innato en el conocimiento humano. Pensemos, no obstante, en que hubo un tiempo en que no existieron y presentaron las manifestaciones musicales y las matemáticas las mismas dificultades que para nosotros tiene la escritura ideática.

Quizá si esté errado en la apreciación que voy a apuntar; pero al menos, la tengo por probable. En la época moderna existe impensadamente, la tendencia a simbolizar ideáticamente el pensamiento escrito; es claro que en escala reducida. En efecto, el llamado de socorro de los navíos próximos a naufragar, se expresa universalmente, por las letras sin sentido fonético: S.O.S., marcadas en alfabeto Morse, que es escritura.

Existe, igualmente, la inclinación a abreviar las frases, con el uso de simples letras. Tenemos el típico caso del "O.K" usado en Norte América y que es apócope desnaturalizado de la frase "all correct". Las siglas, de uso cada vez más frecuente, también lo comprueban; nombres de instituciones, de marcas comerciales, no suelen ya escribirse con el total de las letras de que se componen, sino simplemente con sus iniciales; por ejemplo: "Checa", "G.P.U." "Gestapo", etc., nombres de policías secretas, expresadas por las iniciales o primeras sílabas. Partidos políticos han adoptado el mismo sistema: "P.S.", "C.E.N." y uno de ellos, tan sólo se simboliza por un emblema: la hoz y el martillo.

Como digo, esta es una tendencia que si se acentúa progresivamente, puede terminar por conducir al camino de la escritura ideática.

No desespero de que pueda llegar el día en que sea un hecho real lo que ahora sólo vislumbro como un sueño vaporoso.

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Los posibles

En el hombre, los tres aspectos de la existencia: pasado, presente y futuro, se funden en otros tantos estados anímicos de interés individual: recuerdos, actividad o preocupación presente y perspectivas para el porvenir.

Los aportes del pasado, que incuban la experiencia e hilvanan el yo pretérito con el del instante que se vive para formar la personalidad, no constituyen volutas de humo que se desvanecen en el tiempo; no vuelven a la nada. De ninguna manera. Los sedimentos que dejan, sirven de viento propulsor a las acciones que se suceden; van marcando el rumbo a la vida; determinan la modalidad de actuación del individuo. Si en el pasado no hubiera ocurrido esto o aquello: si tal o cual no hubieran tenido una determinada conducta para ese "yo", las acciones posteriores de este último, no habrían llevado al giro que tomaron.

El "yo", la "personalidad" de un hombre adulto, forma un bagaje cada día más voluminoso y pesado. La cámara de los hechos, de las experiencias, se va llenando hasta llegar a abarrotarse, ordenada o desordenadamente.

Si fuera posible ponderar ese bagaje psicológico de los individuos, lograríamos conocer por su volumen y peso la intensidad de una vida.

¡Cuán compleja es la vida humana!

Presenta una vista panorámica que hoy contemplamos a guisa de estáticos espectadores y que suma, no obstante, hechos, impresiones, que fueron preocupación constante por un tiempo determinado; que constituyeron en esos momentos la totalidad de nuestra vida.

Ello, en relación a lo que ocurrió en la realidad.

¿Se ha detenido a pensar el lector que me sigue en el curso de esta disquisición, en las innúmeras posibilidades de su existencia?

No me detengo a analizar las posibilidades de su origen genético. Pero... si sus progenitores, en vez de radicarse en un determinado lugar, hubieran elegido otro; si su educación hubiera transcurrido en otro ambiente, dentro de distinta idiosincrasia; si ya en edad de razonar y determinar sus actos, hubiera tomado por una senda apartada de la que eligió ¿habría sido lo que fue y es?

Como es natural, a cada nueva posibilidad, ante cada "si condicional" que se agregue, se presentan mayores bifurcaciones, aumentándose las posibilidades en progresión, al menos aritmética.

El hombre maduro, que ya fatalmente ha enderezado por un camino del que no puede retornar ¡con qué ansias no desea reiniciar la ruta!

No se me diga que una mirada en la finalidad y ánimo indicados, es signo de poquedad; que el hombre cabal debe estar satisfecho de su conducta.

No; no hay hombre, por más perfecto que sea considerado, que pueda sentirse plenamente concorde con su vida. Debemos emprender la marcha ante el desconocimiento del futuro y, ese futuro, cuando llega a presente, nos juega con frecuencia muy malas pasadas. No existe el hombre a quien el futuro haya guardado lealtad absoluta.

No siempre se querría reiniciar la vida desde su comienzo; pero no podemos menos de decir: "si me fuera dado volver a ese recodo del camino, no torcería a la derecha, como lo hice, sino a la izquierda". ¿Más, qué sorpresas nos traería ese nuevo ramal?

Basta, porque ya lo complejo de la vida con sus posibilidades, se empieza a tornar confuso y de la confusión es difícil zafarse.

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Aun cuando no salgamos del relato de una fábula, veamos de extraer una moraleja.

La disquisición que precede no se toma en el sentido de una fraseología vana e inútil, sino que, tratemos de aferrar su pulimentada superficie (quiero significar, su sutileza y abstracción), para deducir alguna conclusión.

Miremos hacia atrás; entretengámonos en contemplar las posibilidades escapadas y que ya no está a nuestro alcance asir. Ante esta verdad, volvamos los ojos hacia adelante: el camino sigue, cada vez con mayores bifurcaciones; con un futuro incierto y nebuloso por horizonte. Pero ya hemos recorrido una gran parte de ese camino. Otros horizontes, desconocidos también, ya han llegado hasta nosotros. El camino es el mismo; se trata tan sólo de la continuación del curso; ya le sabemos sus trampas, sus escollos, sus pasos ciegos, sus cimas.

Esa mirada hacia atrás, que nos sirva como prevención para lo que ha de venir.

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La ley de las
compensaciones

Existe una ley físico-química, cuya exactitud es válida no sólo en este plano, sino en cualquiera que se plantee. Es la de la conservación de la materia y las energías.

Expuesta de acuerdo con las observaciones de Lavoisier, sobre la transformación de la materia, se adujo en la fórmula: "nada se pierde; nada se crea" y fue comprobándose con las distintas leyes, tanto físicas como químicas, anteriores o posteriores a su enunciación. Así por ejemplo, la de la conservación de los pesos atómicos de los compuestos de distintos elementos; la de las proporciones constantes de Dalton; la de los volúmenes de los gases de Gay-Lussac; la del calor atómico de Dulong y Petit, etc. Todas corroboraron con la experiencia su veracidad.

Las experimentaciones de laboratorio le fueron dando una aplicación cada vez más amplia y, lo que se consideró como cierto para la materia en relatura básica, pasará a la ciencia como aporte inamovible.

La materia inerte así como la viva y como las manifestaciones de vida, no se mueven en línea recta que prolongue indefinidamente su recorrido, sino que tienen una trayectoria circular, que se encuentra y vuelve a repetirse.

En lo material y en lo intermedio, o mejor, en lo que tiene atingencia con la materia, esta ley se manifiesta con la constante de la transformación.

En los actos puramente psíquicos, guarda una diversa modalidad, pero encuadra en la ley de la conservación. Es la de las compensaciones, que quizá, podría llamarse también de las repercusiones.

Toda tendencia actualizada, cada acción, provocan otra a modo de efecto o de acto equivalente.

Actúa el equilibrio a que tienden todas las cosas, las fuerzas y energías del Universo, que está estructurado cual una balanza de dos platillos que, forzosamente, han de mantener en medio el fiel. Es la ley del péndulo, que se aplica en toda su extensión y su integral exactitud, tendiendo las oscilaciones a encaminarse al punto céntrico, que está en mitad de sus extremos.

Esto se aplica tanto a la vida individual del hombre, como a la colectiva de la especie, en el tiempo y en el espacio.

Es por ello por lo que el proverbio de la "historia se repite", o según el decir latino, "nihil novum est sub sole", tiene su veracidad no en el capricho o casualidad, sino en una fórmula estricta. La historia se repite, porque la trayectoria de las acciones, como la de las leyes físicas, es de órbita y no rectilínea.

Pueden cambiar los panoramas, ser distintos los escenarios, diversas las costumbres y civilizaciones; más adelantadas unas que otras (aunque esto es de hecho relativo, porque lo que se gana en un aspecto, en otro se pierde), pero el fondo gira y gira sin cesar.

Ejemplos patentes tenemos en todo el curso que ha seguido la Humanidad. Cuando se han cultivado las potencias y facultades superiores, en miras a lo psíquico, a lo espiritual, se ha despreocupado el hombre de sus comodidades terrenas y, por ende, el progreso en este sentido ha sido escaso. Si aisladamente o en corto número, lo han hecho, los tales en que ha sido general (universal nunca ha sido), vino a considerarse como normal y el ambiente e idiosincrasia, tomaron ese sentido.

Por el contrario, cuando el hombre, una nación o el género humano, han dado preponderancia a la regalía del cuerpo, a lo económico, al estómago diría Carlos Marx, entonces se ha robustecido el progreso material, con detrimento de lo que atañe al espíritu; terminan por trizarse o quebrarse los valores altos, por la hipertrofia de los bajos, que los aprisionan.

No es que haya debido necesariamente ser así, sino que, de hecho ha ocurrido de tal suerte.

Lo dicho vale cuando se trata de los extremos; de los puntos álgidos en las ondulaciones del péndulo; de las caídas sucesivas de los platillos, que hacen oscilar el final de la balanza. Pero fatalmente tienden a volver al equilibrio, para reiniciar su movimiento. Es el flujo y reflujo de los siglos que, al igual que las mareas de las playas, se alzan y descienden por la influencia de energías que las mantienen en perpetua tensión.

Tanto en los individuos, como en las colectividades, una cuando se hallan en uno de los extremos, la tendencia no absorbe la totalidad, ni es única, sino de prevalencia, mayor o menor, pues de lo contrario, se perdería todo contacto con el opuesto y, porque, en tal caso, el extremo sería tal que se rompería en absoluto la armonía universal.

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Para no tocar, sino lo objetivo, contemplemos en ligero análisis nuestro siglo XX.

En él la tendencia de la civilización es francamente materialista, haciendo honor al materialismo histórico de Marx. En este terreno, en el de las comodidades de la vida orgánica, animal, se ha acentuado un progreso inimaginable para otras generaciones. A tanto ha llegado, que ya no es el hombre quien desenvuelve su vida en esta tierra, sino que cada uno, cual Pachá de leyenda, va arrastrado y se siente servido, no quizá por vasallos, sino por los elementos de la naturaleza, que la técnica del siglo ha aprisionado, para que laboren a las órdenes del hombre.

Es la tendencia del siglo; tendencia que, en lo fundamental guarda gran semejanza con la época del Imperio Romano, en la que, con otros medios, se perseguía el mismo fin.

Fue también era de opulencia, de regalías materiales, a costa de unos esclavos que habían de existir únicamente para quienes les daban órdenes. Hoy los esclavos no sirven directamente; no están a la vista con las libreas de sus amos. Se hallan escondidos en las oquedades de las minas, bajo los techos de las fábricas; son anónimos, que trabajan para amos anónimos que, a su vez, son esclavos también de este progreso y civilización.

Ahora, como entonces, vivimos en un espejismo. La opulencia se estrella, pero cubriéndola, con la miseria de quienes deben forjar los medios de hacer esa holgura de que gozarán los unos y que son los que dan la característica y ambiente del siglo.

Y aquí, ya se presenta en toda crudeza, la ciega ley de las compensaciones.

La holgura material, supone medios de adquisición. Al tratarse de un ambiente de comodidad, han de alcanzarse con un mínimo de esfuerzo. Esos medios son limitados y están simbolizados en la riqueza. Se genera la lucha por conseguirla: el egoísmo, el rencor, la falta de sentimientos, asientan sus reales, como consecuencia. Se llega al extremo fatal.

Así ocurrió en la época romana, llegando la Humanidad misma a hastiarse de tanta "inhumanidad".

Al Cristianismo cupo caer en tierra fértil para cumplir su cometido y empezó el descenso hacia el equilibrio.

Hoy en día, una lucha social, que está en período más que embrionaria, va apareciendo en nuestro cielo como nube que lo cubrirá por completo. El mundo mismo no sabe lo que pretende, ni lo espera. Hay desorientación en todo orden de cosas.

Quizá si la guerra que azota en estos años la tierra y que es mundial cual ninguna, por sus efectos, aunque no todos combatan con las armas, despierte ideales y haga reiniciar el giro hacia el equilibrio.

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La prevalencia opuesta, la espiritual, trae también consigo trastornos, en el orden inverso.

Se despreocupa el individuo o la generación, según si a algunos o a la generalidad afecta, de cuanto atañe a lo corporal, formándose un desequilibrio, ya que la materia tiene asimismo sus derechos que no pueden desconocerse y se estanca el progreso, llegando, en oportunidades, a perderse los vestigios de civilizaciones enteras.

Como dije antes, las tendencias extremas nunca son absolutas, sino de prevalencia; o sea, queda una minoría de la tendencia opuesta y un sector que nada en el término medio. A esto se debe que, aun cuando más extremo es el materialismo, hay idealistas que mantienen en el ambiente un sedimento de espiritualidad; como por el contrario, en tiempos, si los ha habido realmente, en que han prevalecido los valores altos, siempre han quedado quienes prefieren el culto de Baco y Cibeles.

A ello se debe el que los cambios de giro no aparezcan como repentinos o bruscos virajes, sino que, teniendo una preparación o incubación, guardan cierta relación de continuidad.

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Los movimientos oscilatorios se generan, sea por evolución, más o menos lenta, fruto del convencimiento que penetra en los individuos; sea en forma revolucionaria que, en un momento dado detiene una tendencia para emprender la marcha hacia la otra. Ha sido el modo más corriente que se registra en la Historia.

Las grandes revoluciones que, en los antiguos tiempos repercutían como cambios de dinastías, o peregrinaciones de descontentos para poblar otros puntos, en son de conquista, o a guisa de emancipaciones, como la del pueblo de Israel, guiado por Moisés hacia una tierra que sería la propia; o las revoluciones con caracteres de universalidad, al menos por sus efectos, aunque no siempre hayan llevado tal finalidad como primaria, como la que generó el cristianismo, las Cruzadas, la Reforma, la Revolución Francesa, o la reciente de Rusia, han sido fruto de un descontento, gestado de tiempos anteriores, porque ya la tendencia reinante caía de podrida más que de madura y se hacía necesario recomenzar el camino.

Por esto, puede afirmarse que toda revolución, que siempre (ha tenido en su apoyo una doctrina filosófica de aquel residuo de la tendencia opuesta) ha aportado algo benéfico e inamovible para el progreso efectivo de la Humanidad. Ninguna de ellas ha caído en el vacío; por el contrario, todas han procurado un remedio estable, que aun con la oscilación siguiente, no se ha perdido del todo.

Los cambios provocados por medios revolucionarios, presentan una diferencia substancial con los evolutivos, y reside en que, los primeros, momentáneamente, pasan al extremo opuesto, como cuando se detiene un cuerpo bruscamente en su marcha rápida, casi diría, como efecto de la inercia y, es por esto, por lo que dichos cambios se caracterizan por su violencia; crean odiosidades y se bañan en sangre. Pero luego, viene la calma y se reinicia la nueva era, con las bases dejadas por la revolución.

Así pues, la psicología humana, individual y colectiva, gira en oscilaciones de avance y retroceso, sin salirse de límites fijos y definidos.

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Como antes quedó planteado, en la materia inerte, en la materia viva y en la vida espiritual humana, ocurre exactamente lo mismo.

Lo que diferencia a esta última de las otras evoluciones, es que las dos primeras, en todos sus aspectos, tanto en lo fundamental, como en las modalidades formales, son siempre iguales. En la humana, en cambio, la forma varía ya que, tratándose de seres dotados de inteligencia, entra en juego la elucubración, la invención, la captación de las leyes físicas y, por ende, los medios van siendo diversos, sin que por ello se transmute la base fundamental.

La explicación de lo dicho la encontramos en que todo lo que existe en el Universo, incluido el hombre, es limitado, en su razón de causas segundas, o seres finitos. Lo único ilimitado que hay en el ser humano, es su entendimiento, en cuanto que a las posibilidades de su conocer, no cabe demarcarles confines; pero sí que son limitadas sus nociones de cualquier momento definido.

De aquí se deduce que, necesariamente, fatalmente, llega un momento es que se impone una reacción ante una tendencia que toca el punto máximo. De lo contrario, sobrevendría la catástrofe, la destrucción.

Quizá si el fin de la especie humana se produzca, no por un cataclismo de los elementos físicos, sino por un cataclismo psíquico colectivo, ante la falta de una reacción, que hasta aquí siempre se ha presentado en el momento oportuno, salvando a la Humanidad.

Es la ley de las compensaciones y de la conservación, que actúan al igual que la de la gravedad y atracción, en el mantenimiento armónico de las partes del Universo. Si por una vez se suspendieran sus efectos o una causa extraña viniera a perturbarlos, esa armonía se desbarataría en forma de cataclismo.

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Todo tiene su límite. Todo se conserva o se transforma, sin nada perderse; ley universal que, para la materia se comprueba patentemente en las experiencias de laboratorio. En lo psicológico, tiene demostraciones tanto en lo individual, introspectiva o extrospectivamente; como también en lo colectivo, para la acción simultánea y para la sucesiva de los tiempos.

En el individuo, cuando su acción es concorde con la ley universal, o imperativo categórico, según Kant, ella está dentro de la armonía. Cuando obra en desacuerdo con la expresada ley, actúa la conciencia en su papel de juez y de verdugo. Puede esta ser acallada, con un esfuerzo que repercute necesariamente en otras actividades: cambios fatales en el carácter, anomalías orgánicas y en un sinnúmero de accidentes que, en apariencia no guardan relación.

Para el creyente, la compensación absoluta se encuentra más allá. No obstante, es indispensable que también ocurra aquí, para que no quede burlada la especie viviente. En infinidad de casos, queda oculta a los ojos más avizores; pero no es razón esa, para negarla, Cada cual, en una u otra forma, lleva en sí su propia compensación.

Para cada acción colectiva simultánea, para cada determinada generación, la compensación existe como aplicación del adagio antiguo: "corruptio unius, est generatio alterius". Lo perdido por unos, es lo ganado por otros y vise versa.

Para la sucesión de las edades, supuesto que la vida de la especie es una solo desde sus orígenes hasta el día en que llegue a desaparecer, con el pecado original o sin él, aceptando la efectividad de los atavismos y taras, igual que si se niegan, una edad es hija legítima de la anterior, de la que recibe su cultura y educación, sus virtudes como sus vicios, pagando sus consecuencias, enriqueciéndose con sus beneficios. Sobre ella recaen siempre, cuando de puntos extremos se trata, el peso y las penas evolutivas o revolucionarias, a causa de las deficiencias que tiene su cuna y raíz en las anteriores.

Esta ley de la conservación y de las compensaciones, en cuanto a lo material, es efecto de que la creación fue una y para siempre y, en cuanto a los actos psíquicos, individuales y colectivos, a que son ejecutados por seres finitos e influenciables que, como tales, han de desenvolverse en un ciclo cerrado.

En lo que respecta a nuestra generación, la que, indiscutiblemente se caracteriza por un materialismo práctico en todos los aspectos de la vida, podemos decir que si ésta va en aumento, no podrá ser ilimitado, sino que, por el contrario, necesariamente, debe surgir una reacción opuesta, como siempre ha ocurrido en la Historia.

Lo contrario significaría que ha terminado el ciclo de la existencia de la Humanidad, la que fenecerá por la ruptura de la armonía, por la paralización o neutralización de las energías opuestas, por desintegración de dentro hacia afuera, escapando de la fuerza centrípeta, a semejanza de lo que acontece con la materia que se desintegra en sus electrones.

Es de esperar que se trate de una presunción sin base.

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El dolor

Sabes, amigo qué es la alegría?

- He contemplado a muchos hombres que ríen, se divierten, bailan y aman; me parece entender que en ellos se anida la alegría.

- No, amigo; no está en ellos la alegría. El reír no es un signo, sino una fugaz expansión, inconsistente como el relámpago; quien se divierte y baila, no posee la alegría, sino la busca; el amante, ve enturbiada su felicidad, porque teme que se obscurezca su amor con la traición.

- ¿Qué es, entonces, la alegría?

- La perfecta alegría, la definía el Pobrecito de Asís, como la conformidad absoluta, en lo bueno y en lo malo.

- ¿Pero puede haber alegría en ello?

- Amigo, yo no lo sé. ¿Y tú, has probado la alegría?

- Pues, si hubieras comenzado con esta pregunta, te habría dado un sí inmediato por respuesta. Ahora, también yo he de decirte que no lo sé.

- ¿Y el dolor, amigo, lo has probado?

- ¡Y quién no ha gustado su amargo sabor! Dolor, discordancia entre lo que deseo y lo que siento; aspiración fallida, fracaso de un intento, depresión que embota las facultades y torna obscuro el panorama de la vida.

- Así es, amigo. Porque la alegría nunca se da sola, diáfana; siempre se ve enturbiada, al menos por una gota de dolor. Este, en cambio, sí que existe nítido, puro, cristalino y transparente en su amargura.

He ahí la razón, amigo, de por qué ante la alegría titubeaste y no supiste qué responder y con el dolor diste prestamente. Bien le conoces.

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El pecado capital

Se ha dicho que los "pecados capitales" son siete: Soberbia, Avaricia, Ira, Lujuria, Gula, Envidia y Pereza.

Estos siete nacerían del propio individuo, como exceso, en oposición a la ley natural, que exige la mesura. Los otros que pueden contarse, tienen su nacimiento en la transgresión de leyes positivas, ajenas a la naturaleza misma.

Con razón pues, son capitales, ya que, con legislación escrita o sin ella; en sociedad o en vida aislada, el hombre lleva en sí la norma de la "mesura".

Pero esas siete demostraciones de la anormalidad espiritual, tienen una raíz única; pueden y deben fundirse en un solo elemento; reciben la misma savia, por el mismo tronco, del que forman ramas.

Analicémoslas antes de completar la conclusión.

La soberbia es el endiosamiento del "Yo". La avaricia se presenta como la apropiación exclusivamente para el "Yo". La ira, no es otra cosa que la rebelión del "Yo" herido. La lujuria es el sensualismo descontrolado del "Yo", al que se da puerta ancha, sin importar medios ni derechos ajenos. La gula, la más asquerosa de esas demostraciones, trastocando y tergiversando los valores, pone y resume todos los apetitos y aspiraciones del "Yo", en dar satisfacción amplia y desmedida al estómago, relegando al olvido el resto. La envidia es el "Yo" morboso que siente no poseer lo que "otros" tienen. Es la espalda del avaro, formando con él un solo cuerpo; mejor aun, es el avaro no posidente, como éste es el envidioso repleto. La pereza es el "Yo" inerte, estando por sobre todo la comodidad de ese yo.

Hecho este trasunto de análisis, aparece claro lo que afirmé antes. Las manifestaciones anormales básicas de la psiquis humana, tienen un mismo y único fundamento: el Egoísmo, la Egolatría, el culto desmedido del "Yo". En términos clínicos, se trata de la hipertrofia del "Yo".

Así pues, las siete cabezas de la Hidra que devora al hombre desde dentro, tienen una sola cerviz. Es el único punto vulnerable para impedir su nuevo crecimiento. Destroncada ella, se da muerte a todas las testas.

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¿Qué es un tema de actualidad?

Hoy más que nunca están de "actualidad" los temas de actualidad.

A mi entender, un tema de actualidad es un hecho o acontecimiento novedoso, que interesa unísonamente a la opinión pública o colectiva.

Esta definición, como clara y fácilmente aparece, se desdobla de dos elementos que la constituyen fundamentalmente.

a) Campo en que se desenvuelve: Ha de ser un hecho que interese a un pueblo a nación o al mundo entero, siendo de actualidad en esos grupos.

Dicho interés debe ser simultáneo en el espacio y el tiempo; o sea, en el grueso de opinión de un mismo punto y, en todos a un mismo tiempo. Esto, porque se ha dado en llamar tema de actualidad, a lo que despierta un interés colectivo y para ello es indispensable la mutua comunicación sobre la materia; el intercambio de ideas, lo que no es posible sin esa doble simultaneidad.

b) Materia: Ha de tratarse de un hecho, de un problema de sensación, que aún no haya sido solucionado y cuya solución interese y haga investigar.

Doy a la palabra problema su sentido más amplio: puede ser una investigación científica, un campeonato, una guerra.

La razón estriba en que el interés se despierta por lo que tiene una incógnita que despejar, pues el hombre por naturaleza, consciente o inconscientemente, es curioso y razonador; curiosidad que demuestra con la pretensión de saber de otros lo que no conoce, como también con el orgullo y, a veces la fatuidad de deslumbrar a los demás con su opinión. Una alta proporción de la "sociabilidad" del hombre radica en su curiosidad y en este prurito de emitir juicios.

Una vez resuelto el problema; conocida ya la solución, el tema pierde su interés, tanto para la curiosidad que engendra, como para el afán de opinar. Pasa a la quietud y, el tema de actualidad es, esencialmente de inquietud, de investigación.

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La trayectoria que sigue un problema para convertirse en de actualidad en un determinado momento histórico, o en otros términos, conocido y de interés común, la trazan los medios de divulgación: los periódicos, revistas, cinema, radio, etc. ; esto es, los medios con la rapidez suficiente para interesar simultáneamente a un grueso de opinión.

En otras épocas, esos medios fueron los bandos, los mensajeros, los corrillos obligados de las fondas y las plazas, donde, de boca en boca, pasaban terminando por desnaturalizarse e hipertrofiarse, como ocurre con todo lo entregado a la divulgación oral.

¿Por qué un tema llega a ser de actualidad?

Antes de que se dé con una respuesta clara y, precisamente, con el fin de facilitarla, vamos a adelantar que la actualidad pueda dividirse en patente y latente.

Patente es la de los problemas propiamente tales; los que encuadran directamente con las explicaciones anteriores. Actualidad latente, subconsciente, sería la de los problemas que no han sido movidos por los medios de divulgación y que, sin embargo, interesan a todos o una gran parte, pero se comentan aisladamente, en forma esporádica. Les falta la simultaneidad para ser de actualidad patente. La causa es que no tienen intercomunicación. Basta una divulgación para hacerlos de actualidad patente.

Ambos, el tema de actualidad patente y latente tienen de común que, en sí, intrínsecamente, son capaces de producir interés.

Habría de agregarse, además, un tercer miembro a la división, al que llamaríamos tema de actualidad potencial y, caerían dentro de esta clase, aquellos temas que no despiertan ningún interés, hasta que alguien se fija en ellos y hace laborar la curiosidad colectiva. Por lo general, estos tópicos son de carácter baladí o trivial. Para que en ellos quepa la actualidad patente es menester que la curiosidad colectiva esté en reposo u ociosa, pues, existiendo algo de interés real y con la característica de patente, absorbería la atención, sin dejar campo a esta curiosidad trivial.

Además, este último miembro de la división, no siempre espera que el problema sea resuelto para desaparecer. Cuando demora, se diluye en sí mismo y muere por incapacidad de atraer la atención, ya que el objeto no es de importancia.

Así pues, claramente se deduce que, para que un tema llegue a ser de actualidad debe, necesariamente, ser capaz de despertar simultáneamente, la curiosidad colectiva, siendo su camino los medios de divulgación.

Una guerra, aun cuando no tenga por teatros el suelo propio, pero si por algún aspecto o conducto, repercute en la vida de ese territorio, o si es de caracteres trascendentales, constituye de suyo un tema de actualidad patente y los medios de divulgación no vienen, sino a servir a la ávida curiosidad.

Igual cosa se debe decir de un campeonato, para los aficionados al deporte; de cambios de gobierno, o medidas estatales de importancia; etc.

Hay, en cambio, otros tópicos, que son de actualidad patente, pero que la divulgación hipertrofia, mezclándose, por ende, a la curiosidad natural, la creada artificialmente.

Tal ocurre, especialmente, con los hechos "extraordinarios" de la vida "ordinaria" y, en forma principal, con la llamada crónica roja.

En este aspecto, el hombre lleva en sí, aunque trate de ocultarlo con el barniz de la cultura, el afán de conocer y comparar con la propia, la vida ajena. Es algo del hombre primitivo que se halla adormecido y que salta a la vigilia al menor impulso.

La prensa, por lo regular, explotando no siempre laudatoriamente, su conocimiento de la psicología de las masas, se aprovecha de esta modalidad de la vida humana para acrecentar el tiraje de sus publicaciones, cuyos lectores aumentan cuando encuentran pasto para su curiosidad.

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En los mismos días en que escribo estas líneas, la ciudad de Santiago se ha visto conmovida con un hecho de crónica roja que, de manera desmesurada ha abierto ancha brecha en la curiosidad colectiva.

Téngase, pues, que yo mismo escribo influenciado por la actualidad de que goza el asunto.

Varias han sido las razones para la conmoción pública que, como efecto, trajo ese suceso.

Los protagonistas: un profesional de prestigio y una muchacha joven. Esta, sin razón alguna aparente, recibió la muerte y el profesional fue herido. Las circunstancias: ambos, en automóvil se dirigieron a un camino de escaso tránsito, pero no totalmente deshabitado.

Misterio; una incógnita difícil, pues el protagonista vivo afirma que fueron víctimas de un asalto a mano armada. Hay testigos, en cambio, transeúntes que se hallaban cerca y que, a su vez, aseveraron que a nadie han visto.

A todo esto ha de añadirse un cúmulo de circunstancias verdaderamente folletinescas, al igual que en esos relatos por entregas que absorben las mentes de no pocos, o en esas seriales cinematográficas que hacen ebullir la curiosidad imaginativa de los niños.

Pero ahora se trata de un hecho real: hay una joven muerta no se sabe por qué, ni por quién y, un hombre herido. Existe, pues, un misterio cuyo desarrollo se va siguiendo en la misma calle, por medio de las publicaciones de la prensa.

Las circunstancias, someramente expuestas serían: Hay uno solo testigo real, que a la vez, es protagonista. Los testigos declarantes, no son presenciales, sino que de segundos o minutos después de desarrollada la tragedia; afirman éstos que a nadie han visto huir. El sobreviviente asegura que fueron asaltados y que dispararon con carabina sobre él y la joven. Contradicción absoluta. La joven presenta una herida que traspasa la base del cráneo y que le ocasionó la muerte; él una herida de bala que penetró por una costilla inferior alojándose el proyectil en la región torácica, sin comprometer ningún órgano. Según declara, él repelió el atraco disparando con su pistola contra los asaltantes. Las declaraciones de los testigos, en cambio, permiten dudar acerca de si él mismo no disparó contra su compañera, en posición tal que, a la par, quedó él igualmente herido. Se piensa también en una tercera persona, ligada por algún vínculo al sobreviviente y a quien trata de encubrir con sus incompletas y dudosas declaraciones. Primera grave interrogante.

Al sobreviviente se le efectuó una operación quirúrgica con el fin de extraer la bala y comprobar si fue o no disparada con su pistola; operación que, sin este motivo, habría sido innecesaria, ya que el proyectil estaba alojado fuera de los órganos. Este hecho proporcionó un nuevo dramatismo al ya muy embrollado asunto y ahondó la curiosidad.

La bala extraída no era de pistola: era de carabina.

Decepción para unos; alivio para otros. Pero algún perito afirmó: el proyectil no pudo haber sido disparado por carabina, por su trayectoria en la herida de la joven; quien hubiera hecho fuego con tal arma, había de estar en posición alta, o haber sido de estatura desmesurada; puede perfectamente ser de un revólver Colt de calibre 12. Hubo quien aseguró que el sobreviviente portaba tal arma siempre en el interior del automóvil.

Resurge la expectativa; vuelve la marejada de la curiosidad.

Como se trataba de una pareja de diferentes sexo lógicamente se dedujo que el sobreviviente pudo ser el hechor, por razones sentimentales. Se presumió violencia sexual de su parte contra su compañera, quien se negó; negativa que provocó el disparo, con ánimo preconcebido, o de manera casual.

Las declaraciones de los testigos abonan en favor de la hipótesis; los vestidos desgarrados de la joven, también la favorecen; pero esto último lo explicaba el sobreviviente, como hecho por él después de que fuera herida, para comprobar su gravedad, lo que asimismo es presumible. Muchos otros detalles de obscuridad y contradicción, ponían en tela de juicio la veracidad y sinceridad de las declaraciones. Por otra parte, la posición de prestigio del sobreviviente; el hecho de haber sido él mismo herido; el que la bala extraída de su cuerpo no coincidiera como del arma que entregó como utilizada por él y otros factores, hablaban en su favor, de manera que, cada día el caso se tornaba más obscuro, ahondando la perplejidad y abriendo campo a una creciente curiosidad general.

La prensa se ha valido de este hecho para mantener viva la llama del interés colectivo, agregando uno ficticio al real que de suyo tiene.

Habría constituido un tema de actualidad momentánea, de acuerdo con los medios ordinarios de divulgación; pero algunos periódicos han tejido una serie de suposiciones que, al cabo de un mes de ocurrido el crimen, se muestran contradictorias entre sí. Para acentuar la curiosidad, han hecho revelaciones maliciosas y de dudosa intención sobre la vida del sobreviviente. ¿Con qué fin? El de dar pasto a una desenfrenada curiosidad, que lógicamente, les reporta mayores utilidades.

En los momentos que escribo, ante las desorbitadas noticias que se han dado a la publicidad, que caen en un terreno fuera de lo usual y normal, el juez que conoce la causa, ha decretado la prohibición de continuar las publicaciones; medida, a mi entender, inoportuna y contraproducente. Inoportuna, ya que la curiosidad e interés han adquirido proporciones tales, que muchos llegarán a dudar de la integridad de la justicia; si en un comienzo se hubiera adoptado, la medida habría caído en su centro. Contraproducente, pues, abierta a tal extremo la curiosidad, se buscarán todos los medios para burlar la prohibición. De hecho, un periódico, francamente la desacató, afrontando la multa correspondiente; otro ha empezado acerca del proceso, de modo encubierto, como si se tratara de una leyenda china, publicada en trozos, en la que, los personajes y escenas aparecen con nombres orientales, pero dando a entender veladamente a lo que se refieren. O sea, lo conseguido es que se restrinja el número de periódicos que hablen del asunto y que con ello, se favorezca el negocio de los que lo hacen.

¿Verdad que el caso parece novelesco? Y sin embargo, todos los habitantes de Chile, bien saben que es absolutamente veraz.

¿Por qué me he detenido en un hecho de importancia transitoria? Pues, porque he querido probar con un acontecimiento de todos conocido, cómo un tema de actualidad puede hipertrofiarse gracias al juego, no siempre limpio, de los medios de divulgación. También, porque pretendo presentar vivamente un ejemplo.

El caso que he narrado, está aun insoluto; se encuentra en el estado que indiqué. Seguramente, cuando estas líneas sean leídas, ya habrá pasado a la quietud, al olvido, porque se habrá descorrido el velo del enigma y, en tal caso, sólo tendrá el valor de un ejemplo. Puede también que la maraña no se haya desentrañado y, entonces quizá haya pasado a la actualidad latente, que podría revivir.

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En cuanto a los asuntos baladíes y que en sí mismos no tienen importancia y que, sin embargo, artificialmente pueden pasar a temas de actualidad, existe un caso que considero típico y que me permito narrar.

Hace algún tiempo, tal vez una decena de años, las empresas cablegráficas, difundieron a todo el mundo la noticia de que la población de Londres estaba preocupadísima en buscar respuesta satisfactoria a un interrogante que se había formulado y que se hallaba en la boca y la investigación mental de todos los ciudadanos. Helo aquí: "¿Las moscas, cuando se posan en los cielos de las habitaciones, cómo lo hacen, en forma de looping, o dando vuelta sobre las alas?"

¿Cómo pudo obsesionar a tal extremo a una ciudad de la categoría de Londres una preocupación sin valor, casi ni ilustrativo?

Grande debió ser, sin duda, la actualidad que asumió el tema, hasta llegar a merecer la transmisión cablegráfica.

Muy ociosa debía estar la mente colectiva, o quizá si cansada con una monotonía de asuntos siempre iguales, aunque fueran de importancia, para dar asiento a una tan trivial cuestión. Los medios de difusión, que no desperdician oportunidad para acrecentar el volumen de ingresos tuvieron, ciertamente, responsabilidad decisiva.

De imaginarse es, a personajes de posición preponderante, quizá si severos e impecables en público, seguir con prismáticos, fija la vista en el techo, la trayectoria de las moscas al posarse allí. Un curioso inoportuno, los habría sorprendido, arrellenados en los sillones de su escritorio, en esa tarea, restando tiempo a los asuntos urgentes que clamaban sus profesiones o cargos.

Con seguridad, el problema permaneció insoluble, pero cayó en el olvido por su misma nimiedad y falta de interés intrínseco, ya que lo había adquirido sólo artificialmente.

Por ahora, casos como éste, son aislados; mas, de llegar a generalizarse la actualidad de temas de tal naturaleza, podemos afirmar, sin temor a un mentís, que con ello se inicia la decadencia intelectual del siglo; que la mentalidad de nuestra época, llega a su declinación.

Me hace recordar lo dicho, a la Filosofía Escolástica, hija del mayor de los pensadores, Aristóteles y la más grande y completa de las filosofías, con cerebros y puntales inamovibles, como Tomás de Aquino, Buenaventura, Scoto y Suárez. Después de estos genios que, puede decirse, agotaron las investigaciones especulativas, surgieron cerebros mediocres, con pretensiones de sobrepasarlos, llegando a manejar exageradamente la sutileza, con lo que cayeron en disquisiciones vanas e inútiles, marcando la decadencia de esa Filosofía.

Así, en dicha época, se plantearon cuestiones como éstas: "Adán, que no nació de mujer, sino que fue creado directamente por Dios ¿tuvo ombligo?". Las opiniones se mostraron divididas, produciéndose encontradas controversias. Otro problema planteado fue: "En el cielo, donde no estamos sujetos a la bajeza de la carne, los estómagos de los bienaventurados ¿estarán llenos o vacíos?". La generalidad opinaba que llenos, porque el vacío repugna a la perfección. Surgía, como consecuencia, una nueva pregunta: "Si los estómagos van a estar llenos ¿de qué lo estarán?". También fueron casi uniformes las opiniones, afirmándose que de leche, por ser el alimento más noble.

Son sutilezas que deslindan con lo pueril y ridículo y que trajeron como secuela el que la Escolástica se identificara con esas necedades, cayendo en el desprestigio, olvidándose la consistente doctrina de su Edad de Oro.

Debe estar atento nuestro siglo, para impedir que se repita una vez más en este punto la Historia.

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Catalogada y clasificada la noción de Tema de Actualidad, según las explicaciones anteriores, podemos concluir que casi más importancia que el factor interés lo tiene el de la divulgación, principalmente en nuestra época, en que esos medios tienen una rapidez extrema para hacer simultáneo el conocimiento y que corre por cuenta de la prensa, cine, radio, etc., los que pueden intencionadamente, torcerse en uno u otro sentido, siendo la base de lo que llama "propaganda".

¿Debe ser ésta dirigida? ¿No debe serlo? ¿Ha de tener un papel educador, orientador, o bien, entregado al arbitrio de quien se crea capaz de esgrimir tal arma?

He aquí una cuestión digna de un profundo estudio y que daría tema para un enjundioso tratado.

Me limito a sentar las premisas.

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El culto del Oro

¿Por qué el Oro? La razón se pierde más allá de los confines que alumbra la Historia.

Sabemos sí, más o menos cuando vino a convertirse en signo de riqueza e intercambio en forma de moneda, pero ignoramos cómo y por qué comenzó a ser objeto de la codicia humana.

El Vellocino de Argos, lo era de Oro; áureas las manzanas mitológicas de las Hespérides; en oro enchapada las columnas que Marco Polo vislumbró en la China y, ya antes que pies europeos hollaran el suelo de América, el oro era codiciosamente extraído por aztecas e incaicos.

Pasó, pues a ser símbolo de riqueza, cuando de antemano se le rendía culto como esplendor ¿Sería porque brilla como el sol, vigía perenne de la vida terrestre? Se dice que porque escaso; pero muchas otras cosas en el mundo también lo son y en mayor medida. Sea cual fuere la causa, persiste como hecho.

En nuestra Era, en su papel de condensador del poder, tiene una mística y sus dogmas: es un culto.

Quizá si también antes lo fuera; porque en el pasaje bíblico de la adoración del Becerro de Oro, por parte del pueblo de Israel, no hay constancia acerca de qué se adoraba: si el Becerro de oro, o el Oro del Becerro.

El culto de Hoy al Oro, tiene sus límites plenamente demarcados; todo lo que es materia en el hombre, le corresponde y a él está subordinado.

En otros tiempos, trató de ser antagónico y sectario con respecto al otro culto del Espíritu, subordinado a Dios; pero se ha convencido de que puede vivir en paz y hacer prosélitos, aunque ambos tengan vida paralela. Hoy está al margen del Espíritu y de su Dios.

Así como hay místicos del alma, que prescinden de lo terreno, los hay del Oro, que hacen caso omiso de los valores espirituales. ¿Y por qué no habría de verse también una mística en ello?

El culto del Oro tiene sus templos, sus ritos, sus sacerdotes.

Son sus templos, los Bancos, Cajas de Préstamo, lugares donde se le rinde el holocausto, en reconocimiento de su poderío.

Sus altares allí están: esas Cajas Fuertes que lo guardan con reverencia, bajo llaves esotéricas..

No le faltan tampoco sus sacramentos: el bautismo lo tiene en las inscripciones notariales, como también allí su confirmación.

La confesión... ¿y qué otra cosa que confesión son esas "letras" a plazo?

La comunión cotidiana, en esos discos brillantes o sus representaciones simbólicas, llamadas "monedas", cuya posesión fortalece con nuevos impulsos los afanes de sus adoradores, como la "comunión espiritual", da vigor al alma.

Su sacerdocio está representado por aquellos que han entrado tanto en su esoterismo, que llegan a formar con él una misma esencia.

El matrimonio del Oro está constituido por esas sociedades que le tienen por base.

Bueno, y la extrema unción: el golpe de gracia de las quiebras y protestos.

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Estimo que el creyente no debe temer tanto a las otras religiones opuestas a la suya, no al materialismo en cuanto tal, como riesgo para su religión.

El proselitismo del Oro, es su gran enemigo, su verdadero antagonismo que pretende anularlo por absorción. En él debe ver al Anticristo.

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Vida primitiva y civilización

Se ha definido al hombre, en sus elementos esenciales, como "animal racional". Si se reduce esta definición a una fórmula de igualdad, tomando las iniciales de las palabras que la componen, quedaría así:

H= ( a + r )

He querido proponer la definición de esta manera matemática, a fin de facilitar la intelección del raciocinio que voy a plantear.

La noción corriente de hombre que se guarda, es la de racionalidad. Se considera el cuerpo como una carga, no como cooperador activo, capaz de auxiliar y dar alivio al todo humano, con su propia fuerza operativa.

El hombre no es simplemente racionalidad con animalidad, sino, en expresión más exacta es, un factor más el otro. Es una suma, no un conglomerado, ya que es un compuesto cuyo resultado da la humanidad, diversa de los oponentes.

Si se trata de suma, cada cantidad aporta un algo de esencial y efectivo al total.

La noción de animal encierra existencia y operación propias y, asimismo la racionalidad tiene las suyas peculiares que, juntándose en una combinación presentan un ser, distinto específicamente, de cualquier otro y de sus componentes esperados.

El compuesto, pues, tiene una existencia animal definida y una racional que también lo es.

Pero animal, no significa lisa y llanamente material. Materia es la piedra, el agua o cualquier cuerpo inerte. Les falta la vida. La parte espiritual o racional del hombre, por su parte, tiene su conjunción con materia viva.

Si avanzamos un tanto más, tampoco llena la medida la noción de materia viviente para el compuesto humano. Vivas son las plantas; pero de una vida vegetativa, o sea, de nacimiento, y conservación auto-interna, por medio de órganos que elaboran las substancias necesarias y preservan al todo de la destrucción o muerte. La vida material del compuesto humano es de naturaleza superior.

Se trata de la vida que posee sensaciones, conocimientos; que busca su substancia; es lo que se llama la vida animal.

En esta vida se hallan reunidas las tres características: cuerpo material (materia); que vegeta, o sea, se nutre (vida vegetativa); que siente y conoce (vida animal).

A la animalidad se infunde el espíritu, que aporta la racionalidad, para formar al hombre.

El compuesto humano, por ende, tiene doble vida: la material animal y la racional, enlazadas por un único principio, el alma, que las informa todas, dando como coeficiente una sola, la vida humana.

Vida en este sentido involucra la idea de operación, de sensación, de conocimiento y de consciencia.

Por consiguiente, la operación, el conocimiento humanos, no son únicamente racionales, sino también animales.

Más aun, la parte racional de hombre llega al compuesto como directriz, pero a la vez, como subordinada, ya que actúa por medio de la parte orgánica, cabalgando sobre los órganos sensoriales, al igual diría, que el jinete sobre su caballo, quien, aun teniendo las bridas en su mano, va adonde su cabalgadura le conduce. Tanto que ya los filósofos antiguos decían: "nihil est in intellectu, quo prius no fuerit in sensibus"; nada hay en el entendimiento, que primero no haya pasado por los sentidos; idea que se complementa con esta otra afirmación deductiva de los escolásticos, apropiada de Aristóteles: "intellectus est tanquam tabula rasa in qua nihil est scriptum". El entendimiento, en su origen, es como una tabla rasa, en la que nada hay escrito.

Todos los conocimientos intelectuales, pues, han sido originados por sensaciones. El entendimiento, luego, por la inducción y deducción (operaciones que le son propias), elabora conclusiones; llega a las nociones abstractas, a las generales y universales. En otros términos, la parte intelectual, nada sabe, nada conoce cuando empieza la existencia. Poco a poco y, por medio de los sentidos orgánicos, va acumulando conocimientos que, de rudimentarios e indecisos, se van asentando, confirmando y acrecentando.

La vida animal, tiene también ella sus conocimientos: hay memoria animal, como la hay espiritual; la fantasía, que hace las veces de la imaginación superior, pertenece a esa vida. Tales modos de operar, son el todo en los irracionales y sólo una parte en el racional.

Hay, además, un móvil para la operación. En la vida animal lo es el instinto; en la racional, el raciocinio.

El raciocinio supone conocimientos intelectuales de donde plantear premisas y deducir conclusiones. Como, según se dejó estampado, el conocimiento se va adquiriendo paulatinamente desde el grado cero, no es posible el raciocinio, sino bastante después de iniciada la existencia, así como las determinaciones por él originadas, no pueden ser perfectas y plenas, sino en la madurez intelectual.

En cambio, en la vida animal, donde el conocimiento es sensorial, el proceso es diverso.

El cerebro, que también es un papel en blanco al nacer el individuo, recibe una sensación, que es operación orgánica y mueve las neuronas de los órganos correspondientes, los que buscan completar la sensación.

En todo animal superior, la primera sensación percibida es, tal vez la de hambre. El cerebro, automáticamente, ciegamente, impulsa los nervios que accionan los músculos bucales y el recién nacido trata de succionar. La madre le allega sus mamas, en las que el cachorro sacia su apetito.

Actúa lo que se llama el instinto.

Este es, pues, instantáneo. Pero ocurre que los órganos o miembros, necesitan de ejercicio para obedecer con presteza a los mandatos del sistema nervioso, por lo que el instinto requiere también su educación para su desarrollo y termina por ser, a la par, un hábito sensorial.

El hombre, con vida sensitiva animal, no escapa a esta modalidad. Su conformación anatómica y fisiológica, en muy pequeña escala se diferencian de la de los brutos superiores y en nada esencialmente, (nótese que para evitar confusiones, no digo específicamente, pues un perro tiene diferencia específica de un gato y, sin embargo, no en su esencia animal).

Las diversidades orgánicas entre el hombre y los vertebrados superiores, no son tantas para que, ellas únicamente a la vista, se pueda deducir: éste es irracional y aquel racional.

Ahora bien: sentado que anatómica y fisiológicamente el hombre tiene vida animal, con todos los órganos inherentes ¿podemos rechazar el modo operatorio que viene como consecuencia? No, en verdad; si se es lógico, hay que llegar a la conclusión de que a la constitución animal, debe seguir la acción animal.

Esto es; el hombre, así como es doble en su constitución: cuerpo y alma, lo es también en sus operaciones; las tiene racionales y animales. Estas últimas, no sólo reducidas a la escala de los actos reflejos y automáticos sino en todos sus aspectos.

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El hombre actual, (y al decir actual, me refiero al hombre histórico; al que tuvo una civilización que alcanzó a legar a la posteridad) hizo predominar y, en grado creciente, su parte racional.

Le ocurrió a la doble operación general, lo que al uso de ciertos miembros, como las manos; sólo una quedó activa, con desmedro de la otra.

Era natural, por otra parte, puesto que el conocimiento racional llega indefinidamente más allá del limitado y ciego que proporcionan las vías sensoriales e instintivas.

El proceso se inició, puede decirse, casi desde el aparecimiento de la especie humana sobre la tierra.

En el individuo humano de nuestro siglo, en una civilización exquisita, como en el de cualquiera determinada época, ocurre en su crecimiento, lo que ha acontecido en la especie misma a través de sus distintas eras. En este punto se presenta un paralelo entre lo psicológico y la orgánico.

De hecho, al decir de las teorías científicas, hay una semejanza entre el desarrollo de las especies vivientes que empiezan en el protozoo, para terminar en el "homo sapiens", y el estado embrionario de cada individuo, que pasa desde la ínfima célula genésica, hasta estacionarse en la especie a que corresponde. Esto es, el hombre, como todos los seres vivos, se genera recorriendo en su embrión, todos los estados hasta alcanzar la perfección máxima que se conoce de cuerpo organizado.

La ciencia de nuestros días no puede vantarse de haber hecho un descubrimiento revolucionario con lo afirmado. Ya en el siglo XIII, Tomás de Aquino sustentó la teoría de que alma espiritual no se infunde en el cuerpo humano en el momento mismo de la concepción, sino que en él pasan sucesivamente, las almas vegetativa y animal, antes de que llegue la racional. Daba como razón, precisamente, que el organismo en el estado embrionario, hasta avanzado su proceso, no se encuentra apto para recibir esa alma, llamada de suyo a infundir vida a un cuerpo perfecto. Agregaba sí, que ese ser, desde el instante mismo de su concepción, había de considerarse humano, en razón de que tal era el orden de su existencia.

El ser empieza a tener vida independiente, en el momento en que sale a la luz, orgánicamente completo y, desde ese punto, se inicia el otro proceso, que viene a resultar complemento del anterior.

En el hombre, cuyo estudio es el que nos interesa, sus primeras manifestaciones son exclusivamente instintivas, no pudiendo ser de otra naturaleza, por la razón antes apuntada, de que el entendimiento empieza a actuar más tarde, a través de los conocimientos sensoriales.

Con el crecimiento se acentúa el desarrollo intelectual, sin que por ello desaparezcan naturalmente los medios inferiores de conocimiento, como no deja de tener vida vegetativa y animal al tiempo que racional. Esta sería la Ontogénesis psíquica. La Filogénesis, en este aspecto, está comprobada por el avance de las civilizaciones. Lógicamente, como pasa con el individuo, ocurrió primariamente con la especie.

El hombre primitivo, en el hecho, era más que nada, un ser de instintos, aunque potencialmente, llevaba en sí la misma chispa intelectual que lució en los más grandes genios de las civilizaciones avanzadas.

En un comienzo, no podía hacer uso de su razón, pues el conocimiento sensorial indispensable, apenas si se estaba gestando. Así como el niño, en su primera edad no puede usar su razón, por el mismo motivo indicado, así también, la humanidad entera tuvo su edad de "sin razón".

Los conocimientos humanos se fueron acrecentando, como consecuencia de la lucha por el sobrevivir; conocimiento sensorial y de fantasía, al igual que en los animales. Muchas generaciones fueron necesarias, cada una aportando algo, para formar una pequeña dosis intelectual primero, que se convirtió en un acervo cada vez mayor, hasta formar la primera civilización verdaderamente humana.

En consecuencia, la primera vida del hombre fue la instintiva. Era un animal más en las selvas; con la diferencia substancial que, dentro de sí, llevaba en latencia la verdadera connotación de su especie: el entendimiento.

Como paréntesis, quiero dejar en claro que lo afirmado, no lesiona la fe cristiana de la existencia de Adán, con su ciencia infusa, pues, cometido el pecado original perdió esa ciencia y, la reducida humanidad, fue fulminada por una decadencia que terminó por dejar en cero sus anteriores adquisiciones. No habría sido la única vez, por otra parte, que una civilización muere y, en esa primígena oportunidad, fue universal y absoluta, porque el género humano era pequeño en número y habitaba una reducida extensión; de modo que, al tiempo que especie humana, era un único pueblo o tribu. En los desaparecimientos futuros de civilizaciones, el que una cultura muriera no afectaba a otra, con la que no tenía comunicación.

Esta existencia del "hombre primitivo", distinta del "primer hombre", la acepta la fe cristiana y, no puede menos, ya que los vestigios prehistóricos, nos comprueban la nula o incipiente cultura de nuestros aborígenes.

Así pues, el hombre primitivo obedecía a sus instintos, siendo sus móviles, el de la conservación y la lucha por la supervivencia, sin diferenciarse en ello, del resto de los animales.

Pasaron, tal vez, generaciones antes de que diera con el modo articulado de comunicación oral, diferente y superior al amorfo de las especies inferiores; luego, sin duda, demostró su más elevado nivel, desembarazándose de la igualdad monótona del instinto, que impone en uso directo de los órganos, miembros y músculos, para alcanzar lo que desea y recurrió a los medios indirectos; a los utensilios que, primariamente no fueron fabricados, sino adaptados del natural. Seguramente, alguna concha es la base en que se asienta toda la gradual civilización humana, hasta la más complicada maquinaria de hoy o del futuro.

Difícilmente comprensible es para nosotros la vida de esta etapa de la humanidad. Todo lo que vemos, la forma en que operamos, nos parecen natural y sencilla. El uso de la concha, no obstante, significó un desarrollo intelectual enorme. Quien tuvo la ocurrencia, ese ser anónimo fue, sin duda, en genio. Arquímedes, Newton, Pasteur, Edison, etc., o cualquier sabio de talla, viviendo en esa época, no habrían quizá podido competir con tal descubridor.

Ello nos parece infantil, como que cualquier niño, actualmente, hace uso del serrucho, por ejemplo, cual si siempre hubiera existido. Pero esa herramienta significó una elucubración, muchos ensayos infructuosos; después pasamos a la sierra mecánica, al soplete axídrico y a muchos avances derivados. ¿Qué podemos decir de una edad en que nada existía, ni el conocimiento en qué apoyar una invención?

Más tarde, otro genio ideó fabricar artificialmente enseres similares a las conchas, por necesidad, en parajes donde no existían, con lo que se marcó un nuevo paso y, de trascendencia suma, en la civilización: la manufactura. Fue la primera máquina. Quizá si se trataba de un trozo de sílice agudizado; pero su fabricación supuso la existencia de un cerebro genial.

La humanidad fue desarrollándose filogenésicamente, hasta llegar a una era en que, de verdad, no sólo en potencia, sino de hecho, pudo llamarse racional.

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En cuanto a su operación y conocimiento psíquicos, la humanidad siguió similar trayectoria.

En este aspecto asimismo, empezó impulsada por los instintos. El hombre fue social desde su aparición, pero no por voluntad inteligente, sino instintiva. También hay irracionales de vida social, por lo que ésta no es nota exclusiva de la inteligencia. La perpetuación de la especie, el instinto de defensa, agruparon a las tribus o clanes y quizá, si el afecto, que en el hombre guarda una gran proporción de instintivo.

En igualdad de condiciones que en los animales se hallaba el instinto en el hombre, guiándolo y resguardándolo de los peligros que encerraba la tierra. Nada tenía que envidiar a esas especies inferiores en cuanto al desarrollo de los instintos.

Como éstos son manifestaciones de órganos especiales que los regulan, al afirmar que el hombre se hallaba, en ese entonces, en igualdad de condiciones con los irracionales, en lo que a vida instintiva atañe, se asevera igualmente, que esos órganos debieron estar desarrollados paralelamente a su manifestación.

Hoy en día, la operación instintiva del hombre casi ha desaparecido, por lo que, en la sucesión de las generaciones, se han atrofiado paulatinamente esos órganos.

Por consiguiente, gratuitamente se concluye que la atrofia orgánica prueba la evolución de una especie a otra. Más bien ha ocurrido dentro de la misma existencia específica. Se ha tratado de una evolución regresiva.

Así, el ligamento de la articulación coxo-femoral, viene a ser la reliquia del tendón de un músculo desaparecido en el hombre y que existe en algunos vertebrados. La banda fibrosa epitrócleo-olecraniana, viene a ser un órgano rudimentario, vestigio de un músculo epitrócleo-cubital, que se encuentra en todos los animales cuyo codo posee movimientos laterales. La doble inserción del pié sobre el primer cuneiforme y sobre el primer metatarso, antes, como hoy en los monos, consistía en dos músculos distintos, que se yuxtaponen, uno sobre el primer metatarso y el otro sobre el primer cuneiforme; podría seguirse la enumeración, que no prueba otra cosa que esos órganos estuvieron desarrollados en la edad en que el hombre había de valerse directamente de sus miembros y órganos y no de los medios artificiales que elaboró después.

Esto es lo que respecta a los órganos y tejidos de fácil investigación. Pero acerca de la naturaleza funcional íntima de los tejidos nerviosos, bien poco, por no decir nada, es lo que conoce actualmente la ciencia; pero, con toda seguridad, cuando la investigación logre dar luz sobre la materia, se encontrará el investigador con atrofias y anomalías semejantes, conjuntamente con el desarrollo que han debido tener en otro aspecto, con el ejercicio mental.

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Al crear Dios al hombre dotado de animalidad y racionalidad, su fin indudablemente, fue que en el curso de su existencia, se valiera de ambas, ya que nada de lo existente es inútil.

Al obrar en dicha forma, la especie humana habría hecho efectivo a su calidad de especie superior en la tierra y de rey de la creación.

El papel de la inteligencia, no es simplemente el de reemplazar a los instintos, como se ha sustentado, sino más bien, el de complementarlos, en operación armónica. Su proceso, como vimos, depende de las sensaciones, extrayendo de ellas sus conocimientos, que se traducen en ideas, las que, enlazándose en causas y efectos, constituyen las asociaciones y raciocinios.

El instinto, como proveniente directamente de la parte orgánica y sensorial, está ceñido en un estrecho recinto que no le es posible rebalsar. En su actuación es inmediato, con obediencia instantánea a las indicaciones sensoriales.

La racionalidad, en cambio, es más compleja. Requiere el conocimiento intelectual, que es efecto de un proceso mediato e indirecto. Conocido el objeto; comprobado el raciocinio, termina el papel del entendimiento y se pone en juego otra facultad racional: la voluntad, a la que corresponde imperar. Esta, en un comienzo, tanto filogenésica, como ontogenésicamente, necesita de mucho ejercicio para habituar el organismo a la obediencia de su imperio. Las dendritas del sistema cerebro-espinal, deben acostumbrarse a girar en determinado sentido cuando la voluntad impera. Esto logrado, tenemos la coordinación perfecta del ser humano en ambas partes de su constitución.

Cuando la voluntad se impone en un sentido, con frecuencia, el sistema nervioso adquiere una facilidad de acción que termina por adelantarse al acto de la voluntad. Se forman los hábitos psíquicos que, en realidad, vienen a ser "instintos artificiosos, de origen anímico". Tal es el proceso elemental de acción en el ser humano.

Claramente aparece que cada parte, la instintiva y la racional, tienen su campo de aplicación. La primera debe actuar en lo que a la vida material-animal concierne y la segunda, en lo que respecta al espíritu.

La inteligencia, el raciocinio, por medio de la formación de los "instintos artificiosos", puede suplir en parte el temperamento instintivo orgánico; pero de ninguna manera, absorverlo totalmente, sin caer en anomalías graves e incompensables.

Sin embargo, tal ha sido el desarrollo de la humanidad; ha ido y, diría en progresión geométrica, anulando la vida instintiva, para concretarse a desenvolver la espiritual. Vale decir, ha vivido unilateralmente.

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¿Es esta la verdadera, la perfecta vida humana? ¿Ha ganado la especie con desembarazarse de los instintos? ¿Habría, por el contrario, sido más íntegro el hombre, si hubiera desarrollado paralelamente y de manera completa su cualidad de operación?

Estimo que el hombre, en su calidad de rey de la tierra, ha ido en mengua por este camino unilateral.

Como el resto de los animales, posee un cuerpo orgánico; en su vida hay una parte material; necesidades y peligros semejantes a los que aquejan a las demás especies, que le rodean. Como custodia y defensa, están los instintos, los que, traspasado a la materia un concepto netamente anímico, son intuitivos y, por ende, rápidos y eficaces en la ejecución.

Con razón se ha dicho y, es una verdad científicamente comprobada, que el hombre, en el aspecto material, está en inferioridad de condiciones, comparado con el resto de los vivientes. Es menos fuerte; inerme ante los peligros naturales; ha perdido gran parte de su poder visual, auditivo y olfatorio; su tacto se ha reblandecido. Se ha alejado tanto de la naturaleza que, difícilmente, sabe distinguir a sus amigos de sus enemigos; ha debido formar una onerosa ciencia de lo que, por medio de sus instintos, habría sido un modo ordinario y corriente: la cura de sus males físicos.

Si para todo esto y mucho más, hubiera mantenido en acción la parte instintiva, perfeccionada y en perpetuo avance, con apoyo de la racionalidad, habríamos tenido al hombre perfecto, al hombre normal que, si en el estado actual de las cosas apareciera, vendría a ser un "super hombre".

Porque, aunque ciegos, los instintos pueden estar sujetos a educación y son adaptables. Demás es esto conocido en el estudio de los animales, para que me detenga a demostrarlo.

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Desgraciadamente, el hombre siempre ha tenido la tendencia unilateral en sus operaciones. En la prehistoria, como dije, fue puramente instintivo; ante los primeros vestigios de razón, despertó el espíritu de comodidad, que inició la muerte del instinto. Quizá si el efecto primario del pecado original, como secuela del "ganarás el pan con el sudor de tu frente", consistió en esta aversión al trabajo y, el desarrollo unilateral fue fruto de la comodidad, nacida por el uso de artefactos que facilitaba la labor.

Así pues, en la medida en que se iba acrecentando el dominio intelectual en su creciente manifestación, fue declinando la vida instintiva que, ha terminado casi por desaparecer substancialmente, salvo en los instintos vitales, con la consiguiente atrofia de los correspondientes órganos, debido al no uso.

Con toda certeza, porque así lo indica el lógico raciocinio, hubo generaciones en que el instinto y la razón estuvieron en equilibrio y ésta debió ser la Edad de Oro de la humanidad, en el sentido de que, si se hubiera sostenido ese equilibrio y, de allí hubieran partido los progresos, hasta llegar a nuestros días, habríamos tenido un hombre muy diverso y mucho más perfecto.

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La civilización que, de por sí, imprime su tendencia al medio ambiente, tuvo pues, un desarrollo asentado en esta unilateralidad. Si la especie no se hubiera despreocupado de sus instintos hasta hacerlos desaparecer, teniendo su atención fija únicamente en la razón, el rumbo seguido por ella, su historia, otro desarrollo habrían seguido. Porque la civilización, la cultura y el modo de ser y operar que nos peculiariza, son una de las múltiples posibilidades.

En los orígenes había dos rutas por seguir: o el desarrollo dual y paralelo de instinto y razón; o el unilateral del entendimiento. No propongo el tercer miembro, el de la unilateralidad instintiva, porque la razón, más tarde o más temprano, necesariamente, había de despertar.

Se tomó la senda de la exclusividad racional a medida de su crecimiento, aparecen, como es lógico, nuevas y cada vez más numerosas vías dicotómicas posibles. Se elegía una, la que estaba de acuerdo con la tendencia predominante, quedando en el vacío las demás. Por esto, ha habido múltiples civilizaciones simultáneas, distintas y hasta opuestas; de mayor duración unas que otras. Hoy en día, ello no es, prácticamente, viable, por la facilidad de comunicaciones e intercambio, que vuelven una sola a la especie humana, en el desarrollo de su vida, al igual que en su constitución.

Como se ve, en la misma raíz se destroncó la otra ruta, la de la dualidad, con sus innumerables bifurcaciones posibles.

En el estado actual de la civilización para tomar lo objetivo y palpado por todos, se hace sentir de una manera irredargüible la insuficiencia de energías y medios humanos ante la vida y naturaleza que le rodea.

Su modo de vivir artificial en un grupo poco menor que el absoluto, artificio que es fruto del desarrollo intelectual. Esto habla en su honor, en cuanto ha sabido aprovechar para su beneficio y comodidad las manifestaciones de la naturaleza, encerrándolas en leyes, de cuya aplicación ha tomado ejemplo para fabricar mecanismos que le sirvan, o bien, ha captado directamente esas manifestaciones, transformándolas en su provecho. Unilateralmente, la razón ha obrado maravillas.

También es artificial la naturaleza en que nada y se desenvuelve la vida del hombre; o sea, la ciudad. Ha debido amoldar su ser y operar a ese medio, fruto, igualmente, de su razón.

Todo esto y, de manera semejante, pudo tenerse con la dualidad de operación, con certeza, los adelantos habrían sido mayores, con una mayor adaptación, ya que se habrían conocido más profundamente las leyes naturales.

Ahora, en cambio, está en desventaja, a más del aspecto que he indicado, en otro más grave, que analizaré.

Unilateralmente, la razón ha ido en avance progresivo, dejando a una retaguardia cada vez más lejana, la vida instintiva; la manifestación animal. Ha acumulado inventos; ha deducido leyes y más aplicaciones. Pero hay una ley fatal, que es la ley máxima, la que no es posible eludir.

Todo en la naturaleza lucha por la existencia, con característica ciega, sin que importe la destrucción de otros. Esta ley tiene su contraste en el instinto individual de defensa y de conservación, suma de todos los instintos, los que, en su mayor parte, se hallan atrofiados en el hombre. La amplitud de dicha ley es ilimitada. La naturaleza, a la par que sabia, es ciega en sus manifestaciones.

El hombre no puede rehuir esta ley fatal, ni hay motivos para que escape a sus efectos, ya que, naturalmente, está dotado de los medios de defensa, los que ha perdido por atrofia.

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Con el progreso, trató el hombre de alejarse cada vez más de la vida según la naturaleza, haciéndola artificiosa. Hoy nos parece modo natural nuestra idiosincrasia, que está muy lejos de ello. No podemos vivir de otra manera, porque hemos perdido las defensas necesarias. Y así como artificial es la vida nuestra, artificialmente han debido crearse los medios de defensa.

Pero es el hecho que, a medida que ha avanzado el progreso material unilateralmente, con miras a alejarse de la naturaleza, se ha ido acercando más a ella, en cuanto a los efectos fatales de que hablé.

El modo de vivir es cada vez más complicado, con ventajas en un sentido: limitación progresiva de los medios directos. El maquinismo se impone e impera en todo orden, de manera que aún la parte racional sufrirá detrimento, pues unos pocos que se llaman científicos o sabios, piensan y actúan por el resto que, cual autómata, usa los resultados de sus investigaciones.

Esta complicación del vivir, viene a resolverse en una maraña con peligros en aumento, a la medida del progreso mecánico.

La vida social de las ciudades la podemos comparar, sin que signifique figura retórica, a la vida selvática del hombre primitivo.

El panorama es diverso: antes, selvas, rigores y ponzoñas, alimañas y fieras, etc.; actualmente, en las hileras elegantes de edificios que forman las calles, el peligro no es menor: la fiera en ese automóvil que, a cada segundo, cual fantasma se repite y que vertiginoso pasa a nuestro lado, la ponzoña, es la rarefacción del aire, producto de esa misma mecánica y ese sin fin de males que son la nota característica de la ciudad.

El hombre primitivo, para su defensa, tenía en pleno desarrollo un instinto de atención múltiple; un afilado mirar; un oído sutil; un olfato con dilatado campo de acción; un todo, en suma, que, sin él percatarse, le advertía del peligro.

El hombre de hoy carece de todo eso; su atención es lineal e ínfima y la pierde, como el más bajo de los vivientes, ante cualquier objeto que le atraiga un tanto; sus sentidos, apenas si pasan de lo rudimentario.

El avance técnico, en cambio, ha sido tal, de formar un complejo de difícil intelección, juntándose en sus efectos, con el del primígeno panorama. En este sentido, ha retornado el hombre a la selva, pero desarmado y sin orientación. La parte racional no le ha suplido suficientemente los medios de defensa; más bien, se los ha restado.

En la vida primitiva, se hallaba el hombre al contacto directo del sol, del aire y, en general, de los elementos; se sustentaba de los frutos que le brindaba la naturaleza misma. En consecuencia, su organismo, viviendo de acuerdo con la natural, se desarrollaba en la plenitud de sus formas y, por sí mismo, como cualquier viviente, encontraba los medios de cura, cuando le eran necesarios.

La civilización lo encerró en una vestimenta y en un espacio de aire medido geométricamente. La alimentación se ha refinado fuera de lo natural, no siempre en concordancia con las funciones orgánicas y las necesidades que marca la reconstitución de los tejidos. Muchas enfermedades, por ende, no habrían existido, si no se viviera en esta forma artificial.

Sea como fuere, por muy confortable que sintamos nuestra ropa; aun cuando se pretenda hacer ridículo y sorna del hábito contrario, íntimamente no podemos menos de reconocer nuestra inferioridad ante una generación, que no necesitó de tales complicaciones.

En cuanto a las enfermedades, verdad es que la racionalidad ha conseguido grandes triunfos, y necio sería desconocerlo; pero ¿de qué manera? Volviendo sus ojos a la naturaleza; exprimiendo de ella, a ciegas en múltiples ocasiones, las fórmulas de mejoría. Mas, la especie misma, pese a todo, ha ido en descenso, siendo la que representamos hoy, mucho más feble que las anteriores y, así sucesivamente. Ya se avanza como un hecho de futuro próximo, sin embargo, que con los medios poseídos por la ciencia y los triunfos que ella está alcanzando, se logrará asentar la perfección de la vida orgánica. Es lógico preguntarse ¿a qué no habría llegado el hombre si hubiera desarrollado la modalidad dual operativa, en mutua correlación?

Los instintos, como más arriba lo indiqué, son capaces de educación y de adaptación. Si esto ocurre en los seres puramente irracionales, en los que son el todo, con mayor razón habría sido posible en el hombre, en quien la razón habría servido de guía y captadora directa de parte de su propio ser, como capta las manifestaciones externas.

Si no hubiera perdido el hombre su capacidad de atención múltiple, su sentido de orientación y ese algo indefinido que existe en los animales para comunicarse a distancia y que, por excepción, aparece en algunos individuos humanos en forma de telepatía, operación netamente orgánica ¿de qué no habría sido capaz?.

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Sin lugar a dudas, de haberse sostenido el equilibrio, la humanidad habría avanzado con paso más seguro y mayor rapidez y, sus avances habrían encontrado el aporte orgánico, a la par que el del espíritu.

La racionalidad pierde muchas de sus energías en suplir a la parte instintiva, no siempre con eficacia, ya que, al fin y al cabo, no es esa su función innata. El hombre tiene doble constitución: doble operación por ende. Perdió una de estas; debe pagar las consecuencias; penosas consecuencias, sin duda.

Quizá si sea posible, pero para ello se requeriría muchas generaciones, quizá si el género humano recupere lo perdido, dando, rudimentariamente primero, función a sus órganos atrofiados, los que deberían evolucionar progresivamente. No sería un imposible, ya que se trata de volver a conseguir lo que, por naturaleza, corresponde.

Ciertamente, si algún día llega a existir el hombre íntegramente perfecto, éste tendrá que poseer entre sus facultades la de la operación dual: la orgánica completa, conjuntamente con la racional.

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La noción de hombre

Cada uno de nosotros es hombre. Estamos rodeados de hombres y, cuán difícil, sin embargo, es dar con el Hombre. Diógenes, en otra época, lo buscó por las calles y plazas de Atenas con un candil encendido, sin hallarlo.

Pero no es mi intento seguir los pasos del filósofo de la Escuela Cínica, sino que, al hacer la aseveración con que inicié estas líneas, me refiero a la definición de Hombre.

Como un paréntesis, quiero dejar en claro, que el objeto de Diógenes, al hacer uso de su filosofía del sarcasmo, en la forma que dejé indicada, no pretendió ir en busca del hombre a la manera que corrientemente concebiríamos; esto es, uno inteligente, íntegro, honrado, sin dobleces; un verdadero hombre moralmente. No; Diógenes inquiría al hombre filosófico, ante el cúmulo de definiciones encontradas que proponían de él las distintas escuelas dialécticas. A tal punto llegaba la verdadera confusión de las controversias, enardeciendo los ánimos, a semejanza de lo que ocurrió en la Edad Media con los Universales, que Diógenes daba a entender con su candil encendido a plena luz del día, que ya nadie sabía lo que era específicamente, habiéndose hecho la penumbra en los cerebros con esa confusión.

La Historia presenta innúmeros casos como éste, de tergiversaciones en la intención anecdótica.

Múltiples, como insinué, han sido las definiciones de hombre, dadas por los filósofos. Alguien dijo: "Sujeto pensante"; otro, "Animal social"; "Animal que emite sonidos articulados". Hubo un filósofo que lo definió como "Bípedo sin plumas". El humorismo de Diógenes el Cínico, no pudo quedar ocioso y, en medio del círculo que formaban los discípulos de ese flamante filósofo, arrojó un pollo desplumado, presentándole a su Hombre.

Desde el punto de vista filosófico, como digo en otra parte de esta obra, la noción de hombre, reducida a sus elementos esenciales, se ha expresado con acierto por Aristóteles, diciendo que es "Animal racional".

Encuadra con las características de la definición, que tiene un proceso de simplificaciones, al modo de las matemáticas, hasta llegar a los factores más elementales. En sus últimos elementos, debe comprender a todo y sólo el definido.

Sin lugar a dudas, se trata de la definición dialéctico-biológica de hombre, la más exacta que se haya elaborado. De hecho, con ella queda inmediatamente localizado el ser humano en la escala de los seres, con exclusión de cualquiera otro existente.

Ontológicamente, sin embargo, estimo diferente la situación. Pierde su exactitud la definición; pasa a denominar tan sólo, un género en el que caben muchas especies.

En efecto: animal racional, indica un opuesto de animal irracional. Esta última condición abarca innumerables especies, cada una de las cuales se distingue substancialmente entre sí, en contraposición a la racionalidad.

Cae perfectamente dentro de lo posible, una especie racional, de morfología orgánica canina, felina, equina, o de otra naturaleza. Ninguna de ellas sería la humana, aunque igualmente racional. Se trataría de diferentes especies, dentro del género de racional.

Podemos, no obstante, estar tranquilos, pues, afortunadamente, en este mundo en que vivimos, no existe especie alguna capaz de cobrarnos participación de nuestra racionalidad.

¿Será, por el contrario, esta afirmación última, fruto de la obcecación y soberbia a que ha llegado la especie humana?

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Que es la obscuridad

Antro impenetrable de tinieblas; negrura del ambiente; noche espesa; sensación acromática de color; negación de color. Hablan el poeta, el hombre corriente, el biólogo y el físico.

Para el cultor del bello pensamiento, la obscuridad simboliza la tristeza y soledad del alma; la muerte, que es negación de toda actividad.

Para el hombre que sólo palpa los hechos, sin inquirir las causas, ni buscar interpretaciones, se trata del color negro que invade todo un ambiente.

El físico, que indaga el origen de los fenómenos, no cual objetivamente los aprecia el observador, sino cual aparecen objetivamente, ve en el color negro, un cuerpo que absorbe toda la energía que recibe; la obscuridad, para él, es la ausencia de esa energía, aúnen cuerpos o grupos de cuerpos que, de recibirla, la reflejarían en determinada intensidad. Desde el punto de vista del físico, el color negro y la obscuridad por ende, no son visibles. En la obscuridad nada se ve: no hay, en consecuencia, problema. En lo que respecta al color negro de los cuerpos, en la realidad, no existe sino como gris más o menos intensificado; y, en cualquiera de los casos, el objeto negro se ve nada más que por el vacío que deja la percepción de los otros cuerpos del ambiente.

El biólogo, en cambio, presenta el fenómeno de muy distinta manera; tal, que aparece como contradiciendo al físico, pero tan sólo en apariencia, debido al diverso plano en que se coloca.

El biólogo, para apreciar la luz y los colores, no parte desde su punto de origen objetivo, desde la fuente de donde emanan, sino del órgano que recibe las sensaciones del ojo.

Desde este punto de vista, el color negro y la obscuridad, no son "invisibles"; impresionan, por el contrario, positivamente la retina. Se perciben, produciendo, en consecuencia, una sensación. Y como no existen las sensaciones negativas, se deduce que las producidas por la obscuridad y el negro, son tan positivas como las de color. Para el biólogo, la obscuridad "se ve".

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¿Qué es la luz? ¿Qué el color?

¿Es la vibración del éter, como se ha dicho?

¿Es, en cambio, transmisión corpuscular, como sostuvieron los antiguos y el mismo Newton y, como vuelven a afirmar algunos modernos, basados en la radioactividad?

Sea como fuere, nada hay fehacientemente establecido. Acerca de su naturaleza, relacionada con la visión, voy a afirmar una paradoja, una aparente herejía física: la luz, en sí, es "obscura"; la superficie de los cuerpos que se interponen en su paso, la hace "luminosa".

Lógicamente entonces, llegamos a la conclusión de que los espacios siderales, aunque bañados de luz desde todas direcciones, ya que nacen de ellos los astros, fuentes de energías luminosas, son absolutamente obscuros.

Para probar la aseveración anterior, supongamos una cámara herméticamente cerrada, con un pequeño orificio en un lado y otro correspondiente en el opuesto. En la cámara se habrá hecho succión absoluta de todas las impurezas del aire, a falta de vacío. Nosotros dentro de la cámara. Hagamos pasar un haz de luz por uno de los orificios y, yendo directamente al del lado opuesto, salga sin tocar las paredes. La cámara permanecerá obscura. Interpongamos nuestra mano o algún cuerpo colorante en el paso de la luz; el objeto o la mano se iluminarán, refractando los rayos a las paredes de la sala, dejándola en luminosidad difusa.

¿Qué es, entonces la luz? Parece que la experiencia indicada hace perder fuerza a la teoría corpuscular, manteniendo en pié la vibratoria de un elemento, llámese como se quiera y, a falta de otro nombre, persisto en denominarlo éter. Con los aportes actuales de la ciencia, podemos presumir que ese elemento éter, forma lo que debería llamarse el cuarto estado de la materia. Ya Faraday, un siglo atrás, adelantándose a su época supuso este cuarto estado, que llamó "materia radiante", sin precisar su estructura. La naturaleza electrónica de los átomos y los fenómenos de la radioactividad, han confirmado tal suposición; este estado de la materia debería llamarse de "disgregación de la materia", en oposición a los otros tres: sólido, líquido y gaseoso, que guardan cohesión molecular y atómica. Ese cuarto estado estaría constituido por los elementos más simples, los electrones en cuanto tales, cargados de electricidad, sin formar cuerpo definido. Llenarían todo el ámbito del Universo, infiltrándose en todos los vacíos ínter electrónicos y iónicos de los átomos.

Así pues, la luz, en la superposición de su naturaleza vibratoria, puede consistir en la vibración de electrón a electrón, como también puede ser efecto de carácter eléctrico o magnético; me inclino a lo último, pues me parece más natural como transmisión energética o electromagnética que como choque, ya que éste supondría siempre una energía como medio. Se trataría entonces, de intensidad energética de la emanación. Sería un caso semejante al presentado por una corriente eléctrica, en la que, a mayor intensidad, más blanco es el color de la luz, bajando de tono cuando es mínima.

Dejo a los físicos la labor de darme la razón o de negármela.

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Decir luminosidad implica la afirmación de colorido. No es la luz la "colorada", sino las cosas que la reflejan; lo es la luz que llega al ojo refractada por un cuerpo.

El color, pues, es la percepción visual de la diversa intensidad con que se imprime la luz en la retina. Como en las cuerdas auditivas, las distintas intensidades del sonido, dan como coeficiente la escala de los tonos, en el ojo, esa intensidad se resuelve en color.

Se ha dicho por algunos, que el color blanco en sí, no sería un color, sino el haz de conjunción de todos los colores; lo que se comprueba por medio del espectroscopio que, reparte separadamente los diferentes colores que lo forman.

En parte hay razón en lo afirmado. Digo, en parte, porque es menester distinguir dos colores blancos, como dos escalas correspondientes de colores: la cromática y la acromática. La primera es la constituida de la manera indicada; es la que emana de la fuente solar; es la corriente en los objetos; la que tiene la escala de los colores. El blanco de esa escala, no es más que la intensidad máxima y que, a medida que se disminuye, o bien se refracta por medio de un prisma, va dando un color diferente, o todos a la vez, repartidos en diversa intensidad.

Lo ocurrido con este blanco de la escala cromática, comprueba la teoría expuesta, acerca de que no es tanto la vibración en sí, sino la intensidad, lo que provoca el color, pues está comprobado en el laboratorio que la sensación de blanco puede ser producida por una luz colorada cualquiera, con tal que se aumenta suficientemente la intensidad.

Hay, no obstante, como lo insinué, otra manera muy diversa de alcanzar el color blanco, paralelo al otro. Es el de la escala acromática; o sea, la del "gris-blanco". Este blanco se consigue en los objetos, por medio de la mezcla de dos colores complemetarios monocromáticos, que aisladamente darían a la retina un color espectral: rojo, amarillo, etc.; pero que juntos, se neutralizan, dando blanco. Como sensación, tiene lugar al reflejarse en el ojo la luz solar desde un cuerpo que es físicamente blanco, esto es, que no absorbe nada de la luz solar incidente, sino que la refleja totalmente.

Volvemos a los mismo; la sensación de color no la da de sí la luz, sino el reflejo de los cuerpos, según la cualidad de absorción lumínica. Los objetos son visibles por medio de la luz que reflejan y a la medida del reflejo, produciendo la sensación de determinado color.

El haz blanco acromático, pasado a través del espectroscopio, no refracta los rayos de diversos colores como el cromático.

La intensidad es la misma en ambos, casi diría que es mayor en el acromático, pues el de la escala cromática, prácticamente, no se da nítido; es más amarillento que el otro, o violado, cuando sale de una luz de arco.

En el cromático, la menor intensidad, por la absorción de los cuerpos, se resuelve en distintos colores; en el acromático, tiene su resolución en el color gris, cada vez más intenso. En ambos, la intensidad ínfima, termina por dar el color negro.

La escala acromática es la que presenciamos en la fotografía, en la que, los diversos tonos de gris, reemplazan a los colores naturales.

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Así pues, la luz es algo objetivo; el color, en cuanto tal, parece más bien fruto de la percepción. No podemos decir, proponiendo una comparación, lo que diríamos de una página escrita, que, aunque por nadie sea observada, aun cuando permanezca cerrado el libro que la contiene, continúa escrita. Las cosas, o más exactamente, la superficie de los cuerpos, no son colorados, sino que tienen el poder de coloración, dado por el órgano óptico; como tampoco el sonido existe, más que es el oído que lo percibe.

La luz, aun cuando "obscura" si un cuerpo no se le interpone, no es igual en este aspecto, que la obscuridad. Un espacio bañado por la energía lumínica, tiene en sí la potencia de colorar los cuerpos. Si ese espacio, por el contrario, está quieto, sin la transmisión de tal energía será difícil que los cuerpos se coloquen en él. La obscuridad, por ausencia de excitante, en oposición a la obscuridad con potencial latente de "luminosidad", es la negación.

Si pasamos al color mismo, la mayor o menor intensidad, hace variar el tono, tanto que, estrictamente hablando, el color no es más que "uno", con diferentes "matices". Los percibimos y denominamos como diversos fundamentalmente, porque en la realidad los "matices" no se nos presentan en la continuidad de la escala, sino de manera que uno está a gran distancia de la intensidad del otro.

Ese matiz, que viene a ser la esencia del color para el físico y que, para el biólogo es la sensación positiva de lo acromático, lo llamamos negro.

Ahora bien; vemos el color y percibimos también positivamente su ausencia. Lo negro, la obscuridad impresionan la retina, producen una sensación. El ojo humano está en actividad asimismo cuando está cerrado, pues los párpados no son lo suficientemente opacos como para negar toda sensación. Ocultan el exterior, pero dejan la percepción de obscuro. Sólo en el sueño, el órgano óptico está en reposo y por la razón de que el sistema nervioso se ha "desconectado" de los órganos sensoriales.

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En estas condiciones y, teniendo presente todo lo dicho, preguntémonos ¿qué es la ceguera?

Se ha identificado al ciego con el ser que nada entre las tinieblas. Para nosotros, los afortunadamente normales, la concepción de ceguera se identifica con la obscuridad que percibimos con los ojos cerrados. Nuestra concepción, es sólo de analogía, porque así como al ciego de nacimiento es imposible que pueda concebir la luz, también lo es para nosotros la apreciación exacta de la ceguera. A pesar de ser conocimiento de analogía, comúnmente se afirma como si fuera real.

Se trata de una concepción errónea.

Debemos, sin embargo, aclarar un tanto. La ceguera puede ser de doble naturaleza: funcional u orgánica. En la primera, puede tratarse de entorpecimientos en la función de ciertas partes del órgano óptico, como cataratas, u otras, sin que los nervios sensoriales se hallen afectados. En tal caso, puede ocurrir que haya verdadera sensación de obscuro, a semejanza de cuando se tienen cerrados los párpados. Entonces se "ve" color negro, obscuridad.

En los casos de ceguera orgánica, en los que están dañados los órganos sensoriales, hay absoluta ausencia de visión. Si la ceguera orgánica ha sobrevenido en edad en que ya caben los recuerdos, es posible que ocurra el caso que Bergson llamaría de "recuerdos-imágenes", produciéndose una especie de espejismo subjetivo, sin sensación.

Cuando se trata de ceguera orgánicas innatas, tenemos lo que podríamos llamar la ceguera "absoluta". En estos casos, no es posible percepción alguna, ni siquiera imaginativa.

El ciego de nacimiento no ve "luz" ni "sombra", "color" ni "obscuridad". Literalmente, no ve nada. Es en él tan absoluta la no sensación visual, como para nosotros, personas normales, si introdujéramos nuestra mano en un cofre ¿qué veríamos con ella? ¿Tendríamos siquiera la sensación de obscuro?. Habría una ausencia completa de toda sensación.

Podríamos preguntarnos: ¿No será, entonces, mucho más terrible y tétrica de lo que imaginamos la situación del ciego? ¿O por el contrario, esta ausencia absoluta, esta especie de nirvana visual, será más bien, un don positivo, ya que no se puede desear lo que ni siquiera concibe?

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Ciencia y cientismo

Se ha descrito y pintado la Ciencia como una joven hermosa, de facciones severas, a la par que serena en su actitud; de amplia e ilimitada frente y, con ojos de agudeza y penetración escrutadora.

La ciencia es el conocimiento de las cosas por sus causas, según la han analizado los filósofos; es, por ende, curiosa de naturaleza; pero su curiosidad es encaminada a un fin, persigue un algo definido, trascendente.

Porque es indagadora; porque busca la razón de las cosas y fenómenos, se cimienta en el raciocinio. Este, de inducción, o deductivo, supone ilación, proceso de efecto a causa, o vice versa.

La intuición como tal, no es parte de esta ciencia investigadora. Viene a ser como una fotografía, cuyo papel consiste en presentar un objeto al entendimiento. Para no caer en confusiones, he de explicar una pseudo forma de conocimiento intuitivo. Porque no pocas veces, la intuición es aparente, representando una ilación de rapidez suma, que da la creencia de una verdadera iluminación instantánea.

La luz, por ejemplo, en su vertiginosa carrera de 300.000 kilómetros por segundo, da la impresión de estar simultáneamente en ambos extremos, el de la emisión y el de la percepción; efecto de apariencia, pues hay un espacio recorrido, grande o pequeño, aun cuando mínimo sea el tiempo de demora. Semejante es el caso del razonamiento de morfología intuitiva: existe una ilación, recorrida con la rapidez de la luz, apareciendo como conocimiento inmediato. En otras oportunidades existe un paso por sobre premisas que, asimismo, presenta el conocimiento de los caracteres de intuitivo. Ocurre que, en esas premisas, por demás conocidas y guardadas como ciertas, no para mientes el entendimiento y la ilación, apenas si se posa en ellas, como las golondrinas, al rozar débilmente su pecho en la superficie del agua.

Hay un conocimiento con caracteres peculiares: el de la evidencia, que es intuitiva, por cuanto es reflejo directo de la verdad sin ulterior comprobación; es certeza por sí misma; si se tratara de demostrarla, habría de caerse en un círculo vicioso. Cabe acerca de ella una pregunta ¿Constituye ciencia en el sentido indicado?

La evidencia más que conocimiento científico, es la base en que se sustenta la ciencia. En efecto, ésta, partiendo de causa a efecto o de efecto a causa, ha de asentar un pié en terreno absolutamente firme, para no caer mientras levanta el otro en requerimiento de nuevo apoyo. En otros términos; debe comenzar desde conocimientos perfectamente comprobados.

Así como avanzamos en las deducciones, podemos también efectuar un análisis de retroceso acerca de las mismas. Si en tal forma procedemos, nos hallamos ante el hecho de que cada deducción ha ido basándose asimismo, en principios de anterior comprobación, hasta llegar al estadio en que una verdad, necesariamente, se sustenta en sí misma; en la percepción directa, en el unánime consentimiento. Ella es evidente. Allí se detiene el raciocinio humano, no siendo con verdad objeto de pruebas. Simplemente es así, porque así la vemos o percibimos.

Tal es el proceso psíquico del conocimiento, como consecuencia de su desarrollo en el ser humano, ya que debe pasar de los órganos sensoriales al cerebro retentivo y selector y, de allí al entendimiento, para reiniciar la curva de otras experiencias. O sea, al sistema deductivo e inductivo, son efecto del procedimiento cerebro-intelectual.

En un entendimiento puro, ajena a toda subordinación orgánica, la forma de conocer sería exclusivamente intuitiva, inmediata, de evidencia. Las ideas pasarían (lo digo no como semejanza, sino a modo de aclaración) a ser como sensaciones espirituales, sin requerir la ilación inductiva o deductiva. Mas, como es natural, al hablar de la ciencia, lo hago refiriéndome a lo que en la especie humana ocurre.

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Por desgracia, esa joven hermosa, severa y serena, con el nombre propio de Ciencia, suele recubrir su natural belleza con afeites de artificio; se torna coqueta y pagada de sí misma, con una soberbia que la hace auto erigirse un pedestal, a cuyas gradas llegan reverentes sus admiradores, adorando más la seducción de su coquetería, los colores hábilmente distribuidos ante el espejo, que los dones naturales que le son inherentes. Se convierte en cientismo; en idolatría de la ciencia.

Es ella la misma; pero tantas alabanzas ha escuchado, tantos requiebros a su hermosura que, sumiéndose en un verdadera espejismo, se apropia ella también de esa parte superpuesta de beldad y se siente dueña y dominadora de cuantos le rinden pleitesía.

Ciencia y cientismo. La primera es mesurada; reconoce existencia y derechos a otros aspectos del vivir; comprende que es un rodaje en el todo y sabe que sus raíces reciben savia extraña, ya que, colocada en su lugar, se considera como manifestación de una inteligencia y la captación de leyes, cuyo fundamento está fuera de sí.

El segundo, en cambio, es exclusividad; viene a ser como un histérico intelectual, celoso, absorbente. Lo quiere para sí y reniega de cuanto se le aleje.

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La ciencia conoce, deduce, forja leyes y las aplica.

En este papel, puede distinguirse como conocimiento y como sistema.

Un determinado conocimiento supone investigación con base en otros, ajenos en su origen al investigador de ese instante; de sabios contemporáneos o pasados.

Así, Copérnico, en el siglo XV, por observaciones indirectas y especulativas, sostuvo la teoría de que los planetas tienen movimiento de rotación y traslación. Kepler, un tiempo después, fijó las leyes de estos movimientos. Galileo, su contemporáneo, dio la razón para fundar esas leyes, con su ley de la gravedad y atracción terrestre; como también por la comprobación del péndulo, haciendo sus veces una lámpara de la catedral de Pisa, sostuvo el movimiento de traslación de la tierra y no del sol, según se sostenía hasta entonces. Newton, nacido el año de la muerte de este último, trasladó la ley de la gravitación a todo el sistema planetario, dando explicación definitiva a las leyes de Kepler. Cavendish, en el siguiente siglo, aplicó esta gravitación a los cuerpos, avanzando un largo paso en la explicación científica. Hoy en día, esta misma ley se sostiene para las diferentes partes de un mismo cuerpo, explicando la cohesión; y, la misma teoría electrónica, no habría podido explicarse sin ella.

En otro terreno, tenemos que la mecánica logró desarrollarse, implantando tendencia definida a toda una era, con el descubrimiento de la fuerza del vapor. Hasta entonces, las máquinas existentes eran movidas directamente por la energía humana, por sistemas de molinos de viento, o bien, aprovechando la fuerza hidráulica en desnivel. Como consecuencia de que estos medios propulsores no eran de gran potencia, las máquinas no podían construirse de materiales muy pesados, por lo que el metal muy poco se usaba y ellas habían de tener una aplicación reducida.

En perspectiva la fuerza del vapor, cambió totalmente el panorama.

Papin, a fines del siglo XVIII, construyó la primera máquina a vapor, quedando como una novedad experimental. Luego Santiago Watt ideó una de doble efecto, que vino a revolucionar totalmente el sistema mecánico. Fulton la aplicó a la navegación y Stephenson, con su locomotora, al transporte terrestre. Fueron multiplicándose las aplicaciones, hasta llegar a la era netamente mecánica que caracterizó al siglo pasado.

Paralelamente, empezó a desarrollarse otra tendencia, la de la electricidad. Sus efectos fueron ya observados, de antiguo, por los griegos de la era precristiana; los comprobaron ante el hecho de frotarse un trozo de ámbar, que adquiere poder de atracción magnética. Al fenómeno dieron el nombre de "electrón", palabra griega que corresponde a la denominación de ese cuerpo.

Paulatinamente, fueron desarrollándose los conocimientos de esta fuerza eléctrica, siempre por el sistema de la frotación. En la Edad Media se inventaron diversas máquinas eléctricas, que aún hoy son objeto de estudio en la Física; pero conservó la electricidad su carácter estático.

Galvani, en el siglo XVIII, de manera casual, experimentando en el laboratorio con una rana, captó cómo se movía el cuerpo muerto del batracio al contacto de los barrotes de una ventana, cuando lo tocaba con un trozo de metal. Dije captó, porque muchos antes que él pudieron comprobar este hecho, mas sin prestarle atención para indagar las causas. Sentó la hipótesis de que existía fuerza eléctrica animal.

Volta, más tarde, al repetir la experiencia comprendió que la suposición de Galvani era falsa. La electricidad era producida por agentes externos; dos metales de distinta naturaleza, en agua acidulada. Nació de allí la pila eléctrica; la modesta pila eléctrica. Con ella tuvo su cuna la electricidad dinámica; la electricidad como potencia y movimiento. La electricidad podía transmitirse.

Empezaron las aplicaciones; el telégrafo, el teléfono; el electroimán; pero la principal de ellas para las modalidades industriales, el motor eléctrico inventado por Gramme, agregando a la electricidad el nuevo papel de fuerza motriz.

Calczechi, Branly y Hertz hicieron experiencias sobre la propagación de las ondas eléctricas, las que aprovechó Marconi avanzando, no sólo en la propagación de esas ondas, sino en la forma de captarlas, para lo que se sirvió del aparato de Tesla, aplicación a su vez, de la botella de Leyden. Nació la radio telegrafía, telefonía inalámbrica y televisión.

La electricidad habría ahogado casi completamente, sin duda, a la mecánica, si ésta no hubiera tenido un nuevo impulso que la salvó de la decadencia, permitiéndola compartir en paridad de condiciones con la electricidad el dominio de la era. Ese impulso halló su base en el petróleo y los motores de explosión que vinieron a suplir en parte considerable la energía del vapor y, que ha evitado que las investigaciones se tuerzan hacia la búsqueda directa de la energía eléctrica independientemente de esos medios.

La tendencia de nuestra época es, ciertamente, la electro mecánica, con miras de prevalecer la electricidad. Las posibilidades de ésta, pese a todo el progreso que en ella presenciamos, puede afirmarse que están en pañales; que apenas si se ha abierto la tapa de su historia, que la posteridad continuará leyendo.

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Lo dicho basta para deducir que un progreso se sostiene en muchos factores anteriormente establecidos, uno a uno, hasta influenciar a una época entera y que, quitado ese sostén, cae igualmente ese nuevo avance. En escala ascendente, pues, como piedras que se van colocando para constituir un muro, la ciencia, desde un comienzo, ya con el primer chispazo de ingenio inventivo, es la misma, con crecimiento en altura y base en los aportes anteriores.

Cuando todos los granitos que forman la muralla, están más o menos a igual nivel, entonces existe una tendencia determinada, definida, como la nuestra, electro-mecánica.

Cada época, cada siglo, en cuanto al estado de su ciencia, es hijo legítimo del que le precedió y, así en forma retro-sucesiva.

Demos un brusco salto hacia atrás, en muchos siglos, eras y civilizaciones; salto que nos lo probará palpablemente.

Este raciocinio lo utilicé en otra parte, en relación con los avances del conocimiento humano en general y, ahora me serviré de él en cuanto a la ciencia concierne.

En los albores de la civilización humana, los objetos de gran peso, que no era posible cargar sobre los hombros, habían de arrastrarse. Luego el hombre domesticó animales de mayor fuerza que la suya, sirviéndole con ventajas.

¡Cuántos siglos, quizá, transcurrieron en forma estacionaria, arrastrando los animales los objetos pesados, sobre ramas o tablones, a guisa de trineos!

Alguien, generaciones más adelante, ideó levantar las puntas de esos trineos que se enclavaban en el suelo, o en los obstáculos de los senderos. Fue un gran paso, sin duda, que aminoró el esfuerzo.

Centurias pasaron, hasta que surgió otro hombre, con la aureola de genio, en ese ambiente de sencillez primitiva. Cavilaba, de seguro, sobre ese sistema de transporte, que palpaba deficiente, pero sin dar con algo mejor. Acaso si, sentado sobre un tronco, contemplaba distraídamente el juego de los pequeñuelos, que se entretenían en hacer rodar livianos troncos de un lado para otro. Maliciosa y bonachonamente, sonreía ante la inconsciencia de sus años. De pronto, una idea surca relampagueante por su entendimiento; una idea luminosa que habría de determinar el rumbo de toda la civilización humana en el futuro.

¿Sería viable efectuar el transporte por ese medio de rotación, en lugar del de arrastre, hasta entonces conocido? Nació la concepción de la "Rueda". El movimiento rectilíneo de los trineos, iba a trasformarse en el curvilíneo de rotación.

Innumerables experiencias infructuosas precedieron, cual en todos los grandes inventos ocurre, a la implantación del nuevo sistema. ¿Cómo conectar ese tronco partido, que fue la primera rueda, al tablón de arrastre? ¿Cuánto demoró el inventor o los inventores, en idear el eje fijo, en el que giraría la rueda? ¡Qué de burlas no soportaron, ciertamente!

Es el de la rueda, uno de los mayores inventos que conoce la humanidad y que demarcó tendencia y sistema a la civilización.

Hoy en día, después de tantos milenios, todos los progresos de nuestra avanzada civilización material, se sustentan en esa rueda, de tan humilde cuanto añejada alcurnia.

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Un aspecto o rama de la ciencia que ha adquirido actualmente preponderancia enorme por sus adelantos, es la Medicina y, con ella, las ciencias naturales, sea para servirla, sea de manera independiente.

Nunca más que ahora, el hombre se ha preocupado de su salud física, no ya para curar las enfermedades, una vez declaradas, sino para prevenir las probables; nunca como ahora, por otra parte, ha estado expuesto a los males, como consecuencia del modo de vivir de nuestra sociedad.

Los avances de la Química, la Mecánica y la Electricidad, con sus derivados, dieron a la Medicina nuevas armas, de las que antes estaba desposeída, por lo que, no ha hecho otra cosa, que aprovecharla sabiamente en beneficio del género humano.

La "ciencia médica", cual hasta ahora se ha practicado, sigue la tendencia general del moderno sistema científico, que es inductivo, de efectos a causa; o sea, el experimental. Lo que verdaderamente de científico tiene, desde el punto de vista deductivo, de causa a efecto y, que no le corresponde con el carácter de exclusividad, es la Anatomía, por cuanto es invariable, netamente conocida. La misma Fisiología, por el contrario, rama complementaria del saber anatómico, no puede vanagloriarse de ser conocida con certeza absoluta, ni que estén comprobadas las funciones orgánicas, hallándose cada día nuevas y, rectificándose algunas que, hasta ahora, se tenían como inconmovibles.

La Medicina, en su actual método, tanto en la Patología, como en la Terapéutica, parte de hipótesis que se sostienen mientras llegan nuevas y mejores a desplazarlas. Todas son teorías, ninguna de las cuales está perfecta e irrevocablemente establecida y, de allí parten las aplicaciones.

No afirmo lo estampado en su descrédito, sino para puntualizar y dejar las cosas donde corresponde.

La cirugía, tenida como arte más que ciencia es, en cierto sentido, plenamente científica, pues, aun cuando en su aplicación, guarda las modalidades del arte, parte de causa conocida a efectos. Es, eso sí, en su aspecto científico, subsidiaria de la medicina clínica, incompleta e imperfecta, ya que el papel de la ciencia es constructivo y ella es destructiva. No viene pues, a ser sino una rama que suple y de manera negativa, las deficiencias de la Medicina.

De Hipócrates acá, ha ido en continuo avance, dentro de las modalidades de cada época; infiltrada de supersticiones en algunos; negando, en otras, toda intervención a lo que no procediera de sí misma.

La marcha ascendente ha sido continua, pero no isócrona, pues, incontables veces, ha rechazado principios de una época, para luego, con el aporte de nuevas investigaciones, volver a sustentarlos.

La teoría de la transmisión de las enfermedades, por ejemplo, desde los humores de los antiguos, pasando por las "materias infecciosas" que corroen, hasta llegar a las bacterias como origen patológico, ha tenido viscisitudes. En cada época, la teoría generalizada se ha tenido, orgullosamente, como definitiva. No obstante, llega una nueva a mejorar la solución de los problemas que surgen.

El estado actual de la ciencia médica, en este punto, no escapa a lo aseverado. Hoy, con las experiencias de Pasteur, se buscan las bacterias como origen de las enfermedades. Sin embargo, pasado el encegamiento deslumbrador de los primeros instantes, se levantan ya algunas dudas ¿Qué son las bacterias? ¿Son ellas la enfermedad, o simplemente, portadoras del mal? Este interrogante no encuentra aun respuesta y, quizá si ciertos tipos de enfermedad todavía no hallen cura cierta, porque las investigaciones se empeñan en buscarles origen unilateral microbiano.

La Medicina, sin guardar integralmente la característica de ciencia, en el aspecto deductivo, de causa a efecto, se vale de sus medios para las investigaciones. Esto es, se apoya en teorías que, momentáneamente toma como postulados, prestándoles la firmeza artificial de la suposición, que hace las veces del convencimiento y, de allí, edifica por medio de observaciones.

Me he detenido en la Medicina, por tratarse de la ciencia aplicada que tiene en nuestra época auge preponderante, al punto de constituir para muchos, el summum de la ciencia y, porque, ella analizada como padrón y ejemplo, vale lo dicho para cualquiera otra.

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Veamos lo que ocurre con el conocimiento especulativo puro, vale decir, la Filosofía.

Ella es ciencia, pues parte del principio primario, realmente establecido: la Evidencia; principio que puede formularse subjetivamente por medio del Cartesiano: "pienso, luego existo"; u objetivamente, desde el punto de vista perceptivo, de la evidencia objetiva de las cosas: "percibo (existencia previa del no yo), luego las cosas existen".

De este primer principio de la Evidencia, va la Filosofía deduciendo conclusiones que, a la medida de su multiplicación, se ramifican con alejamiento del tronco y merma en la consistencia, por ser ramas cada vez más débiles. A ello se debe que existan múltiples sistemas y escuelas filosóficas; lo que en forma alguna significa que la Filosofía en sí, sea múltiple y, por ende, falsa; sino que es menester buscar entre esa maraña, la recta y segura senda de la verdad.

Las escuelas filosóficas estuvieron o están influenciadas por un determinado tinte, que las penetra por entero: unas son materialistas y espiritualistas las otras. De entre las primeras, éstas son estáticas, o sea, toman la materia como masa inerte y, aquellas energéticas, teniendo la esencia de la materia en un cúmulo de fuerzas en perpetua acción y movimiento. Las espiritualistas, que conciben un algo distinto a la materia y superior a ella como su causa y que, por consecuencia, ven a una inteligencia máxima, como origen de todas las cosas, bien son subjetivistas, o en otras palabras, para ellas la ciencia no puede salir de quien investiga, ya que sólo puede asegurar la propia percepción e intelección, sin que le sea permitido avanzar que así sea la existencia real de las cosas; bien son realistas, esto es, afirman que lo percibido existe en sí tal cual llega a nuestro conocimiento, sosteniendo la veracidad de los sentidos externos.

Desde los orígenes de la Filosofía, se investigaron las causas y la constitución esencial de lo existente. Ya entre los primeros filósofos griegos, surgió el materialismo, con Heráclito y Demócrito; una especie de idealismo amorfo con Pitágoras; el panteísmo con la escuela Eleática; Leucipo y Empédocles sostuvieron la existencia de átomos con carácter dinámico. Más tarde sentó sus reales el animismo, con Sócrates, Platón y Aristóteles.

Se olvidaron luego estas escuelas filosóficas y, en nueva forma, con variaciones, volvieron a aparecer. Los átomos de Leucipo y Demócrito, son hoy considerados verdaderos, no sólo filosófica, sino física y químicamente, con nueva indumentaria y no ya la ínfima parte de la divisibilidad material.

Leibnitz, en un juego de elucubración, según su propio decir, ideó sus "mónadas", indivisibles e imponderables, como primer fundamento de la materia, doctrina que parece confirmada por la teoría electrónica y que no hizo sino revivir la muy antigua enseñanza de los pitagóricos, ya que para ellos, el número no era otra cosa que eso.

El idealismo de Descartes es heredero del idealismo heleático, como el subjetivismo Kantiano y el triple elemento dialéctico, lo son de las doctrinas de Parménides.

La teoría electrónica, como ahora parece sustentarse, a través de la irradiación de los cuerpos, sustentada desde el descubrimiento del radium y sus propiedades, tiene parentesco muy cercano con la doctrina aristotélica, que hizo suya la Escolástica, diferenciados por su forma substancial.

Los antiguos, sin elementos de experimentación, únicamente por el proceso deductivo, llegaron a conclusiones que fueron más tarde rechazadas y que las pruebas materiales de la investigación, han venido a confirmar, con algunas variaciones y adornos.

Todas estas filosofías de factura más o menos nueva, salvo la tomística que, honradamente, confiesa su origen aristotélico, pretenden presentársenos como novedades flamantes de los modernos cerebros, siendo que tienen el carácter de reviviscencias transformadas -reencarnaciones, diría un inmigracionista- con algunas mejoras del pensar antiguo y, no pocas veces, la nueva versión viene a resultar peyorativa en relación con la de que es vástago.

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Anoté antes, que la ciencia, para que exactamente encuadre en su íntegra noción, ha de partir de bases cuya consistencia debe ser inconmovible y, de allí, cada paso, dado con seguridad, para continuar un nuevo avance. Esto es, las deducciones requieren debida comprobación.

Puede objetárseme a lo afirmado: ¿Y la relatividad? ¿Olvidamos la existencia de Einstein que la planteó y, con grandes ventajas, para las matemáticas superiores, teniendo en perspectiva un campo mucho más vasto? Con Einstein, puede agregarse, quedó comprobado que la ciencia en sí misma, es relativa, sujeta a sucesivos cambios; ya que ni las mismas cosas se presentan en forma absoluta.

En primer término, la misma Relatividad sustentada por Einstein, es una teoría, que no está fehacientemente comprobada como para que se acepte por todos en la calidad de una "verdad científica". Me parece demasiado avanzar si se asienta la base de que una "teoría" puede echar por tierra, antes de tener la patente de verdadera, todo un sistema de ciencia.

La relatividad vino, en su papel de "teoría mejor", a explicar y dar nuevo ámbito a problemas y aspectos de las matemáticas y físicas superiores, al igual de lo que con toda hipótesis ocurre, hasta que llega otra "nueva y mejor"; a dar las mismas explicaciones de manera más clara y cierta y a resolver otros problemas obscuros, o hasta que ella adquiera firmeza científica y, en tal caso, pasa a incrementar el acervo inconmovible de la ciencia.

¿Por qué la teoría de la relatividad pudo obtener asiento en el recinto científico?

Dejé estampado antes, que la ciencia, a veces, se basa en teorías, que torna en postulados, para sustentar sobre ellas todo un sistema. Mientras las conclusiones deducidas de esa teoría expliquen satisfactoriamente los hechos que la ciencia investiga, la hipótesis primaria conserva su firmeza; si ningún tropiezo o contradicción encuentra en su proceso, puede sentirse segura. Los efectos, del primero hasta el último, comprobarán su veracidad. Si, en cambio, va dejando lagunas u obscuros laberintos en su trayectoria que, sin contradecirla, con ella por guía, no encuentran satisfactoria salida, ha de permanecer en la categoría de hipótesis. Dije, "sin contradecirla", porque en tal caso, se derrumba estruendosamente.

Ahora bien, la moderna ciencia ha tenido rápidos y gigantescos avances, entre otros motivos, por el hecho de haber echado mano de un procedimiento del que, muy raras veces y con sumas precauciones, se hizo uso en la antigüedad: el método inductivo experimental. Quien dio el primer impulso a este sistema de raciocinio en Filosofía, fue Bacón en la Edad media; más tarde, otro científico del mismo nombre, le dio carácter de escuela la que, poco a poco, fue encontrando cultores, hasta infiltrar todas las ramas de la investigación. Aun en esto pues, la ciencia nueva se funda en varios siglos atrás.

La ciencia de la "Edad Moderna" ha sido audaz, audacia que se ha visto coronada con grandes triunfos, como a la par, con no pequeños fracasos.

Su audacia radica en que, con el afán de hallar nuevos derroteros y acrecentar el progreso, no se detiene a confirmar la veracidad última de las leyes y fórmulas que plantea, sino que emprende la marcha de manera incierta, en el campo de las experimentaciones.

El avance no habría seguido el ritmo impreso hasta ahora, si los sabios se hubieran estacionado en comprobar las leyes científicas.

¿Qué es la electricidad? ¿Qué los átomos? ¿Cuál la naturaleza de los iones y electrones, si es que existen cual los suponemos? ¿Qué es el éter, por nadie comprobado? ¿Qué los colores? ¿Cómo se engendra y transforma la energía? ¿Qué es la radioactividad? Y me detengo para no cansar con interrogantes que pueden colmar páginas y más páginas.

Estas preguntas se formularon en el momento mismo en que aparecieron los problemas de las materias en que incidían. Algunas de ellas datan de siglos. Sin embargo, ninguna ha obtenido respuesta satisfactoria. Las explicaciones, sin excepción, no salen de lo hipotético. Ello no obstante, han partido de allí sistemas, experiencias que han estabilizado progresivamente la civilización que palpamos.

Ampliemos el análisis, para evitar las confusiones de conceptos. Los investigadores, partiendo de hipótesis, emprenden el curso, en gran proporción, a ciegas. Al resultado, preceden múltiples fracasos y, no pocas veces, durante las experiencias, dan con descubrimientos absolutamente distintos a los perseguidos.

Va avanzando la ciencia; pero cual lo hace quien se interna en un laberinto obscuro, a sabiendas de que en sus entrañas se guarda un tesoro, mas sin conocer la senda precisa. Adelanta, retrocede, tuerce y, finalmente llega.

He aquí el nudo diferencial entre el sabio moderno y el antiguo. Este último, se detenía temeroso a las puertas, sin que osara dar un paso en lo incierto. El de hoy, resueltamente, se introduce en la enmarañada selva, no importándole los tropiezos y peligros.

La audacia ha vencido a la timidez. Habría permanecido estancada la ciencia, si no hubiera enmendado rumbos. En honor de la verdad, digamos que, si los estudiosos, de una generación a otra, se hubieran dedicado a hurgar las causas últimas, hasta llegar a la certeza, una vez ello conseguido, ya no hubieran sido experiencias de tanteo, sino situaciones matemáticas las que hubieran guiado los descubrimientos, acrecentándose su número con una rapidez mucho mayor aun.

Sin lugar a dudas, es preferible el camino que se tomó, pues si se hubiera emprendido el último propuesto, no habríamos conocido la era en que vivimos, sino quizá cuántas generaciones más adelante se hubiera iniciado el auge de la ciencia.

Así pues, la ciencia moderna, no parte de lo fehacientemente comprobado, para deducir sus conclusiones. Supone, experimenta, en el sentido expuesto; vuelve a partir y consigue, o bien llega al resultado cero. En una palabra, llega a los efectos sin conocer la naturaleza de las causas. Es pues, una ciencia esencialmente "Relativa". ¿Pero es de tal naturaleza la "Ciencia" en sí?

No: lo dicho retrata el estado actual de la ciencia; estado transitorio, hasta que se consigna el cúmulo suficiente de verdades inamovibles. Pese a todo lo que me digan esos sabios de la "relatividad", el pan es pan y él me sustenta; si no lo como, muero por inanición. Esto es una verdad absoluta y es la primera verdad absoluta en que, una a una, van aunándose las otras, hasta llegar a la más encumbrada y flamante ciencia. Pueden discutir ante el microscopio, el espectroscopio, los tubos de ensayo, los compases, etc., la naturaleza y composición del pan. Uno sostendrá una cosa y otro pensará de diversa manera. Lo que ellos piensan sí es "relativo"; pero el pan sigue siendo el mismo y, sin él igualmente, yo muero.

Con toda certeza, la humanidad tendrá que llegar a esa situación de "pie firme" y, en ese entonces, los hombres de ciencia, cuando sus conocimientos rueden como sobre rieles, admirarán a estos siglos, con reverencia y admiración y se preguntarán ¿Cómo pudieron alcanzar tal avance, sin tener el conocimiento básico de las causas? Nuestros siglos serán para ellos, lo que para nosotros son las épocas faraónicas, ¡Cómo fue posible construir todo eso sin los medios que hoy poseemos!

Damos ya con la raíz, con el quid del error apreciativo de la "Relatividad". Parte de la base que la ciencia en sí, por su naturaleza, es cual hoy se cultiva. Se ha deslumbrado ante los avances habidos por medio de "teorías" y pretende que todo conocimiento es hipotético. Craso error. Si se parte de teorías es, a falta de conocimiento cierto y, por tal motivo se "experimenta", vale decir, se tantea.

No son las cosas las relativas; no lo son las fuerzas, las energías. Las manifestaciones materiales, sino nuestro conocimiento humano; las leyes que él formula y, que son subjetivas y no objetivas.

En consecuencia, la misma teoría de la "relatividad", es relativa; es valedera para el estado actual de la ciencia, en el que no puede ser absoluta, ya que no se asienta, en su mayor parte, más que en hipótesis.

En esta situación de las hipótesis como fundamento de las investigaciones, la Relatividad ha contribuido con aporte positivo a la ciencia, pues la ha dejado en su papel de relativa y no absoluta. Pero, lo repito, no puede tener valor ante la ciencia "misma", por lo que es un error científico, una herejía científica el aseverar que la ciencia se afirma en la relatividad.

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Basado en lo dicho hasta aquí, agregaré que esta ciencia de la hipótesis, que nos ha proporcionado progresos indiscutibles, se ha convertido en Cientismo; esto es, se ha colocado ante el espejo en actitud de adoración y coquetería.

Verdad es que, el hombre, como si sus conocimientos formaran la esencia de las cosas, siempre ha sido fatuo intelectualmente; en todo momento ha demostrado una soberbia inexplicable, en este sentido, de creerse dueño de la naturaleza, por el hecho de ir conociéndola.

Para hoy en día, esta característica ha acentuado su aspecto, pues abarca todas las ramas del saber y ha pasado a inhibirse en el sistema científico mismo, con lo que se ha añadido un "ismo" más al lenguaje técnico de que se vale; el "Cientismo".

Su primera manifestación aparece en un desprecio absoluto por todo lo antiguo, desdeñando cuanto huele a otra época; con lo que olvida que el total de lo que posee se sustenta en los aportes que la civilización humana-específica (vale decir, las sucesivas generaciones) ha ido acumulando. Se desentiende de este fundamental hecho, al desechar lo viejo; pero si hubiera de empezar desde los principios, no saldría de los pañales y vagidos del recién llegado al mundo.

La ciencia, o mejor dicho el cientismo de hoy, echa al olvido que, para la lucha en que está empeñada, y las victorias por ella conseguidas, tiene a su disposición armas poderosas que nunca otra época poseyó, las que, poco a poco, han venido a dar a sus manos, muchas de ellas, ideadas en esas mismas épocas de que abomina.

Los aparatos mecánicos y eléctricos; los conocimientos de donde parte, le facilitan sus investigaciones, como igualmente, el que ahora la sociedad misma, colectivamente tomada, sean cuales fueren las razones que la guíen, le sirve de Mecenas. Sin ello, otro habría sido el resultado.

Una nueva manera de manifestarse, está constituida por el hecho de descartar cuanto no esté imbuido del carácter de "científico".

¿Hasta qué punto puede ser favorable a la misma ciencia tal punto de apreciación?

Hemos de considerar una vez más que la ciencia, en su estado actual parte, en la mayoría de los casos, de hipotéticos principios y, por tanto, se halla sujeta a variaciones, sea en sus fuentes, como también en los procedimientos.

Lo que hasta ayer se consideró verdadero, hoy se repudia como falso y, lo que ahora se tiene como cierto, dejará posiblemente de serlo mañana. En más de una ocasión ha tenido que volver sus ojos a Canosa; quiero decir, ha debido abrir sus puertas a principios o conclusiones que había desplazado.

¿Qué ocurre, por ejemplo con la luz? Los antiguos creyeron que consistía en una emisión corpuscular; Newton entre ellos, aunque pertenece a la era moderna. Los nuevos creen que se trata de vibraciones del éter. Luz y color ¿qué son los colores? Los mismos que aseguran que se caracterizan por las diversas longitudes de ondas etéreas, no lo hacen con acento muy seguro. ¿La luz se transmite como tal, o es el ojo el que, con su sensación unilateral y específica la forma y la colora? ¡Cuántas cosas no se han dicho, hasta que se llega a volver los ojos a lo antiguo!

¿Y ese éter, muchas veces afirmado y otras tantas negado? Quienes lo niegan tienen que volverlo a recibir ante la imposibilidad de la acción a distancia sin un "medio" de comunicación. Si non é vero, e ben trovatto. Materia imponderable, que todo lo penetra, en la que todo se mueve y sostiene. Así dijeron los antiguos. Hubo una época, no muy lejana, que, enfáticamente dictaminó la posibilidad de una materia imponderable. Hoy se acepta el éter como materia indivisible e imponderable, dándole la característica de cuarto estado de la materia; o sea, el de disgregación, íntimamente relacionada con la radioactividad. Y ya que la menciono ¿qué es ella? ¿Por qué emite haces de luz, no siempre visibles al ojo, pero sí indirectamente, por medio de la fotografía? ¿No podría probar ello el carácter corpuscular de la luz; esto es, que se trata de un "estado" del éter y no de sus "vibraciones"?

¿Qué son los colores? ¿Materias odorantes, o bien, vibraciones peculiares que impresionan el correspondiente sentido orgánico?

La electricidad, que hasta hace muy poco (y aún hoy para algunos) consistía en vibraciones etéreas, cuenta con una doctrina explicativa, con creciente cabida, que la concibe como de naturaleza corpuscular directa, concepción que tiene su base en la teoría electrónica y, presenciaremos con ello, un nuevo viraje hacia lo antiguo.

Tengo ante mí, un esquema con un cúmulo de interrogantes de esta naturaleza, pero suspendo su inserción, por no alargarme ante las idas y venidas de la ciencia.

Esta es, pues, la ciencia en su desnudez; no la ciencia en sí, repito, sino su práctica.

Si tal su naturaleza ¿tiene derecho, cuando pontifica "ex cátedra" para desentenderse de los otros factores humanos que no tiene vinculación con nada, de lo que llamaríamos armonía trascendental de la vida?

Si nos detenemos ante el panorama que forma el actual siglo y concentramos nuestra mirada en los días que vivimos, podemos comprobar una de las consecuencias del cientismo, la que se identifica con la negación de los valores que no se palpan objetivamente.

El mundo, en estos años, se ve envuelto en una tremenda guerra, la más catastrófica que ha azotado al planeta; guerra en que, caen por igual, combatientes y no combatientes; en las líneas de fuego y mucho más atrás de ellas. Niños y mujeres no se escapan a la destrucción y a la muerte, con la agravante de que son agredidos, sin que ellos ataquen y, no teniendo posibilidades de defensa en paridad de armas y condiciones. Ha vuelto y, de manera que pasma y abate el espíritu, la barbarie primitiva.

Siempre ha habido guerras, no como inherentes a la naturaleza humana, pero sí como manifestaciones de algo hasta ahora incontrolable y bestial, que aún no se ha podido ni sabido domeñar. Mas, el conflicto armado de nuestros días, pese a todo el avance de la civilización, es el más salvaje registrado y, lo que da mayor gravedad al hecho, es que, la ciencia es la que ha impreso esa característica.

El fin del saber humano, sin duda, es el de beneficiar a la especie; pero su resultado práctico, fue el de dar muerte a millones de seres racionales, de la manera más vil. En las épocas antiguas había, al menos, el pundonor de enfrentarse cara a cara los enemigos. Junto al instinto de lucha, vivía el del valor ante el peligro inmediato; se trataba de medir y dirimir superioridades personales. Ello, ya es salvaje, pero matizado con algo de nobleza. Hoy en día, el "quid" está en qué contendor ha avanzado más en la ciencia para aniquilar al contrario.

Llega uno a preguntarse ¿valía la pena un progreso a tal precio?

He considerado más arriba a la especia como una sola desde sus orígenes hasta que, quizá cuántos siglos más adelante, llegue a desaparecer. En este predicamento, una generación no pasa a constituir, sino un minuto de la existencia específica, mirando, los aportes de la ciencia, a esa vida universal y perenne y no a la transitoria de una determinada edad. Pero no es de olvidar que cada generación humana tiene, además, una existencia definida en un momento histórico y, aunque labore con miras al futuro, debe luchar por su propia supervivencia, al igual de lo que acontece en el órgano físico, en el que cada célula, colabora en cohesión con el todo y, a la par, se nutre para sí misma.

No es valedero; no sirve como excusa, el hablar del bien específico inmanente, por sobre el transitorio de una época; sino es menester discriminar y salvar la época para beneficio de la especie.

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Una ciencia caída en el "cientismo", de la manera que he indicado ¿tiene derecho para erigirse enfáticamente un pedestal de endiosamiento, con exclusión de todo otro factor? Ciertamente, no; si sus bases son inestables, toda su construcción sigue igual suerte.

Se dirá: pero persisten los hechos, fruto de esa ciencia; hechos que significan avance, por sobre toda consideración no cerebral.

Entendámonos. Los hechos, los resultados persisten como hechos. Lo "científico" en ellos, serían las leyes, las deducciones, las causas que se elucubraron; y todo ello es hipotético e inestable: por otra parte, precisamente, en esas leyes y deducciones, se basa el cientismo para endiosarse.

Verdad es, y no podemos negarlo, que hay sabios e investigadores que no han sido influenciados por el cientismo; pero, desgraciadamente, sí sus aportes a la ciencia, llevados por la corriente que informa el medio e idiosincrasia de la época. Y lo que yo analizo es ese tinte que da característica a una edad.

Lo que ha causado la caída de la ciencia en el cientismo, es el haberse tornado unilateral; puramente cerebral, teniendo por indigno e inferior en categoría el factor sentimiento.

En un gran porcentaje se ha mercantilizado, en casi todos sus aspectos es mirada por sí misma: la ciencia por la ciencia y no la ciencia por el hombre, fórmula padrón que la mantendría en un plano trascendente; por el contrario, se ha estacionado en un plano cojo.

Tenemos, por ejemplo, que la medicina, se ejerce no para los enfermos, sino para la medicina misma; un enfermo es una "anima vili", no un ser humano al que hay que curar a toda costa. Igual ocurre con la generalidad de las ciencias.

Es muy lógico, por otra parte, dicha trayectoria, pues, siglo de experiencias, cual antes lo anoté, ha extremado la nota, experimentando aún con aquello que ha de ser mirado como definitivo y finalidad de la ciencia.

La razón estriba en esa unilateralidad ya mencionada. El hombre de ciencia se ha convertido en hombre cerebral; únicamente cerebral. Es, por ende, un hombre trunco y, nunca ha dejado a la sabiduría. Porque el hombre, el verdadero hombre, no sólo piensa; a la par siente y ello, como consecuencia necesaria de su ser operativo.

El cientismo, ese culto extemporáneo de la ciencia, es un algo atrofiado; es un cuerpo sin alma; un ser autómata, que obra por medio de comandos, vacuo de sentimientos y que, por consecuencia, cae en la fatuidad.

La ciencia verdadera es completa, integral; es viva, sensitiva. Por ende, obra en dirección opuesta al cientismo. Respeta, en primer término, el factor humano, como finalidad primaria de su existencia. Porque siente; porque a más del cerebro hace actuar el corazón, es tolerante, no considerándose dueña absoluta y exclusiva del saber y árbitro de la existencia. Porque tiene sentimientos, mira con respeto hacia atrás, no viendo figuras grotescas en el pasado, sino a sus legítimos ascendientes, de su misma sangre, de igual, sino mayor capacidad intelectual. Por el mismo motivo, dirige su atención hacia el futuro, no en son de desafío, sino con temor reverente, haciendo cuánto está de su parte, para mantener en alto el cetro que le fue entregado, mereciendo así ser respetada por las venideras generaciones.

Esta es la ciencia, la verdadera ciencia; porque es fruto del hombre cabal, que pone en juego al unísono, cerebro y corazón.

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La idea como impulso vital de la acción
(Síntesis de una Conferencia dictada en Valparaíso, en 1934)

Bergson, en su obra "L’Evolution Creatice", al analizar el mecanismo de las ideas, expresa que al hombre, más que "homo sapiens", debió llamársele "homo faber", puesto que si finalidad es obrar y las mismas ideas se tienen en razón a una acción.

Así es. La idea, sea cual fuere su índole, tiende a resolverse en acción. Es este un principio psicológico de tal manera comprobado por la experiencia, que podría presentarse como aforismo.

De tal magnitud es la influencia de la idea en el modo de ser y obrar de una persona que, analizados tanto los casos Psico-patolgicos como los normales, se ve que al hecho antecedió siempre un conocimiento que no fue sólo luz intelectual, sino verdadero propulsor de la ejecución.

Los casos de obsesión, histerismo, psicastenia, locura, nos presentan un modo de obrar anormal que radica no en los hechos mismos, sino en una concepción de la realidad, intelectualmente torcida; en los últimos estable y, a veces, general; transitorio y unilateral en los primeros.

Llamamos personas normales en el obrar, plenamnete equilibradas, a aquellas que ejecutan una acción en conformidad a un principio; o sea, que obran por convicción, de acuerdo a una ideología; y aún aquellos normales que aparecen obrando, en ocasiones, en oposición a dichos principios, no escapan a esta ley general, como luego veremos.

No es esta cuestion ad libitum; es ley necesaria: la acción va impulsada por una idea.

El conocimiento humano que, primariamente no es intelectual, sino sensitivo, se presenta a la voluntad, que lo asimila como bueno o malo e impera la acción y la evita.

Puestas así las cosas, aparecen como muy simples; pero hay un factor que complica el mecanismo de este engranaje y, es la armonía perfecta que existe entre la parte espiritual y la material del ser humano y el enlazamiento en el obrar de entreambas. Así, cuando se padece, por ejemplo, un dolor físico intenso, no están las facultades espirituales en disposición de ejercer sus funciones, porque se sienten como embotadas por aquel dolor y, cuando embarga al alma una gran pena moral, se refleja ésta en un relajamiento muscular y descontrol en el gobierno de las sensaciones.

En los casos anormales de cleptomanía, por ejemplo, y en diversas enfermedades psíquicas, no hay libertad en el obrar; igual cosa acontece con los hábitos adquiridos, aunque en su origen fueron libres. Además, cada cual, aun si se es normal, puede atestiguar de ocasiones determinadas en que la voluntad no intervino.

No podemos, a mi modo de ver, establecer demarcadas limitaciones, suponer un salto específico entre los casos anormales y el hombre normal, formando una escala, dentro de la cual se aprecian los casos cuando palpablemente están en una u otra posición.

El proceso que nos preocupa, se desenvuelve en un campo más vasto aun. Si lo dicho cabe para la acción como acto vital, no tiene menor cabida como norma de una vida entera, como modo de ser y obrar perpetuo de una persona. En efecto ¿no juzgamos continuamente a los hombres y emitimos nuestra opinión, no tan sólo acerca de una acción, sino que lo extendemos a su modo de operar continuo y decimos: "fulano es así, tiene tal tendencia, etc.?" ¿No afirmamos: "tal persona obra en tal determinada forma por la educación que recibió; tal es de un modo de ser pacífico y aquél es irascible?" Es porque aceptamos en la práctica, aunque no nos percatemos de ello, la veracidad del principio expuesto; es porque el individuo, aunque crea guiar cada uno de sus actos con independencia, no hace sino obrar en conformidad a un conjunto de principios que son los normativos de su vida.

Cabe ya apuntar una dificultad que antes insinué: "¿Cómo, entonces, según nos comprueba la experiencia, es que obramos a veces, en desacuerdo con los principios racionales que se han llamado normativos de la vida? ¿Por qué, haciendo uso de nuestra libertad, con frecuencia torcemos en la acción los impulsos de la voluntad?".

La presente dificultad, lo es sólo en la apariencia; pero de hecho apoya todo lo que he venido diciendo. En efecto, cuando obramos en disconformidad a ese conjunto de principios ¿no sentimos un descontrol, un algo que se resuelve en un reproche interno, que es lo que recibe el nombre de conciencia? Se debe a la discordancia producida, son los principios que tienden a ser acción y que se encuentran obstaculizados en su marcha. Tanto es así que, cuando los actos contrarios se repiten, se van debilitando estas protestas de los principios, que terminan por desaparecer y dejar su puesto a los imperantes. O sea, por un proceso diverso, se llega a lo mismo: otros principios colocados por fuerza son los que ordenan la acción. Por lo que la frase paradójica de Wilde: "Lo que empezamos por pensar con horror, terminamos por ejecutar con placer", dicha por el autor inglés, posiblemente, a modo de un elegante juego de conceptos, como son casi todas sus paradojas, es efectiva en la realidad y tiene su fundamento en lo que he apuntado.

Esta fuerza de la idea en el obrar, se encuentra no sólo en el hombre mirado como individuo, sino también como ser social, ya que la sociedad no es sino la reunión de individuos que forman un ambiente y, añadiría, guiados en general, por ideas-principios comunes. ¿No vemos, por ejemplo, el efecto producido en la opinión de las multitudes por los criterios de los periódicos, revistas y prensa en general, y el ambiente que forman en el común modo de pensar y obrar? ¿No palpamos la eficacia de los carteles comerciales y la fuerza motriz de una idea repetida continuadas veces?

Además, tenemos como cada época determinada se caracteriza por un modo de ser común en el vestir, en las costumbres, en la ideología, etc. Salvo excepciones, explicables dentro de los principios expuestos, es esta una ley estable. De hecho, tales excepciones ocurren con personas de edad avanzada, o sea, influenciadas por otro ambiente, o con personas anormales y, caemos en una explicación anterior, o con los de intelectualidad superior, que se han formado un conjunto de ideas motoras propias.

Los grandes acontecimientos de la humanidad, no han sido simplemente valorizados por sí mismos, sino que una idea hecha ambiente, los ha precedido, la que, agrandándose, se hizo irresistible y los motivó. Actuó allí el principio de las reacciones, que si pasó al extremo opuesto, se resolvió en una mutación brusca y, a veces, sangrienta.

La Revolución Francesa no nació en 1789 y no tuvo simplemente como ocasión la convocación de los Estados Generales; fue preparada por una idea que nació como reacción ante los abusos de la nobleza y que se plasmó en doctrina por los escritos de Voltaire, Montesquieu, Diderot, Rousseau. El establecimiento del Soviet en Rusia, no tuvo su origen real en la Revolución de 1917, sino fue el resultado de un movimiento ideológico socialista más antiguo, que explotó en hechos cuando el ambiente estuvo preparado, nacido en el cuerpo científico de las doctrinas de Marx, Engels, Lasalle y alentado de tiempo atrás por el mismo Lenin y Trotsky, que despertaron la conciencia de las masas. El fascismo italiano y el movimiento Nacional Socialista alemán, antes de construirse en sistemas de gobierno, debieron pasar por un período más o menos largo de teoría, de fermento, basados en principios capaces de mover las inteligencias; debieron hacer prosélitos convencidos; debieron ser multitud pensante, para ser luego fuerza operante.

Los hombres de acción, aquellos que encierran en su alma el dinamismo impaciente, suelen a menudo repetir: "¿Para qué queremos filosofías, para qué doctrinas? Es acción lo que necesitamos". Pero no se percatan de que ellos mismos, al obrar, creyendo hacerlo con independencia de criterio, no son sino ejecutores de un principio ideológico.

Podemos ya, tras las disquisiciones anteriores, formular como conclusión fundamental, lo que al comenzar propuse como postulado: Es la idea la que gobierna el mundo; los hechos, que son sus manifestaciones, no son sino consecuencias suyas.

Conclusión es ésta de una importancia capital para el encauzamiento de la vida del hombre y de la sociedad.

Avanzando en nuestro razonamiento, diré que, si es la idea la que dirije los actos de la humanidad y, son los actos ejecutados en sentido de la idea, necesariamente, a un principio ideal bueno seguirán acciones del mismo orden y, cosa similar acontecerá con los malos.

Ciertamente, la finalidad del hombre como individuo consiste en su progreso y perfeccionamiento, en que el orden intelectual ha de prevalecer sobre el material; y, en su vida social, su norma ha de ser la cooperación, contribuir con su acción personal a la conservación y perfeccionamiento de la especie.

Un sistema, por tanto, cuya lógica conclusión conduzca a un modo de obrar egoísta, de prescindencia del valor colectivo, que niegue la colaboración mutua, que establezca como finalidad el propio yo, que reconozca puramente la objetividad de la sensación, en una palabra, que destruya el orden espiritual, es, ciertamente erróneo, se condena por sí mismo.

Además, una doctrina tiene la particularidad de ser lente, a través del cual se interpretan los actos, se resuelven los problemas. Es por esto, que un mismo hecho, un mismo problema encuentran distintas interpretaciones, diversas y, hasta encontradas soluciones; y, así como la bondad o error de una doctrina podemos deducirlos del fundamento en que se apoya, podemos también llegar a ello estudiando los resultados a que conduce y determinar su falsedad si las conclusiones son perniciosas, si conducen al hombre a negarle su valor como rey de la creación, si el tamiz que utiliza para valorar los actos, es pesimista.

De aquí el error de aquellos maestros y escritores que creen poder disociar el terreno ideológico del práctico y preconizan doctrinas filosóficas que, si las hacemos avanzar hasta sus últimas conclusiones, son esencialmente destructoras y dejan la mente cuajadas de dudas y vacío.

Para algunos la Filosofía no es sino el estudio de los sistemas filosóficos; para otros, un puro juego de artificio que entretiene la mente, sin repercusiones en la vida; para otros, un misterio insondable, inquietante o no, según si se acepta o rechaza su influencia en el obrar. ¿Pero qué es la Filosofía, sino el estudio de los problemas trascendentales, de esos interrogantes que todo hombre se formula y de cuya respuesta depende su operación, su línea de conducta para toda la vida?

Es la Filosofía, a más de Madre de las Ciencias, la Maestra de la Vida.

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Matemática cuantitativa y Matemática cualitativa

Pitágoras fue el filósofo del número, como Horacio, con su Ars Poética o Epístola ad Pisones, fue el matemático de la poesía.

Decir matemática, es decir silogismo del número, como decir raciocinio filosófico, es hablar de ecuación de conceptos.

Lo que llamamos numeración o agrupación en orden ascendente; el 1, 2, 3, 4, etc., la nomenclatura de los números, es la Propedéutica, el pórtico de las Matemáticas. Es a ellas lo que la Dialéctica para la Filosofía.

El sistema operatorio de las matemáticas se fundamenta en el raciocinio: exactamente, silogismos de números, haciendo las veces de premisas los elementos conocidos y de conclusión la incógnita despejada.

La simple Aritmética, el Álgebra y la Geometría llamada Plana, forman elucubraciones mentales, pero que pueden aplicarse a la materia; mejor dicho, que deben aplicarse a las cosas concretas, pues las Matemáticas existen como especulación, en orden a lo material. Nacieron de la necesidad de simplificar en un más expedito raciocinio. En la prehistoria, contar significaba amontonar; la resta se conseguía aminorando un montón. Esto es, se trataba de operaciones de observación directa e inmediata. Una cosa no aparecía lo mismo que dos, tres, o más. A la unidad y su repetición cada vez mayor, se le dieron nombres, según la cantidad de veces que se acumulaba el "uno". Fueron estos los números.

Su expresión escrita se manifestaba como el resto de las palabras o ideas, no prestándose, como es lógico, para las operaciones, debiendo concretarse ellas, a ser efectuadas preferentemente por raciocinio mental y por figuras.

Por este motivo, los griegos dieron grandes filósofos, pero no pudieron ser de verdad grandes matemáticos. Sí que fueron geómetras, porque la Geometría, que no ha variado fundamentalmente en su estructura hasta nuestra época, más se allega a la Filosofía que a las Matemáticas. Se desarrolla con figuras y, en muy pequeña escala, con signos numéricos o de otra naturaleza. Estas figuras se escribieron para facilitar el raciocinio o silogismo mental, del que se deducía la conclusión; no se trataba, pues, de operaciones numerales. Los teoremas, axiomas, postulados, apotemas, etc., bien lo demuestran.

Si Arquímedes, el genial Arquímedes, o también Euclides, hubieran vivido en tiempos posteriores al siglo que les tocó en suerte, cuando ya existía el número de composición decimal, ¡cómo nos hubieran deslumbrado aun más con sus operaciones matemáticas! Descubrió el primero la fuerza de la palanca; pero así como no tuvo a su alcance un punto de apoyo en que asentarla para mover el Universo, igualmente le faltó uno, que no vislumbró, el de los números decimales, para mover su propia genial inteligencia dentro de las Matemáticas.

De los árabes, quienes, presumiblemente, los recibieron de los egipcios, nos vienen los números que poseemos. En ellos, no es lo esencial su forma de escritura, sino que su principal nudo energético lo tienen en su composición decimal y, primordialmente, en el número "0" que facilita en forma maravillosa las operaciones.

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Las Matemáticas, recinto sagrado y deslumbrador, que son laberintos abstrusos para el neófito; llenas de signos cabalísticos e ininteligibles para quien no se ha adentrado en su esoterismo; idioma transparente, de escritura uniforme y clara, para quien las conoce, cualquiera que sea la lengua en que se escribe, pueden reducirse, utilizando el sistema de la simplificación, a sólo dos operaciones: adición y substracción. Todas las demás, aun las más complicadas, no son sino complejos de estos simples: suma y resta.

Como dije, esta matemática tiene por objeto la materia, no obstante desarrollarse especulativamente en el entendimiento o en el papel. Pero mira un aspecto de esa materia y, es ciencia independiente, porque estudia con el carácter de exclusividad esa determinada modalidad de lo concreto.

Todas las ciencias, en efecto, estudian la materia; más concretamente, las cosas materiales. Prescindamos de la Teología que, mirando directamente a Dios, la trasciende.

La Filosofía, que encerraba todas las ciencias en los primeros tiempos, se reserva el mundo y las cosas de una manera genérica y trascendental.

La Astronomía fija su atención en los mundos que no son el nuestro.

La Geología, estudia la tierra en su constitución como parte del Universo.

La Química tiene por objeto la constitución y diferenciación de los cuerpos en sus elementos moleculares y atómicos.

La Física investiga los mismos, en cuanto ponderables y dotados de energía.

La Biología estudia a los seres vivientes, o movidos "ab intrínseco", analizando su conformación y modalidades de vida.

Las demás ciencias pueden considerarse como aplicaciones, con ámbito más reducido, de algunas de las nombradas.

Las Matemáticas tienen, asimismo, como razón de ser, los cuerpos, en tanto son "masa cuanta"; en razón de que ocupan espacio y, su objeto es mensurarlos.

Para el desarrollo de sus operaciones, se vale de los números. Estos, aunque son exclusivos de la matemática, también son usados en otras ciencias, en virtud de que, igualmente en ellas, se hace necesaria la mensura, o sea, en lo que de matemáticas tienen.

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Las Matemáticas, como hasta ahora se han aplicado, son cuantitativas; miran siempre a la cantidad, en su carácter de ocupante de espacio, de lugar.

¿Es esta su única forma de aplicación?

Discurramos un tanto antes de responder.

Dije que Horacio fue el matemático de la poesía. En su Arte Poética, formula las reglas a que deben sujetarse los versos para que sean armónicos al oído, como también las ideas para quedar dentro del marco del buen gusto. No fueron, ciertamente, reglas de su invención. Los cultores del mismo arte, que le precedieron, las habían ya aplicado, quizá muchos de ellos sin conocerlas; tan sólo porque poseían el don innato de un armónico oído y buen gusto natural.

Se cuenta de Ovidio que, siendo un mozalbete, componía versos, inclinación de la que su padre abominaba, porque pretendía hacer de su hijo un tribuno y no un poeta. De tal mira, prohibióle terminantemente persistir en su tarea. Pero su natural pudo más que la veda paterna en el joven Ovidio y siguió versificando. Sorprendiólo su padre y, como sanción, le propinó una azotaina que le hizo prorrumpir en lamentaciones y gritos y le forzó a prometer formalmente no reincidir en la falta. El muchacho, que nada sabía de reglas retóricas, maldiciendo sus versos en esos instantes, por la fuerza del dolor, jura a su padre en estos términos: "Juro te juro, pater, nunquam componere versos". Un correcto y armónico hexámetro.

Horacio, pues, encuadró en fórmulas la cadencia y el buen gusto. Los frutos de la experiencia y el sentido común se sintetizaron en reglas.

No se puede afirmar que desde Arquímedes comenzó a existir la palanca, o que con él fue verdad que todo cuerpo sumergido en un líquido pierde parte de su peso, correspondiente al peso del líquido que desaloja. Ya antes de él, se construían barcos sujetos a estos principios, conocidos por la experiencia; pero su labor consistió en convertirlas en fórmulas; las mensuró; las hizo matemáticas.

La música, enervadora de los sentidos cuando suena con cierta modalidad; que levanta y acrecienta las energías, cuando con otra; la música, con apariencia de algo vago y sentimental, sin embargo, está sujeta a leyes matemáticas. ¿Qué es el pentagrama; qué las notas; qué las llaves, si no ecuaciones matemáticas?

Un conjunto orquestal se encierra en el más riguroso tiempo matemático; si un instrumento pierde la noción del número, el todo falla.

La música regala al oído; pero decir "regala al oído", no significa una donación graciosa; se indica con ello, que el sonido debe emitirse por un instrumento en forma tal de concordar con las vibraciones que van a producirse en el órgano auditivo; mejor dicho, que las vibraciones producidas en el oído concuerden con el plan armónico de la imaginativa. Esto es, la música depende de una fórmula matemática, enunciada o no.

Puede alegarse que la música pierde esa precisión, desde que, principalmente guarda relación con la modalidad de técnica; del sentimiento que manifieste el ejecutante al interpretar un trozo musical y, eso está sobre la mensura.

Pero no; el sentimiento interpretativo, reducido a sus caracteres esenciales, es la concordancia entre el ejecutante y su operación, siendo otra ecuación que puede ser reducida a forma genérica, aun cuando en un momento dado, "no sienta" el artista lo que interpreta. Cuando decimos dos y dos son cuatro, afirmamos una verdad, sin que debamos necesariamente pensar en ella. Igualmente, el músico, poseedor de los resortes de su arte, puede llegar a lo mismo, forjando una ecuación cualitativa de su ejecución.

Se cuenta de un violinista de fama, quien transportaba a su auditorio a regiones sublimes y cosechaba los más estruendosos aplausos con los acordes que extraía de su violín, notas de una nitidez y pureza que penetraban hasta lo más íntimo de sus oyentes. Pues bien, en cierta ocasión, cuando tras haber interpretado ese músico una pieza, en dicha forma de arrobar a los espíritus, siguió un prolongado y entusiasta aplauso, el pianista que lo acompañaba en la ejecución, aprestándose a sumar sus congratulaciones a las muestras de entusiasmo del público, se dirigió al ídolo; mas éste se le adelantó diciéndole: "Hoy se ha recaudado alrededor de tanto".

Durante el concierto, se dedicaba a recontar a su auditorio. En el músico, aun para esos delicados matices interpretativos, actuaba el matemático de la música.

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La escultura y la pintura, artes plásticas, están más cercanas que las anteriores a la matemática cuantitativa, ya que se encuentran sujetas a la mensura del espacio.

Las escuelas modernas de estas artes, de tipo sugestivo, con la imprecisión y vaguedad, principalmente en los contornos, dejando campo abierto a la sugerencia e interpretación, parecería que evaden la mensura matemática; pero lo logran sólo en la apariencia. Lo que se consigue, es dejar en suspenso lo que debe suplir el ojo del observador. El papel de éste consiste en ser el otro término de la ecuación; no el de incógnita, porque, en cuanto interpretador, continúa y completa la obra del artista. La parte por suplir aparece la misma en ambos, ya que tienen la misma idea arquetipo en su mente e imaginación, a la cual corresponde el paisaje o estatua. Cuando esto ocurre íntegramente, se da la ecuación perfecta. Puede también encontrarse imperfecta o falsa, cuando el observador no logra superponer su hallazgo con lo evocado por el artista. Se trata entonces, de una ecuación de resultado aparente; o bien se rechaza al igual que una operación aritmética de resultado erróneo.

En la pintura, a más de las líneas entra en mucho el color, cuyos matices son para la percepción visual, lo que el sonido para la auditiva: esto es, armonía, consonancia. Cuando disonancia o discromatopsia diría, las células sensoriales sufren una alteración funcional, a semejanza de lo ocurrido con las cuerdas auditivas al ser impresionadas por un sonido estridente. Así como el oído educado es sutil en la percepción y diferenciación de los sonidos, así también lo es el ojo en la apreciación de los colores. Se completa la ecuación cuando hay ajuste total.

Cuando el artista ha hecho externa su apreciación subjetiva, ya la ha independizado de sí y, entonces, la concordancia ha de producirse entre la obra de arte y quien la observa y estudia.

Podría decirse que la originalidad, la concepción novedosa, el descubrimiento hacen que desaparezca la razón matemática, el carácter de ecuación. Sin embargo, no es así; para los que conocemos los rudimentos de la Aritmética, la igualdad que da la suma, no pasa de ser una verdad, sin interés, porque nos es conocida. Para otro que lo haya planteado y resuelto con anterioridad, ha perdido el interés de investigación.

Despertamos el raciocinio, discurrimos; resolvemos la "X"; descubrimos la verdad; completamos la ecuación en nuestra mente.

Así ocurre con lo llamado original, novedoso. Es para nosotros un problema; hay allí una incógnita. Una vez que la hemos resuelto, completamos la ecuación, se asienta una nueva verdad que es, al tiempo, belleza; la "X" artística, se ha despejado.

Si, por acaso, la resolución no calza con nuestros términos de ecuación, con nuestro factor arquetipo, decimos que se trata de algo falso; que está ausente la nota de belleza.

Como el arte tiene por finalidad, la de agradar plácidamente, sus incógnitas han de ser de fácil hallazgo, pues, de lo contrario, ocasionarían agotamiento, perturbarían la contemplación, cuya limpidez le es esencial.

Esta es una de las diferencias fundamentales entre arte y ciencia: la última indaga irrevocablemente, hasta sus últimas consecuencias; ciegamente, sin importarla la sensibilidad del sujeto. El arte, en cambio, a la par que intelectual, es afectivo y, por esto, es más amplio, menos minucioso; sus premisas son más generales.

Dije que, una vez creada la obra fuera de la mente del autor, la ecuación artística ha de resolverse entre lo creado y la mente del observador, suponiendo en ambos uniformidad o semejanza de ideas arquetipos. De lo contrario, no habría posibilidad de que se completara la ecuación; así, un incivilizado no podría entender las obras de arte interpretativo, ni menos apreciarlas.

Se cuenta que en una exposición de pinturas realizada en París, un autor de escuela moderna, presentó un cuadro que representaba un campo, con cielo por fondo. Ocurrió que el encargado de la colocación de los cuadros, por error, lo ubicó en posición invertida. La obra pictórica tuvo buena aceptación y fue objeto de comentarios de no pocos críticos. Así colocado, haciendo honor a la escuela sugestiva, se veía como retratando un lago, con una montaña por fondo. Se desarrolló una ecuación en tal sentido en la imaginativa de esos críticos.

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Lo dicho vale para las manifestaciones artísticas, las que no están medidas en cantidad, sino más bien cualitativamente, pero que, por comparación o correspondencia, guardan las modalidades de lo cuantitativo.

Si adelantamos más en el campo de lo puramente cualitativo, en lo que no está sujeto a la extensión y la cantidad, tiene allí también cabida la matemática, no ya sin embargo, con el mismo modo de aplicación.

Con lo dicho hasta este momento, puedo adelantar una conclusión: las Matemáticas no tienen como característica esencial la cantidad o la extensión, sino la mensuración de todo lo mensurable; por medio de las comparaciones y superposiciones plantea los problemas: la igualdad o identidad, es lo que llamamos solución.

Hasta ahora se ha aplicado nada más que a la materia cuanta y extensa y, por esto, la ha identificado como su objeto; pero, dada su razón de mensuradora, por medio de ecuaciones, debe tener cabida también en la cualitativo, no tal vez, con cifras numéricas para su expresión, sino con teoremas que más se asemejan al modo de operar geométrico. Así tenemos que la Psicología se ha desglosado de la Filosofía para formar una rama de la ciencia, que cada día se va acercando más a las Matemáticas, con el nombre de Psicología Experimental.

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En este terreno ya surgen las dudas y, acaso, si el escándalo especulativo ¿Puede el alma, el espíritu estar sujeto a las Matemáticas?

Con la concepción de Matemáticas tenida hasta el presente, como mensuradora de lo que ocupa lugar, o tiene relación con el espacio, ciertamente, no. Pero reduciendo a la última expresión su concepto científico, se ve claro que su objeto formal, no es lo extenso, lo que consta de partes materiales, sino todo lo finito; todo lo divisible, todo lo que está sujeto a duración. En una palabra, lo que puede relacionarse.

Por ejemplo, es objeto de mensura matemática, aun en su forma cuantitativa, un concepto que no tiene partes materiales, pero que es divisible: el tiempo.

Lo definía Aristóteles: "mensura notus, secundum prius et posterius". "El movimiento reducido a medida y número, en relación a los puntos comparativos de antes y después".

La definición misma de tiempo, es una razón matemática. Aparece en ella algo que es su esencia misma: la medida y la comparación; o sea, en relación al sujeto pensante; es éste quien mide y quien compara.

Todas las cosas existen en sí, simplemente como cosas. Es el hombre quien, con sus elucubraciones y tan sólo en la mente, las reduce a fórmulas matemáticas. Los principios energéticos en que se basan los fenómenos, se manifiestan en la realidad como hechos constantes, de los que la investigación deduce leyes.

Hemos analizado, adelantando un paso más, algo que está sujeto a las matemáticas y que no es cosa materialmente extensa, sino un concepto mental; el tiempo. En lo objetivo se presenta como duración y, por este concepto, el tiempo tiene su fundamento en las cosas reales, no siendo un puro ente mental, pues son éstas las que se mueven, las que persisten en la existencia; esto es, las que duran. El trayecto entre el punto inicial y el final, supone sucesión, cuya medida es lo que recibe la denominación de tiempo.

Es, pues, una modalidad, un concepto de relación, pero no una cosa objetiva.

Las matemáticas, por ende, se forjan en una mente; son fruto de un raciocinio y tienen como objeto formal lo sujeto a medición, a división.

Todo lo existente, excepción hecha de Dios, puede medirse y, en alguna forma dividirse, en partes extensas o inextensas, por su razón de finito.

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El espíritu, mejor dicho sus operaciones, ya que son éstas las que percibimos ¿pueden estar sujetas a mensura? ¿Caben allí las fórmulas matemáticas?

Si son ellas posibles, muchos factores entrarían para formar una ecuación. No se trataría ya de una ecuación de segundo o tercer grado, sino de "infinito" grado, pues la principal incógnita es la libertad del ser pensante.

Hay un ser para el cual no existe el problema y este es Dios, quien, por su Omnisciencia, tiene despejadas todas las incógnitas posibles.

En su mente infinita, posee todos los miembros de todas las ecuaciones concebibles; conoce todas las premisas que fatalmente hacen caer de su peso las conclusiones. Es Omnisciente, porque es el Summus Matemáticus.

El misterio de la Prescencia Divina, tiene como base el conocimiento matemático del Ser Supremo.

El hombre, formado a semejanza de su Creador, posee también inteligencia, a modo de participación, aunque finita, ya que su ser, que es el receptáculo, también lo es. Para esa inteligencia, sin ser infinita, es ilimitada en sus posibilidades, entre otros, en el sentido de que siempre y eternamente, irá adquiriendo nuevos conocimientos.

¿Implicaría un absurdo, por tanto, que el ser humano trate de alcanzar el conocimiento de las acciones racionales?

Lo que es concebible es digno de estudio.

Este conocimiento de que hablo, no cae dentro del absurdo, ya que absurdo es lo que no puede concebir inteligencia alguna y el conocimiento de las acciones racionales es un hecho en el entendimiento divino.

No contradiría a la libertad humana si un entendimiento finito lo lograra, así como en la matemática cuantitativa, los resultados no son tales porque el entendimiento humano los haya descubierto, sino que, a la inversa, fueron conocidos, porque son así en la realidad. De igual manera ocurre en la matemática cualitativa.

Por el contrario, podría significar un beneficio para la humanidad el que se llegara a un conocimiento de esta naturaleza, ya que muchos errores podrían ser evitados.

Podrá decirse que, en tal caso, fallarían las matemáticas cualitativas. Pero no, porque entonces se sumaría un nuevo factor que, a semejanza de lo que acontece con la matemática cuantitativa, haría variar el producto, si el conocimiento previo es más fuerte que los demás miembros de la ecuación.

Si el entendimiento humano, sin ser infinito, es ilimitado, no se aventura en lo imposible si trata de ampliar su ámbito matemático a la indicada modalidad.

Como antes apunté, se trata de una ecuación de incógnitas difíciles. Para completarla, han de tenerse en cuenta múltiples elementos: la herencia, el ambiente, el estado físico, la fuerza de los instintos; sumados todos estos, han de restarse a la libertad, para enunciar la ecuación.

Si se pretendiera conseguir una ley, sería menester efectuar muchas comprobaciones, a la manera de lo que se hace con los test psicológicos, a fin de aquilatar su exactitud.

Este camino ha sido siempre el de las Matemáticas cuantitativas. Dos y dos se consideran cuatro, previa comprobación de agregar dos objetos a otros tantos, y en la misma forma se procedió con todas las operaciones hasta llegar a los más abstrusos cálculos infinitesimales, apoyadas las desconocidas en las que ya habían tenido solución.

No se suponga que la Matemática cualitativa, necesariamente, deba ser manifestada en fórmulas numéricas. Los números son sólo signos para facilitar el raciocinio, que en la matemática cuantitativa cuadran a perfección, sin constituir su esencia. La matemática cualitativa puede obtener otros signos de expresión.

Lo importante es, que la Matemática cualitativa encuentre su Arquímedes que le fije leyes; un cerebro que le dé el mecanismo de desarrollo.

Para ello, es indispensable tener la aureola del genio, se requiere ser sabio y, desgraciadamente, yo no lo soy.

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Esta publicación electrónica que logré transcribir desde el teclado de mi computador respetando hasta el más mínimo detalle del original que heredé, es un humilde homenaje a mi padre, quien jamás perdió sus sacras iniciaciones, y que con este escrito, dedicado a su único hijo, escrito encontrado "accidentalmente" por mi varios años después de él muerto, y que yo recibí como preciado tesoro, me demostró que a pesar de sus sagrados votos a los que renunció de buena fe, él quiso tener a ese hijo. Hijo al que parte del mundo hízole creer en su hipocresía debajo de la máscara que, desde niño pudo desenmascarar, era el que no debió jamás de nacer y por eso, como Guerrero fue duro contra el mundo. Conocida la verdad, vino la muerte del Guerrero y el renacer de uno de paz. Ahora él, mi padre, ya recibió a mi madre en la otra orilla, y ambos disfrutan de los méritos cosechados en sus vidas. Gracias padres míos por todo lo que en vida me disteis, y desde el más allá me habéis seguido brindando, sin yo merecerlo en este lento camino para el Despertar. Padres, La Misión ya fue cumplida el día 8 de enero de 1999 en la Cordillera de la IV Región...
De Iván Su Único Hijo.
Quilpué, Chile.


Dr. Juan Seperiza Zaninovich
Santiago de Chile 1944
Transcrito para InterNet por su hijo en noviembre de 1998
http://www.isp2002.co.cl/1944.htm
isp2002@vtr.net