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Sobre Girolamo (Jerónimo) Savonarola

Fue gracias al libro "El Deber" de Samuel Smiles que me enteré de la existencia del mártir dominico fray Girolamo Savonarola. Motivado hoy al releerlo y al apreciar cierto paralelismo con otro mártir al que tanto admiro, como lo fue Giordano Bruno, he buscado en InterNet y algo encontré:

-I-
  La historia escueta de la relación de Savonarola con su fe y la época (1452-1498), manifiesta que:

            La atmósfera pública la daban personajes como el papa Borgia (Alejandro VI) a quien se le atribuye la paternidad de Lucrecia y César Borgia. La figura de este último, y sus actuaciones, fue la fuente de inspiración de "El Príncipe" de Nicolás Maquiavelo.
            La famosa familia Borgia tiene su origen en Rodrigo de Borja que adoptó el nombre de Alejandro VI cuando fue elegido papa. Ya su elección vino acompañada de polémica debido a su conducta licenciosa, producto de la cual tenía un hijo llamado César y la hija llamada Lucrecia. César fue el beneficiario de la concesión de un amplio número de territorios eclesiásticos para su disfrute personal, lo que motivó que Alejandro VI fuera tildado de nepotismo y criticado abiertamente por Savonarola. Su habilidad diplomática benefició a Isabel y Fernando con el nombramiento de Reyes Católicos al tiempo que por las bulas "Inter Caetera" cedía a Castilla el dominio americano. El papa Alejandro VI también favoreció la lucha contra los turcos y la formación de una Liga Santa contra Francia.
            La bella Lucrecia fue moneda de cambio en manos de su hermano César y de su padre el papa. Fue utilizada para sellar alianzas. Los enemigos de los Borgia la acusaban de ser la prostituta del Papa.
            En esa época
los polémicos sermones y textos del fraile Girolamo Savonarola trataban de contrarrestar esta corriente de paganismo financiada por la propia Iglesia. A la caída de los Medici, Savonarola instauró una república teocrática en Florencia, que duró poco menos de tres años. Abandonado por el pueblo y odiado por Alejandro VI, impenitente protector de la cultura llamada pagana, Savonarola al considerársele reo de herejía, murió en la hoguera en Signoria, Florencia, el 23 de mayo de 1498 con dos de sus discípulos: Domenico de Pescia y Silvestro de Firenze.

-II-
http://iris.cnice.mecd.es/kairos/temas/Fuego/fuego3_0304.html
Se puede leer:

Una iglesia que devasta, que ampara a prostitutas,
mozalbetes licenciosos y ladrones, y en cambio persigue a los buenos
 y perturba la vida cristiana no está impulsada por la religión sino por el diablo,
al que no sólo se le puede sino que se le debe hacer frente.

Savonarola

Esta frase pronunciada por Savonarola le auspiciaba no un buen fin. Defensor de la pobreza de la Iglesia, y predicador de ella, incitaba a todos a desprenderse de artículos de lujo y superfluos. Como muestra de su afán por acabar con el lujo en los carnavales de 1497 organizó una gran hoguera en la Plaza de la Signoria de Florencia. Las llamas alcanzaron 60 pies de alto y se extendían en el suelo en una circunferencia de 40 pies. En ella ardieron objetos considerados símbolos de vicios profanos: instrumentos musicales, imágenes, joyas, naipes, y no olvidó los libros de Boccaccio y Petrarca por su contenido obsceno. El papa Alejandro VI le excomulgó, pero eso le sirvió de estímulo para organizar otra hoguera aún más espectacular al año siguiente, en 1498.

Llevado a juicio, fue condenado y castigado a morir quemado en la misma plaza donde él había organizado las hogueras unos meses antes. Su ahorcamiento y quema tuvo lugar en la Plaza de la Señoría de Florencia en el mes de mayo de 1498.

-III-
http://ea.el-nuevodia.com/2002/09-Septiembre/29Septiembre2002/Editorial/Septiembre/nota_del_dia.html

(29/09/2002)
Nota del día
Juicio  a  Savonarola

Angel.- “Muchos hombres de tu tiempo te juzgaron un maníaco exaltado o un astuto simulador. Amenazaste a los hombres con las llamas del cielo y no pudiste escapar a la hoguera. Elegiste a Cristo como rey de tu pueblo, pero con la intención tácita de que sólo tú fueras su virrey”.
Savonarola.- “Fui un misterio hasta para mí mismo, aun en el día del fuego, pero ahora estoy preparado para decir la verdad sobre mi ser. En mis tiempos y en mi patria todos aspiraban a conquistar dominios o acrecentarlos por cualquier medio, legítimo o no. Cada día se veía a plebeyos sagaces y atrevidos convertirse en señores de tierras y ciudades, y hasta reinos. Capitanes de bandas mercenarias, comerciantes mañosos y pródigos, señoruelos de provincia, aventureros de todo origen y ralea habían conseguido, en aquel siglo, hacerse jefes y gobernantes de casi todos los estados italianos. En fin, vi jóvenes que alcanzaban el señorío por dos caminos: con la fuerza de las armas ayudada por el engaño, o con la fuerza del oro ayudada, también, por el engaño. Yo no tenía oro para pagar soldados ni para corromper la ciudad. Y me di cuenta que quedaba otro camino para enseñorearse de los pueblos: el de la palabra. No la de la elocuencia humana, tampoco la de la oratoria poética y enteramente retórica de los humanistas;  una desilusión amorosa de mi juventud, unida a la pasión por el estudio y la perfección, me había impulsado a hacerme fraile, se me ocurrió entonces que la palabra inspirada por Dios, podría ser un medio para adquirir un poder absoluto sobre el alma de los hombres. Llegué a ser príncipe pero, tal como terminan los intrusos, terminé entre las llamas con que tantas veces amenazara a la ciudad pecadora”.
De “El juicio final”. Obra  fundamental del escritor italiano, Giovanni Papini

-IV-
Señaló Savonarola recibir la revelación de una profecía en dos fases:
           
            Sucesión de guerras, calamidades y pestes, que Dios manda sobre su Iglesia como castigo por la corrupción y que sólo se detendrán con purgaciones y penitencias.
            Exigencia de la conversión de los infieles para recuperar la paz y la unidad bajo una sola Iglesia. Con ello se volvería a la pureza original y, además, Florencia se convertiría en la "Nueva Jerusalén".

La exigencia de conversión de los infieles para recuperar la paz y la unidad bajo una sola Iglesia, cuyo cumplimiento llevaría a Florencia a ser la "Nueva Jerusalén", no se cumplió y, la primera parte de la profecía se sigue cumpliendo cada vez más y más.

En un notable sermón que se ha titulado como su "Profecía sobre los infortunios de Italia”, predijo:

La caída de los grandes príncipes, opresores de las masas. Cuantos habitan en las adornadas jaulas de oro acabarán siendo cautivos de las debilidades del hombre dando así principio a su final.

Esto se cumplió, entre otros acontecimientos, con la caída de las águilas o Imperios de Europa como el alemán, el austrohúngaro, el soviético... y, ¿qué pasó con los reyes de Italia y la nobleza de Florencia con sus adornadas jaulas de oro?

-V-
Dejó Savonarola estas “Diez reglas para observar en tiempo de grandes tribulaciones”, pensando en especial en la última Tribulación, la del Anticristo:

La primera regla es rezar a Dios devotamente y con perseverancia para que en aquel tiempo mande buenos capitanes y pastores para consolar, animar y confortar al pueblo de Dios, quien en ese tiempo, por las grandes tribulaciones y por la debilidad y la poquedad de la luz natural y sobrenatural, fácilmente declina del bien y cae en el pecado: máximamente en el tiempo de la gran tribulación, en la cual comúnmente se pierde o disminuye el vigor de dicha luz, y por eso fácilmente el hombre declina del verdadero juicio, engañado por el amor propio y por el demonio, y por sus propios miembros. Y por eso no basta entonces a los enfermos la lumbre propia, ni el haber entendido y oído muchas cosas buenas, sino que es necesario tener ayuda extrínseca, es decir, quienes lo conforten y consuelen.

La segunda es rogar a Dios que te dé espíritu de discreción, es decir, una vivacidad y sutileza de juicio, de modo que tú sepas discernir y conocer los verdaderos bienes de los falsos y los hombres malos, porque en aquel tiempo abundarán los tibios e hipócritas de tal manera que quien no esté especialmente iluminado no sabrá qué camino seguir. De allí que respecto de la última persecución dice nuestro Salvador: “Surgirán falsos cristos y falsos profetas, y harán signos grandes y prodigios, de tal modo que serán inducidos al error, si posible fuera, incluso los elegidos”.

La tercera regla es rogar a Dios que te dé una verdadera y viva lumbre por la cual tú veas que las ceremonias exteriores, aunque sean en sí buenas, no valen nada para la salvación sin el espíritu por dentro (porque está escrito que por las obras de la ley, o sea por las ceremonias y obras exteriores, no se justifica el hombre); y que te dé la gracia de purificarte y justificarte y santificarte por dentro y no por fuera solamente.

La cuarta es rogar  a Dios que te dé un vivo y verdadero espíritu de amor divino, el cual es consecuencia de la verdadera contrición, y al cual sigue después la verdadera pobreza y simplicidad de Cristo y el desprecio de las cosas del mundo, como por experiencia se ha visto y se veía en los hombres santos. En cuanto que, despreciando todas las cosas terrenas, y considerándolas como estiércol, cuando en las tribulaciones pierdas las cosas materiales, los hijos o la propia vida, no te turbarías, antes bien soportarías cada cosa pacientemente y con gozo del Espíritu Santo.

La quinta regla es rogar a Dios que este Espíritu y gracia confirme en ti los siete dones del Espíritu Santo, dándote además en los tiempos de tribulación esta especial ayuda; porque no basta al hombre, máximamente en estos tiempos, la gracia y la virtud con la ayuda general de Dios, sino, para muchos casos particulares que ocurren rápido y repentinamente, es necesario que en ese tiempo tú seas dirigido y regulado por especial ayuda; sea por especial y particular sabiduría, sea por un claro conocimiento de la ciencia, sea por el temor, sea por la fortaleza de ánimo, sea por la piedad mansa. Por estos dones, el alma se hace fácilmente dócil y obediente a la particular inspiración del Espíritu Santo, y así fácilmente camina conducida por Él en el tiempo de la gran tribulación.

Estas cinco reglas se deben observar con reverencia ante las tribulaciones.

Siguen otras cinco para observar cuando la tribulación está presente: 

La primera consiste en comulgar con frecuencia, bien dispuesto por una verdadera confesión y contrición de los pecados, porque el primer efecto de este sacramento es convertir al hombre en Cristo. Por eso, cuando el hombre más frecuenta dignamente la comunión, tanto más crece el amor de Cristo, y más se une con Dios, y adquiere más gracia y virtud y fortaleza para tolerar toda tribulación. Por eso, en la primitiva Iglesia, por las grandes tribulaciones que había, comulgaban los cristianos todos los días para poder ser fuertes y gallardos ante toda tribulación, estando siempre preparados y bien dispuestos para poder comulgar dignamente.

La segunda regla es orar asiduamente, porque la frecuente y atenta oración fortalece al hombre en toda virtud, lo hace fuerte, gallardo y excita el fervor por el cual el demonio no puede acercársele. Ilumina además admirablemente al hombre en todo lo que ha de hacer, y lo hace familiar a Dios. Así dice el Salvador: “Es necesario orar siempre, y nunca desfallecer”.

La tercera regla es pedir a Dios continuamente que refrene la potestad adversa, es decir al diablo con sus seguidores, quitándoles su intelecto, su afecto y su fuerza de hacer mal, creyendo firmemente que la mano de Dios es la que mueve todas las cosas, y hace vencer todas las tribulaciones, y que la oración es de grandísima eficacia para impetrar toda cosa de Él.

La cuarta regla es pedir a Dios que dé fin pronto a tantas tribulaciones, quitando la causa, como son las malas cabezas y el gran poder que tienen con sus secuaces, no queriéndose convertir a penitencia, sino estando obstinados en hacer mal, como está escrito: “Disipa a la gente que quiere guerra”.

La quinta y última regla es pedir a Dios eficazmente que por este camino de la tribulación, haga perfectos a los buenos, purifique a los imperfectos, y suscite muchos pecadores a penitencia, porque muchos que por la tribulación vuelven a penitencia, en la prosperidad no se convierten, más bien se hacen peores.

-VI-
Por ejemplo, Savonarola poseía un discurso tan ardiente y arrebatador, que la gente iba a sus casas por las cosas de valor que tenía, en especial joyas y alhajas, y las echaba a la hoguera encendida en la Plaza de la Señoría de Florencia. Nunca conseguiré yo tal cosa, por muchas razones que exponga en contra del consumismo actual, o de la codicia desenfrenada que ahora observamos en algunos ambientes.
José María Méndez

-VII-
Según el predicador dominico Savonarola, "Las relaciones sociales (...) se nutrían de la desconfianza recíproca, y las acciones privadas y la actividad intelectual de los ciudadanos (...) serían absolutamente libres".

Savonarola opinaba que ello sólo sería posible si la causa inicial y final era la aspiración hacia el bien común -bene comune-, un principio ético extraído de los textos de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. Sin embargo, el predicador dominico era demasiado radical en sus opiniones y fomentaba la quema en la hoguera de todos aquéllos que se abandonaran al vicio y el libertinaje, así como la restricción y supervisión de la ciencia y la supresión del desnudo en el arte. A pesar del carácter casi dictatorial de su conciencia misionera hacia finales de su vida, Savonarola tenía por modelo a Cristo crucificado: "Puesto que no voy a predicarme a mí mismo sino a Cristo (...), y no se convertirán a mis alabanzas sino a ti".

Savonarola predicaba el ideal de la pobreza y el desposeimiento: "Una iglesia que devasta, que ampara a prostitutas, mozalbetes licenciosos y ladrones, y en cambio persigue a los buenos y perturba la vida cristiana no está impulsada por la religión sino por el diablo, al que no sólo se le puede sino que se le debe hacer frente". Cuando el papa Alejandro VI le ofreció el cargo de dignatario de la Iglesia con la intención de disuadirle de su anticlericalismo despiadado y severo, Savonarola rehusó: "No quiero un birrete cardenalicio ni ninguna mitra, grande ni pequeña. No quiero sino lo que le diste a tus santos: la muerte".

Este no fue el único gesto de desafío a la Iglesia; el propio Savonarola había encendido con anterioridad una hoguera y escenificado una acción disciplinaria simbólica. El 7 de febrero de 1497 organizó en la Plaza de la Signoria una "hoguera de las vanidades" en la que ardieron objetos que simbolizaban los vicios profanos: instrumentos musicales, imágenes, joyas, naipes e, incluso, los libros de Boccaccio y Petrarca por su contenido "impúdico". Esta acción le valió la excomunión por parte del papa Alejandro VI, pero al mismo tiempo le sirvió de incentivo para organizar otra hoguera todavía más espectacular al año siguiente, en 1498.
Ruth Strasser


-VIII-

http://www.conoze.com/doc.php?doc=1202
Savonarola, su rehabilitación no es inmediata

«Todavía es pronto para pensar en una rehabilitación de Jerónimo Savonarola». Lo afirmó monseñor Crescenzio Sepe, secretario general del Comité vaticano para la preparación del Jubileo del año 2000, al intervenir en el Mitin organizado por el movimiento Comunión y Liberación en Rimini (Italia).

Monseñor Sepe explicó que el problema del así llamado «mea culpa» sobre las responsabilidades históricas de la Iglesia en el caso de Savonarola tendrá «un espacio adecuado de reflexión» durante el año jubilar. En este sentido, teólogos e historiadores se encontrarán para discutir sobre la controvertida figura de Savonarola. Concluyó Sepe: «Pero el tiempo para un replanteamiento global sobre la figura del fraile parece todavía largo».


-IX-
http://www.dominicos.org/espiritualidad/textos/galeria/savona.htm
Fray Jerónimo Savonarola
Derrotado en su agotadora lucha contra el mundo, torturado y condenado a muerte, el controvertido fraile dominico pone en la misericordia divina toda su esperanza mientras esperaba su ajusticiamiento. Las últimas palabras que escribió en su celda de la prisión expresan este precioso testimonio:

¿Por qué, pues, colmado de tantas gracias, has llegado a ser por tu orgullo y tu deseo de gloria, un escándalo para el universo? ¿Por qué al caer no has sido deshecho? ¿No es acaso porque el Señor te ha alargado su mano? ¿Y por qué lo ha hecho? ¿Por qué ha vuelto tu corazón hacia sí? ¿Por qué te ha impulsado a la penitencia? ¿Por qué te ha consolado? ¿No es acaso para purificarte, rehabilitarte por su gracia, conducirte a la vida eterna? Estas no son ilusiones o imaginaciones forjadas por ti, son divinas inspiraciones.
“In te, Domine, speravi”. Por estas palabras mi corazón fue en tal medida consolado, que, no pudiendo retener más mi alegría, comencé a cantar: El “Señor es mi luz y mi salvación, ¿A quien temeré?“ Y desecho en lágrimas, arrojándome a los pies del Señor, añadí: ¡Oh, Señor!, aun cuando ellos alcen contra mi sus ejércitos, mi corazón no se conmoverá, pues vos sois mi fuerza y mi refugio, y a causa de vuestro nombre me guiaréis y me sustentaréis.

-X-
http://pachami.com/2cap02Sefar.html
Florencia, 20 de octubre de 1493.

La voz de Savonarola retumbaba contra las piedras de la iglesia de San Marco. La muchedumbre escuchaba en silencio, de pie, en grupos. Las familias encumbradas estaban sentadas en los escasos bancos próximos al altar. David, sentado en uno de los últimos, cerca de los portales, junto a Pico de la Mirándola, atendía absorto. Pico le había dicho algunos días atrás: "debes escuchar algún sermón de Savonarola, el próximo domingo vendrás a la iglesia. Yo te llevaré"

—…los príncipes de Italia —continuaba el monje—, estos malos príncipes son mandados para castigar los pecados de sus súbditos; ellos son una trampa para las almas: sus palacios y las cortes son el refugio de todos los animales y monstruos de la tierra, de todas las malas pasiones. Allí están los consejeros que estudian siempre nuevos tributos que succionan la sangre al pueblo. Allí están los filósofos y los poetas aduladores, quienes, con miles de fábulas y brillos, hacen comenzar desde Dios la genealogía de estos príncipes malvados; pero, los que son peores allí son los religiosos que siguen el mismo estilo.

Hizo una pausa en su sermón y con un ademán abarcó a todo su auditorio:

—Ésta, mis hermanos, es la ciudad de Babilonia, la ciudad de los impíos, la ciudad que el Señor quiere destruir.

Se escuchó el murmullo de la muchedumbre. David estaba impresionado por estas palabras y por la influencia que parecían tener sobre el pueblo. Creyó que contenían ideas que ya había escuchado antes. Recordó la fiesta del conde Pacci, la noche en que conoció a Catalina: Savonarola tenía razón.

—…nuestra iglesia tiene por fuera muchas bellas ceremonias y solemnes oficios eclesiásticos, bellas vestiduras de los oficiantes, candelabros de oro y plata, y tantos cálices que son una majestad. —Savonarola hizo una pausa, miró hacia la imagen de Cristo en la cruz y dirigiéndose a él continuo—: Tú ves aquellos grandes prelados con hermosas mitras de oro y piedras preciosas, Tú los ves cantar bellas vísperas y misas; entonces, con tantas bellas ceremonias, con tanto órgano y cantores, Tú estas pasmado…

David lo estaba. Nunca había escuchado que en un sermón se atacara de esta manera al clero establecido. Miró con un gesto de interrogación a Pico de la Mirándola. Éste hizo una seña que significaba: "ya te explicaré".

—…y los primeros prelados eran pobres comparados con estos modernos —continuó implacable Savonarola—. No tenían entonces tanta mitra de oro ni tantos cálices, y, aunque algunos de ellos tuvieran cálices, los fundirían para atender las necesidades de los pobres: ahora nuestros prelados obtienen los cálices de lo que es de los pobres, parece que sin ellos no pueden vivir. ¿Pero sabes Tú qué es lo que yo te quiero decir? En la primitiva Iglesia los cálices eran de madera y los prelados de oro; hoy, la iglesia tiene los cálices de oro y los prelados de madera. Así han introducido entre nosotros la fiesta del diablo. ¡Ellos no creen en Dios y se mofan de los misterios de nuestra religión! ¡Qué haces Tú entonces, Señor! ¿Por qué duermes? ¡Levántate, ven a liberar tu Iglesia de las manos del diablo, de las manos de los tiranos, de las manos de los malos prelados. ¿Te has olvidado de tu Iglesia? ¿Ya no la amas? Nos hemos convertido en el oprobio del mundo: los Turcos son patrones de Constantinopla; hemos perdido el Asia; hemos perdido Grecia; allí somos tributarios de los infieles. Oh Señor Dios, acelera la pena y el flagelo porque presto retornaremos a Ti…

David recordó, por algún motivo que en ese momento no podía explicar, los argumentos de Isaac Abravanel sobre los motivos de la expulsión.

—…No se escandalicen, mis hermanos, de estas palabras; pero, cuando veis que los buenos desean el flagelo, es por que desean que de esta forma sea saciado el mal, y que prospere en el mundo el reino de Jesucristo bendito. A nosotros no nos queda más que esperar que La Espada del Señor se llegue pronto a la tierra.

-XI-
http://www.zenit.org/spanish/archivo/9809/ze980908.html#a4
SAVONAROLA ES UN MODELO PARA LOS JÓVENES

Para el Maestro General de los dominicos el ajusticiado por la Inquisición fue un mártir

ROMA, 8 sep (ZENIT).- «Jerónimo Savonarola es un mensaje para el futuro, un modelo para los jóvenes, un predicador para los nuevos tiempos». Así concluye el maestro general de los dominicos, Timothy Radcliffe, un apasionado artículo escrito en la revista italiana «Jesús» en defensa del miembro de la Orden de los Predicadores que fue ahorcado y luego quemado, acusado de herejía, por la Inquisición.

Bajo el título «Profeta y mártir», el padre Radcliffe recuerda que, hace quince años, el Capítulo general de su orden pidió que se promoviera la causa de beatificación de Savonarola. «Pareció entonces un gesto audaz y arriesgado», afirma. Hoy, añade, en el Capítulo general que se acaba de celebrar en Bolonia, «hemos constatado con justa satisfacción cómo aquella petición era apropiada y con buena esperanza».

Los estudios subsiguientes a aquella decisión, explica el general de los dominicos, han puesto en evidencia que «algún enemigo de fray Jerónimo manipulaba los textos de sus cartas y sermones para hacerlo aparecer como un reaccionario exaltado». Subraya el padre Radcliffe: «Fue, en cambio, un auténtico hijo de Santo Domingo». Y adjunta el testimonio del cardenal Piovanelli, arzobispo de Florencia, que el 23 de mayo de 1998, día del quinto centenario de su muerte en el patíbulo, lo calificó como «un hombre y un religioso excepcional, un profeta y mártir».

Se pregunta el autor del artículo por qué esta figura suscitaba tanto entusiasmo en Florencia, ciudad escenario de sus prédicas, y por qué gustaba tanto a jóvenes como a mayores. Y responde que se debe a tres motivos: «Fue sobre todo un personaje de una intensa humanidad; fue luego un gran predicador dominico; y, por último, tuvo una gran sensibilidad social y política por los problemas de su tiempo».

Fue precisamente la radicalidad evangélica la que llevó a Savonarola a la cárcel y luego a la condena a muerte. Una radicalidad que molestaba a muchos personajes corrompidos de su época. Lo decía él mismo, desde la prisión: «Cuando empecé a hablar sobre el alimento que no muere, no pudiéndolo hacer sin ofender a los de mala vida, se desencadenaron los odios contra mí». Y el padre Radcliffe apunta: «La predicación del Evangelio desencadenó el odio contra Savonarola».

El general de los dominicos va más allá y apunta otra causa del triste final del fraile dominico, citando palabras de Giorgio La Pira, laico dominico y alcalde de Florencia, en el quinto centenario del nacimiento de Savonarola: «Conectó en un nexo imprescindible la dimensión místico y contemplativa con la política que mira al orden social histórico».

Timothy Radcliffe afirma que todo esto lleva a descubrir un nuevo rostro de «este gran hermano nuestro». «La historia ha hecho justicia al dominico --añade-- quien, cuando habla de Dios y del corazón humano, es tierno como una madre; cuando denuncia las injusticias y la corrupción, es severo como un padre; pero, cuando debe abrir caminos nuevos a su orden religiosa y a la ciudad en la que vive, es audaz pero iluminado».
ZN980908-4

Timothy Radcliffe, Maestro de la Orden de los Dominicos: "Pido perdón por la Inquisición" 
Tengo 53 años. Nací en Londres y vivo en Santa Sabina, la más hermosa iglesia de Roma. Soy el maestro de la orden de Predicadores, o sea, de los Dominicos, hasta el 2001. Soy célibe. Soy Leo. No tengo coche. ¿Tendencias políticas? Luchar por un mundo más justo. Estamos en 100 países, con 7.000 frailes y 4.500 monjas.

-XII-
Hace más de quinientos años, Savonarola escribió una carta a un novicio que había sido claramente escandalizado por los pecados de los frailes. Savonarola le previene respecto a las personas que llegan a la Orden esperando entrar directamente en el paraíso. Nunca perseveran. "Desean vivir entre los santos excluyendo a los malos e imperfectos. Y cuando no encuentran lo que quieren, abandonan su vocación y se van Pero si deseas huir de toda maldad, debes dejar este mundo". Esta confrontación con la fragilidad es, a menudo, un momento magnífico en la maduración de una vocación. Es cuando descubrimos que somos capaces de dar y recibir la misericordia que pedimos cuando nos hicimos miembros de la Orden. Si somos capaces de hacerlo, estaremos en camino para llegar a ser un fraile y un predicador.
Savonarola escribió al novicio crítico: "Si tú ves algo que no te gusta, piensa que fue hecho con buena intención. Muchos son, en el fondo, mejor de lo que tú imaginas".
Cuando Savonarola habla acerca del entendimiento que tenía santo Domingo de las Escrituras dice que se fundaba en la carit, en la caridad. Y puesto que las Escrituras están inspiradas por el amor de Dios, sólo la persona que ama puede comprenderlas: "Y vosotros, hermanos, que queréis comprender las Escrituras y que queréis predicar: aprended la caridad y ella os enseñará. Teniendo caridad las comprenderéis". (Dalle prediche di fra' Gerolamo Savonarola, Ed. L. Ferretti, en Memorie Domenicane XXVII 1910.)
padre Timothy Radcliffe , 1998.
Maestro general de la Orden de Predicadores de Santo Domingo de Guzmán (Dominicos)

-XIII-

http://www.zenit.org/spanish/archivo/9808/ze980811.html#a5
¿SAVONAROLA, SANTO O REBELDE?

Entrevista con el postulador de la beatificación del dominico quemado por la Inquisición

CIUDAD DEL VATICANO, 11 ago (ZENIT).- Excomulgado por el Papa Alejandro VI, colgado por desobediencia y sospecha de herejía en la plaza de la Señoría de Florencia, y quemado en la hoguera el 23 de mayo de 1498, Jerónimo Savonarola, sigue siendo el centro de un animado debate ya desde que sus cenizas fueron arrojadas al río Arno.

A pesar de la excomunión, la condena a muerte y las acusaciones de herejía, santos, beatos y papas han seguido venerándolo. Rafael lo pintó en la disputa del Sacramento de los salones vaticanos. El escritor británico George Elliot escribió una novela, «Romola», en la que cuenta su vida. Los historiadores más autorizados, tras siglos de investigación, no han encontrado pruebas y testimonios suficientes para condenarlo. En este año que se cumple el V Centenario de la muerte, los intentos de rehabilitarlo se hacen cada vez más concretos. La última edición de la revista «Tertium Millennium», del Comité vaticano para la preparación del Jubileo, se confirma que se esta estudiando su rehabilitación solemne. Pero Savonarola ¿era un santo o un rebelde? ¿Un loco fanático, fustigador de las costumbres fáciles del tiempo, o un adelantado predicador que quería reformar la Iglesia antes del cisma protestante? Un enigma de hace cinco siglos que resurge y que se vuelve de candente actualidad. Para profundizar en la discusión y la figura de Savonarola «ZENIT» ha entrevistado al padre Innocenzo Venchi, encargado desde 1995 por el Capítulo General de los dominicos de estudiar y promover la causa de beatificación de Savonarola.

«Savonarola --dice el padre Venchi-- vuelve a estar en auge porque se siente la necesidad de precisar la realidad histórica; fue calumniado y mal comprendido. Hace falta alumbrar la verdad y hacer emerger su figura espiritual, el hombre virtuoso, el santo. Las cuestiones a las que debemos responder claramente son: la obediencia al Papa, y Savonarola jamás lo desobedeció; la excomunión y su validez: se trata de una cuestión muy controvertida; y su influencia política, que fue probablemente la causa de su condena a muerte. Sobre la base de todas las pruebas y contrapruebas que he visto, puedo afirmar que las cuestiones anteriores se pueden resolver de manera más que suficiente».

--ZENIT: En el imaginario colectivo, Savonarola es recordado como un fanático predicador contra las vanidades femeninas, un severo moralista que quemó los cuadros de Botticelli sólo porque aparecían mujeres desnudas.

--Innocenzo Venchi: Savonarola fue un personaje íntegro moralmente, honesto y coherente, su vida correspondía a lo que predicaba, era severo, pero es necesario también considerar la realidad de los tiempos que vivió. Ante el neopaganismo creciente, la decadencia de costumbres en Roma y Florencia, bastaba pedir que se siguiera el Evangelio para ser tildados de severos censores. Savonarola era sin embargo un enamorado de Florencia, se puede deducir de sus prédicas; sentía una gran ternura por aquella ciudad; si se puede hacer una comparación, como Cristo lloró sobre Jerusalén, así Savonarola lloró sobre Florencia. Era riguroso pero al mismo tiempo era equilibrado, no era fanático, y es evidente en algunas cuestiones en las que intervino. Intervino ante la República de Lucca para buscar una solución razonable en favor de los judíos. Por lo que respecta a las mujeres, Savonarola las tenía en gran consideración, en un período en el que la prostitución imperaba y las mujeres no gozaban de ninguna estima, propuso hacerlas participar en la guía de la vida civil de la ciudad. Escribió incluso un tratado sobre la vida de las viudas. Mostró ternura materna por los niños.

--ZENIT: Y, ¿cómo explica las «hogueras de las vanidades» que organizaba?

--Innocenzo Venchi: Se ha hecho un gran ruido y se han escrito muchas falsedades acerca de «la hoguera de las vanidades» en la que se quemaban joyas, cuadros poco respetuosos con la moral, pero esta práctica que ya había sido puesta en práctica por San Bernardino de Siena y el beato Bernardino de Feltre, no fue una invención de Savonarola. Se dice que tenía aversión a la pintura porque hizo quemar los cuadros de Botticelli con mujeres desnudas, pero muy pocos saben que Bartolomeo della Porta, el maestro de Rafael, fue discípulo y seguidor de Savonarola. Fue a partir del encuentro con Savonarola cuando fray Bartolomeo comenzó a pintar temas religiosos. Conocida es la admiración de Miguel Angel por Savonarola y se presume incluso que también de Rafael, visto que el gran pintor lo representa en la Disputa del Sacramento. Seguidor de Savonarola fue así mismo el pintor Paolino Detti más conocido como Paolino del Signoraccio. En fin, tenía muchos artistas entre sus seguidores.

--ZENIT: Parece evidente que respecto a Savonarola se ha cometido una injusticia, pero ¿era verdaderamente un santo?

--Innocenzo Venchi: La causa nace del hecho de que, a pesar de las calumnias y las condenas, el culto y la veneración de Savonarola han continuado a lo largo de los siglos hasta nuestros días. Entre sus admiradores, se cuentan decenas de santos como San Felipe Neri, Santa Catalina de Ricci, San Juan Fisher, San Pío V, San Pío X. Incluso en los tiempos modernos nos encontramos con grandes simpatizantes de Savonarola como el beato Pier Giorgio Frassati, el beato Don Orione y el siervo de Dios, Giorgio La Pira. Además, según progresa la investigación, se conocen más los escritos y los sucesos históricos, más se estima a Savonarola, incluso si, por su decidida toma de postura, será siempre signo de contradicción.

--ZENIT: ¿Podría ser beatificado alguien que criticó tan duramente la vida de los eclesiásticos?

--Innocenzo Venchi: Importantes estudios históricos prueban que Savonarola no era ni desobediente, ni excomulgado, ni loco. Algunos sostienen que si se hubiese escuchado a Savonarola quizá no se hubiera dado la Reforma. Porque, mientras en aquel tiempo nadie alzaba la voz contra la corrupción imperante, Savonarola se hizo sentir, predicó contra las malas costumbres, denunció la disolución de los tiempos, tuvo el coraje de hablar hasta el final, fue coherente, no cedió nunca, no se plegó ni siquiera ante las amenazas de muerte, y pagó con su persona.

--ZENIT: De modo que para usted Savonarola es un santo, con todo lo que esto implica.

--Innocenzo Venchi: La santidad de Savonarola se evidencia en el momento de la condena cuando, durante 45 días, prisionero en el palacio de la Señoría, fue torturado, humillado, ridiculizado, y luego muerto y quemado. En aquel mal trance, Savonarola tuvo la fuerza de escribir un comentario al «Miserere» que es uno de los más bellos de la historia de la Iglesia. Este es un comportamiento de santo. En cierto sentido, ha recorrido la pasión de Jesucristo: ha sido traicionado, encarcelado, procesado, abandonado de todos, despojado del hábito. Sufrió todas las humillaciones sin rencor por nadie, y nunca desobedeció al Papa.
ZE980811-5


* * *

Veamos qué escribe sobre Savonarola
Samuel Smiles en su libro:
 El Deber

              
CAPÍTULO VI
Sufrimiento hasta el fin. - Savonarola.


El amor vence a la agonía; el alma que parecía
abandonada siente otra vez su Dios, y en los
brazos de su Padre fenece contenta.
- Keble.      

Es preferible la muerte cuando el trabajo ha terminado,
al nacimiento más favorable del mundo.
- Jorge Macdonald.

Me preguntáis en general, cuál será el final del conflicto.
Yo contesto: la victoria. Pero si me lo preguntáis en
particular, os contestaré: la muerte.
- Savonarola.

       Volvamos a algunos de los grandes héroes mártires de Italia, a Arnoldo de Brescia, Dante y Savonarola. Poco después de la caída del imperio romano, obtuvieron otras vez ascendencia las influencias más bajas de la naturaleza humana. La Iglesia no podía prevalecer sobre ellas. La verdad era que la Iglesia las seguía. San Bernardo de Clarivuax, estigmatizó los vicios romanos con estas palabras mordaces: "¿Quién ignora su vanidad y su arrogancia? Una nación amamantada en la sedición, intratable, y que desdeña obedecer, a menos que sea muy débil para resistir. Diestros en la maldad, jamás han aprendido la ciencia de hacer el bien. La adulación y la calumnia, la perfidia y la traición, son los actos comunes de su conducta".
       La corrupción y la frivolidad en las personas de alta posición, nunca dejan de ejercer una influencia perniciosa sobre la condición de la sociedad.  Se extendía a las clases inferiores. haciéndose todos igualmente viciosos. Italia estaba entregada a la lujuria y a la frivolidad en las clases elevadas, mientras que la pobreza, la miseria y el vicio prevalecían en las inferiores. El miembro de la Iglesia no era mejor que la generalidad: "Si deseáis que vuestro hijo sea un hombre malo, hacedlo sacerdote". era un dicho común. Así pues, un pueblo que había sido valiente y vigoroso, estaba al borde de la destrucción moral.
       En el duodécimo siglo hizo oír Arnoldo de Brescia el clarín de la libertad italiana. su posición en la Iglesia figuraba en las últimas filas. Era predicador apasionado y elocuente. Predicaba la pureza, el amor, la equidad. También predicaba la libertad. Esta era la más peligrosa de todas sus lecciones. Sin embargo, el pueblo le reverenciaba como a un patriota. No faltaron enemigos que informaran al papa de lo que decía. Inocencia II, condenó sus opiniones, y los magistrados de Brescia procedieron a ejecutar su sentencia. Pero Arnoldo, advertido oportunamente, huyó a Suiza, pasando los Alpes, donde halló un refugio en Zurich, el primero de los cantones Suizos.
       No habiéndole hecho perder ánimo el miedo, pasó otra vez los Alpes, fue a Roma, y allí erigió su cátedra. Estaba protegido por los nobles y por el pueblo, y durante diez años resonó su elocuencia sobre las Siete Colinas. Exhortaba a los romanos a que defendieran los inalienables derecho de hombres y cristianos, que restauraran las leyes y la magistratura de la república, y que limitaran a su pastor al gobierno espiritual de su rebaño.
       Su poder continuó durante la vida de dos papas, pero al subir Adriano IV, el único inglés que jamás haya ascendido al trono de san Pedro, se hizo a Arnoldo una oposición vigorosa y fuerte. El papa puso en entredicho, y el destierro de su reformador era el precio de su absolución. Arnoldo fue preso y sentenciado a muerte. Fue quemado vivo en presencia de un pueblo indolente y desgraciado, y sus cenizas fueron arrojadas al Tíber, a fin de que no fueran sus discípulos a recogerlas y venerar las reliquias de su maestro.
       Italia siguió en su carrera de frivolidad, de disipación y de vicio. El estado guerreaba contra el estado, y los güelfos y gibelinos desolaban el país. Apareció Dante en el siglo décimo tercero, y volvió a sonar el grito de libertad. Creía en la justicia eterna. En virtud de la verdad y del amor que vivía, en su alma, contrastó la vida de Italia con las tendencias más elevadas y nobles de la humanidad. El mundo loco italiano temblaba en la luz de la época, entre el cielo arriba y el infierno abajo. Discernía la justicia eterna en el turbulento contender de los hombres. Toda su alma se elevó a la altura del gran argumento, y emitía en cantos sin iguales, su apología sobre los designios de Dios para con el hombre.
       Durante los largos siglos de la degradación y de la miseria italiana fueron sus ardientes palabras como una antorcha de vigilancia y un faro para los fieles y leales a su país. Era el heraldo de la libertad de su patria, arrostrando la persecución, el destierro y la muerte por su amor a ella. En su De Monarchia, abogaba al igual de Arnaldo de Brescia, por la separación del poder espiritual y del poder civil, y sostenía que el poder temporal del papa era una usurpación. Su De Monarchi fue quemado públicamente en Bolonia, por orden del legado pontificio, y el libro puesto en el Índex de Roma. Ha sido siempre el más nacional de los poetas italianos, el más amado y el más leído. Le desterraron de Florencia en 1301. Su casa fue entregada al saqueo, y fue sentenciado, durante su ausencia, a ser quemado vivo. Los hombres pensaban en él, le respetaban, y le amaban. deseábase que su sentencia de destierro fuera anulada y que pudiera volver a Florencia.
        Era una antigua costumbre la de perdonar a ciertos criminales en Florencia durante la fiesta de San Juan; el apóstol que "Amaba tanto". Se le comunicó a Dante que recibiría ese perdón a condición de que se presentara como criminal. Cuando se le hizo la oferta, exclamó: "¡Qué! ¿es ésta la gloriosa revocación de una sentencia injusta, por la cual ha de volver Dante Alighieri a su patria, después de haber sufrido tres lustros de destierro? ¿Es esto lo que vale el patriotismo? ¿Es ésta la recompensa de un continuo trabajo y estudio?... Si solamente de esta manera he de poder volver a Florencia, entonces jamás volveré a entrar en Florencia. ¿Y qué hay en ello? ¿No he de ver el sol y las estrellas donde quiera yo esté? ¿no he de poder reflexionar sobre la grata verdad en cualquier parte debajo del cielo, sin tener que entregarme antes, desnudo de gloria y casi en la ignominia, al pueblo de Florencia? El pan no me ha faltado aún. ¡No! ¡no! ¡no regresaré!" Dante rehusó, pues, el perdón que de tal modo se le ofrecía. Permaneció veinte años en el destierro, y murió en Ravena, en 1321.

        Como un siglo después apareció otro heraldo de la libertad, un hombre recto y valeroso, que figura en la historia entre las joyas, Jerónimo Savonarola. Nació en Ferrara, en 1452. Sus padres, aunque pobres, eran nobles. Su padre permanecía en la corte, siendo este privilegio patrimonio de su familia. Su madre era una mujer que poseía gran fuerza de carácter. Al principio había intención de que Jerónimo fuera educado para médico, pero sus inclinaciones le arrastraron hacia una dirección muy opuesta.
        Italia estaba entregada aún a sus pasiones, sus corrupciones y sus vicios. Los ricos tiranizaban a los pobres; y los pobres eran miserables, desvalidos y abandonados. Jerónimo había llenado desde temprana edad su alma con ideas religiosas. Se dedicó al estudio de la Biblia y a los escritos de santo Tomás de Aquino. Encontróse en pugna con el mundo, y le disgustaron las profanaciones que existían en torno suyo. Decía: "No hay uno, no queda ni siquiera uno que desee lo que es bueno; tenemos que aprender de los niños y de las mujeres de la clase baja, porque únicamente en ellos queda todavía una sombra de inocencia. Los buenos son oprimidos, y el pueblo de Italia ha llegado a ser igual al de Egipto que retenía en servidumbre al pueblo de Dios".
        Por fin se resolvió Jerónimo a abandonar el mundo del vicio y entregarse por completo a la religión. A los veinte y tres años reunió lo poco que tenía en un lío, abandonó a Roma sin despedirse de sus padres y marchó a pie hasta Bolonia. Fue derecho al convento de Santo Domingo, y pidió ser admitido en la orden como sirviente. En el acto fue recibido, y se preparó para entrar en su noviciado.
        En seguida escribió a su padre, informándole de las razones por las que había abandonado su casa. Decía: "Los motivos que me han inducido a entrar en la vida religiosa, son estos: la giran miseria del mundo; las iniquidades de los hombres; sus adulterios y los robos; su orgullo, su idolatría, y sus espantosas blasfemias... No podía soportar la enorme perversidad del ciego pueblo de Italia; y tanto más, cuando que yo veía por do quier el deprecio de la virtud, y que se honra al vicio. Congoja mayor no podía tener yo en este mundo: y por esto fui llevado a elevar una oración a Jesucristo, pidiéndole que me sacara de este foco de infamia. esta corta oración la he tenido continuamente en los labios, suplicando fervientemente a Dios que me hiciera conocer el camino en que debiera marchar... Nada más me queda que decir, sino es el suplicaros encarecidamente, como hombre de espíritu fuerte, que consoléis a mi madre, y pido que vos y mi madre me deis vuestra bendición".
        En esa época se había hecho casi intolerable la corrupción de la Iglesia. La insaciable avaricia de Pablo II, la perfidia y la falta de escrupulosidad de Sixto IV, los inauditos crímenes de Alejandro VI, (Borgia), causan un desaliento universal en los hombres buenos de toda Italia. En su celda Savonarola decía: "¿Dónde están los antiguos doctores, los antiguos santos, el saber, el amor, la pureza de los pasados tiempos? ¡Oh Dios! ¡si estas alas en que se remontan, y que solamente conducen a la perdición, pudieran ser tronchadas!".
        Al mismo tiempo había desaparecido casi por completo la libertad. Los principillos que tiranizaban al pueblo no mostraban ni la energía ni la sagacidad de sus padres. Su única aspiración ardiente era el poder sin limitación. Su conducta ocasionaba a veces el resentimiento de sus súbditos. Algunos de ellos fueron por esa razón asesinados a la luz del día. El duque Galeazzo fue asesinado en una iglesia de Milán. El duque Nicolás de Este fue muerto en ferrara. El duque Julio de Médicis fue asesinado en la catedral de Florencia, durante la elevación de la hostia.
        En medio de una desmoralización semejante se formó la vida de Savonarola. Muy pronto descubrió el prior del convento de dominicos en Bolonia, las raras cualidades de su espíritu. En vez de hacer obra manual, fue ascendido a instruir a los novicios. La obediencia era su deber, y se consagró a su nuevo empleo con un corazón bien dispuesto. Entonces fue ascendido del empleo de maestro de los novicios al de predicador. A la edad de treinta años fue enviado a predicar a Ferrara, ciudad de su nacimiento. Allí no hallaron eco sus sermones. No era más que uno de entre ellos. ¿Qué podían oír de él que ya no supieran? No recibió distinción alguna en su mismo pueblo. Predicó también en Brescia, en Pavia y en Génova, donde su elocuencia fue más apreciada.
        Después de haber permanecido como unos siete años en el convento de dominicos en Bolonia, fue finalmente enviado Savonarola a Florencia. El camino le condujo a través de un país nuevo. Jamás había viajado tan al sur. Marchaba a pie, y tuvo sobrado tiempo para inspeccionar el hermoso paisaje que le rodeaba. Subió rectamente la colina hasta Lugana, mirando para atrás hacia Bolonia y el paisaje hacia el norte, que nunca más volverá a ver. Atravesó las selváticas montañas, frías y desnudas hasta la cima en La Futa, como unos tres mil pies sobre el nivel del mar. Siguió por el valle de Seive, y cruzó el espolón de los Apeninos que divide el valle de Seive del Arno. Y allí, a sus pies, la magnífica Florencia, escena de su brillante carrera, de su valerosa vida, y también de su martirio.
        Al llegar a Florencia, se dirigió Savonarola en el acto al convento de San Marcos, en el cual fue admitido como hermano. En esa época estaba Lorenzo el Grande en el cénit de su poder. Se había librado de sus enemigos por medio del destierro, del encarcelamiento o de la muerte. Con sus fiestas, bailes y torneos tenía al pueblo a sus plantas. Era igualmente, favorito de los nobles y de la plebe. Todo el desenfreno de su vida parecía haber sido olvidado, porque era el protector de las letras y de las bellas artes. Dice Villari que en su época "eran igualmente corrompidos en su espíritu los artistas, los hombres de letras, los políticos, la nobleza y el pueblo; sin virtud pública ni privada; sin ser guiados por ningún sentimiento moral. La religión era usada o como medio para gobernar, o como una ruin hipocresía. No había sinceridad en los asuntos civiles, en la religión, en la moral, ni en la filosofía. Ni el escepticismo existía con un grado cualquiera de seriedad. reinaba por completo una fría indiferencia por los principios". (Historia de Jerónimo Savonarola y de su época, por el profesor Villari).
        Savonarola estaba disgustado con todo esto. Cuando predicó por primera vez en San Lorenzo, se pronunció con vehemencia contra las corrupciones de su tiempo. Azotó al vicio con látigo de acero. Atacó el juego, la mentira y el engaño, citando largamente la Biblia. Al principio quedó sorprendido el auditorio, luego disgustado, después indignado. ¿Quién era este fraile que había venido del otro lado de los montes para atacar la corrupción de Florencia? Se mofaron y se rieron de él. En una ciudad bella, todo era él, menos hermoso. Era de estatura mediana y de color obscuro. Sus rasgos fisonómicos eran toscos y marcados, su nariz larga y aguileña; grande su boca y gruesos sus labios; y su barba era entrada y cuadrada. Ya a los veinte y tres años estaba cubierta de arrugas su frente. ¿Era este un hombre capaz de adquirir influencia o posición en Florencia?
        Cuando predicaba otro fraile ilustrado iban en tropel para escucharle. Conocía al pueblo y halagaba sus vicios. A nada atacaba, ni siquiera mencionaba la pérdida de religiosidad ni la libertad. Era amigo de Lorenzo el Magnífico. Cuando se le hacían bromas a Savonarola con el éxito de su rival, contestaba: "La elegancia del lenguaje tendrá que ceder ante la sencillez del modo de predicar la verdadera doctrina". Sintióse íntimamente convencido de su misión divina. La consideraba como el deber culminante de su vida, y su único pensamiento era el modo cómo podría cumplir mejor con su deber.
        En San Marcos volvió a hacerse cargo de la instrucción de los novicios, y daba algunas conferencias en el convento a un auditorio selecto e indulgente. Se le pidió con insistencia que hablara desde el púlpito. Accedió, y predicó un sermón extraordinario el 1 de agosto de 1490. Tenía entonces treinta y ocho años. Durante la cuaresma siguiente predicó en el Domo. El pueblo acudía en masa a sus sermones. Despertaba en la multitud excitada el fervor de sus propios sentimientos. Ya no era el hombre insignificante que había aparecido en San Lorenzo. Tronaba con todo su poder contra los vicios del pueblo adormecido, y se esforzaba en despertarlo de aquel letargo. Este se hallaba pendiente de sus labios, y su entusiasmo por el aumento de día en día.
        Todo esto causaba el mayor disgusto a Lorenzo de Médicis. Envió a cinco de los principales ciudadanos de Florencia para hacer presente a Savonarola los peligros a que se exponía, no solamente él sino también a su convento. Su contestación fue: "Bien sé que no habéis venido aquí de motu propio, sino que habéis sido enviados por Lorenzo. Decidle que se prepare a arrepentirse de sus pecados, porque el Señor a nadie perdona, y no teme a los príncipes de la tierra".
        En ese mismo año fue elegido prior de San Marcos. Conservó su integridad e independencia. A pesar de los ricos regalos que hacía Lorenzo a su convento, juzgaba Savonarola severamente su carácter. Conocía el daño que había causado a la moralidad pública. Le consideraba no sólo como el enemigo, sino también como el destructor de la libertad, y que era el obstáculo principal para el mejoramiento de las costumbres del pueblo, y para que pudiera ser vuelto a una vida cristiana.. En sus sermones continuaba atacando el juego, aunque pudiera ser provechoso para el Estado; condenaba la lujuria y los despilfarros de los ricos, porque los consideraba completamente desmoralizadores para el pueblo en general.
        Siempre insistió Savonarola en la necesidad de las buenas obras, y por consiguiente en el albedrío humano. Decía: "Nuestra voluntad es por su naturaleza esencialmente libre; es la personificación de la libertad. Dios es el mejor auxiliar, pero gusta ser ayudado. Sed fervorosos en la oración, pero no descuidéis los medios humanos. Debéis ayudaros de todas maneras, y entonces estará el Señor con vosotros. Tomad ánimo, hermanos míos y sobre todas las cosas, vivid unidos". Y en otra ocasión dijo: "por veracidad entendemos cierto hábito por el cual el hombre, así en sus acciones como en sus palabras, se manifiesta ser lo que realmente es, ni más ni menos. Esto es un deber moral, aunque no lo sea legal; porque es una deuda que en conciencia tiene todo hombre para con sus semejantes y la manifestación de la verdad es una parte esencial de la justicia".
        Al cabo de algún tiempo se retiró Lorenzo el Magnífico de Florencia y se fue a su Villa Corregi para morir. Fuese en los primeros días del mes de abril, cuando la naturaleza estaba más fresca y brillante, cuando la voz del ruiseñor ni por un instante enmudecía. La villa está situada en el anchuroso valle del Arno, como a tres millas al nordeste de Florencia. Desde sus ventanas se ven el Duomo y el Campanile y las torres de muchas iglesias de Fiesole, y a distancia se ven los suaves perfiles de las colinas toscanas.
        Pero toda esa belleza no podía borra la enfermedad y el pesar. Lorenzo estaba en su lecho de muerte. Habían sido probados todos los remedios. Ningún efecto habían producido los medicamentos de piedras preciosas disueltas. Nada aliviaba al grande hombre. Entonces dirigió su espíritu hacia la religión. Había perdido toda fe en los hombres; porque todos habían sido sumisos a sus deseos. No creía ni en la misma sinceridad de su propio confesor: "Ninguno se atrevió jamás a pronunciarme un no resuelto". Pensó entonces en Savonarola. Ese hombre no había cedido nunca antes sus amenazas o sus halagos: "No conozco un fraile honrado, excepto él". Hizo llamar a Savonarola para confesarse con él. Cuando fue informado el fraile del estado alarmante de Lorenzo, se fue inmediatamente a Corregi.
        El profesor Villari refiere del siguiente modo la historia de la última entrevista entre Lorenzo y Savonarola. Apenas se acababa de retirar Pico de la Mirandola cuando entró Savonarola, y se aproximó respetuosamente a la cama del moribundo Lorenzo, quien dijo que había tres pecados de que quería confesarse con él, y por los cuales pedía absolución: el saqueo de Volterra; el dinero tomado del Monte de la Fancinella, que había causado tantas muertes, y la sangre derramada después de la conspiración de los Pazzi. Mientras decía esto estaba agitado, y Savonarola trataba de calmarle repitiéndole con frecuencia: "Dios es bueno, Dios es misericordioso".
        Apenas había acabado de hablar, cuando Savonarola le dijo: "Tres cosas se os exigen". - ¿Y cuáles son padre?".  La fisonomía de Savonarola se puso grave, y levantando los dedos de la mano derecha, principió así: "¡Primero, es necesario que tengáis una fe completa y ardiente en la misericordia de Dios! - Esa la tengo completamente. - Segundo, es necesario devolver aquello que tomasteis injustamente, o que ordenéis a vuestros hijos que lo devuelvan por vos".  Esta exigencia pareció causarle sorpresa y pena; sin embargo, haciendo un esfuerzo, dio su consentimiento con un movimiento de cabeza.               
        Entonces se levantó Savonarola, y mientras que el moribundo príncipe se estremecía con terror en el lecho, parecía que el confesor se elevaba sobre el mismo al decir: "Finalmente, debéis devolver la libertad al pueblo de Florencia".  Su aspecto era solemne, su voz casi terrible; sus ojos, como queriendo leer la respuesta, permanecían fijos en los de Lorenzo, quien, reuniendo toda la fuerza que aun le dejaba la naturaleza, le volvió con desprecio la espalda, sin pronunciar una palabra. Así lo dejó Savonarola sin darle la absolución; y Lorenzo, despedazado por el remordimiento, expiró poco después.
        Sucedióle su hijo Pedro. Era éste en todos conceptos peor que su padre. Nada le importaban las bellas letras o las artes, y no hizo más que entregarse a la frivolidad y a la disipación. Savonarola continuó predicando como antes. Aumentó su fuerza y su nombre se extendió por todas partes. Por influencia de Pedro fue enviado algún tiempo fuera de Florencia; predicó en Pisa, Génova y otras ciudades. Regresó a Florencia. Puso en vigor el voto de pobreza en su convento, y quiso que los monjes vivieran de su propio trabajo. Dio estímulo particular al estudio de las Sagradas Escrituras, y quiso que él y sus hermanos marchasen a enseñar la doctrina a los paganos. Cuando cayeron sobre él las dificultades, pensó en abandonar a Florencia y entregarse a los trabajos de misionero.
        Pero se quedó. El pueblo no quería dejarle ir. Continuó predicando ante apiñadas concurrencias en el Duomo. No solamente era severo contra los vicios de la época, sino contra los prelados que descuidaban su deber. Decía: "Vosotros los veis llevando sobre sus cabezas mitras de oro, adornadas con piedras preciosas, y con báculos pastorales de plata, parándose delante del altar con capas pluciales de brocado, entonando lentamente las vísperas y otras fiestas con gran ceremonia, con un órgano y cantores, hasta que os quedáis estupefactos... Ciertamente, los primeros prelados no tenían tantas mitras, ni tantos cálices de oro; y se desprendían de los que tenían para ayudar a las necesidades de los pobres. Nuestros prelados obtenían sus cálices quitando a los pobres aquello que es su sostén. ¡En la Iglesia primitiva había cálices de madera y prelados de oro, pero ahora tiene la Iglesia cálices de oro y prelados de madera!".
        Para obtener un poder soberano en Florencia, había entrado Pedro de Médicis en estrecha alianza con el papa y el rey de Nápoles. Pero de pronto los abandonó cuando supo que los franceses habían invadido Italia. Ludovico, el Moro, usurpó el gobierno de Milán e invitó al rey de Francia, Carlos VIII, a que invadiera a Italia y emprendiera la conquista del reino de Nápoles. Conforme con esto pasó la frontera un ejército francés, y marchó hacia el sur. Saqueaban los pueblos y ciudades que tomaban, y barrían todos los obstáculos. Ocurriósele entonces a Pedro ir a presentarse a Carlos VIII, y hacer las paces con él. Pedro puso en sus manos la importante fortaleza de Sarzana, y el pueblo de Pietra Santa con las ciudades de Pisa y Leghiorno.
        El pueblo de Florencia se exasperó con la bajeza de su soberano. Negáronle la entrada en el palacio de los magistrados. Estaba en peligro su seguridad personal, y se fue precipitadamente a Venecia. Florencia estaba al borde de una revolución general.                      
        Los partidarios de Médicis querían un rey; la masa del pueblo quería una república. Los dos partidos estaban a punto de desenvainar las espadas. Savonarola era el único hombre que tenía influencia con el pueblo. Lo reunió en el Duomo, y allí trató de apaciguarlo. Al mismo tiempo lo exhortaba al arrepentimiento, a la unión, a la caridad, a la fe. Así fue apaciguado el tumulto que parecía que iba a estallar.
        Fue elegida una embajada, compuesta de los principales ciudadanos de Florencia para presentarse al rey de Francia: entre ellos y Savonarola. Los embajadores fueron en carruaje; Savonarola fue a pie, que era su modo habitual de viajar. Tuvieron los embajadores una entrevista con el rey, y fracasaron en su empeño. A su regreso a Florencia se encontraron con Savonarola a pie. Fue solo al campo francés, y vio al rey. Pidióle, casi le exigió, que respetara la ciudad de Florencia, a sus mujeres, a sus ciudadanos y a su libertad. Poco después entró el ejército francés en Florencia sin oposición. La tropa emprendió el saqueo del palacio de los Médicis, y se llevó los más preciosos modelos del arte. Para esto se le agregaron hasta los mismos florentinos, que se llevaban públicamente o hurtaban todo aquello que consideraban raro o de valor. De ese modo, en un solo día, fueron destruidas o dispersadas las ricas acumulaciones de medio siglo.
        Cuando el ejército francés marchó hacia el sur, quedó Florencia sin gobernantes. Como por encanto habían desaparecido los partidarios de los Médicis. A Savonarola se le dejó la dirección de la voluntad del pueblo. Respecto del futuro gobierno, le propuso al consejo que él había convocando, que fuera introducida la forma del que tenía Venecia. Decía que ése era el único que había sobrevivido a la ruina general, y había adquirido firmeza, poder y honra. Hubo una larga discusión sobre este asunto, hasta que el gobierno se estableció provisionalmente. De es modo, fue establecida en un solo año la libertad en Florencia.
        Savonarola continuó predicando. Exigía la reforma del Estado, la reforma de la Iglesia, la reforma de las costumbres. Insistía con el pueblo para que usara de la libertad. Decía: "La verdadera libertad, la única que es libertad, consiste en la determinación de llevar una buena vida. ¿Qué clase de libertad puede ser aquella que nos somete a ser tiranizados por nuestras pasiones? Bien, pues, para volver al objeto de este discurso, ¿deseáis vosotros, los florentinos, la libertad? ¿Deseáis, ciudadanos, ser libres? Entonces, sobre todas las cosas amad a Dios, amad a vuestros vecinos, amaos unos a otros, amad a la patria. Cuando tengáis este amor y esta unión entre vosotros, entonces tendréis la verdadera libertad".
        Entre las cosas de valor práctico que introdujo la república, estaban la reducción de los impuestos, la mejora de la justicia, la abolición de la usura por el establecimiento de un Monte de piedad. Los prestamistas judíos habían estado cargando 32 y medio por 100 de interés sobre pequeñas cantidades prestadas a la clase trabajadora. Por otra parte, el Monde de piedad fue establecido como una institución pública para hacer a los pobres, préstamos en las condiciones más caritativas. El establecimiento de esta institución, fue debido a los únicos esfuerzos de Savonarola. También hizo la república que volvieran los descendientes del desterrado Dante, quienes por ese tiempo estaban reducidos a la más extrema pobreza.
        Al mismo tiempo había cambiado completamente el aspecto de la ciudad. Las mujeres abandonaron sus ricos adornos y se vestían con la mayor sencillez. Los jóvenes se hicieron modestos y religiosos. Durante las horas de descanso del medio día, se veían en sus tiendas a los mercaderes estudiando la Biblia o leyendo alguna obra del fraile. Las iglesias estaban muy concurridas, y se daban abundantes limosnas a aquellos que las merecían. Pero lo más sorprendente de todo era ver a comerciantes y banqueros que devolvían, por escrúpulos de conciencia, sumas de dinero adquirido indebidamente. Todo esto se realizaba por la influencia personal de un solo hombre.
        Después de las fiestas de la cuaresma de 1495, quedó Savonarola completamente exhausto. Había vivido con poco alimento. Observaba estrictamente sus ayunos. Su lecho era el más duro, su celda era la más pobre y peor provista; él rechazaba toda comodidad. Si era con los demás, lo era muchísimo más consigo mismo. Enflaqueció hasta un grado extraordinario; sus fuerzas estaban visiblemente decaídas, y se agravaba su debilidad por un mal interior. Dice Villari: "Sin embargo era tal el valor indomable del fraile, que apenas habían concluido las luchas políticas, cuando ya había emprendido una serie de sermones sobre Job. Su debilidad física, aumentaba su exaltación moral. Su mirada despedía fuego; todo su cuerpo se estremecía. Su declamación era más apasionada que de costumbre, pero al mismo tiempo más llena de ternura".
        Dice Burlamacchi: "Había predicado Savonarola un sermón terrible y alarmante, que fue escrito palabra por palabra y enviado al papa. Indignóse éste y mandó llamar a un obispo de la misma orden, hombre sapientísimo, y le dijo: "Contestad a este sermón, porque quiero sostener el debate contra este fraile". El obispo replicó: "Santo Padre, así lo haré, pero tengo que tener los medios para contestarle y poderle vencer" .-¿Qué medios? preguntó el papa- "El fraile dice que no debemos tener concubinas, ni estimular la simonía. Y lo que él dice es la verdad". El papa repuso: "¿Qué tiene él que hacer con ello?" El obispo añadió entonces: "Recompensadle, y haced de él un amigo; honradle con el sombrero encarnado, para que abandone las profecías, y se retracte de lo que ha dicho".
        En 1495 fue amenazado Savonarola con el asesinato por los Arrabbiati, club florentino de conspiradores en favor de los Médicis. Creían que asesinando al fraile pondrían fin a la república. A causa de esto le rodeó un cuerpo voluntario de hombres armados, y le acompañaron del Duomo hasta el convento de San Marcos. El papa. Borgia Alejandro VI, mandó una bula desde Roma, suspendiéndole el derecho de predicar y acusándole al mismo tiempo como propagador de doctrinas falsas. Mientras se le hizo callar, se prepararon los Arrabbiati a hacer revivir las desenfrenadas pasiones y las diversiones obscenas del carnaval. Savonarola procuró evitar esto por medio de la "Reforma infantil". Los niños de sus partidarios se formaron en procesión, y anduvieron por las calles de Florencia recogiendo dinero para ser dado a los frailes de San Martín para alivio de los pobres.
        Al fin retiró el papa su orden y permitió a Savonarola que continuara predicando como antes. Ofreció hacer cardenal a Savonarola, a condición de que en lo futuro cambiara el estilo del lenguaje usado en sus sermones. La oferta le fue hecha y rechazada. En el sermón que predicó en la mañana siguiente en el Duomo, dijo: "No quiero sombrero encarnado, ni mitra, grande ni chica. No deseo sino aquello que le fue concedido a los santos: la muerte. Si yo hubiera aspirado a dignidades, sabéis perfectamente que andaría usando ahora hábitos raídos. Estoy completamente preparado para dar mi vida por el cumplimiento del deber".
        Cayeron grandes contratiempos sobre la república. Durante el sitio de Pisa fueron reducidos a gran miseria los florentinos. Veíase a los pobres muriéndose de hambre en las calles o en los caminos públicos. En seguida estalló la peste e hizo inmensos estragos. Penetró en el convento de San Marcos; Savonarola envió al campo a los enfermos y a los medrosos, mientras que él permanecía con sus fieles adeptos. En la ciudad morían diariamente unas cien personas. Savonarola estaba siempre pronto para ir a las casas atacadas por la peste y administrar la extremaunción a los moribundos. Cedió la peste como al mes, y volvieron las conspiraciones contra la república.
       La mayor parte del tiempo lo pasaba Savonarola en su convento. Estaba atareadísimo en escribir su Triunfo de la Cruz y en corregir las pruebas conforme se las enviaba el impresor. En ese tratado demuestra que el cristianismo fue fundado sobre la razón, el amor y la conciencia. Era una contestación completa a las bulas del papa, y fue adoptado como libro de texto en las escuelas y por la congregación de la propaganda fide. A pesar de esto, lanzó el papa una excomunión contra Savonarola en mayo de 1497. A todos les fue prohibido darle asistencia ninguna, o tener con él comunicación, ni trato, como persona excomulgada y sospechada de herejía. La excomunión fue publicada con gran solemnidad al mes siguiente en la catedral. Allí se reunieron el clero, los frailes de muchos conventos, el obispo y los altos dignatarios. Leyóse la bula del papa, después de lo cual fueron apagadas las luces y todos permanecieron en el silencio y en la obscuridad.
       Dos días después, estando cantando su servicio religioso los frailes de San Marcos, fueron interrumpidos por personas que gritaban ¡afuera! y arrojaban piedras contra las ventanas del convento. Los magistrados no intervinieron, y las cosas empeoraron de día en día. El desenfreno estaba otra vez en auge. Las iglesias quedaban vacías y llenas las tabernas. Se olvidaron todos los pensamientos de patriotismo. Estos fueron los primeros frutos de la excomunión lanzada por Borgia sobre Savonarola. Se hicieron muchos esfuerzos para que la excomunión fuese retirada, pero en vano. El papa amenazó a la ciudad con un entredicho y con la confiscación de los bienes de los comerciantes florentinos establecidos en Roma. Ordenó a los Signori que enviasen a Savonarola a Roma. Contestaron que, desterrar al fraile de Florencia sería exponer la ciudad a los mayores peligros. En seguida le persuadieron a que predicara otra vez en la catedral, y así lo hizo. Predicó su último sermón el 18 de marzo de 1498.
       Después se siguió un gran cambio en la opinión pública. Dio vuelta de pronto, como una veleta impelida por el viento. Savonarola había trabajo ocho años en la ciudad de Florencia. Había exhortado al pueblo a que se arrepintiese, a vivir en paz entre sí, a que luchara por la libertad, que abandonara el libertinaje y el juego, y, lo peor de todo en cuanto le concernía, había insistido en que procediera inmediatamente, con el auxilio de Dios, a hacer una reforma universal de la Iglesia. Había sido el hombre más popular de Florencia, y ahora era el más impopular. La marea había cambiado de súbito. Los adeptos de Savonarola habían desaparecido o se escondían, pues ahora parecía que todo Florencia le era hostil.
       Los franciscanos le desafiaron a la prueba del fuego; una de las costumbres extrañas de la edad media. Savonarola la rechazó, aunque su hermano Domingo estaba dispuesto a aceptarla, porque tenía gran fe en el fraile. Había otros que estaban dispuestos a unírsele; pero Savonarola veía la completa estultez y locura de la prueba propuesta, y rehusó entrar en el fuego. El convento de San Marcos fue atacado por el populacho, guiado por los Compagnacci, quienes resolvieron prenderle fuego. Algunos de los amigos de Savonarola estaban allí armados, y querían defender el lugar; pero él les dijo: "Dejadme ir, porque esta tempestad se ha levantado a causa mía; dejad que me entregue al enemigo". Los frailes le prohibieron que se entregase.
       Entonces enviaron los Signori un cuerpo de tropas a la Piazza. Los maceros ordenaron que todo el que se hallase en el convento depusiera las armas, y declararon que Savonarola quedaba desterrado, y se le ordenaba que abandonara el territorio florentino en el término de doce horas. Los hombres armados del convento quisieron defenderlo. muchos fueron muertos por ambas partes. Savonarola continuaba en oración. Por fin, viendo la destrucción de vidas adentro y fuera, apeló a sus hermanos y amigos para que abandonaran la defensa y les pidió que le acompañaran a la biblioteca, situada a espaldas del convento.
       En medio de esa sala, bajo las bóvedas sencillas de Micheozzi, colocó el sacramento de la eucaristía, reuniendo en torno suyo a los hermanos, y se dirigió a ellos con sus últimas y memorables palabras: "Hijos míos; en presencia de Dios, hallándome delante de la sagrada hostia, y ya con mis enemigos en el convento, confirmo ahora mi doctrina. Lo que he dicho me ha venido de Dios, y Él me es testigo en el cielo de que es verdad lo que digo. No me podía imaginar que toda la ciudad pudiera haberse vuelto contra mí tan pronto; pero ¡cúmplase la voluntad de Dios! Mi último consejo para vosotros es éste: Que vuestras armas sean la fe, la paciencia, y la oración. Os dejo angustiado y con dolor, para pasar a manos de mis enemigos. No sé si me quitarán la vida; pero de esto estoy cierto, y es que muerto, podré hacer por vosotros mucho más en el cielo de lo que jamás haya podido hacer vivo en la tierra. Consolaos, abrazad la cruz, y con ello encontraréis el cielo de salvación".
        Penetraron las tropas e hicieron prisionero a Savonarola. Sus manos le fueron atadas a la espalda, y llevado preso ante los Signori. El pueblo estaba feroz, y con dificultad se logró que no le asesinaran. Dos de los hermanos insistieron en acompañarle. Una vez llegados a presencia de los Signori, fueron encerrados los tres frailes en sus respectivos calabozos. A Savonarola se le dio el llamado Alberghettino -pequeña pieza en la torre del Palazzo- la misma en que Cosme de Médicis había estado preso algún tiempo.
       Inmediatamente se puso en el tormento a Savonarola. Fue llevado a presencia de los magistrados, en la sala alta del Bargello; y, después de ser interrogado, amenazado e insultado, le ataron a la cuerda de izar. En esta especie de tortura se ponía una cuerda en una roldana asegurada al extremo de un poste elevado. La persona que iba a ser torturada tenía atadas las manos a la espalda, el extremo de la cuerda era enroscada en sus muñecas; y en esta posición era izado por el verdugo, y en seguida se le dejaba caer de pronto. Al ser tirados los brazos para atrás y hacia arriba, tenían que describir un semicírculo. De este modo eran despedazados los músculos, y todos los miembros se estremecían de agonía. Cuando se repetía algunas veces, era seguro que el castigo producía el delirio y la muerte.
       Desde su más tierna edad había sido Savonarola, de constitución delicada y sensitiva, y a consecuencia de su habitual abstinencia, de sus largas veladas, su predicar casi nunca interrumpido, y a su enfermedad interna, estaba tan débil y nervioso que se podía decir que su vida era un estado constante de sufrimiento, y que únicamente se conservaba por la fuerza de su decidida voluntad. Todo lo que le ocurrió en sus últimos días -sus peligros, los insultos que había recibido, su pesar al verse abandonado por el pueblo de Florencia- no dejó de agregar algo a su sensibilidad. En este estado fue sometido a esa tortura violenta y cruel. Fue izado con la cuerda y dejado caer de pronto varias veces. Su espíritu empezó pronto a divagar, sus contestaciones se hicieron incoherentes, y finalmente, como si desesperara de sí mismo, exclamó con voz capaz de ablandar a un corazón de piedra: "¡Oh Señor! tomad, ¡oh! ¡tomad mi vida!".
   
   Por fin se suspendió la tortura. Fue llevado otra vez a su calabozo destrozado y sangrando. Apenas y  difícilmente puede uno imaginarse sus sufrimientos en aquella noche.
Apareció el nuevo día, y hacia el medio día volvió a continuar el titulado juicio. Todos los jueces eran enemigos suyos. Fue interrogado, y el contestó. Un abogado florentino, Ceccone, oyendo quejarse a los Signori de que no podían hallar nada contra Savonarola, dijo: "Donde no existe causa, debemos inventarla". Le fueron ofrecidos cuatrocientos ducados por los jueces, si hacía una minuta falsa del interrogatorio, con alteraciones en las contestaciones, hechas de modo que quedara asegurada la condenación del fraile.
       Continuó la tortura día por día, durante las tristes horas de la cuaresma y la triunfante alegría de las pascuas. Los interrogatorios continuaron durante un mes. Un día fue Savonarola izado con la cuerda y dejado caer violentamente al suelo catorce veces. Jamás flaqueó en su valor. Su cuerpo se estremecía de dolor, pero su resolución era inquebrantable. Le aplicaron brasas encendidas en las plantas de los pies. Pero su alma no cedió jamás. Volvió a ser mandado a su prisión, donde permaneció un mes.
       Los comisionados del papa llegaron el 15 de mayo de 1498. Volvió a ser sometido Savonarola a un tercer interrogatorio. Por mandato del cardenal Ramolino, fue desnudado otra vez y torturado con crueldad salvaje. Se puso delirante, y daba contestaciones incoherentes, que el abogado alteraba completamente. Le hizo decir lo que querían que dijera los jueces. Y sin embargo, fracasaron por completo en sus propósitos. Las minutas del interrogatorio jamás fueron firmadas ni publicadas.
       Los comisionados se reunieron el 22 de mayo, y sentenciaron a muerte a los tres frailes, con la aprobación de los Signori, a los frailes se les comunicó inmediatamente la sentencia. estaban completamente preparados para ello. Domingo recibió el anuncio de su muerte como si hubiese sido una invitación para una fiesta. A Savonarola se le encontró de rodillas, orando. Cuando oyó la sentencia, continuó sumido en sus oraciones. Al aproximarse la noche le fue ofrecida la cena, pero la rehusó, diciendo que era necesario que preparara su espíritu para la muerte.
       Poco después entró en su calabozo un monje, Jacobo Niccolini. Estaba vestido de negro, y su rostro se hallaba cubierto con una caperuza negra. Era un Battuto, miembro de una asociación que voluntariamente asistía a los últimos momentos de los criminales sentenciados. Noccolini le preguntó a Savonarola si podía hacer algo en servicio suyo. Contestó: "Sí, empeñaos con los Signori para que me permitan tener una corta conversación con mis dos compañeros de prisión, a quienes deseo decir algunas palabras antes de morir". Mientras Niccolini fue a llenar su misión, llegó un fraile benedictino para confesar a los presos, quienes arrodillados devotamente, llenaron con mucho fervor su deber religioso.
       Una vez más volvieron a reunirse los tres frailes. Era la primera que se veían después de cuarenta días de encarcelamiento y de torturas. Ahora yo no tenían más pensamientos que llegar a la muerte con valor. Los dos hermanos se pusieron de rodillas, a los pies de Savonarola, su superior, y recibieron devotamente su bendición. Ya estaba muy entrada la noche cuando regresó al calabozo. Allí estaba el benévolo Niccolini. Como una muestra de afecto y gratitud, se sentó Savonarola en el suelo y se durmió en las faldas del monje. Parecía que soñaba y se sonreía, tal era la serenidad de su espíritu. Al rayar el día se despertó y habló a Niccolini. Trató de grabar en su espíritu las futuras calamidades de Florencia.
       Por la mañana volvieron a encontrarse los tres frailes para recibir los sacramentos. Savonarola los administró con sus propias manos. Los recibieron con alegría y consuelo. Fueron llevados en seguida a la Piazza. Habían sido erigidas tres tribunas en el Ringhiera, en que fueron colocados el obispo de Vasona, el comisionado del papa, y el Gonfaloniero. El patíbulo se extendía hasta la plaza del Palazzo Vecchio. En el extremo estaba la viga de la cual pendían tres cuerdas, y tres cadenas. Los tres frailes debían morir ahorcados por las cuerdas, y las cadenas serían después envueltas en sus cadáveres mientras que el fuego debajo de ellos los consumía.
       Los presos bajaron las escaleras del Palazzo. Fueron despojados de sus ropas, dejándoles únicamente sus camisas. Sus pies estaban descalzos y sus manos atadas. Primeramente fueron conducidos ante el obispo de Vasona, quien pronunció su degradación. El obispo tomó el brazo de Savonarola y le dijo: "Te separo de la Iglesia militante y triunfante". Entonces le corrigió el fraile, diciendo: "Militante, no triunfante, ¡eso no os corresponde!". En seguida fueron llevados ante el comisionado del papa, quien los declaró cismáticos y herejes. Finalmente fueron llevados ante el Otto, quien, de conformidad con la costumbre, puso a votación su sentencia, que se dictó sin voto contrario.
       Ya estaban listos para la ejecución. Los frailes marchaban hacia el patíbulo con paso firme. Un sacerdote, llamado Nerotti, dijo a Savonarola: "¿En qué estado de espíritu sufrís este martirio?". A lo cual contestó este: "¡El Señor ha sufrido lo mismo por mí!". Estas fueron las últimas palabras que pronunció. Primeramente fue ejecutado fray Silvestre, en seguida fray Domingo; después de lo cual se le indicó a Savonarola que tomara el sitio vacante entre los dos. Llegó a la parte superior de la escalera, y miró al pueblo que antes había estado pendiente de sus labios en el Duomo. ¡Qué cambio! la variable muchedumbre vociferaba ahora por su muerte. Puso su pescuezo en la cuerda, y fue ahorcado por el verdugo. Su muerte fue instantánea. Las cadenas fueron arrolladas en torno de los cuerpos de los frailes, y el fuego los consumió en breve. Sus cenizas fueron recogidas y arrojadas del Ponte Vecchio al Arno. La ejecución tuvo lugar el 23 de mayo de 1498, cuando Savonarola tenía sólo cuarenta y cinco años.
       Aunque Lutero le canonizó como mártir del protestantismo, no fue por esta causa por la que se le dio muerte; sino por su inmenso amor a la libertad. Su objeto no era desertar de la Iglesia, sino estrechar los vínculos de la libertad y de la religión, restaurando a ambas en sus verdaderos principios. Por esto fue por lo que sufrió su martirio; por esto por lo que dio su vida por su Dios y por su patria. Cuando las reformas que pedía con insistencia, hayan progresado hasta llegar a ser una realidad en los hechos, habrá alcanzado el cristianismo su verdadero y completo desarrollo, e Italia podrá estar otra vez a la cabeza de una civilización renovada.
       Florencia es una de las ciudades más memorables. Ha sido residencia de grandes pensadores, de grandes poetas y de grandes artistas, del Dante, Galileo, Leonardo de Vinci, Miguel Ángel, Rafael, Donatello, Lucas della Robbia, Maquiavelo y muchos hombres ilustres. Allí se ven "la estatua que encanta al mundo", las gloriosas obras de los más grandes pintores de Italia, el observatorio de Galileo, el sitio en que nació Dante, el lugar en que nació Lorenzo de Médicis, el hogar y la tumba de Miguel Ángel.
       Pero quizá los más interesantes sitios de Florencia son el Duomo, en el cual predicaba Savonarola con elocuencia apasionada; el convento de San Marcos, en donde vició su vida de pobreza, de devoción y de estudio, y el Palazzo della Signoria, donde fue entregado en manos de tiranos, y murió con la muerte de un mártir. En el convento de San Marcos podéis ver la pequeña celda en que vivió, la Biblia en que leía y de la cual predicaba desde el púlpito, una pequeña Biblia de mano; sus márgenes están cubiertas de innumerables notas autógrafas, en una letra tan pequeña que casi es imposible poderlas leer sin la ayuda de un microscopio. Todo esto se puede ver, así como su retrato, sus manuscritos, sus emblemas de devoción, y otros muchos recuerdos interesantes.
       Ya hace mucho tiempo que Italia ha revocado el destierro del Dante de Florencia, y lo ha censurado, levantando estatuas a su memoria en todas las grandes ciudades. ¿Por qué no ha de poder hacer justicia también a Savonarola, el patriota y mártir, y erigirle un monumento, que sirva de ejemplo para los tiempos venideros? El sitio está allí, la plaza del Palazzo Vecchio, donde tan valerosamente entregó su vida por la causa de la libertad religiosa y de la libertad humana.

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REFLEXIÓN  a manera de EPÍLOGO
      
El relato que Samuel Smiles nos brinda inspirado en la vida de quien tuvo de sobras mérito para figurar en el santoral como mártir de la fe... a pesar de los años transcurridos, más de ciento veinte, lo encuentro tan actual y, el relato de la época de Savonarola de hace unos quinientos diez años, lo encuentro tan presente. La manipulación de la masa humana no ha variado, se van a la fe por temor al castigo o por el ansia de una recompensa eterna, al liberarse de ese apoyo dejan los templos y se vuelcan a las tabernas. Hoy basta ver la televisión y las portadas de diarios y revistas para reconocer que nada ha cambiado. Triste debe haber sido para Savonarola saber que daba su vida por tanto ingrato que no la merecía, sin embargo su fe era mayor y sentía que era su misión, cual prolongación del calvario y, sin nada pedir, humildemente la aceptó.

Mientras copiaba los párrafos del libro "El Deber" de Samuel Smiles, (1812-1904), me parecía, más una vez, él era un contemporáneo que por medio de Savonarola se refería al estado actual de mi Patria y este mundo-aldea globalizado... Inspirado por esta lectura que, gracias a Samuel Smiles, me facultó para en algo conocer de Savonarola y, siendo yo un admirador de Giordano Bruno, no podía permanecer indiferente frente a otro fraile dominico que, al igual que Bruno, por no renegar a su Verdad, tras cruel encierro y martirio prolongado a manos de verdugos; santos inquisidores, ciento dos años antes que Bruno, y al igual que él, en la absurda hoguera terminó. ¿Por qué desaparecieron las actas del juicio a Savonarola y Bruno?

A diferencia de Bruno que fue a la santa hoguera por pensar en el cosmos infinito con visión de futuro, Savonarola lo fue por denunciar la vida de su época junto a la licenciosa imagen del papa Borgia, Alejandro VI, un ser corrupto, incestuoso, amoral y criminal. En realidad la vara de la medida de la santa inquisición era de un amplio, versátil y variado abanico que le permitía cuidar sus mundanos apegos e intereses bajo la beatífica máscara de un falso cristianismo que Jesucristo jamás predicó.

¿Qué hace a un hombre, en especiales circunstancias, pasar de una limitada tolerancia humana a una ilimitada respuesta sobrehumana? La mística y la fe en su misión permitió al fraile dominico Savonarola soportar lo insoportable a un humano. Fue sometido a la tortura de la Garrucha que
"consistía en amarrar al preso con los brazos hacia atrás, colgarlo y subirlo lentamente. Cuando se encontraba a determinada altura era soltado bruscamente, sujetándosele fuertemente antes de que tocase el piso. El dolor producido en ese momento era mucho mayor que el originado por la subida. Si el preso no confesaba en la segunda estrapada, le colocaban un sobrepeso en los pies a fin de aumentar el dolor". A pesar de su enfermedad, fragilidad y debilidad soportó no tan sólo una vez las 14 caídas del maquiavélico suplicio inquisidor, superando con ello una marca que ninguno había logrado y, más una vez. ¿Qué fuerza además irradiaba que llevó a dos de sus discípulos a ir, sin tener cargo en su contra, voluntariamente con él al tormento?:

Una vez más volvieron a reunirse los tres frailes. Era la primera que se veían después de cuarenta días de encarcelamiento y de torturas. Ahora yo no tenían más pensamientos que llegar a la muerte con valor. Los dos hermanos se pusieron de rodillas, a los pies de Savonarola, su superior, y recibieron su bendición.

¿Qué satánicas mentes estaban detrás de este inquisidor tormento? Leer el relato de Samuel Smiles congela cualquier sonrisa y me deja pensativo en el por qué casi nadie sabe nada sobre este mártir de la fe, la libertad y el mejor vivir. En personas letradas dudo que uno en 1.000 lo conozca. Sin embargo fue un símbolo florentino de la defensa del cristianismo real frente a la medieval corrupción de su iglesia, gobierno y sociedad. Símbolo que me lleva a pensar que por algo ahora, en el 2004, este modesto testimonio de reconocimiento, en el CiberEspacio ya ha quedado. Aprendí a admirar a un hombre que, en justicia sí debió ser santificado: ¡Cuánta devoción por su Señor!" ¡Cuánta frustración al entender que a aquellos que él liberó, a la primera de cambio, mostraron la bajeza humana de la falta de evolución! Y a pesar de ello, él no claudicó y en oración a los futuros, actual presente, nos deja el legado que la SONRISA es un don divino que abre un portal hacia el suprahumano nivel...

Finaliza Samuel Smiles su capítulo sexto del libro "El Deber" con este párrafo:

Ya hace mucho tiempo que Italia ha revocado el destierro del Dante de Florencia, y lo ha censurado, levantando estatuas a su memoria en todas las grandes ciudades. ¿Por qué no ha de poder hacer justicia también a Savonarola, el patriota y mártir, y erigirle un monumento, que sirva de ejemplo para los tiempos venideros? El sitio está allí, la plaza del Palazzo Vecchio, donde tan valerosamente entregó su vida por la causa de la libertad religiosa y de la libertad humana.

No hay oficial palabra de su iglesia ante la barbarie del error que con él se cometió por parte de un clero amoral, corrupto y ladrón que él, visionariamente, quiso redimir para su Iglesia. Está la palabra de un dominico, el padre Timothy Radcliffe, quien en 1998, siendo Maestro general de la Orden de Predicadores de Santo Domingo de Guzmán (Dominicos), lo considera "Modelo para los jóvenes" y postuló la santificación de Savonarola, permanece la acción de Innocenzo Venchi el sacerdote postulador de la beatificación del dominico quemado por la Inquisición, quien señala:

La santidad de Savonarola se evidencia en el momento de la condena cuando, durante 45 días, prisionero en el palacio de la Señoría, fue torturado, humillado, ridiculizado, y luego muerto y quemado. En aquel mal trance, Savonarola tuvo la fuerza de escribir un comentario al «Miserere» que es uno de los más bellos de la historia de la Iglesia. Este es un comportamiento de santo. En cierto sentido, ha recorrido la pasión de Jesucristo: ha sido traicionado, encarcelado, procesado, abandonado de todos, despojado del hábito. Sufrió todas las humillaciones sin rencor por nadie...

Quedó, entre otros, el testimonio de la palabra escrita de Samuel Smiles, pero no está el mínimo gran monumento que Florencia toda debería levantar en medio de la Piazza della Signoria en recuerdo de quien tanto lucho por su libertad y dignidad; una estatua de Savonarola en oración junto con dos de sus hermanos que insisiteron de manera voluntaria en acompañarle al martirio: fray Silvestre y fray Domingo. Un Recordatorio mínimo de quien por ayudar a Florencia tuvo la muerte cruel junto a dos discípulo. Hoy, allí sólo hay el testimonio dejado en mudas flores que honran la memoria del santo varón profeta de la verdad y la libertad humana por sobre la esclavitud del vicio, la degradación y la corrupción que liga a lo mundano.

Este relato deja en claro que hubo y se mantiene un poder oscuro que intenta a como de lugar frenar el despertar que Savonarola desde el Más Allá, prometió iba a manifestar acá, y ojalá se diluya lo tenebroso por la Luz crística que Retorna y termine este Fin de Tiempo haciéndole justicia soberana a quien tanto se lo merece como lo sería "San Girolamo Savonarola", perdonando desde su monumento erigido en Florencia, a la santa ignorancia que no lo comprendió y a su credo que por temor a la Verdad u otras oscuras razones lo martirizó y condenó.

Luego de este amargo trago revitalizador para recuperar la confianza en el género humano sobre la base del ejemplo de tanto mártir de la historia y, en el humano recuerdo de la intolerancia fundamentada en el dogmatismo fanático siento que: Hablando del doctor Smiles, que significa sonrisas, me pregunto: ¿Por qué no rememorar los fundamentos que avalan la sonrisa, un angelical Don? Don divino que fray Girolamo en la víspera de su muerte nos dejó en este relato que Smiles rescató:

Ya estaba muy entrada la noche cuando regresó al calabozo. Allí estaba el benévolo Niccolini. Como una muestra de afecto y gratitud, se sentó Savonarola en el suelo y se durmió en las faldas del monje. Parecía que soñaba y se sonreía, tal era la serenidad de su espíritu.


Dr. Iván Seperiza Pasquali
Quilpué, Chile
septiembre 2004

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